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jueves, 21 de octubre de 2010

TALLER CUENTO BREVE - CUENTOS DE MAYO Y ABRIL / Dirección y Prólogo: HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ / EDITORIAL DON BOSCO - ASUNCIÓN 1992


CUENTOS DE MAYO Y ABRIL
Dirección:
HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ

(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del

www.portalguarani.com )
© EDITORIAL DON BOSCO
Tirada: 750 ejemplares
IMPRENTA SALESIANA.
Asunción, Paraguay
1992 (152 páginas)




.UN ANTIGUO Y SIEMPRE NUEVO LEMA:
NULLA DIES SINE LINEA.

Desde 1984 el Taller Cuento Breve ha publicado cuatro volúmenes de cuentos redactados por sus participantes, a quienes llamamos con un neologismo expresivo: talleristas.
Los cuatro volúmenes llevan un prólogo de quien traza ahora estas líneas, líneas que también aspiran a ser un prólogo, el quinto de una serie.
Acabo de releer los escritos antepuestos a los cuentos, y advierto que he incurrido en varias repeticiones. En cada uno de dichos prólogos, en efecto, manifiesto lo que se ha tratado de hacer y lo que se ha logrado. Hoy no quisiera volver a incurrir en repeticiones. (Una de ellas ha consistido en indicar, con acaso no querida jactancia, el elevado número de premios ganados por los talleristas. ¿Deberé decir que DIRMA PARDO DE CARUGATI, autora del cuento BALDOSAS BLANCAS Y NEGRAS, puede blasonar de ser la primera tallerista inspiradora de una película titulada EL SECRETO DE LA SEÑORA y que YULA RIQUELME DE MOLINA, gran ganadora de premios por obras en prosa y verso ganó en 1991 el Premio Club Centenario?.
¿A qué insistir hoy en enumerar los autores que hemos estudiado y qué necesidad hay hoy de explicar el método -o mejor, los métodos- empleados con miras de desarrollar una apreciación más cabal de los méritos literarios adoptados como ideales de creación literaria? ¡Ya hemos hablado tanto de Borges, Cortázar, Rulfo, Chejov, Hemingway, Maupassant y otros muchos cuentistas estudiados a lo largo de ocho años de no interrumpidas reuniones de taller.
Ya hemos contado que nos hemos inspirado en libros de la Biblia, en cantos del Infierno de Dante, en escenas memorables de Shakespeare. Todo esto y bastante más ha sido dicho en los prólogos anteriores y hasta en más de un artículo de periódico. Mejor será, pues, hablar de lo que deberíamos hacer y ya no de lo que hemos hecho.
El Taller Cuento Breve es un taller en que se estudia el arte de una forma de escritura: la ficción de pocas páginas y hasta lo que ahora se da en llamar FICCIÓN SÚBITA, ficción que a veces no ocupa más de una página.
Bien: como el taller ha demostrado que su propósito primordial ha tenido bastante éxito, convendría cultivar marginalmente otra u otras formas de escritura. El cuento, obra de arte, tiene cercano parentesco con el poema. Sabido es que las musas no son siempre obedientes: cuando se las invoca, se muestran a menudo esquivas.
Y cuando las musas se muestran esquivas, el tallerista, no por eso debe dejar de escribir. Si hoy no surge el cuento pues que se escriba un artículo, una crónica, una carta más o menos literaria. A un periodista no se le exige la inspiración de un poeta. Tampoco debe exigirse del tallerista, siempre, la inspiración del cuentista. Debe pedírsele, sí, que no deje de escribir. Que no deje de escribir otra cosa.
En rigor nunca se ha reprochado en nuestro taller la esterilidad de nadie. Quien quiere escribir cuentos, los escribe; quien no los escribe y persiste, durante semanas, en no escribir nada, nunca es por ello tachado de holgazán o de algo semejante.
¿No sería digno de ensayar otra u otras formas de escritura? hemos dicho más arriba. Una forma de escritura menos artística, menos lírica, si se quiere; acaso más intelectual, menos necesitada del poético favor de las musas.
Hemos visto que algunos talleristas pasan semanas, acaso meses, sin escribir un solo cuento. (Lo cual a nadie debe espantar: hay casos de famosos poetas y prosistas que han sufrido largos períodos, largos años de esterilidad.) Pero si en el caso de nuestros talleristas es el cuento y no otra forma de escritura por la que no se sienten llamados, pues que ensayen el ensayo, el artículo, la carta, como queda indicado.
NULLA DIES SINE LINEA dice el adagio latino. El adagio no dice o no define qué clase de línea debe ser escrita, sin falta, día tras día. Simplemente postula: NI UN DÍA SIN LÍNEA.
Sigamos, sí, siendo un taller de cuentos breves. Pero seamos ante todo, un taller de activos aprendices de escritor, sea cual sea el género que se nos presente accesible cuando el cuento -EL DIFÍCIL CUENTO- se nos muestre renuente.
Febrero, 1992.
HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ
.
.INDICE
PRÓLOGO - HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ


*. GUITALY ARIAS DE MOLINA : LA HISTORIA VERÍDICA DE UN PUEBLO QUE NUNCA EXISTIÓ / PERO LO AMO ;

*. NEIDA BONNET DE MENDONÇA : LA PREGUNTA / EL ENIGMA ;

*. MARÍA LUISA BOSIO : LA VIDA SECRETA DE LUCY / LA CONFUSIÓN ;

*. CARMEN ESCUDERO DE RIERA : LA CALLE DEL POZO AMARGO / ENCUENTRO ;

*. SUSANA GERTOPAN DE SZMUC : UNA NOCHE ESPECIAL ;

*. EMI KASAMATSU DE ENCISO : …AMO, AMAS, ¿AMA DE CASA? / UN ANHELO, UNA VIDA ;

*. MAYBELL LEBRÓN DE NETTO : EL ÑE'ENGÁ / LOCURA ;

*. LUCY MENDONÇA DE SPINZI : ENGAÑOTERAPIA / CONFESIÓN DE ABRIL ;

*. LUISA MORENO DE GABAGLIO : EL PEÑÓN / LA CASA HANNEMANN ;

*. GLORIA PAIVA : ¿DE CEBOLLAS? / ALMA SALVADA ;

*. DIRMA PARDO DE CARUGATI : LA COLECCIÓN / LA MALA VIDA ;

*. LITA PÉREZ CÁCERES : TERTULIA LITERARIA / JOSEFINA Y EL SALÓN CELESTIAL ;

*. MARGARITA PRIETO YEGROS : LA ESPOSA DEL SARGENTO / EN TIEMPO DE CHIVATOS ;

*. YULA RIQUELME DE MOLINAS : TEODORA Y DOROTEA / EL AURA DE SIMEONA.
.


... PERO LO AMO
.
"Vivir de tus incendios,
luchar por tus batallas,
dejar por los caminos
rumor de tus sandalias.
Espada de dos filos es,
Señor, tu palabra"
(Himno de la Liturgia de las horas)


La noche no es indiferente a mi dolor.
Las estrellas se cuentan mi tristeza. Ha muerto el alma de mi alma. ¡Que callen esos hombres!
Ya no puedo pedir más, no, a este mundo que no entiende, si le hablara de mi amor por él seré lapidada por los justos... ni siquiera por él querría morir.
Y tener que caminar con el dolor de no poder encontrarlo como antes, en el campo, calentándonos con el sol sin que nube alguna interfiera entre nosotros. Me veía como a una virgen, me acariciaba como a una niña, era tan diferente.
Aún creo estar viéndolo, ahí, rodeado por esos hombres que lo seguían.
Aquella noche gasté todo mi dinero por un instante, por un perfume, por estar junto a él. Comencé a acariciarlo, mis lágrimas mojaron sus pies, mis cabellos los secaron y al sentir el calor de su cuerpo, de sus manos, conocí el amor.
Desde ese día lo seguí, pero me dolía tener que estar cerca esperando siempre alguna palabra, alguna reacción; desfallecía yo en la espera, porque todo se habría tornado en angustia si hubiese dicho su boca la sola palabra que yo esperaba.
La fogata de aquella última noche irradiaba imágenes que me hablaban, querían seducirme y vi su rostro ensangrentado, sus brazos extendidos.        
Por encima de él se formaban sombras de grandes monstruos que vigilaban, monstruos con cabezas de hombres que al escuchar una voz, caían entre convulsiones, vomitaban muerte y lanzaban sobre mi cabeza las copas en las que bebían su sangre. De pronto todo se esfumó, al desaparecer, ascendía de la tierra un ser transparente; a medida que se elevaba crecía transformándose en un blanco esplendoroso. Mientras que desde el abismo surgían trozos de carne con forma humana, extendían sus muñones hacia arriba tratando de alcanzarlo.
La fogata se ha extinguido. Ya no había luz en el campo, sólo había hierbas quemadas.
- ¡Lo han matado! No encuentro su cuerpo. Amaneció, volví la vista, no pude distinguir al dueño de la sombra que me seguía. La luz del sol penetraba en mis ojos como agujas... no, no podía distinguir a esa sombra que se multiplicaba; estaban cada vez más cerca.
El sol era rojo, muy caliente, mi piel sangraba, en vano quise cubrir mis heridas. Traté de escapar pero el suelo estaba cubierto con huesos secos que me cortaron los pies y al caer, las manos. La piel se me despegaba del cuerpo lentamente, en silencio.
El olor a muerte me sofocaba
y el aire estaba cargado de ojos que me acusaban... ¿Sabrán lo que siento? Ni siquiera por él querría morir... pero lo amo.
La arena ardía,
mi vientre sangraba y miles de trozos de marfil se hallaban incrustados en él.
Mi cabeza tenía una corona de piedras
y mis manos solitarias sujetaban fuertemente pedazos de mi cerebro.
Vi a alguien,
pregunté quién era.
Sólo dijo mi nombre, era él, mi amado.
Traté de tocarlo. Todo era confuso,
tenía nauseas,
tenía frío, me resistí.

Una luz me envolvió...
y caminamos por el campo, solo los dos.
Sin que nube alguna interfiera entre nosotros.

Guitaly Arias de Molina.


 
LA VIDA SECRETA DE LUCY

-¡Quédate quieto, Javier, por favor! Acabo de limpiar las alfombras y los muebles. Cuando venga tu padre se lo contaré- dijo la abuela Iris al nieto de 12 años, quien, sentado delante de la T.V. con los zapatos sobre la mesita del living, comía un sándwich y desparramaba las migas.
-Por favor, abuela, te quiero y te respeto, pero a veces te pones insoportable -contestó Javier. La mujer se retiró refunfuñando y se encontró, en la puerta de entrada, con Lucy, su hija, que llegaba en ese momento. Una mujer joven y esbelta. Ese día Lucy tenía aspecto abatido.
Lucy llegaba de la guardia de ocho horas en el hospital. Besó al chico y a la madre y se dirigió al dormitorio. Se echó sobre la cama y empezó a meditar sobre los acontecimientos de esa mañana en el Hospital. Se repetía a sí misma: "Era un caso irreversible; la asistimos a la pobre mujer con cuidados especiales hasta el final..." Pero no podía dejar de pensar en esos ojos suplicantes llamando a sus hijos... La profesión de médico la había elegido, creyendo que todo sería fácil para ella, pero no era así, pues la traicionaban sus sentimientos. Hizo un esfuerzo y trató de sobreponerse.
Sonó el teléfono, lo atendió con desgano. -Carlos mi amor, ¿qué quieres?- dijo. -Te quiero a vos, Lucy: ¿qué te parece si nos encontramos en el Hotelito de la calle Maipo?-. -Pero, Carlos, acabo de llegar del Hospital y estoy cansadísima.- ¡Mejor! contestó Carlos; yo te haré pasar ese cansancio, y cortó la comunicación.
Lucy acomodó sobre la cama las medias negras en juego con la ropa interior del mismo color y se metió al baño.
La madre entró a la habitación con un jugo de frutas y se sorprendió de ver esas ropas tan provocativas. Preguntó a la hija: -¿vas a salir, Lucy?.
Sí, mamá. -¿A esta hora?. -Sí, a esta hora y déjame, mamá, que estoy con prisa. -"Yo diría que estás rara hoy" y miraba con curiosidad los preparativos negros.
Cuando estuvo lista, Lucy pasó al living. Su madre estaba discutiendo (como era de costumbre) con Javier. Hablaremos con el padre esta noche, dijo al pasar.
Elegante, iba caminando por la calle hacia la dirección convenida, cuando sintió a alguien que la abrazaba de atrás y le decía con pasión: Lucy; dejé todo el trabajo de la oficina, porque sólo deseo estar contigo. Caminaron el trecho que faltaba y entraron en el hotel de la calle Maipo. Pidieron champagne y se dirigieron al cuarto destinado para ellos.
Carlos desbordaba pasión y cariño, Lucy con su conjunto sexy se metió en la cama. De pronto se escuchó en el altoparlante lo siguiente: "Por favor, si en el Hotel hay un médico, que se presente inmediatamente en la habitación N° 12. Lucy saltó de la cama, se vistió y sin zapatos corrió por el pasillo; la puerta del 12 estaba entreabierta. Se encontró con una joven rubia desesperada y un hombre entrado en años con un ataque bastante agudo. Recetó Lucy un medicamento y se lo dio a Carlos para que lo buscase en una farmacia.
En la primera, la más cercana no lo encontró, tampoco en la segunda y tercera. Después de recorrer otra más, le dieron la medicina. Tomó un taxi y volvió a la calle Maipo.
En esa media hora había ocurrido algo inesperado y desagradable. La policía entró en el Hotel, buscando a una persona que se escondía, al parecer, con su pareja. A Lucy la interrogaron y quedó como principal sospechosa al no poder comprobar que su compañero había ido a la farmacia por una receta urgente, para el señor del 12; el cual cinco minutos antes de llegar la policía había vuelto en sí y su joven acompañante con el susto plasmado en el rostro, lo ayudó a vestirse, lo metió en un taxi y le dio al chofer la dirección de la casa, que casualmente encontró dentro de la billetera. Se sintió aliviada la joven de haberse sacado un problema tan grande.
Cuando Carlos llegó al Hotelito de la calle Maipo; no lo dejaron entrar. La policía rodeaba el edificio. Al delincuente lo encontraron en el sótano y dejaron salir por la puerta de atrás a las personas que estaban adentro, para no llamar la atención de los curiosos en la calle, enfrente del edificio.
Lucy, al salir, se encaminó hacia su casa. Entró despacio: abuela y nieto seguían discutiendo.
A los diez minutos sonó el teléfono y escuchó la voz de Carlos que le decía: -Estoy al tanto de todo lo ocurrido, volvé Lucy; te necesito tanto; y cortó.
Se encontraron de nuevo en el mismo Hotelito; desconectaron el altoparlante y con dos botellas de champagne festejaron una de las más tiernas y cariñosas tardes de amor.
A las veinte horas Lucy regresó al departamento. Se encontró con la madre frente a la T.V. -"No me digas nada, mamá; esta noche hablaremos sobre la conducta de Javier con el padre".
Una hora después entraba al departamento el padre de Javier. "Hola, papá, le dijo cuando lo vio entrar. - Hola, hijo, tenemos cosas que discutir esta noche. Vamos, pues, al escritorio y así podremos hablar tranquilamente.
Lucy, la médica, se sentó en la poltrona del dormitorio, puso el último cassette que había comprado y encendió un cigarrillo, mirando las suaves espirales que formaba el humo. Cerró los ojos y evocó la tarde voluptuosa vivida con su apasionado amante. Eran encuentros que venían sucediéndose en distintos sitios agradables y que los hacían tan felices. El se escapaba de su trabajo, y ella de las obligaciones y responsabilidades de su profesión. Daban rienda suelta a su amor sin las complicaciones y enredos de personas y cosas que se suceden en un hogar formado, como el de ellos: de Lucy, la médica, y su afectuoso, varonil y vital esposo Carlos.

María Luisa Bosio


UN ANHELO, UNA VIDA

Las noches de insomnio se sucedían y la luz de la mañana a menudo sorprendía a Lian con su dolorosa carga. Noche tras noche ella pensaba en un hombre infinito, universal. Hasta que, de las brumas de la obscuridad y de su mente, surgió aquella luz, y de ella un ser de cuerpo y alma que venía hacia Lian. ¿Sería su creación?. Estaba orgullosa de él; de su rostro, de que a nadie se pareciese. Se llamaba Christian. Sus encuentros con Christian se hicieron frecuentes a media noche. Ella anticipaba la hora de cerrar los ojos para irse a su encuentro... Sus palabras cargadas de símbolos y su extraña presencia trajeron magia y optimismo a su vida. Al amanecer cuando se despedían, una dicha plena inundaba su espíritu enternecido. La soledad ya no la aterrorizaba y cosa rara, la prefería porque la soledad era él, era Christian.
Con la mañana volvía a la realidad y al recuerdo de lo que decía su madre:
-"No te cases" - "No te cases con ese hombre..." Le suplicaba con voz entrecortada- "Es un hombre curtido y duro, te hará sufrir, porque eres sensible y delicada. No soportarás los golpes de la vida lejos de nosotros"- agregaba. Lian tenía entonces veinte años. Ella creía poseer suficiente valor para abrirse un rumbo nuevo.
Por los caminos oscuros, el chirrido de las chaperías y el ruido de los golpes de los pedregullos que se disparaban contra la base del coche, acompañaban su travesía. Con excepción del titilar de las estrellas, (como si con las manos pudieran alcanzarlas), no había luces que atestiguaran la presencia de seres en los alrededores. Sólo trajinaban, Marcos, su esposo, y ella. Llegaron a la casa del pueblo; en el corredor: apenas iluminado se veían pilares y dos figuras. Al advertir su presencia una de ellas se adelantó y abrazó a Marcos. Lian se quedó atrás; el resto de la familia no se había percatado de su llegaba.
-"Ella es mi esposa" le dijo, haciéndole señas para que se acercara. La madre la miró enigmáticamente. No abrió la boca. La otra mujer de mirada sagaz, intentaba desnudar hasta su alma.
Marcos, su marido, empezó a llorar, apenado por la reacción de su madre. También su madre lloró.
-"No sufras por favor, Marcos"- le dijo Lian acariciándole la cabeza. La mujer alzó la vista con la mirada cargada de odio. Entonces Lian comprendió que era el inicio de otra larga lucha. La atea, la intrusa, la extranjera... de ese modo la calificaron y de ese modo ella se sintió. Había llevado Lian el mejor galán, el más interesante, el más apuesto. Dicen que la madre casi se murió, y según ellas, Lian era la responsable.
Cuando se mudaron a la ciudad, el precario departamento de la pareja estaba apenas adornado con plantas que crecían vigorosamente. Habían decidido hacer de él un mundo, su pequeño mundo anhelado. Para Marcos cocinaba el mejor plato, para él tenía la mejor sonrisa. Pero un extraño silencio les pesaba a los dos.
-"Tengo que ser fuerte, la corriente me está llevando". Decía para sí.
Era evidente que él no contaba con la aprobación de su madre.
De ese modo Lian encontró explicación a sus ausencias pretextadas: Reuniones de trabajo, práctica de deportes, trabajos extras, visitas a los parientes y muchas historias más. No se daba cuenta de que las horas aceleraban inexorablemente sus crepúsculos.
El primer bebé que tuvieron se les fue al poco tiempo de su llegada. Tanto lloró Lian por él, que las lágrimas se le agotaron. Su alma retornó porque ese hogar estaba desgarrado.
Al cabo de un tiempo vinieron dos hijos varones. Lian trató de aferrarse a esa felicidad para que no se le escapara. Por entonces se mudaron a una residencia espaciosa e iluminada. Sentía que el sol de las mañanas renovado y diáfano, barría las sombras de la noche y la consolaba del frío invernal. Sin embargo a pesar del estímulo matinal, algo atormentaba su corazón, como si varios pares de ojos que traspasaban las paredes la examinaran sin piedad. Ella recelaba de todo lo que acontecía.
Estaba tan lejos, su dignidad mancillada, su mundo disperso como hojas de otoño a merced del viento.
-"Quizás lo comprendería mejor si yo tuviera a alguien en quien confiar y a quien escuchar. Tal vez un amigo". Así pensó y soñó varias veces Lian.
Pasaron los años; no recuerda cuantos. La desvanecida primavera de repente cobró fuerzas y los últimos veinte años de matrimonio de Marcos y Lian fueron dichosos; se habían liberado de todas las ataduras del pasado.
El viento de la tarde acariciaba las puntas de las ramas de los cipreses plantados a lo largo de una angosta calle. Lian había ido a llevar flores a Marcos y a orar por él con el corazón, sin palabras. Sumida en reflexiones sobre el proceso de vida y muerte como una de las realidades más profundas, caminó lentamente hacia donde estaba estacionado su automóvil. Fue entonces cuando sintió que alguien acompasaba el ritmo de su andar con el suyo. Se dio vuelta. Era él, era su rostro perdido, allá lejos, en el olvido. Era Christian, Christian, Christ...


Emi Kasamatsu de Enciso


¿DE CEBOLLA?

Debí ponerlas en agua helada, o en vinagre, o mojar el cuchillo pensó. Conocía perfectamente todos los trucos para evitar las lágrimas, aunque nunca se acordaba de emplearlos y terminaba cortando las cebollas con los ojos semicerrados; por eso no lo vio pasar, pero sintió sus pasos. No necesitaba verlo para saber quién era, su forma de tocar el timbre, sus pisadas eran inconfundibles para ella.
Sin embargo aquel día que volvió a escuchar su risa se sorprendió de reconocerla. Creía haberla olvidado. Había llegado a comprimir todos sus recuerdos, sintetizándolos en hechos escuetos que podía sacar sin emoción si era necesario, y sólo si era necesario.
No fue fácil. Necesitó muchos años de ejercicio, y al principio el triunfo del día era derrota en la noche, pues los sueños escapaban a su control y muchas veces amanecía con la mirada vuelta hacia adentro, pero poco a poco lo logró.
Como quien deshoja margaritas fue seleccionando lo que se permitiría recordar, y al fin él se había convertido nada más que un dato en los formularios de los documentos de su hijo, que pedían: nombre del padre. Hasta aquella risa en la que descubrió que había vuelto.
Volvió de a poco, y aunque ella fingía no verlo y simulaba no darse cuenta, estaba allí.
Los recuerdos se escaparon por el hueco que produjo la risa, y la invadieron, tanto los permitidos como los rotulados "Prohibidos". ¿Por qué andás tan malhumorada, mamá? decía Miguel. Aquello no era justo, el presente debía ser de ella, sólo de ella como lo fueron esos largos años, él no debió instalarse de nuevo así, sin previo aviso e irremediablemente. A veces, sin embargo, se sorprendía sonriendo con ternura al ver sus largas piernas sobresalir la cama, que le resultaba corta; otras en cambio, lo agredía a su pesar, lastimándolo.
Una música estridente y ruido de cajones y puertas que se abrían y cerraban llegaron hasta ella. Dejará la pieza regada de ropas -Tendré que volver a ordenarla- pensó mientras seguía con su tarea.
"Tapar la olla y dejar hervir 20 minutos" -decía la receta; veinte minutos que aprovecharía para leer el periódico.
Al salir de la cocina vio las huellas en el piso. Reprimiendo su fastidio volvió con la lona pasándola una y otra vez avanzó por el pasillo hasta llegar a la última, junto a los pies desnudos de los que se escurrían aún algunas gotas.
El piso ya estaba de nuevo seco, cuando sorpresivamente, un montón de gotitas lo volvió a mojar.
¡Esto es el colmo! ¿Crees que no me canso? ¿Por qué tenés que sacudirte así el pelo? ¿No ves que mojas todo?
¡Te estoy hablando, Luis!
El dejó el teléfono, se ajustó la toalla y dijo: ¿Qué me decías? Me encanta que me llames Luis. Siempre me llamaste Miguel. ¡Claro! ahora te gusta ese nombre porque dicen que cada vez me parezco más a papá... Pero, ¿qué pasa? ¿qué hice? ¿Porqué estás llorando, mamá?
Ella contestó: No lloro, hijo. No estoy llorando, estuve preparando la comida, sólo son lágrimas de cebolla...

Gloria Paiva
Mención de honor Concurso Literario
Cuento Breve "Club Centenario 1991"





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