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jueves, 29 de julio de 2010

VERÓNICA BALANSINO - ESCENAS (NOVELA) / Edición digital: BIBLIOTECA VIRTUAL CERVANTES

ESCENAS
Por
VERÓNICA BALANSINO
Edición digital basada en la de
ASUNCIÓN-PARAGUAY 1999
Edición digital:
DEDICATORIA
Este libro es para Gris,
mi mamá
por creer en mí
desde el momento,
en que todo comenzó...
AGRADECIMIENTOS
A Tomás Caeiro, por impulsar
y llevar a cabo el proyecto,
regalándome la posibilidad de hacer realidad
este sueño.
.
A Martín Balansino, mi hermano del alma,
por sus sugerencias y sus «bajadas a tierra», y
por amar esta historia
tanto como yo.
.
A papá, por su silenciosa aprobación.
.
A mis abuelos... por estar siempre.
.
A Clara Bellegarde,
Mario Trivero, Diego Carballo,
Carlos Cristaldo, Dr. Óscar Delgado,
Dra. Noelia Yodice de Da Costa,
por la buena onda y los valiosos datos
e informaciones puntuales
aportados a la novela.
.
PRÓLOGO
La fila de coches parecía extenderse hasta el infinito. Los bocinazos infernales acrecentaban la adrenalina que, un lunes a las seis y media de la mañana, está más alta que nunca en la sangre de cualquier ser humano citadino.
Susana tenía que dejar a sus chicos en el colegio y llevaba quince minutos de retraso. Golpeó con fuerza el volante, se asomó por la ventanilla e insultó al demente que obstruía el tránsito con su absurdo camión tumba.
«Hermosa manera de comenzar la semana», pensó.
Repasó mentalmente todo lo que te esperaba en la productora, y esto tampoco era muy alentador. Tenía dos comerciales encima, de los cuales uno se tendría que haber presentado el viernes y otro ese día. La vestuarista se retrasó con las entregas. Uno de los actores protagónicos se fracturó una pierna y el cliente debía ver nuevamente los castings. El maquillador entró en depresión porque su concubino gay lo engañó con su mejor amigo, y envió un reemplazante que jamás había tomado un delineador en su mano. Corina y Doris, dos de sus asistentes, se pelearon y le fueron con el planteo pueril de ella-o-yo, y el altercado hizo que éstas convocaran a la mitad de los extras. El equipo técnico se distrajo y fundió unos transformadores, por lo cual el estudio quedó totalmente a oscuras y no había uno solo disponible para alquilar en toda la ciudad... Resultado: trabajo en vano, estrés en el alma y en la piel, cliente furioso y una única culpable: Susana Sereatti, la jefa de producción.
Los pequeños iniciaron una ruidosa pelea en el asiento trasero. La irritación crecía.
-¡Carola, Luis! ¡Basta, por favor!
Finalmente, a paso de tortuga, llegó a la bocacalle, tomó un desvío lateral y pudo salir de eso que parecía el centro mismo del infierno.
Dejó a sus hijos en el colegio. Agitó la mano para saludarlos y recibir el besito que Carola le soplaba desde la puerta. Puso primera y se encaminó a su oficina.
Mientras oía sin escuchar el noticiero en la radio, sus pensamientos le trajeron a Ariel. ¡Qué equilibrada tenía que ser para soportar ese perverso doble rol (marido y jefe), y no sucumbir a la debilidad del famoso mezclar-las-cosas!
Ariel Sereatti era tan o más implacable que cualquier otro jefe. Exigente consigo mismo y con su equipo, lo era el doble con su esposa. Jamás toleró sus errores, y se los hizo pagar como a cualquiera de sus subordinados.
Pero en las noches, cuando ambos se encontraban en la puerta de su departamento, volvía a ser el tierno muchacho que se casó con ella doce años atrás. Compartían un amor sereno, engrandecido con el tiempo y consolidado luego con los hijos. Aún estaban vivos en su mente los sucesos de la noche anterior. Se estremeció al recordar el amor, osado y carnal, sobre la alfombra de la sala, con las luces encendidas, las burbujas del champán crepitando en la boca y en la piel, y Plácido Domingo enviando un aria de Puccini desde el equipo de CD.
Su teléfono celular la sacó bruscamente de la ensoñación.
-Susana, soy Paula. ¿Llegaron a tiempo los niños?
-Sí, no te preocupés -sonrió Susana-. Y una suerte de culpa la sobrecogió por su cuñada, quien la noche anterior se llevó los chicos a su casa, mientras ella y Ariel hacían estallar la noche.
-Bueno, me quedo más tranquila, entonces. ¿Qué tal la comida china?
-Más o menos. Los wang-tan estaban un poco aceitosos; pero el vino era excelente.
-Chablis, por supuesto. Mi querido hermano entra en una especie de éxtasis cuando está bien añejado.
Un automovilista hizo sonar largamente su bocina cuando Susana maniobró y casi se estrella contra el otro vehículo.
-¡Dios mío!... ¿Dónde estás?
-A veinte minutos de la productora. Es tardísimo.
-Bueno, hablamos luego. Un beso.
-Otro. Gracias por todo, Paula.
Bajó al estacionamiento subterráneo. Estaba casi desierto, sólo había dos o tres autos y las camionetas de exteriores. «Lunes, por supuesto. Síndrome de lunes», concluyó para sí.
Susana llegaba siempre dos horas antes que el resto del personal, incluso, antes que Ariel. Quería organizar todo tranquilamente, hasta que la productora comenzaba a poblarse con una procesión lenta que terminaba cerca de las nueve y media, cuando el último funcionario entraba a las oficinas.
Repentinamente, algo extraño recorrió sus venas y le produjo un escalofrío inexplicable.
Bajó del coche. Un silencio de sarcófago.
No entendía qué le ocurría. Un crujido más allá de los tubos del aire acondicionado la paralizó. Se calmó entonces a sí misma pensando que estaba delirando por los efectos de la noche anterior. Comenzó a caminar, pero la extraña sensación retornó a ella y le tocó la espina dorsal con su mano congelada.
Susana no comprendió y giró en redondo. Ni siquiera tuvo tiempo de oír el balazo que salió disparado de algún punto del sótano.
El cartel que decía «Sereatti Producciones», justo enfrente de las escaleras, repentinamente fue una mancha borrosa de rojos, azules y verdes.
Después desapareció y todo se volvió negro y silencioso.
.
UNO
La carpa de las niñas ya estaba a oscuras, y la supervisora, dormida.
Paula fingía un profundo sueño, aguardando a que todo esté lo suficientemente calmo. Sólo se oía el croar de las ranas, el zumbido de los mosquitos que el repelente ya no ahuyentaba y la respiración acompasada de sus compañeras.
Abrió un ojo. Ninguna señal de peligro en el aire, sólo la claridad que proyectaba la luna llena a través de las ranuras de la carpa.
Con todo el sigilo que pudo, emergió de su bolsa de dormir, se calzó los borceguíes y salió. El golpe de aire frío de la noche la inquietó aún más, pero Paula Sereatti jamás se daba por vencida, jamás retrocedía un paso.
Escondió el pelo largo bajo una gorra de muchacho y se encaminó hacia el lugar del encuentro.
Alcides acomodaba unos bultos alargados en una mochila. La vio llegar y se incorporó.
-Todavía no hay nadie -susurró.
-¿Hay café? -preguntó ella, también murmurando, sin saber por qué, pues, en realidad, estaban lejos de las carpas y nadie podía oírlos.
-No, está trayendo Hernán.
Ella se sentó en una piedra y encendió un cigarrillo.
-¡Estúpida, si te ven fumando, nos echan a todos a patadas!
Paula emitió una risa apagada y sarcástica.
Enseguida llegaron los otros tres que faltaban del grupo, Carlos (portando una cantimplora llena de café negro, hacia la cual todos se abalanzaron), Ramiro y Marco.
-¿Todo bien?
-Todo, menos el jeep. Ese fatero de Jorge debe estar usándolo de reservado con alguna gatita del pueblo.
Y en ese instante se oyó, a lo lejos, el ronroneo de un motor que se acercaba.
-¡Que Jorge no se entere que Paula es Paula! -sentenció Ramiro, con algo de temor, por lo cual ella volvió a emitir su risita mordaz.
-¡Maricón! ¿Para qué te pusieron testículos a vos? - luego se acercó a él y le palmeó la espalda-. Tranquilo, muchacho -le dijo impostando la voz perfectamente- puedo pasar por tu primito gay. ¿O no? -agregó-, apretándose la zona genital como si se tratara de un hombre.
El grupo explotó en una carcajada justo cuando el jeep del instructor llegaba junto a ellos.
-¡Hola, niños! -y mirando hacia Paula balbuceó: -hola, eh...
-Pablo, señor -completó ella, tratando de parecer un adolescente indefinido.
-Es mi primo -se apuró a especificar Marco-, sus padres se hospedan el pueblo, él volverá con ellos en cuanto terminemos.
-¿En cuánto terminemos? -preguntó Jorge, comprendiendo muy poco lo que ocurría-. Eh, bueno, yo creo que...
-No tenés por qué preocuparte ¿sabes? El tipo es un fenómeno tirando -le susurró Alcides al oído de Jorge, y al grupo-: ¿Verdad que Pablo tira muy bien?
-¡Sí, por supuesto que sí!
-Obviamente, tiene una puntería increíble.
Y luego, silencio.
Jorge miró a todos, que aguardaban expectantes una respuesta.
-Siendo así -concluyó luego de un rato-... ¡que se una, entonces, a los indios!
El grupo entero saltó al jeep y todos partieron raudamente hacia el interior de los pastizales.
Paula se reía del mundo.
Con sólo catorce años podía burlarse de la poca percepción de ese tipo Jorge y engañar a sus supervisoras. Se compadecía de las pobrecitas de sus compañeras, tan cabecitas con eco, a quienes lo único que les aceleraba el corazón era «una mirada del joven de los ojos verde mar igualito a Delon en sus años mozos». Su adrenalina corría por su sangre a través de otras cosas, como esas escapadas nocturnas, como hacer lo que quería cuando quería. Consideraba que tenía mucho tiempo por delante para pensar en conseguir un novio buen-partido, luego casarse, ser una buena esposa y llenarse de niños. En ese momento, y a esa edad, sus prioridades eran otras.
Llegaron a la zona más oscura del campo, en donde el bosque no dejaba llegar el resplandor blanquecino de la luna. Era el mejor sitio para las andanzas nocturnas de las desprevenidas liebres. Bajaron del vehículo y se internaron sigilosamente entre los pastos, dispuestos a esperar que el mínimo movimiento les delate la presencia de la presa.
Transcurrieron unos minutos y oyeron un leve crujido de pastos, seguido de varios movimientos de ramas. Jorge dirigió el reflector con la luz a pleno sobre la liebre, en el momento en que Paula gritaba:
-¡Mía! -y disparaba su rifle con un estruendo que derribó al animalillo en retirada.
Todo transcurrió en una fracción de segundos, incluso el silencio en que se suspendió el tiempo, silencio que Paula invadió con un alarido aborigen, para correr después en búsqueda de su trofeo.
Ninguno podía dar crédito a la precisión impresionante del disparo, a la fiera determinación y a la rapidez con que aquella muchacha alta, de aspecto frágil y desgarbado, tomó cartas en el asunto para hacerse cargo de la situación.
Jorge estaba azorado. ¡Ese niñito imberbe no podía tener tanta fuerza y tanta decisión! Les había ganado el disparo a todos, y ahora regresaba, agitando la liebre, puro salto y exclamaciones, a reunirse con el resto para celebrar su triunfo.
-¡Felicidades, Pablito! -le dijo Jorge, no saliendo aún de su azoramiento-. Estuvo sencillamente brillante...
-¡Es enorme! Otra como esta y podré cocinar un escabeche para el asado de mañana.
Emprendieron la marcha para buscar otro sitio, cuando el ruido de un motor los alertó. ¿Quién sería a esa hora de la noche?... Aminoraron el paso y esperaron, en un tácito acuerdo de no desesperarse. El sonido se hacía cada vez más cercano.
-¿Por qué no regresamos al jeep? -propuso Ramiro, un segundo antes que comience a paralizarlo el pánico creciente.
El instructor gesticuló, como para comenzar una frase tranquilizadora, pero ésta jamás fue emitida, debido a la súbita intervención de Paula:
-¡Otra vez! ¡Pero qué cobarde resultaste, eh!... No hay por qué alarmarse. En esta parte del país la gente es inofensiva, duerme con las puertas abiertas, se conocen todos... Es gente de pueblo. ¡Ni siquiera se les cruza por la cabeza hacerle daño a nadie! Además, tampoco tienen necesidad y...
El apasionado alegato de Paula, a quien nadie prestó demasiada atención, fue interrumpido por el ruido del vehículo en cuestión, que acababa de aparcar a unos metros del grupo de muchachos.
Se produjo un silencio denso. Se trataba de una vieja camioneta Ford de los años cincuenta. Los minutos parecían no correr. Se abrió la puerta y descendieron dos personas, irreconocibles en la oscuridad de lugar, tan sólo las siluetas negras que se acercaban a ellos. Ninguno intentó correr, quizás por vergüenza, o porque secretamente todos esperaban la reacción del compañero. Cuando los sujetos estuvieron más cerca, Paula ahogó un grito con ambas manos y ocultó de inmediato su rostro entre las solapas de su chaqueta. No debía dominarla el pánico. En los momentos de peligro, tenía que estar lo más lúcida posible para que nada interfiera en sus pensamientos ni en su accionar posterior. «Frialdad, Paula, frialdad», se exigió a sí misma.
-¡Señora Lidia! -exclamó Jorge-, sacudido blandamente por el alivio casi nos mata de un susto.
La señora Lidia se acercaba a ellos con la cara enrojecida por el frío y contraída de preocupación.
-Profesor Jorge, algo terrible ha sucedido en el campamento. Me fui a caballo hasta el pueblo y le pedí a Don Gregorio, el señor de la estación de servicio, que me traiga a buscarlos. Disculpe que lo moleste, pero necesito que Ud. y los muchachos me ayuden...
-Está bien, tranquilícese, -Jorge no sabía cómo interrumpir la histérica verborragia de la mujer. Echó una mirada a los jóvenes, que parecían aguardar instrucciones; pero, en cambio, Jorge volvió a dirigirse la señora- ¿qué tal si no nos cuenta lo que ocurrió?
-Vea, en realidad ni yo sé muy bien qué es lo que ocurrió, ni cómo ocurrió. Lo cierto es que una de las niñas me despertó llorando, diciendo que faltaba una compañera en la carpa. Entonces encendí la lámpara las desperté a todas. ¡Pobrecitas, no entendían nada! Pasé lista y, efectivamente, faltaba una. Salimos todas juntas a buscarla por el campamento pero no estaba por ningún sitio. Entonces decidí dejar a todas al cuidado de una de las mayorcitas, preparé el caballo y me fui hasta el pueblo. Imagínese, profesor, imagínese mi preocupación. Las niñas, solas; una de ellas, quién sabe por dónde. Estoy desesperada. ¡Es tanta responsabilidad! Y si algo le ocurriese a alguna de ellas, qué haría yo cuando...
-Bueno, bueno, cálmese, todo se va a solucionar. Los muchachos y yo nos haremos cargo de esto. Es mejor que usted vuelva con las demás. Confíe en nosotros. ¿Quién es la niña?
-Paula, profesor. Paula Sereatti.
Jorge acompañó a la angustiada mujer hacia la camioneta, le dio el termo con café caliente y agradeció a don Gregorio, pidiéndole como último favor que les ayude con la búsqueda. El hombre regresaría luego de dejar a la señora Lidia en las carpas y llenar el tanque de combustible de la desvencijada camioneta.
Cuando regresó hacia los demás, se dispuso a dar las instrucciones:
-Vamos a hacer tres equipos de rescate: Ramiro viene conmigo en el jeep, y llevamos a Hernán y Alcides a buscar el caballo al campamento, éste será el segundo grupo. Marco, vos te vas en la camioneta con don Gregorio y tu primo... -paseó la vista por el grupo, y descubrió que los muchachos estaban solemnemente silenciosos-. ¿Dónde está ahora ese mocoso?
-Ehhh... bueno, él... -comenzó a decir Carlos, quien fue interrumpido bruscamente por Marco.
-Yo voy, a decirte la verdad, Jorge. No puedo engañarte -Marco sintió que todas las miradas le fusilaban el rostro-. Pablo se escondió en la camioneta de don Gregorio para regresar al pueblo. La verdad es que él se escapó de sus padres, que jamás le permitirían salir solo de noche, y menos de cacería. Entonces saltó por la ventana para venir con nosotros. Si la búsqueda se alargaba hasta el amanecer, corría el riesgo de que sus viejos lo descubran llegando al hotel... ¡y, ahí sí que se las vería negras!
-Dios Bendito... otra desaparición.
-Sos un bocón, Marco -disimuló Alcides.
-No tenías por qué contarle nada -recriminó otro.
-Es que no podía seguir preocupando al pobre Jorge con otro berrinche -se defendió el supuesto delator.
-Muchachos, muchachos... basta de discusión intervino -Jorge-. Lo que menos me preocupa ahora es ese chico. Es muy valiente y sabe aguantársela, no le va a pasar nada y va a llegar junto a sus padres vivito y coleando. Lo que sí me asusta es esa chica Paula.
Tomó un palo y determinó las zonas de rastreo en un mapa improvisado en la tierra removida.
En menos de veinte minutos, don Gregorio se reunía con ellos. Jorge, Ramiro, Hernán y Alcides subieron al jeep, éstos últimos rumbo al campamento para buscar el caballo. Marco abordó la camioneta y partió con el anciano en dirección opuesta, munidos todos de reflectores, linternas y un altavoz que había quedado de casualidad dentro del auto. Se encontrarían todos al amanecer en las carpas, con o sin resultados.
Paula apretó las mandíbulas para no gritar. El dolor era casi insoportable, pero tenía que resistir. Mientras el cuchillo desgarraba cruelmente la palma de su mano, trató de pensar en la felicidad que la invadió al ver caer a la liebre y el regocijo interno al escuchar los exaltados aplausos de los demás. Pero ni aun así. Solamente pudo soltar el aire contenido cuando la caricia caliente de la sangre brotó de la herida abierta y aplacó un instante el ardor.
Arrojó lejos el cuchillo, manchó con sangre varios sitios estratégicos de su atuendo y, con un pedazo arrancado de su camisa, se improvisó un vendaje. Se desordenó el cabello y pasó un dedo por la tierra para dibujarse unas ojeras oscuras.
Lo peor había pasado ya, ahora sólo le quedaba sentarse a esperar. Se acurrucó contra un pino, al costado del camino que llevaba al pueblo, y se cubrió con unas hojas grandes que estaban diseminadas por el suelo.
Intentó dormir; pero el frío intenso le congelaba los huesos. Se sentía entumecida y comenzaba a impacientarse. Al cabo una hora, cuando estaba a punto de reunir fuerzas para emprender el regreso, divisó unas luces a lo lejos. Era el momento.
Invocó nuevamente todas sus dotes de actriz y trató de meterse en un nuevo personaje: el de niña aterrorizada.
Reconoció el jeep del crédulo de Jorge. Por suerte, su abrigo era reversible, y en la oscuridad, con el pelo suelto y la campera del revés jamás la reconocería. Cuando el vehículo pasó lentamente a su lado, alzó sus brazos y lanzó un grito desesperado, para derrumbarse después en una caída espectacular cuando el reflector iluminó la zona.
-¡Paula! -gritaron-. Paula... ¿sos vos?
Ella volvió a alzar su brazo. El auto estacionó en la banquina, y sus ocupantes bajaron presurosos.
-Está herida -anunció el instructor.
Paula trató de no mirar la cara de desconcierto de Marco, porque estaba a punto de soltar una carcajada. Jorge se inclinó hacia ella para levantarla en sus brazos y llevarla hacia el jeep.
Las quince cabecitas adolescentes se amontonaban en círculo en torno a su bolsa de dormir. Paula contaba por centésima vez los terribles episodios de esa noche.
-No podía dormir, entonces saqué el cortaplumas del bolso y salí a buscar unas naranjas. Me subí al árbol, y cuando iba a cortar un gajo con varias frutas, se me quebró la rama donde estaba parada, caí y me rebané la palma con la navaja. -Procuraba dar gran efecto a su relato, y divertirse con las ridículas expresiones de las demás-. La herida comenzó a sangrar mucho, entonces pensé que tal vez podía llegar al pueblo caminando, porque no quería despertarlas a todas, ni mucho menos, alarmar a la señora Lidia. ¡Pobre, ella se iba a preocupar tanto!
-Y te fuiste -completó una muchacha.
-No, se quedó en la carpa -ironizó otra.
Paula prosiguió, muy solemne e involucrada en su desgracia.
-Comencé a andar por el camino, hasta que me di cuenta que estaba perdiendo demasiada sangre. Cuando los temblores me sacudieron el cuerpo, me toqué la frente. Tenía fiebre. Ya no podía dar un paso más, se me estaban aflojando las piernas. Entonces... ¿qué me quedaba por hacer sino rezar? Recé y traté de tener fe para que alguien venga a rescatarme. De lo contrario, los chimangos comerían mi cuerpo muerto al día siguiente.
Paula miró las caras pálidas y horrorizadas de sus compañeras, e imploró a todos los santos del cielo para no soltar una risotada.
-¿Y después que pasó?
-Aguardé, el frío me estaba anestesiando la sangre. Vi un atisbo de esperanza cuando escuché el caballo de la señora Lidia. Le grité, con la poca fuerza que me quedaba, pero no me escuchó. Después pasó nuevamente y, detrás de ella, don Gregorio en su camioneta, pero tampoco me oyeron, ni me vieron. Ya me daba por vencida, cuando, por fin, el profesor Jorge me encontró con su reflector. ¡Es todo un héroe! De no haber sido por él... -y se preparó para lanzar su última frase, grandilocuente y cinematográfica-. Hoy mis padres estarían sepultando mi cadáver.
Las muchachas estaban extasiadas y una gordita de anteojos, lagrimeaba.
Paula ocultó su rostro entre las manos, mientras lloraba desgarradamente.
Lo cierto era que lo que ocultaba no era llanto. Eran carcajadas ahogadas, mientras disfrutaba por adelantado del momento en que reiría sin reprimirse con su hermanito Ariel, el único que compartía con ella todos sus secretos.
.
DOS
Paula Sereatti se paró frente al espejo y la imagen que vio la desalentó. No supo si ese ridículo vestidito rosado era demasiado corto o sus piernas demasiado largas y flacas. El maquillaje cumplía el perfecto y payasesco rol de máscara, convirtiéndola en una muñequita sin cerebro. El pelo recogido en un rodetón duro le pesaba, y te hacía doler las sienes, además de hacer que sus casi veinticuatro años parezcan cuarenta. Las medias de nailon le picaban, le torturaban los zapatos con taco y el idiota que tenía que pasar a buscarla se estaba retrasando media hora.
Su mal humor avanzaba con cada minuto que marcaba el reloj. Se miró una vez más en el espejo. Se sintió estúpida y disfrazada. Y decidió que lo que hacía era absurdo.
Se cambió el vestido por un jean y una camisa, los tacones por un par de botas chatas, se lavó la cara y cepilló frenéticamente su pelo hasta deshacerse de la última partícula de fijador. «¡Pobre peluquera, tanto trabajo!», pensó, con unos dejos de diabólico placer.
Buscó entre sus libros y encontró las entradas que le regaló un compañero de facultad. Fue hasta la habitación de Ariel, que leía un libro antes de dormir. Cuando la vio entrar, se incorporó en la cama, sorprendido.
-¿Qué hacés vestida así?... ¿No tenías una cena con un Fulano?
-Son las diez y quedamos para las nueve, me molestaban los tacos, la ropa y el peinado, y no tengo ganas de pasarme la noche engrudada ni de soportar charlas estúpidas de huequitas clase A. Y menos, a ese idiota soberbio que no tiene otro tema que los autos de carrera los caballos de polo. No voy a ir.
-Pero... Paula...
-Ya está decidido. Además, hoy, se estrena la última de Bertolucci -sonrió, agitando las entradas-. La función de trasnoche es a las doce y cuarto. -Abrió el ropero de Ariel y le arrojó una remera y un pantalón de jean-. Así que, vestite y, nos vamos. Voy a sacar el auto del garaje. -Caminó unos pasos y se volvió para decirle- Ah, después podemos tomar un champancito en algún bodegón de por ahí. Creo que hoy tocan blues en El Café del Altillo.
Dichas las palabras mágicas, su hermano saltó de la cama y comenzó a vestirse a toda velocidad.
Paula y Ariel eran socios de aventuras. Desde niños, compartían una cerrada complicidad. Tenían códigos con los que se comunicaban en presencia de terceros, podían cubrirse entre sí inventando las más asombrosas historias, para reírse luego a espaldas de los pobres desprevenidos que se las creían. Compartían también el buen cine, los últimos best-sellers y los autores clásicos, la buena cocina, el amor a la naturaleza. Se pasaban horas hablando por las noches, después de descorchar alguna botella de su pequeña bodega, ese tesoro escondido al que nadie, ni su madre, tenía acceso. Ariel sabía todo lo que le pasaba a Paula. Paula sabía todo lo que le pasaba a Ariel. Cada uno hubiese levantado catedrales sin cimientos, y librado batallas de uno contra todos en nombre de su hermano.
Aurora y Raúl Sereatti habían educado a sus hijos bajo la célebre máxima de José Hernández: Los hermanos sean unidos [...] porque si entre ellos pelean, los devoran los de afuera... Con estas palabras del gaucho Martín como premisa y una rica formación intelectual privilegiándola sobre todo lo demás, habían hecho que el dúo de pequeños crezca construyendo una amistad sólida, basada en la confianza, el respeto y la admiración mutua.
Y ahora, al final de la adolescencia, los padres veían con orgullo que aquel propósito de más de veinte años atrás se había llevado a cabo y culminado con éxito.
Paula estacionó al borde de la calzada y Ariel, que ya estaba esperándola, saltó al volante del viejo convertible Alfa Romeo. Accionó un casete de Eric Clapton en el estéreo y ambos partieron al encuentro de lo que para ellos sería «una noche para ser vivida».
Compraron una botella de champán brut en el shop de una estación de servicios y recorrieron sin prisa la ciudad. La noche estaba maravillosamente cálida.
Pasaron enfrente de un bar atiborrado de jóvenes, de estructura moderna y luces de neón en su interior, punto de encuentro de los que después partían hacia las discotecas. Paula miró la hora: las once y media.
-«Las Vickis» deben estar luchando con la multitud para entrar en Giuliano -comentó.
Sus compañeras de la Facultad de Antropología llamaron en la tarde para pasarle el recorrido de esa noche, pero Paula tenía el famoso encuentro con «Mr. Automovilismo», por lo cual había desertado del grupejo. Eran cinco chicas ruidosas e irritantemente inteligentes, que podían volver loco al más coherente con su humor ácido y almodovariano que divertía sólo a ellas. Se autodenominaban «Las Vickis», en referencia a un conjunto de soul del underground madrileño, integrado éste por jóvenes bohemias, cuya filosofía de vida era regirse por sus propios cánones y no por los que la sociedad imponía. En consecuencia, la versión telúrica y reciclada de «Las Vickis» constituía un quinteto irreverente, alocado, desopilante, persuasivo y, por sobre todas las cosas, con una gran personalidad.
-En realidad, no me muero por ir a hacinarme en una discoteca. Ese sudor pegajoso de la gente mezclándose con el propio me asquea.
Su hermano arqueó las cejas y la miró de reojo.
-Me encanta tu visión positiva del sano esparcimiento de las masas, querida hermana -comentó, muy circunspecto e impostando la voz.
Paula lanzó una carcajada al viento cálido de la noche:
-Eso sonó espantosamente oligarca, fascista y, lo peor de todo, muy profundo para esta noche.
El estacionamiento del cine también era un hacinamiento, no humano, sino de coches que aceleraban, tocaban la bocina, o frenaban en pos de encontrar un lugar. Sumado al caos, la discordante cacofonía de insultos de los conductores de los autos que salían de la función anterior y estaban atorados por los que entraban a la trasnoche.
-¡Pero qué perspectiva más agradable! ¿Vos querés ir a enervarte allí?
-La verdad que no... No es lo ideal. Como te dije, anhelo con toda mi alma una pacífica noche de sábado.
-Bueno... pues esperemos que estos buenos chicos arreglen sus quilombos.
Estacionaron a una cuadra, descorcharon el champán y se recostaron en los asientos, disfrutando de la noche, de Clapton y de la dorada fascinación de la bebida. Cuando al fin se calmó el tránsito vehicular en torno al estacionamiento, Ariel arrancó su auto y entró aceleradamente al primer sitio vacío que encontró.
-Excelente jugada la nuestra, compañera.
Bajaron y se encaminaron al cine, entre carcajadas y bromas que sólo ellos entendían.
-¡Hey!... Me parece que esto es de ustedes.
Ambos se dieron la vuelta para ver a una chica alta y morena, que agitaba las llaves que Ariel se había olvidado torpemente en la puerta del Alfa Romeo. La morena vino hacia ellos. Fumaba un Virginia Slim y sonreía ampliamente. Tenía un jean ajustado y una blusita al cuerpo que dejaba ver sus formas armónicas. Ariel reparó en el color verde intenso de sus ojos. La chica les pasó las llaves y dijo, sin dejar de sonreír:
-¡Me podría haber fugado con tu auto!
-Gracias -intervino Paula, tomando las llaves y la palabra, pues Ariel se había quedado mudo, sin poder apartar la vista de esos inquietantes ojos-. Si no era por vos, nos quedábamos sin auto.
-No es nada. Hoy por ti, mañana por mí... -exclamó la chica.
Caminó unos pasos y se volvió.
-Ah, me olvidaba... -Ariel continuaba mudo. Ella se acercó hasta quedar a unos diez centímetros de él, lo miró fijamente y, señalándose los ojos, anunció:- son lentes de contacto.
-¡Oh!... -pero antes que él pueda emitir algún otro sonido, la chica había desaparecido entre los autos.
Paula la observó marcharse. Estaba fascinada. Después miró a su hermano, que aún permanecía inmóvil e inaudible, y no pudo sino soltar una risotada, tras la cual Ariel, sobresaltado, despertó bruscamente de su letargo.
-¿Qué es tan gracioso?
-Ay, Ariel -pudo decir entre sus carcajadas tendrías que ver tu cara-. ¡Esa mujer te revolcó sin piedad! ¡Te hizo rodar por el lodo y después te fusiló!... ¡Atención damas y caballeros, Ariel el Grande ha sido abatido por un ejemplar femenino no identificado! -y continuó riéndose ante el rostro impávido de su hermano.
-Ella... -Ariel comenzó a decir algo, pero finalmente sólo pudo exclamar:- Tenés razón... ¡Qué mujer!
Pasó su brazo alrededor del hombro de Paula.
-Vayamos de una vez por todas a devorar el último pastelito de nuestro querido don Bernardo.
Salieron del cine maravillados por la impecable producción, las brillantes actuaciones, las tomas cuidadas hasta el último detalle y el rico argumento de un film que sólo un genio puede crear.
Ellos no podían dejar de hablar acerca de la joyita que acababan de disfrutar, siempre quedaba algún aspecto que resaltar, que exclamar, que criticar. Mientras lo hacían, recorrían perezosamente la agitada madrugada del domingo. Había gente de todo tipo y color, adolescentes ruidosos, mujeres de la noche exhibiendo sus cuerpos con desparpajo, muchachas exaltadas, grupos de jóvenes ebrios que gritaban en los alrededores de las discotecas, parejas haciendo gala de su erotismo recostadas sin inhibiciones contra las murallas y los autos estacionados.
-¿Qué tal si nos vamos a morir al Café del Altillo? -Ariel consultó su reloj-. Por ahí tenemos suerte y todavía está tocando «Trío Indio».
Estacionaron enfrente de la vieja casona, convertida en una especie de taberna, con muebles rescatados de algún remate de «porquerías viejas» (al decir de su mamá), por los cuales nadie se tomó la molestia de restaurar. Se ingresaba por un ambiente pequeño, con poquísima iluminación. Las paredes estaban corroídas en algunas partes, desde donde colgaban una rara mezcla de grabados antiguos, batics rústicos, ajadas y amarillentas partituras, avisos publicitarios de treinta años atrás y unos posters de B. B. King, Joe Cocker, los Rollings y otras leyendas del rock and roll y la música negra. Una escalera caracol muy empinada llevaba a un altillo en donde estaban diseminadas las mesas alrededor de un escenario pequeño. Un hombre de pelo y barba canosos tocaba el piano e interpretaba «Layla» con una voz ronca y sentida. Lo acompañaban otros dos barbudos, muy semejantes a él, ejecutando un saxo y una guitarra eléctrica.
Un camarero gordo con cara aburrida servía chop a la clientela, compuesta en su mayoría por bohemios transportados a otra dimensión, pálidas muchachas fumando marihuana, hippies y rockeros pelilargos que hacían del lugar un templo de adoración. También había «gente normal», dotada de una sensibilidad especial, que frecuentaban el lugar por el tipo de música que se oía y por la calidad de los espectáculos que presentaban.
Como Paula y Ariel, que lo adoraban, además,.porque nadie se daba bola con nadie», y por lo pintoresco y acogedor que les resultaba. También eran conscientes que ellos eran parte de esa minoría escasa (y erróneamente no siempre bien conceptuada) que disfruta de ese tipo de sitios.
Ocuparon una mesa pequeña, cerca del escenario.
-¡Cartucho! -gritó Ariel al camarero, quien giró la cabeza a pesar del volumen de la música y se acercó con su paso aletargado y su cara de madrugada-. Traenos un brut bien frío. El que vos ya sabés.
-Esta tarde puse dos botellas a enfriar, como si hubiese presentido que ustedes vendrían. Ya debe tener la temperatura justa. Además... hoy me trajeron unos quesitos franceses que tienen que probar.
-¡Gracias, Cartucho! -exclamó Paula-, ¿qué sería de nosotros sin vos?
El hombre resopló fastidiado y, mientras se alejaba, comenzó su infaltable y eterno lamento del día:
-En verdad, muchacha, ¿qué sería de este lugar sin mí? ¿Qué harían estos hijos que Dios me dio, esa partida de vagos y holgazanes? Aquí nadie se preocupa por nada, los clientes vienen porque yo los atiendo, si fuera por estos atorrantes el negocio estaría quebrado hace mucho y además...
Paula y Ariel intercambiaron unas risitas soslayadas hasta que el hombre estuvo lo suficientemente lejos como para poder reír con todas las ganas.
Los integrantes de «Trío Indio» hicieron una pausa para tomar cerveza y secarse el sudor, mientras tanto, el disc-jockey llenó el vacío con una selección de John Lee Hooker. Llegó el champan justo cuando se iniciaba la segunda parte del show.
Escucharon dos temas y Paula se dirigió a la barra a buscar más queso (fuerte y oloroso, ideal para el champán áspero y seco que tomaban). Ariel estaba inmerso en la música. La voz ronca del barbudo y el sentimiento que ponía en cada nota le hacían pensar en un negro del Soho de New York. Ni siquiera miró a Paula cuando ocupó nuevamente su sitio en la mesa. Sólo existían esa voz, esos acordes desgarradores y él. Una mano agitándose delante de su cara lo sobresaltó y lo quitó de su trance. Enseguida vio a la persona que estaba sentada enfrente de él.
-Hace más de cinco minutos que estoy instalada aquí y ni siquiera me dijiste buenas noches. ¿Vos siempre sos tan caballero?
-Bu... bueno, es que... Perdonáme -balbuceó Ariel, incrédulo todavía, sorprendido al ver, como una aparición, a la chica morena del estacionamiento sonriendo del otro lado de la mesa-. Perdonáme -volvió a decir-, pensé que eras mi hermana.
-¿Tu hermana? -la sorprendida ahora era la joven.
-Sí, mi hermana. Paula, la chica que estaba conmigo.
-¿La misma del estacionamiento?
-Sí, la misma. Se fue a traer más queso. ¿Querés champán? -le preguntó, mientras volvía a llenar su copa para ofrecerle a la muchacha.
Ella bebió un sorbo y luego exclamó:
-¡Brut, por supuesto! -Alzó la copa y examinó detenidamente su contenido a través de la escasa luz-. Y del bueno... Digo, por las burbujitas.
-Vieja tomadora de champán, ¿verdad?
La chica rió y encendió otro Virginia.
-Algo así. Pero el verdadero motivo por el que estoy aquí no es por el champán. Es por tu auto.
La magia desapareció repentinamente de la atmósfera de Ariel, para ser reemplazada por un torrente de adrenalina corriendo por sus venas.
-¿Qué le pasó al auto?
Y recién cuando ella comenzó a reírse, se tranquilizó.
-Nada. No te preocupés. Ocurre que tu auto está parado justo detrás del mío y me está bloqueando la salida. Casi muero del susto ante la perspectiva de quedarme aquí hasta quién sabe qué hora. Cuando vi que era el de ustedes me dije que la suerte estaba de parte mía. Entonces entré, los busqué, te encontré y heme aquí.
Ariel no pudo sino sonreír. La joven le transmitía energía positiva. Era pura frescura y espontaneidad.
-Está bien, menos mal que era eso. Por un momento llegué a pensar que, en lugar de las llaves, me había olvidado las puertas abiertas de par en par, y que unos fulanos ya se estaban llevando tranquilamente mi viejo pero noble autito. De todas maneras, te debo las gracias por lo del estacionamiento del cine.
-Ya te dije que no era nada.
-Sí, pero siempre es bueno volver a agradecer cuando alguien hace algo por uno.
-Me estoy sintiendo la Madre Teresa de Calcuta. ¡Por favor, fue nada más que gritarte que te olvidabas las llaves!... ¿Me vas a correr tu auto?...
Era muy bella. El pelo oscuro y largo le caía en una cascada ondulada sobre los hombros y el escote, desde el cual se podía ver el nacimiento de unos pechos altos y, aparentemente, redondeados. Tenía dos hoyuelos en las comisuras de los labios cuando reía, lo que le confería un aire de niñita traviesa a su rostro ovalado, de piel blanquísima. Cuando vio sus ojos «verde-óptica», que lo habían engañado tan vilmente, Ariel se dio cuenta que no era el color lo que los hacía hermosos, sino la risa permanente que había en ellos.
-¿Me vas a correr tu auto? -repitió, al ver que él se había quedado mirándola como un tonto.
-No. Primero me tenés que decir tu nombre.
-¡Oh... qué original! Adiviná. ¿De qué tengo cara?
-¡Oh... qué original!- retrucó él, y se enganchó después en la jugada-. Tenés cara de... ¡Cara de Alicia!
-Frío, frío...
-Marta. No... a ver... ¡Cecilia!
Y luego de una sucesión de Carinas, Florencias y Adrianas, de frío-fríos y de tibio-tibios, ella admitió:
-Te voy a decir porque me estás dando mucha pena: me llamo Susana.
Desde la barra, sentada en un taburete, Paula observaba divertida la escena, mientras se comía el queso francés que jamás llegó a la mesa.
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Enlace a la novela Escenas (Enlace con BIBLIOTECA VIRTUAL CERVANTES)

Prólogo

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

Nueve

Diez

Once

Doce

Trece

Catorce

Epílogo
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