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viernes, 13 de agosto de 2010

RAQUEL SAGUIER - ESTA ZANJA ESTÁ OCUPADA / Edición digital: BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES.


ESTA ZANJA ESTÁ OCUPADA
Novela de
RAQUEL SAGUIER
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Edición digital: Alicante :
BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES, 2001
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
Aguilar y Céspedes, 1994.
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ESTA ZANJA ESTÁ OCUPADA
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A mis seres queridos y con especial gratitud a mi hijo Mauricio, quien supo encontrar la zanja adecuada y ocuparla en calidad de muerto durante el tiempo que hizo falta para que el arte fotográfico de Alexa lo fijara no sólo en el recuerdo, sino en la escena que ilustra la portada de este libro.
Ni siquiera Lumina Santos hubiera podido reconocer en aquel sujeto allí tendido, con la mirada sin rumbo y el pecho cortado en dos por una raya oscura y tambaleante de sangre coagulada, al mismo Onofre Quintreros que durante un año corrido la había hecho gritar de clandestino placer. Grito que siempre se prolongaba más de lo necesario porque era el modo más directo de glorificar la virilidad del amo; y sobre todo porque ese aullido visceral y espeso, de torturado a quien extirpan confesiones, era el único en su género que se cotizaba en verdes.
Según su intensidad y su longitud de ondas, cada uno valía una joya, este abrigo de leopardo para que nunca te me apartes del buen clima, querida, o la pundonorosa envidia que suscitaba entre sus amigas el departamento último modelo. La compra del cual Onofre había resuelto de una vez y sin más trámites, después de haberla considerado un soberano disparate, primero; una pésima inversión propia de eunucos y dominados, en segundo lugar, dando finalmente aquel giro prodigioso que sobrepasó todos los ángulos habilitados en geometría, y que ningún conocido suyo acertó a explicarse muy bien.
Aunque lo más probable es que, al cabo de cuarenta y seis días de sitio, a él no le quedó otra salida que capitular, arrebatado por la dulce perspectiva con que lo venía acicateando ella: la de transformar aquel pisito algo neutro, demasiado convencional para su gusto, en delicioso antro de perdiciones mutuas, donde podrían amarse sin retaceos, hasta la consumación de sus fuerzas, en lugar de recurrir a estratagemas y de tener que delinquir eternamente con el Jesús en la boca.
Para que los cuerpos se explayen a conciencia y demuestren el preciosismo de que son capaces, lo fundamental es contar con el sitio adecuado, solía murmurar ella, pasándose los labios carnosos por la golosa lengua, procurando convencerlo de que el tal desembolso no sólo resultaría altamente rentable, desde un punto de vista que él ya tendría ocasión de comprobar, sino que únicamente así, habitando un techo nuestro, decía, nos veremos libres de la coacción ambiental inevitable, y de los infundios malignos de las beatas y los enemigos políticos, siempre dispuestos a profanar la intimidad ajena en beneficio propio.
Y como eficaz ilustración de esto último, bastaba mencionar al flamante Director de los Servicios Sanitarios y de Fumigación Estatal, que era lo mismo que decir Recaredo Anodino Flores, o ese hijo de una gran floresta que lo floreció, quien aprovechándose del revés político sufrido por Onofre, y tras haberse proclamado su incondicional amigo del alma (de esos que están prontos a batirse con cualquier arma y sobre el terreno que fuese, en salvaguarda de una amistad que en este caso llevaba veinte años de existencia), dio un vuelco inesperado, haciendo que aquella demagogia de fraternidad barata se convirtiera en una encarnizada lucha, donde el adversario no sólo desconocía lo que era tregua, sino que debió ser enfrentado en todas direcciones y con los mismos proyectiles que él utilizaba.
Y de socio en juergas, gallos y trasnochadas, y en la prosperidad miti miti de sus tres más florecientes empresas, Flores pasó a ser el dueño absoluto de la torta y, en consecuencia, el único beneficiario de la destilería San Cristóbal, del negocio de la exportación de whisky, y de los copiosos dividendos aéreamente dejados por las dos pistas de aterrizaje.
Así es la vida, mi estimado, le dijo el día que Onofre, descompuesto por la indignación, se presentó en su despacho para exigirle explicaciones. La vida se lo pasa dando vueltas. A veces te toca estar arriba y a veces estar fregado, de manera que lo más prudente será que te mantengas en el molde, sin levantar demasiada polvareda, ni olvidar que ninguna canonización de los más estrepitosos santos hubiera sido posible sin una perseverada sobredosis de resignación cristiana.
Y ahora, como si el triple despojo no le fuera todavía suficiente, pretendía arrebatarle el monopolio de los videos franja verde y de las películas ginseng. Llamadas así porque restauraban en un tramo de tiempo igual al que requería su proyección, la virilidad perdida a consecuencia de la edad o de lo que sería una imperdonable infidencia que se divulgara aquí.
Lo único que al muy canalla le restaba por hacer era inmiscuirse en los asuntos internos de Lumina, esa verdadera joyería carnal, esos panales, esa piel en constante ebullición, ese chisperío, ese néctar que parecía fluir al calor de sus más íntimos rincones. Allí donde Recaredo hubiera dado cualquier cosa por estar y donde sólo estaría pasando sobre su cadáver.
Después de haber tenido que afrontar un año con muchas más oscuridades que brillos, Lumina era algo así como ese toque de sol que tanta falta le hacía a su momentánea penumbra, y no estaba dispuesto a cederla por ningún dinero.
En ese tema nunca habría vacas flacas para Onofre, ni resbalones políticos, ni nada caído que sirviera para hacer leña. En el rubro sexo débil, él mandaba con plenitud de poderes, así le tocara estar arriba o estar fregado o donde fuese. Y si alguien necesitaba comprobarlo, no tenía más que remitirse a las pruebas, y a las tantas veces por semana que, con el júbilo repartido por igual entre las dos partes, dichas pruebas se venían realizando.
Pero entonces, en una cama todavía convulsionada por el continuo cambio de posiciones, Lumina Santos y Onofre se hallaban en puntos equidistantes de esa muerte tersa que sobreviene luego del amor saciado, o por lo menos así se lo imaginaban ambos.
Mientras que Onofre ahora espera; estaba aguardando el auxilio de nadie en ese despoblado al pie de la miseria, donde la ciudad había perdido sus atuendos de etiqueta y se oxidaba entre charcos, exhalaciones hediondas, objetos en ruinas, una colina de escombros que parecía reírsele en la cara:
Hasta aquí hemos llegado, Onofre Quintreros; se nos ha vencido el permiso para seguir conduciendo. Estamos juntos en esto, los dos cautivos de la misma trampa y en cumplimiento ambos de idéntico suplicio. Dicen que por haber pretendido dar un salto mayor al empuje de nuestras piernas. Aunque te llevo una apreciable ventaja: yo he alcanzado una altura a la que tú, desde la inmovilidad de tu zanja, no te atreverías a aspirar siquiera. Y nada hace dudar de que aquí nos quedaremos, demasiado lejos de todo para valernos de señas. Tú, con esa asfixia en el pecho, que no es aún la definitiva pero sí el primer impulso hacia ella, y yo, con mis nostalgias y mis demoliciones a cuestas.
Tuvo la sensación de despertar de una pesadilla que seguía cumpliéndose en la realidad, con los ojos desorbitadamente abiertos a lo que le estaba sucediendo, y a lo que sin duda habría de venir después.
Porque no soñaba, no, ni debía hacerse ilusiones. Estaba aquí y ahora. Era este hombre que respiraba jadeando, este despojo inútil reducido al tamaño de una zanja, que más bien semejaba una mortaja confeccionada a su medida. Era esta camisa de seda italiana, ahora irreconocible bajo el maquillaje de sangre. Estos brazos que habían sido capaces de instrumentar tantos abrazos, de levantar pesas de vértigo, que le habían ayudado a sacudirse de los hombros la pobreza, y que así, repentinamente, parecían haber cortado toda vinculación con su cuerpo para yacer distantes junto a él, en la nueva dimensión de su impotencia.
Era estos labios azulosos, empeñados en capturar un aire cada vez más enrarecido y flaco, y poco a poco aquella sed devoradora plantándole un desierto en los repliegues de la boca, calcinándolo por dentro. Acaso la piedad de alguna nube le proveyera de una limosna de agua, de una tajadita al menos, pero la oscuridad empezaba a deglutir las nubes y el cielo quedaba reflejando el mismo gris harapiento que le circulaba en la cara.
Una cara roída por la intemperie, ligeramente inclinada hacia adelante, como si estuviera examinando las heridas de pistola en su propio cuerpo, o la angustia de unos dedos que apretaban ciegos aquí y allá, tratando de taponar la muerte que le fluía de algún lado. Y que seguía fluyendo aunque Onofre permaneciera quieto, con el mismo apuro lento y pertinaz de aquellos astros que se ven como enclavados en su sitio, y sin embargo ruedan, obstinada e infatigablemente hasta completar su rutina.
Era esta atroz ausencia de reflejos que le dejaba un largo espacio vacío donde debían estar los pulmones, el corazón, los deseos. Qué se había hecho de aquellos deseos que avanzaban insaciables, eliminando una tras otra las barreras que obstaculizaban sus proyectos, y haciendo que a su paso todo adquiriese fantástica existencia. La misma que sentía languidecer ahora en las venas, en idéntica medida en que se sucedían los instantes y empezaba otra vez la confusión, otra vez lo ganaba aquel mareo con el que también se mareaban los contornos de su historia.
Porque entre tanta incertidumbre, ya no había un hoy del cual poder aferrarse, sino esa masa huyente y gelatinosa que su cerebro sólo receptaba a medias. Mientras que el ayer resultaba todavía más remoto que la cada vez más remota posibilidad de acceder a algún mañana.
De qué le había servido tanta euforia, tanta avidez de poder, tanta codicia, si todo lo hecho hasta entonces y por lo que tanto había luchado, terminaba siendo apenas los fragmentos inconexos de un pasado vivido por otro.
Estaba allí, en la trastienda de un mundo en decadencia, como observándose desde su propia lejanía, todavía preguntándose quién, cómo, por qué, luchando por disipar de su interior aquel biombo compacto que le distorsionaba los hechos, hasta no saber en cuáles había participado y cuáles eran meros inventos de su delirio. Luchando porque se quedara quieto ese minuto de gracia concedido a su memoria, ya que de pronto algo se insinuaba con relación a Lumina, una especie de sonido intermitente que parecía arrojar la basura, o quizá fueran los movimientos escabullidos de una manada de ratas repercutiéndole en las sienes.
Sí, algo pendiente que jamás le sería revelado, porque el sopor lentamente oscurecido de una laguna se le instalaba ahora en la mente, interponiéndose entre su afán por recordar y sus recuerdos.
Mientras la soledad crecía hasta no caber casi en sus ojos, y se juntaba al dolor sordo y universal del abandono, ése que va corriendo apareado a las gastadas luces que la tarde reclinaba sobre el suelo. Y en medio de todo aquello, la convicción de que no podía hacer nada. Sólo era cuestión de horas, de minutos, de segundos, que se iban destiñendo al compás de sus latidos, si tal nombre merecían esos menudos titubeos, imperceptibles casi, que avanzaban más bien reculando, bajando y bajando de tono, hasta que uno de ellos quedase interrumpido en sus comienzos. No por fallas técnicas, como se habría de asegurar después, sino por no haber podido completar el recorrido que hace falta recorrer para seguir viviendo. Y la idea retumbaba en sus oídos como una paradoja enloquecida.
***
Porque precisamente para seguir viviendo se había pasado la vida cuidando el frente y la retaguardia. Onofre venía tomando esas precauciones desde la época de sus penosos comienzos, cuando todavía era pobre pero ya soñaba con hacerse rico.
Despierto se soñaba poseyendo una cuantiosa fortuna, un Rolls Royce encarnado y a la gringuita Leonor. Aunque la hija de don Walter, su germánico patrón, ocupaba el palco oficial de su sueño, porque allí, en aquel recinto encantado, en lugar de rechazarlo y de mostrarse esquiva, ella se tendía abierta en la hierba y se dejaba hacer. Era una cueva abrigada y húmeda dentro de la cual él apaciguaba los primeros reclamos de su hombría.
Sus dieciséis años forjados a soledad y machete soñaban que tarde o temprano cruzaría esa tremenda injusticia, y se pasaría, carajo, como había Dios que se pasaría hacia el bando de los ricos.
Y las manos de Gumersinda ya no tendrían que lavar ropa en el puente, y podré pagarte la operación de cataratas con el mejor oculista, y no sé si alguna vez pueda pagarte el que le hayas servido de cuna, Gumersinda, y de techo y de esa sombra donde encontraron alivio las ardientes escaldaduras de su orfandad primera. Ni habrá dinero que abarque la inagotable ternura con que le hiciste de madre, Gumersinda. Su única, su verdadera madre, porque la puta que lo había parido se fue sin dejar dicho adónde ni si pensaba volver.
Eso rumoreaba la gente: que no bien se deshizo del estorbo, y sin que el remordimiento le voltease ni una sola vez la cara, ella partió en busca del autor de su embarazo. Un tal Cándido Bienvenido Rotela, quien para nada hacía juego con ninguno de sus nombres ya que a su vez se había marchado tras los amores de otra, y cuya captura era solicitada en varias dependencias policiales de la zona, así fuese vivo o muerto, por tratarse el individuo de un resbaladizo cuatrero que periódicamente visitaba las haciendas para robar ganado.
En medio de una gruesa polvareda, dicen que llegaba, profiriendo palabrotas y rubricando su presencia con una rociada de tiros al aire.
¡Ábranle cancha a Bienvenido Rotela y sus jinetes del Apocalipsis, que vienen a festejar el juicio final de sus vacas y el bautizo de sus hembras!, exclamaba entre relinchos y risotadas que hacían circular el pavor y lo aumentaban en la misma medida en que cristianos y hasta perros desaparecían con la terrorífica expresión de haber avistado al Maligno.
Porque la verdad es que nadie se atrevía con aquel hombre de entrecejo arrugado y ojitos donde la lascivia parecía arder bajo los meros auspicios del infierno. Ni nadie lo hubiera delatado por temor a sus represalias, que solían cobrarse más vidas que el hambre y los impuestos, y a las cuales se sumaban también las de su banda: forajidos todos de la peor ralea que al dos por tres estaban volviendo: o para reprisar la fechoría, o para exhumar alguna cuenta pendiente, o para demorarse hasta el alba en el catre de alguna Antonia, o Rosalía, o vaya a saber si de la tal Clemencia que resultó siendo después la misma de la huida.
Lo cierto es que así fue como Onofre, a quien naturalmente hubiera correspondido apellidarse Rotela, tuvo que soportar la vergüenza del sobreapellido Quintreros, debido a que éste, como acontecía a menudo entre los lugareños, una vez que se puso a echar raíces, desplazó sin miramientos al apellido verdadero. Para todos era y sería siempre no Rotela, sino Quintreros, por esa rima infamante de haber nacido quinto entre los hijos de un cuatrero.
Oye, Onofre, le decían, si te hubiera tocado nacer de la tercera de aquellas demoras forajidas, te habrías tenido que llamar Tertrero, y si de la sexta Sextrero, y conforme las demoras fueran creciendo se enanizarían tus posibilidades de llamarte de algún modo. Así es que debes estarle agradecido al ciudadano ése, no sólo por el entusiasmo que mostró al hacerte, con todas tus partes en regla y muy bien proporcionadas por cierto, sino por el orden en que te hizo. Pues lo que mejor le combina a tu nombre es sin ninguna duda, Quintreros, por haber nacido quinto entre los hijos de un cuatrero.
Últimamente ya no podía soportarlas: esas burlas dolían igual que la propia orfandad, o la desarrapada miseria que venía entorpeciéndole los pasos y engrillándole los sueños. Por eso, para no verse obligado por la herencia a repetir el cariado prontuario de su padre, con alguna paliza bien dada o alguna bala bien puesta, juntaría sus escasas pertenencias y se borraría del pueblo, emprendiendo el mismo trayecto de tantos otros antes que él: el de ir a probar fortuna a la capital, allá donde no existieran vientos cotorreros que divulgaran su origen. Pero principalmente donde a fuerza de sudor consiguiera desprenderse hasta del último vestigio de aquellos que lo habían engendrado. Y no habría barreras ni lamentos de Gumersinda capaces de detenerlo.
Porque la vieja, como si hubiera poseído el don de acertarle el pensamiento, se pasaba el santo día con la misma cantinela:
Que tu ambición ya no cabe en este rancho ni en el negocio de hacer dulce. Que te has dejado encandilar por ella, y debes tener mucho cuidado, mi hijo, porque esa ambición te está creciendo deforme, y algún día, si no la frenas a tiempo, acabará también por deformarte el alma.
¿A cuál alma se estaría refiriendo Gumersinda?, cuando lo único que él sentía allá en el fondo, a varias leguas de sí mismo, era una especie de puntada intermitente, como si en lugar de alma le estuviera supurando un susu'a. Y, para ser sincero, lo único que él notaba que se le iban deformando eran los huesos, y no precisamente de la ambición que preocupaba a Gumersinda, sino de tanto estarse agachando para recolectar guayabas.
Todas las que haya en el vecindario, le recomendaba ansioso don Walter, sin hacer discriminaciones, tanto las pintonas como las pasadas, que el verano dura poco y ningún paladar es tan exigente como para advertir la tramoya.
Y también las de piel fina, e incluso las chamuscadas, hasta llenar todas las bolsas que te aguante el espinazo, y te permita esa lomada mal nombrada «Cuesta dulce». Seguro por algún despistado que sólo habría tenido con ella un trato superficial, porque los otros, que la conocían a fondo, juzgaban que mucho mejor «Arisca» la hubieran debido llamar, por el hecho de que así, prácticamente de entrada, te ponía cara de Gólgota y apenas se dejaba subir. Por cada seis intentos que uno daba hacia adelante, la maldita te estiraba dos y medio para atrás.
Era un tire y afloje desigual y fraudulento, que siempre terminaba con Onofre arrojando la toalla, y aquel sabor amargo, como de pasto molido, que le amargaba primero la boca, y un rato después las rodillas, al comprobar que el viento, su cómplice, el mismo que le había enseñado las ventajas de ser libre, hasta ese viento algunas veces se pasaba al enemigo.
De llegar llegaba, pero a duras penas, con el tanque seco y la fuerza justa para volcar su acalambrado botín en aquellos tachos cobrizos donde, bajo el atento control del tirano y sobre el temblor de las brasas, debía hervir durante horas enteras, junto a la mitad de su peso en azúcar y al doble de su volumen en agua.
¡Vamos, repítelo!, y jamás lo olvides ni lo comentes con nadie, ni siquiera con tu almohada, y con la Gumersinda menos que con nadie, que es información ultra secreta, y como tal deberá ser archivada como se archivan los muertos, con dos vueltas de soplete y tres remaches de estaño, para asegurar el soldaje por un lado, y por el lado más triste, el encierro.
¿Y todavía me preguntas que archivarla dónde, so animal? Pues en el único escondite al que no acceden los espías: en la memoria. ¡Anda! ¡Vamos! Memoriza bien y repite: del estricto cumplimiento de la fórmula depende el éxito de la empresa. Del estricto cumplimiento de la fórmula depende el éxito de la empresa&
Confidencia de la que también participaba una espátula de madera, que si seguía en vías de tan notable crecimiento, ninguna oposición hubiera encontrado para ascender a la escala superior de ser un remo. Un remo hecho y derecho, al que ni por un instante debes dejar de moverlo. Ni tú apartarte del tacho, ni al remo dejar de moverlo. Aunque aquella mezcolanza comience a dar muestras de querer impacientarse y después vaya en aumento, y al final no se contenga y se ponga a maldecir con un ploc ploc alarmante.
Pero tú no le hagas caso. Pon los oídos bien sordos y tú sigue adelante que para eso te pago. Revuelve como te lo estoy mostrando, sin desviarte del rumbo en que se desplaza el tiempo. Siempre detrás del movimiento horario. Todo lo cual sin apartarte del tacho, ¿me entiendes? Aunque sospeches que el volcán algo se trae entre manos (sí, algo sucio está tramando), y aterrado lo veas crecer, detenerse a tomar aire y de nuevo crecer&
Pero tú no te resbales de ti mismo ni cometas la gallinada de defecarte encima. Mentalízate en positivo y mantente firme en tu puesto, que cualquier subversión se reprime aplicando una receta muy simple: rasurar los impulsos primero, y después bloquearles la salida.
Entonces, ¿qué te detiene? Por más hora de ir saliendo que sea, por mucha oscuridad, prosigue. Aunque sepas que el volcán no tardaría en soltar sus amarras, rebasar su orilla y en cuestión de unos pocos segundos empezaría a reventar en cráteres, engendrando mil infiernos por cada uno de tus temblores. Entonces serías tú, pobre infeliz, el blanco perfecto contra el cual se pondría a afinar su puntería.
Así y todo, persiste. No abandones la contienda. Aunque se te acribillen los brazos con balas incandescentes, y el dolor te anestesie la sensación de dar vueltas. Y de pronto no te sientas revolver, porque a partir de ese momento será la inercia y no tú quien realice la tarea. Ella, automáticamente, irá ordenando las atropelladas indicaciones en que se ha enredado don Walter, las registrará en sus respectivas casillas y sin un error empezará a ejecutarlas. Apenas le da caza al vocablo remar y revuelve, hasta que lo remado experimente un tangible viraje de color y consistencia. Vale decir, que se vuelva sangre espesa. Pese a lo cual debes seguir revolviendo y revolviendo, porque del número de quemaduras depende el éxito de la empresa.

Tres quemaduras en un brazo son pocas

cuatro formando una cruz en el otro mejora
doce entre ambas mejillas excelente
y allá abajo ninguna
allá abajo sólo Leonor le dolía&
Pero a don Walter no le gustaba que él la anduviera rondando. ¡Apártate de ella!, le decía, y lo mismo le decía Gumersinda, que la gringuita no era para él, que por varios cielos le quedaba grande, y que ya no malgastara saliva intentando conquistarla.
Entonces, en vista de que no podía tenerla de otro modo, optó por idear lo de los sueños. Cada uno de los cuales formaba un espacio hermético, un verdadero mundo aparte donde no cabía el tiempo, ni don Walter, ni nada que no fueran sólo ellos.
Tampoco debía esperar a estar dormido para soñar. Bastaba mantener los ojos prendidos a un objeto cualquiera durante no más de tres minutos, pasados los cuales, algo principiaba a saberle dulce en la punta de la lengua, a la vez que lentamente, como si de aquella dulzura se descorriera un telón, el sortilegio se ponía en marcha.
Todas las veces comenzaba igual, con un gran fuego en el centro de una habitación tapizada de hierbas frescas y tupidas, y otro que sin descanso subía y bajaba de un espejo circular, de una de cuyas esquinas, formando una leve y dorada angulación, y como creados por las llamas, uno tras otro iban surgiendo los primeros esbozos de Leonor, y de inmediato una Leonor tan íntegra y cabal, que todo a su alrededor mudaba de perspectiva, todo ardía luminosamente.
Pero lo realmente increíble radicaba en el hecho de que estando fuera del sueño, verlo y echarse a correr eran ejecutados por ella en un solo acto, veloz e instantáneo. En cambio en su interior permanecía quieta, dócil, accesible. Los dos salpicados de reflejos, allí mirándose y oyendo sin oír el eco del aullido de don Walter extinguiéndose a lo lejos.
Mirándose a través del crepitar del fuego, cuyo rojo sangre hacía que la piel de ella pareciera aún más blanca, y sus ojos aún más claros, y más apetecibles aún sus pecas.
Ambos atrapados por el hechizo in crescendo de un deseo que latía más a prisa que ningún pulso, que ningún corazón de galopar tendido. Cuando de pronto ellos mismos eran las llamas que veían subir y bajar y entrar y salir desde el fondo tumultuoso del espejo. Hasta que todo se volvía incandescente, estallaba en mil pedazos, para finalizar sumido en untuosa somnolencia.
También el fuego había cesado, y en su lugar sólo quedaba un efímero aleteo desvaneciéndose y desvaneciéndose cristal adentro. Y al cabo de un rato, la habitación entera se iba como diluyendo, como replegándose sobre ese tono macilento de las fotografías viejas, hasta desaparecer por completo.
Entonces Leonor era otra vez la de la cabeza llena de humos, y Onofre otra vez la suma de sus miserables restas, y érase ahí otra vez don Walter, que para recuperar el capital que él había dilapidado en ensoñaciones vacuas lo ponía a revolver más de prisa y más de prisa, sin importarle que las quemaduras fueran pasando de grado a medida que se hacían más profundas, porque precisamente esa era la mixturación perfecta con la cual se exorcizaban los problemas financieros.
***
Y al mismo tiempo que soñaba y se perdía entre ambiciosos rascacielos, Onofre era consciente de que para llegar a rico y ocupar un lugar de privilegio había muchos trámites que cumplir, muchas reglas que debían ser transgredidas.
Empezando por la promesa hecha a Gumersinda de visitarla tan pronto hallase algún empleo seguro, al cual desde luego accedería mediante la oportuna intervención de aquel que, además de Benemérito del Transporte e Hijo Dilecto del Barrio, era considerado como el auxilio de todos los desprotegidos que se aventuraban en la capital: el generoso compueblano don Eusebio Sotomayor. Hombre semianalfabeto pero de una capacidad inventiva tan prodigiosa, que en poco tiempo supo amasar una considerable fortuna construyendo carrocerías para ómnibus, camiones, camionetas, o «cualquier bicho que anduviera sobre ruedas», como él mismo se jactaba en afirmar. Y a cuyo nombre iba dirigida la recomendación, que según el parecer de Gumersinda, le abriría todos los portones de la gran ciudad, y que le fue cosida dos veces en el bolsillo trasero, para que no la pierdas, le dijo, al menos mientras no pierdas el pantalón.
En seguida vinieron los llorados adioses que, con intervalos de varios silencios, se fueron superponiendo al adiós de los grillos y las súplicas a San Onofre, patrono de lo imposible, a cuya devoción debía Gumersinda una hilera impresionante de milagros, y a la que Onofre quedó debiendo, no solamente el nombre, sino la cura de tres dolencias infantiles, tenidas por aquella época como parientas muy cercanas de la muerte.
Yo te lo entrego, santito, se la escuchó rezar cuando alguien pasó con la orden terminante de abordar sin más dilación el vehículo. Pongo en tus manos a tu tocayo. Presérvalo de todo mal y de todas las acechanzas del Maligno&
No te preocupes, en cuanto consiga algo te vendré a ver, la interrumpió Onofre, sin lágrimas y sin imaginar siquiera que, mucho antes de lo pensado, apenas la ciudad comenzara a perfilarse tras la cresta de los cerros, un impulso incontenible lo llevaría a hacer añicos la carta, y a cambiar su reciente juramento por la decisión irrevocable de no volver jamás.
Él sabía a lo que se estaba exponiendo: acaso a la peor de las soledades, ésa que no se deja oír en mitad del despoblado, y a medida que el gentío aumenta, también crece y va creciendo hasta volverse insoportable. Pero cualquier cosa hubiera sido mejor que contraer deudas con santos, así fueran los de esta tierra, o de los que vivían inquilinando el cielo. Ni a don Eusebio, ni a San Onofre. Prefería debérselo todo a sí mismo.
No le quedaba por lo tanto ninguna otra salida: tendría que resistir sin doblegarse los rigores del comienzo, y las tantas humillaciones que le impone la ciudad al pajuerano, las cuales no siempre se encuadraban en los marquitos dorados de barrer las escaleras o higienizar retretes. Muchas veces, como bien lo pudo comprobar Onofre, el hedor de las letrinas resultaba ampliamente superado por la pestilencia que exudaban aquellos puestos degradantes, de ínfima categoría, donde nadie sabía a ciencia cierta quién era el jefe.
Aunque demasiado bien se sabía a cuáles requerimientos estaban subordinadas las solicitudes de ingreso. Era indispensable manejar con encomiable destreza las diferentes corrupciones y los diversos tipos de sobornos, de adulaciones y de coimas, a todo lo cual se llegaba luego de un exhaustivo aprendizaje en esa universidad a tiempo completo que es la calle, y que ofrece al educando -previo test vocacional obligatorio ya que el mismo permitía descubrir a cuál corrupción cada quien era propenso- una extensa gama de recursos para aprender no sólo a defenderse, sino para saber también cómo atacar.
Algunos demostraban una notable inclinación hacia las aguas fangosas, otros se diplomaban en todo lo concerniente a albañales, cloacas y derivados, otros se hacían peritos en un sinfín de triquiñuelas para desviar los fondos públicos hacia rumbos más privados, y otros en adulteraciones y fraudes.
Y tanto unos como otros salían aprobando con óptimas calificaciones el difícil arte de borrar, en apenas contados segundos, toda clase de evidencia que hubiera podido alertar al olfato policíaco.
Salir adelante a cualquier precio y a costa de quien fuera, era la consigna, el único escape para que esa logia hermética denominada sociedad jamás fuera a apartarlo de su seno, ni le dedicara esa mirada desdeñosa y fría que reserva a quienes no se ajustan a sus normas.
«La sociedad no hace trato con los débiles sino con los audaces», había leído Onofre en alguna parte, y la experiencia le fue enseñando que para obtener el título de audaz y las subsiguientes condecoraciones, de ninguna manera había que apresurarse, sino trepar con callado aguante por la estrechez de esa escalera relegada a la servidumbre, hasta encontrar su lugar en el ascensor.
Los años más duros fueron indudablemente los primeros, cuando trabajaba al por mayor, encadenando una tarea con otra y cumpliendo aquel horario demente de casi dieciséis horas por día. Aunque eso no era lo peor. Lo peor era saberse miserablemente explotado y no poder hacer nada al respecto, porque cualquier entrenamiento hubiera sido demasiado blando si no lo reforzaba una buena explotación. Y una excelente explotación era aquel mal chiste de los tres billetes chiflados, que no tardaban en sucumbir ante la brutal intransigencia de los precios.
Por una semana completa de romperse «aquello» podían adquirirse siete días infectados de alimañas de un cuartucho de pensión, veinticuatro cigarrillos directamente importados del suelo, y dieciocho cervecitas nacionales y calientes, porque si se las pretendía a otra temperatura, pues entonces, vaya, elemental mi querido Watson, ese lujo se marcaba con un precio diferente.
***
Así, pulgada tras pulgada, se fue ganando un espacio, a fuerza de transar, de arreglarse con las sobras rechazadas por los otros, y de aprender, a fuerza de vivir a la espera de instrucciones, que la vida es un gigantesco trueque donde nadie da nada a cambio de nada que no vaya en proporción directa de su angurria personal.
Si yo pongo la orientación técnica, tú corres toda la cancha y empapas la camiseta. Si nosotros ponemos el capital, tú, que no tienes más capital que el pellejo, no sólo lo pones sino además lo expones. Puesto que yo soy el astro rey, tú debes girarme en torno sin perderme jamás la distancia, ni hacerme perder la paciencia, como un aplicado satélite, ¿me entiendes?
Siempre la balanza actuando en desnivel. Siempre con ostensible ventaja hacia el platillo contrario. Porque nivelar una balanza lleva su tiempo, y también rupturas, injertos, trasplantes, y por cada trasplante un rechazo que termina introduciendo otro hombre dentro del hombre.
Unos cuantos semestres le tomaría, por ejemplo, el ir mudando de piel, y durante todo ese lapso tuvo la impresión de estar viviendo una experiencia extraña, completamente inédita para él. Algo como un descascararse gradual y progresivo, que lo despojó primero de la envoltura externa, y luego de la que sangró más, porque con ella también se perdieron las distintas capas de recuerdos que se habían venido acumulando en etapas sucesivas de aquel entonces y ahora.
Y aprovechar el dolor para acabar de una vez para siempre con la indiscreción de aquella pigmentación verdosa, que no dudaba en exhibir ante cualquiera el cercano parentesco que él tenía con el monte.
Claro que para la siguiente reforma era preciso acudir al artista plástico de más renombre, hipocráticamente hablando, ya que sólo aquél que luciera un prestigio sólido, conseguido a través de una larga trayectoria, sería capaz de practicarle al mismo tiempo, y sin ulteriores desgracias que lamentar, una triple lipoaspiración: del yo antiguo primero, de las marcas de su pasada pobreza después, y finalmente de la doble papada.
Y con anestesia local someterse a la cirugía de aquellos vicios que, pese a ser tachados de menores por la ciencia, debían necesariamente extirparse, al menos si uno pretendía no estar en desacuerdo con las elementales normas de cualquier urbanidad, tales como el hábito privado de usar escarbadientes en público, o hablar exagerando las eses, o ponerlas al mayoreo en los lugares proscritos. En pocas palabras, terminar con todo aquello que pusiera a ventilar su heredada propensión al conventillo.
Aunque lo más difícil de todo, y lo que le gastó más energía fue aprobar la asignatura de mantener bajo control las emociones, liberándolas sólo de a una, con preferencia durante las horas de sueño, en forma de sacudidas, de calambres, de lamentos, de llorosas pesadillas que lloraban por haber extraviado el rumbo de volver a la realidad.
Eso de noche, cuando lo oscuro atenúa la falsedad de las cosas y hace que incluso lo blanco se vea como ennegrecido. Porque bajo esa luz que no miente, había que permitirles la fuga sólo en dosis muy restringidas y bastante mineralizadas por cierto.
Vale decir que cualquier emoción, por intensa que fuera, antes de ser expulsada debía quedar reducida a su mínima expresión, limitándose a transmitir por intermedio del rostro exactamente lo mismo que hubiera trasmitido una piedra, si una piedra hubiera podido transmitir algo, desde luego.
Acto seguido venía el capítulo referente a domar los sentimientos, y someterlos periódicamente a toda clase de torturas y vejaciones sin límites, haciéndoles probar inclusive el inefable sabor del orgasmo eléctrico, sitial al que se llegaba copulando con esa hembra insaciable y tristemente conocida bajo el nombre de picana.
Ninguna traición sobrevivía a la muerte líquida que arrojaban aquellos grifos minuciosamente extendidos a todo lo largo del cuerpo, aunque con especial hincapié en las zonas donde el dolor se hace más vivo. Grifos que al recibir la orden de abrirse, obedecían todos en bloque, produciendo algo así como una marejada, como una devastadora y eléctrica inundación.
Los resultados eran por demás efectivos: casi ningún sentimiento volvía a ponerse de pie, y los pocos que lograban hacerlo adquirían con el tiempo una extraña cualidad de manifestación invertida, ya que les era dado comunicar por el lado de afuera precisamente lo contrario a lo que acontecía por dentro.
Entonces, aunque se te estuviera achicharrando la casa con la familia entera incluida, en lugar de recurrir a los bomberos o de gritar ¡auxilio!, había que improvisar una careta de aquí no pasa nada, compañero, rematando con aquella frase célebre que cimentó la inmortalidad de Carlos Quinto, y que fuera utilizada infinidad de veces por los otros tantos carolingios: nada por aquí, nada por allá, y por acullá todo bajo absoluto control.
***
Y cuando a la última imagen de Gumersinda, que él había venido guardando entre las dos o tres chucherías de su equipaje primero, con el correr de la vida, se le hubiese disecado el llanto. Y cuando la víspera de su partida, impresa con rosados indelebles contra las convulsas variaciones de un azul crepuscular e intenso, el mismo que vio retorcer su adolescencia sobre el rechazo instintivo de otro cuerpo que también se retorcía, ondulaba, gemía, tratando de impedir que aquel objeto punzante consiguiera introducirse entre sus piernas. Y toda esa larga escena, repentinamente alumbrada por el chicotazo brillante que sobrevino después, se volviera, al deslizarse los años, sólo un vago remordimiento, cada vez menos preciso, más frágil, y Onofre se alegrara de que así fuera, porque no pensando más en eso tampoco estaría pensando en los capítulos iniciales de su propia historia. Y cuando de su antiguo yo no quedara sino un minúsculo terrón de barro que rara vez daba señales de vida, entonces había llegado el momento de construir un nuevo yo para reemplazarlo.
Un yo más suelto, más agresivo, con más ínfulas mundanas, más swing, y una mirada atrevida que iba ganando cada vez más cantidad de distancia. Aunque estratégicamente escondida tras el luto cerrado que guardaban sus lentes, a fin de descubrir sin ser descubierto, no sólo el lugar de las ganancias inmediatas, de esas que se van multiplicando solas, sin el concurso de nadie, sino el de las mujeres más atractivas, económicamente hablando. Para de inmediato escoger una cualquiera, porque las propietarias de ese tipo de atracción, salvo muy honrosas excepciones, son casi todas lo mismo: adolecen de una falta de armonía irreversible.
Por lo tanto se vio obligado a dirimir tan engorrosa cuestión recurriendo al conocido acertijo de con esta sí, con esta no, con esta cuenta bancaria me caso yo. Después de un muy breve noviazgo, que por lo mismo dio lugar a toda clase de especulaciones, morbosas conjeturas, y cálculos de últimas fechas que pusieron en rápido movimiento unos cuantos meses del año sobre la yema de varios dedos.
Algo que por su magnitud llegó a opacar incluso a los recientes destapes de ollas, porque imagínense, Sofía Bernal se casa con él a espaldas de su familia. Un padre, una madre, tres hermanos, y una extensa variedad de consanguíneos, quienes acababan de celebrar su quinto centenario de prosapia ininterrumpida, ya que la misma quedó oficialmente instaurada en época de las carabelas. Y desde tan memorable fecha, no hubo uno solo de sus integrantes que no viviera con un Diploma del Desembarco colgado al cuello, y la mirada desasida del contorno, como en perenne regresión hacia un pasado donde todo era definitivamente mejor, hasta la calidad de los trinos.
De manera que resultó muy comprensible aquel rechazo instantáneo hacia un sujeto con un apellido tan poco elegante, un nombre tan de almanaque Bristol, y quién sabe cuántas otras ordinarieces aparte de las captadas a simple vista. Y durante varios días el bloque Bernal se ocupó muy especialmente de hacer toda clase de averiguaciones, que al final nadie logró responder: ¿Quién era el tal Onofre Quintreros? ¿De cuál confín procedía? ¿Qué propósitos abrigaba? Aunque sobre esto último ya no cabía ninguna duda: él quería abrigarse con el dinero de ella, y con tanta prisa por cierto, que a lo único que conducía esa urgencia era a confirmar lo que ya estaba en boca de todos: la novia pretendía calzar en los nueve meses canónicos los cuatro meses de adelanto que tenía su gravidez.
Está bien que su apuro sea justificado, pero eso no le confiere el derecho de apurar a los demás. Especialmente a las sacrificadas modistas a quienes ni siquiera les alcanzó el tiempo para recargarlas de bordados a sus clientes, señoras todas ellas de alto vuelo que, a pesar de vivir sobrealimentando el guardarropa, cuando para tal ocasión tienen que abrirlo, nunca encuentran allí nada ponible.
Porque no sé si se dieron cuenta, pero el dieciocho del corriente no cae dentro de un mes sino de poquísimas horas. Para ser más precisos y de acuerdo a lo que informa en dorado una graciosa tarjeta, la boda se realizará a la hora nona, en la Basílica Nuestra Señora Alcurniosa, durante una misa concelebrada por la investidura de tres Obispos y tres Acólitos por cada Obispo.
Lo cual vino a generar un lamentable entrevero de preguntas sin responder, respuestas que no contestaban al eco de ninguna de las preguntas, extraviadas tal vez, entre los tantos campanillazos y las paces sean contigo que se dieron a destiempo.
En fin, esos pequeños desajustes muy propios de cuando hay un solo altar para tanta cantidad de santos, que no opacaron sin embargo el brillo de la ceremonia. Todo lo contrario. Ella se desarrolló dentro de un marco de gran emotividad, hasta arribar a feliz término, al compás de violines, sonrisas, las mismas «demoradas» de siempre que, arrimándose lo más posible, se tomaban todo el tiempo que les hacía falta para evaluar los detalles y accesorios del vestido, entre arroces, disparos de flashes, tintineos de joyas y criticheos, vale decir la crítica mordaz expresada a través del cuchicheo, y algunas contusiones morales que tampoco hubieran podido faltar.
Debido a que los novios tuvieron sumo placer en recibir sólo a la porción más empinada de la alta sociedad, con los bombos y platillos retumbando en esos casos: una fiesta descomunal donde corrió libremente el vino, corrieron los licores, fue corrida la cerveza por no pertenecer al linaje de la mayoría, corrió el champagne de las viudas más recientes, corrieron los manjares nacionales e importados, y detrás de estos se pusieron a correr los comensales, corrió el libre albedrío como antes nunca lo hizo, se corrió el cierre de varias durante el infaltable intercambio de parejas. Sin olvidar un montón de correrías todavía más audaces, cuyo estallido coincidió con los primeros disparos de una orquesta, que luego de desenfundar sus instrumentos y alinearlos en orden de ataque, emprendió una guerra frontal de saxofones, clarinetes, platillos, maracas, timbales, flauta dulce y la amarga arremetida de un cantor que parecía estar dispuesto a no dejar oído en sus cabales ni tímpano que sirviera.
Mientras que la porción en el exilio tuvo que conformarse con saborear ese inmenso despilfarro desde la resignación de sus termos cebadores de tereré, y sus respectivos aparatos televisivos, dado que la fiesta fue íntegramente filmada, desde el cabo San José hasta el escotado rabo de cada una de las ampulosas damas. Y per sécula seculorum, a los apartheid les cupo la maravilla de volver a agotarse viendo lo visto y volverse a plaguear en diferido.
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