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martes, 3 de agosto de 2010

CHARO AVILA DE JARITON - DON JUAN SEGURA / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - 19 TRABAJOS (1984).


DON JUAN SEGURA
Por CHARO AVILA DE JARITON
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
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DON JUAN SEGURA
Aquella tarde de domingo no difería en absoluto de todos los aburridos domingos de invierno gris. El día estaba triste con llovizna intermitente que le impide a uno programar cualquier tipo de divertimiento. Nosotros habíamos decidido ir al Club de Pesca a tempranas horas de la tarde como lo hacíamos frecuentemente y suponíamos que para la hora marcada el tiempo podría aclararse. Teníamos planeada una entretenida mesa de truco, donde cada uno de los participantes era aguerrido profesional del tapete verde. Era nuestra distracción semanal. La evasión de toda una larga semana aprisionados dentro de lúgubres oficinas, y cansados del reiterado tema de trabajo de la antigua Compañía de Seguros a la que pertenecíamos, donde pólizas, primas, y siniestros eran el leitmotiv. Todos éramos antiguos funcionarios más cercanos a la jubilación, y ¿por qué no decirlo también? sin más interés que completar los días necesarios para conseguirla que ansias verdaderas de trabajar. Formábamos un equipo por días bien integrado para el trabajo, como así también el hecho de habernos visto durante casi 23 años todos los días contribuía a que la cuestión se tornara insostenible a veces, sobre todo en los últimos tiempos en que el Jefe había sufrido un ataque cardíaco grave y debía suplírsele por rotación. Pero en fin, a pesar de todas las adversidades, como acostumbra a decir un viejo amigo fanático del deporte náutico, la cosa caminaba dentro de los límites normales. En mi caso particular, la salida esa tarde de domingo era casi un rito, pues para un hombre solitario como yo sin deseo alguno de hacer nuevas amistades, todo en mi vida estaba organizado de antemano y constituía una minuciosa y monótona rutina. Debía almorzar algo más temprano que los días laborales, el consabido plato de pastas y vino español; mi única compañía desde que había muerto mi madre mucho tiempo atrás. Luego cerraría con llave la puerta de servicio después de despedir a la Sra. Rafaela quien me servía fielmente también desde hacía muchísimo tiempo, y luego cambiar el agua de los canarios; que debo confesar me tenían muy contrariado últimamente pues los atendía como nunca y los mal agradecidos habían dejado de cantar como solían hacerlo en sus buenos tiempos; si uno hubiera podido presagiar, bien justificado estaría, anunciar algún acontecimiento diferente por aquel cambio de actitud de los habitantes de mis grandes y pulcras jaulas blancas; pero uno interpreta nada más que cómo se debe aceptar estos asuntos sin muchos cuestionamientos.
Ya esa mañana bien temprano había recibido la habitual visita del vecino de atrás; hombre de vida ordenada como yo y que no admitía improvisaciones. Aunque a veces discutíamos, sin apasionamientos por supuesto, su visita me era agradable y constituía también parte de mis domingos. No será difícil concluir que para un hombre como yo, cualquier cambio en los planes previamente trazados llegaba a irritarme sobremanera.
Fue así como a pesar de que la lluvia se había hecho más intensa, decidí partir al encuentro con los amigos arriesgándome a mojar mi cuidado automóvil que noblemente me transportara desde tiempo inmemorial. Vestiría traje pesado para la época del año, y hoy para quebrar en alguna medida la rutina, me pondría aquellos también pesados zapatos que había heredado de mi padre y que por su calidad europea seguían incólumes a pesar de los años, pues así lo hacía en dos o tres oportunidades durante los inviernos; era la única manera de aprovecharlos y conservarlos al mismo tiempo.
Revisé cuidadosamente todas las ventanas, que por cierto hoy le había prohibido abrirlas a la Sra. Rafaela pues ya una vez habían sido mis muebles víctimas del fastidioso descuido humano un día de lluvia como hoy; y concluí que había llegado la hora de partir.
Bajé las tres gradas que me separaban del garage, subí al automóvil y demoré los diez minutos de calentamiento que exigía mi antiguo motor Ford. Luego con cautela retrocedí, y una vez que hube aparcado bien el vehículo bajé corriendo a cerrar con candado la puerta del garage. Al hacerlo pude percibir que la lluvia arreciaba y que quizás estaba cometiendo una insensatez al salir así; pero uno no puede regirse siempre por la razón y a veces esto lo lleva a uno a atrever-se a ciertas actitudes poco lógicas por así explicarlas.
Ya en viaje hacia el ansiado Club, comprendí que sería todo un éxito llegar a destino sin consecuencias; pues es harto conocido el problema que representan los raudales en nuestra ciudad para los valientes conductores que como yo hoy, se animan a enfrentarlos bravíamente.
Al llegar al puente de la Avenida Colón el agua trepó abruptamente casi hasta el vidrio de las ventanillas. Confieso que me sentí muy preocupado entonces. Traté de retroceder pero fue imposible pues la lluvia debía de haber acarreado toneladas de tierra y aquello impedía cualquier movimiento. Comprendí entonces que había perdido totalmente el control del vehículo y que cueste o no creerlo "estaba flotando". El agua me arrastraba vertiginosamente hacia el final del puente donde se producían caídas brutales de agua a ambos lados.
-¿Qué será de mí?, pensé, pues estaba visto que no podría pasar el sitio sin ser víctima segura de dichas cataratas. -Yo Juan Domingo Segura, el hombre que todo lo había planificado ¿sería ahora presa fácil de aquellas insalubres aguas? Jamás. Decidí arrojarme por la ventanilla y empezar a dar brazadas a la espera de que algún cristiano me viera, o directamente. . .lo otro. Cuando ya lo estaba haciendo escuché unos gritos del otro lado de la calle. No podía ver quien los emitía y seguía luchando denodadamente por no dejarme llevar por la fuerza de las aguas, pero la corriente era incontenible y no podía contra ella; de pronto sentí que caía envuelto en una enorme ola de agua que no tenía fin. Fueron segundos, quizás horas, no sé, pero cuando recobré la razón estaba atascado a una enorme piedra en la cual había quedado trabado uno de mis pesados zapatones. La noche contribuía al horror, mi auto había desaparecido por completo y yo seguía con vida preso a esa enorme piedra. Decidí deshacerme de ellos y empecé la lucha, pero en cada intento ingería litros de aquella agua turbulenta, así que tuve que desistir de la idea. No tenía muchas alternativas porque la corriente no amainaba ni por un solo instante y pensé dejarme morir. Sería lo mejor. El pánico me había ganado por completo, estaba temblando, mi respiración parecía de a ratos más fuerte que el ruido de las aguas. Y pienso que me morí.
Y ahora que estoy aquí sentado ante mi vieja máquina, es sólo el recuerdo de aquellas tenebrosas aguas el que dicta estas deshilvanadas frases.
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Fuente:
TALLER CUENTO BREVE . 19 TRABAJOS
Dirección:
HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ

Asunción – Paraguay
1984 (139 páginas).
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