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martes, 3 de agosto de 2010

JACOBO RAUSKIN - LAS MANOS VACÍAS / Texto: LAS MANOS VACÍAS (1 al 6 y 31) y LA DELICADA Y UN ENGANCHE - ELLA.


LAS MANOS VACÍAS
Poesías de JACOBO RAUSKIN
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Foto: RODRIGO CALONGA
Arandurã Editorial
Telefax (595 21) 214 295
e-mail:
arandura@telesurf.com.py
www.arandura.pyglobal.com
Asunción-Paraguay
Abril 2010 (75 páginas)
ISBN: 978-99953-50-84-0
.
JACOBO J RAUSKIN nació en Villarrica, en 1941. Es autor de una extensa obra poética, renovadora y de reconocida importancia en las letras paraguayas. Obtuvo en 2007 el Premio Nacional de Literatura.
En LAS MANOS VACÍAS, su más reciente libro, la introspección encuentra imágenes de un ayer indeleble, profundo. Sin embargo, sin renunciar a escribir sobre el pasado; el poeta da paso al presente en una descarnada pintura de la realidad que 1o rodea.
Entre la resignación y la esperanza., van apareciendo en estas páginas hombres y mujeres que hacen de una plaza de Asunción el centro de la vida posible.

DEDICATORIA, TAMBIÉN SEMBLANZA
A la memoria de José Roth, fotógrafo de otra época, dedico esta suerte de cancionero. El hombre trabajaba en una plaza pública, populosa, llena de sombra y flores. Vestía casi siempre de oscuro y solía usar una gorra con la visera puesta sobre la nuca. Se sentaba en un banco, encendía un cigarro inextinguible, leía el periódico y veía pasar a la gente. Cuando tenía que hacer algún retoque especial, atendiendo a las dificultades presentes en el rostro de la persona fotografiada, sacaba una tupa con ademán de entomólogo y esgrimía un pincel finísi7rzo como si fuera un pintor.
JACOBO RAUSKIN
.
Si alguien quiere marcharse, cosa que
raras veces sucede, no lo retienen en
contra de su voluntad ni lo despiden
con las ruanos vacías.
TOMÁS MORO
Utopía. Libro segundo

.
LAS MANOS VACÍAS
1
Aquí ya no prohíben
pisar el césped.
¡Ah, qué felicidad!
Oiga, duro censor de antaño
y casi ecuestre prócer
de la instantánea libertad de hogaño,
la runa que a usted le debernos
es francamente tétrica.
Usted, que es tan telúrico,
piense un rato en la gente
que ahora nos rodea.
Piense, no hace daño pensar.
Piense en estos labriegos sin tierra
que van pisando el césped
como si al hacerlo tornaran
posesión de una ciénaga.
Desde ayer, ocupan la plaza.
Ella, que nunca tiene dueño,
es hoy toda la tierra que les toca.

2
Recuerdo el tren, pasaba por enfrente.
Y el tranvía, que al dar la vuelta a la esquina,
saludaba con una reverencia
al césped y a los árboles floridos.
Es el ayer tranviario, ferroviario.
Si agrego el hidroavión de la siesta,
es el ayer aéreo y también fluvial.
El ayer es mi especialidad en materia de transporte.
Es suficiente, basta de nostalgia.
Tanta añoranza puede ser sospechosa.
No faltará quien diga
que yo guardo un cadáver en el armario.
En fin, Asunción es así.
De modo que, en la plaza de cada día,
cuando el sol se apaga como un cigarrillo en la piel,
no sigo a Whitman, no me canto a mí mismo,
canto este banco despintado
por tres generaciones de pura lluvia,
este banco marcado, herido por un cuchillo,
acaso un cuchillito para pelar naranjas
o degollar a una mujer infiel.

3
Se han ido los labriegos sin tierra,
ahora vienen los obreros sin fábrica.
Han tomado la plaza.
Hay carteles perfectamente ilegibles,
banderas en jirones, discursos.
Sale en apoyo de la causa
la juventud en una marcha.
Hay líderes pop, hay líderes rock.
Hay líderes punk, hay líderes ye ye ye.
Lo mejor es el césped, rima el césped
con cualquier trapo que se le tire encima.
Con cualquier papelito sucio.
Con vestigios de cielo.
Con el resto de un caramelo.
Rima el césped, el césped que dejó de lado
el sindicato enterrador de obreros.

4
La resignada mansedumbre
de esta llovizna interminable.
Una camisa apenas gris.
Un hombre gris también celeste.
Mi cuadro copia los colores
de la camisa de un obrero
y de la vida de algún otro.
Ropa simple, vida sencilla.
Ambas a un tiempo se destiñen.

5
A la sombra serena de los árboles
que un viento manso, fresco,
tirando a frío, mueve,
el viejo pasa y mira al cielo.
Recuerda... No recuerda...
Su memoria aletea un instante,
y la luz de la tarde
es una dulce y joven viajera.
El adiós fue sólo un rasguño,
un parpadeo, una mentira;
fue un silencio imprudente
al que siguió una palabrita necia.
Regresan hoy por un momento,
Silvia, Inés y Margarita.
No así, no aún, Adriana.
Y ella le escribe que vendrá.
Le escribe en una hoja
de las que lleva el viento,
una hoja de las que no mienten.
Le escribe con un beso.
Le escribe con todo su cuerpo.
Él aprende a esperarla
en el corazón del invierno.

6
Contra mucha, muchísima ausencia toda junta,
suele soplar el viento que la trae
al mundo de la niña que se quedó sin ella.
Y la pequeña cierra los ojos para ver llegar a su madre.
Y la madre comienza a trabajar,
a hurgar en la memoria de la hija;
clasifica según su norma de madre,
no según los deseos de la huérfana.
Así, cuando la madre termina con su trabajo,
ambas pueden jugar un rato en la plaza
a que la muerte es otro nombre del regreso.

31
Son los últimos cuervos
y aún dominan el cielo.
Para alejarse esperan
que salgan las estrellas.

Es el atardecer en el muy duro feudo
de un gran señor plantócrata.
Yo sé que mi presencia aquí no es bien vista.
Los brasifarmers no me quieren,
la moni mani muni no me compra,
y los parasojayos y los comisionistas
de la tierra rifada con toda la gente dentro,
me ofrecerán, sin falta,
tomates blandos, chicle
y unos metros cuadrados de pantano
para levantar una casita y vivir en ella.

No quiero oír razones,
no quiero yo pasar aquí la noche.
Para todo propósito práctico,
no quisiera ser un intruso en este latifundio:
yo soy un primitivo incómodo,
un enemigo declarado
del calendario y de su látigo.
Mejor, me pongo en marcha.

Es el atardecer en la estación abandonada.
Hace años que el tren no pasa por este verde paraje.
En el andén cubierto de maleza,
hay gallinas, guineas, lagartijas.
No se trata del recio madero de un náufrago;
es, en el mejor de los casos, un gallinero
coronado por una veleta
que no se lleva bien con el viento.

Una vez más, a pie
y a la vera de los rieles,
sigo al tren que aún corre en mi memoria.

Cuando llegue al kilómetro cero
que es donde comienza la ciudad,
que es donde bajaban los caballos de un vagón
y los jinetes y las armas de otro vagón,
que es donde se juntaba con cuchara
la harina que caía como maná,
que es donde las lágrimas
no se secaban en los rostros,
y las valijas, que eran de puro cartón,
estaban atadas con un cordel, digo, digo nomás,
cuando llegue, y ya debo estar por llegar,
veré en la desierta estación
a todos mis fantasmas.

Enfrente, con un poco de suerte,
encontraré la plaza bajo las estrellas,
la plaza como centro de la vida posible.

LA DELICADA Y UN ENGANCHE
ELLA

Entiendo que no pueda recobrarse,
que siga como ayer, incomprendida,
silenciosa y también introvertida,
porque fue fácil en su caso darse

y es triste que no llegue a desatarse.
Arde en silencio y una vez ardida
se considerará bien advertida.
Lo sabe y qué, no puede aún soltarse.

Quitarle hoy el gancho no es posible.
Quizá rezar, quizá, sólo quizá.
¿Y la psicología? No lo sé.

Quién sabe si el fulano es un fusible.
Quién sabe si se trata de un quizá.
No sé si no es igual siendo al revés.

INDICE
DEDICATORIA, TAMBIÉN SEMBLANZA
LAS MANOS VACÍAS
1. Aquí ya no prohíben
2. Recuerdo el tren, pasaba por enfrente
3. Se han ido los labriegos sin tierra
4. La resignada mansedumbre
5. A la sombra serena de los árboles
6. Contra mucha, muchísima ausencia toda junta
7. Es el décimo día de la tercera ocupación
8. Hay que tocar el terna con prudencia
9. Pasa la vendedora de frutas
10. Mientras en vano corre un hombre
11. Futura madre
12. Dijeron que iban a filmar
13. Del ayer sólo queda una pátina
14. Y no me olvides
15. Ciudad de los naranjos
16. ¿Qué quieren los innumerables
17. Marion, Semirremolque de labios pintados
18. Se han marchado los ocupantes
19. Regresa el rabelero, vuelve
20. El rabelero rabelea
21. Como una lenta ronda de sombras
22. Avanza el sol hacia el ocaso
23. Un futuro que ya fue
24. Inesperado, irreconocible
25. Oscuro cincuentón cesante sin familia
26. Hay un atardecer que tiene el tono justo
27. Ya llega el ministro a la plaza
28. ¿Dónde estoy? ¿Qué?
29. Vienen del norte, como ayer sus padres
30. Fueron ricos a la manera de la selva
31. Son los últimos cuervos
AVISO DEL TRAMOYISTA
LA DELICADA Y UN ENGANCHE - ELLA
SE DEFIENDE EL FULANO
BIBLIOGRAFÍA.
.
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