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sábado, 7 de agosto de 2010

RAÚL AMARAL - VIRIATO DÍAZ-PÉREZ Y LA GENERACIÓN PARAGUAYA DEL NOVECIENTOS. (RECUENTO DE ÉPOCA: 1904-1911)


VIRIATO DÍAZ-PÉREZ
Y LA GENERACIÓN PARAGUAYA DEL NOVECIENTOS.
(RECUENTO DE ÉPOCA: 1904-1911)
Documento de
RAÚL AMARAL
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
A Mary Conigliario de Delpino y
Leticia Díaz-Pérez
en quienes el espíritu de don Viriato
se ilumina y prolonga.
A la memoria de don Antonio Machado
poeta del pueblo español.
Raúl Amaral
.
1. Época de don Carlos
Tenemos que comenzar con algunas referencias lamentablemente bélicas porque ese ha sido -en ciertos tramos- el destino de nuestra América. Además, porque ellas se relacionan con la tarea cultural que cumpliera don Carlos Antonio López (1792-1862) desde la creación de la Academia Literaria (1841) y en especial a partir de la aparición de El Paraguayo Independiente (1345). Dicho ciclo se completa con el regreso definitivo al país, después de larga ausencia, del doctor Juan Andrés Gelly (1790-1856), acontecimiento que pertenece al mencionado año.
Pero don Carlos se ve obligado a desperdigar sus actividades y a conceder poco tiempo a los afanes de la cultura humanística, que es evidente le preocupaban, aunque no alcanzara a concentrarse del todo en ella. La modernización de las instituciones y el cuidado de la política exterior le absorbieron casi del todo.
Poco era lo que le quedaba por llevar a la práctica, guiado por sus mejores propósitos, de los cuales apenas si podían ser muestra la cátedra de Latinidad -germen bien que modesto de las humanidades- y en particular la fundación del Aula de Filosofía y su inmediata revista La Aurora (1860), núcleo originario de nuestro romanticismo.

2. Actuación de Bermejo
Al contrario de lo que con ligereza suele opinarse, a veces sin muchos elementos de juicio, la influencia de don Ildefonso Antonio Bermejo (Cádiz, 1820; Madrid, 1896) no ha sido tanta ni tan extraordinaria. Su personalidad contradictoria fue analizada y puesta en su sitio por O'Leary.
De su paso por Buenos Aires y algún encuentro en la Asunción, da noticias su connacional don Benito Hortelano. Sin embargo, testimonio más concluyente es el de Mitre, que lo conoció. En carta fechada en la capital argentina el 20 de octubre de 1875, acusa recibo de unos libros que le enviara el historiador chileno Diego Barros Arana y a la vez comenta obras de reciente lectura.
El tercero de esos comentarios del polígrafo argentino -que no se caracterizaba por su facundia crítica- está destinado a Bermejo y dice así:

Veo que este libro (se trata de Episodios) le ha llamado la atención. El autor, a quien conocí, era como usted lo juzga, una inteligencia mediana, muy poco nutrida. Medio literato de zarzuelas, vino al Paraguay a buscar fortuna y allí se le encomendó la redacción del Semanario órgano ciego y servil de la más bárbara tiranía de que haya memoria en el mundo. (Los subrayados son nuestros)
Tampoco es complaciente la opinión de otro de los novecentistas paraguayos, Manuel Domínguez, de quien merecen trascribirse los párrafos finales de su recordación de Valera:

Fue también el ilustre maestro -y esto nos toca más de cerca- amigo y partidario del Paraguay en la guerra, y eso que no conocía nuestro país sino al través del librillo maldiciente de Bermejo.
Los integrantes del segundo sector modernista -que comprende a los nacidos entre 1890 y 1900- se muestran más cerca del reconocimiento que de la censura, a excepción de Arturo Bray (1898-1973), que en un capítulo dedicado al Mariscal López se expresa así:

De Madrid hizo venir al escritor Ildefonso Bermejo español nervioso y voluble que tan mal había de pagarnos luego nuestra hospitalidad; al caraí Bermejo no le fue del todo bien por estas tierras; su esposa sufría de ciertas debilidades que hizo (sic) del dramaturgo el hazmerreír de toda Asunción.
Efraím Cardozo (1906-1973), perteneciente al tercer sector o posmodernista -el de los nacidos entre 1900 y 1910- al tocar el punto del romanticismo nacional concede a Bermejo condición poco menos que de abanderado. En ese parecer, aunque sin compartir los riesgos de una rotunda afirmación, se ubica Josefina Plá (1909), compatriota -no gaditana sino canaria- del finado Bermejo.
Dentro de una corriente similar a la de O'Leary, aunque menos drástica y de más amplio razonamiento -o menor dosis de emotividad- hay que situar el aporte de Francisco Pérez-Maricevich (1937), entre los autores actuales. Con rigor analítico denuncia la «extremada mediocridad» de los conocimientos de Bermejo, la actitud reaccionaria que adopta frente al «espíritu de su tiempo», a la vez que impugna su «menesterosidad ideológica», agregando que sobre tales bases se asienta el «tradicionalismo» del pendolista hispánico.
Antes y después de la venida de éste fallaron dos intentos de residencia en el Paraguay, que de haberse concretado hubieran dado otro rumbo a la cultura nacional: uno es el del sabio francés Amedée Jacques, en 1853, y otro el del polígrafo napolitano Pedro de Angelis, en 1859, cuyas respectivas actuaciones en el Río de la Plata no resisten comparación.
Don Carlos procuró paliar los efectos de una indefensión -puesto que hay evidencias de que Bermejo no lo conformaba- mandando becarios a Europa, pero ya era tarde.

3. Literatura nacional
No todo ha de ser semilla en el vacío. Las hojas, entre informativas y batalladoras, que se difunden durante la guerra contra la Triple Alianza (1864-1870), especialmente las de edición bilingüe, suelen destacar la necesidad e importancia de una literatura nacional partiendo, desde luego, del guaraní, aunque de modo incipiente, como se advierte en la colección de El Centinela (1867).
Este periódico -uno de los tres, junto con Cacique Lambaré y Cabichuí, que hacen gala del idioma nativo- relaciona ese quehacer, en artículos tan expresivos como «Idiomas» y «Literatura guaraní», con la misma epopeya nacional. En sus columnas se publican también numerosas coplas anónimas humorísticas y no escasos epigramas.
Todo eso se perdió con la catástrofe, y tanto es así que al resurgir el país en 1870, tras el calvario de Cerro Corá; el ambiente de la capital -¡ni qué decir el de la campaña!- daba la impresión de ser nada más que el pálido reflejo de algo dispuesto a renacer, penosamente, del pequeño calor de sus propias cenizas.
No estará de más la insistencia en el problema de la lengua materna para medir los alcances de ese agrietamiento cultural que los novecentistas se propusieron recomponer. Digamos entonces que el prejuicio contra el guaraní -idioma no desdeñado por los gobernantes históricos, entre ellos el Mariscal López, que solía valerse de él con reiteración- arraigado en ciertas napas sociales, se acentúa después de la guerra, o mejor dicho: con la posguerra.
Salvo casos como el del padre Fidel Maíz (1828-1920), que proviene del primer grupo, actuante hasta el 70, la posición de los románticos no es, de manera alguna, positiva. Ese es uno de los legados del que tiene que hacerse cargo el novecentismo paraguayo. La influencia negativa se extiende, en 1906, a los medios docentes y educacionales.
Los novecentistas se ubicaron en otro plano, más comprensivo, y en una tendencia destinada al estudio y al conocimiento escrito, según ha sido el ejemplo de Domínguez y Gondra, con sus ensayos de interpretación; de Pane, O'Leary y Mosqueira, con sus poemas vernáculos.

4. Segundo romanticismo
Se inicia así la segunda etapa de nuestro romanticismo, que comprende, por exigencias de época, una más extensa que llegará hasta 1900 en su conjunto, y en casos individuales hasta poco más allá de 1910, en una definida línea posromántica.
Es en medio de aquella desolación -no otro término cabe- que arriban los primeros españoles, nuevamente adelantados, no ya náuticos sino culturales. Desde la controvertida Villa Occidental -hoy Villa Hayes- pasan a esta orilla, en 1869, el poeta gallego Victorino Abente (1842-1934) y el periodista y jurisconsulto catalán Ricardo Brugada (1842-1911), y al año siguiente el abogado burgalés doctor Ramón Zubizarreta (1840-1902), quienes se constituyen en los desbrozadores de la histórica maraña.
Enseguida empieza a funcionar un ensayo de instituto de enseñanza secundaria denominado Colegio Nacional, notorio precursor del que funcionará después. Por resolución del 14 de agosto de 1872 se autoriza al Poder Ejecutivo a contratar profesores, entre los cuales figuran el nombrado padre Maíz, don Mateo Collar y el doctor Facundo Machaín. Mediante un decreto del 31 de octubre de 1874 se dispone la anexión de una Escuela Normal.
Este Colegio, que mantiene su actividad por todo un lustro, deja de funcionar en noviembre de 1877, a raíz del asesinato del doctor Machaín, ocurrido en la cárcel pública el 29 de octubre, donde se hallaba por haber sido defensor de presos políticos.
En el citado instituto instala su cátedra el doctor Zubizarreta mientras que Abente comienza su colaboración -prosa y verso- en la prensa periódica. Desde entonces y por espacio de tres décadas, el maestro Zubizarreta entregará sus mejores energías al rescate de la cultura nacional soterrada, al mismo tiempo que Abente ofrenda su inspiración en estrofas patrióticas, ya para siempre paraguayas.
Debe recordarse que Zubizarreta compone el plantel de los catedráticos fundadores del segundo Colegio Nacional (1877), siendo igualmente el iniciador de los estudios de filosofía, decano de la Escuela de Derecho anexa (1882) y primer rector de la Universidad (1889), y sumado a esto su decanato de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales. Dejará discípulos como Cecilio Báez (1862-1941) y Emeterio González (1863-1941), quienes no siguieron su orientación; filosófica -centrada en el krausismo-, aunque tampoco desdeñaron el efecto de su prédica moral.
La evidente formación krausista de Zubizarreta lo convierte en propagador de esa corriente filosófica entre 1882 y 1897. En consonancia con ella integra la comisión fundadora del primer Centro Republicano Español existente de Asunción. En sus ensayos jurídicos está expresada su adhesión doctrinal a «la admirable teoría de la Escuela Krausista, que han formulado, haciendo un análisis completo de la naturaleza humana, los eminentes maestros Krause, Tiberghien y Ahrens».
El bilbaíno doctor Ramón de Olascoaga (1865-?) -que inaugura la sistematización de los estudios económicos en el Paraguay- alcanza a forjar, acompañando a Zubizarreta, idéntico ideario, aunque en forma esporádica. Así ha comentado a Joaquín Costa, de cuyo Oligarquía y caciquismo dice que es «obra de un sabio, escrita con valentía, sinceridad y elocuencia». Al referirse a La teoría básica de Rafael Salillas, señala que «todos los sociólogos españoles como Giner, Azcárate, Sales y Ferré, Posada, Buylla, Dorado, Costa, Altamira, Unamuno, etc., son apreciados en Chile, Argentina, Uruguay y Paraguay, y hablo sólo de lo que me consta». La inclusión de los tres primeros, unidos al prestigio del krausismo español, resulta muy sugestiva.

5. Otros maestros españoles
El núcleo se completa con otros no menos capaces que fueron ligándose al quehacer de aquellos iniciadores, debiendo nombrarse principalmente a los siguientes: presbítero. Facundo Bienes y Girón, gramático; doctor Federico Jordán, civilista; Cristóbal Campos y Sánchez, doctor en ciencias naturales, poeta y periodista, origen de los Campos Cervera, familia paraguaya de artistas y literatos; doctor Manuel Fernández Sánchez, médico e historiador, y doctor Carlos López Sánchez, de quien damos noticia enseguida. A excepción del doctor Olascoaga que regresó a España, todos los demás se quedaron y murieron en el Paraguay.
El 12 de diciembre de 1898 el Consejo Secundario y Superior resuelve designar director de los Anales de la Universidad Nacional «al Doctor de la Facultad de Filosofía y Letras, don Carlos López Sánchez», quien también tenía a su cargo la Biblioteca de la institución. Agobios de salud lo obligaron a abandonar la revista, que a partir de diciembre de 1900 pasa a ser dirigida por José P. Díaz.
La venida del citado profesor español se debió, sin duda, a la influencia de sus correligionarios filosóficos Zubizarreta y Olascoaga, quienes sabiéndolo enfermo y pobre dispusieron ayudarlo. El suyo es otro de los aportes destinados al conocimiento y propagación del krausismo en nuestro medio, antes que el positivismo diera comienzo en 1900, desde la sociología, a su prolongado imperio. Previo a su llegada había publicado un libro de tesis, que le valió incorporarse, en 1896, al plantel inaugural de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, ciudad donde residiera. Huellas krausistas pueden hallarse también en varios de sus escritos conocidos en el Paraguay. El doctor López Sánchez falleció en Asunción el 21 de abril de 1901.
A todos estos maestros se debe la resurrección intelectual del Paraguay, aun con las limitaciones que pudiera reconocérseles por su formación romántica, en literatura y espiritualista y panenteísta en filosofía. Ellos proveyeron a la juventud de una sólida base, que puso en manos de los bachilleres en ciencias y letras, desde 1893 a 1903, la responsabilidad de la enseñanza.
Ha de recordarse que siendo nada más que bachilleres accedieron a la dirección del Colegio Nacional estos novecentistas: Manuel Domínguez 31 años, del 4 de agosto de 1899 al 10 del julio de 1901, renunciando para asumir el rectorado de la Universidad (se graduó de abogado el 5 de junio de ese año); Fulgencio R. Moreno 29, bachiller el 21 de febrero de 1898: del 16 de julio al 26 de agosto de 1901, en que dimite para desempeñar las funciones de Ministro de Hacienda; Arsenio López Decoud 34, con diploma de alférez -10- de fragata en la Escuela Naval Militar Argentina, el 2 de enero de 1888, y de bachiller en el Colegio Nacional de Asunción el 3 de marzo de 1896: del 26 de agosto de 1901 al 6 de abril de 1903; Juan E. O'Leary 32, con bachillerato cumplido el 28 de febrero de 1898, actúa primero como vicedirector desde el 25 de agosto de 1910, pasando luego a ser director del 14 de febrero de 1911 al 16 de junio de 1914. En esas condiciones se desempeñaron igualmente como catedráticos.
El caso de Manuel Gondra es aún más sintomático. No siendo ni siquiera bachiller es designado profesor interino de Retórica y Poética y de Nociones de Literatura General, en el Colegio Nacional, según decreto del 5 de mayo de 1893 (tenía por entonces 22 años). Esto da motivo a un serio incidente entre el Consejo Secundario y Superior, encargado de proponerlo, y el Poder Ejecutivo. Gondra renuncia a la cátedra en esas condiciones, pero más adelante se lo nombrará en propiedad.
No ha de dejarse pasar por alto la importancia de las entidades privadas en la tarea de complementar este ambiente cultural. Entre ellas debe ser mencionado el primer Ateneo Paraguayo al que se le ha querido dar inexistentes orígenes oficiales y de cuya organización participara el secretario de la Legación Argentina, Arturo P. Carranza, hecho que de por sí invalida aquella presunción. El historiador Pérez Acosta proporciona datos fidedignos sobre sus actividades -realizadas entre 1883 y 1889-, trascribe los nombres de quienes los crearon y ofrece el facsímil del acta inicial. Otros investigadores concuerdan con esta información. La versión de Luis María Argaña sobre un decisivo apoyo del gobierno de entonces contradice la realidad de los hechos, aunque sin probanza alguna. Tampoco se hace referencia a él en ninguno de los tres folletos editados por la institución, ni en los discursos de sus presidentes, contenidos allí.
A más de un lustro de su desaparición tiene origen el Instituto Paraguayo, entidad madre cuyas actividades comienzan en julio de 1895. A la edición de la revista se une la organización de cursos libres de música, dibujo y estudios comerciales, constituyéndose en lo que modernamente podría considerarse una universidad popular. En su sala se pronunciaron también conferencias a cargo de intelectuales paraguayos y de otros países, entre ellos el célebre penalista italiano doctor Pietro Gori, quien por sus ideas gozaba de renombre entre los trabajadores.

6. El ciclo hispánico
La parábola hispánica -todo un tramo, que abarca treinta y cinco años- se cierra con la presencia y actuación de Rafael Barrett, desde 1905, y de Viriato Díaz-Pérez a partir de agosto de 1906. Muerto aquél en Arcachon, el 17 de diciembre de 1910, queda en manos de don Viriato, por espacio de medio siglo, la orientación de los conocimientos e ideales que habían sido la norma y que más tarde fueran el punto de convergencia de toda una generación.
Se clausura así, con ellos, el ciclo de los grandes maestros españoles (maestros «de saber y de virtud», como se ha dicho de otros de nuestra América) y es asimismo con ellos que se da por cumplido el entronque de dos generaciones, no del todo distintas pero sí distantes: la española del 98 y la paraguaya del 900, manifestado esto con las debidas licencias y precauciones.
La revolución de 1904 se inicia en agosto y termina en diciembre de ese año con un acuerdo denominado «Pacto del Pilcomayo». Barrett ha acompañado a los insurgentes en su cuartel general de Villeta -donde lo encontrara el movimiento armado viniendo de Buenos Aires como corresponsal del diario El Tiempo-, y hecho amistad, como después don Viriato, con los intelectuales que allí actuaban. Y entra en la Asunción con las huestes vencedoras.
Uno de aquellos jóvenes, Juan Francisco Pérez Acosta (1873-1968), futuro historiador, es designado el 31 de enero de 1905, por decreto del presidente Gaona, en la Dirección de la Oficina General de Estadística en reemplazo de don Enrique Solano López, quien pasa a correr la suerte de sus correligionarios vencidos. Por la misma disposición se nombra jefe de sección a Herib Campos Cervera (1879-1921) y auxiliares a los ingenieros [sic] Rafael Barrett y Joaquín Boceta, y a Gregorio Taboada. Esto de adjudicar a Boceta condición de «ingeniero», cuando se sabe que sólo era diestro pianista, tal vez se deba al propósito de facilitar su ingreso a un organismo especializado. El aludido había sido compañero de Barrett en sus andanzas desde la capital argentina.
Transcurridos ocho meses, por un decreto del 26 de agosto, Barrett es destinado a ocupar la jefatura, que deja el renunciante Herib. Pero a los veinte días, el 15 de setiembre, don Rafael sigue el mismo camino, no sin que previamente se le hayan dado las acostumbradas gracias por los servicios prestados.
Su otro paso por la burocracia -que en esos desprevenidos tiempos no exigía ciertos requisitos comunes a los nuestros- se verifica a raíz de su definitivo viaje a Europa. Por mediación de Gondra habrá de cumplir las funciones de agente de propaganda del Paraguay donde llegue a instalarse, empleo que, como en el caso del poeta Freire Esteves, figurará en el presupuesto cuatro años atrás.
Según se deduce del epistolario destinado a su esposa, Barrett tenía dinero a cobrar por aquel concepto, motivo que lo llevaba a insistir en el envío de sus sueldos, fijados en pesos oro. A pesar de todo, y no obstante el precario estado de su salud, pudo atender, aunque parcialmente, esa tarea.
Estos contactos, breves pero reales con la administración pública, que en nada desmerecen la limpidez de su vida y obra, y que en verdad honran al Paraguay, han sido tan piadosa como persistentemente escamoteados, a pesar de su valiosa calidad biográfica.
Regresemos al tema para afirmar que ese aporte hispánico, de suma importancia para el estudio de uno de los elementos básicos en que se concreta la universalidad de nuestra cultura (que no es, como creen algunos narcisistas, un clavel del aire suspendido del arco de un aljibe) no ha sido tratado siempre con la seriedad y hondura que merece. Algunas referencias, por su carácter de excepcionales, deben sin embargo consignarse.
Entre ellas, el reconocimiento de Ignacio A. Pane (1880-1920), que es de principios de siglo: «...iban a la patria maestros extranjeros ilustres como Zubizarreta i Olascoaga». Igualmente, en un artículo de Barrett que no figura en sus pretendidas Obras Completas, ni en la primera edición de sus Moralidades actuales (Montevideo, 1910). En cambio una publicación de estudiantes rinde homenaje al doctor Fernández Sánchez con motivo de su muerte, ocurrida el 27 de octubre de 1908. Recuerda que tuvo cátedras de Historia en el Colegio Nacional y de Medicina Legal en la Universidad. Lo evoca como a un «profesor que en dieciocho años de servicios se comportó con la nobleza del caballero español». Y agrega que era «amantísimo con sus alumnos», además de «amigo del Paraguay, donde formó su hogar». Termina diciendo que «fue más que un extranjero, un paraguayo amante de lo nuestro». Por su lado Cecilio Báez cita a Zubizarreta, Fernández Sánchez, Cristóbal Campos (y Sánchez) y Ricardo Brugada (padre).
Uno de los pocos que contemporáneamente se han ocupado de este asunto es Silvano Mosqueira -otro novecentista militante- quien ha ofrecido una reseña de la tradición cultural española en el Paraguay, estudiándola a través de sus representantes más caracterizados. Nadie lo había hecho antes que él, ni con su misma generosidad -salvo gacetillas periodísticas, tan fugaces como epidérmicas-, aunque no ahondando mucho, quizá por los escollos propios de una investigación bibliográfica bastante difícil de concretar en los tiempos en que publicara su trabajo.
Traza Mosqueira un amplio recuento de la actuación de los españoles, señalando ante todo el sentido de su identificación con el país. Comienza su enumeración con «el primer poeta, considerado como nacional, -15- que cantó el dolor paraguayo, y vive aún (...) fue Victoriano [sic] Abente, autor de la Balada y de La Sibila Paraguaya. ¿Qué paraguayo de la generación posterior a la guerra no ha sentido, cual notas punzantes brotadas del alma de sus antepasados, arrullarse sobre su cuna a los melancólicos acentos de aquella elegía?...» (Aclaremos el error: Victoriano era el hermano; el poeta se llamaba Victorino).
Reconoce, además, que «el primer Rector de la Universidad Nacional fue el doctor Zubizarreta, padre intelectual de una generación de paraguayos». Y continúa recordando a otros profesores también españoles, entre ellos el presbítero Bienes y Girón, «uno de los primeros y más competentes gramáticos que han pasado por nuestras aulas»; Flaviano García Rubio, Eugenio Bordas, Rafael Lebrón, Manuel de Mendoza, (Federico) Jordán, etc.
Luego de la plana mayor enunciada -mayor en cuanto a edades- viene don Viriato, de quien no ignora su trayectoria:

Ha llegado al Paraguay en el apogeo de su juventud; en veinte años de convivencia en nuestra sociabilidad ha dedicado lo mejor de su pensamiento y de sus sentimientos a enriquecer nuestra cultura y los prestigios de nuestra intelectualidad, difundiendo por el mundo como producto de nuestro medio, cuanto de bello y noble y de luminoso palpita, en su nutrido espíritu.
Párrafos parejamente justicieros dedica a Barrett, que:

ha escrito en el Paraguay sus libros más admirables aquellos que le han colocado entre los más hondos pensadores del Río de la Plata; y, habiendo llegado al país en 1904, con el exquisito Boceta, en momentos de convulsión política, tuvo oportunidad de conocer y tratar en el entonces campamento revolucionario de Villeta, a las más prestigiosas mentalidades paraguayas. De su paso por el Paraguay, donde propagó sus doctrinas con el fervor de un convencido, la prensa asuncena y la tribuna del Instituto guardan fragmentos que no morirán, y en la alta sociedad, un otro Rafael Barrett, paraguayo nato, lleva la herencia de su sangre, y ojalá también la de su brillante inteligencia.
Finaliza Mosqueira afirmando que «la suerte de España no es indiferente a ningún paraguayo» y que no hay escritor o poeta de este país «que no le dedique en sus producciones mentales, una frase o una estrofa de profunda y sincera simpatía».
No podría cerrarse este panorama sin tomar en cuenta otro de los flancos de la influencia hispánica, no por indirecta menos persistente: el de los autores españoles que en su época fueron leídos -algunos de preferencia- por nuestros novecentistas. Estas lecturas resultan tanto o más significativas cuanto que la expansión literaria francesa era avasallante, según lo reconociera O'Leary años más tarde.
Tres escritores finiseculares concentraron la avidez informativa de la gente del 900: Valera y Clarín, en prosa, y Rueda en poesía. A varios se los leyó con interés, pero ninguno como éstos pudo alcanzar entre nosotros -al filo de ese tiempo, previo a, la llegada de don Viriato- un tan sostenido prestigio. En lo relativo al auge de Blasco Ibáñez y Valle Inclán, ha de afirmarse que él estuvo condicionado por el influjo de sus respectivas visitas, producidas en 1909 y 1910.
Aparte de esos cinco podría brindarse una lista de autores que contaron con la preferencia de los intelectuales jóvenes, apareciendo algunos como un residuo de la formación literaria anterior al 900. Veamos hacia dónde se orientaban tales lecturas: Prosa: Jovellanos, Larra, Castelar, Menéndez y Pelayo, Ganivet, Unamuno, Pardo Bazán; poesía: Campoamor, Espronceda, Bécquer y Núñez de Arce; teatro: Zorrilla y Tamayo y Baus.
Es de observar la presencia del naturalismo hispánico a través de Clarín, Valera, Galdós, Pardo Bazán, Pereda, Palacio Valdés y Blasco Ibáñez, en comparación con el de origen francés más frecuentado: Balzac, Maupassant, Zola, Daudet, Flaubert, ambos Goncourt. No ha de olvidarse tampoco el intenso ascendiente crítico de Taine. Poéticamente la predilección seguía dirigiéndose hacia Víctor Hugo, aunque sin desconocer a Catulle Mendés, Gautier y hasta a Verlaine, Baudelaire y Mallarmé.
El gusto poético de procedencia española se renueva en cierta medida con posterioridad a 1905: Barrett incita a la lectura de Augusto Ferrán, a quien comenta; Díaz-Pérez difunde desde Asunción a Juan Ramón Jiménez, ambos Machado y Villaespesa, tarea que desde Madrid cumple Pedro González Blanco.

7. Novecentistas y noventayochistas
Hace algunos años nos tocó recordar, enmedio de un elocuente silencio, a Ramón Zubizarreta, el iniciador. Ahora debemos hacerlo con aquel cuya vida y obra anuncian la vigencia más efectiva y duradera de España en la cultura paraguaya contemporánea con Viriato Díaz-Pérez sin quien no se comprenderá del todo la clase de vínculos -no premeditados ni propuestos- que unieron a los jóvenes paraguayos y españoles que en el 900 presentían que un tiempo distinto empezaba y que era menester prepararse.
Porque esta es la oportunidad de insistir en que nuestro novecentismo ha sido mucho más que un conglomerado de personalidades brillantes o de nombres que con el correr de los días prestaron altos servicios al país; sin ellos tampoco se comprenderá del todo, o en su verdadera dimensión, el proceso de la cultura nacional, el lugar que le corresponde en nuestra América y su consecuente universalidad.
José Rodríguez Alcalá (1883-1959), que no obstante su persistente condición de argentino -o por causa de ella- era un escritor paraguayo y un novecentista nato, supo destacar la militancia noventayochista de Díaz-Pérez siendo la suya una referencia imposible de soslayar: «Cada uno de nosotros -dice- tenía una noticia de su significación intelectual. Sabíamos que pertenecía a la generación de pensadores que marchó sobre las huellas de la gran generación del 98».
En efecto: algunos de los integrantes mayores de esa generación española habían sido, aunque de reflejo, maestros, y en algunos casos compañeros, del grupo o promoción a que perteneciera don Viriato, pudiendo citarse entre los más conocidos a Unamuno, Ganivet y Valle Inclán. Ellos integran allá una primera etapa que entre nosotros se nivela a la de sus coetáneos más notorios: Cecilio Báez, Emeterio González y Delfín Chamorro, que deben ser tenidos aquí como precursores. En calidad de iniciadores se agrega a Arsenio López Decoud y Manuel Domínguez que fueron con Gondra -inmediatamente menor- los adelantados temporales de su generación, habiéndose estrenado en el periodismo en 1891, cuando ninguno de ellos superaba los 25 años de edad.
Cuadro comparativo I
España - Paraguay

Unamuno, 1864 - Báez, 1862
Ganivet, 1865 - E. González, 1863 - Precursores
Valle Inclán, 1866 - Chamorro, 1863
.............................. - López Decoud, 1867 - Iniciadores
.............................. - Domínguez, 1868

Por su parte Baroja, Azorín, Maeztu y Antonio Machado están comprendidos en la periodicidad que incluye a Gondra, Moreno, Blas Garay, Pérez Acosta, Eusebio Ayala y Mosqueira. Al primer sector se incorporan Díaz-Pérez y Barrett en atención a sus orígenes culturales. -20-
Cuadro comparativo II
España - Paraguay
Baroja, 1872 - Gondra, 1871
Azorín, 1873 - Moreno, 1872
Maeztu, 1874 - B. Garay, 1873
A. Machado, 1875 - Pérez Acosta, 1873
Díaz-Pérez, 1875 - Eusebio Ayala, 1875
Barret, 1876 - Mosqueira, 1875
Debe sumarse a este núcleo paraguayo a los que rebasan la línea del 76 sin perjuicio de su comunidad con los anteriores, entre los que nacieron en la década inmediata al setenta. No es extensa la lista de sus componentes: Gualberto Cardús Huerta, 1878; Herib Campos Cervera, O'Leary y Eligio Ayala, 1879; Pane y Ricardo Brugada (h), 1880.
Si estudiamos las comparaciones con mayor profundidad llegaremos a la comprobación de que, por analogía, ellas resultan ciertas. La vigencia del 98 español cubre los extremos que van de 1895 a 1905; la del 900 paraguayo comprende desde el año inicial del siglo (o con mayor rotundidad: desde 1902) hasta 1915, que es cuando quedan definitivamente sepultados los modos literarios posrománticos. Puede admitirse una extensión hasta 1935 -por la docencia o el carisma de algunos novecentistas sobrevivientes- o sea hasta el término de la guerra del Chaco, suceso que vuelve a dividir en dos la vida paraguaya. Como se advierte la duración es bastante aproximada: en el primer caso 10 años y en el segundo 13, dentro de las opciones anotadas, debiendo atribuirse la diferencia a las variantes culturales y ambientales, como también a la movilidad de los respectivos procesos, tomados desde su propio marco.
Un paralelo -muy condicional- entre Ganivet y Blas Garay, en el orden de las ideas -incorporando a O'Leary y Pane entre los teorizadores del país vuelto a sí mismo- y otro entre Unamuno, el Maeztu joven y los universalistas con Domínguez, Gondra, Moreno y López Decoud, llevaría a constataciones sorprendentes.
En otro plano, tocando ya a los antecesores, ha de recordarse que los maestros situados en una España entre expectante y desesperanzada, agitándose entre la moral civil y el voluntarismo, entre la apertura y la negación, lo fueron por diferentes rumbos -a veces sin proponérselo-. Así el sereno don Francisco Giner de los Ríos, el impetuoso don Joaquín Costa y el enigmático y todavía desconocido don Lucas Mallada, más cercanos a Emeterio González y Chamorro el primero, y a Báez los otros dos.
Mas, una distinción importante será preciso hacer: mientras en España sólo se necesita la retoma de un proceso que momentáneamente ha detenido su ciclo con el desastre colonial y sus consecuencias internas, en el Paraguay habrá que inventarlo todo para poder redescubrir las raíces de una cultura que ha corrido el riesgo de quedar cercenada desde sus cimientos.
De ahí proviene la descoincidencia que se observa en ambas generaciones, relacionada con la conducta que la paraguaya del 900 mantiene frente a la crítica de los males nativos, no debiendo involucrarse en ella, incluso por razones de edad y formación intelectual, a Cecilio Báez, más cercano con sus drásticos juicios a los personeros del 98 español que a sus discípulos nativos, los novecentistas.
Esto último no debe asombrar porque al maestro paraguayo le valió hacer su cosecha cultural en tiempos de agudas contradicciones, en las que se manifestaban a la vez un historicismo beligerante -por vía de los románticos literarios- y tímidos preanuncios de cientificismo, por acción de algunos profesores nacionales graduados en el exterior y de extranjeros residentes; un tiempo cuyos extremos van de 1870 a 1900. En este último sector estaba situado Cecilio Báez.

8. Los jóvenes de América
Nuestros novecentistas, como ocurriera con algunos españoles del 98, se sienten próximos a otros jóvenes que en esta América transitan con edades parejas, y estos son por entonces, casi en su totalidad, modernistas. Conviene tener en cuenta que así como en el caso peninsular sería dudosamente justificable el pretendido enfrentamiento modernismo-noventa y ocho -fuertes antagonismos ha originado la tesis de Díaz Plaja-, en el Paraguay una situación similar, producida con posterioridad a 1910, confinaría en lo irrealizable, por dos motivos: a) Por no haberse planteado la correspondiente quiebra generacional; b) Porque, como ya lo hemos aclarado insistentemente, nuestro modernismo surge dentro del ámbito del novecentismo.
Para confirmar aquella opinión daremos a conocer nombres escogidos entre los que nacieran de 1870 a 1880, según la acertada definición de Cardús Huerta -a quien pertenece el hallazgo-, decenio que corresponde al segmento temporal de la actuación novecentista. En lo que trata de nuestra América la elección es esta: Darío, Payró, Jaimes Freyre, y Reyles; Nervo; Pereyra y Rodó; González Martínez y Vaz Ferreira; Valencia; Lugones, Blanco Fombona y Ghiraldo; Herrera y Reissig, Ugarte y Florencio Sánchez; Gómez Carrillo; Arguedas y Franz Tamayo, lista que podría calificarse de completa, aunque en determinados escritores parezca heterogénea y hasta heteróclita, especialmente por el lado de los pensadores.
Acudimos nuevamente a los niveles cronológicos por estimarlos como los más apropiados no sólo para comprender una época del Continente sino, y muy especialmente, para ayudar al entendimiento del proceso paraguayo:
Cuadro comparativo III
Nuestra América - Paraguay

Darío, 1867 - López Decoud, 1867
Jaimes Freyre, 1868 - Domínguez, 1868
Reyles, 1868
Nervo, 1870
Carlos Pereyra, 1871 - Gondra, 1871
Rodó, 1871 - Teodosio González, 1871
González Martínez, 1872 - Fulgencio R. Moreno, 1872
Vaz Ferreira, 1872 - Guanes, 1872
Gómez Carrillo, 1873 - Blas Garay, 1873
Valencia, 1873 - Pérez Acosta, 1873
Lugones, 1874 - Eusebio Ayala, 1875
Blanco Fombona, 1874 - Mosqueira, 1875
Ghiraldo, 1874 - R. I. Cardozo, 1876
Herrera y Reissig, 1875 - Cardús Huerta, 1878
F. Sánchez, 1875 - C. Ibáñez, 1878
Larreta, 1875 - Bareiro, 1878
Ugarte, 1875 - H. Campos Cervera, 1879
Ingenieros, 1877 - Eligio Ayala, 1879
Díaz Romero, 1877 - O'Leary, 1879
H. Quiroga, 1878 - Marrero Marengo, 1879
Arguedas, 1879 - R. Brugada (h), 1880
Tamayo, 1879 - Pane, 1880
Frugoni, 1880 - Caballero de Bedoya, 1880
Chiáppori, 1880 - Soler, 1880

9. El ámbito del 900
El ámbito en que se mueve aquel recién inaugurado novecentismo paraguayo es en extremo inestable y no sólo por las circunstancias políticas que lo adornan, con dudosa eficacia, sino también por cuestiones patrióticas y de interés público -como la ferrocarrilera- que vienen animando a la juventud desde fines del siglo anterior.
Durante los gobiernos de Egusquiza (1894-1898) y de Emilio Aceval (1898-1902) arrecian los mítines liderados por los estudiantes -en mayoría secundarios o flamantes bachilleres-, concentraciones de tipo popular que no coinciden con el indiferentismo histórico (cuando no otra cosa) proclamados desde periódicos adictos al calor oficial o desde los mismos reductos del poder.
Una agitación de proporciones se produce en 1898 al prohibirse el uso de cuadernos con la efigie y biografía del Mariscal López en la escuela Normal, medida dispuesta por su director, el pedagogo argentino contratado profesor Francisco Tapia. Esto da origen a un serio incidente con uno de los hijos del prócer, don Enrique Solano López, con quien se solidarizan los jóvenes y el diario La Prensa, dirigido por Blas Garay.
El 11 de marzo de 1899 un grupo importante y prestigioso de ciudadanos -entre los que se encuentran los generales Bernardino Caballero y Benigno Ferreira- firma un manifiesto por el que se invita a la población a rendir homenaje a los pueblos argentino y brasileño en reconocimiento por iniciativas producidas en esos países para la devolución de los trofeos y la condonación de las deudas de guerra.
Para el 11 de mayo de 1901 se convoca en el Colegio Nacional a los miembros de la juventud estudiosa para programar una procesión cívica, figurando entre los firmantes Ricardo Brugada (h) e Ignacio A. Pane, de 21 años; Juan E. O'Leary y Herib Campos Cervera, de 22, y Gualberto Cardús Huerta de 23. Un mes más tarde, el diario asunceño El Paraguay, redactado sucesivamente por Goycoechea Menéndez y Adolfo Riquelme (1876-1912) en su editorial «Ante el país» hace referencia al General Egusquiza y recuerda «cuando hace pocos días en las calles de la ciudad una juventud viril y exaltada le arrojó al rostro tormentas de indignación, con los calificativos de traidor y legionario».
A todo esto habría que sumar la adhesión a la causa de los bóers contra Gran Bretaña y a la de la independencia de Cuba (ésta una herencia romántica), siendo sus intérpretes más entusiastas López Decoud y O'Leary.
El 3 de agosto de 1901 se realiza un banquete de proporciones bajo la denominación de El triunfo de la juventud, que organiza López Decoud como homenaje a Domínguez y Moreno por sus respectivas designaciones para rector de la Universidad y director del Colegio Nacional. Además de lo significativo del título, que consagra el triunfo de los novecentistas en los inicios de su actuación pública -está allí lo más representativo de la intelectualidad, encabezada por los maestros Báez y Olascoaga- aquello es un canto a las bondades de la ciencia y del progreso, según cánones positivistas y evolucionistas en auge, no compartidos del todo, desde luego, por el mencionado profesor español.
Esa irradiación está en su ápice -los días marchan lentos- cuando en mayo de 1909 pronuncia don Viriato un discurso que por su sentido parece, a ocho años de distancia, más bien una respuesta de ausente (no había llegado aún al país) a las ilusiones proclamadas en dicha ocasión. Así fue que dijo Díaz-Pérez, entre otras cosas, al inaugurarse la Academia de Bellas Artes, entidad privada dependiente del Instituto Paraguayo:

Se ha dicho por espíritus superficiales que hace falta a los pueblos, ante todo, el progreso, el bienestar material, que nada tiene que ver con la belleza. Los fanáticos de este progreso -que consiste en convertirlo todo en máquina, incluso la vida- pronuncian las palabras industria y mecánica como únicas palabras salvadoras. ¡Pobres empíricos de una sociología fósil!
A pesar de lo certero de la flecha nadie se da por aludido, quizá porque las polémicas tienen por entonces otra orientación.
Para interpretar la trascendencia de la actitud de don Viriato debe recordarse que por esa época el positivismo es en nuestro medio no sólo la sociología admitida y la educación adoptada (el método a que se refiriera Pane en su conferencia de Santiago de Chile) sino también, aunque en reducida escala, el único dominio filosófico, retraídos o ya ausentes -había muerto Zubizarreta- los propagadores del krausismo. Los principales centros de expansión están, con mayor razón en 1909, en manos de antiguos positivistas, los que, como se verá, pronto comenzarán a desgranarse.
Esta corriente de pensamiento insinuada en 1896 al proponerse la reforma del plan de estudios de la Facultad de Derecho concretada en 1900 e impuesta tres años más tarde cuando Báez inaugura la cátedra y formula su programa, reafirma su vigencia en 1913, fecha en que Pane ha de modificar sólo su metodología, hasta que se diluya lentamente con la aparición de aspiraciones ético-sociales surgidas de la experiencia mundial de 1914-1918.
Merece destacarse una fugaz propuesta metafísica a incluirse en el plan del Colegio Nacional de 1904, pero este amago no tuvo éxito por ser, sin duda, algo inusitado para la época. Por el contrario, habrá que indicar que tanto Eusebio Ayala como Pane, que desde 1906 suceden a Báez en la enseñanza de la sociología, son igualmente positivas: inclinado el primero hacia el evolucionismo y el segundo hacia una identificada tendencia spenceriana. (El comtismo arraigará particularmente en el sector normalista y del magisterio, sin sus conocidas derivaciones religiosas).
Algunas leves reacciones, anteriores a las de don Viriato, no encontraron respuesta, a pesar de haberse dirigido a la crítica de Spencer, como en el caso de Goycoechea Menéndez en 1901 y de Barrett desde 1905. Fue este pensador el primero en exponer el pragmatismo de William James y en citar a Bergson. Mas, esto no es de extrañar porque ambos, al igual que Díaz-Pérez venían de fuera, de medios donde el reinado del positivismo estaba en pleno cuestionamiento. Así iban produciéndose en nuestro ambiente -más por decantación interna que por presiones ajenas- una serie de reacciones, que aunque no asumieran el fragor de la polémica servirían para ensanchar las apetencias culturales y ofrecerles distintos matices.
De todos los novecentistas, únicamente Pane conservará hasta el final sus rasgos, positivistas, si bien cada vez más acentuados sus entusiasmos por el socialismo reformista «a lo Masaryk» (así lo denomina), no muy lejos de ese otro que, sin aditamentos, había interesado a Blas Garay y Carlos García.
Una aclaración en el orden literario ayudará a comprender ciertas particularidades vecinales, sin caer por ello en el estricto molde de las comparaciones y sin desdeñar, al mismo tiempo, su utilidad. Digamos al respecto que la mayoría de los positivistas argentinos se mostraron tenazmente impermeables al modernismo (fenómeno que sólo condicionalmente y según individualidades ocurre en el Uruguay), como que, con sus excepciones -desde luego- pertenecían a la generación del 80, hija del naturalismo y del cientificismo. A la inversa, su par en el Paraguay, la del 900, filosóficamente captada en sus comienzos por la expansión positivista tendrá a su cargo, en 1904, la inauguración del modernismo, como veremos con detenimiento más adelante.
La única discusión que pudo trascender al público a través de la prensa es la habida entre Fulgencio R. Moreno y el predicador evangélico doctor Juan F. Thomson en torno a El mundo de los átomos, debate producido en 1901 y en el que nuestro escritor manifiesta sus simpatías por el materialismo vulgar (Büchner, Vogt, Moleschott) y no menores entusiasmos cientificistas de los que ha de curarse después.
En términos rigurosamente nacionales esa toma de posición frente al positivismo -no extraña, por descontado, en Díaz-Pérez- se verificará por sectores y aun por segmentos temporales muy condicionados. Ella, como hemos advertido en Pane, no rozará a Teodosio González ni a Eusebio Ayala, pero sí a Ramón I. Cardozo y Juan José Soler en lo educativo, zona importante del pensamiento paraguayo por ese entonces.
Comprobemos para mayor certeza cómo se van produciendo esos alejamientos del cauce positivista por parte de algunos de los integrantes del 900, labor a la que no permanece ajeno don Viriato. En 1912 Ramón V. Caballero de Bedoya, cuya cultura es esencialmente europea, en el prólogo a Pro-Patria de Cardús Huerta, adelanta preocupaciones por el materialismo histórico, que con posterioridad compartirán Báez, Ritter, Eligio Ayala y Domínguez.
En una de las etapas de su formación, logra este último superar su juvenil positivismo y su dependencia de Renan, recayendo, sin muchas exigencias, primero en Boutroux y luego en Maeterlinck. A su vez López Decoud, Gondra y O'Leary, más apegados a los factores literarios y protagonistas ellos mismos, apuntarán vagas preferencias metafísicas y hasta espiritualistas, sin desdeñar su información filosófica. El primero se orientará hacia la Estética de Krause; el segundo llegará a ser impugnador ecuánime de Spencer, y el último, crítico de Schopenhauer por el lado de su negativismo histórico, ha de ser lector, algo más que accidental del «hondo Maeterlinck».
ENLACE A LOS SIGUIENTES PUNTOS DEL DOCUMENTO EN LA BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES:
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MOVIMIENTO INTELECTUAL
VIRIATO DÍAZ-PÉREZ
**/**
Viriato Díaz-Pérez y la generación
paraguaya del novecientos.
(Recuento de época: 1904-1911)
Estudio de RAÚL AMARAL
Aclaración previa: RODRIGO DÍAZ-PÉREZ
Palma de Mayorca, 1980
Versión digital:
BIBLIOTECA VIRTUAL CERVANTES, 2003

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