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viernes, 13 de agosto de 2010

RUBÉN BAREIRO SAGUIER - PACTO DE SANGRE (CUENTO) / Fuente: OJO POR DIENTE. COLECCIÓN BAREIRO SAGUIER Nº 1. EDITORIAL SERVILIBRO.


PACTO DE SANGRE
Cuento de
RUBÉN BAREIRO SAGUIER
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
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PACTO DE SANGRE
1
Agosto comenzó soleado y tibio, como para disimular. Pero pronto las flores amarillas le fueron dando su olor de inminencia y el espartillo seco su tinte exangüe. Pronto el norte templó sus cuerdas secas y en la guitarra tensa del viento, en la inquietud de los animales se olió todo el presentimiento. Luego la lluvia puso la calma provisoria. La languidez de la lluvia afloja la tensión extrema. Así fue hacia fines de aquel agosto, en que mi gente comenzó a reponerse de la sorpresa. Digo mi gente, la más mía; no la que vino conmigo, sino la que me vio nacer, jugar, crecer; la que me conoció como «el hijo de don Rivero» y luego se apresuró a llamarme «el Doctor», y que ahora contemplaba con asombro mi inusitado regreso.
Siempre había sido así, siempre es así; el viento norte incendia y la lluvia apaga el furor. Ahorita mismo las ramas de los árboles se estiraban, los pastos se distendían y las raíces se meneaban como gusanos, como culebras. Y de golpe, en medio de esa tirantez, se instauró el silencio total -se lo hubiera podido tocar, medir por la cinta de los relámpagos-, y luego la lluvia, el largo concierto de la lluvia. Especial para dormir; ¡si uno pudiera cerrar los ojos! Pero no; sigue la lluvia, interminable como el tiempo vacío que nos ata, como esta lluvia interminable, como este tiempo...
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2
Vine aquí y me llené de ausencias; vine y me ensucié con recuerdos, me embadurné de muertos.
Vine y comprobé que todo era distinto, que había pasado una eternidad desde que la violencia nos echó de estos sitios, desde que el odio execreó el apellido que mi abuelo de larga barba blanca había criado con sus ovejas y sus vacas; el que mi tatarabuelo campesino había sembrado con cada grano en este pedazo de tierra roja como un vientre abierto de mujer -las paridoras mujeres en mi espalda-; en esta tierra sementada con sudor, que se fue convirtiendo en Rivero- yvy, la tierra de los Rivero, o mejor aún el equivalente de la forma contractiva guaraní, Rivero-tierra, como si la sangre y la vida y el nombre se fueran traspasando a la tierra o ésta fuera absorbiendo, apropiándose palmo a palmo de nosotros, de nuestra existencia, tiñéndose de greda roja la sangre.
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3
Estábamos los dos bajo la sombra azul de los paraísos. Una mujer delgada nos llamó.
-Para vos uno de oro; para Proní uno de plata...
La impaciencia nos hacía morder los papeles brillantes mientras el chocolate se ablandaba en el calor de los dedos excitados. Mi madre siempre sonreía, nos hablaba dulcemente, arrimando con su voz trocitos de palos, cáscaras navegantes, barquitos de papel con banderitas de colores.
Una vez la vi llorar y sentí que se apagaba alguna cosa dentro de mi pecho. Oscuramente culpé a mi padre de esas lágrimas. El gran respeto que sentía hacia él nunca llegó al temor; deslumbramiento sí, admiración hacia ese hombre fuerte cuya sola mano posada en mi hombro me daba la seguridad total. Cuando pequeño me gustaba que me alzara en sus brazos; me sentía en la gloria trepado sobre sus hombros, en la cima de una montaña. Pero para dormir o para llorar buscaba el pedazo de calor que había entre mi cara en el regazo de mi madre y la caricia de su mano tibia en mi cabeza. Ella nos contaba cuentos y de golpe yo era el príncipe que rescata a Cenicienta de entre el hollín, Hansel comiendo las paredes de caramelo en la casa de la bruja o uno de los chicos encantados por la música maravillosa del flautista en las calles de Hamelín.
Nunca entendí por qué a Proní no le impresionó cuando le conté lo del llanto de mi madre; quizá porque no la vio en ese momento. Yo jamás pude olvidar ese desmoronamiento de su sonrisa, y aún ahora, cuando oigo llover por encima, me duelen todavía sus lágrimas.
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Creíamos contar con el apoyo de los campesinos. Les hablamos de reforma agraria, de seguridad en la colocación de sus productos, de libertad, de justicia social. Cuando era conveniente invocábamos el nombre de mi padre, sus luchas por ellos, la ayuda que siempre había dispensado a los desheredados. Nunca requisamos nada; pagábamos un precio justo por los productos que necesitábamos o por los animales que carneábamos. Pese a todo esto, y salvo excepciones, nos encontramos con la desconfianza de la gente; nos ayudaban más por miedo que por aceptación de nuestra prédica. Los rostros no mostraban gran entusiasmo. La desconfianza se convirtió en hostilidad cuando comenzaron las primeras represalias de las tropas gubernistas contra los campesinos que nos habían prestado algún apoyo. Más luego supimos que el Ministro del Interior en persona había venido a hablarles durante una farra y a repartirles ponchos, en medio de la borrachera. No habíamos tenido en cuenta otra circunstancia negativa: los amigos de mi padre, sus compañeros de causa estaban todos muertos o en el destierro, ellos y sus hijos. Al único que pudimos encontrar fue a Crisanto Reinoso, atado a una hamaca en su tapera miserable. Yo había estado con mi padre cuando los naranjos se veían cargados de frutos y florecían los niño-azoté frente al espacioso rancho encalado. Crisanto era una ruina más lamentable que su casa; estaba derrumbado en una hamaca, prácticamente inválido por la edad y las consecuencias de las torturas sufridas, ciego y carcomido por la amargura. Me tocó la cara con las manos ásperas y lloró desde el fondo de sus ojos sin luz. Sus pupilas brillaron un instante, quemadas desde dentro por los recuerdos. Me preguntó detalles sobre la muerte de mi padre. Cuando le enteré de la misión que nos traía, quiso ir con nosotros. «Si tuviera aquí tu taitá... carajo... estos bandidos...», exclamaba en medio del sollozo que le entrecortaba la voz cascada. «Si estuieran Agüí Medina y Peruco Saldívar y Aniano Rebollo... estos miserables ya no... estos hijos de puta...», gritaba tratando de incorporarse en su hamaca deshilachada. Su larga figura descoyuntada recobraba de golpe el brío juvenil.
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5
Vine aquí y comprobé que todo era igual. Vine para ver de nuevo estallar el pecho de mi padre; para volver a sentir el fuego quemando las entrañas de mi madre. Vine para recuperar el rostro imaginado de Carmencita expulsando el coágulo de sangre que le llevó la vida consigo. Vine para rememorar el gesto lánguido de Marcela hablando de la revolución, tendida en su canapé rojo borra de vino.
Vine y no hice sino convivir con mis propios fantasmas, como se toma un tren que lleva hacia la soledad infinita, infinitamente poblada. Entonces comprendí que éste era el camino definitivo, la única salida, o simplemente, la salida. Y peleé con furia, con encarnizamiento, con rabia para defender mis tierras, no las que los olvidados papeles testamentarios y mi condición de hijo legítimo de los Rivero de Loma Peró y Paso Guavirá pudieran adjudicarme, sino las otras, el territorio inscrito folio tras folio, hora tras hora, sueño tras sueño en el manoseado legajo de mi vida.
Vine y me encontré con que todo era igual. O casi, porque lo que nunca hubiera podido imaginar es que me toparía con la mirada envenenada y huidiza de Proní.
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Más de una vez se me ocurrió que no fue una partida sino una fuga. Pero, ¿de quién? ¿de qué?
Marcela me gustaba. A veces le sorprendía sonriendo igual que mi madre. Me gustaba su figura fina, estilizada, su aire de tedio, sus pequeños gritos de bestezuela herida, su ardor arañando mi espalda durante el amor, sus silencios largos, sus sonrisas relampagueantes. Su compañía me ayudaba a sobrellevar toda la falsedad de la «lucha por la liberación», esa engañifa que nos hacíamos a nosotros mismos para justificar nuestra condición de exiliados rebeldes, ese hábito de «conspirar» en el café de costumbre, con los mismos de siempre. El destierro nos estaba gastando, volviendo estropajo, convirtiendo en náufragos. En los «comités por la liberación» había que enfrentarse antes que nada con las bajezas de los compañeros; la pequeña, corrosiva, rastrera lucha interna: los náufragos disputándose un poco de agua dulce, un hueso roído o el ilusorio comando de la balsa. Los jefes, fogosos fabricantes de discursos vacíos, terminaban siempre con frases implícitamente equivalentes a la célebre «armémonos de coraje y váyanse a pelear» que se atribuía a uno de los líderes en un momento de sinceridad alcohólica. La verdad es que cuando se abrió el frente sur, pocos fuimos los candidatos a asumir un puesto de acción en el terreno; la mayoría se consideró indispensable en los comités del destierro «para mantener viva la llama de la lucha de nuestro pueblo ante los ojos del mundo».
Frente a esta mentira cotidiana, la compañía de Marcela, sincera en su tedio heredado, era casi un baño de pureza. Ni siquiera le podía reprochar sus lecturas «revolucionarias». Su inautenticidad, a fuerza de ingenuidad, resultaba verdadera. En el fondo -y yo lo sabía bien- no era sino una niña, pobre niña mimada en busca de sí misma. Su compañía me había resultado encantadora hasta un cierto momento.
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Desde que tengo uso de memoria me acuerdo de Proní. Siempre estuvo allí cerca, como el gran sillón-hamaca en cuero de nonato en la sala, las botellas de ginebra enterradas boca abajo para limitar los canteros de flores o el tajamar detrás de la casa. Además, éramos «hermanos de sangre». El «pacto» lo habíamos concertado luego de leer alguna novela de aventuras; con una gillete nos dimos cada uno un tajito en el brazo del corazón y gota con gota, a sellar el «pacto de sangre» que convierte a dos seres en hermanos, con un vínculo más duradero que el del nacimiento de una misma madre, como afirmaba el novelón. La resaca de los días fue amontonando sobre esas gotitas de sangre pedazos de recursos, desperdicios, trocitos de alegría o chorritos de lágrimas: sentimientos comunes, secretos compartidos. Sobre todo, lo del pora que una noche vimos -o oímos- juntos en el monte «lasánima». Los peones decían que en ese montículo, en cuya cumbre había como una galería cubierta en medio de la tupida vegetación, aparecían fantasmas, porque dos troperos habían sido asesinados allí, en una emboscada. La leyenda popular agregaba que tratándose de una turbia historia de polleras, y como además las víctimas habían muerto sin confesión ni sacramento, sus almas en pena vagaban por los alrededores buscando reposo. De ahí el nombre del montecito -las ánimas- situado no lejos de la casa. Proní y yo habíamos convivido con los pomberos familiares que por la noche venían a buscar el naco que la vieja cocinera les dejaba en el mortero; habíamos visto las pisadas del jasy-jateré y descubierto la hamaca hecha por él de dos hojas de maíz atadas, cuando se reposaba en medio del plantío incendiado de la siesta. Conocíamos, además, las andanzas del luisón en las noches de luna llena y a los hijos del lúbrico kurupí -a quien se atribuían todos los críos mostrencos-, pero nunca habíamos trabado relaciones con la personalidad mítica más respetada y temida, el pora. De manera que un atardecer de amenazo, a escondidas, nos lanzamos hacia el monte «lasánima». Era una empresa temeraria, porque luego de la oración, nadie se animaba a pasar cerca del lugar maldito. Las tardes de julio son cortas; una penumbra tensa, sobrecargada por la inminente tormenta y el miedo, oscurecía la galería del montecito. Tomados de la mano, sentíamos chirriar las ramas y nuestros dientes. Cerca ya de la limpiada, de golpe mil víboras de fuego nos rodearon; el trueno nos alcanzó en plena carrera desesperada, perseguidos por un caballo de dos cabezas que echaba fuego por los cuatro ojos, según me pareció a mí; por un enorme perro sin cabeza con una llamarada en el cuello tronzado, según Proní; perseguidos -en esto coincidíamos- por el galope desenfrenado de la lluvia. Cuando pudimos darnos cuenta, estábamos acurrucados, temblando, en el galpón de los aperos. Nunca se lo contamos a nadie; el pora del monte «lasánima» quedó como un gran secreto entre nosotros.
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También pudiera ser que haya venido a buscar el olvido. Un refugio en la marea montante del tedio. Marcela era más que un simple desencadenamiento de las fuerzas naturales en mi existencia de desterrado. Ahora mismo estará preguntándose qué será de mí, junto a Dudú, ese horrible caniche de bolsillo que significaba en su vida tanto como su historia familiar y sus recuerdos sentimentales; estará escuchando sus discos de jazz, sin otra ropa encima que su elegante bata de seda china, sobre el canapé color borra de vino, la larga cabellera suelta sobre la redondez de los hombros. No dejará de interrogar a su vaso, a sus manos cuidadas, de uñas largas, perfectamente ovales. Ni el humo sempiterno subiendo de sus labios carnosos, ni la música estridente, lánguida, lastimera de su combinado estereofónico podrán contestarle.
Cuando nos encontramos era ya la muchacha libre, aburrida, cansada de todo, que buscaba «algo», en medio de la facilidad de quien nace con el lujo puesto, rodeada de personas tontas, que termina sin saber qué hacer con todo eso que no llena ni el hueco de uno de sus finos zapatos italianos. La última vez que la vi -esa hermosa noche en que fuimos a la «Manzana azul», cerca del olor penetrante del Riachuelo- estaba entusiasmada con un tratado sobre táctica guerrillera. Su entusiasmo pueril resultaba tan encantador como inocuo. Esa noche la sentí de nuevo muy cerca. Yo no podía enterarla de mis proyectos inmediatos, ni siquiera de mi inminente partida. Pero el aire lánguido de la tarde sobre las calles de otoño tardío, el poniente pintado de rojo, la ciudad, la languidez de aquella noche estrellada, hablaban de despedida. ¿Hasta qué punto era consciente de lo que estaba por ocurrir? El ardor desacostumbrado -ya por entonces- de sus últimos besos, antes de morirnos en la oscuridad, me hace sospechar que intuía todo. La despedida estaba en la comisura caída de sus labios, en la trenza con que aquella noche se adornó, como una guirnalda seca colgando de la cabeza de una estatua.
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«La ametralladora es un arma automática que por efecto del retroceso y en combinación con un recuperador carga y dispara, extrae y arroja las vainillas vacías». Me convencí de que venía para escapar a la inacción de las frases huecas con que nos «instruían» antiguos reservistas del Chaco o ex combatientes de las múltiples «revoluciones», viejos profesionales de levantamientos abortados, de rebeliones en el vacío, encallecidos en teorías arcaicas y tácticas superadas. No sabía exactamente por qué había elegido esta zona. Miento, sí lo sabía. Ante el Comando Central de Operaciones aduje argumentos suficientemente válidos para que se abriera el frente sur en esta zona y para que me destacaran aquí. Iban en favor de mi proposición, la característica boscosa de la región, la pobreza de los campesinos, de los que yo guardaba un recuerdo de lealtad y valentía. Por otro lado, conocía palmo a palmo el terreno. Además, mi apellido -la herencia de las luchas de mi padre, el prestigio de los Rivero-, podía significar alguna cosa entre los campesinos. Mi firme decisión de emprender la lucha armada, así como mi trayectoria de antiguo dirigente universitario, las cárceles sufridas, el activismo político y finalmente el exilio, todo sumado a las anteriores razones hicieron que se me confiara la jefatura del contingente y de las operaciones. Al Comando Central le pareció adecuado el plan elaborado por mí y luego de múltiples discusiones, juzgó pertinente fijar como posible Puesto de Comando del frente sur, la estancia semiabandonada de los Rivero en Paso Guavirá. El acceso desde la orilla en que íbamos a cruzar el río era factible y la posición estratégica, inmejorable.
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Carmencita era un poco menor que nosotros. Vino a vivir en la casa cuando su madre, la madre de Proní, murió. Nunca pude saber si en efecto era hija de mi tío Constancio, como se decía por ahí. En todo caso no llevaba el apellido, pero sí los ojos verdosos de aquel viejo padrillo de la región. Recuerdo sus ojos estriados, la sonrisa pícara y los pechitos que empezaban a brotarle como los limones de Palermo con que jugábamos. Claro que de esto último no me di cuenta sino después, porque al principio sólo se trataba de los inocentes juegos, a los que no tardó en incorporarse, luego de la inicial resistencia que por novata, mujer y menor, le opusimos con Proní. Pese a la diferencia de edad, era mucho más despierta que nosotros; en seguida comenzó a envolvernos, a sobrarnos, a imponérsenos. Sin que nos diéramos cuenta, al poco tiempo ella era quien dirigía la patota de chicos que habitaba el caserón y las dependencias. Fue Carmencita quien introdujo la pelota prisionera y el tuka'é escondido. «Koreko, koreko...», gritaba Proní u otro compañero de juego, y se ponía a buscarnos dentro del barril vacío, detrás de las bolsas de maíz o de afrecho, de los fardos de alfalfa, bajo los catres del galpón o entre el ramaje de los árboles frondosos. Tardé en darme cuenta que casi siempre ella buscaba mi compañía en este juego de escondite que tanto nos apasionaba; al principio atribuía su respiración agitada al esfuerzo que nos oponía en lucha libre en que nos trenzábamos y que nos hacía rodar por tierra. Cuando aquella siesta cálida vino al cuarto en que trataba de despegar el calor de mi cuerpo revolcándome en el catre de lona, creí que en realidad venía a pedir mi protección. «Luchí me mostró su cosa...», me dijo. Luego entendí que no se trataba de eso, y que el aire consternado que puso no era sino una máscara. Aquella siesta desperté de golpe a sensaciones desconocidas, misteriosas, embriagantes, en medio de una sábana caliente que nos envolvía, junto al fuego adolescente del cuerpo elástico de Carmencita, que había adquirido redondeces hasta entonces no distinguidas por mí. Ya por entonces un bozo rebelde y vergonzante manchaba mi labio superior y la voz había cobrado inflexiones de tono inestables. Todo eso percibí al final de aquella siesta furiosa, encendida y triste de mediados del verano.
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O tal vez sí; tal vez pudiera haberse tratado de una fuga. Su compañía me resultó encantadora hasta un cierto momento. De repente una capa de ausencia nos cubrió, una fosa de silencio nos fue separando. Nuestros encuentros fueron páginas blancas manchadas aquí y allá de monosílabos amarillentos, rencorosos. La palabra ya no funcionaba entre nosotros y la materia viscosa que ocupaba su lugar no era un elemento inocuo; nos pesaba, nos molestaba profundamente, nos hería, nos rebajaba. Era un silencio pegajoso, una gelatina entre los dedos, entre labio y labio, sobre la lengua, dentro del pecho. Ni siquiera sé cómo comenzó aquello; creo que con una discusión tonta, por nada, en la que Marcela se emperró en tener razón, ironizó, gritó, zapateó como chiquilla mimada. Durante días mantuvimos viva la llama de la discordia, hasta que ella explotó en un llanto, convulso al principio, tranquilo y largo como lluvia de agosto luego. Cuando escampó, el monstruo estaba instalado entre nosotros. Lo habíamos incubado con rabia y allí lo teníamos impasible, alimentándose de todo lo que había existido entre nosotros, de nuestras entrañas, de nosotros mismos. Desde entonces espaciábamos nuestros encuentros, los acortábamos pretextando toda clase de compromisos.
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Pero existía otra persona que conocía tanto o mejor que yo la región: Aproniano Martínez, Oficial de Compañía de Pindoty.
Cuando el hogar de los Rivero comenzaba a zozobrar zarandeado por las borrascas de la persecución, Proní abandonó la estancia. Solicitó su incorporación en el ejército, a fin de hacer anticipadamente su servicio militar. Fue un tiempo antes de la muerte de Carmencita. Mi padre estaba desterrado. Mi madre me dijo luego que no le había podido arrancar una palabra sobre la causa de su determinación; apenas si algunas frases evasivas y el desviar de la mirada. Fue destinado al cuerpo policial, y habiéndose distinguido, al final de la conscripción fue incorporado al servicio permanente, siendo destacado como Oficial a su región natal. Con gran sorpresa de los pobladores de la zona, participó intensamente en las actividades del comité local del partido oficialista y en la persecución de los «contreras». «Aunque se crió en casa de don Rivero, su padre ya era del partido... y la cabra tira al monte...», decía la gente. Sin embargo, yo jamás le había oído recordar de su padre, a quien por lo demás apenas había conocido.
Cuando el frente sur se instaló, el Oficial de Compañía Aproniano Martínez fue designado como uno de los responsables, reconocido como elemento esencial en la reducción de la montonera rebelde, tan temida por el gobierno.
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Cuando me enteré, ya era tarde. Vine rápidamente para encontrarme con la ausencia de Carmencita, la cruz con su nombre en el labio del monte y el rostro hosco de mi madre. Una máscara de silencio; apenas si me habló durante los pocos días que duró mi permanencia, pero su callado reproche me dolía aún más. Como si no bastara con lo que me pesaba la muerte de Carmencita y la extinción prematura de aquel fuego fatuo que pudo ser mi hijo, sin que yo lo supiera, sin que ni siquiera me diese cuenta; todo tan ajeno a mi voluntad. La vieja Anuncia fue quien, detrás de sus ollas negras, me contó lo ocurrido. ¿Qué pudo inducirla a recurrir a Mana, la curandera de la loma? ¿la vergüenza, el miedo a mis padres, el temor de que yo no aceptara la paternidad? Los brebajes de la vieja pajesera apagaron la risa fresca de Carmencita. Es lo que pensé en aquel momento, para disculparme, quizá; luego vi las cosas con mayor serenidad, con menos deseos de autojustificarme. Nunca pude superar el sentimiento de culpa que el cura Laya me metió junto con el tremendo catecismo de la primera comunión; jamás he podido dejar de esquivar la cabeza ante el gesto amenazador de ese Dios temible que me mostraron en mi niñez. El centro de esos temores infantiles era, naturalmente, el pecado original; la ingestión de la maldecida manzana que una siesta me expulsó del paraíso, en compañía de una Eva niña vagamente salida de la costilla familiar. Desde el primer instante de nuestras relaciones oscuramente presentí la desgracia. Y de golpe me encontraba cara a cara con el desenlace temido; estaba solo con mi culpa: el coágulo que empujó a Carmencita hacia su propia noche era un pedazo de mi sangre. La pena y el remordimiento eran una serpiente que se mordía la cola. Si hubiese llegado a nacer, hubiera sido del azar, del calor adolescente de las siestas -casi un hijo de jasy-jateré-, el fruto vergonzante de amores inconfesables, medio incestuosos, pero aún más difícil de nombrar por algo que entonces sólo intuí: ella era la huérfana de parentesco incierto recogida por caridad cristiana; yo el hijo del patrón...
Muchas veces pensé luego en la sorpresa que habría experimentado Carmencita al sentir crecer en sus entrañas aquella criatura impensada, aquel bicho raro; en el temor que la llevó al desesperado intento de apagar esa llamita de vergüenza. Carmencita sola con su pesar y su miedo, oliendo a flor de paraíso, recorriendo los lugares en que el deseo nos había tumbado, mientras yo, en la ciudad, trataba de llenar de la mejor manera mis horas de colegio, con la menor cantidad posible de estudio, soñando con el olor del establo en las mañanas, de la lluvia reciente cayendo sobre el humus, de la alfalfa, de Carmencita tendida junto al arroyo, junto a la siesta caliente de mi piel.
Anuncia me entregó la medalla y la cadena, tal como Carmencita le había pedido. Yo se las había regalado y ahora se convertían en el último mensaje, como si con este gesto quisiera devolverme todo lo que le había dado, y al mismo tiempo guardar celosamente nuestro secreto.
Cuando llegué, en aquel mes de julio gris, mi padre felizmente no estaba; había sido expulsado lejos por una de las tormentas furiosas que le obligaban a abandonar el amor de sus campos, el sitio exacto de su existencia. Tampoco estaba ya Proní.
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O quizá sí. Por lo menos uno de los torturadores sabía muy bien el lugar en que los suplicios se realizaban: Aproniano Martínez, jefe virtual de la operación. En este mismo cuarto habíamos estado juntos mil veces; aquí mi madre nos contaba las proezas de los Caballeros del Rey en busca del Santo Grial o las aventuras de Sandokán en los mares del sur; en este sitio conocimos las maldades de la bruja madrastra con Blancanieves y lloramos por las desdichas de la pastora Eufemia. En esta habitación mi padre nos leía pasajes del Génesis, poemas de «Las cien mejores»; aquí nos relataba las hazañas de sus héroes preferidos: Bolívar y Antequera, Sandino y Martí, San Martín y el Capitán Caballero. Fue en esta misma pieza que la vi llorar a mi madre, una tarde, la más oscura de toda mi vida.
Quizá haya sido sólo por casualidad que los interrogatorios se realizaban en ese lugar. ¿O fue idea de Proní? Nada dejaba adivinarlo en su actitud. Detrás de sus enormes anteojos oscuros, nunca pude descifrar el lenguaje de su mirada. Impersonal, frío, cruel, distante, ningún gesto del rostro, ningún ademán dejaba traslucir nada, ni en los momentos más intensos del «procedimiento», cuando la saña se desencadenaba, cuando la furia sanguinaria desataba los instintos de los torturadores y oscurecía de sudor el verde de los uniformes. Su impasibilidad era total. Me hubiera bastado verle los ojos, cruzar una mirada para comprender todo, como antes, pero jamás se sacaba los lentes ahumados, su coraza de tinieblas en los ojos.
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Impotente he visto caminar a mi madre dolorosamente hacia la muerte. Impotente, la he vuelto a ver aquí. Con rabia, con dolor contemplaba las convulsiones de su rostro, milagrosamente respetado antes de eso por el tiempo, transformado ahora por el dolor, marchitado de golpe. Cáncer, decían los médicos, para designar de alguna manera aquello contra lo cual la ciencia altanera no podía nada. Y yo veía apagarse día tras día, hora tras hora el brillo de los ojos, el resplandor que había comenzado a nublarse luego de la muerte de mi padre, esa «increíble partida que en casa nunca pudimos entender y mucho menos aceptar: lo sabíamos inmortal. Ya por entonces la violencia nos había arrojado de la casona junto al arroyo, en el labio sur del monte. Estoy seguro que desde ese instante mi padre comenzó a morir, como un camalote fuera del agua, hasta que la copa del corazón rebosó de pena, no aguantó más y se quebró. Yo vi el sufrimiento morder rabiosamente a mi madre, hasta sacarla de su discreta aceptación de las contrariedades y descomponerle la serena belleza de las facciones. Personalmente experimenté la multiplicación lacerante de las células, el crecimiento del ser informe, monstruoso que en algún lugar de sus entrañas, quizá en el sitio mismo que yo había ocupado alguna vez, iba creciendo abrasador, furioso, voraz. Cáncer, cangrejo, pinza, como la que conmigo y mis compañeros usaban cuando los hombres de uniforme verde se volvían bestias y multiplicaban su furia contra nuestros cuerpos quebrados.
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¿Sabría él que la instalación de la cámara de tortura en el antiguo dormitorio de mis padres fue mi salvación? El pasado me protegía, la fuerza del recuerdo me rescataba del dolor físico y la corriente impetuosa de la infancia me arrastraba hacia los territorios del sueño. «Navega velero mío, que ni enemigo navío, ni tormenta...», «...el galeote Joaquín...», «...y el remo rema, chas...», «...había una vez...», «...Volga, Volga, ehh, Volga, Volga, ehh...», «...pasados los cuales obrará la artillería...», «...San Martín nació en Yapeyú, entonces provincia nuestra y cruzó los Andes con el Coronel Bogado a su diestra...», «Bien sé que el suicidio va contra la ley de Dios y de los hombres, pero la sed de sangre del tirano...», «Viví en el monstruo y le conozco las entrañas», «no, José Martí, no es éste tu lugar, pero él se fue hasta Dos Ríos y mucho más allá...», «La voluntad del común vale más que la del Rey; Antequera grita: ¡Libertad!, por las calles y Juana de Lara se pasea de blanco cuando en Lima le matan y con él a su propio padre...», «Quiero vivir y morir ciudadano..., Bolívar asciende en cuerpo y alma al Chimborazo luego de arar en el mar y en la tierra toda de América...», «Mi pluma lo mató, Montalvo escupe sobre el cadáver putrefacto del tirano...», «la victoria no da derechos...», mi padre levanta el índice severo, «llora, llora urutaú...», baja los párpados; «Muero con mi patria», levanta las dos manos abiertas.
Entonces el individuo que sentado frente al antiguo escritorio paterno conducía los interrogatorios, detrás de las tinieblas de sus anteojos «Raywan» con marco de metal dorado, deja de ser el oficial gubernista encargado de averiguar los detalles de la «invasión» y «las conexiones con el extranjero», para convertirse en Proní, mi antiguo compañero de juegos infantiles. Proní... vos sos el caballo Proní, yo el caballero que va en busca del Santo Grial... Proní, vos bandido, yo covoy... vos te quedás, Proní... sele... merele...
Mi silencio hacía redoblar el ritmo de los golpes, aumentaba la urgencia sanguinaria. El sargento Martínez, impasible casi siempre, ligeramente impaciente a veces, continuaba el interrogatorio.
¿Sería consciente él de su presencia en ambas hojas del díptico, aquí preguntando, allá jugando?
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Los jirones brumosos de la amanecida subían desde la escarcha, colgaban desde los árboles como sábanas deshilachadas de fantasmas en retirada; habían estado combatiendo desde que el frío bajó sobre la tierra y el resto de olor oscuro conservaba la sangre todavía fresca. El canto de un pájaro trajo el anuncio de la luz, otros le hicieron eco y el bosque de trinos fue creciendo. Cuando íbamos hacia el antiguo potrero, una puntita de sol asomó detrás del monte, un tablón de luz cayó sobre nosotros; la luz primera, lechosa, la inexorable luz de Paso Guavirá. Cuando llegamos cerca del corral, el olor de pasto húmedo entre las matas de cepa-caballo, mezclado con el estiércol, me traspasó, como cuando íbamos, con Carmencita y Proní, a tomar leche caliente. Sentí la saliva en la boca, el regusto a la leche recién ordeñada, como si fuera a arrimar, en seguidita, la espuma tibia, crujiente, a los labios. Faltaba Carmencita, pero era como si fuéramos a su encuentro para paladear aquello que tanto nos gustaba a los tres. Levanté la mano tumefacta y la pasé por la frente, para limpiarme del cansancio, quizá del recuerdo; ya todo me era igual. Proní vio el gesto y me miró por primera vez sin sus anteojos ahumados. Toda la noche estuvo lloviendo pedacitos de estrellas sobre el pasto y ahora el suelo estaba todo reluciente de blancura; una vaca de azufre masticaba ese comienzo del día y nos miraba pasar, aplastando las frutitas del rocío. Llegamos a orillas del monte «lasánima», y Proní gritó un alto al pelotón que nos acompañaba. Ordenó a sus hombres que esperasen allí. Se trataba de ejecutar al cabecilla de los montoneros; el jefe debía hacerlo.
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Ahora estoy seguro que el recuerdo se puede oír, se puede tocar con las manos, llevarlo al hombro como un fusil o una bolsa de papas. Ahora sé que la nostalgia es una mancha ligera, apenas el empañado que queda en el vaso cuando le echamos una vaharada; sé que es posible borrarla con la punta del dedo o frotando el vidrio contra la manga de la camisa. Pero sé también que basta el leve aliento para que la mancha vuelva, y así siempre.
Mi madre estaba aquí, limpia de dolor por las galerías, con su sonrisa azul bajo los paraísos florecidos del patio. Desde que tomé con mis hombres posesión de la antigua casona, volví a encontrar su paso manso, su voz limpia en las mañanas. Ni el repliegue de nuestras líneas avanzadas ante las poderosas fuerzas del ejército, ni la muerte de los compañeros, ni la presión del movimiento envolvente final en torno al bosque cercano a la casa, consiguieron separar de mi lengua su nombre transparente, recuperado por sobre las máscaras de su sufrimiento, desde el día en que tuvo que dejar su casa, cuando se vio obligada a aceptar la muerte de su mando, a enterrarlo, hasta el momento en que su rostro comenzó a cambiar por efecto de las llamaradas que le subían desde el fondo de las entrañas. Cada instante estaba perfectamente registrado y la más ligera incitación, el olor de las flores del paraíso, los restos de las botellas de ginebra delimitando los canteros vacíos, el ruido herrumbrado del viejo molino de maíz o el reflejo del sol en el tajamar al mediodía bastaban para hacerme recuperar el momento y el lugar precisos; la proyección de una vieja película en cámara lenta, morosamente lenta, en que mi madre nos daba golosinas, en que mi padre hablaba gravemente o se hamacaba en su sillón de cuero de nonato, en que Carmencita cruzaba brincando con su sonrisa y sus trenzas, en que Proní me corría hacia el alambrado, cerca de la carretera, con los perros atrás...
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Nos internamos en el monte lentamente. La incomunicación se había roto. Cuando llegamos cerca de la galería, en el lugar en que habían estado las cruces de los dos arrieros asesinos, nos miramos. El caballo con dos cabezas y fuego en los ojos, el perro con un chorro de luz en vez de cabeza nos mordían el trasero. El trueno-caballo, el perro-lluvia nos pisaban los talones. Eramos totalmente incapaces de articular una palabra; el olor a cuero, a jerga húmeda, a lomo de caballo sudado nos traspasaba; el silencio oscuro del galpón de aperos nos envolvía, jadeábamos; no podríamos decir cómo descendimos el montículo enmarañado, cómo atravesamos el potrero, los dos alambrados y el portón del patio. Sudábamos copiosamente. Otra eternidad de silencio nos rodeó mientras recobrábamos el habla. De repente, al mismo tiempo: «¿viste?». Ninguna palabra se cruzó entre nosotros. Proní disparó varias veces al aire; unos segundos después, un tiro solo. Con la punta del caño y el gesto de la cabeza me mostró el sendero en el monte. Los dos nos lanzamos por él, en dirección opuesta a la de la casa, hacia el estero.
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20
Ahora ha de ser otra vez agosto, porque el viento norte caliente pasa a unos jemes de nosotros. Las flores de agosto han de expandir de nuevo su color amarillo de muerte y el olor silvestre de sus ramas quebradas ha de derramar su savia inerte hasta esta zanja, al borde del monte «lasánima», en donde el mismo sol nos calcina, a través de la misma tierra, ya suya y mía, a él y a mí, juntos como cuando jugábamos «covoy y bandido»; el viento norte, hasta que venga la lluvia...
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Fuente:
Autor:
Editorial Servilibro,
Asunción - Paraguay
2006 (169 páginas)
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