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viernes, 8 de octubre de 2010

JUAN DE URRAZA - EL SÍNDROME ZAVALA (NOVELA) - CAPÍTULO I : CRÍTICA A MI PROPIO PAÍS / Editorial Servilibro, 2010.



EL SÍNDROME ZAVALA
Novela de JUAN DE URRAZA
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
2010 (©) Juan Eduardo de Urraza
Editorial Servilibro
Dirección de Editorial: Vidalia Sánchez
Pabellón “Serafina Dávalos”
25 de mayo y México - Plaza Uruguaya
Teléfono: (595-21) 444 770
Asunción, Paraguay (2010)


CAPÍTULO I : CRÍTICA A MI PROPIO PAÍS

Soy Juan Eustaquio Zavala. Eustaquio es el nombre que recibí por castigo a causa de mi tatarabuelo, que murió en la Guerra Grande. No es que me disguste el apelativo, pero tampoco puedo decir que me alegre poseerlo, no sé, en el ambiente en que estoy suena como algo remoto, del campo profundo, y no cuadra con mi personalidad. Por lo tanto casi no lo utilizo. Firmo simplemente Juan E. Zavala donde sea necesario.
Alguien debía llevarlo puesto, y por temor a que no hubiera otro vástago posterior a mí, mis padres me nombraron de esta forma. No reniego de mi nombre, ni de mi apellido, pero a veces creo que si tuviera una denominación diferente, tal vez, y sólo tal vez, mi destino podría haber sido distinto. Al final, tuve otros tres hermanos, todos varones, que se salvaron de usar Eustaquio en la firma y en la cédula de identidad, y que sí fueron bautizados con nombres contemporáneos y cautivadores para las mujeres, como Eduardo y Ernesto.
Bueno, por lo menos yo llevo el nombre de un héroe de guerra, cosa que ellos no. Eso es lo que dice mi familia. Aseguran que llegó a capitán, combatiendo con el Mariscal López codo a codo hasta el momento final, en que cayeron ultimados por la misma lanza, que acabó simultáneamente con la vida de ambos... Yo no estoy muy seguro de ello. Es más, me atrevo a desmitificarlo, puesto que estoy totalmente convencido de que era un simple soldado de esos que fueron a morir como carne de cañón en alguna cruenta batalla, o en una trinchera, cegado por una cobarde bala furtiva, por un machetazo enemigo, o por alguna explosión imprevista.
Pero como decía, mi nombre es el de un héroe de guerra. Pobrecito mi tatarabuelo, que obtuvo ese patronímico por el mero hecho de haber nacido un 25 de septiembre, día de San Eustaquio en el santoral, y no por algún otro motivo más elevado. En Paraguay, hasta ahora, mucha gente carga con el nombre del santo patrón del día de su nacimiento, lo cual es una ruleta rusa, porque puede salir un nombre presentable o un adefesio de la mezcla de varios santos, o sino pregúntenle a Secundina Teonia Gonzáles Torres, mi vecina, que no tuvo mayor suerte que nacer un 18 de febrero, día que en el santoral solamente había santos varones y encima de nombres completamente retrógrados. Pero bueno, dicen que estos santos protegen a los siervos que llevan sus nombres, e intentan guiarlos por una vida como fue la suya cuando habitaban la tierra (eso está bien, mientras no sean santos mártires, supongo).
Y así, como siempre, quiero dejar registrado algo, un mensaje, y me voy por las ramas de la realidad circundante, y de la irrealidad anhelada.
En realidad estaba rememorando cómo empezó todo, registrándolo en la grabadora de mi teléfono celular, por si me pierdo en la locura, para que alguien, algún día, comprenda en lo que me he metido.
En este mismo banco de la Plaza Uruguaya tuve la iluminación que me guió por los últimos meses en la búsqueda de un tesoro perdido, y al final he caído nuevamente en el mismo lugar, rendido, dándome cuenta de que es imposible encontrar un tesoro en un país como el nuestro, donde no hay respeto por el patrimonio histórico y por el urbanismo.
Donde todos los monumentos han sido demolidos, los edificios históricos sólo conservan sus fachadas, y los museos son inexistentes o están vacíos. Paraguay, bien como lo define mi querido primo Jorge, es un país marcado por la ignorancia y la barbarie. Jorge es un paraguayo que ama a su país, pero más que eso, es un tipo con criterio, y no dice las cosas por el mero hecho de crear un debate estéril, sino porque se preocupa por el futuro de su tierra, así como yo mismo lo hago. Y juntos nos pasamos tardes enteras bajo un árbol de mango, tomando tereré o unas cervecitas, y discutiendo cómo mejorar a nuestra nación, o analizando las causas del espiral autodestructivo en el que estamos cayendo cada vez más rápido y profundo.
Es que el paraguayo es netamente nacionalista. Odia al extranjero, quien le sacó todo. Ya sea argentino, brasilero, uruguayo o boliviano.
Aunque a veces quiere al brasilero, pueblo que destripó y saqueó a nuestra patria tanto o más que cualquier otro... Pero por lo menos es un pueblo divertido, que tiene carnavales, garotas y playas con cocoteros, y eso lo hace más amigable. En cambio el argentino es lo peor de lo peor, según el saber popular, casi más que los coreanos y libaneses que nos han invadido en cada esquina con sus autoservicios y negocios de electrónica y celulares. Esos “curepas” vienen y se creen superiores, quieren enseñarnos cómo hacer las cosas, y toman nuestros puestos de trabajo, son gerentes en empresas, y no saben nada. Sólo saben hablar con su acento rioplatense y nada más. Y a los bolivianos, bueno, en realidad no los podemos odiar, si son todos indiecitos de la montaña, más sufridos que nosotros, y en la guerra del Chaco padecieron tanto como los paraguayos. También odiamos a los yanquis y a los ingleses, pero como son potencias y nos prestan mucha plata, es mejor no meterse con ellos y dejarlos que hagan lo que quieran. Es que el paraguayo es nacionalista, pero al mismo tiempo es ambiguo e inestable emocionalmente.
Pero ojo, yo no comparto esa idea acerca retrógrada acerca de los extranjeros, no me malinterpreten. Esa es la percepción del pueblo ignorante nada más. Y mucho menos creo que las antiguas guerras sean la causa de la situación actual de nuestro país... Hay gente que aún defiende lo indefendible. Que dice que estamos en esta situación económica y social precaria por culpa de la Guerra Grande, que asoló el país, y luego por la guerra contra Bolivia, que también causó estragos y sufrimiento... Siguen hablando de las épocas de gloria del imperio paraguayo con el Dr. Francia a la cabeza, de que se nos quitó todo en la guerra de la Triple Alianza, y desde entonces nuestro país ya no pudo avanzar más... Nos robaron territorio, mataron a nuestra gente, se llevaron nuestras riquezas... ¡Pero qué cretino hay que ser para afirmar eso!...
Países como Japón y Alemania tuvieron guerras mucho más sangrientas, fueron no sólo diezmados en población sino que sus ciudades arrasadas, al punto de no quedar un edificio en pie, o recibieron bombas atómicas que mataron a millones en un segundo. Y sin embargo sesenta años después ya se han convertido nuevamente en grandes potencias... ¡Y nosotros seguimos quejándonos de nuestra situación por guerras que ya tienen ciento cuarenta años de antigüedad!
Porque como dice mi primo Jorge, la sociedad paraguaya es una sociedad fracasada. Es un pueblo que no tiene visión de futuro ni expectativas de mejorar. Es la tierra del “ya da ya”, o sea, de hacer algo que más o menos funcione ahora, puesto que no tiene sentido complicarse la vida por el futuro. El país de la precariedad, donde no se realiza ningún esfuerzo, donde todo se deja como está, donde nadie quiere poner orden o hacer bien las cosas. Con el calor aplastante que impide pensar, con los problemas diarios, con las injusticias sociales, con la corrupción reinante y arraigada, con el estado benefactor, el gran elefante blanco que se hunde con su propio peso... No vale la pena hacer nada, porque no hay cambio posible. En cambio los extranjeros vienen y nos demuestran que las cosas pueden hacerse bien, y logran sus objetivos, y producen y trabajan como corresponde. Los menonitas que fueron lanzados en medio del chaco paraguayo, la peor zona del país para hacer cualquier cosa, sin ningún tipo de asistencia ni tecnología, actualmente son una potencia productiva dentro de nuestras fronteras y nos dan envidia...
Muchos paraguayos tienen recelos de esos inmigrantes por su éxito en el Chaco paraguayo, pero hay que tener en cuenta por qué tienen ese éxito: debido a que abrigan una visión, una meta en la vida, una ideología que seguir. Mientras tanto, la mayoría de los paraguayos no tienen ninguna filosofía, no tienen identidad, no tienen destino; y así es imposible que salga adelante el pueblo, si no piensa, no sabe, no conoce, no ve objetivos en su vivir, o futuro, o creencias que le permita enfrentar los azares de la vida y le brinden significado... El mayor objetivo a largo plazo que pueden concebir es organizar el fin de semana un asado con mucha cerveza, podría inclusive ser sin carne, pero con cerveza, y escuchar reggaetón y cachaca sacando los parlantes a la vereda para que todos los vecinos compartan su alegría. Y se sienten orgullosos de haber “chupado todo el día hasta morir”, terminando, si es posible, en coma etílico, como si fuera un logro de guerra, una batalla ganada, algo que los hace mejores y más duros que el resto de la gente. Posteriormente les contarán a sus amigos cómo amanecieron chupando, muertos y tirados en algún bar o esquina cualquiera, puesto que no hay nada más grandioso en la vida que eso. Bueno, tal vez lo único más importante sea acostarse con alguna mujer, de ser posible, ajena. Allí entonces el paraguayo, como dice el viejo refrán, tiene dos orgasmos y le hace el amor dos veces... La primera vez es cuando se acuesta con la mina, ¡Y la segunda vez cuando le cuenta a los amigos!... ¡Y dicen que la segunda vez es mucho más placentera que la primera!
Ahora, como venía diciendo, nosotros, teniendo todo, hemos hecho mucho menos que los menonitas en nuestra propia tierra. Y probablemente por eso los odiamos más aún, porque nos demuestran que toda la culpa del país que tenemos es nuestra y de nadie más, ya que simplemente no deseamos mejorar. A nadie le gusta aceptar su derrota, y mucho menos cuando perdemos sin tener adversarios con quienes competir. Perdemos por abandono en una carrera solitaria contra nosotros mismos. Toda la masa humana de este terruño está vencida y prefiere no intentar mejorar, es un peso muerto que unos pocos no pueden arrastrar.
Eso es lo que percibo que les pasa a mis conciudadanos. Están rendidos, y fracasados. Piensan que no hay forma de cambiar nada, porque el cambio individual no puede alterar el flujo del país. Yo, por mi parte, soy de los que piensan que la suma de los cambios individuales sí puede transformar la nación, de forma radical, pero somos pocos los que creemos en eso. El resto prefiere rendirse y únicamente quejarse por las injusticias, por la suba del pasaje y de la carne, por la inseguridad, o por el problema que nos atormente en ese instante. Países que se reconstruyeron de la nada, como Alemania y Japón, por el contrario, nos demuestran que sólo con trabajo y honradez se puede cambiar el mundo.
Eso es lo que venía pensando en el ómnibus hace un rato, antes de llegar a la plaza, cuando el chofer se detuvo en un semáforo y empezó a tirar a la calle la yerba usada de su tereré, para poder cargar nueva en la guampa. Me dio asco. Así es como se ensucian las calles, así es como se taponan los desagües pluviales, con la basura de la gente maleducada y que no tiene respeto por nada ni nadie. Y tal vez afloró mi alma paraguaya en ese instante, porque no le dije nada. Nadie dijo nada. Todos miramos con mayor o menor preocupación ese acto salvaje contra nuestra ciudad y su pavimento, cubierto con un manto de condescendencia, como todo. Pero nadie hizo nada al respecto. Y no dudo que en cualquier otro país cualquiera hubiera levantado su voz de disgusto y desaprobación, secundado por una mayoría coherente y sabedora de sus derechos y de cómo construir una sociedad responsable.
De esa forma el ataque al pavimento quedó impune, así como muchas otras pequeñas agresiones a la ciudad y a la sociedad que diariamente realizamos, de manera inconsciente. Probablemente lo que nos hunde cada día más sea la unión de la falta de educación, la carencia de respeto al prójimo, y el deseo incontenible que el paraguayo tiene de obtener beneficio sin importar a costa de quién. Ejemplos de eso podemos verlos diariamente. La gente no sabe utilizar un ascensor, por dar una referencia.
Un aparato tan simple que sólo tiene dos botones para ser presionados a llamarlo y donde las puertas se abren automáticamente, les supera. Si no saben usar algo así, ¡Qué podemos esperar de otras situaciones mucho más complejas!... Una vez estaba en el segundo subsuelo de un concurrido shopping esperando el ascensor, que nunca venía, con una amiga norteamericana. Extrañada, me preguntó por qué tomaba tanto tiempo en llegar el ascensor en un edificio de apenas cinco plantas... Yo intenté explicarle que aquí nadie sabe utilizarlo, que la gente siempre aprieta tanto el botón de subida como el de bajada, sin importar la dirección a la que desea ir, y que se subirán al ascensor que baja aunque deseen subir o viceversa. “Y es más,” le dije (en un inglés bastante pobre), “verás que cuando llegue el ascensor las puertas se abrirán, estará repleto, pero nadie bajará, a pesar de ser el último piso, donde supuestamente si uno llega es porque específicamente desea ir y bajarse allí”. Y dicho y hecho. Al cabo de unos minutos llegó el ascensor y estaba completamente lleno.
Las personas miraron a los costados haciéndose los tontos, nadie bajó, las puertas se volvieron a cerrar, y empezaron el camino en el sentido contrario... Finalmente subimos por las escaleras... ¡Qué rabia me da cuando la gente hace eso! Y conste que al shopping supuestamente acuden personas de un nivel social y económico medio-alto, con estudios al menos secundarios o universitarios... ¡Pero sin embargo no saben utilizar un ascensor!... Bueno, esa gente después es la que tira basura a la calle, no respeta las colas en el banco o en el supermercado, detiene su vehículo sobre la franja peatonal en las esquinas, estaciona en los lugares reservados para minusválidos y sobre las veredas, pone su espantosa música a todo volumen en el patio de adelante los domingos de siesta para que todo el barrio la escuche, estacionan en triple fila, tiran basura en baldíos y arroyos, o tienen un automóvil con roncador para despertar a los vecinos cada madrugada cuando vuelven de jarana, y tantas otras cosas comunes en nuestra ciudad, causadas por su nula conciencia cívica. Es lo mismo que la gente que en los baños públicos no tira la cadena del baño o del mingitorio luego de utilizarlo... Aunque bueno, eso yo tampoco suelo hacerlo, quién sabe qué manos sucias tocaron ese botón luego de manosear qué miembros... Así que los disculpo en ese caso ¡Pero en el resto no!
En realidad, todos tenemos un lado oscuro, esas cosas que hacemos mal, sabemos que están mal, las ocultamos con mucha vergüenza de todo el mundo, pero sin embargo no podemos dejar de hacerlas. Es algo inescapable. Pero en la mayoría de los casos, son cosas privadas que no molestan a los demás... Yo, por ejemplo, me escarbo la nariz y luego me como los mocos. O solamente tomo agua de la heladera del pico de la botella, ya sea en casa propia o ajena, o le robo cien guaraníes a mi hijo de su alcancía cuando me faltan para el pasaje... ¡Pero no molesto a nadie!
Por eso digo, el paraguayo por encima de todo, es ambiguo. Parece querer una cosa, pero cuando llega el momento, empuja en la dirección opuesta. Y más aún, sabe que no podrá hacer nada por mejorar su vida y su entorno, y por lo tanto opta por destruirlo. En un “sálvese quien pueda” se convierte en un animal salvaje que buscará cualquier mecanismo para aprovecharse del otro, para obtener beneficios, y, si es posible, para vivir a costa del Estado. Un Estado que gasta el 98% de sus ingresos en mantener infraestructura, gastos fijos, y empleados ineptos. No sólo porque sean incapaces, caso que se da a menudo, sino porque no desean hacer absolutamente nada por mejorar al país, por dar soluciones, o por trabajar en pos del bien común. Total, no se los puede echar, y tienen asegurado su salario.
Además, por encima de todo, el paraguayo es “vivo”. Cree que tiene algún don especial y que es más perspicaz que los demás paraguayos y extranjeros de su entorno. Cree que él solamente puede romper las reglas, las colas, los cánones sociales porque nadie va a decir nada, nadie se va a quejar, ni le va a hacer problemas. Y entonces tenemos a varios millones de avivados que no respetan ninguna cosa, viven bajo la ley del “mbareté”, y así caemos en la anarquía absoluta. Y al final nadie gana, todo es un despelote, todos los servicios funcionan mal, todas las actividades se descompaginan, y todos perdemos. Las filas son diez veces más lentas, las cajas del banco para una operación se llenan de vivos con varias operaciones, los estacionamientos para minusválidos son ocupados por cualquiera, los ascensores siempre están llenos, suban o bajen, los cines se llenan de espacios vacíos reservados para alguno que nunca llega, la gente no puede cruzar la calle porque los autos se detienen sobre la franja peatonal, las esquinas son testigos de choques día y noche porque siempre alguno pasa el semáforo en rojo, o peor aún, se quedan en la mitad de la calle taponándola cuando cambia la luz para la otra dirección, las entradas para los partidos de fútbol cuestan el triple porque sólo se consiguen en reventa, y tantas cosas más... Así todo es peor... En cambio en una sociedad organizada y respetuosa, las colas largas van rápido, los servicios funcionan, los estacionamientos siempre están libres, las calles están limpias... Y sólo hay que respetar... Nada más...
La mundialmente conocida “hora paraguaya” es uno de los más claros ejemplos de esto. Si se marca una reunión a las diez, lo más probable es que empiece a las once, porque todos llegan tarde. Entonces, el organizador, debe prever esto, e invitar a las nueve y media contando con el retraso.
Pero los demás participantes ya están asumiendo que si se invitó a esa hora, es porque probablemente se esté queriendo empezar a las diez y media, con lo que, nuevamente, llegan mucho más tarde. Y finalmente nunca se sabe cuál será el horario real de la actividad y algunos aparecen temprano, otros tarde, es un desbarajuste y uno pierde toda una tarde o una mañana por causa de una reunión que debería tomar media hora como máximo en realizarse.
Otro notable ejemplo de cómo es el paraguayo puede notarse en su comportamiento respecto al teléfono celular. En primera instancia, cambia de número al menos una vez al año. No por falta de pago precisamente, sino simplemente para “escapar”. No sé bien de qué o quién, yo no soy así y nunca tuve necesidad de hacerlo. Yo tengo el mismo número hace diez años. Pero en general mantener las agendas actualizadas es un martirio. Tal vez huyan de ex-amantes, o de cobradores, de familiares, no lo sé. O tal vez simplemente cambien de número por deporte... Estamos hablando de migrar dentro de la misma compañía en la mayoría de los casos, ni siquiera para mudarse a la competencia. Aquí aún no tenemos portabilidad numérica, pero si existiera, asumo que serán pocos la que la aprovechen... Por culpa de eso muchos proveedores míos, electricistas, plomeros, personal en general, han perdido trabajo... Simplemente porque se volvieron imposibles de encontrar o rastrear... Es como que cada cierto tiempo empiezan una nueva vida desde cero...
La otra mala costumbre que tienen es la de no atender el teléfono.
Si se les llama desde un número que no conocen simplemente no responden... ¿Quién les persigue acaso que no pueden atender? Uno está en la calle, en una cabina, o llama desde algún lugar que no es el habitual, y ya no hay caso. Hay que enviarles un mensaje primero “avisando” que les vamos a llamar... Dios mío, ¿en qué consiste su vida que tienen que mantenerse siempre ocultos o con temor? Nuevamente me imagino que se trata de gente que anda “bandideando por ahí”, o que le debe plata a todo el mundo, y por lo tanto palpita su corazón y entra en pánico cada vez que suena el teléfono y no saben quién es.
Después tenemos a los que lo tienen siempre en silencio o apagado...
Supongo también que para que la doña no escuche si la amante le llama...
O los que tienen 20 números diferentes, cuatro de cada compañía... Vivos también. Le dan a cada mina un número distinto y lo activan sólo cuando tienen ganas de hablar con la que sea de turno... Porque ser transparente y hacer las cosas bien no forma parte de nuestra idiosincrasia.
Pero retomando el tema del nacionalismo, debido a todos estos hechos previamente descritos, es que llegué a la conclusión de que el paraguayo es nacionalista únicamente para defender a la selección nacional de fútbol. Ahí sí besa la camiseta, va a la cancha, toca la bocina en caravanas y defiende los colores patrios como si le importaran. O si algún extranjero tiene la osadía de referirse negativamente hacia algún aspecto del país, entonces saltará como fiera a despedazarlo, a decir que “para qué viene, si allá era un muerto de hambre, y acá, que tiene todo, encima escupe a quienes le permiten tener una vida mejor”. Y encima se molesta, porque viene un forastero, sin dinero, y crea un imperio de la nada, hace negocios, amasa fortunas... Aprovechando los agujeros de holgazanería del pueblo. Porque en toda tierra hay oportunidades, sólo es cuestión de saber verlas, y sobre todo, de trabajar duro para aprovecharlas.
En muchos casos, la fe de los adultos radica en sus hijos, en que ellos serán quienes logren salir adelante en el futuro, y quienes los mantengan en la vejez, y si es posible, antes de la vejez. Por eso tienen numerosos vástagos, esperando que alguno les salga bien, que alguno haga algo.
No sé cómo piensan lograrlo, si no los envían siquiera al colegio, si no los alimentan como es debido, y si en muchos casos terminan en situación aún peor que los propios progenitores, mendigando o haciendo piruetas en los semáforos a cambio de monedas, muchas de las cuales van directo al bolsillo del padre borracho que sólo desea aplacar su sed insaciable de alcohol y de sexo con una mujer que ya no puede atender a sus propios hijos.
Y del campo migran a la ciudad, que es un monstruo que extiende sus tentáculos falaces para atrapar y devorar a quienes, con ignorante esperanza, se acercan a ella en búsqueda de un cambio en sus vidas.
¡Qué peor cosa que la ciudad!
Yo creo que uno no debe tener más hijos de los que pueda educar. Y me refiero a educar, no a mantener. No es un tema de ser rico o de ser pobre, de poder pagar o no su alimento o su ropa o su educación. Sino de poder brindarle, como padre, el tiempo suficiente a cada hijo para que se desarrolle como una persona positiva, genuina, honesta y dispuesta a construir un país mejor.
Pero no quiero que nadie me malinterprete. Pareciera que estoy echando pestes contra mi propio pueblo, y no es así. Amo a mi país, pero de una manera verdadera, no en un fanatismo vano y yermo. Soy consciente que para mejorar debemos detectar los problemas que nos acucian, enfrentarlos ordenada y planificadamente, y así salir adelante.
Taparse los ojos y negar nuestros conflictos no lleva a nada, o peor aún, sólo empeora las cosas. Hay gente capaz, hay sectores que quieren el cambio y realmente se esfuerzan por él. El problema es la masa informe e ignorante, de nula preparación, que pasó demasiados años sojuzgada por una dictadura atroz y que ha perdido la capacidad de pensar. Y las nuevas generaciones se crían mezcladas entre la ignorancia de sus padres y abuelos, incapaces ya de superar sus barreras mentales, con un sistema educativo mediocre a nivel escolar, y paupérrimo a nivel universitario.
Ven que las instituciones no funcionan, ven que los políticos y la justicia son corruptos, ven que cambian las caras pero de todos modos no hay cambio. Y piensan que no vale la pena luchar, para ser tragados por el río turbulento, y que es mejor dejarse llevar por la corriente y tomar todo lo que se pueda en el camino.
Un claro ejemplo de la ignorancia generalizada es suficiente para que tomemos conciencia de la precariedad intelectual de nuestra gente.
Hace poco hubo un escándalo mediático porque se emitió una cédula de identidad en el Departamento de Identificaciones, donde en la zona de la firma, un joven, con caligrafía bastante deficiente, escribió “Sin salir del cuadro”. Cuando leí la noticia en el periódico no me lo pude creer. Al pobre tipo le dieron la orden: “Firme sin salir del cuadro” (en el registro de firma), y él así lo hizo, puso, literalmente, SIN SALIR DEL CUADRO, las cuatro palabras una tras otra, en vez de poner su propio nombre... No sé si fue un problema de la educación del muchacho o del modo verbal imperativo empleado por los policías. El pobre se habrá asustado cuando algún oficial o comisario le indicó con severidad “¡Firme sin salir del cuadro!”. Y esa firma pasó por todos los controles internos, administrativos, informáticos, y fue así expedida...
No puedo negar que me molesta de sobremanera la gente mediocre.
Pero no me refiero al mediocre que simplemente nunca vio algo mejor, y que si se le enseña, tal vez pueda aprender o mejorar, sino al que es mediocre con ganas. Que se esfuerza por serlo. O justamente no desea esforzarse en lo más mínimo, no mover un dedo por progresar. Ese es el peor. El que se conforma con la ineptitud e incapacidad propia, pero al mismo tiempo reniega de ella. El que no desea mejorar en cosas que ni siquiera implican dinero. Me molestan los gordos que lo son simplemente porque no quieren hacer ejercicio ni cerrar el pico. Los que se quejan de que no les alcanza la plata pero no son capaces de buscarse un buen trabajo, o de esforzarse para progresar en el que tienen, o al menos disminuir sus gastos superfluos... O que no quisieron estudiar, perdieron su tiempo macaneando en la juventud y luego no encuentran posibilidades bien pagas para sostener su familia, ni tienen la creatividad o capacidad de volverse emprendedores y construir algo ellos mismos, y dicen que eso es injusto y que alguien tiene que hacer algo por ellos.
Obviamente, todo logro implica sudar, lo que nos devuelve al mismo problema inicial. Y mucho más me molestan los amargados que no pueden conseguir sus objetivos, porque no quieren esforzarse de verdad en ellos. Porque creen que “se merecen” algo mejor... ¿Hola? Nada viene de arriba, si queremos algo tenemos que rompernos la espalda, la cabeza, o el traste (en algún caso) para conseguirlo... Qué primitivos somos. No hay nada que no pueda conseguirse sin el suficiente esfuerzo y sacrificio, eso ya lo aprendí, y me costó mucho hacerlo. Evidentemente que abruma, y que cansa. Pero lo introduje bien dentro de mí y lo acepto como forma de vida: luchar día a día y esforzarse al máximo, es la única forma de progresar dignamente, sin deber nada a nadie, ni hacer nada incorrecto.
Y no creo que éste mal generalizado sea únicamente culpa del estado asistencialista que dio de comer al pueblo por años y años y lo sumió en la mediocridad reinante. Hay otras cosas más. Tal vez causas sociales, o de la globalización, o de ser descendientes de indígenas nómadas, no lo sé...
Es algo ya interior de la gente, que en el fondo no desea progresar, sólo dice desearlo de palabra, pero a la hora de ponerse las pilas y laburar, prefieren tirarse a ver la televisión tomando gaseosa y comiendo pan en trincha. O de pasarse la tarde en la vereda tomando tereré y viendo pasar a la gente que sí trabaja, burlándose de ellos. O de despilfarrar su poca plata en trago, farra, y demás.
Es que el paraguayo para comprar cerveza siempre tiene dinero. Tal vez no pueda comprarse zapatos, o sus hijos no tengan nada para cenar, pero la cerveza después del fútbol con los amigos jamás estará ausente. Es la realidad de nuestro país. Y lo mismo ocurre con el cumpleaños del primer año de su hijo. No tendrá para comer al día siguiente, pero derrochará hasta lo que no tiene, sacando créditos o pidiendo prestado de medio mundo si hace falta, para hacer la súper fiesta de cumpleaños del pobre chico que no entiende nada. Evidentemente que es una actividad social que usa como excusa al niño, y que sin importar el endeudamiento que implique, deberá realizarse, igual que la celebración del quince años de las chicas, aunque al menos allí, la participante ya entiende y disfruta del mismo, con lo que sería más comprensible.
Por eso insisto, me enferma la gente que se queja de su situación, pero no hace nada para superarla. Porque por otro lado tenemos al que no quiere simplemente mejorar, se contenta con lo poco que tiene, con su triste situación, sólo se resigna y ya. Elige ser mediocre consciente.
Bueno, ahí al menos ya tomó su decisión. Está mejor que el que sigue quejándose, pero no progresa.
Yo soy ingeniero electrónico, y estudié aquí mismo. Tengo compañeros genios, sumamente capaces. Y la mayoría se fue del país, en busca de mejores perspectivas. Y eran genios, no porque la universidad colaborara especialmente para ello, sino porque provenían de esas familias singulares, donde existe el estímulo al pensamiento, al trabajo intelectual... Esas familias donde existe una biblioteca en la casa, aunque sea pequeña, de libros bien seleccionados, y donde la televisión casi nunca está encendida, salvo para que la empleada doméstica mire las telenovelas. Esas familias donde almuerzan juntos, debaten el presente y el futuro con base sólida en un pasado bien conocido, sin llegar a callejones de discusiones estériles.
Pucha, encima que tenemos pocos cerebros capaces, se van del país.
Y muchos otros se quedan, pero se malogran. Y a pesar de todo, sigo con fe en que las cosas pueden mejorarse.
Pero qué importa todo eso, si al fin y al cabo estoy ligeramente desquiciado, o si no, no estaría grabando estas estupideces con el calor reinante, y no hubiera perdido cinco meses de vida en una búsqueda fútil: La del tesoro más grande que haya existido en el país. “Plata Yvyguy” le llaman en nuestra lengua nativa, con un tono casi místico... En general, este tipo de tesoros están protegidos o indicados por almas en pena que los visitan, cuidan, y en algunos casos, ayudan a encontrarlos. Dicen que hay muchos dispersos en todo el país, especialmente de la época de la Guerra Grande; cuando la población paraguaya fue diezmada por el ataque de tres naciones y casi no quedaron hombres. La gente enterraba sus tesoros para evitar el saqueo vandálico extranjero, y así, al morir los conocedores del secreto, estas fortunas quedaron perdidas, sepultadas, cubiertas por matorrales y bosques. Y sus fantasmas aún las vigilan. Muchos pobladores del interior del país aseguran que estas luces nocturnas misteriosas son señales que dan los espíritus para que alguien encuentre los tesoros, y así ellos poder descansar en paz, porque se encuentran atados a dichos objetos materiales.
Estoy convencido de que existe un gran tesoro, como decía, eternamente perdido, y que desea ser encontrado y tener dueño. O más bien, su dueño desea que lo encuentren. No estoy seguro. Creo que su custodio es el Mariscal López, no lo sé, pero me parece que así es. Y él ha dejado pistas por todas partes para que alguien lo descubra. E inclusive, luego de haber muerto “con su patria”, que en realidad perdura, sigue creando situaciones y alterando la realidad para que encontremos ese tesoro, y él también pueda descansar.
Yo no creía en los fantasmas, pero sí en los tesoros, y es así como me embarqué en esta aventura. Ahora creo cada vez más en los fantasmas, y empiezo a dudar de los tesoros. Por eso estoy sentado en el inicio, en el mismo banco, nuevamente.
¿Pero esa no es Florencia? Sí, con semejantes curvas, y ese pelo azabache, no puede ser otra. Pareciera que me está buscando... Qué raro
¿Cómo me habrá encontrado?
* * * * *
La preciosa mujer me hace señales desde la distancia, al verme. Su presencia es impactante, sobre todo comparada con la del resto de las mozas que circulan por la plaza... Sin desmeritar a dichas serviciales mujeres, por supuesto, pero siendo que en nuestro país las jóvenes hermosas por lo general tienen dinero, propio o ajeno, y no caminan por la calle, sólo andan en coche, ella parece estar completamente fuera de lugar en este ambiente de altos árboles, tierra colorada, librerías disonantes, indígenas sin hogar y prostitutas buscando clientes.
Agito un brazo al verla. No puedo evitar observar su curvilínea figura, sus ojazos, y sus esbeltas piernas. Por algo la había invitado a salir tantas veces, hasta convertirse actualmente en una especie de novia sin compromisos, no porque yo lo deseara así, sino porque ella no busca mucho más conmigo, o por lo menos eso me ha expresado. Es algo que no entiendo muy bien, pero que acepto con tal de poseerla, aunque sea de alguna manera.
Al acercarse me reclama estar preocupada por mí, haberme rastreado durante las últimas semanas y que no la he atendido. Mis amigos le indicaron que me estuve comportando de manera extraña... Y ahora que lo pienso, es verdad. Desde que empecé la búsqueda de este tesoro siento que vivo en un eterno presente ensoñado, a mitad de camino entre la realidad y la fantasía, la vida y la muerte, la cordura y la locura. De repente me despierto en el ómnibus y no recuerdo de donde vengo o adonde estoy yendo. Otras veces me muevo por impulsos sin explicación, o escucho que alguien me susurra algo al oído a pesar de estar completamente solo. Las veces que me interné en el campo en busca de las riquezas enterradas, el murmullo aumentaba, haciéndose casi entendible. Las palabras no eran claras, pero sí lo que querían significar.
De todos modos, Florencia demuestra una preocupación por mí que nunca había manifestado. Jamás quiso aceptar públicamente lo nuestro;  ya me intentó explicar antes que eso de la monogamia no le gusta, y que en realidad a pocas mujeres les gusta... Sólo que ella lo tiene aceptado, mientras que las demás de todos modos se casan, y aseguran tener alguien que las cuide... Pero ahora me abraza y me expresa que en estos días de ausencia cambiaron muchas cosas dentro suyo, y que me extrañó
¡Acaba de usar la palabra “extrañar”! O sea, no estoy seguro, aún no estoy del todo acostumbrado al lenguaje de señas, pero eso es lo que parece.
No me lo puedo creer, al menos algo positivo ha tenido esta aventura.
Eso sí, me doy cuenta que es mejor que tratemos este tema en otro lugar, porque hay dos tipos allá enfrente que la miran con pérfido deseo...
Es que probablemente nunca hayan visto a una “banda” tan hermosa en la plaza. Y encima deben pensar que soy su caficho. Así que le propondré ir al Bolsi o al Lido... No, al Bolsi no, es caro y estoy sin plata. Mejor al Pancholo’s nomás de calle Palma...
* * * * *
Ella me estudia con ojos bien abiertos, brillantes y marrones, intentando descifrar mis absurdas explicaciones, el motivo de mi desaparición temporal. Aún no ha probado su lomito, a pesar de yo haber terminado el mío ¿Cómo puedo explicarle esta situación sin parecer un lunático?
Aunque la verdad es que tal vez lo sea.
Me he dejado llevar por impulsos inexplicables. Ya se lo dije. Todo empezó en ese mismo banco de la Plaza Uruguaya donde momentos atrás me encontró. Ahora ya no estoy seguro de si realmente emprendí el viaje o si sólo estuve sentado delirando por horas, creyendo que dicha alucinación era algo real, pero en realidad nunca sucedió. O tal vez fue una visión del futuro, o del pasado...
Ya le describí todo: estaba allí, sentado, aplastado por el calor un mediodía, luego de hacer unos trámites en el centro, cuando escuché algo, una voz, un pensamiento, que me indicó que siguiera las pistas.
Que todo estaba interrelacionado, que nada era al azar, y que si las deducía, encontraría un tesoro oculto, invaluable. Miré directamente a una estatua allí que señalaba en cierta dirección, seguí la trayectoria hasta encontrar una casa antigua abandonada, de las tantas que hay en el microcentro. El patrón de dibujos del suelo de dicha casa, similar a un mapa, apuntaba a la actual Universidad Católica, donde aún quedan cimientos de antiguos edificios previos a la guerra del setenta.
Era como una cadena de mensajes codificados como para que alguien los encontrara, teniendo la claridad mental para hacerlo... Sin embargo no tengo recuerdos claros. Fui uniendo con flechas estatuas, edificios, mapas, que ahora me doy cuenta, eran de diferentes épocas, y por lo cual, salvo que dicho camino fuera creado mediante un elaborado plan, a lo largo de generaciones, no tendría sentido... Pero cada vez que encuentro una nueva pista, caminando por la calle, o viajando en el ómnibus, me es completamente claro que es una parte del puzle que debo resolver,  es como que me dictaran y me avisaran “ahí está, esa es otra pieza”...
El problema es que lamentablemente todos los fragmentos que van formando la cadena, siempre se terminan rompiendo... Asunción está arruinada por una municipalidad que no cuida sus edificios, su arte, sus plazas, y que destruye todo a su paso en un progresismo fútil. Ya casi no quedan edificios antiguos, sólo fachadas, y dichas fachadas no aportan prácticamente información útil. Es por ello que es imposible seguir las pistas actualmente inconexas entre sí, debido a la destrucción de nuestra ciudad. Y de las demás ciudades. Inclusive llegué a reunirme con un historiador que me cedió un mapa de Asunción previo a la Guerra Grande... Y la verdad es que ya casi no queda ningún edificio en pie de aquella época, y no soy un arqueólogo como para estar escavando los cimientos en busca de pistas enterradas por el asfalto y el concreto.
Bueno, de todos modos, Asunción es una ciudad rara... No sé si la destrucción que ha vivido la ha convertido en esto o si lo era ya de antes...
Pero ésta es una ciudad ribereña que da la espalda al río. En vez de vivir en torno a él, de integrarlo a su rutina, lo tiene olvidado y casi invisible.
Muchos de nosotros ni siquiera recordamos que el río está apenas a unas cuadras del centro de la ciudad... Los edificios le dan la espalda, las casas, las calles... En todo el mundo, lo más común es que las ciudades disfruten de su río, tengan una costanera, sean parte de su ritmo... Pero aquí no, aquí lo desplazamos, lo escondemos, lo obviamos. Todo está al revés. Asumo que en otra época era diferente. Que las casas y edificios miraban hacia el río, pero ya no es así. Hasta el palacio de López es como si se hubiera dado vuelta, y prefiere ser visitado por la entrada trasera.
Cosa extraña.
Pero bueno, estos meses he estado haciendo eso, recorrer, buscar señales, y darme cuenta de que es imposible seguirlas. Al principio pensé que mi viaje sería como el de las películas de tesoros de Hollywood, Indiana Jones, El código Da Vinci, el Tesoro Perdido, qué sé yo, donde un personaje recorre inhóspitas tierras, museos, ciudades, y logra ver pistas que nadie encontró antes, secretos bien guardados, pero a la vista de todos, deshaciendo el ovillo que lleva al tesoro final. Pero luego me di cuenta de que en países tercermundistas como el nuestro, donde no hay respeto por el patrimonio histórico ni por las piezas de museo, no es posible realizar una hazaña como la de esas películas. Y allí fue donde las voces cobraron cada vez más fuerza en mi cabeza, como queriendo ayudarme, pidiéndome que no me rinda, indicándome los fragmentos del rompecabezas que no me llevarían a nada, pero que al menos alguna vez tuvieron significado.
Y esa es la situación actual. Ella, mientras tanto, sigue observándome con esos hermosos y grandes ojos castaños sin decir palabra... Y acaso hay algo que pueda indicar su mirada que no sea “¡Estás loco, me voy!”...
Ella, que es tan hermosa, y que tanto me ha hecho doler el corazón. Pero tal vez deba ser así nuestra relación... Porque sólo cuando duele me doy cuenta que la amo. Si no me hiciera doler, si no me desvelara, si no me diera pequeñas dosis de sufrimiento y abandono, probablemente no la amaría tanto, y me aburriría rápidamente, cambiándola por otra. Porque todas mis relaciones anteriores fueron así, lindas pero sin dolor, y siempre acabaron. En cambio ahora no puedo terminar, no puedo dejar de pensar en poseerla y hacerla mía, la amo como nunca amé a alguien, aunque ni siquiera seamos novios formalmente. En general, creo que los noviazgos, los matrimonios y la vida, son todas cosas que se acaban, o se apagan, que el amor es para siempre mientras dure, esa es la gran verdad. Yo creo en la intensidad del amor, y en lo válido que es para construir nuestra vida, pero no hay que aferrarse a él una vez que pasamos a otra sintonía, sino dejar fluir esa energía en otra dirección.
Usualmente las personas se enamoran porque tienen una serie de rasgos en común y están avanzando en una dirección conjunta, un norte que ambos desean, y ser compañeros en ese viaje es lo mejor que pueden hacer. Pero normalmente no se dan cuenta de que el viaje de la vida es mucho más largo que ese norte ambicionado, y que poco a poco, al ir aprendiendo, creciendo, avanzando, los objetivos de cada uno, lo que desean, lo que son, cambia hacia otras direcciones. Entonces surge la cuestión: ¿Vale la pena seguir juntos, cuando ya son otras personas diferentes a las del inicio de la relación, cuando ya se han fijado diferentes metas en la vida? Yo creo que no, yo creo que el amor debe ser suficientemente grande para dejar ir al otro en la dirección que lo desea, y uno seguir la propia. Ya encontraremos otras parejas para ese momento de la vida, que tengan su existencia y objetivos alineados hacia el mismo rumbo, con quienes compartiremos nuevamente un fragmento de nuestra vida, hasta que el ciclo se repita.
Pero por otro lado he visto, o me ha parecido, sobre todo en el caso de las mujeres, que las cosas son a la inversa. Que una persona tiene un sólo gran amor, y cuando éste termina, los demás amores sólo sirven para llenar algunos espacios y tiempos dejados por aquél, sabiendo que nunca llegarán a ser como ese. Si pudieran, dejarían todo por volver a él...
Lo malo, por ejemplo, es que algunas personas, como yo, somos ese gran amor para varias mujeres, pero no podemos darnos a todas ellas, por lo que sabemos que algunas quedarán siempre en soledad eterna... Y ese es un peso muy grande que nos toca llevar. Dejar a alguien que nunca se recuperará sin nosotros... A pesar que necesitamos empezar de cero una y otra vez conociendo nuevos amores ¡Qué difícil es la vida!
Pero no estoy siendo negativo. Creo que pueden existir parejas que se mantengan alineadas en expectativas y deseos durante toda la vida, aunque debe ser algo muy difícil, ya que implica no cambiar nunca, o sea, no evolucionar, o por el contrario, evolucionar exactamente en la misma intensidad y dirección durante tantos años... Por ello estimo que finalmente tarde o temprano terminan en la resignación de tener alguien que comparta algunas cosas y les dé libertad en otras, y nada más. Pero como un gran amigo me dijo una vez respecto a mis relaciones: “Lo que pasa Juan, es que vos no te resignás”... Y es cierto, no me resigno, y nunca lo haré, esa es la esencia de mi espíritu indomable e incomprensible por parte de los demás. Resignarse para mí sería lo mismo que morir.
La pareja, para mí, es de merecimiento diario. Uno no puede dejarse estar. El craso error que cometemos, y que daña a la relación, es justamente ese. Ponernos cómodos. Dar por sentadas las cosas. Descuidar el cariño diario... Dejamos de querer conquistar a la otra persona, porque creemos que ya es nuestra y la tenemos asegurada. Y por eso fracasamos. En cambio, si cada día los dos hiciéramos un esfuerzo por ser merecedores del amor del otro, siempre estaríamos creciendo y eso no sucedería.
La magia que tiene el amor, eso sí, es que siempre se puede volver a empezar, siempre puede ser como una primera vez, ya que cada relación es completamente diferente, cada sinergia entre dos personas, y el conjunto de situaciones y sentimientos que los unen... Nunca hay que perder las esperanzas... Aunque es cierto que la edad juega día a día en contra del amor, de la confianza, y se nos hace más y más difícil entregarnos al otro a medida que pasan los años y se acumulan los golpes. Como dice la canción (tan cierta) de Pablo Milanés: “El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos... Yo el amor no lo reflejo, como ayer...
En cada conversación, en cada beso, en cada abrazo, se impone siempre un pedazo, de temor...”. Y cuando era niño yo escuchaba la letra de esa música y pensaba que era estúpida, que por supuesto que el tiempo pasa y que nos ponemos viejos... Y ya no prestaba atención a lo que venía a continuación... Y sin embargo ahora me siento así como dice, aún siendo joven... No quiero pensar cómo sentiré a medida que los años me aplasten... Es más, yo agregaría a esa música, o a esta reflexión, la siguiente frase, ya de cosecha propia: “No sé si a cierta edad es más difícil decir un ‘te quiero’ que escucharlo, aceptarlo y creerlo, cuando otro nos lo dice”.
Estos pensamientos acerca del amor surcan mi mente como un flash repentino, rápido, en un tiempo casi imperceptible, mientras ella sólo permanece con los codos apoyados sobre la mesa, sus manos sosteniendo esa hermosa carita, y los ojos claros escudriñándome, intentando adivinar en qué se devanan mis neuronas, o mi alma. Mientras tanto, un niño a través de la ventana golpea el vidrio pidiendo una moneda, o el resto del lomito que ella prácticamente no ha tocado. Estos niños abandonados, indígenas, o provenientes de la Chacarita o del campo, sin alimentos, sin salud, sin ropa, que crecen como yuyos entre las rendijas de las veredas, al sol, expuestos a las pisadas de los transeúntes, a los peligros de las drogas, de la cola de zapatero, a los piojos, a los golpes de los padres, al abuso, a la soledad y al desprecio. Una muestra más de la amarga sociedad en la que vivimos. Pero qué podemos hacer como simples ciudadanos, mirar a otro lado, darles algunas monedas para que compren pan, o una empanada...
¿Nosotros acaso tenemos la potestad de hacer algo por ellos? ¿No hay instituciones que son las encargadas del bienestar de toda la población?
Es que tenemos un estado ausente.
Y nos dedicamos a pagar impuestos para gastos que soportan al propio estado pero no a sus ciudadanos, y mantener instituciones que no hacen su trabajo. Y luego, los propios habitantes tenemos que ocuparnos de aquellas cosas para las cuales pagamos impuestos, como ser la salud, la educación, y los niños de la calle. Existen países donde la educación pública es mejor que la privada, mientras que aquí la educación pública es sinónimo de pobreza y un nulo futuro profesional.
Aunque cada uno tiene su propia perspectiva al respecto. Un amigo que vivió muchos años en Europa, una vez me comentó, hablando justamente acerca de la corrupción, los impuestos y las desigualdades sociales, que él prefería vivir en Paraguay y no allá. Me dijo que si bien todo funciona perfecto como un reloj, hacer que funcione así es tan caro para el hombre común (que debe entregar a veces más del 50% o 60% de sus ingresos al estado en diferentes tipos de impuestos), que es mejor vivir aquí, y “lubricar” de vez en cuando papeleos o procesos, y sale mucho más barato a la larga. Lo que no se gasta en impuestos puede usarse para pagar colegios privados para los niños, seguros médicos, y demás necesidades que el estado debería cubrir, y de todos modos saldría ganando. Y que los humildes quedan fuera de ese círculo tanto allí como aquí, así que da lo mismo. Yo la verdad que no lo sé. No he vivido esa realidad. Sólo he visto en algún viaje cómo todo es ordenado y funciona, cómo no hay coimas ni aceleración de expedientes, cómo si uno roba va a parar a la cárcel... Y me gusta eso. Me gusta el orden y la seriedad. Y que las calles no tengan baches y que los colegios y hospitales públicos funcionen. No sé qué pensar.
El problema de nuestra democracia representativa es que elegimos a unos políticos corruptos que deciden por nosotros qué hacer con nuestros impuestos y nuestro dinero, pero está demostrado que este tipo de gobierno en casi ningún lugar funciona. Los representantes terminan creyéndose superiores a la plebe que representan, y esa es la perdición de los países. Nosotros los elegimos, pero ellos se creen mejores que el propio pueblo. Finalmente no nos representan, sólo representan a sus propios intereses. Por lo tanto, sería preferible tener una democracia inclusiva, donde, por ejemplo, los ciudadanos votasen qué desean que se haga con el dinero de sus impuestos, qué porcentaje destinar a salud, qué porcentaje a la educación, qué porcentaje a los militares, y que cada uno sea artífice del uso de su propio dinero. Eso cambiaría muchas cosas.
Y así se podría hacer lo mismo para aprobar leyes, para discutir políticas de gobierno. Entonces los políticos no andarían haciendo campaña para conseguir votos y gobernar, sino para lograr que sus planes sean apoyados por la gente, puesto que la gente votará por dichos planes y no por las personas. Quién sabe, tal vez en el futuro la informática permita hacer algo así. Que todos los domingos se voten los nuevas políticas y se tomen decisiones estratégicas en vez de elegir un domingo, cada varios años, a una nueva cúpula corrupta que seguirá permitiendo que estos niños sigan en la miseria, mientras ellos saquean las arcas del estado, se burlan de nosotros en nuestra cara y encima no hacen absolutamente nada para ocultar el despilfarro del capital que con tanto esfuerzo, sacrificio y muerte, los paraguayos debemos conseguir mediante el trabajo duro, y el sufrimiento.
Pero también, ¿Qué podemos esperar de los dirigentes de un país cuando en los actos de campaña política se regalan vaca’i, cigarrillos y petacas de caña con la cara de los candidatos impresas en ellas? ¿O compran votos y exigen que a modo de comprobación se saque foto con el teléfono celular de la papeleta depositada para corroborar la lealtad al candidato de turno?... Estamos fritos, ni las mejores ideas van a prosperar con gente así gobernándonos, y con futuros caudillos que llevan adelante las mismas prácticas y se siguen aprovechando de la gente día a día.
Algunos dicen que somos tan ignorantes que únicamente un dictador puede poner todo en orden nuevamente, y acabar con la corrupción y la inseguridad con mano firme. Yo no estoy tan seguro que la solución sea volver a los errores del pasado, de los que tanto nos costó escapar. Todos los dictadores empiezan como líderes revolucionarios que ponen las cosas en orden cuando la crisis es muy grande. Pero luego se eternizan en el poder y sojuzgan a sus propios compañeros de lucha ¿Necesitamos otro doctor Francia, otro Stroessner? ¿O tal vez necesitamos tan sólo educación y justicia?
Y estos chicos de la calle son sólo una muestra más del pésimo estado de nuestro país. Así hay innumerables otros indicadores, como los niños haciendo piruetas en los semáforos, los cartoneros, y la proliferación de cuidadores de coches. Estos últimos en otras épocas solamente aparecían por la noche, para “cuidar” los vehículos cerca de los lugares nocturnos, con su sucio trapito amarillo y la caradurez de creerse dueños de la calle y pedir que se pague por adelantado por sus servicios, con una tarifa preestablecida por ellos mismos, llegando al límite casi de la extorsión.
Yo los odio, y conste que hace tiempo que no manejo. Pero cada vez que salgo con mis amigos me da una rabia tener que enfrentar a estos vagos en cualquier parte... Porque ahora no sólo aparecen de noche en las zonas de farra, sino de día en el centro, frente a hospitales, colegios, universidades, zonas comerciales, parques, velorios, donde sea. Uno ya no puede salir a ningún lugar sin tener que prever la “comisión” que se debe entregar a esta gente adulta que debería estar trabajando en algo útil para el país en vez de saquear los bolsillos de los trabajadores, que asumen que poseen dinero por tener vehículo, cuando en realidad el vehículo es un monstruo que, entre reparaciones y combustible, empobrece más a la gente. Por eso mismo no tengo más automóvil, y decidí andar en ómnibus, lo cual implica sus peligros también, entre accidentes y asaltos, pero me quita el stress generado por estos personajes con los que en más de una vez estuve a punto de tomarme a golpes.
Pero obviamente el gobierno no es el único culpable de los desmanes sociales que vivimos a diario. Tampoco nuestro ya mancillado e ignorante pueblo, que no sabe cómo salir adelante. Los medios de comunicación, con sus infames programas, los periódicos, dando únicamente noticias de política y policiales, los colegios, con maestros incapaces, las universidades privadas que venden títulos al mejor postor... Son todas piezas del engranaje de la mediocridad y la pobreza en que estamos sumergidos. Tenemos una total carencia de líderes ejemplares, que sirvan de norte para que los jóvenes se den cuenta de que existen formas de salir adelante, con sacrificio y tesón. Nuestros ciudadanos ejemplares, nuestros líderes, son senadores corruptos, aduaneros mafiosos, ministros que roban la leche a los niños en las escuelas, sacerdotes mujeriegos, o peor aún, el máximo ejemplo que vemos en la televisión son playboys que hablan de cuántas mujeres tuvieron en su vida y el auto que se compraron, o la modelo que conquistaron... No quiero ni siquiera nombrar a estos individuos en mis reflexiones, no sea que si es cierto que los pensamientos quedan grabados en la memoria universal y alguien algún día llega a captarlos de alguna manera, y los plasma en un libro, llegue a mencionar dichos nombres lo como hizo Dante en la Divina Comedia y los eternice entre sus páginas ¡Prefiero que caigan en el olvido! Al fin y al cabo sólo son otro peso para esta sociedad, otro ladrillo en la pared, parafraseando a Pink Floyd.
También se habla de ejemplos de otras épocas, como el propio Mariscal López, quien creo que en parte es el culpable de mi locura, y el dueño del tesoro que estoy buscando. Pero el Mariscal es al mismo tiempo héroe y antihéroe según quien sea el historiador que escriba el libro. Yo no creo que haya sido un héroe, sino un simple animal salvaje cercado por los demás países, que no quiso dejarse vencer, aunque ello significara sacrificarse él y sacrificar su tierra también en el proceso. Me parece que ya no tiene importancia saber cómo murió, o si sus pecados y el asesinato de su propia familia justifican algo. No sé si fue héroe o villano, ¿Pero acaso importa? Bueno, tal vez sí, de forma a evitar repetir los errores del pasado una y otra vez. Yo afirmo que el poder siempre corrompe y no hay hombre bueno que pueda acceder a él. Si llegamos al poder, siempre hay sangre y sufrimiento de por medio, aunque tengamos buenas intenciones. Hay gente que dice que López fue demasiado soberbio y megalómano para enfrentarse solo contra tres naciones, enarbolando una verdad indiferente. No lo sé. La batalla de Acosta Ñu, donde miles de niños de entre diez a quince años murieron, apenas matando una decena de soldados brasileños, es un ejemplo de algo que ya no daba para más, pero sin embargo nada le importaba en su soberbia. Lo más increíble es que ahora festejamos el día del niño en la fecha de dicha masacre... Fueron cruelmente enviados a la muerte, en total inferioridad numérica, apenas infantes, sin preparación ni armamento...
Y eso nos hace pensar que tal vez López, más que un valiente, haya sido un cobarde, sacrificando su país, sus niños, su futuro, y finalmente su vida, cuando ya no quedaba más nada que sacrificar, en vez de rendirse y salvar a su nación.
Y después, luego de ciento cuarenta años, las discusiones respecto a su persona en vez de ser históricas, o reflexivas, se debatieron en un libro medio porno, donde una autora muy imaginativa y que jamás había pisado nuestra árida tierra, relataba las proezas sexuales del Mariscal y la madama. Ese libro causó más revuelo que muchos hechos históricos y debates relevantes respecto a nuestro pasado, y que deberíamos estudiar detenidamente para asegurar un mejor porvenir. Pero no podemos hacerlo, pues estamos en la era del talk show, del reality show, y donde gente que no tiene nada que decir, sólo habla de banalidades en la televisión, y los televidentes se nutren de esos despojos dejando sus mentes playas y listas para la dominación. Y así mismo la literatura erótica reemplaza a la historia en las páginas de un libro y de nuestras mentes.
¡Cómo luchar contra ese enemigo que destruye los pensamientos y anula la existencia! Esa es la pregunta que me hago.
Y yo sigo desvariando, una vez más, mientras que Florencia ha bajado la mirada y se ha dispuesto a comer este apresurado y tardío almuerzo.
Creo que me quiere, en el fondo, aunque no lo acepta porque ese sentimiento va en contra de su forma de vida. La llevaré a casa, haremos el amor, y dormiremos el resto de la tarde, con el aire acondicionado encendido. Necesito relajarme y simplemente sentir su piel. Abrazarla y descansar. Es hora de irnos. Mi mente ya no resiste estar todo el tiempo produciendo pensamientos inconexos y complejos.




Amplio resumen de autores y obras
de la Literatura Paraguaya.
Poesía, Novela, Cuento, Ensayo, Teatro y mucho más.

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