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martes, 13 de abril de 2010

AUGUSTO CASOLA - EL VIENTO DE LA CORDILLERA / Fuente: NARRATIVA PARAGUAYA (1980 - 1990) Autores: MARIA ELENA VILLAGRA y GUIDO RODRIGUEZ ALCALA.


CUENTO de
AUGUSTO CASOLA
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
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EL VIENTO DE LA CORDILLERA
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Cuando sopla el viento norte bajando por la falda de la cordillera del Amambay, su aliento -denso y bochornoso en cualquier otro sitio de la geografía del país- se hace frío y picante de un modo especial.
Al sentirlo, la primera vez, uno queda desconcertado y se pregunta si será alisio o acaso del sur, aunque más bien se podría presumir que viene del oeste para rendirse a la evidencia final de que no puede ser sino viento norte, pues conserva la alienante tozudez de su temperamento, apenas disfrazada con el hálito helado que le roba a la cordillera al rozarla, y lo conserva por algún tiempo, en su camino hacia el sur.
Bernardita se envolvió más estrechamente en el rebozo que le protegía los hombros y la espalda y miró hacia donde Ysoindy había encendido la fogata para pasar la noche.
La india daba de mamar al niño, rubio y brillante al resplandor de las llamas cuyas lenguas crepitaban en lucha contra la cada vez más nutrida oscuridad de la selva.
Bernardita le sonrió por hábito sin esperar respuesta, al encontrarse sus miradas, porque jamás se alteraban los rasgos hieráticos de la india.
Antonio jugaba, curioseando por los alrededores, pero sin internarse en la noche que, como siempre, se abatió de golpe, transformando la selva y al paisaje serrano en una mole compacta y dura, embriagada de ruidos equívocos y susurros extraños que se repetían en un monótono ir y venir en la enmarañada vegetación circundante.
En un extremo de la claridad creada por la hoguera, la carreta en que viajaban parecía dormir junto al buey que la tiraba desde el comienzo de esa fuga infinita.
Ysoindy se unió a Bernardita y a su hijo Antonio unas dos semanas atrás y, juntos, los tres siguieron adelante, profanando la selva sin senderos, sumidos en la desamparada soledad del miedo.
Hablaban poco, lo indispensable para comunicarse. El resto del tiempo cada uno se mantenía en su isla rodeada del océano propio de brumas y recuerdos o de olvido lo que les confería un aspecto patético de monigotes de mirada atónita.
Los últimos seres vivos que vieron eran los hombres de una columna que se movía hacia el sur. De sus cuerpos, sucios y desnutridos, colgaban correosos tendones de tela que alguna vez lucieron como orgullosos uniformes de soldado. En sus ojos hundidos brillaba el destello inmanifiesto del terror.
Cuando ya casi terminaron de pasar frente al escondrijo que eligieron las mujeres, por temor a sufrir el arrebato desquiciado que el guerrero suele tener hacia la hembra, Bernardita tomó ánimos y corrió para alcanzar a los fantasmas, que posaron sus miradas sobre ella como si fuera un complemento del paisaje agobiado de sol.
Corrió sosteniendo con las manos la falda desflecada de su vestido y al alcanzar al último de la columna y sacudirlo en demanda de información, sólo obtuvo por respuesta una mirada turbia, henchida de indecible desconsuelo.
Bernardita sintió en la nuca los ojos fijos y sin expresión de Ysoindy, con su niño blanco colgado a la espalda en el cesto indio del cual nunca se desprendía y los ojos muy abiertos y asombrados de su hijo, queriendo saber más de ese extraño mundo.
Pero el único contacto con la realidad eran esos esqueletos harapientos y olvidados, era la breve polvareda roja levantada por sus pies descalzos al arrastrarlos sobre la arena del surco que abrían al caminar.
El niño alcanzó a la india un trozo de carne que Ysoindy atravesó con la estaca de tacuara que hacía de asador y la clavó en el suelo, cerca del fuego.
Acomodó al niño rubio a unos metros de la fogata, hasta donde le alcanzaba el calor sin peligro de la salpicadura de las pavesas encendidas que cada tanto esparcía el viento.
-Tiene olor a india- pensó Antonio la primera vez que olfateó en Ysoindy ese olor rancio que despedía la mujer, mezcla de humo de raja y catinga, adherido a su ropa como parte de su personalidad – a india puerca- se dijo para enseguida sentirse avergonzado.
Para Antonio, la huida incesante era una aventura y sólo el cansancio lo abatía al final de cada jornada.
Aun la tristeza de los pueblos arrasados y los cadáveres, que en ocasiones se mostraban con una insolencia obscena a su madre y a él (ella apartaba la vista y era agitada por arcadas a causa del olor putrefacto que emitían los cuerpos de hombres y animales), eran motivo de nuevas emociones y despertaban en él una curiosidad atenta y concentrada ajena de temor o de repugnancia.
Observaba todo con ojos cándidos, absortos, maliciosos, sin detenerse a considerar las sensaciones que le sacudían. Estaba allí como espectador involuntario del universo caótico en que se transformó la anterior placidez de su infancia y cuya memoria se hundía, de a poco, en la intrincada nebulosa de un sueño del pasado que presentía como algo que una vez fue realidad, en especial cuando su madre le hablaba de cosas que él o desconocía o ya había olvidado.
El mundo de Antonio estaba formado por esa carreta de ejes chirriantes, la cantimplora, la ropa sucia, el toldo de harapos, los pocos animales que podían cazar con la hondita, las trampas que preparaba su madre cada noche, las frutas silvestres que muchas veces constituían todo su alimento durante días, el niño rubio, casi transparente de tan blanco que era e Ysoindy.
Pero el hambre se aplacaba y la miseria, a su edad; es una compañía apenas molesta.
A ella sí, a su madre la notaba extraña desde que salieron de su casa para internarse en la encrucijada de matorrales y bosques misteriosos donde eran torturados por los mosquitos, el miedo y la desesperación.
Antonio observaba el cielo claro o nublado, el amplio campo, los arroyos que de pronto cruzaban el camino sonando a fresco y a risas. Se metía en el agua que le acariciaba el cuerpo limpiándole con ingenua voluptuosidad de la polvareda y haciéndole sentir que esa situación hasta era preferible a la vida anterior, ordenada y discreta en la casa solariega.
Pero él también tuvo miedo una vez, aunque sólo más tarde comprendió que esa emoción que le embargó era de miedo.
Fue cuando vio al hombre, cuando la india lo mató atravesándole la barriga con tina tacuara de punta aguda, cuando vio la cara que puso el hombre y al escuchar su grito (grito de terror animal) y comprender que el hombre moriría pero que aún estaba vivo y se daba cuenta de que pronto iba a morir sin poder sacar el palo que tenía metido en el cuerpo y al que se enroscaron, como culebras, unos hilillos de sangre salpicados de pequeños trozos de carne que le salían de adentro.
Entonces tuvo miedo, tanto miedo que se le apretó el estómago mirando el cuerpo caído en el suelo y que seguía retorciéndose sin hacer ruido hasta que por último quedó inmóvil y con los ojos abiertos, como de los cientos de muertos del camino.
Sólo que esos otros eran muertos muertos y éste un hombre vivo que, ante sus ojos, pasó a ser un muerto.
La columna seguía avanzando, ajena a la mujer que les forzaba a volver el rostro hacia el suyo sin conseguir sacar respuestas de esas bocas herméticas, algunas selladas con la barba espesa de muchos días, otras, con la pelusilla incipiente de la pubertad.
Casi al alcanzar la cabecera de la fila, uno de los hombres pareció notar su presencia y tras un enorme esfuerzo de concentración para buscar la olvidada articulación de las palabras, dijo:
-López se murió. Ya no hay ni la patria ni nada. Ya no hay más nada y siguió como si nunca hubiera existido esa mujer de la vera del camino que osó asomarse al portal de las sombras, de los vencidos, de los muertos.
La ciudad se convirtió en un recuerdo pastoso, un sueño reiterativo que afloraba a la memoria de Bernardita como esos cohetes que se encienden y escapan de las girándulas de feria. Fuegos de artificio que existieron en ese mundo de fiestas y alegrías, de bailes distinguidos para las más distinguidas señoritas que los frecuentaban. Salones espaciosos y brillantes de donde nunca hubiera creído ser apartada con el brusco empellón que la echó a rodar por la pendiente de ese abismo sin destino.
Como todas las tardes, el calor cedió paso a los mosquitos y a la leve brisa que trasladaba de un lado a otro el espeso y abotagante eructo de la siesta.
Ysoindy se sentó como al descuido en la dura silla de madera y la recostó contra la pared del rancho. Encendió uno de los cigarros poguazú que ella misma preparaba, levantó la falda sobre las pantorrillas y se mantuvo inmóvil, mirando hacia donde la noche ya se hizo espesa y silenciosa de una manera especial, saturada de trinos de pájaros y chillidos de monos y el silencio quebrado cada tanto por el gran silencio que se adueñaba de todo e imponía su poder.
La última casa del pueblo quedaba separada de la de Ysoindy por un gallinero donde las pocas gallinas que había prestaban escaso servicio al gallo envejecido que mucho atrás se hubiera convertido en comida si no fuera por la falta de otro más joven en el corral de las aves.
Como todas las noches, tras haber acostado al niño en la rústica hamaca, protegida contra los mosquitos y otros bichos con una tela sucia y liviana, se acercó a la hornalla donde cocinaba y donde aún sobraban algunos carbones encendidos a los que sopló para reavivarlos, primero con la boca y después con un manojo de yuyos resecos atados a modo de pantalla hasta que el fuego despertó en brasas sin llama.
Entonces Ysoindy arrojó sobre ellas unas ramas y hojas que al quemarse inundaron el aire del rancho con un aroma fresco, aromático y dulzón.
Miró hacia el fondo donde dormía el niño y sintió cómo le cruzaba por el pecho un cosquilleo íntimo que casi le inclinaba a la sonrisa. Echó hacia atrás el pelo enmarañado y grasiento y se sentó sobre el piso de tierra apisonada, sostenida por medios troncos de palma tomados entre sí por gruesos alambres oxidados de tiempo y que servían de zócalo.
Las sombras reflejadas en las paredes del interior le integraron a la placidez de la noche y ella misma se sintió poseída de una tranquila quietud originada en la fresca brisa que comenzó a soplar.
Separó los muslos, como era su costumbre al estar sentada casi en cuclillas y dejó a su mente sumergirse en la oscuridad, flotando en el apacible temblor de sonidos lejanos, cortado a veces, por un inesperado gemido proveniente, pensaba ella, de las almas irredentas tan abundantes en la selva.
Esperaba la llegada del primer hombre. Conocía a todos los del pueblo y no tardarían en venir.
-¡Asunción! suspiró Bernardita- ¡Asunción!
La palabra retumbó en la caverna de su memoria y cerró los ojos para retroceder kilómetros de amargura y sufrimientos. Cruzó sin cuidarse de los matorrales espesos que le chicoteaban el cuerpo, saltó sobre los cadáveres tendidos al azar en posturas grotescas, corrió sin detenerse a escuchar el lamento de los moribundos que clamaban por agua o la piedad de una muerte menos esquiva a la que veían acercarse, oculta en el lento chorrear de sus tripas saltadas por la bayoneta o la metralla.
Voló impávida sobre campos envueltos en olor a pólvora y saturados del griterío estentóreo de los combatientes que mataban y morían alternándose en los avatares de ese juego despiadado.
Apartó los ojos para no ver la mirada de desamparo de mujeres y niños que marchaban en hileras ondulantes sin saber a dónde dirigirse, y, borrando con un rápido cabeceo cinco años de devastación, se encontró de nuevo sentada en el amplio corredor de su casa, en su sillón de mimbre, contemplando al agitado juguetear de las hojas de los crotos de las planteras patonas del corredor.
De la galería se llegaba al patio de los rosales bajando cinco amplios escalones de mármol integrados al paseo de piedra loza bordeado de brillantes rosas que conferían un aire alegre y señorial al amplio patio de la casa quinta donde residía la familia.
De adentro de la casa llegaban los sonidos casuales de la tarde, producidos por el trajinar de las criadas preparando la mesa para la merienda. Su marido estaría en el escritorio, como acostumbraba a encerrarse los últimos meses, con versando con dos o tres señores acerca de la situación política y de las relaciones del país con sus vecinos que se mostraban, hasta donde ella alcanzaba a comprender, cada vez más amenazantes por la intransigencia de sus posiciones.
-Cosas de hombres- pensó Bernardita y sonrió al ver a su hijo de ocho años acercarse sudoroso, saliendo de uno de los extremos del patio, del lado del mangal Ya tendríamos que preocuparnos más de la educación de Antonio-dijo para sí que de lo que piense hacer el Gobierno con los porteños.
El niño gimió en sueños. Ysoindy, que estaba en cuclillas frente al fuego, se levantó y fue hasta donde había acostado a la criatura.
Después de la lluvia, que no cesó en cuatro días, el ánimo de Bernardita pasó de la resignación (que decidiera adoptar como norma de conducta desde que subieron a la carreta en busca de un horizonte desconocido, lejano y sin esperanzas), a la más furibunda ira, cuya conclusión fue el estremecimiento de su garganta retumbando en el bosque, a la vez que se arrojaba de bruces sobre el barro rojo del suelo, hundiendo el rostro en esa tierra cruel de la cual levantaba rítmicamente las facciones desencajadas para elevar los ojos al cielo encapotado y hostil, que no era el de su infancia risueña ni el de su adolescencia feliz que albergaba a un Dios cariñoso y gentil.
Todo sucumbió de un solo golpe cuando se encontró subordinada a la carreta, con el niño semidormido que miraba sin comprender y asustado de ese ir y venir en la casa, dentro de cuyas habitaciones trajinaban sombras inquietas y escurridizas que sostenían en sus manos candelabros, cirios y lámparas, yendo de un lado a otro, hablando lo imprescindible, con el sigilo-lo supo Antonio-propio de espíritus del purgatorio.
El cielo continuaba gris y de las hojas de los árboles caían gotas que tras resbalar sobre ellas acababan saltando a los charcos del suelo para perderse en breves ondulaciones. Un coro de ranas se mofó del grito agónico que un instante cortó la atmósfera mágica al desgarrarse el velo que cubría la desesperación de la mujer.
-El mundo es de las ranas- pensó y quiso echarse a reír, pero se contuvo. Atrajo hacia sí al niño, que no opuso resistencia. Pronto va a dejar de llover le dijo y se abrazó a él.
La hilera se perdió a lo lejos.
Ya no tenía sentido buscar en el pasado la razón o la locura que movió a un hombre a arrojar al holocausto a todo un pueblo. Ya vendrían generaciones a ensalzar o denigrar su nombre. Ya vendrían eruditos historiadores y advenedizos aventureros a justificar sus crímenes o a avergonzar su heroísmo, su muerte honrosa, su caída grotesca, su valor imbatible, su cobarde huida, su cuerpo atravesado por una estaca, el último cadáver que exigía la vergüenza: el cadáver del héroe, del megalómano, del mártir, del monstruo.
El llanto de la india sonó como el crujido del alma al separarse del cuerpo camino a la eternidad. Sonó áspero y sin lágrimas, igual al de un animal herido que sucumbe sobre el polvo infame del camino sin prorrumpir el grito que le atraviesa las entrañas con el dolor inenarrable de su impotencia.
Volvió la vista.
El rancho que le servía de hogar y burdel era un mar de fuego y escombros. Fue tan rápido todo que ni tuvo tiempo de rescatar a su hijo.
El pueblo se convirtió en un infierno cruzado de lado a lado por el aullido lastimero de hombres, mujeres y niños que corrían por las calles sin saber qué hacer.
La placidez de la madrugada se estremeció con el golpear de cascos contra el suelo duro y agrietado por la sequía. De pronto todo fue confusión y muerte. La mesnada arrasó el poblado sin bajar de sus monturas. Le bastó arrojar sobre los techos de paja las antorchas encendidas que traían en las manos. El resto fue sencillo: a quienes salían a la calle los ensartaban con sus lanzas si estaban cerca o los bajaban de un disparo, en caso contrario, riendo sin cesar y tratando de apoderarse de las mujeres que huían sin poder defenderse. Tres o cuatro de ellas fueron izadas a los caballos y desaparecieron, forcejeando por librarse de sus captores que volvieron sobre sus pasos, confundidos en la indecisa claridad del amanecer.
Al caer la tarde quedaban ruinas humeantes y cenizas, trozos de madera quemada y algunos muertos sin enterrar. Los gritos alucinados del día se acallaron hasta convertirse en el casi inaudible susurro de la desesperación. Los vivos se encargaron de enterrar a los muertos y de levantar precarias casuchas utilizando palos, trapos, ropas y lo poco de paja que se salvó del fuego. Ysoindy salió de su modorra obtusa al escuchar a su lado el llanto de un niño blanco, casi albino, envuelto en un lío de trapos de donde salía el chillido exigente. Sintió que le dolían los pechos de tanta leche que se había acumulado en ellos. Alzó al niño y le acercó a las tetas rebosantes de las que se prendió la pequeña boca con un hambre goloso y voraz.
La india supo que ya no tenía lugar en ese sitio. Cargó a sus espaldas al niño dormido luego de mamar- y se internó en la selva antes que la noche volviera a posesionarse del mundo.
La noche iba a caer pronto y el viento norte, frío y sibilante empezaba a descender de la cordillera trayendo el rumor de extraños presagios recogidos a lo largo y lo ancho de su falda.
De improviso, el sol, casi hundido en el horizonte, se abrió paso entre las nubes y, al herirlas, las hizo sucumbir en silenciosa explosión de matices cambiantes de rojo y violeta cuyas tonalidades intensas se diluían aguadas al acercarse a los árboles que bordeaban el dosel todavía plomizo del cielo.
Bernardita buscó un lugar protegido para encender el fuego, lo que requirió de ella no poco esfuerzo pues casi todo a su alrededor estaba empapado del agua de tantos días.
Hurgó en la carreta donde encontró algunos tablones secos a los que con ayuda de Antonio transformó en leña.
Bernardita se aprestaba adormir el niño ya lo hacía-cuando le pareció escuchar el chasquido de una rama al quebrarse. Se sentó sobre la manta que había extendido en el suelo y trató de distinguir algo más entre el cri-cri de los grillos, el desafinado concierto de las ranas y el susurro de la hojarasca al acariciarse con el paso del viento. Se volvió a acostar.
Sólo entonces percibió espantada la respiración espesa que acompañaba al cuerpo que se le derrumbó encima. Una mano le cubrió la boca y otra, deslizándose desde sus rodillas hacia arriba, entre los muslos, trató de levantarle la falda. Era una mano áspera, callosa y fuerte que la obligó a separar las piernas. Bernardita hizo un esfuerzo y empujó al hombre apartando de sí ese cuerpo sudado y resbaladizo que la oprimía contra el suelo. Al sentir la boca libre, la mujer lanzó un alarido de asco y furor y pudo ver al trasluz del fuego que el asaltante se desprendía el pantalón bajo el cual estaba desnudo.
Volvió a arrojarse sobre Bernardita. La golpeó en el rostro tumbándola en posición supina, semi inconsciente. De un violento tirón le desgarró la ropa interior y sin prisa, consciente de la superioridad alcanzada, se arrodilló entre las piernas de la mujer que, al intentar una nueva resistencia, recibió en la nariz otro violento golpe que la tumbó ensangrentada.
Sin comprender lo que ocurría, oyó el crujido de ramas al quebrarse en ágil sucesión y una sombra, precedida del olor penetrante a animal selvático, saltó al centro de la semipenumbra del fuego.
Bernardita recibió en el pecho el vómito de sangre caliente que escapó de la boca de su agresor. Lo oyó boquear y vio que se levantaba tambaleante. Giró sobre sí con los ojos desorbitados y la boca desmesuradamente abierta dando paso al alarido de muerte que se le apretaba en el pecho, antes de caer, retorciéndose de dolor a los pies de la mujer que lo atravesó de lado a lado con una gruesa estaca de tacuara transformada en lanza.
Bernardita se cubrió lo mejor que pudo e intentó levantarse pero ya la mujer estaba a su lado humedeciéndole el rostro magullado con un trapo húmedo. Observó que era india y llevaba colgado en un cesto, a la espalda, a una criatura rubia, casi transparente, que mantenía los ojos rojos mirando a su alrededor con curiosidad.
Antonio se acercó a su madre llorando con desconsuelo y ella lo abrazó. Quiso estrechar también a su salvadora pero ésta se apartó con brusquedad. Yo soy Ysoindy, india puta. Me puede llevar por tu carreta si queré. Al amanecer, el sol alumbró la vastedad infinita de matices verdes de la vegetación, cruzada por franjas de tierra roja que, aquí y allá, contrastaban con el espeso resplandor del follaje y el colorido aletear de mariposas.
Desde el fondo del paisaje, la cordillera emitía su aliento frío que, bajando hacia las profundidades de la selva, iba a chocar contra el grupo que descendía una cuesta hacia el valle. La carreta semejaba un raro animal flecudo y chirriante en busca de su querencia.
En el interior, sus huéspedes mantenían un silencio obstinado y sin regocijo al descubrir que otro día estaba comenzando. Y no les prometía nada, era igual a los superados y a los por venir, como si un titiritero abriera y cerrada el telón del escenario donde los monigotes representaban siempre la misma farsa: huir, caminar, ir sin objeto de la noche al día y otra vez a la noche, afanados sólo en aplacar el hambre y la sed, logrando olvidar el miedo sólo cuando el sueño cernía sobre ellos su manto de piedad.
Bernardita se abrigó mejor con el rebozo que la protegía y miró hacia Antonio que echó a correr pendiente abajo siguiendo el sinuoso trazado de huellas marcadas profundamente en la tierra, como si por ese mismo sendero hubieran pasado recientemente otras carretas.
-A lo mejor llega a algún lado- pensó Bernardita y el olvidado gesto de una sonrisa asomó a sus labios.
El niño saltaba de una a otra huella, gritando con alegría.
Ysoindy conducía el buey, a pie, haciendo que la carreta avanzara con quejumbrosa lentitud. A lo lejos, de entre las ramas de los árboles ocultas por la densa hojarasca, llegaba hasta ellos el continuo trinar de las aves y algunos estridentes silbidos de cigarra que rompían con sobresalto la pesada transparencia del silencio de alrededor.
Bernardita miró a la india, que colgaba de su espalda al niño rubio y la bolsa con sus pertenencias sujeta a la frente con un correaje lo que le permitía mantener las manos libres, en una de las cuales sostenía la lanza que ahora hacía de cayado.
Habían hablado muy poco desde que comenzaron a viajar juntas, sólo lo imprescindible, pero Bernardita sentía que entre ellas iba creciendo un afecto mudo brotando de las circunstancias y el dolor que, seguramente, también latía detrás de esos ojos impávidos, haciéndole sangrar heridas a las que jamás la india permitiría abrirse paso al exterior.
El viento de la cordillera se anunciaba intenso y bochornoso, agrediendo con ese silbido frío y punzante con que mimetiza su execrable condición de viento norte.
Ana Inés prestó poca atención a la última fotografía, muy desteñida, del viejo álbum. La conocía. Representaba a una pareja y debajo tenía una inscripción hecha a tinta que se podía leer todavía forzando un poco la vista: Carlos y Bernardita, 1868.
Afuera hacía calor y el viento norte levantaba tirabuzones de arena y ramitas secas. Sobre las cumbres más altas de la cordillera corrían algunas nubes, espesas, amenazando lluvia.
Volvió a mirar la vieja foto, considerando su parecido con la mujer que la observaba desde la cartulina. Los parientes le solían hacer bromas diciendo que en ella se había reencarnado la tatarabuela residenta.
Sonrió consigo misma y cerró el álbum.
Autores: MARIA ELENA VILLAGRA y
GUIDO RODRIGUEZ ALCALA.
EDITORIAL DON BOSCO,
PEN CLUB DEL PARAGUAY.
Asunción – Paraguay, 1992 (150 páginas).
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