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sábado, 30 de octubre de 2010

ARMANDO ALMADA ROCHE - GLORIA A DIOS EN LAS ALTURAS Y A MARIO VARGAS LLOSA EN LA ESCRITURA / Edición digital: ABC COLOR, SUPLEMENTO CULTURAL, Domingo, 24 de Octubre del 2010.




GLORIA A DIOS EN LAS ALTURAS Y A MARIO VARGAS LLOSA EN LA ESCRITURA
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(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del


Naturalmente, un escritor, incluso pequeño, está expuesto a los elementos propios de la intemperie. Entre esos elementos que contribuyen a crear la fama (parroquial, provincial, nacional, continental, universal) se encuentran la ideología, la política, la envidia; también la amistad, la admiración, el respeto mítico aún vigente en relación a la letra impresa.

En el siglo XV, cuando nacieron los incunables, el respeto por el libro alcanzó un alto grado de mitificación. La autoridad estaba en la escritura. Por algo fue la Biblia el primero de esos incunables que convirtió a Gutenberg y a su imprenta en un símbolo de la cultura occidental. Toda la tecnología contemporánea, aparejada a las artes de la comunicación, no sólo no ha destruido ese símbolo, sino ha contribuido a consolidarlo, a robustecerlo, a, en cierto modo, multiplicarlo. Cada escritor, con sus libros, acentúa la marca profunda de esta cultura de la imprenta, que es la cultura del libro, de lo escrito. Por supuesto que en el ámbito latinoamericano, donde la civilización se importa, se compra, se trueca por materias primas, desde el siglo XVI hasta el siglo XXI, la cultura es fundamentalmente la que está en los libros. Nuestra inteligencia es literaria. Al llegar a una madurez apropiada, esa inteligencia se convierte en foco de atracción para los lectores de otras áreas, cuyas fuentes no estarán agotadas (el hombre y su cultura no terminan con la muerte física, con la desaparición de lo externo), pero sí en un momento de recesión.  Malraux tuvo necesidad de una intensa aventura, de una anécdota acalorada, para convertirse en excepción. Y pertenece más a la generación de la guerra, que a la posguerra.



HISTORIA DE UN DEICIDIO


Pero ese no es el punto a tratar. Me refería a la intemperie a que está expuesto todo escritor, antes o después de saltar fronteras de su pueblo natal, de su tribu literaria, o de su soledad. Así, en efecto, ocurre  con Mario Vargas Llosa, antes y después de convertirse en uno de los grandes escritores hispanoamericanos, hoy más grande todavía gracias al Premio Nobel que acaban de concederle. Su intemperie ha sido política, ideológica, crítica, personal, desde una quemazón de libros suyos en el patio de la  Escuela Militar que le sirvió de ambiente a la novela  La ciudad y los perros, hasta la trompada que le dio a su amigo, compañero y fuego Gabriel García Márquez. Fuego porque le encendió su mecha crítica para el libro Historia de un deicidio.

A partir de este galardón todo va a cambiar para él. “Me da un  poco de vergüenza recibir el Nobel que no recibió Borges”, dijo. Además de engrosar su cuenta bancaria con 1.5 millones de dólares, su vida se va a convertir en un frenesí de llamados, su cara va a ilustrar las portadas del mundo y sus libros se van a reimprimir con esa faja que solo tienen los socios de ese círculo selecto. Las primeras declaraciones del peruano buscaron, sin embargo, conjurar esos fantasmas: “No va a cambiar lo que soy, tengo 74 años, tengo un mundo, una orientación, ideas, ilusión, y eso no va a cambiar, va a complicar un poco más mi vida, pero no me voy a quejar”.

Vargas Llosa, fiel a su estilo, dio una conferencia multilingüe en un gran auditorio de Nueva York. Allí dijo que “es un premio literario y espero ue me lo hayan dado más por mi obra literaria que por mis opiniones políticas. Ahora, sí mis opiniones políticas, en defensa de la democracia y la libertad, y en contra de las dictaduras, han sido tenidas en cuenta, pues en buena hora. Me alegro”. En ese sentido, agregó que va a “seguir escribiendo sobre lo que más me estimula y  defendiendo las ideas que tengo, la democracia y la opción liberal, así como con las críticas a toda forma de autoritarismo, a toda ideología que crea exclusión, discriminación”.

No suele ocurrir que un escritor de ficciones (novela y cuentos) y de poesía, se ocupe, también, en una tarea crítica Pablo Neruda escribió su poesía en todos los tonos, sin acercarse a la crítica, como no fuera poéticamente, un acercamiento por afinidades de sensibilidad, como su Viaje al Corazón de Quevedo. Miguel Ángel Asturias fue novelista y poeta, dos maneras de crear poesía, que en algún idioma, como el alemán, dan el mismo nombre al creador: poeta (Dichter). Mario Vargas Llosa ha cultivado las dos dimensiones, generalmente alejadas: la crítica literaria y la novela. Es posible que su formación intelectual sea la responsable de esta trama orgánica de su obra como escritor.


“NUEVA NOVELA”


La publicación de La ciudad y los perros, que había obtenido el Premio Biblioteca Breve en 1962 y el Internacional de Novela Formentor, se entiende como el inicio del mal llamado “boom”, término que constituye un fenómeno editorial y no responde, en sentido estricto, a los valores de una estética o escuela literaria. Sin embargo, no cabe duda de que el equívoco término “realismo” defendido por el novelista peruano significa una intencionalidad estética que continúa y renueva el proceso emprendido por narradores anteriores como Borges, Rulfo, Onetti, Carpentier y García Márquez, entre otros, preocupados —y esta es la intencionalidad primordial-por la forma de narrar, planteándose alejarse del realismo decimonónico, de la “novela indigenista”, ya en crisis, y de otras formulaciones de índole ideológica. Carlos Barral, promotor editorial del “boom”, escribió en 1967 en su introducción a la novela corta Los cachorros: Vargas, dice uno de nuestros amigos comunes, c’est une bete á écrire. Yo creo, más bien, que es un escritor determinado por una forma de vocación poco común en nuestro tiempo  (…) Cuando quise conocerle era para mí sólo un nombre, el nombre que encabezaba un manuscrito presentado al Premio Biblioteca Breve y que había sido una de las mayores y más estimulantes sorpresas de mi carrera de editor”. Se descubrieron en París, donde vivía el casi neófito autor, en la rue de Tournon, detrás del Jardín de Luxemburgo. Barral precisa que aquel minúsculo apartamento estaba presidido por una máquina de escribir. No cabe duda de que el más joven de aquella promoción de maestros de la narrativa hispanoamericana es, asimismo, el más intelectual y prolífico, quien posee un mayor instrumental académico ortodoxo.

Como buena parte de los autores de lo que Carlos Fuentes calificó como “nueva novela”, escribió la primera parte de su obra fuera de su patria y, despojado posteriormente de su nacionalidad peruana, se convirtió en apátrida en Londres, aunque ya en 1993 se nacionalizaría español sin renunciar a sus orígenes, alternando sus estancias en Madrid, Londres, Lima y los Estados Unidos, donde ha  ejercido varias veces como docente en diversas universidades. Su infancia fue la de un niño cuyo hogar se había visto fracturado. Pasó sus primeros años en  Cochabamba (Bolivia) con sus abuelos y después regresó a Perú, a Piura y Lima, donde cursó estudios en el colegio militar Leoncio Prado por decisión paterna (“Mi padre pensó que era un antídoto contra la literatura. Y curiosamente, en el Leoncio Prado leí más que en ninguna parte…”), experiencia que habrá de servirle para  conformar su primera novela. Pero tras algunas incursiones en el periodismo y en el teatro (géneros que ya no abandonará) inició estudios literarios en la Universidad de San Marcos. A los diecinueve años se casó con si tía Julia Urquidi, tema que utilizará en su novela La tía Julia y el escribidor (1977), con réplica posterior de la interesada y, en 1965, con su prima Patricia Llosa. Pero muy pronto, gracias a una beca, se trasladará a parís y, más tarde a Madrid en 1959. la vocación literaria de Vargas Llosa, capaz de adentrarse la novela política, en la erótica, en el mural histórico, en  la anécdota periodística, en paisajes tan diversos como la Lima de su juventud, la selva peruana, Brasil o la República Dominicana, se conjuga con una preocupación política por la suerte de Perú que habrá de llevarle, incluso, a disputar la presidencia de la República con quien le vencería en las elecciones, Alberto Fujimori en 1990. Su intencionalidad política, en sus inicios desde la izquierda militante, próximo a la Revolución cubana, hasta una derecha reformista que le llevará a optar a la presidencia e incluso vencer en la primera vuelta, dará origen a sus apuntes  autobiográficos El pez en el agua (1993).


LOS JEFES


La búsqueda comienza con los cuentos. Vargas Llosa se refiere a ese inicio de su creación con dureza, como si para su destino literario hubiera sido mejor no haber escrito los relatos. Dice sobre Los jefes: “Es un libro malo. En fin, yo creo que es bastante malo. Es un libro que no me gusta, que me parece muy convencional y adolescente. Cuando apareció el libro en España, ya no me gustó; no me sentía solidario con él. Creo que es un libro donde se ve una personalidad en proceso de formarse. Los jefes es un pequeño microcosmos de lo que vendrían a ser el resto  de mis libros”. Me parece que el escritor no es del todo sincero en esa manifestación. Creo, incluso por propia experiencia, que cuando a un autor no le satisface el  primer libro publicado (después de convertirse al oficio y adquirir madurez), lo suprime de su bibliografía, realiza una amputación, aunque le resulte un tanto doloroso. No lo hizo Vargas Llosa con ese librito, publicado ya numerosas veces.


LA CIUDAD Y LOS PERROS


En esta historia publicada cuando Vargas Llosa tiene apenas 27 años, en 1963, aparece la perrita Malpapeada. Hay algunos perros verdaderos en el mundo que el novelista peruano crea desde 1963 a 1973, la década de los libros mayores, incluido Los cachorros. La primera novela, de 1.500 folios en el manuscrito, reducida a 343 páginas en la impresión fue escrita en tres años, seguramente en París, desde 1959 a 1962.

La ciudad y los perros se publicó en Barcelona en 1963, tras sortear diversos avatares con la censura española, que toleró su publicación, porque se refería a la  educación militar peruana, pese  a que  mostró serios reparos sobre ciertas escenas eróticas y a una poco velada crítica del espíritu castrense que iba más allá de lo nacional. La primera edición tuvo que aparecer precedida de un prólogo del catedrático, escritor y miembro del jurado  José María Valverde, en el que advierte que “sería desviar y menguar el sentido de este libro entenderlo como crítica a instituciones pedagógicas o militares: su motivo esencial es la crítica del hombre, individuo por individuo, en la mayor parte de los casos por debajo de las propias  instituciones de la sociedad”.  Estas palabras y de quien procedían, entonces un poeta bien visto, aunque no sin reparos, por el franquismo, pretendían justificar lo que resulta meridiano ya en la cita inicial de Jean-Paul Sartre, el filósofo francés prohibido en España y claro enemigo del régimen. Pero La ciudad y los perros no deben entenderse sólo como una novela comprometida, en sentido sartreano,  sino que narra e imagina una historia sobre la propia  experiencia en aquel colegio militar de su adolescencia y el barrio de clase media alta que era, entonces, Miraflores.

La definición que tiene Vargas  Llosa de la escritura está basada en la suposición de que las novelas tratan sobre la vida, sobre la experiencia personal, y que esa es la fuente de su autenticidad. Sin duda tiene razón, porque si no hablamos de nuestra experiencia  personal, ¿de qué vamos a hablar? Pero esa no es la única fuente. Cuando uno lee la obra de escritores como Poe o Borges o como Dino Buzzatti, autores casi esencialmente de literatura fantástica, se está hablando también de experiencia vital. Un libro de cuentos de Poe es algo así como la autobiografía  espiritual del autor. Como son autobiografías espirituales o autobiografías metafísicas de Borges sus cuentos fantásticos. Por eso no creo en la literatura. En literatura sólo existe el realismo. Uno explora en las cosas de la realidad porque la realidad también debe incluir la locura, los sueños inconfesables que tuviste anoche, las pesadillas, aquellos deseos que no te atreves a pronunciar en voz alta: todo eso pertenece a la realidad. Y de todo eso está hecha la literatura. Creer que la experiencia vital, que la experiencia de la vida se reduce a aquellos actos que fueron decisivos para tu existencia, es un error, porque la experiencia vital de un hombre y,  sobre todo, la de un escritor está atravesada por sus lecturas. Hay lecturas, para cualquier escritor, que han sido esenciales y que han modificado su manera de ver el mundo. Y supongo que Vargas Llosa se refiere también a eso cuando habla de la experiencia específica, de los actos que ha realizado en su vida, no puedo estar de acuerdo más allá de la mitad.


LA CASA VERDE


Sobre La casa verde disponemos de un texto del propio autor que describe su génesis y composición, Historia secreta de una novela  (1971). Tras el éxito alcanzado por su primera novela se propuso un texto de mayores dificultades técnicas: se sirve del objetivismo y de la narración psicológica, de los diálogos incursos en el texto, del monólogo interior, de cualquier forma de perspectivas, de la novela en la novela, de una compleja combinatoria de historias  que se entrecruzan. Su obra inicial la situó en Lima, ésta transcurre en  un medio exótico para el lector europeo, la selva, sobre la que volverá en  otras novelas, como Pantaleón y las visitadoras (1973)  o El hablador (1978), cuyos orígenes  deben buscarse en Canaima (1935), el  venezolano Rómulo Gallegos. El ambiente en el que descubriremos, asimismo, las formas marginales de la sociedad a la que tiende a aproximarse el narrador: los  cultivadores del caucho, la prostitución —el título de la novela es el de un prostíbulo en la selva—, la represión policíaca, el extremo machismo que  habrá de culminar en una violación. Por el contrario, Conversación en la Catedral (1969) resulta un ejemplo de novela urbana. Responde al grupo de narraciones que tienen como objetivo el análisis de una dictadura, en este caso la  del general peruano Manuel A. Odría (1948-1956). El amplio friso histórico responde a un propósito político-moral. No constituye sólo la descripción de las  peripecias de unos personajes de distinta extracción social en un período de corrupción que se diluye desde el poder; bucea, asimismo, siguiendo múltiples  técnicas narrativas, en el pesimismo y la inacción que provocará un régimen autoritario y corrupto. “La Catedral” será el nombre  de un bar de poca monta en el que  Zavalita —un periodista que en algunos aspectos procede de la experiencia del autor en el mundo de la prensa escrita— y Ambrosio, el chofer degradado  por don Cayo, en las proximidades de los círculos del dictador, rememoran su turbio pasado y elucubran sobre lo vivido. De las novelas de la primera época de Vargas Llosa resulta ésta la de mayor ambición. Cuando retorne de nuevo a la novela de la  dictadura, con la excelente La fiesta del Chivo (2000), destacada de su amplia producción, lo hará ya sobre premisas de narración histórica, asentada en el  thriller, sin tantas complicaciones formales. Conversación en la Catedral constituye su novela más coral, donde se manifiestan con claridad los objetivos políticos, comprometidos, sin abandonar las posibilidades expresivas de la narrativa del siglo XX. Clases sociales, violencia política, erotismo, homosexualidad, sensación del fracaso personal, etcétera, no alejarán esta novela del signo existencialista de su primera incursión. En junio de 1998, escribió sobre ella: “El clima de cinismo, apatía, resignación y podredumbre moral del Perú del ochenio, fue la materia  prima de esta novela (…) La empecé a escribir diez años después de padecerlos, en París, mientras leía a Tolstoi, Balzac, Flaubert y me ganaba la vida como periodista, y la continué en Lima, en las nieves de Pullman (Washington), en una callecita en forma  de medialuna del Valle del Canguro, en Londres —entre clases de literatura en el Queen Mary’s Collage—y la terminé en Puerto Rico, en 1969, luego de rehacerla varias veces. Ninguna otra novela me ha dado tanto trabajo, por eso, si tuviera que salvar del fuego una sola de las que he escrito, salvaría ésta”. Muchos lectores coincidirían con él.

Vargas llosa resulta también el mejor teórico del género de su promoción. Su libro García Márquez. Historia de un deicidio (1971) no constituye sólo el más penetrante estudio sobre la obra del Nobel colombiano, sino que a través del  análisis de su obra adivinamos algunas de sus muy  calculadas  técnicas. Diferencias personales entre ambos autores, ya lo he señalado, impidieron que el libro circulara normalmente hasta que excepcionalmente fue incluido en el volumen VI de sus Obras Completas (2005). Descubre  fórmulas en la obra de García Márquez que podrían también aplicarse a su propia producción: los vasos comunicantes, la caja china, la muda o salto cualitativo, el dato escondido y, fundamentalmente, una concepción de la novela como totalidad y del narrador como deicida, capaz de construir  mundos, dirigirlos y desordenarlos. Ya en 1968, los dos grandes maestros de la novelística del pasado siglo en español, habían dado a la imprenta  la reproducción de su diálogo sobre el género: La novela en América Latina: diálogo, publicado  en Lima. Pero las ocasiones en las que Vargas Llosa se ocupó de la técnica literaria deben enlazarse con la búsqueda de una tradición propia que alcanzará  desde  Tirant lo Blanc, del valenciano Joanot Martorell, que leyó —según confiesa— ya en 1953 en la biblioteca de la Universidad de San Marcos y sobre la que escribió  un ensayo-manifiesto en 1969 para volver a ella en otras ocasiones, hasta Gustave Flaubert. Su libro La orgía perpetua: Flaubert y Madame Bobary, publicado en 1975, muestra su preocupación por la naturaleza del “realismo”, aprovechando los datos que aparecen en su correspondencia, a la vez que replica al extenso estudio inacabado sobre Flaubert, de Sartre. Le seduce la ambivalencia de la protagonista, aunque advierte que la novela es una construcción verbal. A la búsqueda de “su” tradición, la que habrá de permitirle sustentar una extensa  obra, plena de variados registros, en 1996 publicará también su estudio La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo. Precisamente, el novelista peruano, hacia el que mostró siempre admiración y del que se ocupó ya en 1955, quebró la tradición de la narrativa indigenista reivindicativa, tratando, conocedor del quechua y escritor en español, de “inventar” una narrativa que le permitiera acercarse críticamente  al mundo indígena.

La revista estadounidense Foreign Policy incluye a Vargas Llosa entre los “100 intelectuales más influyentes del mundo”.  Y Carlos Fuentes, su colega y amigo, ha declarado al enterarse del premio: “Me da una gran alegría, es un gran escritor de nuestra lengua y un escritor universal. Toda su obra es de una gran creatividad, todos sus libros forman una sola obra con distintas aristas”.


Armando Almada-Roche
(Desde Buenos Aires, especial para ABC Color)
23 de Octubre de 2010.


Diario ABC COLOR, SUPLEMENTO CULTURAL,
Domingo, 24 de Octubre de 2010,
Edición digital: www.abc.com.py .



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