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viernes, 13 de agosto de 2010

EDITH MUJICA JURISIC - LA CARTA / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - QUERIENDO CONTAR CUENTOS (1985).


LA CARTA
Cuento de
EDITH MUJICA JURISIC
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
.
LA CARTA
Para tener certeza, no necesitaba abrir la carta. Su instinto, su piel, sus vísceras le decían que allí estaba la orden.

Mientras cabalgaba llevando el mensaje a Joab pensaba en David, Rey de Judá.

¡Ningún ejército lo vencería! Pero sonrió frente a la idea de saber que él - Urias, el hitita - hacia apenas pocas horas, en Jerusalén, había conocido a quien doblegaría el Gran Guerrero: un hombre.

Simplemente un hombre, llamado, David.

La imagen de Betsabé se hizo recuerdo y cabalgó con él, rumbo al Este.

La hija de Eliam, en sus brazos, olía a jazmines, a campos florecidos.

Su boca era un laberinto del que no quería huir. Su pelo la red, la jaula, la lluvia que enmohecía el acero.

Cuando acariciaba sus senos, que tenían gusto a miel, sus toscas manos perdían su rudeza. Y el deseo era un caballo desbocado, sin destino, sin objetivo, de teniéndose de pronto a pastar bajo la luna llena.

En los brazos de Betsabé, él retrocedía.

Una y otra vez, vulnerable.

Ese sentimiento diluía su impulso de guerrero forjado y ganado en mil luchas de las que se sentía orgulloso.

Betsabé era remanso, paloma, arena tibia, líquido amniótico, piel, tienda, pan fresco, leche de cabra. Silencio.

-¡La paz no es para los guerreros! - se dijo.

Y la alejó del pensamiento.

Recordó el encuentro con David. Las palabras - tramposas y siempre innecesarias - no habían logrado esconder la verdadera intención que guardaban.

Fué fácil develarlas, decifrarlas.

Noches de acecho, atento como un animal salvaje, habían desarrollado en él la capacidad de percibir la diferencia de los sonidos, los matices de los silencios, el significado de las pausas.

Sabía que no se engañaba; pero aceptaba el desafío.

David había sido generoso permitiéndole enfrentar la muerte como él quería.

En batalla. En libertad...

¡Demostraría que había nacido sin miedo y para luchar!

A cambio, entregaba a Betsabé.

Betsabé.. . que languidecía en las noches, mientras él junto a las fogatas, miraba el brillo de los cascos y las espadas.

¡Amaba la guerra!

La sensación poderosa, envolvente, casi un orgasmo... de guerrear.

El ejercicio de la intuición, de la sobrevivencia.

El campo de batalla, los truenos, los relámpagos, los gemidos y el punzante olor a la muerte. Ese era su habitat. Allí, estaba su corazón. ..

En el terreno ganado, en la violencia de avanzar, de hacer suyos los horizontes, de dejarlos atrás.

Pára él, la guerra, era el botín. Para los capitanes y los reyes, las poses.

El tratado había sido justo. Prefería pelear por su muerte que ser prisionero de la ternura y el amor. Sobreviviría, sin duda.

Y después...

Cuando la espada de un amonita dió forma al deseo secreto de David hundiéndose en su carne, Urias - sorprendido - comenzó a morir.

La vida se iba mientras su sangre buscaba refugio, inútilmente en el hueco de su mano.

De pronto, su muerte, se dejó ver.

Urias descubrió, horrorizado, que se parecía a la paz; y lloró.

Betsabé... llamó apenas.

¡David! - gritó con fuerza y rabia.

Y maldijo, desde el fondo de su corazón herido, al fruto en el vientre de Betsabé en holocausto al cual había sido, ... finalmente, vencido.

Miles de estrellas lo vieron desangrarse esa noche, mientras él se sentía acunado entre los brazos de Betsabé, amado por el Señor.

Betsabé.. .

Perdonada, eterna y suya. Eternamente suya.

El Señor, profundamente conmovido, recogió la maldición y también la profesía y como es su costumbre, hizo justicia.
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EDITH MUJICA JURISIC
TALLER CUENTO BREVE
Dirección:
Imprenta-Editorial
Casa América,
Asunción-Paraguay1985 (172 páginas).
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