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lunes, 26 de julio de 2010

MARÍA IRMA BETZEL - SAVIA BRUTA (1ra. MENCIÓN CATEGORÍA “B”, CONCURSO DE NOVELA DEL CLUB CENTENARIO) / Prólogo: DIRMA PARDO CARUGATI.

SAVIA BRUTA
1ra. MENCIÓN CATEGORÍA “B”
CONCURSO DE NOVELA
CLUB CENTENARIO
Novela de
MARÍA IRMA BETZEL
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
Ediciones y Arte S.A.
Tercera Edición,
Asunción – Paraguay
2010 (152 páginas)
En caso de interés de compra,
puede contactar con la autora:
betzel_letras@yahoo.com.ar

© María Irma Betzel
SAVIA BRUTA
Diseño de tapa: Stella Martino
Impresión: Ediciones y Arte S.A.
Manuel Domínguez 951 c/ EE.UU.
Tel.: 443 783 Fax: 445 862
Hecho el depósito que marca la ley
Asunción - Paraguay
ISBN: 978-99953-2-063-8


INTRODUCCIÓN DE LA AUTORA A LA SEGUNDA EDICIÓN
No es de extrañar que la primera novela se conciba con ilusiones e incertidumbres. Diez años resultaron benévolos para SAVIA BRUTA. Desde diferentes lugares de Paraguay llegaron pedidos de esta obra.
Es indudable que sus méritos han sido reconocidos especialmente por docentes y estudiantes ya que prevaleció su uso didáctico. En las reuniones de Encuentro con el autor no faltaron jóvenes perspicaces que cuestionaron algún desliz cometido, seguramente, por un exaltado entusiasmo. Aprovecho esta nueva edición para presentarla corregida y con una Guía Didáctica. Considero la Literatura como un camino de progresión constante, esto lo señalan mis nuevas obras publicadas y premios obtenidos.
Puesto que soy bióloga, percibo que el entorno socio-ambiental de esta novela tiene más vigencia ahora que hace diez años. Conceptos como Calentamiento mundial, Deshielo deglaciares y otros, son -parafraseando a Al Gore- Verdades Incómodas, propias de un futuro temerario.
Paraguay es dueño de una parte del espléndido Bosque Atlántico. SAVIA BRUTA nació allí, en medio de la agreste naturaleza, para propagar -mediante la lectura placentera-, el ideal proteccionista que necesitamos con urgencia.
MARÍA IRMA BETZEL
San Lorenzo, 20 de febrero de 2008

PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN
A María Irma la conocí, al revés de como he conocido a la mayoría de mis amigas escritoras: primero me relacioné con la obra, luego con la persona. Hasta 1996, yo no había tenido noticias de su existencia. El grato encuentro se produjo cuando, como miembro del Jurado del Concurso Literario organizado por Coomecipar, leyendo los cuentos participantes, di con uno que llamó mi atención. El relato, titulado Carta desde Buenos Aires, estaba firmado con el seudónimo de Lunita. El cuento -desde mi punto de vista- tenía buena estructura, ágil ritmo narrativo y encaraba un tema muy nuestro y muy universal, al mismo tiempo.
En la primera reunión con otros miembros del Jurado, comprobé que el Dr. Roque Griffith, un hombre culto y de reposado pensamiento y el Dr. Sinforiano Rodríguez, gran conocedor del alma humana y de la idiosincrasia de nuestro pueblo, también habían seleccionado el mismo cuento como el mejor. Y cuando llegaron los otros miembros del Jurado, el Dr Luis Lezcano Claude y el Lic. Dionisio Bernal, el veredicto resultó unánime.
No sabíamos todavía si el seudónimo Lunita, tal como parecía, correspondía a una mujer u ocultaba a un hombre. Y no lo supimos hasta el día en que la escribana Nelly Chilavert de Delgadillo abrió los sobres y develó la incógnita: el Primer Premio correspondía a la Prof. María Irma Betzel de Zárate.
Por mi parte, estaba ansiosa por conocer a la ganadora. Es más, pensaba que ella tenía que incorporarse al Taller Cuento Breve, donde podría practicar con asiduidad el género literario para el que evidente-mente tenía condiciones.
La noche de la entrega de los premios -ya contando con la anuencia del director del Taller, Dr. Hugo Rodríguez Alcalá- invité a María Irma a unirse a ese grupo amigable. Y no me arrepiento, así comenzó nuestra buena amistad y el Taller ganó otra activa participante.
Desde el primer día del ingreso al Taller Cuento Breve, la nueva tallerista capturó la simpatía de todos. Nos leyó algunas de sus narraciones («lee tan bien», dice el director) y se dedicó a escribir metódicamente. Una grata sorpresa nos daría, cuando meses después, ganó la Primera Mención del Concurso de Novela organizado por el Club Centenario, con Savia Bruta, la obra que el lector tiene en sus manos.
María Irma Betzel siempre estuvo en contacto con la literatura, su padre era escritor y en 1985 ganó el Primer Premio en el Concurso Arturo Mejía, con su libro Marca Hacienda.
A sus méritos académicos hay que agregar que la autora sabe congeniar su carrera profesional con una armoniosa vida familiar junto a su esposo y a sus tres hijos.
Hace tiempo que ella escribe cuentos y ahora incursiona en la novela, demostrando una notable cualidad de adaptación.
Savia Bruta gira en torno a un problema muy actual que aflige a nuestro país: el doble flagelo de la depredación de nuestros bosques y el tráfico ilegal de rollos.
El crimen ecológico se convierte en negociado con la venta de autorizaciones o guías de traslado e involucra a altos funcionarios del gobierno, directamente implicados.
Este libro de ficción, con algunas secuencias «inventadas», con aire de crónica, termina por ofrecer un testimonio verdadero de la realidad circundante.
En el mundo (o mejor dicho en el sub mundo) de la corrupción, se mueven los protagonistas de esta historia, en la que algunos de ellos, en su desmedida carrera hacia el poder, el dinero y la posición social, se convierten en víctimas del engranaje que ellos mismos armaron y que finalmente los atrapa.
Savia Bruta es una novela corta escrita sin rebuscamientos, con sencillez y claridad. La autora recrea en medio de paisajes conocidos, las circunstancias que pueden cambiar la orientación de un ser humano, y que inciden a convertir la virtud en vicio y el bien en mal, dentro de una sociedad complaciente y permisiva, en la que el castigo es solamente una cuestión de conciencia.
La autora se expresa en forma natural y agradable, se comunica con desenvoltura y pese a lo sórdido del tema, consigue que en todo momento -tal vez por la agilidad y gracia del lenguaje- una brisa fresca aliente a los seres puros e idealistas que tendrán que construir la sociedad del futuro.
DIRMA PARDO CARUGATI
Enero de 1998

CAPÍTULO I
Rosaura se desperezó gatunamente entre las sábanas de satén rosadas. Eran hermosas. Las había comprado el día anterior. Sus dedos, con largas uñas esmaltadas las acariciaron sonriendo.
Miró el reloj. Ya eran las ocho, pero no tenía apuro. A las diez la buscarían para filmar el comercial. Se levantó al fin deslizando debajo de sus hombros la bata de dormir que cayó, blonda, a sus pies. Ya en el baño se metió bajo la ducha. No le importó mojar sus largos cabellos. El comercial sería en la playa y los luciría sueltos y despeinados. A Oscar -el productor- le gustaba su aspecto aleonado, casi salvaje. No era bonita - le decía a veces- pero sí interesante.
Con un papel tisú limpió el espejo nublado por el vapor y observó su rostro. Tenía lo pómulos altos, salientes. Los ojos oblicuos, insinuando misterios y su boca voluptuosa, casi agresiva. Morena, muy morena, conservaba sin embargo en la mirada cierto matiz verdoso que a veces variaba para hacerse más intenso. Ojos color del tiempo le dijo una vez Romualdo. ¿De dónde heredaría ella esa rara fusión de caracteres que tanto gustaba? Sabía que tenía mezcla de sangre indígena y vaya a saber de que otra.
A su padre nunca lo conoció, murió cuando ella era solo un esbozo en el vientre materno. A su madre la vio pocas veces. La dejó, niña aún, con sus abuelos y se fue a Buenos Aires, más tarde a España. Como decía el abuelo Nicasio las ciudades grandes son buches de ñandú que tragan a la gente. Apenas recordaba las maternales caricias de despedida, pero por lo menos, podía decir que las tuvo. Era diferente con su padre, la angustia de su ausencia la sintió desde pequeña.
No olvidaría esa tarde, a la salida de la escuela, en que el Ñato Villalba - ni recordaba por qué- le estiró de las trenzas bien hechas por la abuela Fátima. Furiosa ella tomó impulso girando sobre sí misma como un trompo y entonces... ¡Zás! Levantó los brazos y le asestó un carterazo en la cara regordeta. Envalentonado por sus amigos, él le lanzó palabras hirientes:
-Sos una cualquiera, igual que tu padre que se murió en la calle peleando de puro ka'u.
Con las trenzas deshechas desahogó su angustia en el regazo del abuelo Nicasio.
-No fue así -le dijo-. Cuando eso un desconocido andaba vendiendo cosas en el pueblo. Unos cuantos, que estaban tomando caña, le hicieron perseguir con los perros, tu padre lo defendió y en medio del alboroto, lo mataron. El tío del Ñato fue uno de los que se fue preso Tacumbú.
Era todo lo que sabía y para amar a quien la engendró -según su abuelo- era todo lo que necesitaba saber. Pero un sórdido resentimiento no le permitía comprender por qué su padre, prefirió arriesgar la vida por un desconocido dejándola huérfana.
-Para que tu corazoncito se alegre -le dijo después abuela Fátima y le dio un pedazo blando y oloroso de panal de miel.
Sus recuerdos, de pronto, se sacudieron por un trueno. Enseguida, escuchó el canto repentino de la lluvia. Era obvio que el comercial se filmaría otro día.

CAPÍTULO II
Sandra, la atractiva secretaria del Diario Notinformes, no llevó ese día su uniforme reglamentario. Con jeans ceñidos y mini blusa, se paseaba sonriente por la oficina repartiendo los periódicos del día a los vendedores de publicidad (asesores de ven-tas, se definían ellos)
Al recibir el suyo, Mauricio musitó las gracias sin mirarla mientras escuchaba el diálogo que hería su sensible estado de ánimo.
-Sandra -dijo alguien-, los jeans te quedan muy lindos pero, ¿y si te sancionan por no traer tu uniforme?
-¡Oh, no! -contestó ella-. Uno de los jefes dijo que no hay problema -y añadió con picardía-: ¡Siempre que los pantalones sean bien ajustados!
Las risotadas de los muchachos lo hirieron sin que comprendiera por qué. No podían ser celos. Entre Sandra y él todo había acabado hacía dos semanas.
Debe ser por eso -pensó- dos semanas es muy poco tiempo.
Alguien gritó: -¡A la reunión! ^Hoy se decide quienes van a trabajar al interior!
Cerró el periódico y se dirigió al salón de reuniones. Al salir, su mirada se cruzó un instante con la de Sandra. Fue sólo un chispazo apagado y gris.
-¿Y muchachos? ¿Quién se ofrece?
Los rostros circunspectos se reflejaban en el vidrio que cubría la larga mesa de reuniones.
Alguien musitó: -Es lejos y el viático no es mucho.
En la cabecera, el jefe de ventas volvió a preguntar, tratando de contener la impaciencia:
-¿Y? ¿Es que nadie quiere ir a la verde zona del Amambay? ¿Lejos del estrés y de la contaminación ambiental?
Lejos del estrés y de la contaminación -pensó Mauricio-y lejos de... Sandra.
Una energía repentina lo invadió de pronto. Presionó sus mandíbulas con gesto de rabia contenida y... levantó la mano.

CAPÍTULO III
Rosaura decidió darse un baño de inmersión. El agua tibia caía a chorros y el vapor, casi la ahogaba. Abrió la puerta del cuarto de baño, después de todo, estaba sola en su departamento. Volcó en el agua el resto de espuma y sales de baño que quedaban en un frasco y se sumergió despacio. Entrecerró los ojos. Deben estar verde oscuros -pensó- Romualdo decía que se ponían de ese color cuando llovía. Lentamente se sumergió en la tibieza espumosa del agua... y en más recuerdos.
Romualdo... Nunca supo cuando comenzó a amarlo. Se quisieron desde siempre, desde la infancia agreste, los dos, rumbo a la escuela. El la buscaba en su zaino redomado, ella, en su petiso Arasunu lo acompañaba al trotecito por el monte deteniéndose a veces a juntar el fruto rojo y perfumado del ñangapiry. Cuando el arroyo estaba crecido se subía atrás de él en el zaino y se prendía fuerte, fuerte, a su cintura de niño-hombre, arrastrando en la correntada a Arasunu que los seguía, cauteloso y sumiso.
Romualdo... Sonreía al recordar la tarde aquella cuando lo ayudó en una pelea contra el Ñato Villalba. Perdió su vincha y unos cuantos mechones de pelo pero lo libró de las trompadas del grandulón akãhatã
Después... la adolescencia con sus conflictos los distanció. Pero se redescubrieron hombre y mujer en aquella fiesta de graduación del colegio. Ella, la reina de la promoción, estaba hermosa con su vestido largo, adornado de encaje ju. Sintió los ojos de él quemándole toda la noche hasta que casi al final de la fiesta la invitó a bailar. Sumisa y blanda, se abandonó en sus brazos.
Se amaron porque sí, con la simpleza del amor que puede al fin consumarse en cuerpos mancebos y vírgenes. Pero la lengua de fuego de la pasión se fue apagando y si bien a Romualdo le bastaba la paz que brindan los sentimientos puros y la pasión saciada, no fue así con ella, que ansió nuevos horizontes. El mundo que bullía más allá de su pueblo la atraía inexorablemente para bien o para mal.
Una tarde de llovizna él la despidió en la estación. Llevaba una agenda con sólo dos direcciones: la de la Escuela de Educación Física y la de una pensión de chicas. Pero sentía que la acompañaban también la bendición del abuelo y los ojos tristes de Romualdo quien la dejó partir como a un ave a la que no puede impedírsele el vuelo.
Un nuevo mundo despertó ante ella y de a poco fue obsesionándole la idea de hacerlo suyo, pero ni siquiera podía vestir como la mayoría de sus amigas. El dinero que le enviaba el abuelo Nicasio apenas alcanzaba para lo esencial. Un día vio el aviso:
.
SEÑORITAS PROMOTORAS
SE NECESITAN
Para demostración de productos
cosméticos en supermercados.
Imprescindible: Buena presencia
Sr. Oscar TEL. 292 7289

.
La aceptaron en seguida. Además de su rostro un tanto exótico, era alta y robusta pero de cintura llamativamente breve. Con el uniforme de minifalda roja se sintió una nueva persona, la que estaba deseando ser.
Oscar fue ofreciéndole contratos cada vez mejo-res. Por falta de tiempo estuvo a punto de abandonar sus estudios. No lo hizo, por respeto a su abuelo Nicasio, el pobre viejo ... no la conocía más, caducaba ya en su Santa Inés natal.
El celular la sacó de su letargo, se arrebujó en la toalla color de rosa secándose apenas y lo atendió. La voz del hombre le resultó antipática:
-Habla Berrantes. ¿Qué tal, muñeca?
Y sin esperar respuesta:
-Necesito que viajes mañana para llevar eso.
-¿Eso qué?
-No te hagas la tonta. El sobre con la plata, se supone. Quince camiones van a estar listos para salir, necesito el pase libre para dentro de tres días.
-Imposible, tengo que filmar un comercial ni bien mejore el tiempo.
-Mirá, Rosaura, a mí me importa un cuerno tu comercial. Vos te vas mañana sí o sí, ¿o creés que quince camiones van a esperarte a vos? Esta tarde a las tres te espero aquí. Para eso te pago. Y ya sabés, mucho ojo con este asunto, nadie debe enterarse. ¿Entendido?
El "clic" del teléfono la disgustó aún más. Ese petulante de Berrantes cada vez la trataba peor. A veces daba la impresión de que estaba a punto de abofetearla. ¿Qué se había creído? Seguramente pensaba que entre ella y el Dr. Sequeira todo había terminado. ¡Infeliz! Si hubiera sido más listo entendería que le bastaba hacer una llamada para tener al jefe de nuevo a sus pies... y en su cama. Además, pensaba librarse muy pronto de todos ellos, sólo quería terminar de pagar la casa que se construyó en Santa Inés. Después, Berrantes podía buscarse otro contacto para sus "negocios de frontera".
Volvió a meterse en la bañera, quiso abandonarse a los dulces recuerdos... pero no pudo. El agua estaba fría y la espuma se marchitó. Sentía la presencia de Berrantes allí a su lado, acosándola. Destapó el desagüe y se duchó de nuevo, con agua tibia. No había otra alternativa, tendría que disculparse con Oscar y organizar el viaje. Imaginó, con rabia, que en el remolino de agua fría de la bañera, se iba también Berrantes. El recuerdo dulce de Romualdo no volvió porque él lo había espantado.
La sobresaltó un nuevo trueno. Afuera, la lluvia arreciaba.

CAPÍTULO IV
Mauricio, solo en su cuarto alquilado, preparaba una mochila.
Que no me falte un abrigo -pensó- allá debe ser más fresco. Si todavía hay suficientes bosques -recapacitó.
Guardó su campera y algunos libros para el viaje. Entonces recordó: La gotera. Hay que poner un recipiente, por si llueve. Le tengo que decir a Doña Rosa que arregle de una vez esa teja.
La tentación de vivir en un departamento más cómodo cedía ante la calidez especial, que la mujer brindaba a los pensionistas. Viuda desde hacía mucho tiempo, sin ser madre, repartía afecto entre los tres o cuatro muchachos -estudiantes la mayoría- a quienes brindaba alojamiento con almuerzo incluido. Mauricio aprendió a gustar el vori vori y los dulces caseros que ella le servía en porciones generosas, lo que hacía protestar risueñamente a los otros muchachos. Cuando alguno de ellos enfermaba, ella los atendía como si fueran sus hijos, esos que su vientre estéril le negó.
Después de cerrar puertas y ventanas Mauricio se dirigió al corredor. Derramó abundante agua a los helechos altos, ya que a Doña Rosa le costaba regarlos con su brazo dolorido de reuma.
El televisor estaba encendido. Se escuchaba la voz angustiada de la artista de telenovela. Sonrió al pensar que Doña Rosa estaría lacrimógena, frente a la pantalla. Pero la mujer, de unos sesenta años, algo obesa y de serenas facciones, dormitaba en la reposera de mimbre. Su aguja de crochet había caído al suelo. Mauricio, bolso en mano, se sintió ligeramente incómodo por tener que despertarla. Entonces se le ocurrió algo: apagó el televisor. Al instante ella abrió los ojos y recuperó su postura.
-Me voy -dijo Mauricio.
-Hijo, casi me dormí. ¿Qué decías?
Sonriendo, él le pasó la llave y repitió:
-Me voy al Amambay.
-¡La carta! -gritó ella despabilándose por completo-. ^La carta para mi prima Augusta!, está sobre la mesa. Por favor, acercate a su casa, éramos muy amigas cuando jóvenes -y añadió con cierto aire de picardía-, íbamos juntas a las fiestas, su marido es de Santa Inés, ellos se conocieron...
-Se me hace tarde, disculpe.
-Bueno, te vamos a extrañar ¿y si llama alguien?
- No creo, en casa ya saben, llamé a Villarrica esta mañana.
-Y si es esa chica... Sandra -lanza Doña Rosa su estocada.
-¿Sandra? Yo no conozco ninguna Sandra. ¡Adiós! Se me hace tarde ¡Ahí va su aguja!
Con un rápido movimiento Doña Rosa apenas capturó la aguja en el aire y se quedó pensando... tantas cosas quería preguntarle a ese muchacho, pero él siempre se le escabullía. Y a ella, que le gustaba comentar con su vecina las historias amorosas de sus pensionistas. Y bueno - se resignó - le preguntaré que pasó a esa Sandra si llama.
Vio chorrear el agua de los helechos altos y sonrió. Sintió una oleada de afectuosidad por Mauricio. Encendió otra vez el televisor y volvió a dormirse.
Nadie llamó en esos días a preguntar por Mauricio Ocampos.
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CAPÍTULO V
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