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martes, 27 de julio de 2010

JUAN BAUTISTA RIVAROLA MATTO - EL SANTO DE GUATAMBÚ / Fuente: BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES



EL SANTO DE GUATAMBÚ
Autor:
JUAN BAUTISTA RIVAROLA MATTO
Edición digital: Alicante :
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
Intercontinental Editora, 1988.
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NOTICIA SOBRE LAS FUENTES
* No por mera presunción algunos personajes de esta novela llevan el mismo apellido que el autor. La historia, que presumo verídica, llegó hasta mí por tradición familiar.
* Mi objeto es modestamente literario; pero, como la imaginación que no se afirma en la realidad corre el riesgo de volatilizarse en el delirio, para unir datos dispersos y fragmentarios recurrí a la bibliografía existente y al Archivo Nacional. Son particularmente interesantes los volúmenes 331, 333 y 334 de la Sección Histórica. Contienen detalles de la conjura tendiente a impedir que Francisco Solano López fuera elegido presidente de la república. El tema sólo ha sido tratado marginalmente por los historiadores. Entre otros documentos, cabe mencionar el doble proceso político y eclesiástico a que fueron sometidos, por la misma causa, el presbítero Fidel Maíz y varios sacerdotes y seminaristas.
* Conté además con la valiosa y desinteresada ayuda del Dr. José Antonio Vázquez, quien soportó pacientemente el fastidio de mis preguntas. Espero que con la misma generosidad me perdone algunos plagios. Si una idea está clara y bellamente expresada en una frase, no veo la necesidad de cambiarla por una paráfrasis, que oculta el robo pero no lo invalida.
* Lectores del manuscrito manifestaron haber quedado con las ganas de saber qué fue de Inocencio Ayala. Ocurre que le perdí el rastro en el momento en que se interrumpe el relato de sus peripecias. No sé si por casualidad o por vericuetos de la sangre y la historia, su pueblo natal, Barrero Grande, se llama ahora Eusebio Ayala.
* Espero que Carlos Alberto Pusineri Scala, en una de sus excavaciones arqueológicas, encuentre la prueba material de la veracidad de este relato desenterrando, del campo en que se libró la batalla de Acosta Ñu, al Santo de Guatambú.
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A don Francisco Franco,
un padre que no me otorgó la naturaleza sino la amistad.
A Chichita y Orlando Rojas,
quienes hace diez años alentaron los primeros
balbuceos de este libro.

- I -
* Inocencio Ayala regresaba a su valle después de haber cumplido, durante cinco años, el servicio militar obligatorio en la fortaleza de Humaitá. Era de Barrero Grande, o Yukytyguasú, que significa lo mismo, en la región conocida como la Cordillera, que en la época en que se desarrolla esta historia era la más poblada y rica del Paraguay.
* Formalmente los conscriptos debían ser dados de baja a los dos o tres años, pero siempre pasaba algo que prolongaba el servicio. Inocencio había relevado a los que aguardaron que se marchase la expedición naval brasileña al mando del almirante Ferreira de Oliveira; después, cuando ya era tiempo de volver a casa, tuvo que esperar que se fuese la expedición norteamericana, fondeada como la primera en son de guerra cerca de la confluencia de los ríos Paraná y Paraguay. En ambos casos hubo movilización de reservistas y fue inminente el inicio de las hostilidades. Luego el conflicto entre la Confederación Argentina y Buenos Aires hizo que se quedara un año más.
* Los pleitos eran cosa de nunca acabar, como si todo el mundo estuviese empeñado en agotar la paciencia de los paraguayos. El gobierno había evitado hasta entonces el choque atinado, pero se pensaba que, tarde o temprano, éste se produciría. Muchos querían arreglar las cuentas de una vez, para que se respetase al Paraguay y se dejaran de andar provocándole a cada rato y molestando a la gente.
* No había varón cumplido que, en reiteradas ocasiones, no hubiera tenido que dejar su valle, así fuera en tiempo de cosecha, para regresar, al cabo de meses o de años, sin que hubiese pasado nada.
* El viejo presidente Carlos Antonio López siempre llegaba a un arreglo a última hora. Las personas mayores aprobaban su prudencia y las madres lo bendecían. En cambio los jóvenes la consideraban excesiva. Si no fuera por el inmenso respeto que les inspiraba don Carlos, la hubieran considerado lindante con la cobardía. Estaban seguros de que el general Francisco Solano López no se andaría con muchas vueltas para curar de antojos a quienes se prevalecían de la aparente mansedumbre de los paraguayos.
* Los jóvenes concebían a don Carlos como un patriarca severo y providente, prolongación mitificada de las relaciones patriarcales que regían en sus propios hogares. En cambio, quien más quien menos había conocido de cerca al general López. Francisco Solano era como ellos, y acaso sometido como ellos a una autoridad venerable, inapelable, que ponía freno a sus ímpetus juveniles.
* Así pensaban los jóvenes, e Inocencio Ayala era muy joven: tenía veinte años.
* Había padecido por su valle una nostalgia animal. La rudeza cuartelera le hizo echar de menos la serena y protectora autoridad de su padre, el plácido amor de su madre, la jocunda alegría de sus hermanos. Viviendo entre esteros y tierras anegadizas, evocaba la cerranía donde muere el sol y nacen las estrellas; las praderas en flor, los arroyos que se deslizan brincando entre las piedras, las surgentes azules brotando en la fresca sombra de árboles benévolos. La monotonía del rancho le hacía añorar la variedad y la abundancia de la cocina familiar; los trabajos, la holganza; los galones, la igualdad; las órdenes, la libertad. Soñaba y fantaseaba el momento del regreso al hogar.
* Desde Humaitá pudo haber ido en barco hasta Asunción; de allí en ferrocarril hasta Paraguarí, subiendo la Cordillera por el paso de Azcurra, en una jornada más llegar a su casa sin fatiga en cuatro o cinco días a lo sumo.
* Fue lo que le aconsejó el alférez pagador cuando le entregó, fuera de sueldo, la fabulosa suma de cien pesos como premio por su ejemplar comportamiento en el servicio, y para ayudarle a ser tan buen ciudadano como había sido buen soldado. Le dio también una carta para el juez de paz y otra para el jefe de las milicias urbanas, con rúbrica del general López, en las que se recomendaba al soldado licenciado Inocencio Ayala.
* En el momento de partir le dio quebranto separarse de sus compañeros. Decidió hacer el camino a pie con un grupo de licenciados como él, oriundos de las Misiones, Carapeguá y Paraguarí. Tenía una vida por delante para disfrutar de su valle y conocer la Asunción.
* Valió la pena.
* Desembarcaron en la Villa del Pilar, siguieron por el camino que cruza los esteros del Ñeembucú; en los antiguos pueblos de las Misiones Jesuíticas, Inocencio vio enormes edificios de piedra, los más de ellos en ruinas. Vadearon a nado el río Tebicuary. A medida que avanzaba el grupo se iba desgranando. Con cada amigo quedaba un trozo del alma de Inocencio, pero también se llevaba un pedazo, porque eran angyrú, almas compañeras, que por alejadas que estén nunca están del todo separadas.
* Al cabo de un mes de la partida de Humaitá, Inocencio se despidió en Paraguarí del último de sus camaradas. Habían tardado tanto porque cada vez que arribaban a la casa de alguno de ellos se armaba una fiesta como para vivir contándola. Había carneada, sonaba el turú, acudía el vecindario. La farra duraba tantos días como los de más aguante tuvieran ganas de farrear. Al son de arpas, rabeles y guitarras, marcando el ritmo con tamboriles, mimby y gualambáu, los mozos hacían gala de vigor en el ñembopé-mbopé, de ingenio en las relaciones, que pícaramente retrucaban alegres mozas de typoi acampanado. Bailaban viejos y viejas, y hasta el cura, si lo había, bajo la complacida mirada del buen Dios.
*

Ahí sale la vieja que quiere bailar,
de tanto que es chusca se pone a brincar,
no vale que sí, más vale que no,
que la uña de vieja te hará un rasguñón.
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* Salían de llegada o serenata. Cantaban «tristes» desgarradores, poéticas vidalitas para hacerse compadecer de las mujeres, poniendo una nota de humor y de ironía en los versos y el rasgueo de las guitarras.
* Cuando no había más remedio que seguir andando, el que debía quedarse no se resignaba y se comedía a acompañarles unas cuantas leguas. Se separaban sollozando. No se avergonzaban de llorar cuando les mandaba el corazón.
* En alguna parte Inocencio tuvo una noche y un adiós, con la promesa de volver, que fue sincera. Era demasiado joven para saber que todo regreso es imposible.
- II -
* Inocencio se había hecho soldado antes de tiempo, entre otras causas, porque desde niño los mayores le atribuyeron más edad de la que tenía y le pusieron en compromisos por encima de sus años. La madre procuraba protegerlo, el padre dejaba que se las viera. Así ocurrió cuando el celador Pablo Odriozola se apeó frente a la casa de don Melitón Ayala para recordarle la obligación de mandar a su hijo Inocencio, que ya estaba bien crecido, a la escuela pública del pueblo; o en alguna otra de su preferencia, si tenía con qué pagar. Doña Robustiana quiso objetar que la pobre criaturita no había cumplido siete años. Don Melitón le mandó que se callara. Así fue como Inocencio fue a parar, con otros chicos que el celador había reclutado en los alrededores, a la escuela del famoso maestro don Severo Acosta.
* Inocencio se iría enterando poco a poco de muchas cosas acerca del maestro, oyendo aquí y allá la charla de las mujeres, las cuales, a diferencia de los hombres, no se cuidaban de mantener cerrada la boca. No había autoridad que se animase a meterse con ellas. No se tenía noticia de mujer libre o esclava metida en el cepo por deslenguada. «Kuñá» significa «lengua del diablo»; «kuimbaé», varón, «dueño de su lengua». Fue lo que replicó el maestro Severo Acosta a un alumno que quiso saber demasiado sobre los tiempos del Dictador Perpetuo.
* Estaba prohibido hablar ni en favor ni en contra del Dr. Francia, para evitar la repetición de los disturbios que se produjeron inmediatamente después de su muerte. Las pocas veces que se lo nombraba, los hombres se descubrían, respetuosos o asustados. Las mujeres se persignaban; algunas para que Dios lo tuviera en su Santa Gloria; otras, para que el diablo en lo más profundo del infierno.
* No se olvidaba que suprimió el diezmo y casi todos los demás impuestos, amén de librar absolutamente de ellos a los pobres. Y también de la obligación de servir la mitad del año en las milicias, acudiendo con armas, caballos y avíos propios a guarnecer lejanos fortines o a pelear en guerras que nada tenían que ver con ellos. Formó el ejército regular con gente paga, que se encargaba de cuidar el país mientras los pacíficos se dedicaban tranquilamente a lo suyo. Por eso no todos estuvieron conformes cuando se organizaron las milicias urbanas y se estableció el servicio militar obligatorio, y hubo frecuentes levas y movilizaciones. Pero, de ley pareja nadie se queja.
* Don Severo Acosta había sido alumno del Colegio de San Carlos, en la Asunción, y profesor del mismo hasta que el Dictador cerró el único instituto de enseñanza media que existía en el Paraguay. Fue compañero en el aula y en la cátedra de don Carlos Antonio López. Don Carlos se refugió en una estancia de su esposa, cerca de Villa del Rosario; don Severo en Barrero Grande. Se dedicó a la lectura y la enseñanza para entretener el ocio, en vez de pasarlo como tantos jugando barajas con naipes fabricados del papel de los libros.
* Cuando el maestro de la escuela pública se retiró de puro viejo, el Dictador nombró a don Severo en su lugar, con veinticinco pesos de sueldo. No los necesitaba. Era hijo del portugués Acosta Freire, el ganadero más rico de la región, que se había salvado de multas y confiscaciones.
* No era un pobre de solemnidad como muchos linajudos de la región cordillerana, que quedaron en la calle con la supresión de las mercedes reales otorgadas durante la época colonial, mediante las cuales unos pocos privilegiados se habían adueñado de casi todo el país. Los agricultores dejaron de pagar arrendamiento por tierras que habían cultivado desde tiempo inmemorial, y los más se hicieron propietarios de alguna parcela.
* Don Melitón Ayala era dueño de la tierra que cultivaba. Tenía una sólida y amplia casa de adobe, una carreta, varias yuntas de bueyes, unas cuantas lecheras y algunas cabezas más de ganado que pastaban en los campos comunales. Y un esclavo, taitá Simón, santero y ebanista, que tallaba santos milagrosos y los instalaba en nichos primorosamente labrados. Taitá Simón tenía rancho y taller aparte, comía a costa de los Ayala, sin que a éstos se les ocurriera sacar sisa de las ganancias del negro o pedirle que colaborara en las tareas agrícolas con abandono de su arte. Sea como fuere, no era poca cosa tener un esclavo de la calidad de taitá Simón.
* Murmuraban las mujeres que el presidente Carlos Antonio López, tan falto como estaba de personas instruidas, no había llamado a don Severo Acosta a la capital porque era cuñado de don Juan Bautista Rivarola. Había intentado éste presentar en el primer congreso que se reunió después de la muerte del Dr. Francia, un proyecto de Constitución que no fue del agrado de don Carlos, y en el que se sospechaba había metido mano el maestro de escuela.
* Sin embargo, don Severo gobernaba su escuela del mismo modo que don Carlos el país. No se le escapaba detalle, en todo intervenía. Exigente, despótico, implacable, no dejaba al alumno más opciones que estudiar o morir molido a palos. Usaba el método por el cual los más antiguos enseñaban a los más nuevos. «Qui docet, dicit. Sólo sabe el que ha enseñado», era la máxima del maestro. Hubo una ocasión en que se pusieron a prueba las ventajas y defectos de su pedagogía.
* A poco de ser elegido presidente, don Carlos mandó a los pueblos del interior del país una circular ordenando que fuesen enviados a la capital los jóvenes que supiesen un poco de latín. Se trataba de remontar con ellos, en el menor tiempo posible, el raleado clero nacional. En un cuarto de siglo de Dictadura no se había ordenado un solo sacerdote. Lo más expeditivo hubiera sido traer curas del extranjero, lo mismo que se importaban ingenieros y técnicos. Pero, seguramente esto fue algo que a don Carlos ni se le pasó por la cabeza.
* El partido de Barrero Grande envió una docena, todos alumnos de don Severo Acosta. Lastimosamente se comportaron de un modo poco acorde con la vocación sacerdotal. En castigo el Presidente de la República los enroló en el «cuerpo privilegiado de la marina». Los más de ellos se hicieron oficiales.
* La mayoría de los chicos dejaba la escuela al cabo de un año o dos, después de haber aprendido a leer y escribir, sumar y restar, y no todos a multiplicar y dividir. En cuanto al catecismo, que lo aprendieran en la iglesia.
* A los más despiertos don Severo los obligaba a quedarse o los mandaba a la escuela de artes y oficios que dirigía un inglés contratado por el gobierno. No atendía a los ruegos de las madres, que decían necesitar a sus hijos para que ayudasen en las tareas agrícolas. Inocencio tuvo esa desgracia.
* -No, la señora -le dijo riendo don Severo a doña Robustiana, que suplicaba plañidera- tendrá que estudiar quiera o no quiera, le guste o no le guste, para que el Paraguay deje de ser un país de pura gente idiota, como decía el Dr. Francia, o de rústicos imbéciles, como dice el presidente López.
* Si había algún prófugo, lo iba a buscar el celador Pablo Odriozola y lo traía de la oreja. La distancia o la falta de recursos no valían como pretextos para la deserción. Los indigentes eran alojados, alimentados y vestidos por cuenta del Estado. En Barrero Grande había muy pocos en esa situación. En cuanto a los útiles y textos, eran totalmente gratuitos.
* Tuvo pues Inocencio que continuar la rutina de caminar media legua de ida por las mañanas, y regresar del mismo modo por las tardes, todos los días, salvo los domingos y fiestas de guardar y unas cortas vacaciones en lo más duro del verano y del invierno. La inasistencia injustificada y la impuntualidad eran castigadas con azotes.
* Con dictados del maestro y textos que pasaban de mano en mano o se leían en grupo, en la escuela se estudiaba geografía, historia profana, gramática y latín. A unos pocos voluntarios, don Severo enseñaba francés.
* Además de estas materias, había que aprender el «Tratado de derechos y deberes del hombre social», escrito por don Carlos Antonio López, que decía en uno de sus párrafos:
* «Desdichado el pueblo que ignora que la soberanía reside en él; pero desgraciado también el que no conoce la necesidad de someter su propia fuerza por su propia felicidad y por el bien común. En el primer caso será su destino el de la más despiadada esclavitud, en el segundo de la más insoportable y horrorosa anarquía... Hemos adoptado el sistema republicano. Llamamos a nuestro estado república y cada uno lleva el nombre de republicano. Bien, pues no nos hemos de contentar con los nombres sino con la realidad de las cosas. El sistema republicano es el resultado de las virtudes civiles y de las luces... Jóvenes, el tiempo es nuestro. No tenemos tiranos que nos aflijan ni privilegios con que luchar, ni clases que destruir; puede entonces la ilustración conducirnos en brazos de la prosperidad...»
* También se usaban como texto artículos seleccionados de «El Paraguayo Independiente», los más de ellos salidos de la pluma del mismo don Carlos:
* «La independencia de la República del Paraguay es la base y condición indispensable para la felicidad de sus hijos; casi todos ellos vieron la luz del día en los brazos de su patria soberana, libre de toda sujeción extranjera. Sin independencia ya la verían subordinada a una voluntad lejana e improvidente cuando no hostil, y sus costumbres, opiniones y destinos esclavizados al arbitrio ajeno: basta la sola idea para excitar la indignación.»
* El maestro Severo Acosta ponía especial empeño en que sus alumnos leyeran, copiaran y retuvieran en la memoria algunos párrafos en los que don Carlos Antonio López se refería a la Dictadura Perpetua. Como por ejemplo uno, extractado de «El Paraguayo Independiente»:
* «Una de las grandes dificultades que el Gobierno nacional ha encontrado, y encuentra en sus trabajos, y empresas de mejora y adelantamiento, está en los hábitos de inercia, en esa falta de espontaneidad, que ha arraigado tan profundamente en el espíritu de nuestros conciudadanos la Dictadura tan larga y tirante, que ha tenido el país. Parece que nadie tuviera inspiraciones y voluntad propia. Se quiere y se espera que el Gobierno lo haga todo, y se halla el Gobierno en la penosa necesidad de hacerlo todo.»
* Y otro, tomado de «El Semanario»:
* «No ha habido entre los paraguayos quienes aclamasen, ensalzasen y victoriasen a su Dictador; que le tributasen la más pequeña demostración de afecto público; o le ahogasen, y embriagasen insensándolo todos los días. Ese Dictador tan severo y temido, no logró jamás ver a su alrededor más que un silencio sepulcral y una soledad espantosa; signos inequívocos de la dignidad y elevación que mantenía ese pueblo al que algunos pretenden pintar degradado en su especie.»
* La lectura del periódico oficial «El Semanario» era habitual no solamente en la escuela, sino también en la iglesia, en las reuniones de las milicias urbanas, en las pulperías, en los cuarteles. De este modo la población estaba al tanto de cuanto hacía el gobierno, de los progresos del país y de la continuamente tensa situación internacional.
* De vez en cuando, a pedido del maestro, el naturalista sueco Eberhard Munck, que había venido en viajes de estudios al Paraguay en 1841 y se quedó para siempre, les hablaba de plantas y animales. Don Cirilo Antonio Rivarola de unas leyes de Partidas que era preciso derogar antes de que a algún loco se le antojase aplicarlas. Lo más entretenido era cuando venía de visita el presbítero Fidel Maíz, párroco de Capilla Duarte, distante unas diez leguas de Barrero Grande. Una vez les contó la divertida historia de un tal Cándido, que vino al Paraguay en compañía de Cacambo, su sirviente. Cándido tenía una novia llamada Cunegunda; y un maestro, Pangloss, que en nada se parecía a don Severo Acosta.
* A pesar de tan beneméritos servicios, no se libraba don Severo de las murmuraciones. Había quienes maliciaban que era apóstata y luterano; otros aseguraban que escondía libros heréticos. Y en verdad el maestro iba poco a la iglesia. Lo hizo el día en que un cura de paso, llamado Manuel Antonio Palacios, alertó en un sermón virulento a los buenos cristianos para que se cuidasen de cierto «rusoniano», que envenenaba las almas puras de los jóvenes inocentes con ideas anarquistas. Satanás se viste con diversos ropajes, sin desdeñar los hábitos del cura ni la toga del letrado, como el lobo se cubre con una piel de oveja para devastar el rebaño de Nuestro Señor.
* Inocencio era obediente, aplicado y nada tonto, pero no se hallaba en la escuela. Poco de lo que le enseñaban tenía sentido para él, que no aspiraba a otra cosa que ser un labrador como su padre. Debía hacer grandes esfuerzos para retener materias tan abstrusas. En cambio le encantaba ayudar a taitá Simón, que era una especie de mago para él, y de él aprendió la habilidad de labrar retablos con la Virgen y el Niño, San José y los pastores, serafines y querubines, el burro y la vaca y los tres reyes magos montados en briosos parejeros.
* Se libró del suplicio de gramáticas y latines cuando don Melitón recibió una mala cornada de un novillo que estaba amansando para buey, y su madre logró persuadir a don Severo de que a Inocencio, que ya era un muchachón de doce años, se lo precisaba en su casa.
* Volvió a ser un campesino, mas no por mucho tiempo.
- III -
* La casa de don Melitón Ayala no estaba en el pueblo o capilla de Barrero Grande, sino a media legua de éste, lindando con Acosta Ñu. Se llamaba así el paraje porque perteneció al portugués, o más exactamente brasileño Acosta Freire, padre del maestro Severo Acosta y suegro del capitán Juan Bautista Rivarola, ya fallecido, que casó sucesivamente con las dos hijas del rico hacendado, las cuales heredaron las dos terceras partes de los bienes de su padre. Como don Severo, solterón empedernido, vivía consagrado a su escuela, la casona y los campos de Acosta Ñu quedaron en posesión exclusiva de los hijos y nietos de don Juan Bautista.
* Los Rivarola eran muchos y había de todo en la familia; pero tenían algo en común: eran sumamente engreídos y presumían de abolengo.
* En réplica, los que entroncaban con las veinte familias godas y patricias que habían estado en el candelero bajo la soberanía de España y se creían los verdaderos aristócratas, aseguraban que los Rivarola fueron unos pobretones, sin figuración ni relevancia en la sociedad colonial, y sólo uno de ellos, Juan Bautista, adquirió cierto renombre, como otros de su laya mediopeluna, por su participación en los disturbios de la independencia; y acceso a la fortuna por sucesivo casamiento con dos ricas herederas.
* Solía decir el maestro Severo Acosta que estas zonceras de linaje nunca se tomaron en serio, y citaba a Félix de Azara, quien, en las postrimerías de la época colonial, describía al Paraguay como «el país de los iguales». La revolución acabó de nivelarlos.
* El Dr. Francia persiguió, empobreció y degradó socialmente a godos y patricios. Los Rivarola afirmaban, con dudoso fundamento, que habían sido declarados por el Dictador mulatos hasta la quinta generación. En verdad, murmuraban lenguas viperinas, el bando respectivo había sido firmado por el cónsul Fulgencio Yegros, que se preciaba de ello, y afectaba a los españoles de alto coturno. Mal podía alcanzar a los Rivarola, que eran de origen genovés, marranos seguramente, y con siglos de arraigo en la provincia. Acotaban malignamente que si bien había entre los Rivarola algunos rubios de ojos azules, por misterios de la naturaleza o diabólicos efluvios del Dictador Perpetuo, que era un mulato hecho y derecho, predominaban los de piel oscura, con motas en la cabeza. Inmunes a la maledicencia, ellos, y ellas sobre todo, continuaban pregonando su linaje y su limpieza de sangre en un país gobernado por el hijo de un sastre, que muy poco se fiaba de la gente de cuna.
* Don Juan Bautista había sido sin disputa el más ilustre de los Rivarola. Siendo estudiante del Colegio de San Carlos tuvo que cambiar varias veces la pluma por la espada. Combatió en Montevideo y Buenos Aires contra las invasiones inglesas. Se distinguió en las batallas de Paraguarí y Tacuary peleando contra los porteños. Fue herido en la última. Jugó un papel decisivo en la preparación y ejecución de la revolución de mayo. Se mostró desde el principio partidario decidido de la independencia y la república. Fue diputado en todos los congresos que siguieron y alcalde de primer voto en el Cabildo de Asunción. Apoyó la dictadura temporal del Dr. Francia, inspirada, como el consulado, en idealizadas instituciones romanas. Se opuso abiertamente, con Mariano Antonio Molas, a la dictadura perpetua, por considerarla violatoria de los principios republicanos. No quiso participar en la conspiración de 1820 contra el Dictador Perpetuo, pero no delató a los conspiradores, que eran sus amigos o parientes, o habían sido sus condiscípulos o compañeros de armas. Por este crimen iba a ser fusilado. Lo salvó su hija María Inés, que suplicó al Dr. Francia, padrino de la niña y compadre de don Juan Bautista, que le perdonara la vida. Puesto en libertad, continuó desempeñando algunas funciones públicas, para retirarse finalmente a la estancia de Acosta Ñu. Muerto el Dictador, intentó proponer al congreso una constitución liberal. Don Carlos impidió que los soldados lo mataran allí mismo, y le mandó que se callara la boca. Pocos años después, sus amigos quisieron proponerlo candidato a la presidencia de la república. Respondió con las mismas palabras que usó don Carlos para rebatirle en el congreso: no se debe aspirar a más de lo que se puede.
* Paradójicamente, el orgullo de una familia tan infatuada era un hombre sencillo, bondadoso, desinteresado. Ejecutaba sin vacilar, asumiendo los riesgos, lo que consideraba su deber. Luego se hacía a un lado, sin resentimientos y acaso con alivio, para que otros cargasen con el mérito. Murió de viejo. Los representantes del gobierno en Barrero Grande no creyeron necesario rendir honores oficiales a un prócer de la independencia.
* Don Severo Acosta aludió a ello sobre la tumba de su cuñado y amigo. Mentando a Plutarco, dijo que la ingratitud hacia los grandes hombres es una característica de los pueblos fuertes; pero Dios le había dado en cambio a Juan Bautista la felicidad, el premio consuelo que concede a las personas generosas.
* Los alumnos de la escuela asistieron al entierro.
* Los hijos varones de don Juan Bautista eran tanto o más leídos de lo que había sido su padre. En tiempos de la Dictadura, entraban al país herméticamente cerrado algunos libros por la estrecha rendija abierta en Itapúa. Pero ninguna gaceta. Se vivía en la feliz ignorancia de cuanto acontecía en el mundo. Y en el propio país, abajo de la Cordillera. Un solo hombre se informaba, pensaba y decidía por todos sus compatriotas. Lo hacía con absoluta integridad, abnegación sin límites e indudable amor a la Patria y al pueblo. Aniquiló a la clase dirigente, que había medrado en desmedro de la Provincia, pero que poseía cultura europea y había aprendido a gobernar en trescientos años de ejercicio. Los estancieros y yerbateros medianos que habían iniciado la revolución, pronto se vieron enredados en mandonismos, rencillas e ineptitudes. Empezó a agitarse peligrosamente la campaña, o el «común» como se decía en aquel entonces para referirse al pueblo. Llamaron al Dr. Francia no una vez sino dos para que se hiciera cargo de un poder que ellos eran incapaces de controlar. Pronto mostraron su índole levantisca, que amenazaba sumir al país en el caos y la anarquía, como el que asolaba las provincias de costa abajo. De allí la dictadura perpetua, que dejó por mucho tiempo resuelto y fuera de discusión el problema del poder político. Aplicó como principio rector que se asegura la paz pública gobernando al servicio del pueblo, entendiendo por pueblo justamente al común. Hubo que aplastar sin piedad a quienes intentaron revelarse afectados por aquel principio. Tuvo que cerrar el Cabildo de Asunción, en el que cacareaban sus gallos, y el Colegio de San Carlos donde afilaban las espuelas sus gallitos. «Minerva duerme mientras Marte vela». Los campesinos que lo apoyaban eran demasiado atrasados y estaban demasiado dispersos para participar directamente en el poder o influir sobre éste. Se vio obligado a servirse de oficiales modestos y de funcionarios mediocres, personas sin gravitación propia ni amor a la responsabilidad, incapaces de hacer o proponer nada por propia iniciativa. El común, libre de cargas y alborotos, llevó una existencia casi idílica, como habitante de una ínsula fantástica. Pero, el discípulo de Rousseau, de Voltaire y de Raynal; el estudioso de la gran revolución francesa, el émulo de Robespierre; el lector de la Enciclopedia, el matemático y el naturalista, el astrónomo que exploraba el universo con un teodolito; el ateo doctor en teología que quiso reemplazar a Dios, acabaría quejándose de que el Paraguay fuera un país de pura gente idiota. Sintiéndose morir quemó los papeles que seguramente contenían el resultado de sus estudios y meditaciones, y provocó un incendio en su casa. Se negó a designar un sucesor que tutelase a un pueblo al que dejaba en la orfandad. ¿Creyó tal vez que había fracasado? La Dictadura Perpetua había sido instituida en un congreso, veinticuatro años atrás, «con calidad de ser sin ejemplar». Y en efecto, no recuerda la historia del mundo un ejemplo parecido, una tragedia semejante.
* Don Carlos Antonio López jubiló a los viejos funcionarios, pasó a retiro a los viejos soldados. Introdujo sangre nueva en el anquilosado organismo del Estado. Movilizó a los más capaces, pero conservó el poder absoluto y puso buen cuidado en dejar al margen a aquellos que pudieran alborotar. Entre éstos estaban los Rivarola. No dejaba de encargar a las autoridades de la campaña que no perdieran de vista a los patricios. La Dictadura Perpetua se perpetuaba en don Carlos y en el alma de sus compatriotas.
* La vida de la nación cobró de inmediato nuevo ritmo, cada vez más acelerado. Las energías acumuladas por el común bajo la Dictadura Perpetua se desplegaban con vigor, con paso seguro, sin vacilaciones; pero cargando sus estigmas.
* -Se diría que Minerva está saliendo de su letargo -comentaba el maestro Severo Acosta-, pero Marte continúa velando.
* Había hambre de saberlo ocurrido en el mundo durante los treinta años que el Paraguay estuvo ausente. Llegaban libros en cantidad, y no pocas gacetas que corrían de mano en mano. Proliferaban las escuelas de idiomas, como si el pequeño país buscase trascender los límites de la hispanidad. Y las escuelas privadas de señoritas, porque también las mujeres querían leer y escribir, sin miedo de recibir recados del demonio. El gobierno no consultaba al pueblo, pero lo mantenía informado como jamás lo había hecho gobierno alguno en parte alguna. El periódico oficial llegaba hasta los más alejados rincones del país y era leído con avidez por todas las clases sociales. Se apelaba a la conciencia de los ciudadanos para sostener la independencia y construir el porvenir. La enseñanza se hizo tan obligatoria como el servicio militar. Los jóvenes talentosos eran movilizados para que continuasen sus estudios por cuenta del Estado. Y no había más que obedecer. Se privilegiaba a los de modesto origen y escasos recursos, con el pretexto de que los ricos podían pagar su educación. La imprenta nacional imprimía textos y cartillas, los cuales eran distribuidos gratuitamente en las escuelas, y también algunos libros de cultura general. Una vez llegó a don Severo una carretada de libros venidos del extranjero y pagados de su peculio. El maestro perdió completamente los estribos. Suspendió las clases, reunió a los escueleros y mandó abrir en presencia de ellos los cajones de embalaje.
* Inocencio, que tenía entonces ocho años, se asustó al ver aquel hombre alto y flaco, de tez oscura, melena y bigotes blancos, que echaba fuego por los ojos y agitaba los brazos como un energúmeno.
* -¡Pe poko hesekuéra, pe ñe mona heseve! -gritaba con voz de trueno, olvidando que estaba prohibido hablar en guaraní en la escuela-. ¡Tóquenlos, embadúrnense con ellos!
* Entre multitud de libros de historia, geografía y matemáticas aparecieron títulos como «Ivanhoe», «Los tres mosqueteros», «Oliverio Twist», «Robinson Crusoe»... bellamente encuadernados y con asombrosas ilustraciones en daguerrotipo. Don Severo los hojeaba, los olía, se reía señalando los dibujos con su índice sarmentoso. Los chicos se amontonaban a sus espaldas y a su alrededor armando alboroto. Le habían perdido el miedo porque don Severo se había transformado en un niño como ellos. Es que el viejo maestro también veía esas cosas por primera vez en su vida.
* Inocencio vio y oyó mucho en la escuela, el pueblo y la casona de Acosta Ñu, donde solía ir de vez en cuando. Pensaba poco en ello no solamente porque entendía sólo a medias sino porque le interesaban otras cosas. Tendría unos diez años de edad cuando una vez, mientras cuidaba unas vacas y tallaba una vaquita en un pedazo de palo de guayabo, sentado bajo un árbol, apareció Eberhard Munck, que por entonces residía en casa de los Rivarola. Andaba como de costumbre buscando yuyos, haciendo apuntes y dibujos en un cuaderno. El sueco se sentó a su lado y le preguntó si conocía el nombre de algunos pájaros. Inocencio le nombró de corrido alrededor de ciento. El sabio tomó nota y le pidió que los describiera. Lo hizo sin vacilar, de la manera más exacta. No contento con eso, para regocijo de Munck, imitó trinos, silbidos, chistidos, graznidos, parpidos y gritos y le contó lo que con ellos querían decir los pájaros en guaraní. El sueco quedó tan asombrado que le cambió un hermoso cortaplumas de acero de su país por la vaquita que acababa de terminar. Inocencio quedó igualmente sorprendido de que ponderara tanto una zoncera, y que Munck se la comentara al maestro, quien tampoco le dio ninguna importancia. De habérselo pedido, el niño pudo haberle contado también la historia de cada uno de los pájaros, que, como los otros animales y las plantas, tienen su leyenda respectiva, ocurrida en tiempos del Cura Mono.
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EPÍLOGO TESTIMONIAL: LA ETAPA APÓCRIFA
Hice mis estudios bajo el sabio magisterio de mi ilustre tío y la severa tutela de mi padre, empeñado éste último en cultivar un hombre libre en la sombra ominosa del despotismo.
El primero me inculcaba los misterios de la fe cristiana mediante la frecuentación de las Sagradas Escrituras, de los padres de la iglesia, de las avanzadas doctrinas de Vitoria y de Suárez, y orientaba mi afición por las letras con la lectura de los clásicos.
El segundo alimentaba los fermentos de mi espíritu con la ciencia de los iluministas, a los que conocía de memoria de tanto abrevar en ellos en el vano intento de saciar su sed de libertad en la insomne y tediosa noche de la Dictadura Perpetua.
Deseaba mi padre que fuera yo un hombre de leyes. Soñaba verme convertido en un tribuno que sacudiera la dormida conciencia de mis conciudadanos, apocada en el hábito de confiada obediencia al Supremo Gobierno, que contraído en la época del Dr. Francia, se hizo naturaleza de los paraguayos.
Mi tío aconsejaba que me hiciera sacerdote, oficio adecuado para un joven de talento aficionado al estudio. Según decía, el sacerdocio pone a cubierto a quien lo ejerce de las ajenas pasiones, al tiempo que modera las propias; cosa esta última que, ¡ay!, mucho me convenía.
Agregaba que poseyendo una ilustración muy por encima de la generalidad del clero de la época no tardaría en alcanzar las más altas dignidades eclesiásticas; suerte que en manera alguna podría vaticinar a un laico para las dignidades civiles, cerrados como estaban por entonces, y acaso por mucho tiempo, los accesos a quienes no pertenecieran a la familia del ciudadano que, habiéndolas alcanzado de derecho, consentía que los suyos se hicieran de los medios para, de serles necesario, usurparlas de hecho.
Cauce para mis inquietudes sería el paciente apostolado en favor de la Ley Natural, ácido poderosísimo que corroería el fierro de las invisibles cadenas que aprisionan la mente de nuestros compatriotas. Si, como presumía, era mi voluntad tomar para mí una misión tan sublime, remarcaba mi tío, nada mejor que el sacerdocio que sustenta la eficacia de la prédica con la autoridad que emana del sagrado ministerio.
Así pues mis mentores, concordantes en sus fines, discrepaban en los medios para alcanzarlos. Ambos aspiraban a ver realizadas por mí aspiraciones en ellos malogradas por las circunstancias adversas que modelaron sus destinos.
Más que por vocación por las ventajas e inmunidades del oficio me incliné por seguir los consejos de mi tío; mas la prédica de mi padre había hecho su efecto en la modelación de mi carácter. La duda hizo de mí un fracasado jesuita.
Celebrada mi primera misa y pronunciado mi primer sermón, que me dio fama de ser uno de los más notables oradores sagrados que había subido al púlpito de la Catedral de Asunción, me convertí en un mimado de la buena sociedad. Las familias patricias con ínfulas de abolengo, que se estaban recuperando de los despojos y humillaciones sufridos durante la Dictadura Perpetua, pero que continuaban separadas del manejo de la cosa pública, me reconocieron como uno de los suyos. Tanto por mi nacimiento como por mi supuesta ilustración, vieron en mí a su paladín, a su arcángel vengador. Las damas aseguraban que sería el próximo obispo; una vieja vaticinó que llegaría a papa.
No había en aquel entonces, y menos en las mujeres, noción clara de las distancias y de las proporciones. El Paraguay entreabría sus puertas y asomaba por ellas a un mundo del que había estado ausente, pletórico de energías pero sin los frenos de la experiencia y del cabal conocimiento de las cosas. Fue así que fallecido el timonel que avizoraba, astuto, las tormentas, y eludía, prudente, los escollos, consciente como estaba de la fragilidad de la barquilla, la locura halló sustento en la ignorancia, y entonces, gloriosamente, naufragamos.
Dicho sea con la salvedad de que a mis años estoy libre de pueriles vanidades, mi buena figura armonizaba con las dotes de talento e ilustración que se me atribuían. Las beatas se hacían cruces para aventar malos pensamientos; las niñas disputaban por hincarse en el confesionario donde yo escuchaba sonriente el cándido inventario de sus pecadillos, para luego imponerles, con cálidas admoniciones, suavísimas penitencias. No hubo convite o agasajo, ágape o tertulia que se reputase completo si yo estaba ausente. Expectables caballeros escuchaban, atentos y reservados, mis sabihondas peroratas. No siempre sabía guardar en ellas la consideración debida a mis superiores y a mis pares. Me entregaba con harta facilidad a los placeres de la ironía y de la sátira, que en nada se avenían con mi juventud e investidura, y que tantos daños y disgustos habrían de ocasionarme a lo largo de mi no corta existencia.
Señoras analfabetas e indoctas señoritas memoriaban entusiastas mis exabruptos y humoradas para aventarlos, casi siempre deformados y fuera de contexto, procurándome así una notoriedad escandalosa en un medio como aquel, desconfiado y caviloso.
Estos halagos en nada favorecían a mi popularidad entre mis cofrades. Como en la juventud se es presa fácil de la Soberbia, correspondía a la mal disimulada inquina que ellos manifestaban de mil modos, con un trato ya arrogante, ya altanero, ya despectivo o burlón.
Los necios intrigaban contra mí. Los taimados en cambio me dejaban hacer. Con fingidos elogios que excitaban mi vanidad me incitaban a proseguir por una vereda de comisa que sabían insegura y de la que tarde o temprano resbalaría al despeñadero.
A estos últimos consideraba mis amigos. Les confiaba mis pensamientos íntimos, les hablaba de mis sueños de redención moral de la Patria y el Pueblo con el aliento de la Libertad. Que yo sepa, no me delataron pero tampoco me advirtieron del peligro, y algunos de ellos sacaron provecho de mi desgracia.
Con el Presidente de la República y los miembros de su familia practicaba una suerte de estudiada adulación, tanto más eficaz cuanto menos lo parecía, y tanto como esperaba en mi carácter de aprendiz de brujo.
A pesar de los consejos de mi tío que me conminaban a la prudencia, y de las admoniciones de mi padre, que antes de morir llegó a decirme que se avergonzaba de verme convertido en un histrión, ingenuamente creí que tenía ganada la partida; que todo me estaba permitido siempre que hiciera buen uso de la simulación y de la astucia, sin advertir que estaba rodeado de astutísimos simuladores, con más escuela y menos escrúpulos, y que tenían un alma sola, no dos almas como yo.
Mis dos almas se manifestaban como burbujas en un estanque de aguas quietas. Alguna frase aislada, una media sonrisa, el énfasis excesivo al expresar un pensamiento ajeno a mis convicciones, el elogio desmesurado a individuos que despreciaba, trastrocaban mi adhesión en un sarcasmo.
Tan grande fue la duda que inspiraba mi sinceridad que, años después, en plena guerra, estando preso en Paso Pucú, el obispo Palacios mandó que se anotaran las palabras que pronunciase en sueños, cosa que me obligó, por temor a mis dos almas, a pasar noches en vela simulando que dormía.
Cundió la especie de que era yo un solapado partidario de los anarquistas porteños, hereje y luterano por añadidura. Verdaderos y falsos amigos hiciéronme el flaco favor de rebatir tan descabelladas imputaciones, haciéndome sujeto de un debate en el que se ventilaban ideas que arbitraria o insidiosamente se me atribuían. Tales ideas, más que yo mismo, entrañaban un peligro que fue preciso conjurar.
Como entre mis defensores hubo algunas mujeres, dio comienzo a la patraña, que años más tarde se haría formal imputación en un proceso, que había urdido alterar el orden público alborotando al bello sexo.
Fui confinado a un remoto curato de la campaña, el mismo en el que estoy bosquejando, medio siglo después, las memorias, hechas a vuelapluma, de una etapa inédita de mi vida que escapó al pérfido escrutinio del feroz archivero, mi enemigo, y que serán publicadas después de mi muerte si encuentran para ello generoso albacea. De pretexto sirvieron las indiscreciones de cierta señorita de buena familia, tan hermosa como estúpida, que prefirió el escándalo a la salvaguarda de su honor, pues es cosa sabida que la vanidad arroja a tantas mujeres al infierno como a los hombres el orgullo.
Supe mucho después que el Presidente López, luego de escuchar a mis detractores, decidió no castigarme sino moderar mis juveniles impulsos con una severa lección de humildad. Hombre austero y malhumorado, insensible a la adulación, don Carlos solía ceder a la ternura. Me complace creer que me blindó su paternal afecto, porque mientras estuvo entre los vivos me alcanzó su protección.
Mi padre había fallecido. Me despedí de mi tío, quien postrado por la enfermedad que lo llevaría a la tumba, diome su postrera bendición. Había perdido a dos mentores cuya influencia sobre mí fue paradójica. Sin embargo, cada cual a su manera, ambos mantuvieron encendida la llama del saber, convencidos como estaban de que la prosperidad y la felicidad que no se iluminan con la razón y se sustentan con la libertad son frágiles, efímeras e indignas del hombre.
Tuve en mi retiro sobrado tiempo para reflexionar en lo ocurrido, cultivar el espíritu con el estudio, inculcar el catecismo a los párvulos y educar a un discípulo que no quiso seguir mis enseñanzas. Como yo sobrevivió a la guerra. A veces me visita apoyado en las muletas que esgrime victorioso cuando evoca las batallas.
En aquel entonces tomé el gusto de enseñar a los niños y en tales menesteres ocupo mi ancianidad.
Mi vida de párroco de aldea fue feliz al tiempo que virtuosa, con olvido de la vanidad y la ambición. Pero, la dicha a la que ocasionalmente accedemos los mortales excita la envidia del demonio, que hasta en el paraíso pone a prueba la fortaleza del Espíritu ante la miserable flaqueza de la carne.
Hubo un suceso bochornoso que preferiría olvidar, y que luego fue torcidamente declarado en el proceso que años después me incoaron por conspiración, con el objeto de desacreditarme y ponerme en ridículo. No lo hubiera mencionado si no supiera que el perverso documento se conserva en el Archivo Nacional, expuesto a las pesquisas del feroz archivero.
Afortunadamente cuando ocurrió el desdichado episodio, el Presidente de la República lo pasó por alto y me llamó a la capital, poniendo fin a mi confinamiento.
En adelante obré con más cautela, sin que me fuera dado sin embargo ponerme a salvo de mí mismo. Induje a mis alumnos a no aceptar como axiomas principios cuyo postulado es el poder, y cuyos fundamentos no son los de la razón sino los de la fuerza. Sugerí que el corolario era la acción. Algunos de mis discípulos asimilaron mis lecciones de tal suerte que al cabo de ellas, cargados de grillos, compartimos las prisiones.
No fui el inspirador de la conjura destinada a impedir que el general López fuera elegido por el Congreso presidente de la república, pero me comprometí a sostener en el recinto la necesidad de introducir en el reglamento de gobierno que hacía las veces de constitución, algunas cláusulas que coartaran los poderes casi ilimitados del titular de la primera magistratura. Otros diputados agregarían sus argumentos a los míos, y muchos más apoyarían la iniciativa.
El general López no conocía el alcance del movimiento que se había gestado a sus espaldas, y en absoluto ignoraba mi participación. Algo debió haber sospechado sin embargo porque, a último momento, se me hizo saber que no sería bien vista mi presencia en el Parlamento. Naturalmente me abstuve de asistir.
Mi ausencia causó estupor. Los que llevaban en sus bolsillos discursos constitucionalistas los dejaron donde estaban. Sólo don Benito Varela, un hombre rico que tenía mucho que perder, sostuvo que no podía ser elegido presidente un hijo de don Carlos Antonio López porque el Paraguay no es patrimonio de ninguna persona o familia. Se le respondió que Francisco Solano López no asumiría el poder como heredero de don Carlos sino como un ciudadano libremente elegido por los representantes del pueblo.
Don Benito Varela, anciano valeroso, murió en la prisión.
En los dos meses siguientes el gobierno puso al descubierto las ramificaciones increíbles de la oposición. Las cárceles rebosaban de presos, alguno de ellos encepados o cargados de una a tres barras de grillos. Fueron detenidos prominentes ciudadanos, jefes militares retirados y algunos en servicio activo, como el mayor Rómulo Yegros. Y hasta simples soldados. Otros recibieron severas reprimendas, o, como don Benigno López, confinados a sus estancias del interior del país.
Todas las personas de cierta figuración social fueron conminadas a manifestar su adhesión al nuevo presidente, o a rendirle vasallaje, como entonces se decía. Únicamente se resistió a hacerlo don Cirilo Antonio Rivarola, pese a las exhortaciones de su hermano Manuel María, y a la invitación reiterada que el general López le hizo llegar personalmente. Pero, como don Cirilo se había abstenido de participar en la conjura del Congreso, de momento no fue molestado.
Dos años después don Cirilo fue detenido por manifestarse contrario a la guerra que se avecinaba. Puesto en libertad en el transcurso de la misma, combatió como soldado. Prisionero en la batalla de Abay, se evadió del enemigo para continuar combatiendo a las órdenes del hombre que había sido su verdugo. Después de la guerra, como triunviro, presentó a la Asamblea Constituyente un proyecto que difería de la copia de la constitución liberal argentina que los emigrados finalmente sancionaron. Don Cirilo fue el primer presidente constitucional del Paraguay, el primero en violar la constitución y el primero en ser destituido al cabo de un año de gobernar de un modo casi tan arbitrario y despótico como lo habían hecho el Dr. Francia y los López. Protagonizó después ocho años de sangrienta anarquía, al cabo de lo cuales murió alevosamente asesinado.
Enigmática fue la personalidad de don Cirilo.
El mayor Rómulo Yegros murió en la batalla de Tuyutí, combatiendo como soldado raso. Sus últimas palabras fueron para su amigo Pancho López.
Fracasado el movimiento constitucionalista y liberal, muchos patricios, convencidos de que nada podían hacer en el Paraguay para alcanzar sus fines, fueron a engrosar en Buenos Aires el antiguo núcleo de emigrados, que volvió a organizarse con fines revolucionarios. Propiciaron una campaña libertadora extranjera para librar al país de la tiranía de López. Éste, por su parte, replicó a la actitud desdeñosa o francamente hostil de la aristocracia criolla instaurando una política de neto corte popular. Multiplicó los premios a los agricultores, les facilitó aún más el acceso a tierras de labranza, envió más estudiantes pobres a Europa, otorgó préstamos sin interés a artesanos, industriales y comerciantes modestos, desarrolló la costumbre de realizar grandes y continuadas fiestas populares en las fechas nacionales y en su propio natalicio. Como se había vaticinado en vísperas del congreso que no tuvo más remedio que elegirlo, se volvió al régimen de la Dictadura Perpetua, sin la inhumana austeridad jacobina del Dr. Francia, pero con la mano férrea de don Carlos.
Fui sometido a doble proceso político y eclesiástico acusado de promover una revolución social, moral y política con fines nocivos para la República, alborotando al bello sexo e inoculando en nombre de la Virtud doctrinas antisociales y perniciosas. Corrieron igual suerte varios jóvenes sacerdotes y seminaristas que habían sido mis discípulos.
Hasta Dios me abandonó, como Él sabe dejar librados a su suerte a los hombres poseídos de orgullo que pretenden prescindir del auxilio de la Divinidad, para que en el abismo de las desilusiones reconozcan su fragilidad y humana impotencia. Pero, como el hombre es un dios que participa de la naturaleza del demonio, seguí mi camino detrás de un ídolo oculto, siniestro y despiadado que se burló de mí, que se burló de nosotros, hasta que nos redimimos con la muerte y la gloria.
No mencioné la conjura en las «Etapas de mi vida» que publiqué no hace mucho para defenderme de los desaforados ataques de un feroz archivero empeñado en amargar el retiro de un anciano, porque en el curso de la guerra tomé partido por la defensa de mi Patria y la lealtad al hombre que conducía la defensa contra el invasor, olvidando que era el mismo que me mantuvo engrillado todo un lustro.
Como fiscal de sangre me tocó actuar con el rigor de las leyes de mi época, cuando el enemigo nos empujaba en trágicas retiradas, contra muchos de los que habían sido mis cómplices en el movimiento constitucionalista. No es mi culpa que fueran personas expectables las que vacilaron cuando el pueblo estaba decidido a luchar hasta morir.
Hoy sus victoriosos deudos pretenden cebarse en mí.
Me acusan de haber sido un cruel verdugo al servicio de un déspota sanguinario; de haber mandado en persona, olvidando mi sacerdotal investidura, una carga de caballería que aniquiló un batallón brasileño en la batalla de Ytá-yvaté; de haber apetecido rabiosamente el obispado y condenado a muerte a mi obispo; de llevar una vida licenciosa en mi ya lejana juventud.
Nunca fui un libertino, aunque sí pecador. No me arrepiento de todos mis pecados. ¿Por qué mentir a Dios? No practicaré la hipocresía de la impotencia. Lo poco que hubo de bueno en mi azaroso transitar por este valle de lágrimas, y que puedo regustar fumando un cigarro en la penumbrosa soledad del corredor de esta casa parroquial, se lo debo al bello sexo.
Si fui ambicioso, mi vida fue una larga, severa y obstinada escuela de humildad. La Providencia y la Fortuna se unieron para abatir mi orgullo en pleno vuelo cuantas veces pretendí elevarme por encima de mis semejantes. Y heme aquí en el mismo sitio donde había comenzado, en el curato de esta aldea hasta donde me persiguen implacables la incomprensión y la calumnia atribuyéndome acciones indignas y criminales supuestamente producidas antes y durante la formidable contienda, como si yo hubiera sido dueño de mis actos y no un instrumento de deidades crueles, que empeñadas en destruirnos, nos cegaban.
Sobreviví a la más horrenda matanza que han conocido los siglos, que a poco estuvo de borrar de la faz de la tierra al más valeroso de los pueblos. Flaco fue el servicio del Hado cruel que me salvó de las ensangrentadas garras de Melpómene para sumirme en la amarga impotencia del vencido, forzándome a humillarme en las horcas caudinas.
Soy un hombre de otro tiempo, de otra edad, perdida para siempre, que con gloria sucumbió con el último aliento del último soldado en el último extremo de su ámbito.
Chocheo, hablo solo; dialogo con innumerables espectros que pueblan mi memoria; con el fantasma del hombre que fui y con el fantasma del hombre que pude ser. Medio siglo después de la hecatombe no podemos todavía los paraguayos distinguir a los vivos de los muertos, confundidos como están en la sombra terrible que se abatió sobre las almas.
Mi secreto, compulsivo e imposible amor a la libertad me hizo padecer tormentos y prisiones en la juventud; por no haberme atrevido a sostenerlo hasta el martirio, el desengaño y el remordimiento me acosan en la vejez.
Amamantado por el despotismo, obligado a la ciega obediencia y al constante disimulo para sobrevivir; encharcado en el lodo y la sangre de una guerra terrible, ¿es humano pedir que mis andrajosos hábitos salieran de allí sin una mancha?
Dios conoce mi alma. Sabe de mis angustiosas dudas cuando seguía aquel insensato peregrinar hacia la muerte; que, sin embargo, no ofrecía como alternativa sino la traición a la Patria. Crimen, este único, del que nadie me acusa.
Estoy preparado para comparecer ante el Dios Hacedor Universal y creador de todos los mundos con el peso abrumador del fardo de mis culpas, y un ligero morral en que sobradamente caben mi bandera y mis méritos.
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  • Epílogo testimonial - La etapa Apócrifa
  • Noticia sobre las fuentes.

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