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viernes, 6 de agosto de 2010

LUISA MORENO DE GABAGLIO - EL ANTIGUO CATALEJO / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - 19 TRABAJOS (1984).


EL ANTIGUO CATALEJO
Cuento de
LUISA MORENO DE GABAGLIO
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )

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EL ANTIGUO CATALEJO
El tren se alejó silbando, y quedé en el andén sin saber adónde ir. Estaba un poco aturdido aún, por el largo viaje que dejó sobre mi sotana una finísima capa de polvo rojizo. La vieja tierra de mi querida "Villarrica del Espíritu Santo" que había abandonado 20 años atrás, cuando terminé la primaria, ahora se abría nuevamente ante mí en una calle ancha, cubierta de césped, y flanqueada por extensos cañaverales. Emocionado profundamente, tomé mi pequeño maletín y decidí llegar cuanto antes a la casa parroquial, a la que me habían destinado.

En el trayecto me detuve en el parque "Ortiz Guerrero", tantas veces añorado en mis largas noches de vigilia y penitencia, cuando la duda se me atravesaba en la garganta y ahogándome en la orfandad más absoluta de la fe. Yo evocaba con desesperación ese pequeño paraíso, donde aún se cumplen con libertad las leyes inexorables de la naturaleza. Ahí está la vida simple y eterna del musgo, tupiendo el capote de "Manuel" con un rico terciopelo verdoso. Ahí, entre las arrugas del viejo timbó están mis mejores recuerdos y uno de los más tristes que trastornó profundamente mi vida y más tarde me inclinó hacia el sacerdocio. Desde ese lugar tejía mis sueños de niño solitario y hambriento de cariño, cuando creía que el poeta susurraba sus versos a las hojas caducas que se llevaba el viento.

En esa época, mi padre era el único médico del pueblo y casi nunca lo veía. Éramos nueve hermanos, y mi pobre madre andaba siempre agobiada por las tareas del hogar. Alguna que otra noche, arrastrando los pies se acercaba a mi cama y dejaba en mi frente un beso arrugado y soñoliento.

Yo fundé mi propio hogar en el hueco del timbó, junto a mis tres grandes tesoros: la hondita, el cortaplumas, y el antiguo catalejo herencia de mi abuelo. Con él, una tarde cualquiera descubrí a la niña enferma a quien asistía mi padre desde algún tiempo. Se llamaba Mimí, y estaba en el balcón de su casa sentada en un sillón de mimbre y arrebujada en una manta a cuadros. Con aquella delicada palidez, y los cabellos luminosos...parecía una visión mística. Quedé en éxtasis pensado de qué color serían sus ojos.

Un día escuché decir a mi padre, que tal vez, Mimí daría un paseo por el parque esa tarde. Corrí hasta allí y me senté en el césped a esperar. Pasaron las horas, Mimí no salía, y quedé profundamente dormido. Soñé que mi madre me cantaba una canción de cuna mientras yo succionaba de sus mamas el amor y la vida. Cuando desperté solamente un grupo de luciérnagas revolaban en mi pequeña soledad.

Todos los días, con mi anteojo de larga vista trataba de saber qué hacía Mimí. Así comprendí que ella no era como todas las niñas; no jugaba con muñecas ni se columpiaba; le gustaban los libros y amaba la música. Cuando la veía acercarse al piano, saltaba del tronco del árbol y corría a tirarme bajo la ventana de su rincón favorito. Era como si la música brotara de su piel elevándose purísima, como un himno sublime de fe y de sueños. Yo me entregaba a su himno, a su piel, y compartía sus sueños.

El 17 de Octubre se celebraba la fiesta patronal, y había una atmósfera de alegría contagiosa que todos compartíamos. Yo abrigaba la secreta esperanza de ver a Mimí durante los festejos.
Encabezaban la procesión, autoridades civiles, eclesiásticas. . .atrás iba el pueblo; la mayoría de ellos obreros vitalicios de la fábrica, amarillentos y secos, como gabazos recientemente escupidos por el ingenio azucarero. Iban rodeados de sus mujeres y sus niños; ventrudos, legañosos hijos de la cachaza.

Vítores, cánticos, sudor y polvareda se amalgamaban en ese testimonio devoto e ingenuo. Era como un enjambre zumbante, que gimoteaba su descarnada miseria alrededor de la imagen desteñida por el manoseo pedigüeño, y roída por el tiempo. Me alejé de ahí sofocado y confuso, cruzó el parque, y ya más aliviado me senté en el cordón de la acera frente a la casa de Mimí. Deseaba tanto que me viera con la camisa y los zapatos nuevos que estrenaba ese día. Cuando por fin salió. ¡Vi sus ojos claros como días de abril! -quise decirle ¡hola Mimí! pero en cambio di tres volteretas, una más torpe que otra, y ella riéndose de mí se alejó flotando como una mariposa.

Algunos días después, preparaba mi equipaje sin mucho entusiasmo, para una excursión con mis compañeros a una estancia vecina. Recuerdo que no quería ir, estaba muy preocupado por Mimí quien había sufrido una fuerte recaída. No podía creer que estuviera tan enferma, ¡tantas veces la había visto reír, y su risa era como un canto de vida, de alegría!

Estuvimos de regreso el lunes como a las 9 de la mañana; el viaje había disipado en parte mi tristeza. Entré a mi casa contento, dejé la valija sobre la cama, y pregunté a mi hermana por mis padres. Súbitamente pálida, me contestó -"Fueron al entierro de Mimí. La pobrecita murió ayer"-.

- ¡Mientes!, ¡Mientes!- le grité y salí corriendo. Llegué a su casa sin aliento. Empujé la puerta que cedió blandamente abriéndose de par en par. Un penetrante olor a lirios y crisantemos puso un nudo en mi garganta. En la sala silenciosa vi algunas flores pisoteadas, los cirios sin llama, el viejo piano y el sillón de mimbre vacío. Me acerqué a él como a un sagrario, y arrodillándome acaricié la manta de a cuadros. Una hebra de cabello dorado se enredó entre mis dedos, y un sollozo incontenible me echó de bruces sobre esa manta que aún parecía tibia.
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Dirección: HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ
Asunción – Paraguay 1984 (139 páginas).
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