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lunes, 1 de noviembre de 2010

JUAN ANDRÉS CARDOZO - DE PIE FRENTE AL DOLOR (POEMARIO) - Presentación: FRANCISCO PÉREZ-MARICEVICH / Colección EL UMBRAL Nº 1, 1966



DE PIE FRENTE AL DOLOR
Poemario de
JUAN ANDRÉS CARDOZO
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
Colección EL UMBRAL
Nº. 1
Queda hecho el depósito que marca la ley 94
Ilustró OLGA BLINDER
asedio literatura y arte
Acabóse de imprimir en los Talleres Gráficos ASUNCIÓN,
el 23 de Agosto de 1966.
Asunción – Paraguay (49 páginas)


Sea cual fuere la idea que nos hagamos de la poesía en el tiempo presente, no podemos desligarnos del hecho de que ella es hoy menos un canto que una provocación. Y es así cómo, por sobre su ancilar condición de arte, lo que la poesía se ha propuesto -a partir del simbolismo- es descubrirnos al hombre esencial, ese huésped secreto y silencioso que habita en cada tino de los seres humanos, y que es aquel que no muere cuando morimos. Detrás de la multiplicidad ocasional y transeúnte de nuestros rostros interiores -el hombre es siempre él y su multitud- el secreto huésped (que es, en realidad, el verdadero dueño de la morada) espera sicut erat in principio el develamiento, súbito como el rayo, para manifestarse desde nosotros con la transparente "libertad de los hijos de Dios".
Y es ésta la provocación de la poesía al hombre cotidiano: tina provocación para la unidad del ser. No para que el hombre trascienda en algo -que es eso más bien un alienarse, el enajenamiento que es nuestro mal-, sino para que alcance su propia, intransferible inmanencia personal con la existencia. Que luego viene el irradiar.
Por debajo de la uniformidad ecuménica vivimos una época de dispersión, en la era del hombre disperso en la que éste es apenas máscara de sí mismo o noria acongojada. No es verdad, no, que el hombre sea hoy lo que se llama una persona. Es otra cosa. Preso en la maraña de los artículos de las constituciones, las inflaciones monetarias, las campañas electorales, los impuestos y los estampidos de los "Atlas", ¿qué puede hacer el triste prójimo más que ensoberbecerse o, sencillamente, olvidarse y dormir en sus adentros, huyendo de sí mismo como huye el ciervo acosado del ojo cazador? Y, sin embargo, es necesario rehacer al hombre: realizarlo, despojándolo de sus adyacencias infecundas. Tarea que se hace de dos maneras: o por lo angélico (con la poesía) o por lo demoníaco (con la política totalitaria). Y estos son los dos caminos de la libertad del hombre, idénticos, a su vez, a los de su verdad: o la palabra o la cárcel, que en ambas la libertad se revela humanada.
Juan Andrés Cardozo es una joven vocación que comienza con estos poemas a abrir los ojos a esta problemática del hombre en nuestro tiempo. Pero sus poemas no deben ser apreciados propiamente aún en cuanto realizaciones estéticas, sino en cuanto ellos revelan una actitud. Una actitud de enfrentamiento con la realidad desde sí mismo. Su libro indica un punto de partida: no es aún una meta. Y en él parece cumplirse -como en toda joven vocación poética-, por refracción, el sentido esencial de la poesía: el de preparar el camino de la liberación en la verdad. Pero si en cuanto expresiones estéticas sus poemas presentan todavía las inevitables vacilaciones del ojo que se encuentra de súbito en medio de las tinieblas, ¿qué le vamos a hacer, qué va a hacer él propiamente, si los hombres apenas somos escolares de la eternidad que nos ejercitamos con temporalidades angustiosas?


Y, desgraciadamente,
el dolor crece en el mundo a cada rato . . .
CESAR VALLEJO

LA PUERTA DEL SILENCIO
Hay palabras que deben enterrarse,
para siempre,
en un mundo de silencio,
pero desde el fondo del abismo,
nace en austral potencia
un grito de rebelión.

La angustia es una sabana inmensa;
es un fango que traga.
Su red traicionera
nos atrapa.

Soy habitante de su cárcel.

Y entonces
viene la palabra prohibida,
enferma,
pero llega.

Sin embargo,
mientras existan escombros
de un dolor humano;
mientras sauces lloren
la presencia del viento,
mis manos
golpearán
la puerta del silencio.

POEMA
Tengo aplastado el corazón
un dolor gigante se apoya sobre él
y siento que mi vida
es una llaga
abriéndose a la caída vertical
de mi palabra
-vaso derramándose en la arena-.

Trato de aplacar la tristeza que se viene
de mi celda primitiva
donde me arrojó la tarde
en que la flor era una hostia enaltecida
y la esperanza un árbol
anhelando llegue otoño.

EL OTRO
Un animal vive conmigo
desde hace tiempo.

Me acompaña siempre
como mis prendas de vestir.

Un día canséme de él,
y quise asesinarlo.
Lo apuñalé
una
y otras veces
mas no murió.

Siguió andando a mi lado.
No pude desasirme de él.

Cuando mis esfuerzos
por agostar su vida
resultaron estériles,
traté de educarlo.

Todos los días
nos sentábamos juntos:
le envenenaba con libros;
caminábamos por las calles
habitadas de lobos.
Pensábamos.

A veces,
una nube de tristeza
nos envolvía.
Cuando sentía hambre
devoraba mi carne.

Cuando se enamoraba
mordía mi corazón
con cristales rotos.

Así, de vereda en vereda,
asidos eternamente,
nos vamos desangrando.

EL AMO NEGRO
Existe una marea impetuosa
que me empuja
hacia lugares donde mi alma
tórnase una caja vacía.

Temeroso
voy transitando
con mis maltratados huesos.

Voy al encuentro
de cosas conocidas,
íntimos,
pero que va enmoheciendo,
como la humedad a los zapatos desusados,
mi afiebrado rostro.

Cuando mis pasos
vuelven,
liberados;
cuando mi sangre
trajina militarmente,
una promesa se hace eco:

Ahorcaré al viento que me empuja,
que dirige mis ansias.

Pasan las horas,
los días van huyendo del calendario,
y surge nuevamente
una cabeza negra, inmensa.

Empieza la lucha.
Nos derribamos retorciéndonos el cuello,
pero quedo vencido.

No hay hombres que puedan con él.

Sólo la muerte.

Por eso
cuando llega
también se muere de tristeza.

LIBERTAD
Dinamita que debieras volar murallas;
enigma siempre royendo carne;
por tí
la sombra es hogar.

El cielo,
techo abierto a la mirada
donde vuelan alas pensativas;
ideales cubiertos de tierra;
hombres envueltos de palabras,
huérfanos,
en la lucha contra la muerte,
de tu nombre.

El barro
en incesantes llamas desatadas
quema tu vida libertad!

No eres más que cenizas
recorriendo las almas.

¡Lágrimas humedeciendo el mundo!

¡Cuántas vidas apuñalaste!

Sin embargo,
tú a nadie dejaste sin vida.
Ellos te dejaron sin sangre.
¿Quienes?
                  Los eternos . . .

(Pero aún la oscuridad
está herida de luz
y hay corazones apuntando,
como bayonetas,
hacia el vórtice.)

CON LAS MANOS ABIERTAS
Con las manos abiertas
nos vamos,
todos,
hacia el vientre de la tierra.

Con las manos abiertas
nos vamos,
todos,
despidiendo a los que un día
apretábamos contra el corazón.

No obstante,
con las manos cerradas
venimos
rompiendo paredes de carnes
y abrazando el mundo.

Con los brazos al viento,
con el grito flotante,
comenzamos en la arena de llantos:

Sudores de yodo bañando nuestras frentes.
Las voces cosiendo las edades.
Y la sangre pintando las aceras.

¡Oh querer imposible
éste de retener
tantos sacrificios
arrastrados por raudales del destino!

El dolor
ventanas abiertas en los ojos
erguido vive
cubriendonos como la noche.

Así, en marejada sin fin,
nos vamos
asustados,
terriblemente asustados,
con las manos vacías.

ESPERANZA
Fuego
que ilumina mi túnel herido,
desbrozando
malezas olvidados al tiempo.

De pié
con el grito en el aire,
deshojar quiero
las hojas mustias
que cuelgan todavía
del árbol calcinado de mi pueblo
de quebracho y maizales.

Flomígero poncho
arropando mi flaqueza.
En tí nace una patria
de palmeras
que resisten la soberbia del sol!

Como una oración anciana
me acompañas
para quebrar,
cuando despliego mi bandera entristecida,
el cerco del silencio.

¡Hachero
que adormece los bosques
para levantar los vigas del amor!

De la entraña de mi madre arcilla
te llevo en la mirada
confiado de que tu hoguera
derrotará
al hierro que oprime
el temblor de los sueños.

DE PIE FRENTE AL DOLOR
Yerto sobre e! rocío del dolor
extiendo la voz que emerge
de la tumba donde le acostó el silencio.

Ya no es hora de conformarse
con la campana que murió en la plaza.

Ni con los caminos amarillos y delgados
donde las pisadas dejaron su beso viajero!

¡Mi corazón es una estrella apagada
que quiere arrancar fuego al sol!

Quiero mojar la arena de la siesta
que abre surcos en las plantas
de los hombres cautivos de la tierra.

¡Quiero limar los cerros de sus manos
y arrancar de sus ojos la resignación!

Si las paredes acribilladas de pobreza
pudieran acercar su voz a los oídos sordos,
a las miradas de puñales indiferentes,
y lanzar al viento su queja amarga:

¡Cuántos días el pan ha estado ausente!

¡Cuántos cuerpos, en edades desiguales,
enlazó el invierno
y el pecado fue un bocado de la noche!
Ya basta . . !

No quiero seguir tocando la cuerda,
el hilo de sangre que teje la sombra
del universo; de Latinoamérica.

Sólo de pie frente al dolor
quiero levantar un muro de esperanza,
un muro de hierro que detenga
la tristeza que viene arrollando
-roca desprendida de los Andes-
la alegría que ha nacido a deshora.

Y creer que el viento de la noche
se ha llevado
el miedo que dormía en la llanura.

DE PIE FRENTE AL DOLOR de JUAN ANDRÉS CARDOZO, título primero de la Colección "EL UMBRAL", consta de 52 páginas y quinientos ejemplares, impresos en papel obra 1 de 100 grms.



 
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