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miércoles, 31 de marzo de 2010

HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ - QUINCE ENSAYOS - Texto: Mocedades de Augusto Roa Bastos / Edición digital: BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES


QUINCE ENSAYOS
por HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ
Edición digital: Alicante :
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
Criterio-Ediciones, 1987.
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A manera de prólogo: «un ensayista paraguayo»
Por Justo Pastor Benítez

Antes de cumplir los dieciocho años, Hugo Rodríguez-Alcalá vistió el uniforme verde-olivo y partió para la guerra del Chaco. Frutos de la vida de campamento fueron dos libros de versos: Estampas de la Guerra (1939) y A la sombra del pórtico (1942). Sus Horas líricas, libro de redacción anterior a la de los nombrados, obtuvo el premio del Ministerio de Educación (1939). Hacía también periodismo en aquellos años y llegaba a la redacción de El Diario con unas cuartillas temblorosas. La forma de sus versos era de puro estilo peninsular, trovas, sonetos, romances, a veces con un dejo de romanticismo. Se ajustaba mucho a las reglas. Sólo veinte años después logró libertarse de esas formas tradicionales y escribir poesías cristalinas, casi etéreas, a la manera de Juan Ramón Jiménez o de Antonio Machado.
Hacia 1940 integraba en Asunción un grupo lírico, de donde surgieron auténticos valores como Hérib Campos Cervera, Augusto Roa Bastos y Julio Correa, a los cuales se agruparon en una bohemia limpia y sin estupefacientes, Vicente Lamas y José Concepción Ortiz. El grupo se reunía ocasionalmente en la librería del escritor Hipólito Sánchez Quell y, por su obra, tuvo la trascendencia de la generación de Crónica (1916) pero fue más fecundo. Marca la afirmación de nuestro parnaso. Y con el aporte de Elvio Romero, Carlos Villagra, Rubén Bareiro Saguier, Bilbao Zubizarreta y otros, se ha despejado «la incógnita» del Paraguay. Para escapar de la neblina espiritual que se insinuaba, Hugo Rodríguez-Alcalá emprendió el vuelo buscando una rama para sus cantos y aire libre, como lo hicieron Campos Cervera, Roa Bastos y Elvio Romero. Se marchó a los Estados Unidos, donde sistematizó sus conocimientos y se doctoró, por segunda vez, en Filosofía y Letras, por la Universidad de Wisconsin. Hoy es titular de una cátedra de literatura española e hispanoamericana en la Universidad de Washington. El ambiente norteamericano, donde permanece hace unos veinte años, no ha deformado su contextura hispánica en tierra guaraní. Es un scholar sin aire de dómine. Sigue escribiendo en castizo español, asomado siempre hacia el panorama hispanoamericano.
Desde su iluminado mirador difunde los valores de su raza y de su pueblo, haciendo conocer al Paraguay. No es su labor poética lo que ocupa mi comento, sino el ensayista que ha surgido. El ensayo ha sido un género poco cultivado en el Paraguay, cuyos escritores prefieren la historia, la biografía y algunos la novela, con buen éxito como Augusto Roa Bastos y Casaccia Bibolini. La filosofía como disciplina ha tenido también pocos cultivadores, fuera de Ignacio Pane, Manuel Riquelme y los dos Ayala. Ahora tiene promesas en la Facultad de Humanidades. Vale decir que hoy el país se halla empeñado en la espina dorsal de toda cultura, como es la filosofía, escapando de la declamación, de la hojarasca, del conocimiento sin método y sin sistema.
El ensayo, de carácter filosófico, tiene ahora su expresión en Hugo Rodríguez-Alcalá y Osvaldo Chaves. Ese mismo ensayo suele proyectarse a lo social, a lo literario, a lo político, como un enjuiciamiento que no tiene la sistematización de una tesis pero que tampoco cae en la vaguedad del comentario. Es género aparte. Rodríguez-Alcalá cultiva el ensayo, en dos ramas: la filosofía y la crítica literaria. Así se revela en los estudios sobre «Existencia y destino humano en Ortega y Gasset y Jean-Paul Sartre», que es un análisis del existencialismo; en su apreciación sobre los trabajos filosóficos de José Ferrater Mora; y los capítulos sobre «Carlos L. Bécker y el relativismo histórico» y «Eliseo Vivas y su crítica del naturalismo norteamericano», además de sus numerosos trabajos sobre el pensamiento de Alejandro Korn y de Francisco Romero.
Como la mayoría de los jóvenes hispanoamericanos, ha estudiado y sentido la influencia de Unamuno y Ortega y Gasset, tan dispares y aun contrapuestos en la interpretación del mundo y de la vida. Unamuno, inquietante y profundo en sus paradojas; Ortega, con su razón vital, su filosofía del «Yo soy yo y mi circunstancia», su objetividad de espectador y su estilo que ha dado nuevos matices al resonante español. Rodríguez-Alcalá no es un discípulo fiel ni un acólito de Don Miguel ni de Don Pepe, como dicen los peninsulares. Ha buscado manantiales en tierra americana. Ha ido a abrevar en dos filósofos argentinos, Alejandro Korn y Francisco Romero.
Antes de enunciar su propia convicción se fijó en la vida edificante del maestro Korn, médico doblado en filósofo; en su demoledora crítica del positivismo entonces vigente, en el contenido de su doctrina. Para encontrar en filosofía un par de Alejandro Korn habría que ir a Vaz Ferreira. Korn creó una cátedra que es escuela, trabajó por la renovación del pensamiento filosófico y dejó un continuador en Francisco Romero. Una síntesis del largo y paciente estudio de la obra de Korn se encuentra en el ensayo de Rodríguez-Alcalá «Razón y sentimiento en Alejandro Korn» en que verifica un dualismo en la actitud del filósofo, en forma de escepticismo irónico en cuanto a religión y metafísica en la prosa, y de fe ardorosa en los versos del maestro. La filosofía de Korn se concentra en el título de su obra más famosa: «La libertad creadora». Su pensamiento fue cónsono con su existencia. Vivió, predicó y defendió sus convicciones y afrontó la muerte con una serenidad socrática.
Los ensayos de Rodríguez-Alcalá adquieren mayor consistencia al ocuparse de su maestro preferido: Misión y pensamiento de Francisco Romero (México, 1959). En su análisis constata que la doctrina romeriana se halla constituida por las nociones de estructura, trascendencia y valor. Romero representa en el continente la corriente filosófica de Max Scheler, Dilthey y otros, que ha venido a sustituir, diríamos a transbordar, el positivismo, en sus diversos aspectos de materialismo, evolucionismo e interpretación mecánica de acuerdo con las conclusiones de la ciencia. Bergson ya había formulado su crítica del mecanicismo y estructurado la teoría de la evolución creadora; se había ya señalado también que el evolucionismo reposaba por su lado en un concepto metafísico como es la persistencia de la fuerza.
En el fondo se trataba de un renacimiento de la metafísica. Son las llamadas ciencias del espíritu en contraposición a las ciencias físico-naturales que culminaron en el siglo XIX. La filosofía de Romero tiene similitudes con la de Ortega y Gasset, renovador del pensamiento filosófico hispanoamericano, pero se separa de ella con su concepto de conciencia intencional y la diferenciación de individuo y persona. Romero, como Korn, es un implacable crítico del positivismo, escuela que tantas rutas abrió a la cultura hispanoamericana y la libertó del escolasticismo, además de crear la sociología como ciencia de interpretación de la sociedad. Romero ha influido mucho en la formación de estudiosos paraguayos como Hérib Campos Cervera, Hugo Rodríguez-Alcalá y Osvaldo Chaves.
Entre los ensayos críticos de Rodríguez-Alcalá descuellan el consagrado al lírico Alejandro Guanes, cuya biografía traza con emoción; el penetrante estudio que dedica a Hérib Campos Cervera, el poeta de la muerte como lo llama, vindicador de la poesía en español en nuestro país, cantor del hachero y del sembrador, y humanista él de vida sufriente; se destacan también el análisis que hace de la obra en prosa y en verso de Augusto Roa Bastos, novelista consagrado, y el estudio sobre el vibrante luchador y aedo Elvio Romero. Como examen literario resalta el consagrado al novelista y sociólogo Francisco Ayala, que difunde cultura por toda América, con su formación moderna, limpia de prejuicios.
En todos esos ensayos campea la generosidad así como el afán de dar a conocer en escenarios más amplios los valores paraguayos, en contraste con la anormal situación política agitada, que impide trabajar con la suficiente tranquilidad espiritual, circunstancia que obliga a varios escritores a vivir fuera del país.
Como todo espíritu altruista, Rodríguez-Alcalá tiene su mensaje; por su pluma se expresa una promoción lírica y fecunda, cuya labor analiza en el opúsculo «Sobre la poesía paraguaya de los últimos veinte años», Nueva York 1959.
En plena granación, cuando avanza el otoño, ha vuelto a sus momentos líricos, manantial que suele resurgir a borbotones en las almas fértiles. Sus poesías de hoy son más refinadas en la emoción; transparentes, como en el manojo de Abril que cruza el mundo... (1960). Sirva de ejemplo de lo dicho la titulada

Luces en la colina

Fuera, luces en la colina:
puntos blancos, rojizos y amarillos.
Con la lluvia de otoño que ha dejado
al pasar, un silencio cristalino,
hay un sosiego milagroso
que inunda el corazón, al fin tranquilo.

Dentro, las dos rosas rosadas
en el florero exiguo,
y las manzanas rojas en la fuente
y el cuadro y el reloj
¡Todo tan íntimo!

Lejos quedó el rumor de voces agrias
y de ocultos suplicios.
Como esas luces diminutas
que en la colina clavan dulces brillos,
los minutos de paz están ardiendo
sobre mi corazón, al fin tranquilo.

Río de Janeiro
Febrero, 1961
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Advertencia preliminar
** El lector se preguntará por qué el autor elige un título algo extraño para este libro: en efecto el título hace que se codeen Borges y Roa, López y Mitre... Esto está bien. Los dos primeros, Borges y Roa, son escritores, los más brillantes de sus respectivas patrias en lo que va del siglo. Los otros dos, López y Mitre, políticos y presidentes que comandaron, ha más de un siglo, ejércitos enemigos.
** Pero ¿Pancho Villa y Don Segundo? Pancho Villa, mexicano de carne y hueso, es personaje histórico, al paso que Don Segundo Sombra es personaje de ficción y, según más de un crítico miope, apenas el fantasma de un gaucho. (Lo cual, claro está -me refiero al héroe güiraldino-, es un craso error).
** ¿A qué se debe que el Norte y el Sur, esto es, que Martín Luis Guzmán, gran escritor de México, «creador» digamos, de Pancho Villa y autor «fingido» de las Memorias de este, se dé la mano con Güiraldes, creador de Don Segundo?
** La respuesta podría ser muy pormenorizada. No quisiera darla entera aquí, en esta breve advertencia. Mejor reducir la justificación del encuentro de Villa y de Sombra indicando lo siguiente: Villa, según Guzmán, fue maestro literario de su creador; Don Segundo, por su parte, lo fue de Güiraldes. Este, se recordará, declarose discípulo literario de su inmortal criatura.
** Güiraldes dice haber sido alumno de su héroe; Guzmán declara ante Enmanuel Carballo -como se verá si se lee el ensayo correspondiente:- «Villa era un fabuloso conversador; yo, público entusiasta. Su lenguaje campesino, viejo de siglos, daba la impresión de estar recién acuñado: se advertían en él los cantos, los relieves, las efigies...». Por eso se tuvo por discípulo literario del campesino Doroteo Arango, convertido por obra y gracia de la Revolución en el General Pancho Villa.
** ¿Y por qué Doña Bárbara y Don Segundo? Pues que lo averigüe el lector, a quien no se le exige ser un adivino... - Asunción, julio de 1987 - HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ
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Enlace al ÍNDICE de la versión digital de Quince ensayos

- I - - Letras paraguayas

- II - - Sobre poetas de tres lenguas

- III - - Gallegos, Borges, Güiraldes, Martín Luis Guzmán, Manuel Gálvez, Lucio V. Mansilla

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Mocedades de Augusto Roa Bastos

(apuntes de prehistoria literaria)


La última Edad Media... creó un género literario aparte para cantar la prehistoria... de los grandes hombres.

Llamósele «mocedades»;así «Les enfances Guillaume», «Las mocedades del Cid».
José Ortega y Gasset


Augusto Roa Bastos fue alumno del Colegio San José de Asunción. Hacia 1933 él y yo nos hicimos amigos. No en las mismas aulas ni en el mismo patio de recreo, porque él entonces terminaba los cursos primarios y yo andaba en los secundarios, y, por lo tanto, estábamos en alas distintas del gran edificio.
Era una época de exaltación patriótica. Las armas paraguayas ganaban batalla tras batalla en la Guerra del Chaco. Mi iniciación literaria fue por eso «épica». Casi todos los domingos publicaba yo poemas de tema heroico en El Liberal. Era ya «un poeta consagrado», en la sección «Plumas jóvenes» de ese periódico, amparador de inepcias quinceañeras de algunos escritores noveles. De vez en cuando llegaba a El Liberal una carta de Argentina, Chile, Uruguay, en que se felicitaba al autor de los poemas heroicos. Eran cartas de partidarios de la causa paraguaya en el Chaco. El poeta épico no podía menos de sentirse muy satisfecho, sobre todo cuando sus corresponsales creían que él era «un hombre grande», o mejor, un poeta de verdad, no un principiante imberbe.
Una siesta de primavera de 1933 me recuerdo vívidamente caminando con Augusto Roa Bastos por la avenida Colombia (hoy Mariscal López). Íbamos despacio rumbo al Colegio San José. Roa era un adolescente discreto, bien educado, fino, pulcro en extremo. Vestía un traje claro sin una arruga; sus zapatos brillaban. Peinábase el cabello negrísimo y abundante con una raya bien trazada que lo partía en dos secciones desiguales, la de la izquierda muy inferior en volumen a la de la derecha. Me parece estar viéndolo.
Sus ojos grandes, algo melancólicos y de brillo inteligente, lo observaban todo con serena atención. Ahora oteaban el panorama de la avenida bañada en sol esplendoroso. Eran como los ojos de un pintor que trazara croquis mentales para un paisaje futuro. Entre los árboles que daban sombra a las aceras en dos hileras paralelas separadas por la ancha calzada, se destacaban lapachos en flor. Lapachos amarillos y lapachos rosados. En los naranjos municipales, infinitos azahares comenzaban a perfumar la ciudad produciendo en nosotros una suave embriaguez. Fulgían al sol de septiembre los rieles del tranvía y blanqueaban las lajas gastadas de la trotadora sobre la cual los ciclistas de aquel tiempo solíamos ir hasta más allá de la Recoleta. Era la única manera de evitar el arduo empedrado, porque la hermosa avenida no estaba aún asfaltada.
El cielo, muy azul, era aún más azul hacia el confín de aquel paisaje urbano, es decir, sobre la cumbre de la colina allá a lo lejos, donde se erguía un palacete de redondas torres muy estilo belle époque. La avenida, detrás de la colina, se extendía cada vez más arbolada hasta el fin de la ciudad. Pero los ojos no llegaban hasta tan lejos, ni en aquella siesta de 1933. Hoy tampoco.
Ahora Roa Bastos y yo pasamos trente a la residencia de los Battilana Peña. Tras la verja de altas lanzas se ven rosales llenos de rosas blancas, rojas, amarillas. Una hiedra muy verde trepa por altos muros medianeros. Ya estamos cerca de la esquina que hemos de doblar a mano izquierda para andar, calle San José abajo, las dos cuadras que faltan para llegar al colegio. Es entonces cuando Augusto detiene el paso un minuto, clava en mí sus grandes ojos tranquilos en los que advierto cierta timidez, y me hace una revelación importante. ¡Él también escribe versos y me los va a mostrar! Yo, que también he detenido el paso, lo miro con sorpresa y alegría. ¡Tener un amigo poeta era tan insólito en aquella generación de adolescentes bullangueros, dados a deportes violentos y riñas aún más violentas! Pocas veces se ha dado el caso de una generación menos literaria que la nuestra.
Augusto, que como ya dije es bien educado y discreto, para corresponder amablemente a mi gozosa reacción, me dice que ha leído con placer mis versos, que le gustan mucho y que, por eso, está ahora escribiendo un poema en elogio de los míos.
Yo, encantado le pregunto: -Y ¿dónde está ese poema?
-En casa. Pero lo sé de memoria -me responde-. Mejor dicho: sé de memoria lo ya escrito porque no está terminado. Comienza así:
¡Oh, tú que sigues la encantada senda!
Hemos en este punto llegado a la esquina misma, y estamos frente a la casa de balcones bajos en que vive mi tocayo Hugo Ferreira. Doblamos la esquina y tomamos la calle San José. Allá al final de la calle se entrevé, cerrándola, el muro blanco de los Vargas Peña.
¡La encantada senda! En verdad, en aquellos días felices para nosotros, gloriosos para el Paraguay triunfante en el Chaco, cada uno seguía la senda encantada de la adolescencia. (Una senda que pronto se iba a torcer abruptamente y conducirnos a aquel Chaco donde verdeaban ya selvas de laureles).
Mientras Augusto Antonio (estos son sus nombres de pila) recita con voz grave sus bien medidos endecasílabos, ambos, al mismo tiempo columbramos unas maravillosas nubes blancas, aborregadas, con no sé qué reminiscencias de estatuaria griega intuida gracias a un libro de historia antigua -Oriente, Grecia, Roma- que es mi texto en el colegio.
-¡Qué nubes -exclamo yo, no sé si para disimular la grata turbación que en mí suscita el rimado panegírico de mis versos, o realmente maravillado por el hermoso espectáculo. Roa también admira la extraordinaria belleza de las nubes y sus diseños de algodonosos relieves, y, casi extático a su vez exclama:
-¡Qué nubes!
No sé hoy por qué razón nunca obtuve el manuscrito de aquel poema del que sólo recuerdo el primer verso. Tampoco nunca supe qué me anticipaba el futuro gran poeta a lo largo de aquella senda simbólica del primer verso. Mis recuerdos al llegar a este punto se desvanecen como las nubes blancas de aquella siesta remota se disiparon en el añil primaveral.
Pero casi cuarenta años después, todavía recordábamos él y yo las nubes de nuestro asombro adolescente. En 1970, estando Augusto en Buenos Aires y yo aquí, en Riverside, le pedí un prólogo para un nuevo poemario, Palabras de los días, publicado dos años después en Venezuela. Al principio Roa se excusó con su habitual cortesía arguyendo que hacía mucho tiempo que no tenía que ver con versos, que él no los escribía más. Yo insistí.
-«Vos viste» -le escribí- «las mismas nubes sobre la calle San José en contemplación paralela a la mía, hace casi cuarenta años». Roa, que en rigor no es amigo de prólogos propios y ajenos, se sintió desarmado. No pudo resistir este argumento e inmediatamente trazó el hermoso prólogo que hoy lleva el libro.
«Cómo pues resistirme» -dijo en el prólogo- «enemigo como soy de explicaciones fútiles e inútiles frente a la desnudez o al secreto de un texto, a esta "meditación paralela"?
¡Tanto han podido aquellas nubes en el cielo lejano de la adolescencia!
A sus quince, dieciséis años Augusto era apasionado lector de los poetas clásicos castellanos. Su tío, el culto latinista Monseñor Hermenegildo Roa -el entonces futuro protagonista del cuento «El viejo señor obispo»- tenía entre sus libros de devoción libros de poesía. Pero solamente libros de poesía del Renacimiento y del Barroco.
En el Paraguay de los años treinta pocos leían la literatura del siglo XX. La cultura literaria se había detenido en el siglo XIX. Los poetas a quienes, por ejemplo, don Adolfo Aponte sabía de memoria, eran Espronceda, Bécquer, Campoamor, Núñez de Arce. El hombre de mayor cultura de la generación de 1900 -Manuel de Gondra- había publicado un largo y erudito ensayo para negar originalidad a Rubén Darío. Si esto sucedía entre los intelectuales de lengua española, entre los de lengua francesa, que eran nuestros maestros del Colegio San José, grandes conocedores de letras griegas, latinas y, claro está, francesas, acontecía algo parejo. El Padre Alexis Marcelin Noutz, poeta del Colegio, que sabía de memoria a Horacio, Virgilio y a infinitos poetas franceses, a los que recitaba de continuo, jamás siquiera citaba a Mallarmé, a Verlaine, a Laforgue, a Valéry y mucho menos a Apollinaire o Breton. Su gran cultura literaria se detenía en Vigny, Víctor Hugo, Gautier y los parnasianos.
Roa Bastos era en aquel entonces «clásico». Para él la verdadera poesía de nuestra lengua la habían escrito para siempre los grandes líricos de los siglos XVI y XVII. Con asombrosa facilidad que prefiguraba el talento verbal del autor de Moriencia, Roa dominó cabalmente el lenguaje poético del Renacimiento y del Barroco. Vocabulario, sintaxis, fábulas mitológicas, de todo se apodera Roa hasta convertirse en algo así como en un contemporáneo lírico de Fray Luis, Rioja, Góngora, aunque con tres siglos de retraso. Pero lo más sorprendente en sus poemas era lo que Borges ha llamado «la entonación de los versos», porque aquella entonación era auténticamente arcaica. Su arcaísmo era sincero e inocente. A nadie se le ocurría aconsejarle entonces que estudiase a los poetas vivientes, actuales, como por ejemplo Lugones, Machado, Juan Ramón. (Lorca, Neruda, Alberti, eran desconocidos). El Paraguay estaba en guerra con Bolivia y lo único que entusiasmaba a la gente eran las noticias del Chaco, los partes de las victorias del General Estigarribia y del pueblo en armas. Además, en la formación de un poeta, ¿no es de rigor un buen conocimiento de los clásicos?
Por mucho tiempo perdí contacto con Augusto; los dos partimos para el Chaco y no nos volvimos a ver hasta después de la guerra y dos revoluciones. En 1938 tuve ocasión de leer casi todos los poemas del amigo, copiados por él mismo en cuartillas de prolija, impecable mecanografía.
Escritor fecundísimo, Roa tenía material suficiente para un par de poemarios. -Hay que publicar una selección de estos poemas en El Diario- le dije ya una tarde, en casa de mis padres, Eligio Ayala 384.
Era director de El Diario, Pablo Max Ynsfrán, hombre de gran cultura, poeta en su juventud; ensayista, historiador y futuro editor de las memorias de su amigo el vencedor del Chaco. Yo era el más joven de los redactores del viejo periódico.
-Don Pablo -le dije una mañana en que vociferaban grupos de políticos en las oficinas de El Diario- este amigo mío, Augusto Roa Bastos, es un poeta notable. Escribe como se escribía hace tres siglos, pero lo hace con increíble maestría. Don Pablo Max leyó uno, dos poemas y luego quiso leerse todos los que le traía. Noté que le temblaban las manos; que los ojos negros le chispeaban tras sus lentes norteamericanos. Don Pablo había residido mucho tiempo en Washington, y conocía muy bien a los metaphysical poets, esto es, a contemporáneos ingleses de los modelos de Roa.
-¡Este muchacho es un prodigio! -exclamaba el director- ¡Un caso extraordinario!
En cada poema Ynsfrán detectaba influencias, identificaba algún modelo ilustre.
-¡Notable, notable! -repetía. Yo vi en el brillo intenso de los ojos de aquel hombre diminuto y enérgico, la adivinación de un gran escritor en cierne.
Al domingo siguiente se publicó en El Diario una selección de los poemas de Augusto. Yo mismo cuidé de la composición de la página consagrada al novel escritor. En la literatura paraguaya de la época colonial, siglos XVI y XVII, hay una gran laguna; ausencia de poesía lírica. Ahora en la tercera década del siglo XX, un poeta joven escribía aquella poesía no escrita entonces. Era esta fiel al convencionalismo renacentista: verdes prados, arroyos cristalinos, nieve y rosa en mejillas virginales; campiñas nemorosas y apacibles, trinos de Filomena en altas ramas, y en el silencio de la verde umbría, la queja de unos rústicos rabeles. Todavía recuerdo yo algunos versos, muy pocos, que son estos:

De paso, cantó el ave,
y en su garganta de cristal, el trino,
con acorde argentino,
tembló un instante y desmayó en el grave
silencio, de la tarde que moría...

Había en aquella lírica un prurito de embellecimiento de lo real, una exaltación de las maravillas de un Universo perpetuamente primaveral. (Después de su conversión a la estética de vanguardia, desapareció para siempre de las páginas de Roa el entusiasmo por la belleza del mundo, y el exaltado optimismo de su iniciación).
Habiendo Augusto abandonado sus estudios en el Colegio San José, tenía ahora un empleo en el Banco de Londres y América del Sur. El edificio del banco ocupaba una esquina de la céntrica calle Palma, no lejos de El Diario. Yo solía entrar en el banco, de paso para El Diario, y conversaba con él a través de una ventanilla. Recuerdo un libro enorme en que con su prolija escritura, Roa trazaba guarismos lentamente. Una mañana me dijo con excitación jubilosa: -Estoy leyendo a Juan Ramón Jiménez. Te prestaré después el libro. Es un poeta formidable...
El descubrimiento de Juan Ramón fue un acontecimiento importante en su formación. Solíamos discurrir sobre poesía. Él defendía su posición clasicista; yo, muy «romántico» entonces, con sólo un siglo de retraso estético, criticaba sus tres siglos de arcaísmo. En aquellos días comencé a escribir los poemas del libro Estampas de la guerra; advertía yo que para describir escenas del Chaco debía podar mi anticuada retórica y ejercer una lírica desnuda, ascética, desechando alaridos románticos.
También fue entonces cuando publiqué en La Democracia una epístola en tradicionales tercetos y con fraseología deliberadamente arcaizante. Le puse a la epístola esta dedicatoria: «A un poeta de estilo arcaico». ¿Creía yo que la alusión pasaría inadvertida? No lo recuerdo. La epístola era una parodia amable del léxico y versificación de Roa y exhortaba al poeta aludido pero no nombrado a cambiar de estilo, temas y lenguaje:

El tu arcaico rimar y tu lenguaje
que evocan áureos tiempos y pasados,
a la usanza del siglo son ultraje.

Aquesto dijo porque mis cuidados
nacen del noble afán de ver tu gloria
y tus sueños de artista realizados...

La epístola, pues, decía en endecasílabos, lo que en prosa verbal solía yo repetir a Augusto en aquel tiempo. Estábamos en agosto de 1938. Mi amigo se sintió aludido sin ofenderse en lo más mínimo. Y acaso sobre el mismo pupitre del banco, furtivamente, trazó también en tercetos una respuesta a mi crítica y a mi exhortación. Los tercetos tenían una dedicatoria clara e inequívoca: iban dirigidos a mí, con mi nombre y apellido. El modelo de Roa en que se inspiró la respuesta, no podía ser más ilustre: nada menos que la «Epístola moral a Fabio», atribuida a Francisco de Rioja por Pedro Estala, atribución que entonces Roa no ponía en duda. Augusto agradecía mi consejo con su habitual bondad:

Gracias te doy rendidas noble amigo,
por los consejos que en mi bien me ofreces;

ero él no renunciaría a su forma de poetizar. Sería fiel a su estética actual. No tenía, por otra parte, ambiciones de gloria; no pactaría, pues, con ningún estilo ajeno a su estética:

No quiero yo oropel ni quiero honores,
que escribo sin cuidarme del presente
y del futuro ingrato en sus favores...

Como en el modelo clásico, informaba la epístola de Augusto una filosofía de inspiración estoica. Y terminaba así:

Yo digo con Rioja solamente:
«Quiero, Fabio, seguir a quien me llama,
y callado pasar entre la gente,
que no afecto los nombres ni la fama».

Una semana después apareció en El País otra epístola mía. Comenzaba juguetonamente con una broma impuesta por la rima o una rima impuesta por la broma:

Lo que tus versos dicen, Roa Basto
-perdóname la ese que te omito
y que echo, por licencia en el canasto-
me deja casi exánime y contrito...

y luego volvía a repetir, con nuevas imágenes, mi crítica a su arcaísmo poético tres veces secular:


Esos versos que cual las carabelas
hoy marchan lenta y armoniosamente
con grandes ripios como las estelas,

son ecos del pasado. Otra corriente
de ondas sonoras en las liras canta
que anuncian otro sol en el oriente.

Nueva voz, nuevo cántico levanta,
y vuélvete reformador, forjando
tu lira para la cruzada santa

de abrir otro horizonte nuevo. ¡Cuando
se lucha por abrir senderos
es necesario comenzar cantando!

La exhortación se hacía ahora más vehemente y perentoria demandando la destrucción de la lira arcaizante:


¡Rompe tu lira, y cuando su «cordado»
cruja entre la madera destrozada,
forja una lira nueva! En tu pasado,

quedará como alondra desolada
la musa de tu clásica poesía,
e irradiará en tu mente una alborada
de nuevos versos para el nuevo Día.

Esta vez Augusto reaccionó con energía y se explayó en un chisporroteo de imágenes. Si en la primera epístola la bastaron 28 versos para expresar sus ideas, la segunda le exigió 64:


Permíteme, poeta, que yo guarde
intacta y sin romper mi lira amada,
que quebrar el acero es ser cobarde,

ya que bien dices que es luciente espada
la lira con que cantan los poetas
el triunfante llegar de otra alborada.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Yo en tanto quiero retrasar mi paso,
que no tengo premuras, y más precio
probar mi lira al son de Garcilaso,

que en «neo-sensible» estilo imitar necio
la jerigonza de las artes nuevas:
el «cubismo», la «jazz» de estruendo recio.

A que a ellas abdique no me muevas
con versos por tu ingenio concertados,
que a errada parte tus afanes llevas:

mi plectro no nació para criado,
y sin fuerzas tampoco para tanto,
puede ya libre en modo nunca usado
rebelde alzar el son de un nuevo canto.

Y, en efecto, Roa ya estaba listo o casi del todo listo, para «alzar el son de un nuevo canto». Ya estaba entonces descubriendo a los más altos poetas de la vanguardia hispánica. Y a él mismo -con Josefina Plá y Hérib Campos Cervera- le tocaría ser uno de los tres renovadores de la poesía de nuestro país.
Y se dio el caso de que a mí, el «crítico» que le había exhortado a superar su arcaísmo literario, me tocara presentarlo un día como a un brillante adalid de la renovación poética en el Paraguay.
En 1946 ejercía yo la cátedra de literatura hispanoamericana en la Escuela de Humanidades de Asunción. Tuve entonces la idea de invitar a los poetas más representativos de la nueva estética a definir su poética y a leer sus propios poemas ante los estudiantes de mi curso y en presencia del Director de la Escuela, Dr. Osvaldo Chaves, profesores de la institución y otros intelectuales entre los que recuerdo al Agregado Cultural de la Embajada Argentina. Y aconteció que frente al Colegio San José, en la residencia de una de mis estudiantes, la señora Asunción Riera de Codas, y muy cerca de aquella calle desde la que «en contemplación paralela» habíamos los dos admirado unas nubes inolvidables una lejana siesta de primavera, Augusto Roa Bastos leyó una brillante disertación sobre la nueva poesía.
La crónica de aquella reunión fue escrita por Roa y publicada en El País el 16 de julio de 1946. En ella, con característica modestia, el gran escritor ni siquiera alude a su propia participación en el acto que definió como de «exclaustramiento cultural». Subraya, sí, la significación de aquel encuentro de universitarios y poetas, y ofrece una síntesis del diálogo en que intervinieron los demás participantes. Pero los que oyeron al poeta, este ya en la plenitud de su talento, aquella tarde de julio de 1946, no olvidarán nunca el ardor de su entusiasmo y la brillantez de su exposición.
Era el fin de sus mocedades. Su prosa deslumbrante prefiguraba ya la del autor de Hijo de hombre y de Yo el Supremo.

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