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sábado, 24 de abril de 2010

LUIS MARÍA MARTÍNEZ - POESÍA SOCIAL EN PARAGUAY: 1900 - 1980 / Fuente: EL TRINO SOTERRADO – TOMO I. Por LUIS MARÍA MARTÍNEZ


POESÍA SOCIAL EN PARAGUAY: 1900 - 1980
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
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RAFAEL BARRETT. LACUESTIÓN SOCIAL. EL DOCTRINERO
Paulatinamente el movimiento gremial iba saliendo del embrionario sindicalismo de «pan llevar». Y ello fundamentalmente por las experiencias recogidas en el trajín de sus reclamaciones. En pocos años se producen 17 movimientos huelguísticos de menor o mayor importancia. La influencia de trabajadores extranjeros, especialmente españoles, con experiencia en estas lides, era de gran significación. En 1906 se gesta la primera central obrera: la Federación Obrera Regional Paraguaya. Su periódico Despertar cumple un papel concientizador, al plantear como de capital importancia «La cuestión social», negada sistemáticamente por quienes tenían acceso a los órganos de prensa de la capital.
Por entonces arriba al Paraguay de España el entrañable Rafael Barrett (1874-1910), que bien pronto se constituye en el intérprete de las aspiraciones de la todavía endeble masa de trabajadores. Venía imbuido de las ideas del anarquismo y de un irreductible espíritu de justicia. Su fervorosa pluma no ceja en la denuncia. Cumpliendo aquellos que pedía Tolstoi: «escribe de tu aldea y serás universal», Barrett atestigua lo que ve y lo que siente, perennizándose de esa manera. Páginas admirables ofrece diariamente a las fauces voraces del periodismo, que sus herederos en materia y espíritu lo recogerán con afecto para conformar los admirables volúmenes de sus escritos, integrados por sus siempre lozanas «Moralidades Actuales», «El Dolor Paraguayo», «Los que son los Yerbales», etc.
Pocos años permanece en nuestro medio, y no obstante, por haber cavado hondo, por haber vivido consubstanciado con nuestro pueblo, Barrett permanece y es eterno. La cultura paraguaya le adeuda aún el monumento que bien se merece por su no despreciable contribución a su desarrollo. Su influencia, por lo demás, se prolonga hasta nuestros días. Incontables escritores de nuestro medio aún abrevan en la límpida fuente de su robusto pensamiento. Por su vigencia, los mustios celadores que embarazan al pueblo lo detestan. Por algo él mismo había señalado que la inteligencia que no se presta a las genuflexiones del poder o del oro es considerada por sus tales servidores como de peligrosa rebeldía.
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ÁNGEL I. GONZÁLEZ, PRIMER POETA SOCIAL
Es cronológicamente Ángel I. González (1878-1929) el primer poeta social de nuestro país.
Desde muy joven, nos refiere Carlos R. Centurión, en revistas y diarios combatía virilmente las imperfectas instituciones sociales y políticas del país. «Sus insurgencias le valieron», dice, «persecuciones y destierros, angustias y amarguras». Docente y político, los agitados años de su vida los tuvo que ubicar muchas veces en encontradas posiciones. Mas dejó muestras de su innegable talento poético en admirables versos, como los que configuran sus poemas «Fatídicas», «A Jesús crucificado», «A Dios», tan fulgurantes y válidos hasta para hoy día. Amalgamaba en sus versos un odio viril a todas las formas de despotismo con un caro amor a la libertad y un anticlericalismo intransigente, que le venía seguramente por influencia del pensamiento anarquista, gravitante por aquellos años.
La aparición de Ángel I. González fue un fenómeno casi aislado en nuestro medio, si se considera que la mayoría de los poetas mostraban preocupación por otro género de temas. Su mérito se realza aún más si se estima que nuestra poética social estará huérfana de representantes durante varias décadas. Por eso la sonora advertencia de este poeta quedará flotando cual bandera de orfandad en el ambiente ciudadano por cierto tiempo: -30-

«... Caen las testas,
las testas coronadas que, de arriba,
no ven el llanto que derrama el pueblo
ni oyen los gritos del dolor humano».

Sólo muchos años después se escucharán voces de parecido tono, aisladamente, en poetas como Leopoldo Ramos Giménez (1896) y Gomes Freire Esteves (1886-1970), en cuyo estro suena por primera vez una palabra inusitada para nuestro medio: «socialismo».

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LA INTELECTUALIDAD, ELEVADORA DEL ESPÍRITU NACIONAL
Por aquellos años adviene a la vida del país, desde la bulliciosa casona del Colegio Nacional, una pléyade de intelectuales, la más monolítica en la cultura paraguaya, que contribuye en una labor indudablemente necesaria a elevar el espíritu y el ideal nacionales.
El lastimoso estado en que quedó postrada la nación en cuerpo y espíritu, luego de la exterminadora guerra provocada por la Triple Alianza, urgía perentoriamente en su realización.
Ora en el culto de los héroes vilipendiados y principales actores de la resistencia patria, como en Juan E. O’Leary (1879-1969) e Ignacio Alberto Pane (1880-1920), ora en la investigación de su pasado histórico, como en Blas Garay (1873-1899 ), Fulgencio R. Moreno (1872-1933), bien en el elogio superlativo de los atributos de la raza guaraní, como en Manuel Domínguez (1869-1939), bien en el descubrimiento de su geografía, en el recuento de sus riquezas y posibilidades subyacentes en su naturaleza y en el amor a la civilización guaraní desaparecida, como en Moisés Santiago Bertoni (1857-1927), labor proseguida en importante medida por Ovidio Rebaudi (1860-1931) y Teodoro Rojas (1877-1954). Bertoni dio de paso una sabia orientación en materia de investigación histórica: «no reducir la verdadera historia a la historia de los gobernantes...», «árida cronología de sucesos palaciegos y militares...», que bien vale hasta nuestros días. Sea, prosigamos, en el afán de dotar a la intelectualidad incipiente y al pensamiento nacional de un cuerpo doctrinario con apoyaturas científicas, como en Cecilio Báez (1862-1947), afán -31- en el que también se embarcó Natalicio González (1897-1966) desde la atalaya de un rígido nacionalismo o de un autoctonismo resurrecto.
Los poetas que traditaron en mayor medida los ideales de elevación del espíritu nacional y de amor a todo lo nuestro fueron en tales días indudablemente Enrique D. Parodi (1857-1917) y Eloy Fariña Núñez (1885-1929). Señalemos igualmente que entre los primeramente nombrados, como O’Leary y Pane, también alternaron en versos su caro amor a la patria y a sus tradiciones, tal como lo hiciera a la vez Alejandro Guanes (1872-1925) en el donaire aleteante de su hermoso poema «Las leyendas».
Es que pocas veces como entonces en la vida nacional se dará esta feliz circunstancia: la coincidencia de la mayor parte de las capas de la población en la aspiración de reconstruir la patria, en la creencia de que de su consolidación y progreso podrían devenir el progreso y el bienestar de toda la nación. Nunca como en otras veces, y por cierto y prolongado tiempo, el ideal del resurgimiento nacional habrá de opacar las demás contradicciones subyacentes en el cuerpo social, napa irrepetible sobre la cual habrá de erigirse el himno patriótico y democrático del «Canto secular» de Fariña Núñez.
Un fenómeno digno de ser tenido en cuenta es por lo demás la jerarquización del guaraní para el lenguaje poético, alentando el amor al idioma de la raza, en poetas tan meritorios como Marcelino Pérez Martínez (1881-1915), Héctor L. Barrios (1875-1947), Narciso R. Colmán (1880-1954), Rosicrán, rescatándolo del desprecio a que había sido arrojado tras los tristes avatares de 1870.
Entretanto, Agustín Barrios (1885-1944), Mangoré, atrapará en el contorno reducido pero universal de la guitarra la melodía y el abejeo de sus vastas planicies misioneras, que los desparramaría victoriosos hasta la hora de su reposo definitivo en tierra centroamericana...
La gran debacle económica que estalla en 1929 en los principales centros financieros y de poder del mundo, que afecta a las más olvidadas regiones, mutaría definitivamente el antiguo orden de cosas, y con los ecos de los aprestos bélicos que poco después sobreviene y afecta al país, mataría para siempre el bello cisne del lirismo doméstico y patriótico, tan caro a nuestros antecesores. -
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PERÍODO ANTERIOR A LA GUERRA DEL CHACO
Pese a ser un período agitadísimo en la vida política nacional, guerrear incesante de sus facciones políticas, las organizaciones gremiales prosiguieron subsistiendo y se fortalecen relativamente. Los trabajadores de la ciudad y del campo vincularon de tanto en tanto sus objetivos de luchas. Las inquietudes de carácter político se hacen visibles por entonces en sus filas. Se crea la primera central unitaria de los mismos. Ideas nuevas agitan el ambiente. Las masas desposeídas, y hasta ayer dormidas, venían a ser un factor «de transformación de las viejas tradiciones partidistas», al decir de Gomes Freire Esteves.
Se fortalecen los ideales nacionales en poetas tales como Guillermo Molinas Rolón (1892-1946) y Manuel Ortiz Guerrero (1894-1933). Este último habrá de contribuir juntamente con su creador, José Asunción Flores (1904-1972), a popularizar el musicalizado espíritu nacional: la guarania, cuyas lentas y cadenciosas notas venían a reflejar los más escondidos entresijos del alma paraguaya, zurcida a las urdimbres telúricas y ancestrales más profundas.
Este fenómeno importantísimo, que sin ser literario, habrá de dar el envión formidable que la cultura paraguaya toda necesitaba. Es que arribaba dando versión de universalidad al alma auténticamente paraguaya, muda hasta entonces en los oscuros, trágicos meandros de su sensibilidad y de su historia. La literatura sufriría prontamente su impacto, al notarse en ella un afán de acercamiento al alma nacional, vale decir, en paralela tentativa. Y desde entonces el lenguaje poético mutará su carga de endebles idealizaciones por otra de más acentuado realismo y solidez telúrica.

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LA GUERRA DEL CHACO. SURGIMIENTO DE LA NUEVA POESÍA SOCIAL
Los indicios de inestabilidad y cambios en todos los estratos de la sociedad paraguaya eran cada vez más notorios. Las ideas que peregrinaban ya no eran las que habían salido de los solitarios gabinetes, sino de las porfiadas habitaciones y talleres de los que conjugaban el verbo del trabajo. La legión de sus idealistas sería totalmente distinta.
La guerra del Chaco vino a poner una pausa en este proceso de incipiente renovación.
Por entonces geólogos agoreros señalaban el pronto agotamiento de los yacimientos petrolíferos en los Estados Unidos de Norte América. Los grandes capitanes de las industrias no podían permanecer indiferentes ante esta circunstancia. Y lo más comprometedor y trágico: el Chaco paraguayo era señalado como una región potencialmente rica en el inestimable líquido. El desatendido territorio deviene, pues, en ser el escenario donde los grandes imperialismos del petróleo, el norteamericano y el británico, dirimen supremacías sobre tan codiciados mantos bituminosos. Desde la cercana Córdoba (Argentina) el noble demócrata y humanista Deodoro Roca habrá de exclamar: «¡El Chaco sólo puede ser visto con luz de petróleo!».
Y los acontecimientos hacen renacer la poesía social con fuerza inusitada. Es tanta la agitación, con su mar de fondo removido por la guerra, que salta y se anuda a la garganta acrisolada de los poetas. La epopeya bélica, sin quererla, revela a las masas cuánta fuerza dormitaba en sus entrañas.
Y es Julio Correa (1890-1953), anunciador de la poesía social contemporánea, que con lenguaje duro y descarnado hace retornar a la poesía a su prístina nascencia: la estricta claridad de las cosas con sus nombres. Y sin detenerse sólo allí, habrá de llevar al teatro el drama de los preteridos de la tierra, constituyéndose en el padre de nuestro más auténtico teatro.
Desde entonces, su disposición de:

«no cantéis más poetas vuestra vieja canción...» habrá de ser el norte y el inevitable mandamiento hasta el presente para todos los poetas que quieran ir de manos con el pueblo, de cara al porvenir.
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Su no numerosa producción es reunida en un volumen: Cuerpo y alma. Mas deja poemas de sin par belleza y fuerza, como «Parto», «El Río es un gran poeta», «Patria», «Madre», etc.
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Arístides Díaz Peña (1907), poeta fundamental de nuestro parnaso social y cronológicamente su primer representante, ha sido injustamente olvidado por los estudiosos literarios por no haber advenido como tantos otros al maravilloso repertorio del libro, asume solitariamente el rol del aedo que ve con visión exacta los acontecimientos de la guerra. Su obra Esquirlas antibélicas es un testimonio importantísimo de aquellos días. Pero su pluma no se agotará solamente en dicha escribanía. Será además testigo de sucesos históricos relevantes, tales como la guerra civil de 1947 y las décadas que le siguen. Una confirmación al respecto es su libro inédito Acentos en la brega.
Arnaldo Valdovinos (1908) transmitirá también, en su poema «Mutilado del agro», las duras consecuencias de la guerra.
Desde un ángulo distinto, de enfervorización patriótica, verán la contienda bélica poetas populares importantes como Carlos Miguel Giménez (1914-1970), Emiliano R. Fernández (1896-1949), Félix Fernández (1898), Darío Gómez Serrato (1903).
Emiliano apuntaría un poco más alto dándonos esa joya literaria que es «Mboriajhú memby», sabia descripción de la no similar posición de los combatientes, por razones de procedencia social, y Carlos Miguel Giménez con su primoroso canto de hondos deseos democráticos que vibran en los prístinos versos de «Mi patria soñada».
Hugo Rodríguez Alcalá (1917) se inspira también en motivos de la guerra, pero con visión objetiva de combatiente. Lo mismo Dora Bueno Gómez de Acuña en su poema «Son crueles los hombres» y Victor Montórfano (1909-1975) en la clarinada esperanzadora de su «Tetaguá sapucai».
Los años que sobrevienen después de la guerra son de grandes conmociones. Todos los estratos que conforman el medio social paraguayo están alterados. La guerra, como ya dijéramos, había venido a despertar al león dormido y subyacente en las masas populares. Y es entonces que sobreviene la breve experiencia revolucionaria de 1936, ascendiendo a la palestra política el campesinado y la clase media. Los propósitos del movimiento son importantes, pero no logran ir adelante. Su alba significante y promisoria se apaga bien pronto. Pero sus enunciados paradigmáticamente habrán de quedar.
Algunos poetas activan en el movimiento, como Facundo Recalde (1899-1969), tan pirotécnico y contradictorio en su talento que lo verterá más bien en la prosa antes que en el verso, y Manuel Verón de Astrada (1903) entre otros, quien por la década del 50 habrá de darnos el amplio repertorio de sus inquietudes líricas y sociales en apretado volumen: Banderas en el alba. Nadie como este poeta sabrá anudar con excelencias, en sus estrofas de sonoras rebeldías, un desenvuelto lenguaje con las iridiscencias broncíneas de lo épico.
Antonio Ortiz Mayans (1908) es buen poeta surgido a la vez en el caldeado empeño de aquellos años, que ha reunido sus mejores versos en volumen de reciente difusión, Voces añoradas. Sitial de privilegio se merece su gran poema «Palabras para mi tierra infortunada».
Días más y en Europa la tradición humanística del mundo, usando la expresión de Stefan Zweig, se encuentra en «un momento estelar» de su permanencia. España, la madre patria, acosada por la aventura fascista, se halla en difícil encrucijada. La voluntariedad combativa de sus descendientes, amigos y vecinos, acude en solidaridad. De la tierra guaraní parten también algunos de sus hijos, para bien vivir o bien morir. Tal circunstancia habrá de inspirar a nuestro gran lírico Vicente Lamas (1900) los hermosos y épicos versos de la «Canción del miliciano guaraní».
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ÉPOCA DE INTERDICCIONES
Es la década del 40. Mientras en Europa la humanidad juega sus cartas fundamentales, en el Paraguay la civilidad vive momentos difíciles, custodiado por la impronta del autoritarismo. Si bien la democracia hace mutis por sus fueros, por abajo y en todas partes, las ansias de la comunidad se mueven por caminos diferentes y son cada vez más difíciles los medios para ahogarlas. El oleaje social se encrespa y se hace más fuerte. El ritmo es de empuje y retroceso, contradictoriamente influido por los acontecimientos mundiales. El Paraguay, difuso y preterido, emparedado entre vecinos poderosos, desangrado por múltiples antagonismos, se empeña en marchar por caminos aún desconocidos y no del todo avizorados. Sus poetas no pueden estar ajenos a todo este maremágnum. Así sus voces poéticas más poderosas apartan al verso del aire solitario del gabinete, tornándolo, como diría años después el fraternal cantor de la libertad Hérib Campos Cervera (1905-1953), «confesión o bandera».
El lenguaje, pues, que ya se había mutado por imperio de los años guerreros y de encono popular, se sitúa verdaderamente en su alborada o epifanía. Contribuyen en tal empeño, en su aspecto formal o retórico, intelectuales que viven alejados de las ríspidas vivencias de la colectividad, como por ejemplo Josefina Plá, quienes también se sumergen, de paso, en las turbulentas aguas de sus ríos sociales... Es que advienen entonces sus altos «sembradores» «cara a la primavera».
Por de pronto, es la voz rescatable y aún perdida de Leopoldo Céspedes, Leopoldo Nuevo (1912-1943), sin par telegrafista, desasido de su atadura terrestre en el bullicioso día bonaerense del 7 de mayo de 1943, con su disposición casi ejecutiva para el civilismo poético paraguayo:

«... Poeta, no cantes las lejanías sin fin que no se siente.
La vida de tu pueblo es el hecho
que espera de tu genio un poema de libertad inmenso...».

Y es del seno de esta década que talentos formidables, de raigambre auténticamente popular y nacional, como Juan Sorazábal (Chuchín) (1902-1944) y Andrés Guevara (1903-1964), a los que podríamos agregar, a pesar de haber desaparecido pocos años antes, Andrés Campos Cervera (1888-1937), Julián de la Herrería, de indudable proceridad artística, quienes al través del dibujo y la cerámica dejan el perenne testimonio de sus virtudes, para inspiración de próximos o herederos. Por aquellos días obtienen también vestiduras musicales los versos del más representativo poeta social en guaraní, Teodoro S. Mongelós, en tanto que Herminio Giménez perfila musicalmente sonidos telúricos y ancestrales o lamentos de rebeldías del hombre de tierra adentro, como en Francisco Alvarenga, gran músico que ingresara tempranamente en las filas de los paladines de la libertad, al aquietarse para siempre su alma musical en los enconados años posteriores a 1947.
Y no hay pausa alguna. El ambiente es de parto y augurios. La letanía insistente de los peticionadores de libertad azota cual peán de guerra calles y plazas, en abierta ruptura con la quieta paz de aldea en que se vive. Libros y herramientas diversas reposan en manos de los clamoreadores, como índice de la fraternal unión estudiantil-jornalera.
Y es en ese ambiente que arriba, con la plenitud de la palabra ya empeñada en otras lides, el gran peregrino de la libertad y de la democracia, Hérib Campos Cervera, poeta mayor, será el adelantado de las encrespadas olas del evidenciado fervor popular. Por entonces adviene una pequeñísima apertura de libertad. Es tan sólo una diminuta ventana en la amplia dehesa de las interdicciones y retrasos. El ojo de buey vuelto hacia las oscuras planicies de la civilidad preterida.
Pero a poco sobreviene el bien y el mal venido año de 1947. Es la diáspora y el abroquelamiento sin esperanzas de varios miles, peregrinos y acallados hijos de una patria en asombros. Y es así que el poeta, por sobre las desventuras y la caída, habrá de modelar el más caldeado e increíble canto de optimismo en el retorno victorioso de sus hijos. Y es también la nostálgica y herida voz del exiliado, reclamando el oloroso perfume de un «puñado de tierra» para arrimar a su encendido número de vida. Su único libro édito, Cenizas redimidas, habrá de constituirse en el libro de ensoñaciones y de cabecera de todos los poetas sociales que sobrevengan después. Campos Cervera, poeta ilustre, padre de poetas.
Cabe señalar también la aparición algunos años antes del poeta José Concepción Ortiz (1900-1972), expresión nostalgiosa del espíritu campesino, envarado casi siempre entre la esperanza y el asedio, de siempre prometidas y nunca cumplidas virtualidades.
Por lo demás, en las mismas aguas poéticas de Campos Cervera habrán de abrevar poetas tan disímiles como Ezequiel González Alsina (1919), Óscar Ferreiro (1922) y Augusto Roa Bastos (1918), poeta de palabra estricta en su Naranjal ardiente, quien domeñando el torrente aún no poderoso de su fantasía la volcará más tarde en ya proceloso torrente de la narrativa, donde hallará su más promisorio cauce y resonancia.
Optaciano Franco Vera (1910) fulgió por algunos años como continuador del descarnado estro de Leopoldo Céspedes, cobijándose llamativamente bajo el sobrenombre de Segundo Leopoldo Nuevo.
Tiempos aquellos también en que un desconocido poeta, Emilio Armele (1915), dará en el lejano norte su entera voz de hombre, pujante y vigorosa, al igual que Rodolfo Duarte Troche (1917), insomne en su atalaya bonaerense, acogerá en varios volúmenes la «hoguera crepitante» de todos sus clamores.
José Antonio Bilbao (1919), de pulcro lenguaje, pergeña los perfiles del sembrador, el hachero y otra gente de pueblo, de manera objetiva, en su eglógico libro Verde Umbral.
Jesús Amado Recalde (1921-1979), Papotin, desnuda su verbo social en varios poemas de su juvenil libro Siembra sonora, que no tuvo continuidad...
Elvio Romero (1927), fructífero poeta, es la voz más dramáticamente nuestra y palpitante de la poesía social. Desde su adolescente y hermoso libro Días roturados hasta Los innombrables, este aedo entero e indomeñable se constituirá en su más visionario clamor combatiente. Desde su posición de extramuros pasará revista con fervor militante a todos los años de luchas y derrotas, a toda su epopeya de promisorio desenlace. Su verbo, sonoro y desenvuelto, dueño del porfiado oficio del bien decir, se constituye de por sí en el alimento de la civilidad soterrada, que vive y marcha hacia el porvenir. Es el poeta de más acentuado fuego tirteico.
Por aquellos desapacibles días que siguen al conmovido año de 1947, se irá conformando una pléyade de importantes poetas dentro del respetado perímetro del Colegio San José. Agrupados alrededor del ateneo cultural denominado Academia Universitaria, unos años después harán conocer un libro de parco título, Poesía, donde se animaban a exhibir muestras de sus respectivos talentos. Su orientador, el poeta César Alonso de las Heras (1913), orlado aún por los aires de la España eterna y peregrina, es quien pone al grupo de versificadores juveniles en contacto con las voces más puras de la península. Él mismo dará a conocer más tarde dos poemarios de su autoría. El primero de ellos, Qué cercano tu recuerdo, rodeado de un halo nostálgico y comprometido, por sentirse hijo antes que inquilino, hacia las reciedumbres de su patria de adopción.
Así, por sobre el ajetreado momento (los últimos reclusos saldrán recién en 1949) de ríspido encono político, estos intelectuales aspiraban a airear el ambiente, aunque más no sea en su medio estudiantil, con poemas de delicado lirismo. Expediente este, inducimos que así lo fue, para tratar de sobreponerse al empobrecimiento espiritual acaecido con los presupuestos de un idealismo vuelto pan o materia de un deseable vivirse mejor. Una forma de afirmar el substancial contorno de los valores espirituales totalmente deshechos en el maremágnum de aquellos años, y forma a la vez de mirar como sobre los hombros la dura realidad cercenadora de idealidades. Sin embargo, no tardarán, varios de ellos, en ser inundados por el vaho quemante del verbo social, pugnaz y desleído en toda la nación...
Ramiro Domínguez (1929) adviene con Zumos, pergeñando la realidad cotidiana con empaque lírico y conversacional. Pese a su lenguaje críptico, sus sutilezas aunadas a un sesgo amplificado de transfiguraciones, el poeta ofrece en la secuencia de sus Poemas del exilio la impresión de un gran fresco esperpéntico o goyesco, que enrique la visión de la realidad.
José-Luis Appleyard (1927), caudaloso poeta, ha dado muestras de sustantiva poesía social en versos tan directos y convincentes como en «Buscar el pan», «Cárcel de paralelos», «Hay un sitio», «Para Manuel Ortiz Guerrero», a quien llama «Corazón más sufriente / de una patria que sufre...».
José María Gómez Sanjurjo (1930), el más delicado lírico de nuestro parnaso, ve con espíritu meditabundo y contemplativo aspectos del contorno social en poemas tales como «A vosotros», «Conozco Yegros» y otros más. Ha publicado dos hermosos libros en fecha reciente.
Rubén Bareiro Saguier (1929) con Biografía de ausente nos dio con atemperada sutileza subjetiva los temblorosos ecos de letanía de sus inquietudes sociales en versos tales como «Aniversario» y en el trasfondo de sus «Sarmientos».
Carlos Villagra Marsal (1932) se ha valido recientemente para darnos muestras conjuncionadas de sus virtudes poéticas de un poemario titulado Guitarra del desvelado. Es en el grupo el de más airoso y épico lenguaje. Su «Carta a Simón Bolívar» flamea enhiesta en la quietud recoleta de nuestras cosas, cual misiva incumplida de las más caras libertades del hombre.
Manuel E. B. Argüello (1925), el más despreocupado poeta por el destino de sus versos, ha dado expresión a su espíritu solidario en el bello y hondo poema «La tierra del silencio».
Fuera de toda agrupación se formó Santiago Dimas Aranda (1924), cifra representativa de la poesía social, quien no ha cesado un sólo instante en dar expresión a su verbo multitudinario. Desde Sangre de Tierra y Luna, pasando por su voluminosa Antología del silencio, libro substancioso y fundamental, hasta el intenso repertorio de Metal es la fragancia, ha dado a la palabra la hermosa y superlativa misión de «no ser una belleza inútil». Por sobre la yerta medievalidad de nuestros acaeceres, Aranda marcha a descubrirnos el ayer y el hoy de su casa vacía, de su patria indeleble...
Félix de Guarania, seudónimo de Félix Giménez Gómez (1927), buen poeta, permanece injustamente olvidado aún por la crítica literaria, renuente como es a apartarse de sus presupuestos domésticos. Sonoro versolibrista es, por lo demás, el más hábil trovador octosilábico de nuestra poesía. Sus soterrados poemarios, Poemas de noche y alba y Penas brujulares, brillan con luces propias en la incierta y silenciosa llanura de los hombres de su tierra...
Miguel Ángel Guillén Roa (1926), autor de Tierra y horizonte, Caminos e Inminencia terrena, concibe con esperanza mística el mejoramiento de la patria y los hombres.
Juan Francisco Bazán (1927) ha dado con su libro Ribera de la esperanza una elocuente muestra de madurez poética. La brevedad da fuerza inusitada a sus versos, que punzan como dardos, como en sus poemas «El precio es no pensar», «Mayoría» y otros, que son la síntesis de nuestro vivir y sufrir contemporáneos. Su estro puede darnos mucho más.
Rodrigo Díaz-Pérez (1924), poeta por tradición y por mandato vocacional, concibe en su poema «Mensaje», de su libro Astillas de sol, pese a su lejanía de nuestro hábitat geográfico, venideras horas de asombro y libertad para los suyos.
Antes de promediar la década del 50, las fuerzas armadas habrán de asumir el control total del poder. Es que las fracciones políticas tradicionales, en tránsito hacia niveles de caducidad, se mostraban inhábiles ya para contener las numerosas inquietudes nacionales por los medios habituales de mando: republicanismo democrático.
El régimen de excepción es bien visto por las clases poseedoras más antiguas, al posibilitarles un descansado ritmo de acumulación patrimonial y paz no conflictiva a sus intereses. Desde luego, las instituciones y agremiaciones de masas enervadas o desarboladas desde años ha se mostraban carentes de toda fuerza, y en tales condiciones las leyes sociales podían ser soslayadas o desconocidas.
Sin embargo, y por sobre lo increíble, la urbe capitalina ve por tres veces, en 1956, 1958 y 1959, turbarse su endeble tranquilidad por acontecimientos multitudinarios que le conmueven profundamente.
En tanto, el éxodo se mantiene a un ritmo parigual desde más de una década, motivado por ingredientes de temor en los habitantes así como por la búsqueda de mejores oportunidades económicas en países vecinos. De esta manera la fisura inicial se agranda a tal extremo de conducir al país demográficamente a una curiosa situación bipartida. El Paraguay estático y silencioso de adentro mira asombrado al Paraguay del «éxodo y el llanto» de afuera, expectante a cualquier cambio... La diáspora que se iniciara en 1947 va adquiriendo carácter mayestático. ¡La nación escindida marcha por caminos de desesperación y dolor, esperanzada en que alguna vez mejores aires la suelden nuevamente para que sea realidad lo anhelado: el reencuentro y la felicidad nacionales!
Por otra parte, cabe anotar que recién en 1958 el país alcanzará económicamente los niveles de la post-independencia.
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LA POESÍA SOCIAL FEMENINA
Ida Talavera de Fracchia es su más firme representante. Lastimosamente no ha editado hasta el momento un volumen que verifique conjuncionadamente sus virtudes. Sin embargo, las pocas muestras conocidas revelan concepción sustantiva, en cuyo tono mayor se asoma la verdad y la rebeldía, en equilibrada proporción... Lo que yo sé es su libro inédito.
Elsa Wiezell (1927) y María Luisa Artecona de Thompson (1927) han escrito innumerables poemas de contenido social. La primera desde un ángulo de idealidad jesucristina con raptos de inmemoriales libertades, y la segunda desde las alturas broncíneas de la incumplida idealidad bolivariana, no articulada aún por la provocada balcanización de las repúblicas americanas.
Carmen Soler (1924), sin ser la mejor, es sin embargo su más encendido corazón de protesta, quizás por su largo peregrinar por los subterráneos de la libertad. Sus numerosos trabajos requieren a gritos el consolidado solar del libro.
Amanda Pedrozo es la recién llegada. Sus escritos, en sus líneas de claridad evidenciadas, atisban cosechas más enteras y maduras.
Arribamos a la década del 60. Actos cuestionadores en el devenir proceloso de la civilidad, erosionan con agruras sus más escondidos perfiles. El horizonte social soporta oscuras serranías. La desesperanza crece adquiriendo mayoría de edad. A seguidas adviene la misantropía social y el tedio vital. El poeta, tal como ya lo señalara Goethe, en la imposibilidad de «adueñarse del mundo y expresarlo», se orienta introvertidamente hacia un callejón sin salida. El verbo abreva furiosamente en las aguas no transparentes de la individualidad yerta y aprisionada. Es el momento en que la poesía social exhibe su reverso. No su rostro combativo y enérgico, sino el ajado por la consunción y el desgano. No la protesta, sino el gemido, la fea máscara del hombre alicaído. El poeta inconforme, eterno aspirante a augustas bellezas, se repliega escondiéndose bien adentro, refugiándose en sus propios laberintos. En este estadio advienen varios poetas.
Francisco Pérez Maricevich (1937), con Axil y Paso de hombre, verbo de equilibrado y ansioso poeta, no cesa de preguntarse: «El hombre está mirando. / ¿Por dónde la salida?... / Voy sólo. Vamos / todos solos. / No hay sitio. / Ciertamente no hay sitio».
Roque Vallejos (1943), con Los arcángeles ebrios y Poemas del apocalipsis, en los que casi se sintonizan la agonía y el llanto. «El exilio comienza cada vez / más adentro. / ... La nada nos lamía / tibiamente las sienes, / era baldío el tiempo / que nos soñaba adentro...».
Miguel Ángel Fernández (1938), con 2 poemarios, es de pudorosa palabra, que sin atardecer en la nostalgia o el escepticismo, la apuntala hoy día con materiales extracción colectiva, como por ejemplo en el poema «Homo fortis».
Esteban Cabañas (1937), con los Monstruos vanos y El tiempo, ese círculo, se ha constituido en una de las voces más señeras de la poesía más reciente. Su último libro es una desnuda denuncia dramáticamente cierta de nuestros días, de acoso y forcejeos de su nunca abatida civilidad.
Mauricio Schwartman (1940) ha producido poemas de singular belleza y dramatismo. Posee una exuberante imaginería.
Juan Andrés Cardozo (1942), con De pie frente al dolor, se sumerge en las apetencias de su pueblo, para el que requiere hermosos días de libertad.
Hay que observar que desde la década del 60, continuada en la siguiente, se produce una suerte de «aperturismo» político de límites imprecisos, que se agota una y otra vez en sí mismo. Y es por lo que el juego es tan sólo enunciativo y no organizativo.
El régimen de excepción continúa activando un desarrollo económico orquestado para ciertas áreas de la economía (algunos productos agrícolas y ganaderos) y en obras de infraestructuras, reclamadas a gritos por el propio proceso de desarrollo. Intrínsecamente las cosas no han variado en demasía: la posición de las clases económicas y sociales en el hábitat nacional es la misma. Básicamente los muchos problemas se hallan estagnados. La interdicción indeclinable ha sofisticado sus métodos e instrumentos, en tanto que el capital forastero in crescendo desaloja en ciertas áreas visiblemente al nacional, verbigracia, la industria licorera y la actividad bancaria.
Una capa «intermediarista» con trapisondas ahoga las verdaderas iniciativas económico-industriales del capital nacional. La producción propia pedalea así por caminos pedregosos e inseguros a ritmo bastante indolente.
En la década del 70 se acelera la marcha hacia el «Este», que genera una tenaz lucha por el acaparamiento de la tierra en sus zonas boscosas, al igual que una alucinante carrera en su especulación. Los emprendimientos hidroeléctricos con países vecinos activan tenaz pero transitoriamente la economía, especialmente en rubros relacionados con la industria de la construcción. Y la angurria mercantilista, que es grande y que no se detiene ante nada, provoca la depredación de los bosques (150.000 hectáreas taladas anualmente) para hacer sentir prontamente sus efectos: empobrecimiento acelerado del suelo y alteración del ciclo pluvioso y carbónico en grandes áreas.
Entretanto, en la capital, la urbanización acelerada tanto por el aumento poblacional cuanto por el deterioro de la moneda y la muy conservadora iniciativa de las clases con patrimonios, se encuentra en la más alta cresta de su volumen y movimiento. La especulación inmobiliaria adquiere así caracteres galopantes y territorio de los más listos y aprovechados.
Por otra parte, y lo que nos importa a nosotros, en el seno de este ajetreado momento ha ido creciendo una juventud sin experiencia cuestionadora, por lo que observa, especialmente la proveniente de la clase media acomodada, un latente escepticismo hacia las metas fundamentales del hombre. Su afán exclusivamente profesionalista le veda entender lo que de importante posee el humanismo y su visión no esquemática de las cosas. Su espiritualidad, en términos de totalidad, se muestra entonces notoriamente pobre y desvalida. Para ella, la acumulación patrimonial o el éxito constituyen la razón de ser de la existencia. Desde luego, la concepción utilitarista, boyante en el entorno social, pretende imponerse a la juventud como el adecuado patrón, superabundante de hedonismo y ¡todo para desviar sus energías hacia metas estrictamente vacías! Tales condicionantes señalan la necesidad actora de líderes dinámicos y diferentes, de concepción nacional-universalista, capaces de conducir a las masas a metas requeridas históricamente. Los antiguos líderes, envejecidos en el exilio y en las luchas o desacreditados por la ambición, han perdido influencia a ojos vistas. El tiempo ha venido así a cumplir su labor de disolución, venciendo de esta manera a los eternos aspirantes, a vencedores.
Paralelamente, la juventud de las clases desposeídas se muestra indiferente o alejada de todo accionar... Sólo de tanto en tanto exhibe algún esporádico forcejeo, ahogado prontamente por la voluntad de hierro del poder.
Toda América desde luego atraviesa por un momento realmente difícil. Si en pocos países se han mutado las cosas, en los más las armas velan para que no sobrevengan. ¡Y el Paraguay abroquelado, otrora gigante, mira pasar los antiguos espectros, hombres y cosas, de su pasada grandeza, hasta que advenga la resurrección como nueva y fulgurante totalidad...!
Y nuevos poetas se asoman arrimados a la realidad de nuestra historia.
Aurelio González Canale (1943), autor de Carta a un poeta, Grito entre las venas y otras colecciones, para quien la libertad y la cultura son los elementos indispensables de plenitud humana. Es, por lo demás, un infatigable difusor, dentro y fuera del país, de la obra de sus desvalidos escritores.
Guido Rodríguez Alcalá (1946), con su reciente libro Labor cotidiana, es un poeta de condiciones y de verbo constelado por vertientes de asombros y esperanzas.
Adolfo Ferreiro (1948), con la Huella desde abajo, ha escrito hermosos poemas, aunque sin exhibir otras muestras desde hace varios años.
Jorge Canese (1947) comprime en el volumen Más poesía dos manojos de versos con la esbelta y vibrante escribanía rítmica que siempre exhibe la juventud.
Juan Manuel Marcos (1948), autor de un poemario y de un libro de narrativa, posee cualidades de muy promisorios atributos.
Emilio Pérez Chaves (1950), de palabra airosa y desenvuelta, no ha compilado sus numerosos versos de intención social dados a conocer en revistas y periódicos estudiantiles.
En el mismo empeño de clamoreo social se encuentran los poetas jóvenes en torno al Taller de Poesía «Manuel Ortiz Guerrero», quienes vierten sus andantes poéticos en la tipografía de las lenguas de más uso en el país, con la expectativa razonable de más y mejores frutos.
Miguel Ángel Caballero Figún, con 3 poemarios éditos, es un recién llegado a la poesía social, dando indicios de grandes condiciones.
Muestras aisladas de poesía social han sido dadas por Néstor Romero Valdovinos, Raquel Chaves, autora de La tierra sin males, Mauricio Cardozo Ocampos, Juan Carlos Barreto, Amador García Acevo, Raúl Amaral con su «Carta civil al Paraguay», Alcides Molinas, Rudi Torga, Lincoln Silva, Juan Pastorizza, Rolando Goiburú, Cancio Giménez, Egidio Bernardier, Roberto Cañete, Fernando Guerra, Pedro Gamarra Doldán, Hugo López y muchos otros más...
Carlos Martínez Gamba, Julián Paredes y Juan Maidana con su «Mitá Rerajhajha», son los poetas que en guaraní, últimamente, han pergeñado aspectos folclóricos y sociales de nuestra compleja realidad social con las más puras y cautivadoras resonancias de la lengua más hablada en nuestra tierra.
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ALGUNAS CONCLUSIONES
Hay que señalar que la poesía social detecta la temperatura crítica y emotiva subyacente en un momento determinado dentro del amplio espectro vital de la colectividad.
Por eso es posible sentir en ella momentos de caldeado encono y projimidad e instantes de jocundos y altivos gritos que arriban por desconocidos vertederos al alma de los poetas. Así también posee voces desarticuladas por el desgano, que coincide con el decaimiento experiencial de las masas, o como revelación de la inmadurez conceptual o crítica de los autores. Pero, eso sí, es casi siempre la conciencia inconforme y torturada de la colectividad, desvelada por alcanzar cúspides más prodigiosas de histórica convergencia con el progreso. Es la voz de muchas voces y en jornadas de decisivo empeño: tambor de llamamientos para el pueblo. Es en pocas palabras: ¡la historia crítica, cuestionante y emotiva de la colectividad!
Es cierto, no siempre ejerce una influencia de perduración visible en el entorno social. A la censura exterior, de pertinaz silenciamiento y mutismo, de perenne ostracismo de la tinta y el papel, se une la tartamudeante autocensura por gravitación de aprensiones que se imponen de por sí los autores. Por tales razones, en tantísimos casos el lenguaje de los poetas se presenta irrelevante y neblinoso, que es origen del desencanto y descontento de los lectores. Es más, la crítica acomodaticia o temerosa viene a la vez a volcar nuevas paladas de silencio sobre la voz distinta y conturbaba de estos Prometeos desconocidos, para que nunca y nadie se anude a sus lamentos.
Sin embargo, esta poesía, pese a ser poco difundida, es la más vigorosa y cautivante. Porque es la historia, la pena, la victoria y la derrota de tantos hombres; porque es el fuego y la esperanza multitudinariamente concebidos. -48- Es el yo y el nosotros; el sueño mío y el de todos. Gracias a ella el hombre simple que no cuenta para nada, pero sobre cuyos hombros reposa la historia y cuya vida es material de novelas y poesías, bien podría decir, acudiendo a la justa expresión del gran poeta Langston Hughes: «Yo también soy América», confirmándolo así su activa participación en la conformación histórica de su pueblo.
Conviene señalar que, frente al afán de veracidad de esta forma de la expresión artística, se sitúa el oleaje mendaz y metalizado de la desculturazión cosmopolita, en pertinaz acción por desarticular o anular la expresión más auténtica de los pueblos. Ya sea por intermedio de una subliteratura pueril y agraviante a los más caros anhelos del hombre, surgidos en el proceso de sus infinitas luchas; sea al través del cine torpe y lascivo, donde el hombre planea y se agota en meros devaneos sensuales, de yerta expresión biológica, o de la televisión poblada de mediocridades y violencias... Por eso muchas veces se nos parece, poniendo tan sólo un ejemplo, que los poetas guaraníes o los esforzados etnólogos dan la impresión de ser los «últimos mohicanos» en esta lucha singular, aún no resuelta en nuestro medio.
Acotemos paralelamente que existe además un generalizado escepticismo respecto a la utilidad de la poesía en particular, y de la literatura en general.
El hombre, atrapado por infinitas urgencias, mira sin entenderla. Y ello por el menguado valor que le asignan los incompletos sembradores de cultura, al concebirla con torpe pragmatismo de abejorros, así como por el silenciamiento de los otros medios de difusión cultural.
Sin embargo, la verdadera cultura debe insistir en el desarrollo multilateral de la personalidad humana. Decía el pensador Grushin: «La universalidad debe combinarse con la especialización». Porque la estricta absorción del ser humano por la mera especialización con carácter excluyente lo conduce, a la corta o a la larga, a un terreno absolutamente negativo. Si bien la medianía adquiere tonalidad más brillante, no deja por eso de ser lo que es. En ese aspecto, posee la entera verdad del mundo el profundo juicio de un pensador del siglo pasado: «El sentido circunscripto a las necesidades prácticas groseras tiene sólo un sentido restringido».
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TONALIDADES DE NUESTRA POESÍA SOCIAL
Dos son las tonalidades fundamentales que se observan en la poesía social de nuestro país, desde su nacimiento hasta nuestros días.
La primera, que adviene desde su nacimiento hasta las inmediaciones de la década del 60, es poseedora de una fuerza y energías indudables, poblada de voces o llamamientos y de gran empaque guerrero. Es la poesía a la que Goethe denominó de «tirteica».
Ésta resulta ser la expresión que predomina en los años más azarosos de la historia del Paraguay y que se inicia poco antes de la segunda década de este siglo.
Sobre sus alas planean los instantes de la consolidación o revigorización de la conciencia nacional, el rescate del guaraní como lenguaje literario, el nacimiento de la guarania, la guerra del Chaco, el oleaje popular de 1936, la segunda guerra mundial, en cuyos años no cesan los arrebatos de la civilidad por la afirmación de sus derechos, la guerra civil de 1947 y los inestables años que le siguen.
Es la época extrovertida de esta poesía, tanto en lenguaje como en mensaje. Y es la que por su significación o por su importancia cuestionadora, las fuerzas antipopulares han edificado a su alrededor las más porfiadas torres de silencio, asediándola, para que no se la conozca ni se la valore.
La otra, que se enuncia notoriamente a partir de la década del 60.
Es la que expresa los aspectos endógenos del medio: temores e insatisfacciones, pesimismos, aprensiones de todo género, y que, cual hidra de Lerna, conforman las polivalentes formas que acarrea la inseguridad, con una sensación de insuperable abatimiento o de persistente minusvalía espiritual. Es la etapa introvertida de esta poesía, algo así como su antipoesía, fenómeno ya señalado igualmente por Goethe y que aparece, dice, «en todas las épocas de disolución». -50-
Coincide esta modalidad con el regreso de la democracia a la condición de cenicienta, a su mutismo sine die en el ágora nacional, y en los años más próximos con un período de interinidad que no ha preludiado nada, así como con la tarea sisífica de la ciudadanía para imponer sus aspiraciones por sinuosos caminos de extramuros, con los interludios de la guerra fría en la arena política mundial, en la que nuestro país por su ubicación es considerado por los centros de poder intracontinental de gran importancia geopolítica, y de tanta que cualquier cambio es avizorado con tensa y sospechosa expectativa, cuya manifestación, dicho sea de paso, en lo cultural, lo configura el pesquisamiento «macarthista».
A la vez, con el estatismo social que impera no obstante el observado progreso de infraestructura en las condiciones de un país agrícola-ganadero, como con las formas irrelevantes o soslayadas de expresión ciudadana, traducida en la alicaída fortaleza de los hombres y de sus instituciones. La quimérica virtualidad de los mismos hace que no cunda la autonomía de hecho ni exhiba lozanía alguna la entorpecida pujanza de sus posibles e innumerables beneficiarios...
La poesía social es, pues, como una tea que va pasando de las manos de una generación a la siguiente para alumbrar el camino ardoroso de los pueblos, hasta que se arrime o se asome a sus metas más prodigiosas.
Y en estas jornadas la juventud juega el papel decisivo y fundamental. Porque ella es inmortal. El pueblo lo es también; quien, pese a todas las dificultades, a las marchas y contramarchas históricas, a las caídas y subidas, a los neblinosos instantes, a los cubículos estrechos o a los poderosos muros de contención, el pueblo, ave Fénix inagotable, muere y resucita una y otra vez. Así el pueblo y su juventud, que es su fuerza avasalladora, marchan adelante. Y como bien lo dijera el inolvidable maestro José Asunción Flores:

«La victoria le corresponde siempre a la juventud».
Luis María Martínez.
Noviembre de 1980.
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PARAGUAY: APROXIMACIÓN AL ITINERARIO
DE SU POESÍA SOCIAL
Por
LUIS MARÍA MARTÍNEZ
Ediciones INTENTO,
Asunción-Paraguay 1985 (427 páginas)

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