Recomendados

lunes, 29 de marzo de 2010

CARLOS R. CENTURIÓN - EL DESARROLLO DE LAS LETRAS AL FINALIZAR EL SIGLO XIX / Fuente: HISTORIA DE LAS LETRAS PARAGUAYAS – TOMO II


HISTORIA DE LAS LETRAS PARAGUAYAS
Autor: CARLOS R. CENTURIÓN
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
.
EL DESARROLLO DE LAS LETRAS AL FINALIZAR EL SIGLO XIX
.
En el curso del año 1891 hizo su aparición la Revista del Paraguay, del que fue fundador y director ENRIQUE D. PARODI, poeta y orador. Dicha revista editábase en Buenos Aires.
Parodi era oriundo de la Asunción. Nació en 1857. Tras haber cursado los estudios primarios en esta capital, fue enviado por su padre, el súbdito italiano Domingo Parodi, a la ciudad de Buenos Aires, en cuyas instituciones de enseñanza obtuvo el grado de bachiller, y, más tarde, las borlas del doctorado en química. Regresó al Paraguay, en donde vivió breve tiempo. Luego, retornó a Buenos Aires, de cuya ciudad ya nunca se alejó. En la capital porteña fue un perenne animador del recuerdo de la patria lejana. Presidió, varias veces, el "Centro Paraguayo", cuya fundación inspiró. Se le consideraba como a uno de los paraguayos más eruditos de su época. Parodi cultivó la prosa y el verso. También poseía dotes de orador, las que, en aquel tiempo, motivaron el elogio de la prensa porteña.
En la fiesta organizada por el "Centro Paraguayo", de Buenos Aires, el 14 de mayo de 1890, dio a conocer su poema Patria, en el que evocaba la pretérita grandeza del Paraguay. A través de sus estrofas, se adivina cuánto sufrió el dolor de su pueblo, destrozado por la horrenda vorágine de la guerra que culminó en 1870, en Cerro Corá, y el esfuerzo por "retemplar el espíritu de sus conciudadanos, en horas de mortal postración, con el vaticinio de un porvenir mejor". Dejó, además, algunos trabajos científicos, tal sus Contribuciones a la farmacopea nacional argentina, Buenos Aires, 1888, escrito en colaboración con Juan Craver; La Prensa, 1891; El porvenir del Paraguay, 1897; y Ensayos históricos, 1898. También dejó La República del Paraguay, inédito, y Vocabulario de la lengua guaraní, inconcluso, trabajo en el que se anotan errores de Montoya y otros.
Dice su poesía

EL MEDALLÓN

El último recuerdo que guardaba
De nuestro amor, ayer se me perdió;
Un negro medallón era: ¿recuerdas?
En forma de un pequeño corazón.

Al dármelo dijiste conmovida,
E inundada tu faz por el rubor:
"Conserva este recuerdo que es la imagen
De mi constante y noble corazón".

Quién hubiera creído que aquel día
Decías la verdad sin intención:
Pues es tu corazón negro y pequeño,
Copia fiel del perdido medallón.

Muchas otras poesías de tendencia romántica, a tono con los ideales del siglo XIX, así como numerosos escritos y discursos de Parodi han quedado en la hoja diaria, perdidos hoy por la acción del tiempo y del olvido. Falleció en la capital porteña, en 1917.

También corresponde a esta época que venimos evocando la aparición de un periódico que fue cuna intelectual de un grupo, tal vez el más selecto y brillante de las letras paraguayas. Se denominaba El Tiempo. Su local era pobre y añejo. Se hallaba en la calle de la Estrella, entre las de Colón y Montevideo, en la Asunción. Todavía puede verlo el viandante. La piqueta aún no ha osado clavar su acerado diente en esa carne de arcilla, como si respetara el recuerdo que emerge de entre el claroscuro de sus aposentos, que vive en sus arcaicas alacenas, que perfuma, como el jazmín hogareño, sus amplios corredores, y que sale y se pierde en la ciudad, a través de sus enrejados ventanales.
Fundóse El Tiempo en 1891. Eran de esa casa Manuel Gondra, Blas Garay, Manuel Domínguez, Emeterio González, Fulgencio R. Moreno y Liberato M. Rojas.
La administración de este periódico estaba a cargo de Gabriel Valdovinos. Puede decirse que El Tiempo fue, para ese núcleo juvenil, la puerta del foro por la que entraron a actuar sus componentes en el amplio escenario de la actividad intelectual y política.
El año 1891 marca, así, la iniciación de MANUEL GONDRA en la vida pública. Con la fundación de El Tiempo se inicia con todo el optimismo, la convicción y el empuje de sus veinte años, en la noble carrera de las letras.
Manuel Gondra ha dejado en el misterio el lugar y la fecha de su nacimiento. No obstante, – lo afirma J. Natalicio González – parece haber nacido en Buenos Aires, en 1871. (54) Según otros, Gondra nació en la solariega vivienda de los Pereira, hogar de su progenitora, en Ypané. Según los más, a bordo de una nave que rielaba sobre las ondas del río Paraguay.
Las primeras letras aprendió bajo el alero campesino de una escuelita de Villeta. Luego prosiguió sus estudios en la Asunción.
En el Colegio Nacional tuvo su pieza de internado. Integró el grupo de bachilleres egresados de esa institución en 1883. Existe una histórica fotografía en que aparece Gondra, vistiendo el uniforme característico de aquella casa, al lado de Manuel Irala, Francisco Fernández y otros.
A poco de obtenido el título, fue designado como profesor de gramática, geografía, y literatura, en la misma. institución. Y fue allí, en la casona madre de las letras paraguayas, donde Manuel Gondra reveló las facetas de su espíritu preclaro.
Su cátedra era escuela de serenidad y de sabiduría, en la que, en el idioma de Cervantes, puro y melodioso, rimaba verdaderas canciones de ensueño. Ningún alumno que haya escuchado la palabra, sobria y elegante, del maestro Gondra ha podido olvidarla. Los conceptos vertidos, aún los más abstractos, a través de sus frases medidas y suavemente pronunciadas, se hacían fácilmente asimilables al más heterogéneo auditorio. Las actividades de profesor no privaron a Gondra de proseguir sus estudios. En 1892, ingresó en la Facultad de Derecho. Más, a poco de andado, abandonó la universidad, no sin antes haber ejercido las funciones de secretario general de la misma, siendo rector Ramón Zubizarreta. No obstante, apasionado de las letras, leía con notable asiduidad. En aquel tiempo comenzó a formar su selecta biblioteca, quizás una de las más escogidas y más nutridas que hayan existido en el Paraguay, después de la Biblioteca Americana de Juan Silvano Godoi. Dicha biblioteca se halla ahora en el extranjero, perdida para la Nación. Manuel Gondra leía a los más renombrados autores modernos, sean ellos franceses, alemanes, ingleses, españoles o italianos, en su propia lengua. Tampoco le fueron desconocidos el sánscrito, el hebreo, el griego y el latín. Su vigorosa inteligencia, ayudada por una extraordinaria memoria y un sagaz espíritu crítico, le sirvió para conquistar una amplia, rica y profunda cultura humanista. Sus primeros trabajos, aparecidos en El Tiempo, adolecen de los defectos propios del principiante. En La Democracia, La Semana, El Independiente, y, más tarde, en La Prensa, ya sazonado su intelecto y agudizado su criterio, aparece el escritor en toda su maravillosa esplendidez. De esa época datan sus críticas a Blas Garay, a Manuel Domínguez, a Alejandro Audibert y a José Segundo Decoud. Y es también de ese tiempo su admirable estudio sobre Rubén Darío, en carta dirigida a Francisco L. Bareiro, entonces residente en Santiago de Chile. (55) Varios de sus trabajos llevan seudónimos. Eran éstos Argos y J. de P. En 1899, Gondra se apartó de la docencia. Y en 1900 arrinconó la pluma de oro con punta de diamante. Desde ese instante, con el albor del siglo XX, trueca la jefatura intelectual de su generación, que la ejercía por derecho propio, por la jefatura civil de una gran entidad de hombres libres: el Partido Liberal. En ésta permanecerá, casi treinta años, odiado por cientos, seguido por miles. Será guía y escudo, bandera y penacho, airón y estandarte. Llegará a altas cimas; se despeñará en accidentadas laderas; pero sus noches serán siempre augurios de un luciente y colorido amanecer.
Durante estas tres décadas, de tarde en tarde, escribirá un editorial para El Diario, redactará notas y mensajes, como La cuestión del Pilcomayo y La América Latina en la Guerra Mundial, y se convertirá en un ciudadano del continente colombiano, en una justa del derecho, dando al nuevo mundo un medio jurídico para dirimir sus cuestiones: la Convención Gondra, aprobada, por aclamación, en la V Conferencia Panamericana, reunida en Santiago de Chile en 1923.
Arsenio López Decoud, por 1900, trazó de Gondra una silueta que vale la pena reproducirla:
"Es un raro, – decía –. Raro duplex, raro en la intimidad, raro en sus exterioridades. Si Rubén Darío hubiera conocido a Gondra, si hubiera buceado en su fondo, qué raro hubiera encontrado para sus "RAROS", a su "distinguido demoledor".
"Pero a Gondra no se le sondea. Hay que adivinarle. No se descuida. Como el avaro oculta sus tesoros, así él oculta lo que sabe, lo que piensa y la inmensa lectura que atesora.
"Es infecundo a la manera de los campos salitreros, peor aún, porque de éste se saca abonos para tierras estériles y de Gondra, rica salitrera, no se saca nada.
"Sólo sabemos que él, como Rubén Darío, pero con más sinceridad, es esteta a su modo, que hinca la rodilla ante lo bello, venga de donde viniere: no adora a Dios por ser Dios, sino porque es grandiosa y bella la idea.
"¿Comulga en poesía (porque Gondra es poeta) con el Pauvre Lelián o con Leconte de Lisle? ¿Es parnasiano o decadente? ¿Es su musa española? ¿Núñez de Arce, Campoamor, son tal vez sus modelos? No. Los comprende pero no les quema incienso. No son sus ídolos. Copia de lo español lo bello; lo rancio, el casticismo exagerado, pedantesco, le repugna. Cuando escribe o cuando habla, lo hace en forma llana y sencilla; para leerle no valen diccionarios; habla como el vulgo pero en forma bella y correcta y hay entre sus líneas intención, y más, hay ideas, ideas originales. Como catedrático de literatura fue y es insuperable; sabe mucho, y sabe bien porque enseñó literatura americana y extranjera a sus discípulos. Porque conoce y comprende sus bellezas, porque conoce, aparte del español, los idiomas en que se expresaron los clásicos latinos e italianos, ingleses y franceses, y pronto leerá, en su idioma, a Goethe y a Heine y hasta a Kant que (desahogo personal) ni en español se le puede leer. Y todo esto, ¿a cuento de qué? Pues a cuento de que Gondra ha pasado exámenes de primer curso de derecho habiendo sido, ayer, felicitado por sus pruebas de romano, por la mesa examinadora, y porque nosotros, sus amigos, que le queremos con el corazón, que gozamos con su triunfo, no sigamos preguntándonos, como hasta ahora, asombrados: ¿pero es que Manuel, nuestro Manuel, se contentará con que le digamos brillante inteligencia, erudición de verdad, que pudiendo producir tanto bueno siga conformándose con haber arrojado flores, muy bellas por cierto, al poeta Obligado y coronado con espinas la hermosa cabeza de Rubén Darío?
"Literatura, historia, filosofía, sabidas a conciencia, ¿seguirá con ellas, Manuel, barriendo para adentro? No lo creemos".
Y Rafael Barret escribía en 1910:
"Siento por Gondra una verdadera simpatía. Es, aunque a medias, un compañero. Es un intelectual puro. Por su desgracia, todo lo comprende sin esfuerzo, y lee, lee con [la] continuidad de lo irremediable. No puede escribir; sólo puede leer. Sólo puede comprender; no puede producir. Su hermosa inteligencia, intacta en su mitad receptiva, ha muerto en su mitad creadora.
"Hace años, recién venido yo al Paraguay, el espíritu de Gondra estaba ya paralítico. Paseábamos una noche por las calles de Asunción y hablábamos de arte, de ciencia, de literatura. Maravillado yo de su talento, le instaba a escribir. É1, con su dulce voz resignada, me explicaba que no se resolvía a escribir jamás, por miedo de no engendrar algo perfecto. Y yo protestaba contra tan estéril y culpable preocupación, y él, mirando azorado en torno suyo, me decía:
– "Hable usted bajito...
"Es fama que no contestó a ninguna de las notas que le enviaba su gobierno a Río de Janeiro. Esta conducta magnífica se debe a que la pluma es más pesada para Gondra que la palanca de Arquímedes.
"Gondra vivirá interminablemente bajo nuestra admiración hacia lo que habría llegado a ser si [se] le hubiese dado cuerda. Su enfermedad no es fingida. Gondra merece nuestra cariñosa piedad".
Para J. Natalicio González "siempre será grato avivar el recuerdo del escritor, del humanista" "Los que le conocieron aún celebran – recuerda – su conversación docta, la sencilla distinción de sus maneras". Y agrega: "Gondra es uno de los auténticos valores intelectuales del Paraguay, un prosador de estirpe clásica; lo que de su pluma queda le conquistará el fresco gajo de laurel que ningún paraguayo ha de escatimarle".
Los trabajos literarios de Manuel Gondra fueron editados en un solo tomo, en 1942, en Buenos Aires, por la "Editorial Guarania", de J. Natalicio González.
Gondra, el "magnífico señor de la hidalguía", falleció en la Asunción, el 8 de marzo de 1927. Sus restos reposan en las campiñas de Ypané, en cumplimiento de su voluntad postrera. "Allí descansa, dice Arturo Bray, a cielo abierto y en contacto con la tierra que tanto amó. Allí van a confiarle sus cuitas las canoras avecillas en las mañanas templadas y limpias de aquellas anchas soledades, y al caer de cada día inclínase la tarde en armoniosa escala de colores sobre esa tumba perdida en la inmensidad de la belleza natural y agreste". (56)

BLÁS MANUEL GARAY nació en la Asunción, en 1873. Inició sus estudios en una escuela municipal de su ciudad natal, escuela dirigida por el educacionista Surga. Huérfano de padres, Blas Garay hubo de trasladarse al pueblo de Pirayú, en compañía de su tío, Ladislao Argaña. En dicho pueblo prosiguió sus estudios primarios en la escuela elemental regenteada por José C. Avezada. A los once años de edad fue designado auxiliar del jefe de la estación de Pirayú, cargo desempeñado entonces por otro tío suyo, Aureliano Argaña. En los ratos de descanso, éste inició a Blas Garay en la práctica de la telegrafía. El alumno, en brevísimo tiempo, "dominó tanto el asunto que solo por el movimiento de la aguja descifraba los telegramas". De Pirayú regresó a la Asunción para ingresar en el Colegio Nacional. Estuvo un año como internado. El siguiente, conquistó una beca por concurso y, desde entonces, se distinguió por su dedicación al estudio. Son de esa época los únicos versos que se le conocen. Durante el ciclo del bachillerato, leyó a los clásicos con verdadera pasión. Terminados los estudios preparatorios, cursó derecho y ciencias sociales en la Universidad de la Asunción. Se graduó de abogado en tres años de estudios, vale decir, en la mitad del tiempo normal fijado por los reglamentos. Su tesis versó sobre La junta Superior Gubernativa. Desempeñó algunas funciones públicas, como la secretaría general de la Dirección de Correos y Telégrafos, la subsecretaría del Ministerio de Hacienda y la secretaría de la legación paraguaya en París, Londres y Madrid. Fue, asimismo, encargado de negocios del Paraguay ante la Corte de España y comisionado especial del gobierno de nuestro país para el estudio de los documentos relativos a los límites con Bolivia, en el Archivo General de Indias. En el tiempo que permaneció en Europa, que no fue muy prolongado, escribió los cuatro libros siguientes: Compendio de Historia del Paraguay, Breve Resumen de Historia del Paraguay, La Revolución de la Independencia y El Comunismo de las Misiones. Dejó, además, valiosas páginas sueltas, dispersas en la hoja diaria.
Blas Garay fue una individualidad de múltiples aspectos. Historiador, periodista, poeta, bibliófilo y lingüista, su actividad fue arrolladora y fecunda. Vocero intelectual de su generación, digno fue de ese título por su cultura, energía y talento.
Fue fundador y director de La Prensa, el diario asunceno más serio, mejor informado y más correctamente redactado de su tiempo.
Con anterioridad a su recordado viaje al viejo continente, también fundó El Tiempo, órgano en que aparecieron sus primeros ensayos de polemista.
Garay también redactó La Patria, La Unión, La Opinión y La Semana. Refiriéndose a su personalidad, Manuel Domínguez, expresaba: "El doctor Garay era una actividad arrolladora que parecía querer suprimir el tiempo y el espacio. Siendo estudiante de derecho, redactaba diarios, leía novelas a centenares, anotaba libros de historia, compulsaba documentos en el Archivo Nacional, conversaba, discutía, se movía en todo sentido, todo lo cual no le impidió terminar en tres años su carrera. El tiempo que estuvo en Europa lo empleó en escribir cuatro libros y en leer millones de documentos históricos. A su vuelta, publicó La Prensa, un diario tan nutrido de materiales, tan bien escrito, sobre todo, bastaba para agotar la actividad de cualquiera: a él le sobraba tiempo para defender pleitos, para ir todos los días a los tribunales, para acudir todos los días al Centro Español y jugar al ajedrez. Con nuestro clima enervante, raro ha de ser quien trabaje ocho horas por día. Creo que Garay trabajaba catorce. Sólo de Thiers sé que desplegaba igual actividad". (57)
Fulgencio R. Moreno, exaltando sus virtudes de periodista, asentaba: "Escritor sin par en nuestras letras, Blas Garay fue la voz más enérgica y más respetada de la prensa paraguaya. Combatido y a veces calumniado, jamás se le dejó de escuchar porque siempre que su pluma varonil trazó una línea, hacía vivirla con el poderoso aliento de su personalidad. Y era imposible no sentirle. Fue por eso que sus escritos hicieron siempre honda impresión: allí estaba toda su alma, sin disfraces ni medias luces, se veía que en ellos no revoloteaban medias palabras, sino que palpitaba un corazón". (58)
Y Manuel Gondra, anotaba: "¿Y el escritor? No he participado yo de su criterio en las cuestiones históricas en las que puso mucho de la pasión que había en su pluma de polemista; tampoco participaba del severo casticismo peninsular en que informaba su producción literaria, pero, y en esto creo que se puede vaticinar el porvenir, Garay hubiera sido un gran historiador y uno de los más ilustres escritores de Sud América. En sus últimos tiempos produjo páginas, que para mí, habían llegado a la perfección dentro del clasicismo español. Carta satírica hay suya que ha de alternar con las más notables que puedan señalarse dentro de toda la literatura de nuestra lengua, por el ingenio, la sal ática y una maravillosa maestría en el decir". (59)
Blas Garay, falleció trágicamente, en la Asunción, en 1899. He aquí una de las únicas poesías que se le conocen. La escribió en 1891, con motivo de la muerte de su condiscípulo, Pedro Rojas:

A. P. R.
¡Ya todo se acabó!... ¡Del que en otrora
Amigo fuera, ya no queda nada
Más que la mísera envoltura helada
Del alma, del alma pensadora!

¡Ya todo se acabó!... Ya de tu vida
El corto trecho has recorrido todo
Y a confundirte vuelves con el lodo
De que Dios hizo al hombre a su medida.

¡Ya todo se acabó!... ¡La fatal hora
Sonó ya para ti!... Tal es la suerte
Del hombre: la guadaña de la muerte
Corta su vida cuando está en la aurora.

MANUEL DOMÍNGUEZ nació, al parecer, en Itaguá, en el año 1869. Estudió en las escuelas de Villa del Pilar. Fue alumno sobresaliente del Colegio Nacional de la Asunción, donde se graduó de bachiller, en 1890. En la Facultad de Derecho adquirió renombre por su preparación integral y su talento múltiple y vigoroso. Ya entonces era profesor de aritmética, geografía, zoología, historia del Paraguay y de Roma, anatomía, fisiología e higiene en la antes citada institución de segunda enseñanza. Sus clases se recuerdan como torneos de alta cultura. Optó al grado de doctor en derecho y ciencias sociales en 1899. Su tesis versó sobre La tradición a la Patria.
Fue director del Colegio Nacional, profesor de derecho constitucional, en la Facultad de Derecho de la Asunción, y rector de la Universidad paraguaya. Fue, asimismo, director del Archivo Nacional. En la Cámara de Diputados ocupó una banca en 1896. Su actuación parlamentaria fue fecunda. Notable fue la discusión mantenida con motivo de la denuncia de tentativa de anexión presentada a ese alto cuerpo por el ex convencional Juan Silvano Godoi contra el canciller José Segundo Decoud. (60)
En 1902 se le designó ministro de relaciones exteriores, en el gabinete del vicepresidente en ejercicio Héctor Carvallo. El mismo año, su nombre completó la fórmula Escurra-Domínguez para la Presidencia y Vicepresidencia de la República, durante el período constitucional que ese mismo año, el 25 de noviembre, se iniciaba.
Al estallar la revolución liberal de 1904, renunció al alto cargo y formó en las huestes rebeldes.
En 1911, en el gabinete del presidente Albino Jara, se le encomendó la cartera de justicia, culto e instrucción pública y, luego, la de hacienda. Pero su actividad principalísima, como hombre de Estado, desarrolló Manuel Domínguez en la, cuestión de límites con Bolivia. Fue activo colaborador en las conferencias de Buenos Aires, en las que se firmó el acuerdo Pinilla-Soler, en 1907. Su trabajo nutre todos los esfuerzos realizados para solucionar el diferendo de límites, desde 1890. Fue delegado del Paraguay en las conferencias de Buenos Aires, en 1927 y 1928; fue miembro eminente de la Comisión Nacional de Límites. Animador espiritual, al decir de Justo Pastor Benítez, Manuel Domínguez fue el primer héroe civil de la contienda del Chaco. Sus restos deben reposar en el Panteón Nacional, custodiado por el cariño del pueblo paraguayo que tanto amó.
Manuel Domínguez se inició en las actividades literarias con Blas Garay, Manuel Gondra y Fulgencio R. Moreno. Fundó y redactó El Tiempo, en 1891. Su prosa nutrió las columnas de La Patria, La Unión, La Tribuna, La Semana, la Revista del Instituto Paraguayo y otras publicaciones del siglo pasado, tal La Prensa, el gran diario de Blas Garay.
Pero esa fecunda actividad literaria se intensificó durante las tres décadas del presente siglo. Puede decirse, sin faltar a la verdad, que la pluma de Manuel Domínguez no escatimó su colaboración a ningún órgano de publicidad que le haya solicitado en el decurso de estos treinta últimos años.
No obstante esa labor intensísima, Domínguez ha publicado los siguientes libros y folletos: Las Escuelas en el Paraguay, 1897; Discusión sobre filología etnográfica y geografía histórica, 1899; Estudio sobre La Atlántida, del Dr. Diógenes Decoud, 1901; Carta al Dr. Cecilio Báez sobre Marcelino Menéndez y Pelayo, 1902; El algodón, su producción en el Paraguay, traducido al francés y al alemán, 1903; El cuervo y las campanas, 1908; La Nación, 1908; Estado de Sitio, 1909; La Constitución del Paraguay, tres volúmenes, 1909-12; Interrupción de prescripción, declaratoria de herederos, 1912; Rafael Barret, 1912; Raíces guaraníes, 1913; Vocación hereditaria del nieto natural, 1913; Paraguay-Bolivia, 1917; El Alma de la Raza, 1918; Lo que fuimos y lo que seremos, 1920. Dejó, además, una colección de conferencias, artículos y discursos publicados, y una obra inédita, La Leyenda de los Siglos. Más aún, editó: El Dorado, Contrarréplica al Dr. Cornelio Ríos, El Chaco Boreal pertenece al Paraguay. El Chaco pertenecía al obispado de la Asunción, Bolivia atropelló el statu quo, Siete reyes y diez virreyes afirman los derechos del Paraguay sobre el Chaco, Informe del Plenipotenciario del Paraguay Dr. Domínguez acerca de las negociaciones Domínguez-Cano posteriores al ajuste Soler-Pinilla, El derecho de descubrir y conquistar el Paraguay, Los títulos del Paraguay y el Doctor Daniel Antokoletz, Nuestros pactos con Bolivia, El Dr. José Nicolás Matienzo y la soberanía del Paraguay, Expediciones del Paraguay al Chaco, El Chaco Boreal, Bolivia y sus mixtificaciones, Cansas del heroísmo paraguayo, Elelín o la Tierra de los Césares, Las Amazonas y el Dorado, El asesinato de Osorio, La Sierra de la Plata, Límites del Perú, en los contrafuertes andinos, Los títulos del Paraguay y el Dr. Lindolfo Collor. Después de su fallecimiento, se publicaron El Paraguay – Sus grandezas y sus glorias y El milagro de lo eterno y otros ensayos.
Manuel Domínguez fue historiador, catedrático, orador, artífice de la prosa, "músico del pensamiento". Su estilo era personalísimo, singular, admirable, en lo que escribía y en lo que hablaba.
Rafael Barret consagró al egregio intelectual este certero juicio: "Amable y fuerte a un tiempo, su estilo, tallado en cortos períodos, facetas de diamante, cada uno de los cuales encierra un hecho o una idea, hace reaparecer en el conjunto la unidad luminosa del elemento. El positivismo a base evolucionista estaba designado para reducir a este espíritu ordenado y elegante, que tiene el buen gusto de preferir un método a una metafísica. Los reglamentos democráticos debían satisfacer a este amante de la libertad pacífica y provisoria. Sibarita del pensamiento, lo estima en lo que a él personalmente le atañe. Aprueba la audacia de la frase o del libro, mejor que la de los estómagos hambrientos. No es hombre de acción, porque adora la acción en semillas de los filósofos tímidos que preparan revoluciones convenientemente póstumas. Muy francés de talento y aficiones, algo lo distingue de Voltaire aprendido de memoria, de Renán a quien venera, de France que le encanta; la ironía exótica nacida bajo este clima natural y político. Los ojos negros, no del todo transparentes, inquietan cuando ríen. El cabello encrespado arroja sobre la frente pálida el misterio de su sombrío oleaje. ¿Pasión? Quizás, pero pasión noble. Es imposible dejar de admirar su ingenio vigoroso y su erudición honda y hábil, y es también imposible dejar de amar su buen corazón, abierto siempre al amigo como un refugio hospitalario". (61)
Carlos Lelio llamó alguna vez a Manuel Domínguez, el paraguayo más paraguayo de todos los paraguayos. La frase encierra una verdad profunda.
Justo Pastor Benítez, al ocuparse del gran maestro escribe: "Quizá la más brillante de las facetas de su personalidad sea la de investigador histórico. Para esa tarea poseía, entre otras muchas cualidades valiosas, método, imaginación y espíritu crítico. Tomaba un hilo y lo seguía durante años, sumando indicios, descartando errores, formulando hipótesis, apelando al análisis penetrante y a la síntesis verificadora, hasta establecer la verdad, toda la verdad posible de desentrañar del frío y mudo seno del pasado. Revivía los cuadros con rasgos pictóricos y emoción de poeta. La Sierra de la Plata tiene la belleza convincente de una reconstrucción de Cuvier.
.. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. ..
"Pero una cosa es la obra del escritor y otra su misión. Manuel Domínguez fue el primero en estudiar la historia del Paraguay como fenómeno social, en lugar de hacerlo con la superficialidad de los cronistas del pasado. Acumuló datos, interpretó sucesos, indagó las causas, midió la triple influencia del medio, del momento y la raza, y se constituyó en el enaltecedor de las cualidades de su pueblo calumniado. Señala un período en la cultura nacional, y no sólo por su labor literaria, sino por la influencia profunda que ejerció en "el alma de la raza", dándole impulso de ideales, blasón en su pasado y noción de su destino substantivo en el mundo americano. Porque el Paraguay es algo substantivo en el Continente. Nunca será reflejo ni dependencia. Es una raza, es una historia y tiene su porvenir en su sangre. En un medio estrecho, el autor de Las causas del heroísmo, desempeñó el papel de Fichte, como formador de la mística de su pueblo, y animador de las fuerzas vitales de su raza". (62)
"Y es así – escribe Juan E. O’Leary – cómo el doctor Domínguez es también un notable escritor, cuyo estilo trasunta fielmente su personalidad intelectual. Discípulo de Pelletán y de Lamartine en su primera juventud, enamorado de Valera más tarde, fue buscando su derrotero, siguiendo las huellas de los grandes maestros franceses, desde Renán, Saint Victor y Anatole France, hasta Voltaire y Pascal, cuyas sublimes síntesis verbales le sedujeron; pero había en su cabeza demasiada materia prima con que forjar sus propias alas para seguir así ensayando alas prestadas, al querer remontar el vuelo de su pensamiento. Dejó a un lado a los maestros de su primera iniciación en el arte y afirmando en su mano la pluma indígena, todavía cargada de la savia virgen de su selva paraguaya, escribió como Dios le dio a entender, surgiendo, recién entonces, el escritor que aquí proclamamos. Escritor desde este momento, escritor personal, con rasgos típicos, es hoy uno de nuestros literatos más singulares, cuya obra espera la difusión necesaria para imponer su nombre fuera de nuestra frontera entre los más celebrados escritores americanos. Su estilo cortado en veces, en veces grandilocuente, pero siempre ligero, móvil, lleno de brillo y de energía, sigue el curso de su pensamiento, también rápido y brillante, que sólo cuaja en fórmulas breves y precisas, siguiendo la línea recta, conducido por una lógica de hierro. Se ve en él la influencia de las matemáticas. Cierta álgebra preside su elocución. Condensa su tesis en verdaderos teoremas, que va desarrollando a escape, para llegar a una demostración indestructible. Así en todo. No importa que escriba una página poética o un alegato jurídico: el procedimiento es el mismo. Su estilo no varía, como no varía la naturaleza íntima de sus ideas. Escribe como piensa, y piensa siempre a su manera". (63)
"Manuel Domínguez – dice Leopoldo Ramos Giménez – es de los pocos hombres cuya mente se identificó con la vida de la Nación. Ninguno como él ejerció en estos últimos tiempos tan bienhechora influencia sobre nuestra cultura y dirección tan decisiva sobre lo que atañe a nuestra personalidad histórica internacional. Desde luego, no se hará ya, en el tiempo, una reseña del desarrollo intelectual del país sin llegar a Domínguez o partir de él. No se planteará una nueva discusión en el problema de las fronteras sin recogerse sabiduría de la preciosa fuente de sus libros. Porque él es uno de aquellos que se hallan al principio de las cosas, como decían los griegos, y que nosotros llamamos iniciadores (Avellaneda). Con el tiempo habrá de decirse de él, esto que él mismo repetía, y que un historiador del Río de la Plata dijo del sabio español: "No se remonta corriente alguna para hacer una investigación en el pasado, sin encontrar inmediatamente el nombre de Azara". No ha de remontarse hasta un punto cualquiera que señale un capítulo sobresaliente de nuestra historia, sin que el nombre de Domínguez venga a sellarnos la certeza del derrotero, la eficacia de un documento para la claridad de una comprobación". (64)
Manuel Domínguez falleció en la Asunción, en 1935.

EMETERIO GONZÁLEZ fue un hombre de cátedra. Espíritu recto, voluntad tensa, vigorosa inteligencia, consagró su vida a la enseñanza y a la administración de la justicia. Era oriundo de Paraguarí, donde nació en 1863. Cursó estudios primarios en aquella ciudad y, luego, en la Asunción. Obtuvo diploma de farmacéutico, en 1888. Estudió derecho. Con Cecilio Báez, Gaspar Villamayor y Benigno Riquelme, formó el grupo de los primeros egresados de la Universidad Nacional, en 1893. Desde 1889 dedicóse a la docencia. En el Colegio Nacional dictó lecciones de gramática castellana, historia sagrada, historia del Paraguay, instrucción cívica, lógica y ética; pero, donde su talento floreció, espléndido, fue en la cátedra de psicología. Quienes lo escucharon no han olvidado la hondura de sus conceptos, ni la justeza y donosura de su expresión. En la Escuela Normal de Maestros enseñó ciencias naturales, y en la Universidad Nacional, desde el año siguiente al de su egreso, dictó el curso de derecho internacional privado. (65)
Durante sus años de actividad, como se ve, dejó oír su sabia palabra en las aulas de los primeros institutos de enseñanza pública de nuestro país. Hizo de la cátedra un apostolado. Y es ésta su contribución principal en el proceso evolutivo de la cultura paraguaya.
La otra faz de su personalidad es la del juez. Desde 1894 ocupó un sillón en el Superior Tribunal de Justicia. Puesto en ese altísimo estrado, contribuyó a la garantía más eficaz del derecho. En la presidencia del citado supremo tribunal, apareció como un organizador de la administración a su cargo y como un sacerdote de la justicia. De aquella época son sus Fallos y disposiciones del Superior Tribunal de Justicia, correspondientes al año 1899, publicados en El País; sus leyes de organización y de procedimientos para la justicia nacional, con arreglo a las adiciones y modificaciones sancionadas, hasta 1902; los acuerdos, sentencias y autos interlocutorios dictados por la superior Cámara de Apelación en lo Civil, durante el año 1893, y por las Cámaras en lo Comercial y Criminal del mismo año. Debe agregarse a éstos las memorias del Superior Tribunal correspondientes a los años 1899, 1900 y 1901.
En política actuó en las filas del Partido Liberal, del cual fue uno de los más autorizados representantes. Ocupó una banca en el Senado de la Nación, y desempeñó el cargo de secretario de Estado, en el departamento de justicia, culto e instrucción pública, durante la vicepresidencia, en ejercicio del Poder Ejecutivo, de Emiliano González Navero, en 1908. Hallándose en el desempeño de este ministerio, una grave y repentina enfermedad le obligó a refugiarse en la intimidad del hogar. Tullido para siempre, vivió su doloroso destino entre libros y papeles. Solo y pobre, jamás dejó escapar una palabra de congoja, un suspiro de tristeza.
La muerte llevó sus formas materiales en 1939. Pero su ilustre memoria, que es un ejemplo de sabiduría, ha quedado en la historia patria. El maestro eximio, el magistrado sin mácula, forman parte del patrimonio moral e intelectual de la Nación. Y éste es eterno.

FULGENCIO R. MORENO era oriundo de la Asunción. Nació en el histórico "valle" de Tapuá, en 1872. Cursó estudios en las escuelas de dicha ciudad y fue alumno sobresaliente del Colegio Nacional. Con Blas Garay y otros inició sus actividades en el periodismo, en el Tiempo, en 1891. También, poco después, colaboró asiduamente en La Semana, El Progreso, La Unión, La Tribuna y La Patria. La Revista del Instituto Paraguayo contó siempre con su valiosa colaboración, y cuando el doctor Blas Garay, a su regreso de Europa, fundó La Prensa, su pluma – acero y oro – se puso al servicio del gran diario asunceno.
Fulgencio R. Moreno, en la vida burocrática, desempeñó importantes funciones públicas. Fue secretario general de Correos y Telégrafos, miembro del Consejo Superior de Educación, secretario de la Cámara de Diputados, profesor del Colegio Nacional y de la Escuela Normal de Maestros, director del Colegio Nacional, diputado al Congreso, senador, ministro de hacienda y de relaciones exteriores, ministro plenipotenciario del Paraguay ante los gobiernos de Chile, Perú, Brasil y Bolivia, embajador especial de nuestro país en diversas ocasiones, plenipotenciario especial para tratar con el representante del Palacio Quemado la intrincada cuestión de límites con Bolivia, comisionado para catalogar y estudiar las obras y documentos históricos existentes en la Biblioteca y Archivo Nacional, miembro de la Comisión de Límites. Fue, asimismo, "Correspondiente" de diversas academias extranjeras, europeas y americanas, y obtuvo, gracias a sus méritos, numerosas condecoraciones, La Prensa, de Buenos Aires, contó con su talento. En sus autorizadas páginas, la prosa enjundiosa y galana de Moreno se hizo familiar en los últimos años de su larga, y fecunda vida intelectual.
Las obras más importantes del egregio escritor son las que a continuación se anotan: La cuestión monetaria, 1902; Diplomacia paraguayo-boliviana, 1904; Origen del Dr. Francia, 1904; Historia económica del Paraguay, 1911; Estudio sobre la independencia del Paraguay, 1912; Informe sobre reforma impositiva, 1912; Juan Zorrilla de San Martín, 1915; Paraguay-Bolivia, tres volúmenes, 1917-1920; Los guaraníes en el antiguo Tucumán, 1924; La ciudad de la Asunción, 1926; Extensión territorial del Paraguay al occidente de su río, 1926, y una famosa polémica, trabada en el extranjero, entre Historicus y Veritas.
Como hombre de partido, militó en la Asociación Nacional Republicana, del cual fue director. Desde 1925 se apartó de sus filas.
Fulgencio R. Moreno fue historiador, poeta, periodista, hombre de Estado. Sus versos, en los que relampaguea el ingenio, son florilegios con frescura de fontana. Su prosa, grávida de conceptos, es tersa, bruñida, plena de vitalidad. Sus investigaciones histórico-sociológicas, valiosas, profundas, minuciosas, influidas del materialismo histórico, sirven a la Nación para garantizar sus derechos, para exaltar la fe en los destinos de la Patria, para vivir en el orgullo de nuestro pretérito de sacrificios y de glorias y en el amable recuerdo de los hombres de antaño, grandes por sus virtudes, admirables por sus ensueños.
Fulgencio R. Moreno, cuya característica sobresaliente fue el gálico sentido de la medida, falleció en la Asunción el 17 de octubre de 1933.
Al ocuparse de este escritor, expresa, Juan E. O’Leary: "Diré, pues, que Moreno ha sido uno de los grandes paraguayos: grande por la austeridad de su vida honrada, grande por su talento, grande por su obra, grande por la fe indeclinable de su patriotismo.
"Desde su infancia se hizo notar por su inteligencia. Ya en las aulas del Colegio Nacional se impuso por sus dotes sobresalientes. Chispeante de ingenio, dueño de un humorismo regocijante, el poeta surgió espontáneamente en medio de la admiración de sus compañeros. Cuando los otros luchaban por dominar las exigencias de la prosa, en dura brega con el idioma, él, que era un niño, el más pequeño de todos, disponía ya de las alas del verso, y volaba con los arrestos de un sano lirismo o tejía las sutilezas de picantes sátiras llenas de sal de un ingenio precoz. Había nacido escritor. Sus primeros ensayos fueron, desde ya, impecables. La métrica no ponía obstáculos a su genio retozón y la austera Gramática no trababa sus pasos de prosista. Periodista nato, lo fue antes de serlo. Y, así, cuando fundó con Garay, Gondra y otros La Semana, era ya casi un veterano. Eso sí, sin jactancia, sin vanidad, dentro de una modestia humilde. Tan modesto era que no se atrevía a firmar sus ya magníficas poesías, que iban rubricadas por Félix Mauri. Y aun mucho después, cuando era un valor consagrado de nuestra literatura, rara vez estampó su nombre al pie de sus composiciones poéticas. Con el seudónimo de Pin-Pun, de Fulcio o de Moraben, aparecieron casi todos sus trabajos, al menos los de su juventud, que, en su edad madura, firmó siempre sus grandes obras, asumiendo la responsabilidad de sus doctrinas o de sus conclusiones históricas.
"Y el poeta era, también, un matemático, como el periodista era un pensador. Su primera actividad, que diremos lucrativa, ya que de ella vivió muchos años, fue la contabilidad. Tal vez esto lo llevó a los estudios económicos y financieros, en los que había de demostrar singular capacidad. Y el comercio con los números puso, indudablemente, en su prosa esa claridad y precisión que distinguiera su castiza dicción.
"Poeta y "tenedor de libros", periodista y "contador", no descuidó nunca el estudio. En su nutrida biblioteca, una de las más ricas del Paraguay, puede seguirse el desenvolvimiento de sus lecturas.
"Los grandes maestros de la lengua y los clásicos griegos y latinos fueron sus primeros guías y los que dieron solidez a su cultura y a su buen gusto. Después la filosofía, en sus más excelsas manifestaciones en el mundo moderno. Más adelante los estudios sociológicos. Y, por fin, la economía política, finanzas, legislación, etc. Lector asiduo de los novelistas franceses e ingleses, tenía predilección por Walter Scott y Guy de Maupassant. Le encantaban Taine y Guizot y era devoto de Macaulay. El humorista no gustaba de frívolas lecturas. En el fondo era un temperamento serio, tal vez melancolico.
"La eterna sonrisa que retozaba en sus labios era trasunto de la salud de su alma, de su bondad ingénita, pero todo en él era, fundamentalmente, medida, discreción, ecuanimidad, severa rectitud. Era un erudito, de buena ley, que no quería hacer sentir lo que sabía. Enemigo de hacer citas, se empeñaba, cuando hablaba o escribía, en no hacer sentir el pesado bagaje de su nutrida cultura. Quería dar, y daba, lo suyo, lo que era substancia de su propio entendimiento. Y siempre sin dogmatismos y sin posturas doctorales. No quiso ser un maestro. Se contentó con ser siempre un estudioso.
"Frecuentó durante más de treinta años nuestro Archivo Nacional. Luchando con la pobreza, o en medio de las preocupaciones de la política, dedicó horas y horas diarias a la investigación en el dédalo de nuestros viejos papeles. Lleno de curiosidades, no se contentó con conocer nuestro pasado a través de los antiguos y modernos cronistas. Fue a las fuentes y se puso así en contacto con la realidad. El material que acumuló fue enorme. Y de esta suerte pudo hacer trabajos originales, que impusieron su personalidad en América. Y pudo también en su hora, ser el abogado de nuestro país en el pleito con Bolivia, desbaratando con aplastante documentación los sofismas y audaces imposturas de nuestros enemigos.
"No hubieran sido posible sus victoriosas refutaciones a los truculentos volúmenes de Ricardo Mujía, presentado de improviso, en el curso de las negociaciones, si no hubiera contado con el inagotable arsenal de sus investigaciones anteriores. Y no hubiese podido igualmente realizar su gran labor histórica en Buenos Aires si no contara con el material de que disponía.
"Ministro de Hacienda y legislador, dejó rastros perdurables de su preparación en proyectos e informes de notable originalidad, en que aborda los grandes problemas nacionales.
"Su libro sobre los antecedentes de nuestra Independencia es revelación de su perspicacia de historiador y monumento de su sabiduría.
"Su Geografía Etnográfica del Chaco es trabajo científico sin rival en su género. Sólo los especialistas pueden valorar sus méritos y el caudal de conocimientos que aprieta en sus páginas.
"El libro que consagró a nuestra Asunción es una magnífica evocación de nuestro pasado, o, mejor, una reconstrucción, llena de vida, luz y colorido, del viejo Paraguay.
"La verdad campea en sus páginas y el buen gusto en su fácil y elegante estilo.
"Todas sus obras sobre nuestro pleito con Bolivia son sillares inconmovibles de nuestros derechos.
"De su labor diplomática hablan los papeles del Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores. Labor, toda ella ignorada e inédita, tal vez la más admirable que nos ha dejado, por el fervor de su patriotismo, por las certezas de sus visiones de estadista, por la serenidad y el equilibrio de sus juicios". (66)
Y Armando Donoso, el conocido escritor chileno, agrega: "Hombre cultísimo, curioso e inquieto de saber; hombre de estudio y de prensa, vivió en su país buenas horas de lucha y de agitaciones antes de llegar al puesto que hoy ocupa. Formado en el concepto de la perfecta democracia republicana ha vivido sirviendo a su país con constancia nunca desmentida y entusiasmo infatigable. Es preciso haberle oído hablar de su patria, de los progresos allí realizados, de las esperanzas que él alienta para su prosperidad, para darse cuenta de hasta dónde es hondo en su corazón y en su espíritu su civismo.
"É1 sabe bien el horizonte que hay abierto ante el porvenir de nuestra América y comprende lo que puede valernos una paz duradera y un progreso constante: directamente lo sabe porque ha vivido de cerca horas amargas cuando las asonadas de las revoluciones perturbaban el orden y amenazaban los intereses del Estado.
"Formado también en el gusto por las disciplinas históricas, su experiencia es firme en lo que respecta al valor del orden en todo Estado constituido: como Tocqueville podría pensar y decir que la tranquilidad fecunda de un país representa el más fuerte ahorro de su riqueza en el curso de las grandes crisis.
"Demasiado bien lo han sentido en la actual época los países indo-latinos, cuando en la vieja Europa la más feroz de las guerras iluminaba al mundo como una hoguera en la que se consume todo lo que se ha acumulado durante siglos".(67)
He aquí una de las poesías juveniles de Moreno. En ella presenta, "con gracia aristofanesca", al Dr. Cecilio Báez, quien "se iniciaba en la carrera de Aristóteles, spencerizando a cada rato":
Existe un sabio de cara larga,
Mirar sombrío, rugiente voz,
Piernas de espárrago en que se carga
Un torso férreo, rudo, feroz.

Aunque su físico poco le abona,
Es un prodigio de ilustración,
Seguramente que es la persona
Más grave y sabia de la Asunción

Son los quilates de su talento
Muy conocidos en la ciudad
Y en su mollera, si acaso hay viento,
Existe en forma de tempestad.

Todo es grandioso en esta testa,
Tallada sólo para pensar,
Hasta tal punto que nunca apesta
Cuando se pone a filosofar.

No existe joven, viejo o chiquillo
Que no le tenga veneración
Y está su nombre como estribillo
En las estrofas de una canción.

Ante su inmensa sabiduría
Politi-quimi-medi-legal
¡Qué bruto queda Ramos Mejía!,
Y otro cualquiera, ¡cuán animal!

Le llaman Coecus unos pilluelos,
Otros de un modo que ya sabrán,
Y en cuanto a ciencia, son sus abuelos
Por el estilo de Kerabán.

LIBERATO MARCIAL ROJAS completaba el cuadro de los fundadores y redactores de El Tiempo, en 1891. Estaba destinado a vivir una breve pero intensa vida pública. Oriundo de la Asunción, nació entre los escombros de la antigua "madre de ciudades" en el año 1870, cuando apenas hacía unos meses que, en Cerro Corá, se habían desplomado, fragorosamente, un "ideal, una patria y una raza".
Su infancia fue acunada entre lágrimas y penares, y creció al amparo de quienes, poniendo piedra sobre piedra, limpiando ruinas talladas a cañonazos y antiguas viviendas profanadas por la rapiña triunfante y por la hiedra, crecida en el dramático abandono, comenzaban a reconstruir la patria.
Cursó estudios primarios en su ciudad natal; fue alumno del Colegio Nacional y de la Universidad de la Asunción. En aquel tiempo fundó La Aurora, un semanario en el que se reproducían discursos de Emilio Castelar y se publicaron los primeros versos de Delfín Chamorro. Comenzó su vida de periodista al lado de Manuel Gondra, Blas Garay, Fulgencio R. Moreno y Manuel Domínguez. Militó en política en las filas del Partido Liberal. Actuó en la revolución de 1904. Fue presidente de la Cámara de Diputados. Ocupó una banca en el Senado de la Nación y ejerció la presidencia provisoria de la República, en 1911. Sucesos políticos posteriores lo llevaron al destierro. Se radicó en Montevideo, ciudad en la que acaeció su fallecimiento, en el año 1922.
Liberato Marcial Rojas fue orador, poeta y periodista. Su elocuencia brilló, magnífica en el Parlamento; su lira, armoniosa, delicada, influida de lírica esencia, se distinguió por la "dulzura sentimental de sus arpegios"; en la prensa dejó páginas escritas en dicción correcta. Era maestro en el buen decir, tanto en castellano como en guaraní, lengua que cultivaba con cariño.
He aquí su poesía intitulada

COLÓN
Trató de loco y visionario un día
a su genio sublime el viejo mundo,
porque anunciara que otro mundo había
siguiendo al occidente, y que el profundo
secreto de los mares escondía.

Cuatro siglos pasaron... Hoy es foco
de admiración eterna su memoria;
todo tributo en su alabanza es poco,
y, por honrar al loco de la historia,
¡el mundo ante su altar se vuelve loco!

Si bien no formaba parte del grupo intelectual a que nos hemos referido, es en este lugar donde debe ser citado un auténtico y denodado obrero de la cultura: JOSÉ DOROTEO BAREIRO. Cuarenta años de labor paciente, abnegada, silenciosa y fecunda en el Archivo Nacional de la Asunción, le dan derecho suficiente para figurar, con honra, en la historia de la cultura paraguaya.
Comenzó su carrera como paleógrafo ad-honorem. Colaboró, desde aquel tiempo lejano, en los trabajos de investigación histórica de Manuel Gondra, Cecilio Báez, Manuel Domínguez, Fulgencio R. Moreno, Enrique Solano López, Juan E. O’Leary, Juan Francisco Pérez Acosta, Ramón I. Cardozo, Enrique Bordenave, Justo Pastor Benítez, J. Natalicio González Benajamín Velilla, Efraím Cardozo, Julio César Chaves, R. Antonio Ramos, Benjamín Vargas Peña, Hipólito Sánchez Quell, M. Antonio Laconich y otros.
José Doroteo Bareiro, nacido en Quyquyó, en el año 1877, y educado en el Colegio Nacional de la capital paraguaya, es hoy, a justo título, director del Archivo Nacional de la Asunción. Es autor de un Catálogo de Testamentos y codicilos, existentes en dicha institución.
Luego de cumplido el período presidencial de Juan G. González – primer mandatario que inicia su gobierno el 25 de noviembre de 1890, es derrocado el 9 de junio de 1894 y sustituido por el vicepresidente, Marcos Morínigo, – el 25 de noviembre de 1894 se da comienzo a la presidencia del general Juan Bautista Egusquiza. Este cuadrienio tiene innegable importancia en la historia política y cultural de la Nación. Data de ese tiempo, realmente la presencia de los representantes de las dos grandes fuerzas de opinión, vale decir, de los partidos tradicionales, en las esferas directivas del gobierno. Este hecho constituye el ensayo más notable de la actividad democrática en nuestro país.
El Parlamento, desde 1895, contó con la bancada minoritaria del Partido Liberal. La integraron valores positivos de la política y de las letras. Eran de aquel sector Cecilio Báez, Alejandro Audibert y Adolfo R. Soler.
La representación del Partido Nacional Republicano integraban también esforzados adalides, como Manuel Domínguez y Fulgencio R. Moreno.
En la prensa brillaba Blas Garay. La cátedra tenía maestros como Manuel Gondra, y el "Instituto Paraguayo" irradiaba nacarados rayos de cultura.
Merece un recuerdo esta institución representativa del civilismo asunceno. El "Instituto Paraguayo" fue fundado en el mes de mayo de 1895. Catorce personas echaron sus bases. Fueron ellas: Daniel Aguirre, Eduardo Amarilla, Eduardo Cabrera, Eustaquio Casco, José Chiriani, Leopoldo R. Elizeche, Manuel E. Gomeza, Carlos Luis Isasi, Ramón Lara Castro, Nicolino Pellegrini, Juan Francisco Pérez, Teófilo R. Saldívar, Manuel E. Carballo y Cleto de Jesús Sánchez. (68) Es justo dejar constancia que el mantenedor constante, la energía en perenne actividad, el alma de esta entidad, desde su fundación hasta su fusión con el Gimnasio Paraguayo, en 1933, fue Juan Francisco Pérez Acosta.
Contó el "Instituto Paraguayo" con secciones de música, idiomas, pintura, literatura, esgrima y gimnasia, y con un salón de lecturas y de conferencias públicas. Su tribuna fue honrada con la palabra de destacados valores culturales, nacionales y extranjeros. Su biblioteca fue formada con la que pertenecía al "Ateneo Paraguayo", otra institución similar, fundada en 1885 y desaparecida, años después, y con donaciones realizadas por Pablo Francou, Juan Manuel Sosa Escalada y Constantino Misch. En 1896 la naciente biblioteca contaba ya con mil doscientos trece volúmenes, excepción hecha de la colección de revistas. El local propio que ocupó, años después, fue una vieja casona, levantada en la esquina de las calles Independencia Nacional y Buenos Aires, antigua vivienda del presidente Carlos Antonio López.
El "Instituto Paraguayo" fue, desde su creación, un hogar amable de intelectuales y de artistas, un solar atrayente y lleno de sugerencias, bajo cuya sombra discurrían los pensadores de aquel tiempo, discutían los políticos y refrescaba su espíritu, en el vaivén armonioso de las etéreas ondas de lo bello, lo más selecto de la sociedad asuncena.

Hemos citado a JUAN FRANCISCO PÉREZ ACOSTA. Es uno de los más laboriosos, abnegados y fervorosos obreros de la cultura paraguaya aparecidos en la segunda mitad del siglo XIX. Nació, en 1873, en un lugar campesino de épicos recuerdos: Cerro León. En este "valle" instalóse, en 1864, el campamento de las tropas destinadas a trazar la diagonal de sangre que empieza, dentro del territorio nacional, en Itapirú y termina en Cerro Corá. Las campiñas de Pirayú le vieron partir un día, niño aún, con rumbo al extranjero. Sucesos políticos obligaron a su progenitor, el coronel José del Carmen Pérez, a buscar amparo en el Uruguay, en 1875. De regreso del destierro, cinco años después, acompañó nuevamente a su padre hacia el interior del país. Vivió en la estancia "San Ignacio", de Adolfo Saguier, en las lejanías desérticas de Carayaó. En el año 1884, ingresó Pérez Acosta en la escuela de Paraguari, de la que era entonces director Pablo J. Garcete. El año siguiente, en calidad de becado interno por Ihú, se matriculó en el Colegio Nacional de la Asunción. Para ganarse el sustento, se hizo taquígrafo, y como tal, le cupo en suerte actuar en los agitados debates parlamentarios de aquel tiempo. Más tarde ocupó diversos cargos en la administración pública. Sucedió a Manuel Gondra en la secretaría general de la Universidad Nacional, en 1903; en 1905 fue director general de la Oficina de Estadística y, luego, juez en lo civil; en 1908 desempeñó la jefatura de la policía de la capital, y, poco después, la dirección general de Correos y Telégrafos. Fue también secretario-relator de la Comisión de Códigos, miembro de la Junta A. de Reclamos, secretario del Ministerio de Justicia, C. e Instrucción Pública, desde 1915 a 1920; jefe del Cuerpo de Taquígrafos y director del Diario de Sesiones, desde 1920 a 1930; secretario-taquígrafo de la delegación paraguaya a la Conferencia de Paz del Chaco, en 1935, y cónsul general del Paraguay en Buenos Aires, de 1937 a 1939.
Como delegado al ler. Congreso Postal Sudamericano de Montevideo, en 1910, presidió la comisión redactora de la convención principal, habiendo representado también al Paraguay en el XIº Congreso Postal Universal de Buenos Aires, en 1939, y en el IIº Congreso Científico Panamericano de Washington de 1915, así como en los Congresos Americanos de Historia y Geografía, de Buenos Aires, en 1933 y 1937.
Entre otras funciones honoríficas, actuó en la Liga Patriótica, en la Comisión Organizadora del Homenaje en el Cincuentenario del Laudo Hayes, en 1928, y en otros centros patrióticos y culturales. La Universidad Nacional le expidió diploma de honor, en reconocimiento de su labor.
Fundador del "Instituto Paraguayo", fue la inteligencia directora y la voluntad en perenne acción puesta al servicio de ese importante y nobilísimo exponente de la cultura paraguaya.
En el periodismo, su actuación se inició en 1891, en La Democracia, El Independiente y otros periódicos de esa época. Tuvo parte en la fundación de El Diario, en 1904, antiguo decano de la prensa nacional, del que fue dos veces director, posteriormente, así como en la fundación de El Liberal, en 1913, y de El Orden, desde 1923 hasta 1930. En ellos publicó gran número de artículos y colaboraciones. De 1903 a 1905 dirigió también los Anales de la Universidad Nacional.
Trasladado a Buenos Aires, en cumplimiento de una misión cultural ad-honorem, siguió publicando colaboraciones en varias revistas de dicha capital, y desde 1940 es director del Boletín mensual informativo de la Cámara de Comercio Argentino-Paraguaya.
Investigador paciente, abnegado y prolijo, la mayor parte de su vida pasó hojeando infolios y antiguas ediciones, en empolvados anaqueles de archivos y bibliotecas. Resultados de esa labor son sus libros y folletos y los innumerables trabajos aparecidos en la prensa, paraguaya y extranjera. La personalidad del dictador Francia inquietó su espíritu, deseoso siempre de saber y averiguar. Publicó valiosos documentos inéditos referentes al magro solitario de Ybyray. En este afán, su obra sólo es comparable, y quizás sea superior, a las de Manuel Domínguez, Fulgencio R. Moreno y Blas Manuel Garay. Entre los trabajos publicados de Pérez Acosta citaremos: El Dr. Francia y la influencia de Córdoba, La Época del Dr. Francia: su política exterior e interior, El Doctor Francia y la música, Las viejas maestranzas, El Doctor Francia, el Cabildo y los Congresos – artículos son éstos aparecidos en diversos periódicos – Francia y Bonpland, Gaspar Rodríguez de Francia y Pedro Ferré. Los Archivos de la Asunción del Paraguay, Repercusión en el Paraguay de las invasiones inglesas, Los Contingentes paraguayos de 1806 y 1807 (complemento del anterior). Una gestión de Pedro de Ángelis en el Paraguay, Quinta columna en Buenos Aires y Asunción (1811 y 1812). Sus peligrosas actividades, López y Rosas. Relaciones iniciales (1842-1844), Los auxilios del Paraguay y su consiguiente empobrecimiento, Prolegómenos de la revolución de Mayo. Paraguarí y Tacuarí, Himno Nacional. Su letra y su música, Fechas y emblemas patrios del Paraguay. Vieja fraternidad. Argentina-Paraguay, La conducta de Bolivia a la luz de las "reversales", Reforma de la enseñanza secundaria (en colaboración con Pedro Bruno Guggiari), La instrucción pública en el Paraguay, El Paraguay y América (estos dos resúmenes para el Congreso Científico de Washington), Colaboración en el libro Paraguayans of today (biografías de paraguayos contemporáneos), Homenaje a Juan Manuel Sosa Escalada, memorias diversas y otras colaboraciones.
Está en prensa su trabajo titulado Carlos Antonio López, obrero máximo, y terminados: Temas culturales del Paraguay y El Dr. Francia y sus colegas de la Junta Gubernativa. En preparación Bibliografía analítica paraguaya.
En los días de su juventud, Pérez Acosta también pulsó la lira. Mas, como casi todos sus contemporáneos que la tañeron, pronto la abandonó. No obstante, han sido recogidos algunos de sus versos. De entre ellos, transcribimos estos que siguen:

A LA "CULTURA LITERARIA"
(En la velada inaugural de este Centro)

Patria, deidad querida
Que habitas en el templo de mi alma;
Oráculo en las dudas de la vida
Y en el combate rudo, ansiada palma
¡Tu nombre sacrosanto
Invoco como numen de mi canto!

– Idea ¡eterna IDEA!
Excelsa cual la fuente inagotable
Que os vierte sobre el mundo a que se vea
Que un más allá le espera perdurable;
– ¡Designio soberano
Que acerca lo divino con lo humano!...

– Estrella de la altura
que serena nos miras desde el cielo
Iluminando nuestra frente oscura
Cual faro que nos manda su destello
Y al humano marino
Señalas el sendero y su destino;

¿Qué fuerza te sujeta
A presenciar la pequeñez terrena?
¿Qué quieres allí encima del planeta,
Testigo mudo de la humana escena?
¿Qué buscas por ventura
En su remoto abismo de amargura?...
.. .. .. .. .. .. .. .. .. ..
Estrella providente,
Tu destino grandioso no te asombre
Y canta en el espacio eternamente:
¡Con la luz de los cielos "busco al HOMBRE".
Y en cada inteligencia
Yo reflejo un vislumbre de la Ciencia!

Irradiación prístina
De un astro que te alumbra de otra parte,
Que el pensamiento y el corazón inclina
A las regiones del saber y el arte;
Bajo tu luz acudo
¡Y en nombre del progreso te saludo!

No importa que un momento,
Se oculten a la mente tus fulgores
En la noche fatal del pensamiento,
Y del antro los negros moradores
– Airados huracanes,–
Se agiten en supremos ademanes;

¡Que con horror inmenso,
Renovando sus ímpetus de guerra,
Desplieguen en su cárcel manto denso
B invistan sin piedad contra la tierra
Espíritus enfermos
De una raza expulsada a los avernos!

En vano la ignorancia,
Ese monstruo que azota las naciones
En las horas de aciaga intolerancia
Agolpará sus sombras a montones
En la conciencia humana
Para eclipsar la luz que hacia ella emana;

Pues cesa prontamente
El furor de las olas y del viento.
¡La saña del abismo es impotente
Para escalar y hundir el firmamento!
¡Y pasa la tormenta
Tanto más pronto cuanto más aumenta!

¡Las turbas que acompaña,
Ya vuelven a encerrarse en las cavernas
Abiertas por Plutón en la montaña,
Al paso que sus cumbres sempiternas
Que al zenit se avecinan,
Con majestad de nuevo se iluminan!

Y por la azul esfera
Las aves se despliegan en bandadas,
Y surgen tras las sombras por do quiera
Escenas de bellezas no cantadas
¡A decorar el mundo
Que el soplo de la vida hace fecundo!

...Naturaleza hermosa
Tú siempre triunfarás del cataclismo
Mientras brille tu luz, estrella airosa,
Que al huracán espanta de sí mismo:
Pues sólo aquello vive
Que la alta bendición de ti recibe.
.. .. .. .. .. .. .. .. .. ..

Humano pensamiento
que en el mundo del alma, inmensurable,
Alumbras por supremo mandamiento,
Tu misión es eterna, incontrastable,
Y así, si te oscureces,
Más tarde o más temprano resplandeces.

Hoy ya por siempre brillas
Y auguras a mi patria idolatrada
Preciado porvenir de maravillas
Cual hay en su región privilegiada
Ocultas a millares
¡En música, torrentes y palmares!

Los mansos arroyuelos
Que corren tan callados cual tus horas,
E imitan la tersura de los cielos
O auroras de arrebol, encantadores.
Tu nombre, patria, aclaman
y por los mundos que contemplan, claman.

Tus fértiles oteros
Encierran mil tesoros bajo arenas,
Que esperan cual Mesías los obreros
Que rompan de su vida las cadenas,
Pava surgir lozanos
En forma de productos, de mil granos.

Tus nobles pobladores,
¡Heroico Paraguay! indignos fueran
Si el temple y la fe de sus mayores,
Hoy pocos son, e incultos, mas esperan
El Cristo de la Ciencia
Que del error redime la conciencia.

El genio que a ésta impele
A toda pequeñez la sobrepone;
¡No importa que una imprenta se empastele (69)
O un templo del saber se desmorone!
El ideal, triunfante,
Por entre torbellinos va adelante.
.. .. .. .. .. .. .. .. .. ..

En sueños de ventura
El cuadro del futuro acaso ideo
Y el alma se complace con ternura
Mirando entusiasmada el apogeo
Que el cielo te depara,
¡Que nada lo supera ni equipara!

Mi voz así enmudece
Y de mi anhelo en síntesis exclanca:
¡Bendición al progreso que enaltece!
¡Bendición a la patria a quien proclama
Su raza legendaria!
¡Y gloria a su CULTURA LITERARIA!!!

En Consejo Superior de Educación, bajo la superintendencia de un espíritu selecto, Manuel A. Amarilla, resolvió, en el mes de mayo de 1895, la creación de una Escuela Normal de Maestros. Ya, anteriormente, el profesor Atanasio C. Riera, otro noble espíritu, había hecho gestiones tendientes a obtener esa creación. La nota que se transcribe a continuación es explícita:
"Asunción, mayo de 1895.
"Honorable Poder Ejecutivo de la Nación:
"El Consejo Superior que presido, ha resuelto solicitar vuestro concurso para proceder a la fundación de una Escuela Normal de Maestros.
"Esta corporación, desde que se hizo cargo de las Escuelas Públicas de Instrucción primaria, no ha podido, por falta de recursos, efectuar ni una reforma siquiera, que signifique un paso eficiente para el progreso del país. El estado pecuniario del Consejo sigue siendo precario, de modo que no puede responder a las esperanzas que el pueblo y el Gobierno fundan en él.
"Es necesario fundar más escuelas, para que los beneficios de la enseñanza se extiendan al mayor número posible de niños; es preciso construir edificios adecuados para el funcionamiento de las escuelas actuales, y sobre todo, es menester mejorar las condiciones del maestro con una remuneración razonable para asegurar su estabilidad en la carrera, y, sobre todo, para poder exigirle con derecho, mayores esfuerzos.
"Pero todas estas reformas deben suponer, para que den los frutos que son de esperar de ellos, la existencia de un personal docente con preparación profesional suficiente, cosa que desgraciadamente no poseemos; y es claro, que no teniendo maestros aptos y maestros nacionales que conozcan las necesidades del país para ajustar a ella la educación, todos nuestros adelantos escolares serán más bien ficticios que reales.
"El Consejo Superior de Educación, convencido de esta verdad, desea fundar una Escuela Normal de Maestros de acuerdo al Plan de Estudios que acompaño a la presente.
"Ahora bien; los gastos mensuales de dicha Institución y las becas inclusas en el presupuesto, ascienden a más de ocho mil pesos, y como el Consejo no tiene renta suficiente para hacer frente a esos gastos, se dirige al P. E. pidiendo quiera adoptar las medidas conducentes para que pueda realizar tan noble pensamiento.
"Los Institutos Normales, H. Poder Ejecutivo, no sólo son útiles y por ende importantes para los maestros que salen cada año de sus aulas, sino también por el gran número de niños que reciben educación selecta en la Escuela de Aplicación a ellos anexa.
"El Consejo Superior, en vista de la significación trascendental de la idea que le guía, espera que V. H. no le negará su más eficaz concurso, proporcionándole los recursos necesarios para realizar su patriótica iniciativa. "Con este motivo saludo muy atte. a V. H.
Rufino Mazó".
Como consecuencia de esta nota, el Poder Ejecutivo dictó un decreto, el 7 de marzo de 1896, autorizando a la Comisión del Colegio Nacional el traspaso de cuarenta becas, no usadas, a favor del Consejo Superior de Educación, a fin de otorgarlas a quienes deseasen ingresar en el flamante establecimiento. El decreto respectivo lo firman el presidente de la República, general Juan Bautista Egusquiza, y su ministro de justicia, culto instrucción pública, Rufino Mazó. Días después de aquella fecha, fueron designados Francisco Tapia y Clodomiro Rodríguez, educacionistas argentinos, como director y regente, respectivamente, de la nueva institución. Al primero se le encargó las cátedras de pedagogía, gramática y aritmética, y al segundo, las de lectura y composición. Fueron, asimismo, designados Daniel Anisits, como profesor de ciencias físicas, Eusebio Ayala, como catedrático de historia, y Félix Paiva, como catedrático de geografía del Paraguay. A Francisco Tapia, sucedió en la dirección del instituto, el educacionista Antenor Jerez.
Pocos días después fue fundada la Escuela Normal de Maestras, a petición de las ex alumnas del curso de preceptoras de la Escuela Graduada de Niñas dirigida por ADELA Y CELSA SPERATTI. La primera de éstas fue designada como directora y la segunda como regente de la nueva escuela. Las ex alumnas peticionantes fueron Serafina Dávalos, Ramona Ferreira, Concepción Scavone, Luisa Caminos, Concepción Silva, Celeida Rivarola, Elvira Rivarola, Josefa Barbero, Angela Soljancic, Julia Ríos y Eulogia Ugarriza.
La inauguración de los establecimientos aludidos se realizó en el año 1897.
Adela y Celsa Speratti venían, así, a proseguir una labor de cultura de la que fuera, ya entonces, noble exponente ROSA PEÑA DE GONZÁLEZ.
¿Quién era esta dama cuyo nombre lleva una calle de la Asunción y una escuela de la República?
Rosa Peña de González, oriunda de la capital paraguaya, nació en 1843. Fueron sus padres Manuel Pedro de la Peña y María Rosario Guanes. Educóse en Buenos Aires, en el Colegio de Huérfanos de la Merced, cuyo sostenimiento corría a cargo de la Sociedad de Beneficencia. En esa institución obtuvo diploma de profesora normal. Le cupo en suerte dirigir una de las escuelas fundadas por Domingo Faustino Sarmiento. Regresó al Paraguay después de 1870. Contrajo matrimonio con Juan G. González, quien después ejerció la alta función de presidente de la República. Rosa Peña de González fundó y dirigió, en nuestra capital, una escuela para niñas, cuyo local se hallaba en la casona situada en la esquina formada por las calles Coronel Bogado y Yegros. Éste fue su templo de educadora. Por sus esfuerzos se crearon veinticuatro escuelas primarias para niñas, en 1883, y se le adeuda la fundación del Asilo Nacional. Rosa Peña de González fue una sacerdotisa de la enseñanza. Sembró el bien y la cultura con su palabra y con el ejemplo esclarecido de su vida. Falleció en Buenos Aires, en 1899.
Y como Rosa Peña de González, Adela y Celsa Speratti, hicieron del magisterio un apostolado. Débese a ellas la preparación de la simiente que ha dado y sigue dando tan valiosos frutos en materia educacional en nuestro país.
Huérfanas de la epopeya de 1865-1870, el padre murió como un héroe, en la batalla de Itororó, y la madre, Dolores de Speratti, resolvió entonces trasladarse con sus hijas a la Argentina, a afrontar la pobreza, con temple espartano, a fin de educar a sus niñas. De la familia patricia y pariente de los Yegros, Dolores de Speratti no tuvo la fortuna, sin embargo, de recibir instrucción alguna, y deseaba que sus hijas no corriesen la misma suerte. Llegó a Buenos Aires en 1872 y se dedicó a los menesteres más humildes. Adela y Celsa ingresaron en una escuela de primeras letras, algunos años después. Adela era guaireña. Nació en 1865; Celsa, luqueña. Nació en 1868.
Afrontando privaciones, con la frente altiva, Dolores de Speratti consiguió que sus hijas cursaran los primeros grados. Una mejora en el trabajo la impulsó a trasladarse a Concepción del Uruguay, entonces sede intelectual de la provincia de Entre Ríos. Allí estaban actuando las profesoras Raquel e Isabel King contratadas por Domingo Faustino Sarmiento, en los Estados Unidos, para organizar la enseñanza Normal en la Argentina. Ingresaron las hermanas Speratti a la Escuela Normal de Concepción del Uruguay, donde su inteligencia y dedicación al estudio las hizo famosas en poco tiempo. Fueron las alumnas más brillantes de su promoción, razón por la cual el gobierno argentino las agració con sendas becas de estudio. Una vez egresadas, fueron contratadas para ejercer la docencia en el mismo instituto donde se formaran. Luego de breve tiempo, recibieron halagüeñas ofertas de Goya y Corrientes, ciudad ésta adonde se trasladaron por breve tiempo, con motivos de la quebrantada salud de Dolores de Speratti, quien pedía que la llevasen para morir en la tierra natal.
El gobierno paraguayo de Juan G. González hizo llamar a las hermanas Speratti, pidiéndoles que organizasen la instrucción pública en nuestro país. Era superintendente de instrucción primaria Atanacio C. Riera. Corría el año 1890. Las hermanas Speratti se consagraron, con apostólico fervor, a su cruzada educadora. La instrucción pública estaba entonces en una etapa primitiva. Adela y Celsa organizaron la primera Escuela graduada de niñas, después transformada en Escuela de Preceptoras y, más tarde, en Escuela Normal de Maestras. De todos los puntos de la República acudían alumnas ante la fama creciente de la nueva institución. Las hermanas Speratti se desvivían por sus alumnas, ayudándolas material y espiritualmente, brindándoles hasta hospitalidad en su modesta casa-habitación, en los casos necesarios. Los métodos más modernos de la época fueron puestos en práctica en la naciente escuela, que no tardó en hacerse famosa dentro y fuera del país, entregando anualmente una pléyade de docentes que esparcían su acción benéfica en todo el Paraguay. Las primeras egresadas fueron María Felicidad González, Serafina Dávalos, Concepción Silva de Airaldi, Rafaela Brown de Gross, Aparicia Frutos de Ibáñez, Rosa Ventre, María Casal Ribeiro de Vierci y otras, que han sido una honra para la Nación en todo respecto.
En 1902 falleció Adela Speratti, en plena labor docente, y en 1907 se retiró de la docencia activa Celsa Speratti, para contraer matrimonio con el famoso juez Pablo J. Garcete. Durante su actuación, Adela Speratti ejerció las funciones de directora y Celsa, las de vicedirectora de la Escuela Normal de Maestras. Fallecida la primera, Celsa pasó a la dirección.
Las hermanas Speratti han dejado una extensa y bien nutrida producción literaria y pedagógica en las columnas de diarios y revistas de la época. El nombre de ambas es venerado por el pueblo. El busto de Adela Speratti está erigido en el patio central de la Escuela Normal de Profesores y una escuela primaria superior del Paraguay lleva su nombre. A la memoria de Celsa Speratti de Garcete fue colocada, recientemente, una placa en la citada Escuela Normal. Celsa Speratti de Garcete falleció en 1938, en la Asunción. A pesar de su edad avanzada, en los últimos tiempos de su vida seguía concurriendo a una escuela primaria de barrio para enseñar, gratuitamente, lectura e interpretación de textos a los niños.

En 1906 la Escuela Normal de Maestros fue trasladada a Villarrica. Se confió su dirección al profesor Estanislao Pereira. En la ciudad guaireña funcionó hasta 1909. En ese año, ambas instituciones aludidas fueron fusionadas bajo la denominación de Escuela Normal Mixta del Paraguay, y se fijó su sede en la capital. La dirección quedó entonces a cargo del nombrado Estanislao Pereira.
En 1920, el gobierno presidido por Manuel Gondra, siendo ministro de instrucción pública Rogelio Ibarra, la elevó a la jerarquía actual, dándole la denominación de Escuela Normal de Profesores. Su dirección fue confiada a María Felicidad González. (70)
La Escuela Normal, en medio siglo de existencia, ha dado al país maestros y profesores de reconocida competencia. En sus aulas formaron su cultura Serafina Dávalos y Ramona Ferreira, Concepción Silva de Airaldi y Aparicia Frutos de Ibáñez, Josefa Barbero y Carmen Garcete, para no citar sino a las mujeres. Son de esa escuela, educacionistas como Lidia Velázquez y María Felicidad González, y escritoras de alto bordo como Concepción Leyes de Chaves y Teresa Lamas Cárísimo de Rodríguez Alcalá.

También es de 1895 la ley que sirvió de fundamento básico al "Colegio Monseñor Lasagna", de la Asunción. De acuerdo con sus disposiciones, otorgóse al superior de la Compañía de los padres salesianos, los edificios conocidos con el nombre de "Hospital Viejo", y se liberó de todo impuesto al nuevo establecimiento. Así surgió a la vida este colegio que, en silenciosa y meritoria dedicación, ha sembrado tanto bien. Signan la ley de referencia. el presidente, general Juan Bautista Egusquiza, y su ministro de instrucción pública, Rufino Mazó.
Ha de agregarse a todo esto, en el haber del gobierno de que nos ocupamos, la creación de numerosas escuelas públicas y particulares en todas las ciudades y pueblos del país.
El presidente Emilio Aceval, que sucedió en el alto cargo al general Egusquiza, fue un continuador de esa política que tendía a iluminar la inteligencia ciudadana en este pueblo que iba saliendo, con graves dificultades y profundas tribulaciones, de la espantosa vorágine de una guerra de exterminio, singular por la ferocidad de los victimarios y por la valerosa altivez, la abnegación sin paralelo y el heroísmo infortunado de la víctima.

En el periodo de hegemonía de lo que ha dado en llamarse el "egusquicismo", y que arranca, más o menos desde 1893 prodújose la división del Partido Liberal en "cívicos" y "radicales", y una profunda escisión en el Partido Nacional Republicano. Un sector de éste, el "caballerismo", reconocía por jefes a los generales Bernardino Caballero y Patricio Escobar y otro, al general Juan Bautista Egusquiza. El primer grupo tenía por vocero a La Patria, diario dirigido por Gregorio Benítes y redactado por el mismo Benítes y por Blas Garay; el segundo, a El Progreso, en el que aparecía, al lado de Manuel Domínguez y Fulgencio R. Moreno, una personalidad literaria de nobles quilates:

ARSENIO LÓPEZ DECOUD. Era éste de prosapia ilustre y de aristocrática prestancia. Constituía todo un símbolo, según la feliz expresión del nombrado Moreno: el de la fuerza: López, y el de la inteligencia: Decoud. Nacido en la Asunción, en el año 1868, educóse en Buenos Aires, en cuya Escuela Naval obtuvo el grado de guardiamarina. De regreso al Paraguay, ingresó en el Colegio Nacional de su ciudad natal, en donde, en 1894, completó el ciclo de estudios y recibió el título de bachiller en ciencias y letras.
Poco tiempo después, en concurso de oposición, ganó la cátedra de geografía en el citado instituto, del cual, más tarde, también fue director.
Ocupó, en diversas oportunidades, una banca en el Congreso de la Nación, ora en la Cámara de Diputados, ora en el Senado. En 1904, fue comandante de un batallón revolucionario, en el campamento de Villeta. Como ministro plenipotenciario del Paraguay, representó a nuestro país, con dignidad y eficacia, en Buenos Aires y en La Paz. Fue delegado ante el Tercer Congreso Panamericano, reunido en 1906, en Río de Janeiro y ante la Conferencia de Derecho Internacional de la Habana, en 1917.
Era uno de los prohombres de la Asociación Nacional Republicana del cual fue presidente.
Arsenio López Decoud fundó y redactó diarios y semanarios, entre los cuales recordamos El Progreso, La Prensa, El Nacional y la popular revista Fígaro. Su pluma honro también las columnas de otras publicaciones asuncenas, tales como Crónica, Letras, Alas, Guarania y Cultura. Ha publicado las siguientes obras: Sobre Feminismo 1901; El Tercer Congreso Panamericano, 1906; Los intereses argentinos en el Paraguay, 1911; Album Gráfico del Paraguay: Un siglo de vida independiente, 1912; Oscar Wilde, 1915; Del destierro, 1915; Alfredo de Musset, 1916; Mensaje a los intelectuales franceses, 1915; Abanico de Lady Windemare, traducción, y gran número de conferencias y artículos sobre temas diversos.
Arsenio López Decoud era esencialmente periodista, ensayista y crítico. Su prosa, límpida y cuidada, es reflejo de una cultura integral. Escritor de raza y de garra, descendía de Carlos Antonio López, el más eminente paraguayo de la pre-guerra del siglo XIX, y llevaba en sus venas sangre de Solano López, tribuno elocuente y escritor de estilo propio, y de los Decoud, prosadores y poetas, señeros de ideales humanistas. Falleció en la Asunción, en 1945.

El sector "radical" del Partido Liberal también poseía su órgano oficial. Era El Pueblo, en cuya dirección apareció, desde su primer número, el 15 de febrero de 1894, CECILIO BÁEZ. Era éste oriundo de la Asunción, ciudad en la que nació en el año 1862. Inició sus estudios en las escuelas primarias de esta capital y fue alumno sobresaliente del Colegio Nacional, en el que se graduó de bachiller, en 1882. Cuando se fundó la Universidad Nacional, prosiguió sus estudios, doctorándose en derecho y ciencias sociales, en 1893. Su tesis se intitula Ensayo sobre la libertad civil. Le cupo en suerte ser uno de los cuatro primeros egresados de la Universidad Nacional de la Asunción. Sus compañeros fueron Emeterio González, Gaspar Villamayor y Benigno Riquelme.
Desde su egreso de la Facultad de Derecho, dictó cátedras en la misma. Fue, desde entonces, el maestro por antonomasia de la juventud paraguaya. Casi cincuenta años de enseñanza universitaria le consagraron apóstol intelectual.
Desde su adolescencia actuó en el periodismo. Los órganos de publicidad del último cuarto de siglo diecinueve y las publicaciones aparecidas en la Asunción en los cuarenta primeros años del presente, llevan la huella de su fecunda pluma. Colaboró también en diarios y revistas del extranjero. Escribía en castellano, francés e inglés.
Su actividad política se inició en los albores del liberalismo paraguayo. Su firma aparece en el acta definitiva de fundación del "Centro Democrático", acta fechada en la Asunción, el 10 de julio e 1887. Desde entonces Cecilio Báez fue el doctrinario de la nueva agrupación política.
En la administración pública su actividad fue múltiple y prolífica. Fue juez, presidente del Superior Tribunal de Justicia, parlamentario. Su actuación en la Cámara de Diputados en e sector liberal de la oposición, fue sobresaliente. Tuvo por compañeros en el Congreso a Adolfo R. Soler y a Alejandro Audibert. Intervino como jefe virtual en la revolución de 1904, la que llevó al poder a su partido. Antes, en 1902, representó al Paraguay en el Segundo Congreso Panamericano, reunido en Méjico. Después del "Pacto de Pilcomayo, que puso término a la recordada revolución de 1904 fu designado como ministro plenipotenciario del Paraguay en los Estados Unidos. Llamado por e presidente Juan Bautista Gaona se hizo cargo del Ministerio de Relaciones Exteriores, poco tiempo después. A consecuencia de la renuncia del presidente Gaona a la primera magistratura de la República, Cecilio Báez, por decisión del Congreso, sucedió a aquél en la presidencia provisoria de la Nación, en diciembre de 1905. El 25 de noviembre de 1906, hizo entrega del mando al general doctor Benigno Ferreira. En 1911, el presidente Albino Jara le encomendó nuevamente la cartera de relaciones exteriores. Fue, posteriormente y por otra vez más, presidente del Superior Tribunal de Justicia. En 1913 se le designó ministro plenipotenciario del Paraguay ante los gobiernos de Inglaterra, Francia y España.
Cecilio Báez, actuó además, en representación de nuestro país, en numerosos congresos internacionales; fue, asimismo, miembro de varias academias extranjeras y ocupó un lugar prominente en la Comisión Nacional de Límites. Rector honorario de la Universidad Nacional de la Asunción, desempeñó el alto cargo asta el día de su fallecimiento, ocurrido en dicha capital, en 1941.
A pesar de la multiplicidad de sus actividades, Cecilio Báez ha publicado los siguientes libros: Ensayo sobre la libertad civil, 1893; Sociología, 1903; Estudio de jurisprudencia, 1903; La tiranía en el Paraguay, 1903; Curso de finanzas, 1906; Cuadros históricos y descriptivos del Paraguay, 1907; Resumen de la historia del Paraguay, 1910; Ensayo sobre el dictador Francia y la dictadura en Sud América, 1910; Los elementos de la civilización cristiana: Caracteres de la edad media: El arte, 1913; El Paraguay moderno, 1915; Derecho constitucional, 1917; Sumario de derecho civil, 1922; Sumario de derecho romano, 1923; Curso de derecho internacional privado americano, 1926; Filosofía del derecho, 1929; Historia diplomática del Paraguay, dos volúmenes, 1931-32. Además, ha publicado Política americana, Historia colonial del Paraguay y Río de la Plata, Le Paraguay, en francés, Bizancio y Moscou, La constituyente paraguaya de 1870, Estudios, discursos y conferencias, El Chaco Paraguayo, en inglés y en español, Composiciones poéticas, Derecho internacional público europeo y americano, La instrucción pública en el Paraguay, Composiciones en prosa y en verso.
A todo esto debe sumarse los innumerables trabajos aparecidos en la hoja diaria, algunos inéditos y otros que quedaron en preparación.
Cecilio Báez fue poeta, historiador, periodista, orador, profesor universitario, político de izquierdas, hombre de pensamiento.
En filosofía abrazó el positivismo comtiano, y fue discípulo de Herbert Spencer. Báez fue un divulgador de ciencias, no un creador. Su prosa, sobria, descuidada, buscaba la expresión ajustada del concepto, no la armónica perfección de las formas. Su palabra, bien timbrada, ardiente, era elocuente en la banca parlamentaria, en la tribuna popular, en el sillón del Tribunal de Jurados; en la cátedra era reposada, plena de sabiduría, ungida de bíblica serenidad.
Al ocuparse de Cecilio Báez, escribe Justo Pastor Benítez: "Periodista de estilo descuidado, escritor natural, cultiva el positivismo, no el comtiano, convertido en religión, sino el de Spencer y Stuart Mill, como norma del conocimiento y base de la sociología. En política es un liberal de filiación manchesteriana. Desde hace cincuenta años, actúa como maestro de civismo; es un predicador de doctrina, un ventilador de ideas. Ningún hombre ha ejercido tanta influencia como él en la formación de la cultura nacional. La democracia no pasaría de los fríos esquemas de las constituciones sin estos sembradores de ideales colectivos. Ha reivindicado la figura de Domingo Martínez de Irala, fundador de la antigua Provincia del Paraguay, y la del doctor Gaspar Rodríguez de Francia, como fundador de la independencia. Báez es afirmativo, rotundo, pero contagioso, porque llega a los espíritus como un lampo, no para conquistarlos, sino para iluminarlos en el sendero. No tiene discípulos ni continuadores personales, ni ha creado un "ismo"; pero, ha educado a la opinión; su esfuerzo se dedicó, durante medio siglo, a alumbrar los ámbitos de la República predicando el derecho, la cultura, el liberalismo, todas esas fórmulas que hoy parecen un poco anticuadas y vagas pero que, como el positivismo, cumplieron una misión y señalaron una etapa necesaria de cultura.
"Decepcionado de la política, empujado por los acontecimientos. Báez abandonó el foro tumultuoso y se refugió en la Universidad, desde cuyo paraninfo sigue derramando doctrinas, como es el destino de los que han nacido con el generoso e ímprobo privilegio de aprender para enseñar. Antes de la aparición de este maestro, que recuerda a Francisco Giner, en España, Julio Simón, en Francia, puede decirse que el país sólo contaba con escritores y divulgadores "franco tiradores", carentes de sistema. Báez aparece como un cuerpo de doctrina, con un sistema de conocimientos destinado a ejercer grande influencia en la formación cultural. Cuando se escriba la historia de la repercusión del positivismo en América, tendrá que mencionarse a Cecilio Báez como su más esclarecido exponente en el Paraguay. (71)
Es de su pluma

A JAURÉS

Vocero del derecho, titán de la tribuna,
imita su elocuencia rumor de tempestad;
el Sol de Solferino le iluminó en su cuna
y prestó a su palabra marcial sonoridad.
Cual viento huracanado que ruge en la montaña
y los árboles tumba con hórrido furor,
su voz grandilocuente, con implacable saña,
los ídolos derriba del dolo y del error.

En su alma luminosa rebullen las ideas
cual lavas en el horno del tórrido volcán;
fulguran por sus labios como incendiarias teas
y estallan sus palabras igual que el huracán.

Sus frases inflamadas relámpagos semejan,
destellos carminosos de luz crepuscular;
del alma del patriota la nitidez reflejan,
del genio del artista, el fúlgido irisar.

Apóstol del trabajo, del arte y de la ciencia,
adopta como lema la voz "Humanidad";
predica Buena Nueva su fraternal conciencia,
y el fin se le depara del Cristo de Bondad.

Cruzado caballero del dogma igualitario,
yo quiero reverente tu triunfo proclamar,
diciendo, como dijo al Mártir del Calvario:
– ¡Venciste, Galileo! – Juliano, al expirar.

También apareció en esta época el poeta VENANCIO VÍCTOR LÓPEZ. Hijo del coronel Venancio López y nieto del patriarca Carlos Antonio López, pertenecía a una familia de alcurnia política, social e intelectual del Paraguay. Nacido en la Asunción, en 1862, educóse en Buenos Aires, bajo la dirección del profesor Negrotto. Fue alumno del Colegio Nacional y de la Facultad de Humanidades de aquella ciudad, en cuyas aulas obtuvo el grado de doctor en jurisprudencia, en 1884. En Buenos Aires ejerció las cátedras de filosofía y economía política, en la Escuela Normal. En 1887, durante la presidencia del general Patricio Escobar, fue llamado para desempeñar el cargo de miembro del Superior Tribunal de Justicia y, más tarde, en 1890, el presidente Juan G. González le encomendó, en su gabinete, la cartera de relaciones exteriores. Desde 1895 dictó las cátedras de derecho romano y derecho constitucional en la Universidad de la Asunción. En 1899, el presidente Emilio Aceval le designó ministro de justicia, culto e instrucción pública, en cuyo período tocóle en suerte dirigir los trabajos tendientes a la reforma del plan de la enseñanza primaria.
Ocupó, después, una banca en el Congreso Nacional, y fue decano de la Facultad de Derecho. A consecuencia del triunfo de la revolución de 1904, Venancio V. López regresó a Buenos Aires, ciudad en la que falleció en 1910. En los últimos años de su vida fue profesor en la Universidad de la capital porteña.
Venancio V. López fue periodista, poeta y catedrático. Como periodista editó La Patria, en 1890, y la redactó durante prolongado tiempo, y El Paraguay, en 1893. Como profesor, dictó lecciones diversas y escribió Reformas y críticas a las prácticas notarias, Ensayo sobre la responsabilidad civil, Prácticas añejas en las escrituras, Derecho civil – Estudio sobre la ignorancia y el error, Derecho romano – Notas dictadas en clase, y otras obras de carácter jurídico. Como poeta, se inspiró en el martirio de su raza. He aquí su canto:

AL PARAGUAY

Levanta patria mía tu lívida cabeza
Y mira los escombros de tu poder de ayer,
Levántate y contempla la huella de grandeza
Que tus sublimes héroes dejaron al caer.

Levántate y contempla flotar hecho jirones
El pabellón que siempre soberbio flameó,
Ayer tu poderío mostrando a las naciones,
Velando hoy los despojos que el enemigo holló,

Levántate y contempla la ardiente llamarada
De la infernal hoguera de la discordia arder,
Levántate y contempla la mano ensangrentada
Y grita al parricida "¡Ah Bruto! ¡Tú también!"

Cuando aherrojada un día entre cadenas de oro
Alzabas en silencio tu altivo pedestal,
Tus hijos, tus hermanos, hiriendo tu decoro,
Vinieron en legiones a darte... libertad.

Y fratricidios odios, bastardas ambiciones,
De la sangrienta burla el aguijón mordaz,
Rivalidad mezquina y atroces violaciones,
El duelo, la ruina: tal es tu libertad.

Cronológicamente cabe señalar en este espacio la aparición de un poeta y prosador: SILVANO MOSQUEIRA. Oriundo de Carapeguá, nació en el año 1867. Cursó estudios primarios en Paraguarí. Los prosiguió más tarde en la Asunción y, después, en Buenos Aires. Comenzó a escribir algunos ensayos en los diarios que aparecieron en la capital paraguaya, en 1885. Desde entonces su personalidad intelectual fue ascendiendo. En la administración pública desempeñó la secretaría de la Intendencia Municipal de la Asunción.
En 1912 se inició en la diplomacia. Ocupó el cargo de secretario de la legación nacional en Washington; posteriormente fue encargado de negocios en Río de Janeiro. Durante toda esta época no abandonó la pluma. En numerosos diarios y revistas del Paraguay y del extranjero dio a publicidad interesantes colaboraciones. Muchas de éstas coleccionó después y las publicó en libros. Ensayos, intitúlase su primera obra. Luego aparecieron Páginas sueltas y Semblanzas paraguayas. Hallándose en Washington, editó Ideales, discursos y escritos, sobre temas paraguayos.
Luego de su regreso, dio a luz pública, en la Asunción, Impresiones sobre los Estados Unidos. Posteriormente hizo conocer Siluetas femeninas, Juan Silvano Godoi – Su vida y su obra, Nuevas semblanzas y El papel de Rosario como emporio del litoral y capital agrícola de la República, en las relaciones argentino-paraguayas. Tiene inédita Juan Silvano Godoi a través de sus reuniones íntimas.
Silvano Mosqueira posee una prosa sencilla, sin pretensiones, pero clara, transparente. Pertenece a la escuela antigua, de tendencia clásica. Ha escrito versos en guaraní, publicados con el seudónimo de Arymolatanso, como la traducción a este idioma de "Las Golondrinas" de Gustavo Adolfo Becker.
He aquí una de dichas poesías:

BECKERIANAS EN GUARANI

Ohechâro akânundúgui
ndi katuvéi ramo ni ake,
che renimbé rembehýpe
¿ava pipo oguapy vaerâ?

Aĝa ku amano mbotápe
aipysóramo ko che po,
peteî amigo po ahekávo
¿ava pipo ojopy vaerâ?

Aĝa la muerte che resa
opa pe ombojere pa,
Ko’â che ropepi kuera
¿ava pipo omboty vaerâ?

Aĝa campana ipu kuévo,
(ipurô cheñoty hape)
peteî oración ojehendúvo
¿ava pipo o ñembo’ene?

Ku che retâ kue yvyguy pe
oñe ñoty ramo hina,
la che sepultura ári
¿ava pa oúne o jahe’o?

Ava ite nipo otro día pe
osê jevyrô kuarahy,
ko yvy ári rupi ahasa hague
¿ava pa imandu’a vaerâ?

En 1895 tuvo lugar, en la Asunción, la consagración oficial del obispo de dicha ciudad, monseñor Bogarín. ¿Quien era este sacerdote elevado a tan alto solio?
JUAN SINFORIANO BOGARÍN nació en Mbuyapey, en el año 1863, y se educó en el Seminario Conciliar de la Asunción, en donde se ordenó de sacerdote, en 1886. Ofició su primera misa, en la Catedral de la capital paraguaya, en el altar de Nuestra Señora de los Dolores.
Fue secretario general de la diócesis cuando el obispado de monseñor Pedro Juan Aponte, y después, durante ocho años, cura párroco de la Catedral, en reemplazo del padre Tomás Antonio Castelví. Fallecido el obispo Aponte, en 1891, el padre Bogarín integró la terna de candidatos presentada por las autoridades eclesiásticas al gobierno nacional, juntamente con los padres Claudio Arrúa y Narciso Antonio Palacios. De esa terna fue electo el padre Bogarín para suceder al prelado desaparecido. La consagración oficial, como obispo de la Asunción, tuvo lugar el 3 de febrero de 1895, siendo presidente de la República el general Juan Bautista Egusquiza, y ministro de culto, Rufino Mazó. La ceremonia estuvo a cargo del obispo salesiano, titular de Trípoli, monseñor Luis Lasagna.
En misión apostólica, desde aquella fecha, monseñor Bogarín ha recorrido, en repetidas ocasiones, todo el territorio de nuestro país. Su obra en favor de la formación de los hogares es ingente, y merece el respeto y la gratitud de la Nación. Realizó, también en 1899, la primera visita ad límina apostolorum de la diócesis del Paraguay, desde que el Papa Pablo III la erigió, en 1547.
A monseñor Bogarín se debe la fundación y es el mantenedor natural de las principales instituciones religiosas existentes en el Paraguay. Casi todas las entidades católicas son resultado de su inspiración y de su energía. Es el jefe de la Iglesia que mayor gravitación espiritual tuvo y sigue teniendo en la República. Su presencia en los grandes centros urbanos como en las modestas buhardillas del obrajero, es anotada, y acogida con profunda veneración.
En sesión del 22 de agosto de 1928, fue presentado a la Cámara de Diputados un proyecto de ley por el cual se creaba la provincia eclesiástica, del Paraguay y se autorizaba al Poder Ejecutivo a gestionar de la Santa Sede la elevación del obispado de la Asunción a la categoría y dignidad de arzobispado. Este proyecto motivó la discusión parlamentaria más apasionada y brillante de aquel año, en el Congreso Nacional. Aprobado por la Cámara de Diputados, en su sesión del 5 de setiembre, cupo al proyecto igual suerte en el Senado. Convertido en ley, un año después, dio origen a la elevación de monseñor Juan Sinforiano Bogarín a la dignidad de primer arzobispo de la República. La imposición del palio arzobispal, realizada el 15 de agosto de 1930, en la iglesia catedral, por el Nuncio Apostólico, monseñor Felipe Cortesi, fue aclamada por el pueblo paraguayo.
En 1934, monseñor Bogarín presidió la delegación de nuestro país ante el 32 Congreso Eucarístico Internacional, reunido en Buenos Aires. Hizo, además, otros viajes a Roma, y representó al Paraguay en diversos congresos religiosos. Después de la guerra del Chaco, invitado por las autoridades bolivianas, visitó La Paz.
Juan Sinforiano Bogarín es orador sagrado. Desde el púlpito, su elocuencia se expande y subyuga. Sus discursos los pronuncia, indistintamente, en correcto castellano o en guaraní, lengua mater que domina maravillosamente. Sus obras literarias más importantes, además de sus discursos, son Carta Pastoral, de 1895; su Pastoral con motivo de tratarse el proyecto de ley del matrimonio civil, 1898; y su Pastoral sobre agricultura, de 1914. Tiene también sus memorias íntimas, inéditas. Se intitulan Mis apuntes.
De acuerdo con la Carta de 1940, monseñor Bogarín, en su carácter de jefe de la Iglesia paraguaya, es miembro nato del Consejo de Estado, del que fue primer presidente.
En otro lugar nos ocupamos del museo histórico y artístico de su propiedad, cuyos catálogos, de su puño y letra constituyen una reliquia de muy grande valor documental.

Monseñor doctor HERMENEGILDO ROA ocupa también un lugar muy destacado en la historia de la cultura paraguaya. Nació en Carayaó, en 1865. Educóse en el Seminario de la Asunción y en el Colegio Pío Latino-Americano de Roma. En la Universidad Gregoriana obtuvo diploma de doctor en filosofía, en 1885, de doctor en teología en 1889, y de doctor en derecho canónigo, en 1882. Fue catedrático en el Seminario de la Asunción y ha sido vicario general de la curia metropolitana, desde 1906 hasta 1946. Monseñor Hermenegildo Roa ha redactado y colaborado en numerosos órganos periodísticos. Dirigió, durante varios años, La Patria Paraguaya, que aparecía en la Asunción. Es autor de una Reseña Histórica de la Diócesis del Paraguay, en colaboración con el padre Fidel Maíz. Esta interesantísima obra, fechada en 1899, fue editada en la Asunción, en el año 1906.
Monseñor Roa es un obrero intelectual que prefiere trabajar en el anonimato. Sus obras, salvo raras excepciones, no llevan su nombre. Ha sabido ocultar hasta los juicios, muy elogiosos, obtenidos en Roma, cuando era alumno en la Universidad Gregoriana. ¡Es tanta su modestia! Otro sacerdote ilustrado, el padre Ramón Bogarín Argaña, en sus afanes de investigador, descubrió las huellas de monseñor Roa, en sus andanzas por la ciudad eterna. De él son estos datos que los recogimos, de paso, y los damos a publicidad, sin autorización de ambos, con el propósito de servir a la historia del clero nacional y a la historia cultural de la República.

La Revista del Instituto Paraguayo, cuyo primer ejemplar vio la luz en el mes de octubre de 1896, entre colaboraciones de Manuel Fernández Sánchez, escritor y médico español, de Moisés S. Bertoni y Guido Boggiani, de Blas Garay, Cecilio Báez y Manuel Domínguez, tiempo después de su aparición, comenzó a enriquecer sus páginas con bellísimas poesías de tres jóvenes paraguayos que se iniciaban en la vida intelectual: ALEJANDRO GUANES, IGNACIO ALBERTO PANE y JUAN EMILIANO O’LEARY.
En aquella revista, hoy histórica, se publicaron, en 1897, Lo que desean las lágrimas, de Catulle Mendes, traducida por Guanes; en 1898, El Alma de la Raza, de O’Leary; y en 1899, La Mujer Paraguaya, de Pane. Estos tres jóvenes poetas, surgidos de las aulas estudiantiles, que pulsaban la lira con agilidad y destreza, trayendo nuevos ritmos a la epopeya patria, eran bien conocidos en la Asunción.
ALEJANDRO GUANES, espíritu jesucristiano, alma evangélica y pura, nació en la capital paraguaya, en el año 1872. Sus estudios primarios los cursó en las escuelas de dicha ciudad. Después, en 1887, trasladóse a Buenos Aires. Ingresó en el "Colegio San José", y fue en este instituto donde comenzó a escribir sus primeros versos. En ocasión de realizarse un certamen colegial, en 1890, Guanes presentó al concurso una poesía. Héla aquí:

PRIMAVERA

Ensayo, patria mía, lejos de tu almo cielo,
notas de un pobre canto que tiembla en mi laúd;
el canto melancólico que en hondo desconsuelo
me arranca la nostalgia, mientras tu augusto suelo
despliega de sus galas la nueva juventud.

El dulce paraíso, el que nacer me viera,
se pinta en mi memoria con todo su esplendor;
la aurora de mi vida, mi alegre primavera,
tus bosques encantados, la plácida ribera
en que se miran límpidos, sus formas, su color.

Acaso en esa orilla, tras las graciosas brumas
que, el manto de la aurora, desprende de su tul,
navega el mismo cisne, níveo baile de plumas
que yo feliz miraba trazar en sus espumas
la temblorosa estela que copia el cielo azul.

Y al asomar la noche, la triste noche calma,
el soplo de la brisa se impregnará tal vez
del mismo dulce aliento con que embriagaba mi alma
del perfumado aliento que bebe en la alta palma
en la mansión tranquila, feliz de mi niñez.

Gimen en esa brisa las notas que el poeta
inspiran apacibles los cantos del amor;
florece en su hondo beso la tímida violeta,
y al agitar las ramas su errante ala inquieta,
suspiran los boscajes concierto arrobador.

¡Oh Patria! Cuando pase la nieve de mi invierno,
cuando mis huesos cubra la losa sepulcral,
tus primaveras viertan sobre mi sueño eterno
sus perfumadas flores y con su arrullo tierno
entónenme tus brisas perpetuo funeral.

Obtuvo el primer premio y una medalla de oro. Constituía una feliz iniciación. Antes que los versos transcritos, escribió otros, intitulados A mi madre. Su original fue hallado por el padre César Alonso, en los archivos del Colegio San José. Es también de 1890.
Guanes regresó a la Asunción algunos años después. Y desde 1900 hasta 1925, durante este primer cuarto de siglo, tan rico en acontecimientos políticos y culturales en el Paraguay, colaboró, como poeta y periodista, en casi todos los diarios y revistas que vieron la luz pública en la ciudad de los comuneros.
Pero fue en El Diario donde actuó por más tiempo. Desde su fundación, redactó ese vocero de opinión al lado de Adolfo Aponte, Félix Paiva, Ramón Lara Castro, Juan Francisco Pérez y otros. Después escribió para La Tribuna y El Orden.
Desde este diario, bajo versos satíricos, hizo popular un seudónimo: El sobrino de Camándulas. Eran aquellos versos plenos de ironía, en los que se comentaban las andanzas políticas del día, y estaban dirigidos a Tío Camándulas, un prominente político de entonces.
La cátedra contó con la palabra de Guanes, siempre sabia y plena de serenidad. Enseñó, durante muchos años, literatura preceptiva, en el cuarto curso del Colegio Nacional de la Asunción, y, espíritu de múltiples facetas, también fue autor de un Manual de taquigrafía, asignatura de la que, asimismo, fue profesor.
Alejandro Guanes era teósofo. Prueba admirable de esa vocación es su pequeño grande libro Del viejo saber olvidado, editado en 1926, en la Asunción. Lo prologa. Viriato Díaz Pérez, y contiene cuadritos de teosofía publicados en El Orden.
Al referirse a esta obra, dice el prologuista: "Las páginas del opúsculo que siguen pertenecen, pues, al plano de las ideas teosóficas, tantas veces expuestas con diversos ropajes a la humanidad sempiternamente sorda y que ha venido influyendo más profundamente de lo que se sospecha en el pensar, en la ciencia, en la literatura, en el arte moderno. Por ellas su autor vincúlase a esa literatura trascendente que en nuestros días tienen un representante, a veces afortunado, en el intuitivo Maeterlinck.
"Pero no incurre Guanes, como el belga genial, en la actitud desleal y nicodémica. Arrostra la inevitable ironía del escéptico y aun la agresión del fanático, exteriorizando con estoica serenidad sus creencias, aun comprendiendo que no será seguido ni loado. De los dos Maeterlinck, el que se inspira en las doctrinas de H. P. Blavatsky y las parafrasea estéticamente, y el que teme a la plebe, y niega al Maestro, el autor del librito Del viejo saber olvidado acércase al primero, al que afirma en El huésped desconocido, o en Los senderos de la montaña, no al que vacila en las encrucijadas de El grande enigma, Guanes, en suma, en estas meditaciones, viene a ser un teósofo como lo fuera Emerson, como lo era nuestro Amado Nervo, como lo fue Sánchez Calvo. Para él, existen más verdades que las tangibles, y un mundo allende el nuestro, donde se da lo maravilloso real. Sus reflexiones son las de un alma que ha comenzado a entrever la verdad oculta en la veta soterrada, perdida, pero aurífera, del orientalismo filosófico, de la que extrajeron la vitalidad de sus ideas los Amiel, los Renán, los Schopenhauer y los Nietzsche, por una parte, o los Zollner, los Crookes y los Lodge por otra,
¿Están en el error quienes, como el autor de estas páginas esperan ver deducir de un revival orientalista los postulados futuros destinados a nutrir ideológicamente a la humanidad "que va a aparecer"? No lo sabemos. ¡Quién podría en estos momentos extraordinarios precisar el orden de sorpresas que nos reserva el porvenir! Después de Lowatchewsky y Einstein, o de Hertz y Marconi, ¿qué horizontes desconcertantes nos harán conocer sus sucesores? Es verdad que para nuestra lógica existe lo imposible; que para nuestra matemática existe lo imposible. Mas para la Naturaleza y la Vida, que deben evolucionar eternamente, no. En lógica no es posible ser y no ser al mismo tiempo, o que dos cosas iguales a una tercera no sean iguales entre sí; en matemática no es posible que dos unidades sumadas a otras dos dejen de ser cuatro. Pero en lo profundo de la Naturaleza y en la Vida, es posible todo. La razón está en que nuestras lógicas y nuestras matemáticas son de factura humana, y la Naturaleza y la Vida de origen superhumano. Las primeras pertenecen a nuestro plano dimensional, en el cual el milagro existe y no es milagro; lo maravilloso adquiere realidad y es positivo, y la magia no es superstición sino conocimiento...
"Y así supuesto, deberemos convenir en que aquellos que en nuestros días de mofa e ironía, nos hablan de nuevas "dimensiones" de las cosas, del mundo astral, de la ley Kármica; quienes, coetáneos del box y de los sueros, nos afirman que leen más allá del tiempo y la distancia; o contemporáneos de tanto "ciego" espiritual aseguran que ven a través de la materia densa; cuantos, en suma, nos anuncian el enorme número de inexplicables maravillas que con urgencia misteriosa solicitan desde lo infinito el contacto humano, no son ilusos sino anticipes.
"Son los espíritus que pertenecen a la humanidad futura – que ya alborea – para la cual, probablemente, serán claras y rudimentarias la geometría no euclidiana, la física de Einstein, el arte ultraísta, la música coloreada y las enseñanzas del Maestro Blavatsky, legado profético sorprendente, del que ya no es posible desconocer filtraciones más o menos visibles en las avanzadas triunfantes del pensamiento moderno".
Pero la faz más luminosa de este espíritu esclarecido, de este aristócrata del sentimiento puro, fue la del poeta. José Rodríguez Alcalá decía de Guanes, en 1910: "Es el poeta. Sus primeros versos, escritos en la adolescencia, hicieron adivinar el bardo destinado a cantar en altas estrofas las epopeyas patrias y los ideales de la humanidad. Educado en el famoso Colegio San José de Buenos Aires, sus maestros estimularon sus felices disposiciones consagrándolo en fiestas y certámenes, poeta oficial de la casa.
"Como todos los iniciados de su época, después de un corto período de actividad enfundó la lira y hasta hubo de hacer olvidar su nombre. Así dejó transcurrir no menos de quince años; pero después de tan largo silencio la inspiración reapareció en él más potente que nunca y con la serenidad definitiva de quien se siente llamado a su verdadero destino.
"Las producciones de la que bien podríamos llamar segunda época de Guanes, nos revelan el poeta que esperábamos ansiosamente, el que incorporará su nombre a la pléyade de los más altos de América, el que en hondos surcos de inspiración hará florecer en estrofas radiosas las grandezas de su raza y los anhelos del alma universal. Absorbido por el periodismo, sobre cuyo yunque elabora amargamente el pan de todos los días, Guanes apenas puede dedicar a producir unos pocos momentos que le restan libres. Con todo, las composiciones suyas que publicamos (72) representan la labor de unos cuantos meses y esto da idea de lo que cabe esperar del poeta para cuando pueda consagrarse más amplia y libremente a su arte.
"Aun cuando no ha ceñido corona todavía, de Guanes puede decirse que es el poeta laureado del Paraguay. Domínguez le llama sencillamente "el poeta"; Báez le ha colocado en primera fila entre los portaliras nacionales; O’Leary ha dicho que sus "Leyendas" es lo mejor que se ha producido aquí".
Son de aquel tiempo, de la primera década del siglo XX, "El Domingo de Pascua" y "Las Campanas", que comienza diciendo:

Suene alegre la campana
la armoniosa, la que ufana
nos recuerda la ventura de la infancia que pasó,

Y son también contemporáneas de esta poesía: "El Museo", "Ojos de Rubia", "En la primera página, del álbum de mi hija Mercedes", "La hora de las lágrimas", "¡Salve, Patria!", "Allan Cardec", "Alborada", "Pájaro extraño", "A mi Cristo", "Epitalamio", "La guitarra", "Tu alma", "Despierta", "Recuerdos" y otras más.
Vertió también al castellano numerosas producciones del inglés, el francés y el portugués. Valen citarse entre éstas "Ulalume", de Edgar Allan Poe; "Lo que desean las lágrimas", de Catulle Mendes; "Los frutos de oro" y "Las Palmeras", de Juan Casabianca; "In extremis", "Canción", "Nocturno", "No conozco el amor", de Olavo Bilac.
Pero por sobre todos sus trabajos literarios, como estrella de primera magnitud, subyugante en su solitaria majestad, resplandecen

LAS LEYENDAS

En el báratro de sombras alocado el viento brega,
ya blasfema, ya baladra, ora silba y ora juega
con el tul de la llovizna, con las ramas que deshoja,
con la estola de una cruz;
ya sus ímpetus afloja, ya retorna, ora dibuja
del relámpago a la luz
un fantástico esqueleto que aterido se arrebuja
del sudario en el capuz.

Caserón de añejos tiempos, el de sólidos sillares,
con enormes hamaqueros en paredes y pilares,
el de arcaicas alacenas esculpidas, qué de amores,
qué de amores vio este hogar,
el que sabe de dolores y venturas de otros días,
estructura singular,
viejo techo ennegrecido, ¡qué de amores y alegrías
y tristezas vio pasar!

Por los ángulos obscuros de sus cuartos vaga el pora (73)
¡Es quizás un alma en pena que la vida rememora,
vida acaso de grandezas, tal vez mísera existencia,
vida de héroe tal vez!
En pesada somnolencia la tertulia se sumerge
en confusa placidez:
es la hora en que sus formas toma el pora y en que emerge
de la triste lobreguez.

Por las épicas leyendas que les cuento adormecidos,
ya mis hijos uno a uno van quedándose dormidos;
– las leyendas de portentos, de grandezas admirables
de aquel tiempo que pasó.
Con sus labios impalpables como un hálito ligero
dulce el sueño les besó,
como besa a las traviesas golondrinas del alero;
solo insomne velo yo.

¡Y a mis ojos admirados cobran forma las escenas,
cobran forma y colorido las venturas y las penas
de la edad de mis abuelos, y oigo besos y suspiros
en las sombras palpitar;
son los besos y suspiros que arrullaron a los muertos
de un amor y de un hogar!
Donairosa, blanca dama de peinetas y mantillas,
¡Qué bien luce sus fulgores en tus hombros la espumilla!
¿fuiste dueña de esta casa, despediste a un caballero,
y le esperas aun quizás,

a un impávido guerrero que al partir besó tu frente,
y que el rostro volvió atrás
al través acaso, ansioso, de una lágrima luciente
por mirarte una vez más?

Y el mancebo, tú que arrastras en la sombra la muleta,
de morrión de tosco cuero y uniforme de bayeta, (74)
¿te amputaron esa pierna tras de bélicos horrores
y hoy retornas al hogar,
al que sabe de dolores y venturas de otros días,
estructura singular,
viejo techo ennegrecido que de amores y alegrías
todo un mundo vio pasar?

¡Son los muertos!... ¡En las sombras alocado el viento brega,
Ya blasfema, ya baladra; ora silba y ora juega
con el tul de la llovizna, con las ramas que deshoja,
con la estola de una cruz;
ya sus ímpetus afloja, ya retorna, ora dibuja
del relámpago a la luz,
un fantástico esqueleto que aterido se arrebuja
del sudario en el capuz!

De Ulalume y de Las leyendas se ocupa Manuel Domínguez y, al hacerlo, evoca a Alejandro Guanes. Vamos a escucharlo:
"Hase dicho que la verdadera poesía es siempre un pensamiento musical, y así, musical, era cada pensamiento de nuestro lírico. Sus estrofas resultaban intensamente plañideras cuando le daba por imitar las lúgubres armonías del autor de El Cuervo. Tradujo Ulalume, título del celebrado poema, nombre de la belleza a quien Poe lloró, con la melancolía indefinible, en su tétrica mansión – una senda de cipreses – a la luz de las estrellas. La versión que corría era la de Carlos Arturo Torres, bardo colombiano, y comienza de este modo:

Las cielos cenicientos y sombríos,
crespas las hojas lívidas y mustias,
y era una noche del doliente octubre
del tiempo inmemorial entre las brumas.
Era en las tristes márgenes del Auber,
el Lago tenebroso de aguas mudas,
ante los bosques tétricos del Weir,
la región espectral de lo pavura.

"Y dice Soto Hall que "nadie ha conseguido ni conseguirá disputarle a Torres el éxito de esta versión". Soto Hall no tenía noticias de esta bella traducción de Guanes, infinitamente más melodiosa que la de Torres:

Era un lóbrego paisaje: cielos tristes, cenicientos,
y hojas secas y crispadas por el soplo de los vientos;
una noche del otoño, destemplada y solitaria,
de un otoño inmemorial;
una noche cineraria, de fantasmas y de insomnios,
sobre un sórdido aguazal,
cuyas tétricas riberas, frecuentadas por demonios,
cruza un hálito glacial.

"Y al símil, toda la composición. ¡En cada estrofa, en cada ritmo, nuestro poeta vence al colombiano y trasunta los sollozos de la noche moribunda sobre el sepulcro de Ulalume, la llorada!
"Pero las notas propias de Guanes no eran las de Poe. Como nuestras selvas rumorosas, en la penumbra lejana, desleía sus tristezas en cadencias suaves, sonidos de su alma. No escribió, que sepamos, un solo verso altisonante, de esos que suplen la emoción ausente con el tono declamatorio. En casi todas sus composiciones se siente "la frescura del rocío matinal". En Las leyendas oímos las salmodias del viento que va jugando:

Con el tul de la llovizna, con las ramas que deshoja,
Con la estola de una cruz.

"Y allí habla del hogar que ya no existe:

Caserón de añejos tiempos...
Viejo techo ennegrecido ¡qué de amores y alegrías
y tristezas vio pasar!

"Ritmos que evocan todas las cosas que el tiempo anonadó en su fuga... La poesía consiste en hacer pensar en todo, en el paraíso perdido, en la beatitud soñada.
"Y a Guanes le inquietaba el enigma de este mundo incomprensible. Cantó a Allan Cardec, como a un revelador del reino invisible; estudió astrología, quebrantó su mente con la 4ª. dimensión en el libro de Norrcarme, y acabó, como Amado Nervo, por descansar en ideas teosóficas pero promisoras de esperanzas infinitas. Sentenciado por una enfermedad del corazón, semejante al Marqués de Bradomín, sonreía a la muerte como se sonríe a una mujer. Su libro favorito, en los últimos meses, era La Inteligencia de las flores, donde admiraba las perspectivas inesperadas y fugaces, al par que el pincel maravilloso. En el fondo, nuestro poeta era un místico armonioso, un sensitivo trascendente y por serlo, supo intuir en el gran misterio claridades que el materialista no sospecha porque, como la flor nocturna de cierto cactus de los trópicos, muriendo antes de la aurora, ignora los encantos de la luz, en su destino maldito". (75)
En 1936, por disposición ministerial, fueron recogidas y publicadas, en un tomo, las poesías de Alejandro Guanes, dispersas hasta entonces en diarios y revistas. El volumen se intitula De paso por la vida.
En el género teatral, débese a este autor una comedia dramática, en tres actos y en verso, cuyo título es La Cámara Obscura.
Alejandro Guanes falleció en la Asunción, en 1925. Sábese de él que profetizó el día de su deceso, con mucha antelación y con admirable exactitud. Manuel Riquelme, que fue su amigo y compañero, cuenta del poeta y teósofo, anécdotas que entran en los dominios del hondo misterio universal.

JUAN E. O’LEARY, el cantor de las glorias nacionales, nació en la Asunción, en 1880. Hizo sus primeros estudios en las escuelas de esta ciudad y los prosiguió en el Colegio Nacional hasta obtener el grado de bachiller, en 1899.
Desde esa fecha se especializó en el estudio de la historia. Fue profesor de geografía, historia de la literatura castellana e historia americana en la Escuela Normal y en el Colegio Nacional de la capital paraguaya. En 1910 se hizo cargo de la dirección de este instituto.
Las actividades literarias de Juan E. O’Leary se inician en el último cuarto del siglo XIX. Sus versos fueron, ya entonces, considerados por la crítica. Su pluma se exalta por primera vez en la memorable campaña de Pompeyo González, seudónimo que adoptó O’Leary para defender la apasionante personalidad del mariscal Solano López.
De esta campaña emerge vigorosamente su personalidad. Desde entonces es considerada su pluma como la de un polemista hábil y ardoroso. O’Leary ha consagrado su vida al estudio del pasado del Paraguay; su labor se limita, especialmente, a la guerra de defensa que sostuvo nuestro país contra la triple alianza, desde 1864 hasta 1870. Su mérito, en esta materia, consiste en haber hecho conocer al mundo la verdad sobre esa tragedia que aniquiló a un pueblo.
Juan E. O’Leary publicó sus trabajos, en sus días iniciales de escritor, en La Patria y en la Revista del Instituto Paraguayo. Desde aquel tiempo ha sido colaborador de casi todos los órganos de publicidad que aparecieron en el Paraguay y de muchos periódicos extranjeros.
En 1908 el gobierno de Benigno Ferreira le confirió una misión diplomática en Europa. La guerra con Bolivia estimuló nuevamente su pasión de polemista. Desde el comienzo del conflicto escribió para El Liberal. Sus artículos eran iracundos, terribles, de brocha gorda. En 1917, Juan E. O’Leary fue electo diputado al Congreso. En 1918 tuvo la desgracia de perder una hija, desgracia que le hizo llorar versos profundamente líricos.
Fue, en 1920, delegado del Paraguay en la inauguración del monumento a Urquiza, en la ciudad de Paraná. En 1924, el presidente Eligio Ayala le designó encargado de negocios del Paraguay en España, cargo que desempeñó hasta 1927.
El gobierno del coronel Rafael Franco le encomendó, en 1936, otra misión diplomática en Europa, y en 1947, el general Higinio Morínigo M., le nombró ministro plenipotenciario en Italia.
El presidente José P. Guggiari, en 1929, le encomendó la dirección del Archivo Nacional. Sus actividades políticas las desarrolló en el seno del Partido Nacional Republicano, del cual fue presidente.
O’Leary ha publicado los siguientes libros: Historia de la guerra del Paraguay, 1910; Páginas de historia, 1916; A la memoria de mi hija Rosita, 1919; Nuestra epopeya, 1919; El libro de los Héroes, 1922; El Paraguay en la unificación argentina, 1924; El Mariscal Solano López, 1925; El centauro de Ybycuí., 1929; Los legionarios, 1930; Apostolado político, 1930; Bernardino Caballero, 1940 y La Alianza de 1845 con Corrientes, 1944.
Tiene, además, numerosas monografías y otros libros en preparación tales como Nuestras Victorias, Alberdi y el Paraguay, Historia del Mariscal López y la guerra del Paraguay y La cuestión del Pilcomayo.
Juan E. O’Leary es considerado como uno de los escritores más vigorosos de nuestro país. Poeta de la escuela romántica, orador e historiador, su intensa vida intelectual, fecunda y brillante, le ha ganado respeto y le ha consagrado, dentro y fuera de las fronteras patrias, como valor indudable, no solamente de las letras paraguayas, sino de las letras de la América latina. En cuanto a la influencia espiritual de O’Leary en el Paraguay, ella es amplia y rotunda.
En los años finales del siglo XIX, cuando el escritor comenzó sus labores intelectuales, el pueblo paraguayo vivía oprimido por las desastrosas consecuencias de la guerra contra la triple alianza. Era el vencido. Hallábase exhausto, con el taco del vencedor sobre su pecho, sin derecho a protestar ni a quejarse de sus penurias y menos aun de levantar la voz para recordar a sus próceres y mártires. Así fueron formándose los hombres, mustiada el alma, sangrante el corazón, engañados por la propaganda interesada del vencedor. Juan E. O’Leary surgió en ese ambiente. Se propuso levantar del espíritu nacional el peso que lo estrujaba. No tuvo más compañeros que Enrique Solano López, Ignacio Alberto Pane y otros jóvenes románticos, animosos para la gran lucha que se proponía librar. No poseía más bagajes que su mocedad, inexperta e idealista, una voluntad tensa, y la pluma, arma que tiene, al decir del genio latino, "la ligereza del viento y el poder del rayo".
Desde las columnas de La Patria, bajo el seudónimo hoy famoso de Pompeyo González, comenzó la lidia. Fue estruendosa, ardiente, prolongada y sin treguas.
Han pasado más de cuarenta años. Su gran tarea está terminada. El pueblo paraguayo se ha arrancado aquel dogal que oprimía su garganta, que aprisionaba su espíritu. Otra vez libre y altivo, piensa, siente y vive de acuerdo con sus propias determinaciones. Ya no obedece como un lacayo. Yérguese ante el mundo como un ente digno. Ésa es la obra en la cual culminan los esfuerzos de Juan E. O’Leary.
A este respecto, el mejicano Carlos Pereira, expresa: "Cuando, años más tarde, un hombre pretendió abrir la reacción vindicadora, todos y todo se lo impedían. Estaba aislado por muros de bronce. Mirábasele con desconfianza. El descrédito le acompañaba. Cada afirmación suya era recibida con prevención. Era necesario que su convicción tuviese raíces muy profundas, que su espíritu se impusiese por una superioridad incuestionable, que su carácter se hubiese templado en la fragua de los luchadores invencibles, para que la oposición quedase allanada, para que la pasión adversa cediese y para que la indiferente pasividad abriese el paso a una marcha triunfal.
"El convencido sembró convencimiento. Fue maestro. Formó discípulos. Hoy el Paraguay aclama a Juan E. O’Leary como jefe intelectual de un movimiento nacionalista que condiciona todos los bienes de su patria a una apreciación equitativa de los hechos.
"Solano López cayó en el Aquidabán. Bernardino Caballero, el héroe de este libro, (76) tuvo que entregar su espada. É1 y los otros veteranos que salieron con vida del infierno de la guerra, abandonaron el mundo más entristecidos por el ambiente desolador que por la materialidad sangrienta de la derrota. Pero Juan E. O’Leary, piadosamente, primero solo, después acompañado de un público cada vez más vibrante y numeroso, ha venido recorriendo uno por uno todos los campos de batalla, no en el sentido del desarrollo histórico de la campaña invasora, sino retrógradamente, en una ofensiva infatigable. Cerro Corá, Piribebuy, Acosta Ñú, Lomas Valentinas, Ytororó, Curupayty, Sauce y Tuyutí, son etapas de la propaganda de O’Leary. Pero no termina allí. Cruza el Estero Bellaco, y, descansando en Itapirú, toma el Paso de la Patria para penetrar en el primer territorio de los aliados. Porque O’Leary no ha iniciado la campaña para conquistar sólo la opinión de sus compatriotas. Lleva su acción a la República Argentina y a la del Uruguay. Y aun en el Brasil encuentra quien le aplaude, le admire y le siga.
"No faltan, sin embargo, los ataques. Por este aspecto también es singular. Ha transcurrido más de medio siglo, y todavía se discute con el apasionamiento de una actualidad candente. Los paraguayos piden la revisión histórica, íntegra, sin reservas. Mientras no se les conceda con toda la amplitud generosa de la reconciliación, seguirá la campaña, prolongándose así las hostilidades con la pluma".
Y Rufino Blanco Fombona apunta: "Además, ¿qué necesidad tiene usted o Solano López de laúdes o espaldarazos de nadie? Usted es el escritor embebido en su pueblo, que en la entraña de su pueblo toma substancia, veta de oro del alma paraguaya. ¿Y el mariscal Solano López? Solano López es el espíritu del Paraguay convertido en acero de espada, como usted, O’Leary, es el espíritu del Paraguay convertido en acero de pluma. Y ambos aceros, el de la pluma y el de la espada, ¿cómo, en qué se han empleado? Ambos han tenido el más noble y desinteresado empleo: el de defender la independencia, la verdad, el derecho, la justicia, la patria. No sé de nada más bello". (77)
Esta es su famosa poesía:

¡SALVAJE!

En las entrañas de la selva virgen,
la luz impetra en su dormir de siglos,
último resto de una raza altiva
¡el indio bravo!

Toda la noche del pasado oscuro
se reconcentra en su pupila negra,
meditabunda de siniestro brillo.
¡llena de odios!

Todo el dolor de su indomable raza
vibra en su acento, y en su palabra tiene
el tono agrio de un reproche eterno
y el de un gemido.

Y ahí va, inclinado, por la breña ingrata,
por la llanura desolada y triste,
huyendo siempre, sin cesar buscando
luz que no encuentra.

Judío errante, vagabundo paria,
huérfano solo que el amor implora,
padre que llora y de sus hijos oye
¡la carcajada!

Todo lo ha dado; con su tierra hermosa
su ardiente sangre, su atrevido arrojo,
su incomparable abnegación sublime,
¡su dulce lengua!

De su pasado le quedó tan sólo
el implacable, abrumador recuerdo,
con la tristeza de su vida amarga,
¡que le tortura!

Pero resígnate, ¡oh, salvaje impuro!
Tú no eres hombre como el otro hombre,
¡sobre el madero para ti no abre
Jesús los brazos!

Lleno de odios morirás un día,
como el venado que tu flecha hiere,
y el cuervo negro saciará su hambre
con tus entrañas.

Tú no eres hombre como el otro hombre,
tú no eres digno del amor cristiano:
¡Rabia y perece, que tus hijos niegan
llevar tu sangre!

Pintado el rostro, la melena lacia,
desnudo el cuerpo y en la mano el arco:
¡Así el bautismo recibir no puedes
que regenera!

Estás desnudo. Más feliz la fiera,
el bosque cruza con su piel de gala:
¡Tú con el cuerpo, que el dolor abate,
bronceado y sucio!

¡Ah! no te acerques a la orilla amada
del patrio río, a iluminar tu sombra:
¡La cruz no tiene mi un fulgor siquiera
para tu estirpe!

Tú ya no cabes en el templo santo,
donde la hostia el mercader levanta:
¡que se resigne a perecer salvaje,
el indio bravo!

IGNACIO ALBERTO PANE era oriundo de la Asunción. Nació en 1880. Educóse en el "Instituto Paraguayo", dirigido por Pedro Bobadilla y Ezequiel Giménez, y en el Colegio Nacional de la capital paraguaya. En la Facultad de Derecho obtuvo el grado de doctor, siendo aún muy joven. Distinguióse, como alumno, por su severa contracción al estudio y su vocación literaria. Apasionábale la lectura. Ganóse, así, ya en su mocedad, la fama de erudito. Especializóse, posteriormente, en el conocimiento de la psicología, de la filosofía y la sociología. Dictó cátedras de estas disciplinas y de preceptiva literaria en el Colegio Nacional, la Escuela Normal y la Facultad de Derecho de la Asunción. Comenzó a escribir, casi simultáneamente, con Juan E. O’Leary de quien fue amigo y compañero de ideales. Su iniciación literaria data desde la época de Juventud, un periódico que apareció en la Asunción en la última década del siglo XIX. Después colaboró en El Estudiante, en La Semana y en La Democracia, el diario de Ignacio Ibarra. Más tarde, cuando ocupaba el cargo de secretario de la legación paraguaya en Santiago de Chile, sus colaboraciones se publicaban en La Patria, dirigida por Enrique Solano López. Eran los días iniciales de la gran campaña de reivindicación del héroe de Cerro Corá. Al lado de los artículos de Pompeyo González – el Juan E. O’Leary de las primeras escaramuzas – aparecieron los trabajos de crítica histórica de Matías Centella – el Ignacio A. Pane de los audaces encuentros de patrullas. Ya era conocido entonces su más bello poema, La mujer paraguaya, publicado en 1899, y que le "dio notoriedad de poeta". Puede decirse que Ignacio A. Pane fue uno de los adalides de la campaña nacionalista a cuyo triunfo consagraron su vida Enrique Solano López y Juan E. O’Leary, y, quizás, el más convincente y hábil polemista de aquella época apasionante de nuestra historia. Su versación, sus afanes de investigador, su probidad insospechada e insospechable, su espíritu crítico, agudizado por el estudio de las ciencias abstractas, le permitieron sentar tesis definitivas. Sabía discriminar, era obediente a la técnica del método, valoraba sus afirmaciones, y siquiera difuso en su exposición, la verdad aparecía en ella fundada en la reciura de la lógica.
Si la cátedra se ilustró con su palabra, Ignacio A. Pane no permaneció ajeno a las enconadas y encendidas luchas de la política. Desde su juventud militó en el Partido Nacional Republicano. Y su actuación, desde ese campo, fue altiva, llena de dignidad ciudadana y de noble idealismo. Orador diestro revelóse en la Cámara de Diputados. Hubo veces en que en su banca el expositor se transformaba en maestro. La cátedra parecía llegar, entonces, al recinto de las leyes, en la plenitud de su serena majestad. Y el periodista de combate, desde las columnas de La Tarde, después de la revolución liberal de 1904, ha dejado páginas que parecen escritas a sangre y fuego. Posteriormente a la publicación de La mujer paraguaya, Ignacio A. Pane dio a la estampa Poesías y luego Beatriz, poemas, ambas publicadas en la Asunción, en el año 1900 y 1902, respectivamente.
Entre los libros y monografías de este autor se encuentran Lecciones de literatura preceptiva, para sus alumnos del cuarto curso del Colegio Nacional; Sociología, lecciones dictadas en la Facultad de Derecho. De este trabajo se han hecho dos ediciones; La mujer paraguaya; El indio guaraní. Una parte de este trabajo permanece inédito; La familia en el Paraguay, sólo publicado fragmentariamente; Nuestra bandera en la guerra futura; Conceptos de la filosofía; Cantos extranjeros al Paraguay; La mujer ante la causa obrera; Geografía social y El método y la ciencia social. Debe agregarse a estos trabajos un gran número de discursos, conferencias y escritos que se hallan diseminados en revistas y diarios, en el Paraguay y en el extranjero, en los que el autor ha abordado temas de diversa índole y, especialmente, del folklore paraguayo.
Poeta lírico, de la escuela romántica, y bilingüe – escribía en castellano y en guaraní – sus versos han merecido ser vertidos a diversos idiomas y conquistaron el elogioso comentario de eminentes críticos literarios. Su obra científica es vasta y selecta y sus afanes docentes han servido para ilustrar a las generaciones paraguayas contemporáneas.
Ignacio A. Pane falleció en la Asunción, en 1920.
Dice su poesía:

EL POMBERO

¿No lo sientes? ¿No te espanta ese silbido
que ha salido del espeso matorral?
No es el grillo, ni la víbora
ni el fatídico chirrido del suindá.

No es el viento que silbado se detiene
del callado cementerio en el ciprés,
ni el arroyo en su salterio
cuyas notas se repiten con monótono sostén.

No es la voz con que se queja a media noche
tristemente en el boscaje urutaú,
ni la débil voz doliente con que el pora nos revela
sus angustias cuando deja el ataúd.

Ni siquiera es el rapaz que nos visita
para hablarnos como el cuervo de Poe,
de Leonora, de la amada que en su lecho
duerme tierna y soñadora, recordándonos tal vez.

Es el duende de la tierra que el Progreso
relegara a las estultas fantasías sin piedad...
Es el genio de las noches paraguayas
que en el prado se desliza por en medio del chircal.

Es la sombra del pasado.
Es el alma del indígena infeliz,
el fantasma que abandona con el véspero
su sepulcro guaraní.

¡Es el indio! Es el Pombero
a quien llaman guaicurú,
que se viste del follaje de las selvas
y el plumaje del ñandú.

En la sombra que los árboles arrojan
de la luna al resplandor
y en el hueco de los troncos y en las zanjas
y en las grutas, sin un eco, se agazapa con temor.

Es el cuco. No os sorprenda, niños míos,
que es un cuento, pero un cuento contra el mal.
Es vampiro misterioso que del niño vagabundo
chupa sangre con afán.

Al conjuro del murciélago despierta.
Las luciérnagas le anuncian con su luz,
cuando rasgan con sus lampos
de las noches funerarias el capuz.

Él no corta el aire al sesgo de su vuelo
como el ave de rapiña nocturnal;
él se arrastra con sus silbos más temibles,
más ligero que el veloz ñacaniná.

No hay gorjeo, no hay graznido,
no hay murmullo que no sepa repetir;
pues sus presas él atrae con remedos,
sus remedos de falaz cabureí,

Amalgama de hombre y fiera,
mitad ave sin sus alas, y serpiente otra mitad,
es el genio de las noches, en la tierra paraguaya,
y el cadáver errabundo de la raza de Guarán.

He aquí un soneto en guaraní, de Pane.

DON QUIJOTE AVAÑE’EME [2]

Oiko peteî jevy, ñandeypyhápe,
karaimi peteî iporiahumíva,
hendyva hañykárehe ichuiva
mombyry ohupytyva iñapynguápe.

Pirúramo jepe, ñorairohápe,
ndipori py’aguasu hese omoíva,
itarovánte, ha hapépe oíva
ojejase opáichavo hendápe.

Vai oikorire, ápe ha pépe,
hapichápe ohayhúgui pukaháva,
héra nomonba’ei ñande apytépe.

Ndipórimo ivaíva ha iñañáva
jaiko rire, juayhúvo, jaikovépe
peteîmimi ha’eicha itarováva.

Si bien es cierto que la Asunción fue y sigue siendo el principal centro de cultura del Paraguay, otras ciudades del interior del país, al finalizar el siglo XIX, fueron también cuna de una naciente actividad literaria. En Concepción, Pilar y Encarnación constituyéronse algunas entidades cuyos propósitos principales fueron el realizar peñas y cenáculos en los cuales algunos bisoños vates daban lectura a sus versos. En Pilar editábase en aquel tiempo un semanario, El Popular, cuyo local servía para tertulias de escritores principiantes.
Pero Villarrica fue, en el orden que nos ocupa, en la última década del ochocientos, la ciudad más interesante después de la Asunción. Y esa importancia le venía de lejos, desde mucho antes de la guerra de 1864 a 1870. No ha de olvidarse que Villarrica fue cuna de Manuel Antonio y Natalicio de María Talavera, eximios obreros de la inteligencia, en los albores de las letras paraguayas, y que la ciudad guaireña, a través del tiempo, siempre ha sido refugio de poetas y de artistas y semillero fecundo de altivo y digno civismo. En 1895, Gregorio Benítes encarnaba todavía en Villarrica "a la vieja intelectualidad de la época de los López; Atanasio Riera, después de desempeñar con brillo la cartera de Instrucción Pública, ejercía con docta prudencia la dirección del Colegio; don Simeón Carísimo, severo y cordial a la vez, brillaba en la cátedra de álgebra; don Nicolás Sardi, doctor en ciencias naturales, miembro de una ilustre familia del Piamonte, enseñaba lenguas vivas y difundía entre la juventud la lectura de Renán y otros autores de igual alcurnia de la literatura universal".

Entre estos selectos varones brillaba también, con luz propia, un profesor de gramática, discípulo de Andrés Bello, y autor de versos virgilianos cuyos acentos eran nuevos en el parnaso paraguayo. Llamábase DELFÍN CHAMORRO. Era un raro escapado a la visión celeste de Rehén Darío. Nacido en Villarrica, en 1863, en una época en que el Paraguay del siglo XIX había llegado al apogeo de su grandeza, en el hogar de José de la Cruz Chamorro y Juana Martínez, comenzó a sufrir, a poco de haber nacido, las penurias cruentas de la guerra contra la triple alianza. Obligado por los acontecimientos, y mientras el padre vivía los trajines sangrientos de las batallas, el niño y la madre buscaron refugio en Caaguazú, hasta la terminación de la tragedia. Finalizada la contienda, en su villa natal aprendió los elementales principios de las ciencias. Cuando se fundó el Colegio Nacional de la Asunción, trasladóse a esta ciudad para proseguir sus estudios. Llegó a cursar hasta el cuarto año. Después abandonó el pupitre estudiantil, herido por un desengaño sentimental. El amor habíale asido en su urdimbre. "Los ojos negros y profundos de una guaireña, de mirar dulce y húmedo, perturbaron el corazón atormentado del adolescente. Y aquella belleza era digna ciertamente de desencadenar las grandes pasiones humanas. Blanca y esbelta, lucía cabellos obscuros como la noche; y si en sus mejillas desteñían sus rosas las auroras, en sus pupilas encendían sus luces las estrellas". El poeta cantó entonces su dolor en versos maravillosos. Tituló sus estrofas "Todo está perdido". Es una poesía popularísima en el Paraguay. La recitan las niñas; la musitan, quedamente, las mujeres; la recuerdan los varones con ternura infantil. Y si no es poco el superar a la muerte en el recuerdo de los vivos, "gloria es el vivir en versos en la memoria de los hombres".
Delfín Chamorro forjó su cultura en la soledad y el silencio. Era un misántropo de mentalidad profunda y alma cantarina. Dedicóse a la enseñanza con apostólica abnegación. En el Colegio Nacional de Villarrica dictó lecciones de gramática castellana a la manera de Andrés Bello y Rufino José Cuervo. Su cátedra se hizo famosa. Tenía una manera peculiar de enseñar. Sus ejemplos eran clásicos. Su cuaderno de tapa obscura y el inseparable lápiz, formaban parte integrante, casi esencial, e personalidad docente.
En 1911, Chamorro se trasladó nuevamente a la Asunción. Esta vez venía como profesor. Al partir de Villarrica escribió "Adiós a Ybyty", poema de honda emotividad. Este canto lírico fue hallado en un álbum, y sirvió – caso rarísimo – para probar, en su juicio sucesorio, una filiación natural.
En el Colegio Nacional y en la Escuela Normal de la ciudad asuncena, Delfín Chamorro fue siempre el "maestro". Sus clases placían a sus alumnos. Las lecciones por él dictadas se grababan en la memoria de sus educandos sin exigirles esfuerzo alguno. Es que realizaba el ideal docente: enseñaba deleitando.
Como poeta, "Adiós a Ybyty" fue su canto del cisne. Ausente del Guairá, enmudeció su lira. Este clásico de nuestras letras, al decir de J. Natalicio González, vivió lejos de los truenos y de las egolatrías románticas. "Y como sus poesías, a su entender, carecían de aquel sentido social que él preconizaba en el arte, se negó siempre a publicarlas y la mayor parte de ellas fueron destruidas por las propias manos del autor".
Delfín Chamorro falleció en la Asunción, en 1931.
He aquí su poema:

ADIOS A YBYTY
A Julia.
Una tarde serena de diciembre,
a la postrera luz,
mirando al Ybyty, me preguntaste
qué era ese grande azul.

Lejos vibraba la cigarra en tanto
melancólico son,
y el muro azul de Tuyutí ocultaba
medio disco de sol.

Yo callé, pues un nudo en la garganta
me embargaba la voz;
tú, mis ojos al ver, me preguntaste
por qué lloraba yo.

Eran las horas últimas que juntos
pasábamos los dos,
y a esos valles queridos de mis padres
iba a decir "adiós".

Verásle alzar por cima de los bosques
sus ondas de zafir,
do en la mañana la primera chispa
del sol se ve surgir;

allanarse y tender al norte un rasgo
cual ancha cinta azul,
a donde el sol bañó mi pobre cuna
de aromas y de luz.

Como del bien preciado la silueta
que mi mente trazó,
hoy más bello que nunca me sonríe
cuando u partir ya voy.

Mira a sus pies los valles que de niño
me vieron retozar,
donde luego aprendí las melodías
del dulce subiá;

cuando al halago del amor primero
se abrió mi corazón
y brotaron doradas ilusiones
que ahora ya no son.

Allí forjó mi mente en otro tiempo
un asilo de paz,
donde muriese en el arrullo tierno
de santa intimidad.

Tal vez tras larga ausencia, desde lejos
su faz al divisar,
seres queridos contemplaba en ella
que iba pronto u abrazar.

Hoy sus celestes cúspides alzarse
en lontananza al ver,
sólo contrista el alma la memoria
de cuanto un tiempo fue,

de cuánto bien soñé para la patria,
mis padres y mi hogar,
de cuánto amé con férvido entusiasmo
en la inexperta edad.

Palpita en tanto en sus robustas curvas
belleza y juventud,
y estos ojos que ayer miró encenderse
ya apenas tienen luz.

Horas de amor y ensueño regaladas
que ya no volveréis,
hoy es mi dicha que en mi mente al menos
presentes aún estéis.

Julia, tus horas de infantiles fiestas
también van a pasar;
cándida flor tu alma, al sentimiento
su cáliz abrirá,

y alumbrada tu ruta de ilusiones
que atiza el corazón,
irás también por este hermoso valle
de una esperanza en pos.

Ya estos ojos que besas inocente
ya así no lucirán:
Hechos mísero lodo, en noche eterna
envueltos se hallarán.

De mi morada al punto en la maleza
tal vez no se sabrá,
y, más solo que ahora, ni un recuerdo
hacia mí volará.

Aun la estampa que recibes ahora
con tanta devoción,
traspuesta a ciento yacerá, y borrosa,
y sola en un rincón.

Entonces estas letras, si aún existen,
el nombre te dirán
del pobre amigo que arrulló tu infancia
como nadie quizás.

Yo te debo a mi vez, mi pobre Julia,
muchas horas de paz:
tus inocentes mimos cuántas penas
me hicieron. olvidar.

Cuántas veces tu mano pequeñita
mi lágrima enjugó,
preguntando cual sólo yo entendía
por qué lloraba yo.

Tal voz que así interroga si sufrimos
es bálsamo sin par:
Dios te depare en tus amargas horas
quien te pregunte tal,

quien en tu frente pose mano suave
tu nombre al pronunciar
sin encubrirte el fondo de su alma
con artero disfraz.

Dulce Ybyty que amaron mis abuelos
cómo te adoro yo,
¡hoy me alejo de ti! ¿Será por siempre?
¡No lo permita Dios!

Y en las tardes serenas de diciembre,
a la postrera luz,
logre yo aun copiar en mis pupilas
tu pabellón azul. (78)

En los primeros años del siglo XX fue fundada en la Asunción la "Sociedad de Empleados de Comercio". Débese su creación, en primer término, a Jorge López Moreira, caballero brasileño vinculado al Paraguay por lazos afectivos. Al lado del nombrado hemos de citar a dos hombres, entonces jóvenes, abnegados, inteligentes y laboriosos: Juan Z. y Alfonso B. Campos. Fueron éstos la voluntad puesta al servicio de la nueva entidad. Sus esfuerzos generosos, inspirados en las directivas paternales de Jorge López Moreira, dieron vida a la "Sociedad de Empleados de Comercio".
En el año 1906, el 1º de abril, la entidad citada creó la "Escuela de Comercio Jorge López Moreira". Sus primeras actividades tropezaron con muchas dificultades. Hubo tiempo en que los recursos no eran suficientes para costear los gastos que demandaba su regular funcionamiento. Entonces ocurrían sucesos que merecen un recuerdo, como aquel de la renuncia de los profesores a todo emolumento en favor del instituto naciente. Dictaban sus clases gratuitamente, trabajaban por amor al establecimiento, pobres como eran, y a pesar de las fatigas sufridas en la cotidiana y ardua labor del empleado de comercio. Nombraremos entre éstos a Ismael Mazó, Antonio López Canals y Cipriano Ibáñez.
Así vivió la "Escuela de Comercio Jorge López Moreira". Juan Z. Campos, el noble espíritu que cargó sobre sus hombros lo más pesado de la tarea, quedó privado de la vista algunos años después. Y entonces ocupó su puesto Alfonso B. Campos, secundado fervorosamente por otro hermano: Francisco O. Campos. Con el andar del tiempo la "Escuela de Comercio Jorge López Moreira" fue propiedad particular de Alfonso B. Campos quien, a la vez, ejercía las funciones de director de la misma. Obtuvo el instituto, con posterioridad, una subvención del Estado. La enseñanza quedó fiscalizada por la autoridad superior del ramo y los títulos profesionales expedidos tenían validez oficial.
La "Escuela de Comercio Jorge López Moreira" poseía un curso preparatorio y, además, tres secciones: I) Enseñanza media. II) Enseñanza profesional. III) Enseñanza superior. La primera exigía dos cursos; la segunda, cuatro; y la tercera, también dos años. Podían obtenerse los siguientes títulos, según fueran las secciones en que se hallaban divididos los estudios: en el curso medio: certificado de auxiliar de escritorio; en el curso profesional, al final del segundo año: certificado de contador público; en el curso superior, finalmente, el título de perito mercantil.
Planes especiales para la carrera consular, perito calígrafo y traductor público, también se desarrollaban en el establecimiento, con la autorización y aprobación gubernativas. Las clases funcionaban, de siete a diez de la noche, en el antiguo local del Colegio Nacional. El personal docente se componía de veinte profesores.

ALFONSO BELISARIO CAMPOS es profesor, contador público y perito calígrafo. Las actividades atinentes a sus especialidades no fueron óbice para que dedicase también sus esfuerzos al periodismo. Oriundo de la Asunción, nació en el año 1881. Desempeñó la dirección general de estadística, la dirección general de aduana y fue profesor de contabilidad, geografía y correspondencia mercantil en la escuela anteriormente citada, en la Escuela Militar y en el Curso de Secretariado, anexo a la Escuela Normal de Profesores. Fue, como dijimos, fundador, propietario y director de la "Escuela de Comercio Jorge López Moreira", institución que, después de veinticinco años de actividad privada, fue nacionalizada. Los trabajos periodísticos de Alfonso B. Campos vieron la luz pública en periódicos paraguayos y extranjeros y, especialmente, en la Revista del Colegio de Contadores.

No puede olvidarse, al hablar del tiempo comprendido entre el año de fundación de los partidos políticos tradicionales y 1900, la evolución del género oratorio en el Paraguay.
Tanto como el periodismo, cuyo desarrollo fue notorio y no escaso de brillo, la oratoria tomó vuelos insospechados. Tres escenarios han de contarse: el Tribunal de Jurados, el Parlamento y las asambleas populares.
El ejercicio de la defensa pública constituía un espectáculo apasionante. El añoso salón de la calle Palma, lleno de recuerdos de un pretérito de elegancia, fastuoso en otrora, cuando servía de espléndido y lujoso marco a las fiestas del "Club Nacional", convertido en la casa de la justicia, era estrecho para el numeroso público que concurría a escuchar la lidia forense. Sentado el reo entre dos gendarmes, frente a la mesa del presidente, tenía a su izquierda al acusador fiscal, y, a su derecha, al defensor. Los jurados ocupaban sendas bancas a la diestra y siniestra de la presidencia. El acto comenzaba con la lectura del proceso. Después hablaba el fiscal. Vestido de impecable jacquet, cuello y pechera almidonados, barba cuidada, al estilo de la época, comenzaba su acusación en tono airado y rotundo. Eran los tiempos de Pablo Francou y Benigno Riquelme.
Después hablaba el querellante particular, si lo había. Éste traía en su discurso el eco del dolor de las víctimas o la pasión partidaria, que era ardiente. Acusaba al "liberal", opositor, que, en "trenza", mató a un "colorado", gubernista, en un baile de arrabal, o en justa varonil, mano a mano, lo llevó al otro mundo en la punta de su facón. La causa del delito era, casi siempre, el amor de una mujer o el pañuelo azul o rojo, insignia de sus respectivos partidos, o la disputa por una polca, que era himno de guerra de las entidades ciudadanas a que pertenecían. Después del querellante hablaba el defensor. Su exposición debía ser un canto a la justicia y a la libertad. Esto entusiasmaba. Así llegaron al alma de las multitudes Víctor M. Soler, Pedro Pablo Caballero – el famoso "Caballerito" –, Cecilio Báez, Alejandro Audibert, Juan Francisco Pérez Acosta, Amancio Insaurralde y Adolfo R. Soler.
El Parlamento, más que el Tribunal de Jurados, atraía la atención pública. Desde el período en que ingresaron al recinto de las leyes las representaciones minoritarias del liberalismo, el Congreso Nacional fue teatro de constantes y magníficos torneos oratorios.
La bancada colorada poseía tribunos de levantado vuelo. Manuel Domínguez, Arsenio López Decoud, Antonio Sosa eran jóvenes brillantes, de innegable talento, de ilustración reconocida. Frente a ellos alzábase la bancada liberal. Pocos en números eran sus componentes. Pero eran cultos, valientes y tenaces. Cecilio Báez, Adolfo R. Soler, Alejandro Audibert, Antonio Taboada, Ildefonso Benegas, Emiliano González Navero, Pedro P. Caballero y Amancio Insaurralde son de esta época. La discusión suscitada, en 1896, como consecuencia de una acusación contra el canciller José Segundo Decoud, constituye una de las páginas más bellas y ardorosas de la antigua vida parlamentaria en el Paraguay.
Las asambleas populares eran otro terreno fecundo de oratoria. En ellas formaron su verba Antonio Taboada, Avelino Garcete y Fernando Antolín Carreras. La oratoria popular tenía la particularidad de ser bilingüe. Se hablaba, indistintamente, en castellano y en guaraní, y, casi siempre, se hacía una mezcla rara, ingeniosa y llena de gracia, con ambas lenguas, tan dúctiles ambas y tan elocuentes. Así creció el género sonoro y sugerente en tierras del Paraguay, en la última década del siglo XIX.

AMANCIO INSAURRALDE nació en Villarica, en el año 1862. Como todo guaireño de los tiempos idos, era un romántico del civismo. Educado en el Colegio de "El Salvador", de Buenos Aires, y en la Facultad de Derecho de la misma ciudad, regresó al Paraguay en 1887, cuando las luchas democráticas comenzaban a hacerse apasionadas y resonantes. En aquel tiempo escribía versos. Ocupó un puesto en la prensa de combate. Su palabra, castiza y galana, se hizo escuchar en las asambleas populares. En la banca parlamentaria, después de 1895, descolló su personalidad joven, culta y llena de idealismos. La división del Partido Liberal llevóle al grupo "cívico", al lado de Adolfo R. Soler, Pedro P. Caballero, Antonio Taboada, Fabio Queirolo, Manuel Benítez y otros. Actuó con entusiasmo en la revolución de 1904. Después de este acontecimiento siguió colaborando con los gobiernos liberales hasta 1908. A consecuencia de la subversión militar del 2 de julio de ese año acompañó a sus amigos en el destierro.
En la magistratura judicial, Amancio Insaurralde desempeñó también elevadas funciones. Fue fiscal del crimen, juez de sentencia, presidente del Tribunal de Jurados.
Después de varios años de actuar en la oposición, volvió nuevamente al gobierno, en 1924. Ocupó una banca parlamentaria, y, después, retornó a la magistratura judicial. Su pluma de periodista no estuvo ociosa en los días dramáticos de la guerra del Chaco, y su palabra, siempre fluida, puesta al servicio de ideales humanistas, resonó, como antes donosa, bajo los cielos de la República.
.
Fuente: HISTORIA DE LAS LETRAS PARAGUAYAS – TOMO I
CARLOS R. CENTURIÓN
ÉPOCA PRECURSORA y ÉPOCA DE FORMACION
EDITORIAL AYACUCHO
BUENOS AIRES-ARGENTINA (1947)
Fuente:
BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY (BVP)
EDICIÓN DIGITAL (
IR AL INDICE )
.
Visite la GALERÍA DE LETRAS
del PORTALGUARANI.COM
Amplio resumen de autores y obras
de la Literatura Paraguaya.
Poesía, Novela, Cuento, Ensayo, Teatro y mucho más.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada