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lunes, 6 de septiembre de 2010

MABEL PEDROZO - LAS ARRUGAS DE LA VIRGEN (CUENTOS) - Comentarios: A CUENTA DE LOS CUENTOS por ALEJANDRO MACIEL y CUENTOS EXCELENTES por DELFINA ACOSTA


LAS ARRUGAS DE LA VIRGEN
Cuentos de
MABEL PEDROZO
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
CRITERIO EDICIONES
Web:
www.libreriaintercontinental.com.py ,
Foto de tapa: JORGE ROMERO,
Asunción – Paraguay,
2010 (149 páginas)

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A CUENTA DE LOS CUENTOS
(Breves consideraciones acerca del libro "Las arrugas de la Virgen", de Mabel Pedrozo, a manera de Prólogo)
MABEL PEDROZO cultiva con mesura y pasión el género del cuento. Todos sabemos que narrar es un modo indirecto de explicarnos a nosotros mismos qué es la realidad; pero también sabemos que para quien cuenta (la cuentista, en este caso) existe la demanda de un desafío: economía de palabras, unidad de tiempo y espacio centrado en un acontecimiento, el que merece ser tema del cuento sin accesorios ni cargas adicionales. Todo esto significa una serie de exigencias que sólo el autor puede administrar.
Mabel Pedrozo usa varios registros ajustando el método al tema y no como tendemos a hacerlo naturalmente, al revés, es decir, escribiendo un tema para un esquema metódico que fijamos de antemano en forma in consciente. Una vez me explicó que cuando le viene en mente un argumento, piensa qué forma le podría dar, ensaya dos o tres escrituras, borradores, copias, y finalmente decide qué conviene más al relato y se interna en la escritura definitiva siguiendo con obsesión cada palabra como si fuesen los rastros de un crimen perfecto cuyo asesino tenemos adentro.
En "JUEGO DE SÁBANAS" ya desplegó cierta maestría que continúa refinando en esta serie desde los breves "TAMÉ" y "EL CONSTRUCTOR" hasta "LAS ARRUGAS DE LA VIRGEN", en los que el final preciso y contundente produce ese giro de situación que caracteriza al cuento y figura en al menos tres decálogos y recetarios de la preceptiva del género.
Pero deseo detenerme en el cuento: "LOS SUEÑOS DE LA INFANTA". Felizmente, Mabel intercambia en forma constante narrador y narratario en tramos dialogando, en otros alternando, en otros párrafos cediéndose el don de llevar la narración por el cauce preciso que no admite desviaciones del curso ni los meandros de una novela. El lector quiere, necesita comprobar que va conociendo las opacidades de esos dos personajes femeninos, la Infanta y su sobrina, en una lucha sorda y despiadada detrás de la fantasía masculina deseada y temida al mismo tiempo. La mirada de la autora, aunque sabiamente oculta, es desafiante para el ojo lector. Mabel procede, no cede ni concede: recorre, corta, extiende y despliega ese tiempo prestado del relato como lo hacían los trágicos griegos que en lugar de presentar matanzas en la escena confiaban el relato de las atrocidades a un mensajero que al comentársela al protagonista, advertía al público. En este relato, Bruno y Rosaria, los criados mulatos de la Infanta son los heraldos que describen los hechos delicados, especialmente Bruno, que revela uno de los misterios más sagrados y profanos de la intimidad física, ese secreto que fisura Mabel para dejar entreabiertas puertas de recámaras, balcones señoriales, escotes, decencias y toda la mitología oscurantista de la España de Felipe II, su Escorial, sus monasterios y la asfixia del sexo entre bastiones y catedrales. La descripción de los salones barrocos resuenan con los brillos prestados en la voz del criado; tanta pompa y circunstancia empiezan abriendo un recinto ovalado como el salón de recepción del capitán Cardozo Balmaceda que en la evolución de la trama se va volviendo opresivo, lujosamente asfixiante y termina convirtiéndose en una trampa mortal de la que se huye rumbo a las nuevas tierras, las cercadas de selvas, las de la libertad del "PARAÍSO DE MAHOMA" donde rumbea la carabela que se lleva la felicidad para siempre.
Y una vez más, Mabel Pedrozo nos deja la sensación de haber asistido a un milagro al revés: de esos prodigios auténticos que no suceden en los altares, sino en la vida, donde todos podemos ser heroicos villanos en nombre del amor, o la pasión, que es su gemela descarriada.
ALEJANDRO MACIEL
Buenos Aires, marzo 2010


LAS ARRUGAS DE LA VIRGEN
Un día antes de que sor Catita viese a la Virgen, el convento de las Carmelas amaneció infestado de moscas.
La madre superiora, que jamás tomaba las cosas a la ligera, además de ordenar la desinfección de pasillos, celdas, jardines, huertos, baños y cada pimpollo que colgaba de las terrazas del antiguo retiro colonial don de treinta y tres monjas de silencio dedicaban su vida a la oración, informó a la congregación mayor lo que pasaba.
Esa tarde llegó un enviado del arzobispado para ver por sí mismo la gravedad del asunto.
El alboroto en el doble portón tapado por enramadas olorosas alertó a las religiosas que giraron el rostro en esa dirección cuando a las tres de la tarde, un sacerdote que traía la cabeza cubierta con un kepi de color rojo, entró en el jardín.
Probablemente, si no hubiese sido por el detalle del kepi, las religiosas hubiesen desviado la mirada, pero cómo resistirse a ver algo que los ojos de todas maneras ya vieron.
Se llamaba padre Angelo y una hora después de su llegada reunió a las monjas en la capilla para informarles que el convento estaba siendo atacado por el demonio. A su lado, la madre superiora buscaba en los ojos de sus novicias la alarma que no podía evitar demostrar en los suyos.
-No es culpa de ustedes, hermanas. El maligno es así -dijo el sacerdote arrugando el kepi que sostenía en una mano. Estaba parado en la última de las cinco gradas que llevaban al atrio de la capilla, sus mejillas de veinticuatro años quemadas por lo que las monjas supusieron era exceso de intemperie. Detrás de él, como un pájaro atrapado entre aquellas paredes que olían a cosas sacras, la imagen de una Virgen María cubierta con una túnica entintada, clavaba en las monjas sus ojos de yeso.
-Quiero preguntarles algo, hermanas...
-Padre, en este convento cumplimos voto de silencio -advirtió la superiora.
-Este no es momento de votos, Madre. Acá se esconde una rata y no la hallaremos si no revolvemos la casa -respondió el sacerdote con voz irrefutable-. Bueno, hermanas, debo saber qué piensan de todo esto.
El silencio en la capilla fue total. Afuera las moscas, como bolas chirriantes, golpeaban la puerta por la que de todas maneras, aún cuando tuvieron ocasión, no se atrevieron a cruzar (la capilla fue el único lugar del convento en donde no entraron).
La hermana Catita se levantó.
-¿Cómo sabe que es quien dice que es, padre Angelo?
Era la religiosa más joven y a eso atribuyó la superiora su atrevimiento para hacer una pregunta semejante. La quiso disculpar, pero el sacerdote la hizo callar con un gesto:
-Si quiere saber si tengo dudas debo decirle que lastimosamente, no las tengo.
-Pero cómo...
-Las moscas. El maligno las usa o se convierte en ellas a veces, por eso las llaman insectos de la noche. Antes de entrar al convento visité las granjas vecinas y ninguna tiene invasión de moscas ni se recuerda que haya habido alguna en esta zona, y es imposible que esto ocurra sólo aquí, si viene de una causa natural. Además, puedo sentirlo...
La madre superiora giró la cabeza hacia el sacerdote. -... a él. Sé que está aquí, en alguna de sus formas. -Padre, no creo...
La mirada del sacerdote paralizó a la religiosa.
Él le informó minutos antes, para evitar perder el tiempo en conversaciones simuladas, que estaba en conocimiento de lo que ocultaba el convento de las Carmelas, secreto que escapaba al manejo del arzobispado y que era tratado únicamente con la Nunciatura, o sea, con el propio Vaticano, de manera que la superiora entendió el alcance que tenía su presencia allí.
Él sabía que a ese lugar enviaban a las monjas que según la evaluación de los Carmelos, tenían condiciones para convertirse en mensajeras de las manifestaciones divinas (se les enseñaba a entrar en contacto con santos o con la Virgen María, y a transmitir sus dichos). Eso incluía a religiosas estigmatizadas o que recibían cualquier tipo de señal santa, incluso sueños proféticos. Por eso la superiora descartaba la presencia del maligno y también por eso, el padre Angelo estaba convencido de que lo que ocurría no podía venir de otro lado.
Las monjas se arrodillaron.
-No hagan eso -les previno el religioso-. Si está aquí, como efectivamente creo, no lo vamos a ahuyentar demostrando temor, sino con el único antídoto que la Iglesia Católica tiene contra él.
Un exorcista. Eso dijo, aunque las monjas dudaron de si escucharon bien.
-En estos momentos, la persona que mandé buscar está cruzando el portón del convento -agregó el religioso y amagó moverse de lugar pero no lo hizo. Volvió a arrugar la gorra y advirtió-: Sé que no vieron alguien así antes. Les recomiendo que no esperen nada, porque no será lo que imaginan.
Se les mandó permanecer en la capilla y lo hicieron hasta que el padre Angelo volvió, pero esta vez traía a un niño con él. Eso fue lo que las monjas creyeron que era hasta que giró la cabeza y entonces nadie supo de qué se trataba, excepto la hermana Catita que, al verlo, recordó a una marioneta que recibió como regalo de Reyes y que de niña encerraba en un baúl porque le aterraba que la mirara como si la viese.
El enano (era un enano) vestía un enterizo de color turquesa y llevaba debajo una camisa que se le abultaba bajo los tirantes. Su pelo, abundante y descolorido, le caía a los costados como trapo y una sonrisa que parecía cavada en su cara le marcaba las facciones. Sus zapatos, de tacones cuadrados, sonaban como calzado de mujer sobre el embaldosado encerado.
Todavía de la mano del padre Angelo, el exorcista se detuvo cuando faltaban unos metros para llegar al atrio. Entonces giró, soltó la mano que lo sujetaba y caminó entre los bancos traspasando a las monjas con su mirada transparente.
Más que mirarlas las olfateó, buscó lo que sabía que estaba ahí aunque le faltaba descubrir dónde, escondido detrás de qué cuenta de rosario, de qué pliegue de hábito, de qué enagua perfumada con agua de rosas, hasta que se quedó viendo a la hermana Catita como si el mundo hubiese desaparecido en ese instante y hubiesen quedado sólo él y la monja, que lo miraba espantada.
El exorcista extendió hacia ella su mano pequeña y deforme que sor Catita vio venir sin poder esquivarse, sin poder mover su cuerpo que el temor sujetaba a ese banco donde nadie más que ella existía en ese momento.
La monja recordaba la mano acercándose hasta que cerró los ojos y vio lo que había dentro suyo, vio aquello que sintiéndose descubierto se escondió detrás de sus costillas causándole un dolor puntiagudo. Parecía una figura hecha en plastilina, de color ceniza, con grandes ojos y boca sin labios. Y si no tuvo miedo fue porque aquella visión le resultó familiar. De niña le pasaba. Enterraba juguetes y los olvidaba hasta que un día los encontraba deformados, deshechos por la lluvia y lloraba porque ya no podría meterlos en la casa y debía volver a enterrarlos, pero nunca lo hacía porque les tenía lástima.
La mano no se detuvo. Se metió dentro de ella y estiró con firmeza. Sor Catita perdió la conciencia en ese momento. Y cuando abrió los ojos no estaba en la capilla, sino en un cuarto que olía a vela recién apagada.
Era un dormitorio de campaña, con techo de zinc sostenido por vigas recién barnizadas. Había camas dispuestas en desorden, pero cubiertas con frazadas pulcramente extendidas. Aunque era de mañana (una luz blanca entraba por la puerta entreabierta), las ventanas cerradas mantenían intacta la noche con su crujido de estrellas y su aire desamparado. Una sola de las camas estaba ocupada. Allí, acurrucada, dormitaba una mujer. Estaba descalza, llevaba un vestido de color oscuro que le tapaba los tobillos y tenía el pelo recogido en un rodete. A su lado dormían dos niños muy pequeños. Catita se acercó sabiendo, con esa certeza que sólo da la alucinación, que aquella mujer era la Virgen María, la misma que contemplaba hasta que los ojos se le dormían en la capilla del convento, aquella con la que soñó desde que era una niña y se ataba rosarios a la cintura para tener a la Señora Santísima pegada a su cuerpo.
-Madre -dijo con la voz atorada en la garganta, y se arrodilló.
Entonces pasaron dos cosas que la hermana Catita supo que no olvidaría hasta que dejase este mundo: con delicadeza, para no despertar a los niños, la Virgen levantó la cabeza y el poco de luz que entraba por la puerta puso al descubierto su rostro marcado, enteramente, por arrugas profundas y antiguas. Era el rostro de una anciana.
Lo segundo fue lo que pasó cuando ambas mujeres se miraron a los ojos y la Señora se dirigió a la monja.
-¿Quién sos? -le preguntó con un susurro que hacía recordar a las flores blancas y paralizadas de los cuadros de santos-. No te conozco -agregó.
Y sor Catita lloró, y así despertó en la capilla donde habían terminado el rito de exorcismo y el engendro que llevó el padre Angelo le ordenaba volver a la conciencia, y dejar atrás toda oscuridad.
El padre Angelo la levantó y no permitió que los acompañe la superiora ni nadie más.
-Esto es entre la hermana Catita y yo -dijo y salió de la capilla llevando a la monja, que parecía una paloma desmayada, en sus brazos. Recorrieron las galerías iluminadas por una luna blanca y silenciosa hasta que llegaron a una puerta protegida, como todas en el pasillo, con un crucifijo de madera.
-Lo que vi, padre... -susurró la monja.
-Las cosas de Dios no son como pensamos que son. Siempre son más simples -le dijo el sacerdote, la dejó en la cama y cerró la puerta sin detenerse a sostener el crucifijo que desprendido de su soporte superior, giró con fuerza y se invirtió.
Dos semanas después, en la capilla de los Carmelos, la imagen de la Virgen María comenzó a envejecer. Al principio nadie se dio cuenta porque los cambios se dieron de manera sutil, hasta que surcos profundos marcaron los costados de la boca de yeso, y enseguida vinieron las patas de gallo y la frente que, como una flor, amaneció marchita.
En su celda, detrás de la puerta cuyo crucifijo se invertía cada madrugada, la hermana Catita se cambiaba las vendas ensangrentadas de los dedos que usaba para marcar el rostro de la Santísima con sus uñas de poseída. Dentro de ella, hincándole las costillas con una punzada dulce, la figura en plastilina del Maligno sonreía con su boca sin labios.


TAMÉ
-Repetirá su mirada en vos, te repasará como una frase que debe aprenderse de memoria, te subrayará y te marcará como el sitio al que debe volver cuando en realidad, no tendrá manera de irse. Y no se lo dirá a nadie porque le han elegido un hombre que no sos vos, Tamé, un guerrero que atravesará tigres y claveles para llegar a ella y que no sabrá que vos, el muchacho que se arrastra por la noche memorizando estrellas y búhos, sos el hombre que ella tendrá en sus ojos, cuando él la ame.
"Esta es mi visión, Tamé. Y ahora andate, y no levantes la roca azul que encontrarás en el camino porque ahí aguarda una serpiente que tiene la muerte colgándole de los labios. Y no hables de lo que te dije porque lo que pasará pertenece a los dioses y no a los hombres".
La boca de la cueva, tapada con una cortina de mariposas nacaradas, se deshizo en pétalos de luz dando paso al niño aché que deslizó su cuerpo de bronce por el desfiladero. A lo lejos, vio la roca azul y tomó el otro camino, el que le llevaría el resto de la tarde recorrer para llegar a su aldea, pero no tenía prisa.
Debía acallar en su corazón, para que no se le notaran, las palabras del brujo.

DE LOS DOS LADOS
Si me cuesta explicar cómo ocurrieron los hechos es porque esta historia la escribí en un sueño.
Sé que a todos nos intriga esa especie de alucinación que nos pasa cuando nos quedamos dormidos, pero lo mío se convirtió en algo enfermo. Quiero decir que no solo no dejo de pensar en eso, sino que no pienso en otra cosa.
He leído y escuchado todo tipo de explicaciones médicas y esotéricas acerca del sueño, pero lo que me importa no tiene que ver con el proceso mental que genera ese remedo de vida mientras nuestro cuerpo está in móvil en una cama, sino con cosas más... hmmmm, ¿rebuscadas?, propias de quien da vueltas sobre lo mismo, y me refiero a qué conexión existe entre la persona que duerme y la que se supone que es en el sueño. A fin de cuentas, ¿son la misma persona o solo creemos que es así?
Me consta que en muchas ocasiones el soñador no reconoce a la persona que se supone que es en el sueño. ¿Y si fuese así, digo? ¿Quién o qué es ese ser que actúa haciéndonos creer que se trata de nosotros? ¿Existe algún motivo para ese engaño o se trata solo de un absurdo juego de la mente sin más propósito que el de tenerlos ocupados en algo?
Alguna vez lo simplifiqué todo imaginándome que soñar era algo así como agacharse sobre una fuente y ver nuestro reflejo en el agua. Pronto, sin embargo, entendí que la comparación era inexacta por una razón bastante obvia: en el sueño el "reflejo" tiene voluntad y hace cosas que pueden no tener nada que ver con la forma de comportarse del soñador.
Finalmente, quien haya prestado atención a sus sueños sabe que en ellos puede tener el aspecto de su padre, su madre, un amigo, un hermano, un desconocido, y también que es capaz de pasar de ser uno a ser otro en el mismo sueño, sin que eso cause sorpresa ni al soñador ni al soñado. En fin, el que sigue es el texto cuyo valor es uno solo: lo escribió la persona que se supone soy yo cuando duermo, y de la transcripción puedo decirles que cuando dejé de recordar palabras, comas o suspiros, dejé de escribir y esperé por el siguiente sueño, por lo que me agrada dar constancia de su sacrificada fidelidad.
Así empieza:
"No sé cuántas veces bajé de aquel colectivo que nunca pude ver, ya que todo empezaba cuando sentía el borde del pasamanos congelado lanzándome a la calle desierta. No veía mis zapatos, o mi ropa, pero habrán sido adecuados porque me sentía cómoda con ellos y no tenía calor aunque el sol que me recibía alumbraba un cielo de color celeste agua.
¿Hora? Ocho o nueve de una mañana polvorienta y silenciosa.
Algo dentro de mí no quería seguir la calle razonable, aquella que pisaba y que corría en línea recta frente a mí, de manera que tantas veces como pude tomé la otra, la que se torcía a mi izquierda y que llevaba al sendero dibujado por cercos mohosos y encima de los cuales el cielo comenzaba a llenarse de nubes de color ceniza.
El aire ahí era fresco y delicioso, y había aves colgadas de los postes que me hacían recordar, todas las veces, que si volvía sobre mis pasos encontraría un cobertizo que cuando pasé no estaba, y que esperaba por mí.
Una vez entré en él. Era húmedo y estaba vacío, pero sirvió para que me refugie de la lluvia que se desató para mi sorpresa, ya que pensé que nada que no haya pasado antes podía ocurrirme en ese lugar. En ese momento entendí que no era así, y también supe que no podría evadir por siempre la calle que temía porque mi destino me traería a ella una y otra vez, hasta que me anime.
Lo hice. Cuando solté el pasamanos congelado del colectivo y pisé, una vez más, aquel terraplenado que tenía el aspecto de haber sido recién barrido, avancé consciente de que algo cuya monstruosidad no podía precisar aguardaba por mí.
Las luces sobre la calle cambiaron en ese momento. Ya no parecía iluminada con el sol blanco de la mediamañana sino con la luz de la tarde que filtraba sus oscuridades sobre los amarillos y naranjas cambiándolos a un tono caramelo inquietante. Por otra parte, el viento helado que llegaba de fondos invisibles me hizo recordar que en la mochila llevaba un abrigo con capucha cuyo propietario no debí ser yo porque me quedaba grande, pero de todas maneras logró que deje de temblar.
Si algo más llamó mi atención en ese momento es que caminaba en medio de la calle, lo que me sorprendió porque soy del tipo de gente que prefiere los bordes, las orillas, los rincones de los lugares que tienen rincones, pero por algún motivo no quise acercarme a aquellos cercos.
Sé que pasé enfrente de casas porque sentí sus sombras domésticas viéndome cruzar y, sin embargo, jamás sabría cómo eran, no recordaría una ventana, una flor torcida sobre las gradas, nada sino esos bultos que no querían tener que ver conmigo más que para indicarme que debía seguir un poco más, ya casi, ahí, enfrente.
Cuando la miré por primera vez la recordé de antes de resbalar por el pasamanos congelado que me lanzaba una y otra vez a la misma calle. Todo ese tiempo que hui de ella (se alzaba a la derecha del camino) en realidad conocía cada borde de sus ventanas cerradas, su techo como las alas de un pájaro muerto, los balcones humedecidos con lluvias antiguas, su patio donde era de noche aunque en la calle todavía giraban los colores finales de la tarde.
Se trataba de una vieja mansión que parecía abandonada, aunque yo sabía que no era así.
Había un portón y un cerco tejido. Había un picaporte redondo que se abría hacia un interior todo penumbra y olor a flores secas.
Nada de lo que había dentro era posible. No había cuartos propiamente dichos, o en todo caso los cuartos fueron convertidos en corredores de madera que seguían una disposición enredada, como si fuesen soportes de una casa que estaba siendo remodelada.
Algo se movió arriba.
Una tira de escalones me mostró el recorrido final, si es que se podía hablar de fines en esta historia que no dejaba de dar vueltas sobre mí misma.
Subí hasta el rellano que se sintió esponjoso bajo los pies, cubierto quizás de un alfombrado que no se podía ver pero que apagó el sonido de mis pasos. Eso me tranquilizó, aunque era ingenuo imaginar que lo que me esperó todo ese tiempo, no siga mi recorrido hacia él. De todas mane-ras, la imposible idea de sorprenderlo me animaba.
Había algo distinto en ese último tramo de gradas. El aire se había afilado y dolía dentro de la nariz, pero no era eso, más bien se trataba de un olor imposible de saber a qué se parecía pero que podía recordar de un cuarto en cuya ventana aleteaban los pétalos amariposados de las cinesias.
Un estruendo me devolvió al último peldaño cruzado por un pasillo en cuyo fondo pude ver una sombra que huía, que corría hacia el siguiente nivel que yo sabía, era idéntico a aquel en donde me encontraba. Aun que solo vi el movimiento supe que no se trataba de una alucinación, o de un fantasma.
Crucé frente a puertas idénticas sin detenerme en ninguna hasta que un presentimiento hizo que me volviera para ver la uña que se disparó contra mí desgarrándome el abrigo y abriendo una herida profunda en mi carne sorprendida.
Empujé la puerta de donde salió el ataque. Quería terminarlo de una vez, pasar por lo que seguía sin esperar al siguiente sueño para empezar todo de nuevo y agregarle lo próximo que debía ocurrir. Y claro que consideré que quizás lo que me aguardaba en ese lugar era alguna especie de muerte que acabaría con lo que fuese que era mi vida, pero el saber que de todas maneras estaba en una secuencia que no podía alterar, me dio valor.
La quietud del cuarto en el que entré reavivó mi temor. Nada se movía, excepto los pétalos de las sinesias en el fondo apenas clareado de una ventana cerrada. Reconocí todo lo que había a mi alrededor no porque ya hubiese estado ahí (de eso estaba segura), sino solo porque lo sabía.
Pasaré por alto los detalles para decir que había una cama, y en ella, palpitante, el ser que me estuvo llevando a él con el único propósito de hacerme daño. Ahora lo sabía. No volvería a salir de aquel cuarto, o si lo hacía una y otra vez recorrería el mismo camino hasta este lugar, hasta esta cama, hasta esos ojos que me vigilaban en la oscuridad.
Lo vi incorporarse con su aspecto desconocido, escuché el sonido de sus uñas que todavía goteaban mi sangre, pero no fue esta vez que morí aunque sé que eso me pasará pronto y que aquel es el ser que acabará conmigo.
Por ahora repito (no puedo evitarlo) el circuito desde el instante del pasamanos congelado y el terraplenado que el sol de la tarde (últimamente solo es de tarde) avellana bajo mis pies. Me tomo tiempo entre ese instante y la escena final para escribir lo que veo y lo que pienso, que sé que es lo mismo, y mediante estos apuntes es que sé que, aunque calca-das, las escenas no son idénticas.
O sea, las flores con las que me cruzo son a veces dalias, a veces jacintos y a veces no sé qué nombre tienen. O los corredores dentro de la casa aparecen como si alguien los hubiese movido desde la última vez, o el olor que me recibe cuando ensangrentada abro la puerta del dormitorio ya no es a trapo viejo, o a revoque desprendido, o a carne supurante. Incluso probé a entrar a la casa no por la puerta del frente sino por otra que no había visto antes y que metía a una habitación trasera donde se guardaban muebles viejos que me resultaban llamativamente familiares.
Todo esto me animó a intentar algo que espero sirva para cambiar el final al que me veo injustamente empujada: introduje a propósito un elemento que no estuvo antes, o que estuvo, pero de una manera distinta.
Se me ocurrió cuando, parada en la última estribera del colectivo, me fijé en el pasamanos que sobé tantas veces sin darme cuenta hasta ahora de que tenía una pieza suelta en un extremo. Se trataba de una varilla de unos diez centímetros, más fina y filosa que el resto del larguero de metal, y que parecía un remiendo puesto para completar el largo que se requería para llegar a la puerta.
La fui gastando todas las veces que estuve en esa estribera hasta que sentí que se soltó. Entonces la metí en la mochilla y cumplí la caminata como si nada, segura a estas alturas de que mi pequeña "modificación" no había sido percibida y que podía subir las escaleras sin que la escena cambie por eso.
Estoy en el cuarto ahora y tengo el mismo miedo que las otras veces, pero soy yo quien va en busca del espectro que tanto miedo me causa. Lo veo, esperando por mí sin saber que esta vez las cosas serán diferentes, que esta vez soy yo quien puede causar el primer corte, la primera herida, el primer dolor...".
Aquí finaliza la anotación, relato o como lo quieran llamar.
Por cierto, me llamo Angélica dos Santos, vivo en la calle De la Conquista 447 y dejo este manuscrito en el primer cajón de mi mesita de luz para que si algo me ocurre, sepan que jamás intenté hacerme daño.
Cada palabra escrita en él es copia exacta del otro manuscrito, el que mi acechador escribe en mi sueño. Miente, casi siempre. No dice que es a mí a quien viene a buscar en la casa de la derecha del camino, que es mi picaporte el que gira y son mis escaleras acolchadas las que sube para encontrarme.
Antes no lograba alcanzarme, y cuando se acercaba en todo caso podía hacer el esfuerzo y despertar, pero eso cambió hace unas semanas. Recuerdo el sueño en el que me escondí en una habitación que casualmente es mi dormitorio en la vida real, y cuando lo escuché respirar detrás de la puerta (no le creo cuando dice que es una mujer) decidí tomarlo por sorpresa. Aparecí detrás de él y antes de que reaccionara, le hice un tajo en el brazo y hui.
Enseguida supe que eso tendría sus consecuencias y así fue. Ahora que sabe dónde me escondo, toma el picaporte, lo gira y camina hacia la cama en donde estoy tratando de despertar, pero como dije, cada vez cuesta más conseguirlo.
En el último sueño vi cómo dirigía hacia mí un puñal, o algo parecido a eso, que brilló en la penumbra antes de hundirse en mi carne. Desperté sin rastros de sangre, pero con un intenso dolor en el costado que no solo no se me quitó, sino que se amorató en mi cintura y que hoy apenas me deja caminar.
Sé que en el hospital me dormirán para remover parte de la carne que inexplicablemente para los médicos empezó a descomponerse, y sé que no podré despertar cuando lo necesite. Por eso les doy una última mirada a las sinesias que recuestan sus alas rosadas en la ventana creyendo que sigo ahí, en la cama, deseando ser ellas, y cierro la puerta.


ÍNDICE
Dedicatoria / A manera de prólogo
*. LAS ARRUGAS DE LA VIRGEN / TAMÉ / EL CONSTRUCTOR / LOS SUEÑOS DE LA INFANTA / MÉDIUM / EL APARECIDO DEL PASILLO / EL NIÑO DE LA CAMIONETA / PUNTO DE MIRA / RIVALES / ERROR DE BALCONES / EL EJECUTOR / DOBLE FONDO / QUIÉN, EN TUS OJOS / ANIVERSARIO DE GRADUACIÓN / DESPEDIDA EN LA TERMINAL / RÍO IMPUESTO / DE LOS DOS LADOS / HOMBRES SIN RELEVO.
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ARTÍCULO PERIODÍSTICO DE DELFINA ACOSTA EN ABC DIGITAL:
CUENTOS EXCELENTES DE MABEL PEDROZO.
abel Pedrozo viene escribiendo buenos cuentos desde hace mucho tiempo. El libro Las arrugas de la Virgen, editado por Criterio Ediciones, es un texto que recoge cuentos que dan cuenta de su gran talento para la narrativa.
Ellos no se ubican en un lugar especial de nuestro país, pero las comodidades de la época nos hacen pensar que los mismos están instalados en una ciudad. ¿Qué ciudad? No importa.
Los cuentos emergen del espacio artístico y sicológico que la escritora reclama como suyo, porque lo ha creado, mediante su relevante personalidad literaria.
Creo que Mabel Pedrozo ha leído mucho al escritor argentino Julio Cortázar. La muerte está presente como un elemento definidor en sus escritos. Y también están presentes los espejos flotantes que rodean a la muerte: el susto, las apariciones, los fantasmas en sus más diversas formas, y aquel entrevero de vida-muerte o muerte-vida.
Solamente ella sabe cuánto trabajo, cuántos tachones, cuánto pensar y volver a recomponer los pensamientos derrotados en torno a un tema, a una idea, son necesarios para escribir estos cuentos que demuestran la valía de su pluma.
Hay algo de poesía en sus escritos.
Ya lo dije: algo.
Inicialmente Mabel Pedrozo fue poetisa. Y un clavel de su poesía se abre, de cuando en cuando, en algunas frases, para echar un aliento fresco sobre todo cuanto va contando.
Conoce magistralmente el oficio. Por eso este libro suyo entra con naturalidad en la mente del lector. Un lector que debe empezar a reconocer que estamos ante una de las más inspiradas cuentistas del Paraguay. Mejor, la más inspirada.
Me ha gustado mucho aquella historia de la niña paliducha que vive frente a un cementerio y juega con las pequeñas difuntas del sitio. Observé cómo fue sacando con naturalidad, como quien no quiere la cosa, ese personaje misterioso (todo un hallazgo) y lo metió en la otra “vida” de quienes ya están en el páramo. O más allá de la línea que divide a quienes existen y no existen.
Repasé mentalmente el hecho, las circunstancias, y leyendo después otros cuentos de la fantasiosa Mabel Pedrozo, he llegado a la conclusión de que estamos presenciando la maduración de una narradora de alto calibre que sin lugar a dudas honra a las letras paraguayas y también a la literatura latinoamericana.
Su caso, el caso de escribir, coordinar elementos lingüísticos que han nacido torcidos y deben enmendarse, es la pasión de su vida. El prologuista Alejandro Maciel ha utilizado el término “pasión”.
La autora de Las arrugas de la Virgen, como toda escritora que se precie de tal, es una buscadora de errores. Todo debe estar pulcro y bien alimentado de ideas, mientras ella se inclina sobre el papel. Supongo que también después de escribir, traslada, a veces, sus personajes, a su almohada.
Me encanta su estilo impecable.
Es admirable esa aproximación suya a la más acabada perfección literaria.
La reiteración de lo que se desprende de la muerte, de lo monstruoso, de la diversidad de cuanto hay de oculto y de misterioso en la vida, nos lleva a regiones aisladas durante el proceso de la lectura.
El armaje, el esqueleto propiamente dicho de sus cuentos, muestra el rigor con que la autora trabaja.
Su lenguaje, creo yo, debería correr con más libertad. Pero esta opinión emitida puede ser un equívoco. A otros lectores les llegará de distinta manera, seguramente, el lenguaje de Mabel Pedrozo.
Hay una circunstancia, no un episodio, que hace que ella sea una mujer que convierte el lenguaje artístico en una ciencia. La ciencia literaria. Grandes escritores avanzaban en sus obras maestras con la crítica más severa de su razón.
Sus cuentos merecen ser publicados dentro de las mejores antologías de la cuentística de Latinoamérica.
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EL CONSTRUCTOR
Cuando el último zócalo azul fue colocado en la rampa que llevaba a la terraza prohibida de la Torre de Babel, Nabucodonosor Segundo tuvo miedo. Y no pudiendo soportar ese sentimiento cuyos peldaños, terrazas, columnas y habitaciones se reproducían dentro de él como la réplica del laberinto que ayudó a construir, pidió a los dioses antiguos que lo protejan. Y se postró. Pero los dioses de piedra, que no perdonaron su traición, desoyeron sus súplicas. Y vengativos, contemplaron con sus ojos engarzados cómo el rey del mundo sucumbía al horror de saberse a merced de otro, del Dios desconocido que afuera, con voz de trueno, maldecía al infiel que en su nombre erigió la torre sacrílega.
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Artículo de DELFINA ACOSTA,
Revista Cultural del domingo, 5 de setiembre de 2010,
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de la Literatura Paraguaya.
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