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martes, 10 de agosto de 2010

RENÉE FERRER DE ARRÉLLAGA - HELENA / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - QUERIENDO CONTAR CUENTOS (1985).


HELENA
Cuento de
RENÉE FERRER DE ARRÉLLAGA
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )

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HELENA
Las sábanas se le pegaban a las carnes que humedecidas giraban sobre el colchón apelmazado del camastro. Cuando se filtró el alba por las rendijas supo que se había pasado otra noche sin dormir, y que pronto comenzarían las mismas faenas desabridas.

El viento le golpeaba las mejillas y las manos cuarteadas le dolían cuando las sumergía en el agua helada; el jabón le picaba en las cutículas levantadas y las yemas de los dedos se le volvieron rugosas como pasas blancas. Pronto se despertarían sus hijos con las narices chorreando y para entonces debía terminar el lavado del día.

Helena tenía descarnados los pómulos prominentes bajo la piel manchada, la boca grande de sonrisa fugaz y unos ojos, muy adentro, que habían adquirido con el paso del tiempo el tinte borroso de la tristeza. Vivía en el conventillo del bajo con Ambrosio, y aunque no estaban casados, nunca la dejaba del todo. Se había arreglado para hacerle en el vientre un hijo por año.

En su cuerpo delgado la barriga ofrecía el ombligo saltón bajo la tela gastada del vestido. No podía terminar el lavado sin ir por agua al río, Tomó los baldes y después de mirar a sus hijos que dormían entreverados en el catre se fue, calle abajo, bamboleando lentamente su preñez hacia el barranco.

El acarreo del agua por las calles arenosas desde el río fue siempre lo más pesado para ella. En verano la tierra esponjosa le calcinaba los pies, y ahora el frío se le metía hasta el hijo que dormía ovillado en su vientre. A la vuelta pondría a hervir el puchero y plancharía los guardapolvos. Aunque le dolía en la espalda la golpiza de los celos de Ambrosio, sus hijos debían ir como se debe a la escuela: bien comidos, y con los delantales almidonados.

Helena no se aburría nunca. Lavar, planchar, cocinar, agenciarse el dinero necesario fregando pisos en casas de familia no le dejaba tiempo para el tedio. Los días se sucedían sin alboroto, salvo cuando Ambrosio llegaba de madrugada destilando caña blanca. Entonces se ponía violento: le pegaba por un motivo que tendría que averiguar al día siguiente; o la poseía sin más, semidormida, dejándole las carnes doloridas por las impetuosas arremetidas del deseo, Y ella se quedaba ahí, muy quieta., con las piernas laxas mirando el techo en la oscuridad y pensando que la quería.

Ambrosio no era malo: la usaba cada noche y sólo la golpeaba alguna que otra vez. Cuando estaba sin trabajo se la pasaba recostado en la cama mirándola hundir los brazos hasta el codo en el agua jabonosa de la palangana, mientras se limaba las uñas con un cortaplumas. Varias veces la tuvo a la intemperie toda la noche para usar el catre con otra, mientras dormían sus hijos en un rincón del cuarto; pero ya estaba acostumbrada.

Listones de luz rayaban el aire de la celda. Acostada en un camastro del Buen Pastor pensó una vez más en Ambrosio antes de que sonara la campana que levantaba al día. Extrañaba a los niños, las idas al río, la charla crepuscular con las vecinas. Parecía que el cansancio le hubiera agrandado los ojos y oscurecido las manchas en la piel. Pero cuanto más pensaba menos se arrepentía de haber forcejeado furiosamente con Ambrosio aquella noche hasta que cayó dando con la nuca en el brasero. A sus hijos ni el propio padre les pegaba si volvía borracho, por lo menos mientras ella estuviera cerca.
RENÉE FERRER DE ARRÉLLAGA.
TALLER CUENTO BREVE
Dirección:
Imprenta-Editorial
Casa América,
Asunción-Paraguay1985 (172 páginas).
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