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lunes, 9 de mayo de 2011

CATALO BOGADO BORDÓN - MEMORIA DE LA SOLEDAD, LAS VUELTAS QUE DA LA VIDA EN OCHENTA AÑOS / Fundación LIBRE, 2001.



MEMORIA DE LA SOLEDAD
LAS VUELTAS QUE DA LA VIDA EN OCHENTA AÑOS
Edición 2001
Tapa: CATALO BOGADO BORDÓN
Fundación LIBRE
Asunción – Paraguay
2001 (103 páginas)

ÍNDICE
CAPÍTULO I // CAPÍTULO II // CAPÍTULO III // CAPÍTULO IV // CAPÍTULO V // CAPÍTULO VI //CAPÍTULO VII
A MANERA DE EPÍLOGO
LA LITERATURA COMPROMETIDA DE CÁTALO BOGADO. Por ALCIBÍADES GONZÁLEZ DELVALLE
UNA METÁFORA DE LA NACIÓN HERIDA. Por MARIO RUBÉN ÁLVAREZ

I
En la región del Guairá, pegada a la cordillera del Ybyturuzú, en una de las lomas más floridas del valle, se alzaba una magnífica casa solariega conocida como La Soledad. Al caserón, de gruesos adobes, convergían varios senderos de piedras pulidas por el tiempo, y lo rodeaban altas murallas de ladrillos, con revoques salpicados de coloridos trozos de cuarzos que brillaban al sol y a la luz de las estrellas como si fuesen diamantes.
Se decía que don Blas Vicente Bordón, el solitario dueño de La Soledad, había heredado tanta fortuna de sus antepasados, que era capaz de tirar al río una carreta llena de monedas de oro sin que menguase su riqueza. Pero, aún siendo en extremo generoso, no tiraba ni una cáscara de huevo, pues tampoco  era ostentoso. Usaba sí su riqueza para satisfacer sus pequeños antojos y las debilidades de un gran corazón, el de su joven, elegante y piadosa mujer, Angélica.
La vida en La Soledad transcurría serenamente, en paz. El limpio cielo del Guairá tenía una relación con el anhelo humano: su color invitaba a soñar y correr hacia la libertad y la alegría; era una gran bóveda azul donde retumbaba, como un complemento sonoro de la aurora, el relincho de los caballos salvajes y el canto de las aves. Especialmente por la mañana, al desperezarse como un barrilete de oro tibio, el sol manso hacía llover entre la tenue neblina de las altas colinas, unas finísimas hebras de seda dorada. En todo el verde prado, siempre, vestida de jazmines estaba la brisa, y de trémulas mariposas los arbustos.
Aquel amanecer de otoño, que por tibio parecía primavera, los pájaros cantaban aquí, discutían airadamente allá y en otros sitios se dedicaban a disputar los gusanos hallados en los troncos secos, las bandadas de papagayos, urracas, tucanes y otras coloridas aves bullangueras, como los loros maracanás y los tingasú, inquietos por el calor naciente, hacían mil fugaces sombras en el callado estanque del arroyo Pirapó, provocando con sus vuelos un hervor de mariposas y de abejas; sobre la cumbre más alta del cerro, como un extraño tapir de algodón, se asomaba lentamente una nube azul de corona plateada. Todo presagiaba un cambio en las condiciones del tiempo.
Don Vicente Bordón venía de lavarse la cara en el fresco arroyo y, mientras contemplaba los alrededores de su dominio, se dejaba secar el rostro por el viento tibio, con aroma de lluvia, de la mañana. De lejos se notaba en sus profundos ojos que estaba satisfecho con la vida. Aunque era un hombre de carácter reservado y la más de las veces, estaba serio y callado, en su casa siempre había música y risas. Miró hacia su casa y vio a su hijita Gabriela Soledad colgando de la viga del galpón unas largas y doradas serpentinas de piel de naranja y otras de papel seda que bailoteaban suavemente sobre la hamaca de cuero, donde Angélica, envuelta por un aire azul de confusión, jugaba con su fantasía. En las breves horas de descanso mañanero, sus manos, inquietas alas de paloma posadas suavemente sobre el palpitante vientre hinchado, recreaban con fascinante movimiento circular la ilusión de concebir un hijo varón, a fuerza de extrañas peticiones.
Don Blas Vicente Bordón era un hombre enérgico, emprendedor, de frente despejada; sus ojos claros miraban a los hombres y las mujeres con apacible firmeza; sus huesudos puños nunca se cerraban con injusta violencia, jamás su voz vibró alterada por la furia, nunca sufrió prejuicio alguno y menos se podía presumir que era machista; vivía orgulloso de su esposa y de su hija Gabriela Soledad que, a los siete años, tenía un parecido increíble a su abuela, pues como ella era fuerte y tenaz. Gabrielita, a pesar de ser flaquita y pálida, estaba hecha de acero; sus piernitas, además de sostenerla firmemente, la ayudaban a correr por todo el campo, a alcanzar los almuerzos y a acercar las cantimploras a los peones. Sus manitas de pájaros morenos desyerbaban el patio del rancho, cosechaban el algodón y hacían con cierta perfección todas las tareas de la casa... Pero, los vecinos decían que don Blas Vicente Bordón, quizá por su carácter silencioso y medio huraño, aún no se sentía padre. Tanto insistieron sobre el tema que terminaron convenciendo a Angélica de que su marido vivía torturado por el anhelo de tener un heredero, un hijo varón.
Al principio, a Angélica le daba lo mismo el sexo de la criatura en gestación; además, los interminables trabajos de la casa no la dejaban pensar en los morbosos chismes que le susurraban sus vecinos. Sin embargo, poco a poco, creyó comprobar por sus propios medios, la desmesurada obsesión de su marido por tener un hijo varón. Así empezó, tímidamente, a abandonar los días viernes su tranquilo y perfumado huerto, para ir en busca, por los lugares más enmarañados de la región, de los afamados hechiceros y "milagreros". Así, con la excusa de ir a visitar a la Virgen de Itapé, recorrió de punta a punta, en carreta y otras veces montada en una yegua, los pueblos del Guairá, Caazapá e incluso algunos del Alto Paraná.
Día a día, segundo a segundo, crecía el vientre de Angélica y también su preocupación. Tal era su angustia y confusión que, el día en que encontró la ocasión ansiosamente esperada, se llenó de un indecible alivio: Tras consultar largamente con los ángeles negros de su almohada y con su comadre Rafaela, Angélica había tomado la decisión de negociar con Lucifer y Galeano (el hechicero) la masculinidad de su futuro bebé, a cambio de unas cuantas alhajas de oro y el sacrificio de trece gallinas. Y, por fin, había hallado el pretexto de ir a pasar unos días en casa de su comadre Rafaela, mientras duraba la ausencia de don Blas Vicente Bordón, quien había viajado a la capital de la República para recibir una condecoración del gobierno por su valiente actuación en la guerra del Chaco. Ella se fue de La Soledad.
La misma noche que llegó a Cerro Pelado, aprovechando la claridad que brindaba la luna llena, Angélica, su comadre Rafaela, el hechicero Galeano -amigo de su comadre- y un vecino de apellido Cardozo, que les sirvió de baquiano, salieron a escondidas de los vecinos para subir hasta la cumbre del Cerro Acatî y estar así lejos de los cantos de los gallos y poder realizar la liturgia que la acerque, Galeano mediante, a los seres de las tinieblas.
El viaje a través del tupido monte de milenarios helechos y poblado por árboles afelpados de musgos, tiñosos de líquenes, cubiertos de plantas parásitas y enormes animales fosilizados estrangulados por bejucos tan gruesos como los propios troncos de los lapachos... más los miríficos murmullos de torrentes de insectos y arroyos, mezclados con los ruidos inenarrables de las trece gallinas y una fauna selvática desconocida, había impresionado tanto a Angélica y a Rafaela que, alternativamente, se desvanecían; lo que motivó que, pese a los buenos oficios del baquiano, no pudieron llegar a la cima antes del tercer canto de los gallos, momento preciso indicado por el hechicero Galeano para iniciar la liturgia.
El frío amanecer había sorprendido a Angélica exhausta, sin su bolsita de alhajas, y a sus cansados amigos dormidos tranquilamente en un ascua de luz filtrada a través de los altos vitrales verdes, sobre las frescas hojas de los culantrillos, en pleno bosque.
Según la gente del lugar, durante el primer embarazo, Angélica y su comadre ya habían recurrido a la divina providencia; a los santos y a las cruces milagrosas conocidas en el valle para que, a cambio de promesas de abundantes velas, la criatura que naciera fuese varón. Tan convencidas estaban entonces las dos de que el bebé sería varón, que fueron hasta Villarrica a comprar del almacén "el cedro" de don Haiter, a quien le decían el turco a pesar de ser un fanático libanés, las camisas y los pantaloncitos de color celeste. Al regresar le pidieron a don Blas Vicente Bordón que seleccionara dos nombres masculinos para bordar en los bolsillitos. - " Con que no le pongan Blas, ya estaré más que satisfecho; ese nombre no me gusta"- había respondido él.
Todo presagiaba la llegada del heredero. Nadie se imaginaba lo contrario. Quizá, todo aquello hizo que pareciera muy grande y dolorosa la decepción de don Vicente quien, desde el día que nació su hija, dejó de hablarles a su mujer y a los sirvientes. Tal vez, también fue por eso que los vecinos, cuando se enteraron de que Angélica volvía a estar preñada y don Vicente Bordón a su hablar, concurrieron masivamente para felicitarlos y desearles mejor suerte.
Primeramente vinieron las vecinas y luego los vecinos, después llegaron la gente amiga de lugares más alejados y detrás de ellos, una colorida multitud. A medida que iban llegando las caravanas a La Soledad, don Vicente tuvo la sensación de una vil y masiva profanación de su intimidad. Se sintió aturdido. Protestó airadamente, pero todo fue en vano. Su oposición a que pasen por encima de las murallas y a que ocupen con sus animales los espacios libres de la casa no tuvo éxito. Cayó en un grave estado de agobio y permaneció días enteros en su habitación sin comer ni hablar.
Los primeros extraños en venir, ex funcionarios del ferrocarril despedidos por el nuevo gobierno por su negativa a afiliarse al Partido Colorado, habían solicitado, con cortesía y humildad, el permiso correspondiente para entrar y darle algún bocado a sus hijos y, si se les hacía muy de noche, también para quedarse a dormir. Pero quienes llegaron más tarde entraron como manada de vacas, desconociendo por completo la autoridad de los dueños de La Soledad. No había forma de detenerlos. Hombres y mujeres, con sus niños y niñas, con sus perros y gatos, asaltaron la casa ignorando los portones como si se les acabara el tiempo. Desesperados, tapujándose corrían hacia el interior de La Soledad dejando unas estelas rojas y negras del barro que traían adheridos a los pies. Cada uno entraba y se posesionaba del espacio que creía corresponderle según la importancia que se atribuía a sí mismo.
Los vecinos más pudientes ocuparon las piezas vacías, mientras los pobres se instalaron en los corredores. Más, contiguos o separados, a pesar de la circunstancia, los lugareños conservaron intacta sus viejas rivalidades y desprecios.
Nadie creería que una aldea tan pequeña, que aparentaba deshabitada, contuviera tanta variedad de gente. Don Blas Vicente Bordón conocía casi a todos por su nombre, apodo y afiliación política, pero al ver reunido a los Irala, Núñez, Melgarejo y a mucha gente desconocida cerca del bosque, sospechó que estuviesen allí innumerables forasteros llegados con fines de robo. Por la rendija de la ventana espiaba, más, el ambiente en el patio era de camaradería -que todos se conocían-, lo cual le hizo entrar aún más en sospecha, pues él sabía muy bien que todos se detestaban desde época antigua en que el Guairá era una provincia.
Como si algo faltara al bochornoso ambiente, una mañana temprano, atraídos quizá por el ruido de la multitud, llegó una caravana de gitanos y, como la demás gente, sin pedir permiso a nadie acamparon en el portón principal de La Soledad. Llegaron por el camino de piedras pulidas por las lluvias con sus cuarenta carros tirados por enormes caballos pintados de blanco, dando gritos, cantando como si tuvieran el corazón en la garganta. Hombres, mujeres y niños, ante el asombro de los parroquianos presentes, descendieron de sus carros con el martillo y los clavos en la mano. Dando gritos bajaron los baúles de hierro y sacaron de ellos los pañuelos de seda, de rosa y de claveles; los abanicos de luna, de pajas, de dragones y todo los que iban a vender; cosas que brillaban y que encandilaban a la gente que se apretujaban para mirar, tocar y sentir. Los gitanos, simulando indiferencia a la curiosidad de la gente, cantando, martillando, clavando metales y maderas levantaron sus coloridas carpas. Todas las mujeres tenían la cabeza atada con primaverales pañoletas y lucían largas y floridas faldas y, los hombres tenían los ojos grandes, morenos y las camisas de ancho cuello amarradas al frente.
Mientras los mayores de los gitanos levantaban las carpas, los niños se agruparon y salieron de seis en seis para vender velas azules de las diosas de India, cruces para hacer milagros, yerbas para hacer hechizos, hilos de oro para bordar, botones de marfil, aceite para el reuma, termómetros para el amor, pastilla para la fiebre y pintura para rejuvenecer borrando las canas.
La Soledad era el epicentro de una romería, de un festival afiebrado de competencia de destreza y de apuesta. Pronto los corredores del caserón se habían llenado de imágenes de santos varones, de escapularios, de bolsitas con huevos, plumas, pelos de quien sabe qué y de semillas, hojas y flores de hierbas, arbustos y árboles supuestamente machos.
Había días que, por recomendaciones de los hechiceros, don Vicente Bordón salía a juntar a los niños de toda la zona para que retozaran ante los ojos de Angélica, y mientras él acariciaba su vientre, les repartía bolitas y caramelos de llamativos colores. También se había comprado de la tienda de los gitanos, pese a que nadie sabía usar, un novedoso aparato de dos ruedas llamado bicicleta; era para atraer la atención de los niños tímidos y así, por la curiosidad, facilitar su trabajo de atraer a los que vivían en lugares alejados de La Soledad.
A medida que avanzaba el embarazo de Angélica, la casa parecía un hormiguero; la gente iba y venía con bebidas de raíces de árboles masculinos de orígenes lejanos, con polvos de hojas de verbena, ruda, romero y varios otros conocidos solamente por los hechiceros quienes, a precio de oro, salían a recogerlos los viernes a la luz de las estrellas.
A los seis meses del embarazo de Angélica, los techos del caserón ya estaban llenos de picos y patas de aves silvestres, de pezuñas y cuernos de animales raros. En algunas de las guampas estaban talladas, rudimentariamente, imágenes de santos y en otras, del diablo. Sobresalía de entre todos aquellos fetiches un cuerno enorme de ciervo colorado trabajado bellamente por un paralítico que, luego de terminar el tallado con algunas ingeniosas incrustaciones de piedras preciosas, se había suicidado contento, ya que en aquel ambiente de ignorancia, machismo y toda clase de incomprensión, su existencia y sus trabajos sólo habían sido objetos de burlas y desprecio.
Por los humos de las fogatas con ollas de fritangas, de los inciensos y de otras hierbas aromáticas para el sortilegio y, sobre todo, para alejar a los mosquitos, La Soledad estaba siempre cercada de una extraña niebla que borraba con su vaho oloroso los muros, los árboles y hasta los linderos del rancho. La condición difusa del ambiente hacía surgir y desaparecer, ante la mala visión de la gente, diablos y ángeles volando por las altas ramas de los árboles. Al atardecer, cuando el aire frío del cerro bajaba hacia el valle, esta niebla era tan espesa que para entrar o salir de La Soledad había que ir empujándola como cuando se avanza en el agua.
Si bien es cierto que el humo de las fogatas, donde se cocinaban los variados pucheros, llenaba el ambiente de un blanco sucio; en las afueras del caserón predominaba, a través de las serpentinas de papel, el azul, color preferido de don Vicente. Sin embargo, Rafaela, a pedido del hechicero, para evitar "malos influjos y ojeadas ", había enmarañado los viejos senderos de piedras con cintas de seda roja; la gente pensando que era una disputa de colores políticos, empezó, en nombre de Dios, a llenar los sarmientos del patio, colgando como una lluvia de canarios, miles de muñecos amarillos hecho de yute. Eso sí, el interior de la casa, a pesar de la blancura de la cal de sus paredes, era todo de un color azul celeste que surgía de las luces de las velas hechas con esperma de ballenas y grasa de carpincho macho que ardían en una común llama votiva.
Tantas fueron las fórmulas, las recetas y los fetiches arrimados por la gente, que un continuo tumulto en el patio de La Soledad perturbaba constantemente la vida y los sueños de Angélica y don Vicente, de cuyos cuellos y pechos pendían en perfecta armonía escapularios y amuletos de los hechiceros. Cada palmo del corredor que circundaba la casa estaba angustiosamente disputado por una tupida turba de existencia. En el interior del caserón, y en especial en el cuarto donde se encontraba la cama de Angélica, a toda hora era confusión: llama, humo, rezo y canto. En las afueras había una constante e indisimulada disputa entre contrincantes profesionales: dioses, demonios, monstruos y genios tutelares de vívidas y perdidas leyendas traídas por las visitas.
En las noches sin luna, parecía que nuevos elementos de la naturaleza bajaban de los cerros, entrechocándose y formando un vapor fosforescente y frío que, lentamente, envolvía y hacía crujir al caserón, y que sólo se disipaba con los últimos cantos aurorales de los gallos y la luz de los primeros rayos del sol.
Extrañados por los fenómenos, los Franciscanos y las Hijas de María del pueblo fueron hasta la capital del departamento y trajeron al temible padre Lare. El cura párroco de Villarrica del Espíritu Santo llegó en las inmediaciones de La Soledad cerca del medio día, mucho antes de la entrada del sol y lo primero que hizo, antes de entrar, fue echar a los gitanos, mandar limpiar el basural que dejaron y bendecir el portal. Estuvo la tarde y la noche entera en el caserón y se maravilló de la amabilidad y generosidad de los dueños. Además, dijo haberse enamorado de la serranía del Guairá, pues era igual a la de su Toledo natal. La Soledad, con sus caminos y sus muros de piedras, le recordaba a su casa y a su aldea de España.
La tarde que llegó el padre Lare a La Soledad, el cielo estaba raro. Se sentía en la piel el aire pegajoso, señal inequívoca, según don Victoriano Romero que también se encontraba ese día en La Soledad, de que un temporal violento reventaría en cualquier momento. El sacerdote, por llevarle la contra a don Victoriano Romero, único activista conocido de la secta Testigo de Jehová, dijo que no, que apenas vendría una suave brisa seguida de una mansa llovizna, que no era justo andar alarmando a la gente, anunciando grandes tribulaciones, sin tener la más mínima certeza de las cosas.
Don Victoriano no se sintió ofendido ni desafiado, pero sí molesto por ser deliberadamente contradicho por el sacerdote. Discretamente tomó su Nuevo Testamento y salió al patio a otear el oscuro horizonte.
El padre Lare lo observó de reojo y quedó preocupado al darse cuenta de que su competencia estaba orando para que el chaparrón llegase lo antes posible.
Convencido don Victoriano de que la tormenta llegaría inexorablemente en cualquier momento, se dirigió al círculo de gente donde se encontraba el padre Lare y le preguntó a secas: "Entonces padre, puede decirnos, ¿viene o no viene la tormenta?"
El padre Lare, con gesto de fastidio, bajó lentamente su jarra de vino sobre la mesa, mirando a la gente de su alrededor dijo que no había por qué preocuparse, pues mas allá de las nubes brillaba el sol y que él ya había encomendado a Santa Rita para que la lluvia sea mansa.
- Creo que será necesario irte a lo más alto. Santa Rita ya no podrá hacer nada -, replicó irrespetuosamente don Victoriano, pues una brisa fresquita que ya soplaba se estaba volviendo viento.
Don Vicente Bordón, más alegre que nunca, servía personalmente el asado y el vino a los presentes. De súbito, el viento paró totalmente y las cosas de La Soledad se pusieron pálidas. El aire se pobló de un pesado silencio donde sólo el respirar pausado del padre Lare se escuchaba como un lejano rumor de gente aserrando.
De repente, vino el primer relámpago seguido de un trueno tan fuerte que parecía que hubiera partido al caserón en dos. Y, a un fuerte torbellino desatinado en el patio, le siguió un furibundo ventarrón que hizo volar parte del techo de la cocina. No pasó ni un minuto para que el primer ramalazo de agua se descargase, en forma violenta, sobre los techos de La Soledad.
Don Victoriano tomó la jarra del padre Lare y, como un futbolista que acaba de concretar un gol, salió corriendo por los corredores a festejar la llegada de la tormenta. Al devolverle su jarra de vino, sin tomar el contenido, le dijo que allí estaba la prueba de que en los santos no se puede tener mucha confianza, que era mejor tratar directamente con el patrón.
A la mañana, después de desayunar seis chorizos, cuatro huevos fritos, una gallina entera asada al horno y un plato de mandioca, el padre Lare montó su asno y, a manera de despedida, dijo a los Franciscanos e Hijas de María: "Para los creyentes ninguna explicación es necesaria, para los que no creen, ninguna explicación es posible; el oro llama a los falsos profetas y a la desgracia".
Poco a poco, tras los Franciscanos e Hijas de María, la gente más católica del pueblo fue abandonando el patio y los corredores de La Soledad, pues sus almas se sentían cada vez más oprimidas por el extraño peso de las más pujantes fuerzas del bien y del mal que se estrangulaban entre sí disputando, sin pausa, un misterioso reinado.
Fue un tibio día jueves; los primeros dedos del sol despuntaban sobre las colinas.
Angélica se disponía a marcharse hacia el pueblo con su hijita Gabriela Soledad pues, debido a los intensos dolores de espalda y vientre, pensó que ya estaba en "su fecha" y que lo mejor sería estar cerca del curandero y la comadrona de mayor confianza.
Era el tiempo de las mieses; reían en los sembrados los rubios granos, y a los costados de los caminos, las doradas espigas se hamacaban lentamente con el impulso de la suave brisa. En La Soledad, como todos los días que siguieron al embarazo de Angélica, había un ambiente de fiesta, pero aquel jueves era un día muy especial. Don Vicente mandó a preparar un desayuno más frugal de lo acostumbrado. A tal efecto las mujeres, adelantándose a la madrugada, fueron al mandiocal y de venida recogieron abundante leña. Los hombres, por su lado, habían preparado debajo de la vieja ovenia cuatro largos mesones de madera y, más hacia el arroyo, un ancho tablón listo para recibir a los animales a ser sacrificados.
En el corral se escuchaban los estridentes lloriqueos de los cerdos, mientras las aves generaban un alboroto inenarrable. En el patio trasero de La Soledad, un puñado de impacientes hombres adultos, jóvenes y niños, como victoriosos guerreros blandían varios instrumentos punzantes y cortantes. Cada chillido de auxilio que lanzaba el animal atrapado aumentaba la ya desmesurada ansiedad de los hombres armados. Cuando apareció el cerdo arrastrado por las patas atadas hacia el sitio de la ejecución, la impaciencia se disolvió en gritos.
Ante la inminencia del crimen, en los expectantes ojos se podían ver unos destellos paganos y unos gozos salvajes. Al llegar cerca de la mesa formada por los tablones, voltearon al infortunado animal y los hombres, jóvenes y niños formaron un círculo guasón en torno de la criatura. De pronto, la relampagueante luz matinal dio sobre el filo de un largo cuchillo que alguien portaba en su cintura y el cerdo, al sentir que el puñal atravesaba su corazón, profirió un alarido e intentó una desesperada huida.
Entre pavorosos y estridentes bramidos, los hombres lo persiguieron; uno lo agarró por la oreja, otro por el rabo y comenzó una farsa de lucha feroz hasta que lo regresaron junto a la mesa. Tan rápidamente como las patas del animal se inmovilizaron, los gritos de regocijo que habían estallado en los guerreros se apagaron. Subieron al animal muerto sobre los tablones y punzaron su garganta a fin de que una de las niñas pueda recoger la sangre para las morcillas.
A medida que la mañana iba avanzando, unas nubes con cara de bestias de fuego y piedra se levantaban lentamente hacia el poniente. Don Vicente las miraba preocupado; exasperado por los nervios, ayudaba a su mujer a montar sobre Potra, la yegua y, apenas pudo participar en el sacrificio de los animales.
Todo estaba listo para la partida. Las imágenes metidas en dos talegos colgaban abultadamente a los costados del animal, sólo faltaba el cesto grande con las reliquias y los yuyos. Don Vicente Bordón simulaba prisa, sin embargo, pese a estar preocupado por el mal tiempo, hacía pasar deliberadamente los minutos dando vueltas por el caserón, repartiendo caña, vino y monedas de plata y oro entre los visitantes. Iba hasta el fondo de la pieza en busca de algo muy importante y volvía con las manos vacías a preguntarle a su mujer si no faltaba nada, si no había olvidado nada. - Nada, creo que nada -, le decía compasivamente Angélica. De repente, el temblor de un trueno lejano se filtró por entre los ladridos de los perros de la casa. Entonces, don Vicente tomó la mano de Angélica y la llenó de increíble ternura.
Cuando Potra se disponía a marcharse, una vez más la volvió a frenar, porque quería mirar un instante más a su Angélica y susurrarle un "te quiero" lleno de sinceridad, a lo que ella, conmovida y a la vez preocupada, contestó: - Ojalá que nuestro hijo sea varón..., ojalá.

II
Una semana después de la partida de Angélica de La Soledad. Las frías y melancólicas manchas de la luz del sol en la superficie cubierta por flores blancas contrariaban a la larga y oscura sombra de una cruz de madera recién plantada en el medio del cementerio de Charará. Angélica ya no estaba en el mundo de los vivos, con el dolor de la frustrada fecundidad se había marchado, para siempre, hacia el abismo sin brújula de la parca. Dentro del esqueleto de un caballo muerto, una hemorragia brutal y homicida, que la comadrona quiso detener con telas de arañas, le trajo sin vida al hijo tan esperado.
Al enterarse de la noticia, del agudo zarpazo, del pavoroso vendaval; por hostil y dura, don Vicente se negó a creer. Pero, de a poco, sintió que el dolor entraba en su pecho con un delirio de eternidad, como para no dejarlo ya nunca; que lo envolvía una turbación insana, una angustia densa, desvergonzada y humillante. Sin saber exactamente por qué, se sintió culpable y exangüe; acusado en el tribunal de los ojos perversos, de las murmuraciones aniquiladoras. No tuvo fuerza para rezar, ni espíritu, ni ideas; se sentía del todo débil e inútil, incluso para decir algo que contente a la gente hipócrita que lo rodeaba envueltas en falsas lágrimas. Le entró una cobardía sin nombre, un deseo de empequeñecerse hasta desaparecer para que nadie lo viera nunca más, para que nadie se acordara de su existencia. Miró a la gente y, al ver en sus miradas la sombra de fingido dolor, se puso peor; desesperadamente tétrico, como sólo un hombre que fue feliz puede ponerse amargado y triste.

III
Aquella mañana de sábado, un día después que se enteró de la mala noticia, don Vicente Bordón, tras enterrar a su esposa junto con su hijo; buscando resignación, vagó por los umbrosos bosques del cerro con el desconsuelo más puro, sin límite. Caminando por un sendero alfombrado de hojas secas que va a ninguna parte, fue, poco a poco asimilando su nueva realidad, con la fría y dura soga de un silencio largó, lleno de confuso pensamiento, ahorcando la aurora de sus sueños ya adultos; luego, mientras las retinas de su mente ardían en la terrible contemplación de los recuerdos y sentía cómo un cuchillo helado, cubierto de ponzoña, partía su corazón y llenaba sus ojos con lágrimas de sangre, empezó, lentamente, a liberar los primeros gemidos que terminarían en ensordecedores gritos de dolor; en desgarradores aullidos que se extendieron con sus ecos por los valles, deslizándose entre el follaje, más allá del oscuro toldo vegetal.
Días después, de regreso a La Soledad, desgarradoramente abandonado y falto de esperanza, vio que el rostro desmigajado de la gente, que simulaba compartir sus penas, apenas modificaba el doloroso silencio que apretujaba su corazón y comprendió lo terrible que le será vivir la vida desde ese instante. En la penumbra del cuarto, las horas se volvieron lentas, hoscas; desaparecieron el coro de trinos y, de las ventanas, la cascada de colorida luz.
Desde que enterró sus sueños junto a su esposa no halló un momento de ilusión y de paz. El recuerdo de la sonrisa de Angélica era una pesadilla, el empecinamiento de los recuerdos más felices estaba fijo y central, como una cuchillada, en su mente. Quiso dirigir su corazón por un camino sin borrasca, pero el corazón lo tiraba para otro lleno de tormento. Como jauría de perros hambrientos, las angustias, el dolor y los desengaños, trenzados en turbio festín, empezaron a acechar su pecho de animal herido. Al principio intentó oponer resistencia, pero pronto comprendió que era inútil. Sus sentidos estaban destrozados por los colmillos de la desesperanza y, como suele suceder siempre, tomó un atajo para encontrar alivio a semejante carga de dolor. Pronto, su vida trastornada cayó prisionera del alcohol, en que sentía refugio su dolor.
En pocos días, en su orgulloso rostro no se veían más que los escombros musgosos de la ruina. Sus ojos, penetrantes llamas azules, estaban apagados. Sus pupilas habían quedado en el pasado, acariciando obstinadamente los contornos pedregosos de un castillo de ilusión que ya no existía... Un largo dedo de sombra había cubierto su edén. El sol era de los más viejos; sus rayos, antes dorados, tibios y ardorosos, no tenían ni la más mínima memoria de ternura; eran anémicos, perezosos e indiferentes. El extemporáneo viento frío traía las conjeturas que tiempo después serían el sello de una obstinación desbordada; caía desde el norte y el sur como de metal, haciendo que en los jardines las flores se acartonaran, se quedaran sin perfume, olvidando su color. Mientras, los pájaros, segados por la falta de calor, empezaban a emigrar a cualquier parte en busca de alimento y de un sol más solidario.
En pocos meses, a largo y ancho de La Soledad se respiraba un aire de abandono. El viento, los rayos y los granizos mutilaban brutal y selectivamente los árboles y plantas que eran hijos del esfuerzo de Vicente. Estos, en circunstancias buenas, quizás eran comunes; pero él, por aquellos días, no sentía más que espinas sobre espinas bajo sus pies. Su mente estaba terriblemente traumada, su angustia era un fuego omnipresente que convertía a su corazón en una especie de reloj de arena donde el dolor se revolcaba continuamente.
De noche, mirando la luna desde la ventana del caserón, ferozmente solo en su habitación, entre el estrépito del silencio de las paredes, quizás por primera vez, comprendió que amaba a la Angélica, que la amaba terriblemente; que su amor, como el cauce del río que se va quedando sin agua, era cada día más profundo; de golpe, comprendió lo injusto que fue con ella, lo injusto que son los hombres con las mujeres. Sin entender por qué se vio a sí mismo representando a todos los hombres: pegando, maltratando, humillando a una indefensa mujer, sólo para hacerse saber que estaba de mal humor, que él era el hombre... También, para aumentar su tormento, veía en su recuerdo a Angélica, repitiéndole la misma frase de la boda: "Yo, Angélica, deseo que tú, Blas Vicente Bordón, seas mi esposo, que me aceptes por esposa y prometo amarte y serte fiel hasta la eternidad"... Angélica dejaba de repente de ser una lejana estrella, lejos del alcance de la caravana gris de sus tristezas, para convertirse en una opresiva presencia. Estaba más bella y alegre que nunca; siempre sentada a contraluz, a la orilla del crepúsculo, con los últimos oros del atardecer prestigiando su rostro de madre feliz... Y él se acercaba y le acariciaba los cabellos como a una niña, hasta adormecerla en sus brazos... - "Oh Angélica, desde ahora hasta siempre, toda la vida, llevaré los rayos de este sol de mi recuerdo, para regalárselos a mis ojos cuando en ellos pretenda caer la noche" - decía en guaraní, abrazando y besando el frío y duro poste de la alambrada.
Todos. La tierra, el cielo, el aire, la luz, el agua, el fuego y los demás elementos de la naturaleza se volvieron opresivos y despiadados, no sólo con Vicente Bordón, si no con sus vecinos también. La tristeza y el eco de un silencio sucio y perturbador estaban en todas las cosas inertes y, ni qué decir, en el andar vacilante de los seres vivos. En el medio de la noche, el susurro, otrora arrullador y relajante, de los caudalosos arroyos no era más que un mal augurio, el presagio de mayor pesadumbre para la gente de la comarca.
Cualquier sonido que pretendiera hacer vibrar con placer los sentimientos estaba fuera de lugar. Así lo entendió el arpista Félix y, una madrugada de aurora indecisa, tras pasar la noche sin poder afinar su instrumento de treinta y seis cuerdas, puso su sombrero de paja y se marchó a otra parte, al otro lado del cerro.
Las madrugadoras muchachas, al ver al joven arpista, apodado "mita guazú", pasar por enfrente de sus casas, no se resignaron a admitir lo que sus ojos veían. Incrédulas se treparon a las tranqueras y a las plantas de los guayabos para desde allí; agudizando la vista, contemplar con angustia cómo la música encerrada en aquella extraña forma de féretro se perdía por la ondulada pradera. El arpa, misterioso instrumento con forma de ataúd, que hasta hace poco llenaba de sueños e ilusiones sus corazones, ahora, en profundo silencio se perdían, quizás para siempre, a lo lejos, colgado de la mano del artista.
Tras la partida del arpista, era como si un cielo de silencio aterrizara sobre el horizonte inerte. Ahora, para los oídos de los lugareños, entre las roturas del silencio, sólo se escuchaba un sonido tormentoso, el lamento del Urutaú, que por las noches llenaba el valle, reinando, como reina el sonido del silencio en la bóveda de una campana abandonada. El canto del Urutaú, pájaro lastimero y lúgubre, era, siempre fue, para los lugareños sucio y repugnante, pues era como una ola vaporosa de eterno dolor y de maldición.
Vicente Bordón se había convertido en el hombre más solo del mundo, noche tras noche, revolcado sobre el pastizal de La Soledad, revolvía el cielo con sus estrellas tratando de encontrar el sueño que le pueda abrir un paréntesis aliviador para su mente; era inútil, los mosquitos del recuerdo estaban en todas partes con su venenoso perfume de antigua angustia, anticipándose a sus deseos.
Qué hacer con el pasado seguía siendo la dura tarea de su presente y futuro. De aquel hombre que fue, ya no era ni la mitad; pero como siempre ocurre, mientras nos queda un hálito de vida nos hacemos la ilusión de que vivimos y no tenemos derecho a reclamar nada más, vivía. Aunque ningún anhelo le sobrevivía, no se entregaba. Era plenamente consciente de su desgracia y sufría terriblemente, no por la pérdida de la honra y la gloria personal, sino por su poca entrega en el tiempo, mezquino y efímero, que vivió con Angélica, su mujer, su compañera.
También La Soledad, apenas era la sombra de lo que fue. Su fachada aparecía comida por el tiempo, resquebrajada y oscura; en los galpones no había ningún signo de vida, los setos, las bateas, los sobrados, todos daban la impresión de pobreza, de miseria. No se veía ningún animal, ningún ser vivo. A Vicente, el dolor, cuando quería, le hacía doblar las rodillas con el peso del recuerdo; cualquier inocente acto de remozar la casa, llegaba inexorablemente acompañado de un latigazo al corazón y la memoria; entonces, hasta el instinto de supervivencia se rebelaba contra su vida en claras y fatales provocaciones, diciéndoles que no se alimente más para que nada se interponga entre él y la liberación suprema. Angélica, la encargada de cultivar el jardín, estaba muerta y su hijita Gabriela Soledad, encargada de desyerbar el patio, estaba lejos, en un país de extraños. La servidumbre había desaparecido y las hojarascas, junto con las malas hierbas, habían cubierto los senderos de piedras pulidas, y todos los espacios del caserón y sus alrededores.
Tiempo después, a dos años más o menos, de aquel día aciago en que la parca pasó por La Soledad y se (levó a Angélica con su hijo recién nacido, especialmente los días de fines de semanas, se sucedía las carretas con bueyes en marcha, proyectando en fila desde la loma, por donde pasa el camino que conduce al otro lado del cerro, sus lánguidas sombras. Vicente Bordón, con un profundo sentido de culpabilidad miraba a contra luz cómo aquellos hombres y mujeres con sus niños, seguidos por sus animales, pasaban frente a La Soledad como si fuesen peces dormidos que van evaporándose, lentamente, en la distancia. Aquella que pasaba perforando el frío silencio de la mañana sabatina, era la última familia que podía considerarse vecina, pues las demás ya se habían mudado pocos meses después de la muerte de Angélica. Ahora se había quedado igual que La Soledad, total y definitivamente solo, con sus penas.
Pese a que en todo el valle se afianzaba el silencio y el reinado de un claro equinoccio, en La Soledad las noches eran peores que los días, infinitamente más largas y desoladas. Tras el insoportable calor del sol, que obligaba a sudar hasta por las uñas y huir a toda vibración de vida, llegaba el frío de la noche que hacía temblar a las raíces y enloquecer a las savias en su sueño subterráneo.
"Esta tierra está maldita" - le habían gritado los vecinos al iniciar el éxodo en silenciosa caravana. Pero Vicente Bordón no los escuchó aquella vez, ni nunca, pues estaba sordo por los recuerdos y el alcohol. Vivía absorto. Por una extraña cobardía disfrazada de piedad, la gente lo esquivaba, evitaba cualquier tipo de encuentro con él, y los niños, contagiados por los mayores, a la sola mención de su nombre temblaban de terror. El hombre de La Soledad solo daba miedo y pena, pues tenía siempre un rostro grave, tallado en materia de montañas, que lo mostraba como un animal doloroso cargado con todas las angustias y tragedias del mundo. Don Vicente era la imagen de todo lo feo y triste que puede llegar a ser un hombre que fue hermoso y feliz. Revés de un ser que dio todo, vida y alegría a la gente y a la aldea; vulgar juguete de un cruel destino que lo ha convertido en un caricato, en un estoico fantasma perseguido por el pasado, que vive a espalda de los vivos y de sí mismo.

IV
Las hojas del calendario, como alas de una mariposa en vano, habían volado. Ahora el tiempo, quizá, era de los últimos días de un otoño impreciso. Los árboles estaban sin hojas, desnudos, tenían plegadas las ramas hacia el suelo y solo eran acariciados por la voz cansada de los vientos. Los senderos pedregosos de La Soledad estaban llenos de musgos secos y hojarascas que parecían campanas de sucio cristal. No había ninguna sombra de pájaro ni de pez en los estanques del menguado arroyo. Tampoco había huella siquiera de la última lluvia en los negros surcos de los sembrados. Sin embargo, Vicente Bordón se presentaba honesto y entero ante la luz de cada mañana, convencido de que el precio de su error lo saldaría en vida.
Su lucha por abandonar el alcohol empezaba a tener cada día más sentido, pues en los paréntesis de lucidez, su alma comenzaba a sentir la salud de vivir acompañado por el pasado y no perseguido por él. Una nueva certidumbre había nacido y crecido en su interior y, como el hombre es el reflejo o resultado de lo que tiene en el corazón, su mente se llenó nuevamente de una ansiedad de dar amor, de ser generoso. Así, un día decidió ir al pueblo y, tras confesarle al cura párroco que desde la muerte de su mujer no había podido cerrar los ojos y armonizar el sueño, le donó toda su fortuna en metales, que la tenia enterrada en La Soledad, para que reparta entre la gente más necesitada y para que mande construir un templo de piedra para San Miguel Arcángel.
Tan sorprendido estuvo el joven sacerdote ante la enorme cantidad de oro y plata recibida que no supo qué decir, pero prometió construir un templo de piedra, ladrillos y tejas; con un alto campanario y denominarlo... Iglesia de San Blas en su honor. -"Convertiré a San Blas en Patrón de este pueblo y cada 3 de febrero, día de San Blas y, día de tu cumpleaños, habrá una fiesta patronal para recordar este milagro"- le juró.
De regreso a La Soledad, Blas Vicente Bordón pasó por el cementerio a rezar y dejar unas flores silvestres a Angélica. Tras la donación y confesión liberadora, recobró su fuerza interior y volvió con más ahínco a su trabajo. Los meses y los años siguientes se dedicó a regar con su sudor todo el árido terreno de La Soledad, que alguna vez fue noble, pero que por entonces estaba olvidado por la generosidad de la naturaleza y parecía crecer en dificultades y extensión, según iba disminuyendo su fuerza.
- Que el diablo haga lo que Dios manda -, se decía mientras repartía alegre los hilos de su sudor entre las escuálidas hortalizas.
A fuerza de resignación, empezó a sentirse cómodo en su soledad y a amar cada delirio en su detalle y los días con sus atardeceres llenos de presagios. Pensaba que el alma de la tarde, rojiza en la envejecida luz de esa hora, era el rostro de Angélica. Cada vez la presencia de Angélica se afianzaba más y más en su mente. La presentía por todas partes: en la luz y la sombra que juegan entre los maduros cardos, entre los vestigios del jardín... Empezó a presentir que una primavera archivada con su nostálgico aroma de campo en flor bajo el suelo seco explotaría en cualquier momento. Sin embargo, la naturaleza con su clima endiablado se volvía cada vez más fiera e inclemente.
Por esa época, Vicente Bordón, para combatir al silencio que se había instalado a lo ancho de La Soledad, empezó a conversar animadamente con los mudos animales y a veces hasta consigo mismo, ya que por años ningún humano se atrevía a acercarse al que fuera el centro de todo encuentro: La Soledad. La superstición de la gente hacía que el diablo apareciera hasta en los poblados vecinos, y que por las noches se sintieran, a kilómetros de distancia, los vuelos de bandadas de murciélagos lanzándose en picada desde las esquinas del infierno, para rasguñar la maldecida existencia del hombre de La Soledad.
Después de años, en una temprana pero oscura noche de diciembre, el mes de olorosas e iluminadas frutas en el recuerdo, vencido por un cansancio que se parecía mucho a la muerte, Vicente cayó en un tranquilo y profundo sueño que duró días.
Dormido, pese a la incomodidad de su raída hamaca, su aire de hombre atormentado fue denotando un estado de contento. Su rostro, máscara oxidada donde el tiempo oculta su signo, pareció de repente relajado y sus labios empezaron a murmurar palabras tiernas, amables... en las tinieblas del laberinto de su sueño, había sucedido el repentino, pero esperado, encuentro con Angélica.
Al despertar sintió el chirriar del portón al abrir y cerrarse y el olvidado murmullo de la lluvia al caer sobre las hojas secas de los bananos que, al igual que el suelo, ardía al saciar su sed de prolongado verano.
Convencido de que seguía soñando, no intentó levantarse. La imagen de una Angélica silenciosa seguía aún pegada a la retina de sus ojos. - Solo el silencio es digno de expresar nuestro amor. No digas nada -, le decía ella una y otra vez.
Ya estaba por amanecer. Los perros, atados a los horcones del galpón, ladraron insistentemente y las aves del corral se alborotaron denunciando la presencia de algún extraño en la casa. Vicente se levantó perezosamente de su hamaca y, tras apartar con las manos unos harapos que servían de cortina, miró incrédulo la lluvia caer sobre las letárgicas hojas del banano que se elevaban y caían en un profundo jadeo. Luego, lentamente cruzó el umbral de la puerta y se dirigió hacia el patio. Allí; con la indecisa luz del alba, que lentamente se apropiaba de líneas y contornos, pugnando con la flor de la niebla, en mágico equilibrio, vio como en sueño que los lirios, las dalias y cardo santos marchitos por la sequía, envueltos por un rumor tierno que salía de las profundidades del suelo, lentamente se levantaban. Con la lluvia, toda la vegetación humillada, llena de esperanza, con una desesperada ansiedad de belleza y altura, reverdecía y hasta florecía a lo largo del cercado de la huerta.
También, en el centro mismo del patio, debajo de los esqueletos de la parra, vio una temblorosa y chorrearte sombra con forma humana, quien al verlo susurró interrogativamente - ¿Papá, es usted, papá? -. Por la sorpresa de la aparición y la pregunta, Vicente quedó paralizado y mudo como una piedra, pero al ver que ella corría a su encuentro abrió instintivamente los brazos y gritó: Gabi, Gabi, Gabiii... Ambos, bajo la lluvia, se confundieron en un largo y silencioso abrazo.
En la intemperie, la húmeda cabellera de la lluvia, siempre manteniendo su tibia suavidad, como para no dañar el calor del abrazo y de las cosas en general, se derramó con mayor fuerza sobre la maraña de los sarmientos que rodeaban a La Soledad. Entonces las hojas, niñas aún, empezaron a mostrar su satisfacción sacudiéndose en las frágiles ramas.
La lluvia se hizo impalpable, como el varillaje de una sombra, y un griterío de aves mojadas, que sacudían sus alas, se extendió por todo el valle. Al amanecer, la lluvia se retiró y la luz empezó a estallar en todos los rincones, haciendo huir a la herrumbrada noche por las ventanas ya sin cristales de La Soledad.
Vicente, al descubrir que su antiguo sol no se había apagado, celebró el acontecimiento con el infantil placer del llanto y la risa entremezclados. Abrazó a su hija Gabriela Soledad con tanta pasión, que si hubiera tenido fuerzas la habría dañado en alguna parte del cuerpo. Como un colibrí que danza sobre una flor, giró sobre su hija y la besó en las manos una y otra vez. Miró las aguas del arroyo que bajaban bullangueras, burbujeantes por la pendiente y, como para asustar a los pájaros que dejaban oír sus alborozos, tomó su sombrero y lo lanzó por el aire y dejó que todas las emociones contenidas en su pecho se escaparan a través de sus vibrantes Sapucai. (Gritos)
El valle que rodea a La Soledad rebosaba nuevamente de luces y colores. Entre cataratas de relinchos, mugidos y trinos, la nueva primavera desperezaba su voz en los lapachos y en los cedros del cercano cerro.
Todas las cosas que estaban muertas ante los ojos de Vicente renacían lentamente y cosquilleaban a su corazón. Incluso Angélica, siempre tan seria y callada en vida, ahora desde la amplitud de la acción de los muertos, le sonreía en cada espiga de las mieses maduras.
Definitivamente, el corazón de Vicente, sometido por años a crueles desalientos, volvía a abrirse a la vida con una jubilosa ansiedad de vivir. A pesar de que en el interminable verano su piel no hizo otra cosa que absorber, cada día, la crueldad del viento y del sol por una única flor, la del pan; estaba contento. Aún sabiendo que su verde infierno era mucho más pequeño que su soledad, sentía que la luz cálida y sombría de la vida había vuelto a su existencia para abrir en su recuerdo un viejo baúl donde el aire de la mañana, las lluvias, las flores y los cantos de los pájaros se llamaban Angélica. Angélica, la amada ausente, ahora estaba con él, como el perfume donde hubo una flor, acompañándolo por todas partes; callada, pensativa, con la mirada dulce, serena e infinita.
- Usted tiene más vida que todos mis gatos juntos -, le gritó una mañana al llegar junto a la alambrada de La Soledad el señor Adolfo Alika Matiauda, un nuevo influyente político del pueblo, tío del flamante Presidente de República.
En verdad, el señor Alika Matiauda estaba más que sorprendido al verlo tan vigoroso, y por lo bien cuidadas que estaban sus plantaciones, pues había escuchado los rumores de que el dueño de La Soledad había muerto de una extraña enfermedad, producto de una irreversible locura.
Don Vicente, quien conocía muy bien al señor Alika, pues en más de una ocasión había asistido económicamente a su familia, sólo se limitó a levantar respetuosamente el sombrero para responder el insólito comentario que sirvió de saludo. Luego, empuñando su machete, había continuado con su labor sin mostrar mayor respeto y menos, ganas de conversar; gesto que entendió don Alika y continuó su viaje.
El tiempo, con su olor a piedra lavada, pasaba inseguro, muy lentamente, sin que las condiciones climáticas mejorasen sustancialmente; pero Vicente, en su obstinada y silenciosa lucha contra los desafíos de la naturaleza, había aprendido la sumisión, característica en los resignados labriegos, que creen que hay que resignarse ante la voluntad de Dios, como si la voluntad de Dios estuviese impregnada de mala voluntad. Un mundo se había borrado para que otro mundo lleno de conciencia naciese. El dolor, que fue la realidad, la vida, lo presente siempre, ha dejado de ser por asimilación. Ahora, como sus necesidades eran pocas, había retado a su destino más ignorado, más interior, para olvidarse de sí y emprender un acto heroico, no perder la armonía con el mundo que lo rodea era lo más importante.
La mayor parte de lo que cosechaba en su finca salía a repartir, generosamente, a los más necesitados de la región. Cuando los luceros empezaban a gimotear en el cielo, Vicente regresaba con el rostro lubricado por el sudor de los lejanos arrabales o de los verde-quemados surcos a su casa para darle a la noche su fatiga. A veces, desde la ventana ya sin cortina ni cristales de La Soledad, a la luz de la luna y las estrellas, contemplaba la loma bellamente bordada por maizales, cañaverales y otros distintos cultivos, y le invadía una amarga tristeza al mirar las huellas de las carretas, ya profundas por los años de lentas erosiones, que bajaban hasta su rancho. Por la madrugada, mientras tomaba su mate amargo, pensaba sobre el día en que la gentil muerte pisaría su huerto... - "Apenas habrá un arado ennegrecido, un eje mudo, unas herramientas de metales oxidados y un silencio agrario tan breve en mi honor..." - pensaba.
Como toda felicidad fincada en la tierra y en el amor está hecha de arena hermosamente engañosa e impuramente efímera, su hija, después de tres meses de filial compañerismo había decidido regresar a Montevideo. -"Ay, que será de mi nena"-, se había dicho Vicente, mientras veía a Gabriela Soledad alejarse por la azulada pendiente de La Soledad, tomada de la mano de su destino que vino a buscarla para llevársela nuevamente hacia otro cielo que el destino le designó al no nacer varón...

V
Los años habían pasado perezosamente, pero al fin había llegado el tiempo en que volvieron a florecer los bambúes y los lapachos del cerro. La Soledad, con el majestuoso cerro Ybyturuzú como fondo, lucía a fines de aquel año como una bella postal. Vicente Bordón se extasiaba contemplando aquel paisaje que, según su padre, el mismo cielo imitaba en vano.
A ojo midió su tierra, que se extendía desde el río Pirapó a horcajadas sobre otro arroyo hasta llegar al pie de la primera colina que precede al hermoso cerro. El establecimiento estaba limpio. La entrada, pese a que ya no había nada escrito en el derrumbado portal, aún era conocida por La Soledad. El caserón de paredes de adobe y techos de paja, construido por su abuelo a principios del siglo XX, se mantenía firme y, a pesar de su estado en ruina, aún estaba habitable. Enormes y lozanos lapachos, cedros y miles de cocoteros manchaban de sombra y colores sus alrededores; la pradera era de un verdor fresco y alegre. Sin duda, aquella tierra era de una generosidad, si bien, común en aquella región, diferente a las demás.
Aquella mañana, tibiamente el sol de noviembre se desperezaba sobre la temblorosa esmeralda de los surcos. Vicente Bordón, parado sobre el barranco de un largo río de silencio, meditaba en el sueño que tuvo la noche pasada. Cosa de vivir solo. Le gustaba recordar sus sueños mientras trabajaba, porque al final de la jornada, después de un largo viaje por la memoria, le encontraba algún significado. "Era un hombre de espesa barba que entre los abismados paisajes perseguía con eficiencia cruel la sombra de un hombre armado de estériles resistencias... brasas vivas lanzaban sus ojos de invierno que se asemejaban a estrellas de intensa luz. La médula del aire estaba bien fría en el gran topacio de la madrugada... Su cabeza sostenía un cielo de cuero crudo, e iba montado sobre un caballo de algodón vaporoso. En la cintura llevaba enfundada, en leve curvatura de río, la espada de cabellera eléctrica, y su pecho estaba partido por un arco iris viejo de cuyos colores sólo se apreciaba el rojo. También había algunos huesos humanos que una vieja iba juntando... No, los huesos creo que fueron de otro sueño, eso puede esperar..." - se decía mentalmente mientras daba duros golpes a los yuyos con su azada. En ese momento, saltando las montañas de cardos, aparecieron sus tres perros, que parecían muy hambrientos de ternura, porque se le abalanzaron y le lamieron la boca, el cuello y las manos sudorosas.
- Basta, basta, bueno, ya - gritó. Los perros moviendo la cola obedecieron y se retiraron hasta la sombra de un cedro, en donde a dentelladas se pusieron a luchar contra las pulgas.
-¡Hum! Creo que las imágenes de mi sueño son del cuadro del Mariscal López que vi alguna vez en alguna parte, pero ¿por qué?... -, siguió monologando mentalmente el viejo. - A ver, mi rama generacional se perdió en aquella jubilosa exterminación de parte de la Triple Alianza... Hum, de aquella época aún hay tesoros. Pero, eso no me importa, pues por acá no pasaron la guerra ni las Residentas. De eso estoy seguro; lo sé porque según mi bisabuelo, que en este lugar nació, tuvo que hacer un viaje de veinte días a caballo para llegar al campamento donde estaban sus hermanos. Se unió a ellos a la edad de 11 años y participó en el entierro del piano de Madame Lynch... Pobre mi bisabuelo, cómo me dolía verlo trabajar esta tierra hasta tan viejo... -.
Se agachó para limpiar la tierra empastada en su azada y, por simple intuición, con el machetillo apartó las ramas de un tronco en brotes; ahí abajo, al amparo dulzón de las hojas, dormía una yarará con los ojos bien abiertos. Fuera de su costumbre, por primera vez tomó un palo y dio muerte a la víbora y continuó su trabajo con la misma tranquilidad del comienzo.
Las nubes viajeras de vez en cuando ocultaban al sol. Un alegre aroma de aire mojado llenaba el valle y los pulmones. Bordón hizo una pausa, se quitó el sombrero y midió con la mirada la posibilidad de la lluvia.
En ese momento a lo lejos, entre los zarzales, un hombre a caballo que venía hacia el maizal inquietó a los pájaros bullangueros. Bordón, desacostumbrado a las visitas, se subió a un tronco a observar con cierto recelo y preocupación. En un caballo blanco de pelo brillante, con botas de caño largo y un pañuelo rojo al cuello, venia un jinete envuelto en un aire silencioso de héroe. Por un fugaz momento, Bordón quedó pensativo, pues relacionó su sueño con el visitante, pero de repente, vio que el caballo estaba arrancando una de sus mejores plantas de maíz y se percató, con indignación, de que el hombre a caballo no mostraba ninguna intención de evitar la injusta mutilación del fruto de esfuerzo. Instintivamente, tomó su machete y gritando improperios dio unos pasos para reprender con dureza al jinete, pero al descubrir quién era el hombre se volvió casi con vergüenza; era el nuevo amo del pueblo, el señor Alika Matiauda, quien le dijo: - Mbaeichapa, carai Bordón -, saludándole en guaraní.
- ¡Buen día! -, contestó Bordón, cargando su peso en posición de descanso sobre la azada. Después vino un silencio largo que parecía molestar a los perros. Ellos estaban con las orejas levantadas y los músculos de las piernas en suspenso, como para salir corriendo en cualquier momento.
También el viejo Bordón estaba así, tenso y confuso. No quería admitir que un hombre vulgar se le aparezca como una autoridad; aunque ya sabía que con el nuevo gobernante, a don Matiauda, le sobraba cualidades para ser el Jefe político de zona: una ignorancia absoluta, un temperamento despótico y una fama de cuatrero incorregible. Mientras analizaba a su visita, recordaba su sueño y creyó encontrar algunos puntos coincidentes en la figura de don Alika.
- La verdad es que no sé cómo empezar -, dijo don Adolfo desde el caballo, fingiendo una pesada pena por lo que iba a comunicar. Hubo otra vez otro corto silencio.
- Y... por el principio -, dijo al fin el viejo con una seguridad de inocente.
- Tiene razón, aunque a veces es mejor empezar por el medio, así no se está muy lejos ni del comienzo ni del final - dijo don Alika y volvió a callarse. El caballo siguió arrancando los tiernos cogollos.
- Bueno, dijo al fin, vos sabes que yo también soy pobre y que necesito esta tierra. Ya hace varios meses que mandé a avisarte que no la cultives más. La Soledad ahora me pertenece... tengo el título y no te sirve seguir cultivando porque la voy a mandar alambrar para el invernadero de mi ganado... -.
- ¿Y quién le dio el título?, ¿Se puede saber? - preguntó con una risa nerviosa Bordón.
- El gobierno -, contestó secamente don Alika Matiauda.
- ¿El gobierno? Pues, yo también tengo un título que me dio el gobierno, mas no es eso... esta tierra fue mía desde antes de nacer. Usted lo sabe. Cómo van a vender mi tierra. No... Aquí está mi casa, todas mis raíces, no se puede arrancar a un hombre de su tierra como si fuera un yuyo. ¿Qué haré sin estas tierras? ¿Adónde iré? Estoy viejo, no conozco otro lugar ni otro lugar me conoce, excepto el Chaco donde luché tres años contra los bolivianos sin preguntar jamás de quiénes eran las tierras -.
Mientras hablaba, el viejo Bordón recorría con su mirada pausadamente la superficie reverberante de la sementera. Como ser humano, como dueño de una dignidad natural, jamás se había sentido tan lleno de impotencia.
- Averigüé sobre su título y no está registrado en el Instituto de Bienestar Rural... Seguramente ya prescribió... No sé... pero créame, soy justo con usted. Las mejorías que realizó aquí no valen tanto, pero como mi obligación es de pagarle, ya deposité el doble del dinero que me sugirió el Juez. Recuerde que yo sólo quiero la tierra. La casa, con lo que a usted se le ocurra sacar, lo puede hacer - le dijo don Adolfo,
Bordón giró lentamente sobre su azada, vio la víbora muerta colgada en una rama de chirca, todavía goteando sangre; luego miro a don Alika y juzgo que fue inútil su acción: Era tarde, tanto tiempo había perdonado a la serpiente. Contempló el sendero que bajaba hasta su casa y su mirada logró horadar la espesura de la miseria. Miró las oscuras hiedras del muro y el azul del cielo que caía sobre la casona iluminando de infinito los años enraizados allí, pegados allí al centro del corazón de una soledad hostil que apretujaba, como los recuerdos idos de la memoria.
Fue una mirada nueva; nunca antes le fue tan desgarrante aquel paisaje de pobreza que se extendía casi escondido entre los follajes. Frente a sí tenía el caserón con sus costillas descarnadas, el techo remendado de paja, y el color blanco de las paredes de adobe, próximo a la tierra, desteñido hasta casi llegar a un tono de musgo verde, salpicado de agujeros. Tendido al sol, sobre el pasto, había un poncho sucio; en unas cuerdas de junco, colgadas a secar, las ropas harapientas.
¿Qué es lo que puedo llevar? -, pensó al recoger su mirada; mientras, se renovaba dentro de su corazón el sentimiento de soledad, de terrible desamparo, dependencia y pequeñez.
Bueno, me voy. Sólo quería comunicarle personalmente esta novedad, de aquí en adelante esto queda a cargo del juez y del comisario -, dijo don Alika, mientras hacía girar a su caballo en el maizal como un terrible torbellino blanco.
Bordón había quedado como flotando entre el cielo y la tierra. Quiso gritar, seguir discutiendo, pero las palabras habían huido de su boca seca: No tenía fuerzas para llorar o para rezar; ni fuerzas, ni ideas, ni espíritu; sentíase del todo débil e inútil para decir algo que consolase a su apesadumbrado corazón. Todo lo que hizo entonces fue seguir con la mirada a don Alika, mientras éste se alejaba lentamente por el verde maizal. Intentó ir tras él, pero sus piernas en zozobra no le permitieron; sólo sus esqueléticas manos extendidas hacia delante parecían unas oxidadas veletas en la muda llamada...
Un fuego helado cubrió todo su cuerpo. Su ajada piel fue derretida por una exasperación violenta, las lágrimas brotaron como de un niño asustado y bajaron por su rostro de grandes surcos, todo parecido a los raudales de verano cuando llueve en la montaña erosionada; su alma sucumbía bajo el peso de una inmensa y recién nacida soledad.
Aquella sorprendida tierra, cuya virginidad fue rota y fecundada por los ancestros de don Vicente, con sudor y sangre, también parecía estar estremecida de saberse ajena de su labrador.
Las hojas de los helechos y bejucos, las guirnaldas de las trepadoras que penden de las pomposas copas de los altaneros lapachos, y también los pájaros de brillantes plumajes como los loros que suelen rasgar el cielo con su victoriosa carcajada, estaban quietos y en silencio.
El día pasó veloz; la tarde parecía consumida por unas nubes de fuego. Pronto la noche había llegado con su oscura red. Sin embargo, el calor seguía meneándose en gigantescas olas invisibles. Bordón transpiraba sangre y, por momento, le resultaba difícil respirar. Los perros lo miraban con ojos dormidos. Todas las cosas relacionadas con el rancho parecían contagiadas por la tristeza de ese silencio agrio y pesado que la luz húmeda de la luna disputaba con las sombras de los follajes.
En la callada noche, los animales, la luna, el viento y el mundo dormían, menos Bordón y el silencio, que siguieron frente a frente; el silencio vaciando de calor la casa, y él con el rostro encendido entre las palmas de sus manos, sentado en el borde de su cama desnuda procurando controlar los latidos de su sien y recuperar la calma perdida.
El fuego ya no crepitaba. En el este, la aurora que parecía hecha de un oro juvenil, despertaba en el canto de los pájaros. El silencio, poco a poco, fue poblándose de rumores lejanos. Amanecía. Recién en ese momento Bordón fue vencido por el sueño, sueño de sueños horrorosos, llenos de caídas en abismos sin final. La música grave de los hacheros no tardó en darle un brusco despertar. Sentado en el borde de la cama, con los nudillos de los dedos intentaba arrancar el resto de sueño de sus ojos. Aún seguía atacando al sueño, mientras sus piernas flacas, de puro hueso y piel, bailoteaban al compás de los golpes. Los avariciosos mosquitos se disputaban los mejores lugares de su espalda llena de huellas dejadas por la trama de cuero crudo de la cama.
Mientras, en la loma, con júbilo de taimado verdugo, los hacheros hundían su odio de hierro a la madera; resignadamente los árboles se dejaban asesinar. De repente, Bordón pareció recobrar un sentido perdido y de un salto se puso de pie. Hizo oído con un gesto de animal en peligro y salió al patio de su rancho para analizar.
Nooooo-, gritó y salió corriendo hacia la loma. Sus piernas temblaron, le pareció que la tierra le aprisionaba con un fuerte imán; jadeando, casi arrastrándose, llegó hasta el ceibal.
Allí sintió un fuerte mareo. Toda la tierra giraba, el trueno sólido de las hachas caía como rayo sobre el centro de su cerebro.
Miraba de vez en cuando el extraño paisaje en carrusel, todos los árboles horizontales de resinas chisporroteantes que se entrecruzaban caóticamente creyó que eran frutos de su mareo y volvió a cerrar los ojos. El aire le olía a una pegajosa humedad de savia herrumbrada, polen enloquecido, a clorofila desmayada, y vio incrédulo las columnas de hormigas implacables que llevaban hojas destrozadas, abejas semimuertas y semillas que ya no germinarán. Allí recobró el hilo de su sueño y vio claramente a don Alika montado en su caballo, riéndose de él mientras su animal devoraba con avidez las ramas más niñas de su alfalfa.
Un chorro de cortina negra y turbia cayó en su corazón. Como atraído por una fuerza extraña, corrió hasta su rancho; para liberarse de la asfixia de la furia, agarró el cántaro y lo hizo trizas contra la tapia. Las ramas de agua corrieron como asustadas cuesta abajo sin dejarse absorber.
En el repentino y pavoroso naufragio, el espíritu solitario de Bordón no divisó una mísera orilla, y la desesperación le hizo correr hacia la solera del rancho donde tenía guardado su machete. Tomó la filosa herramienta con firmeza y con inusitada violencia empezó a sembrar la muerte. Exterminó a los gatos, perros, cerdos, gallinas, patos, gansos, ovejas, cabras y persiguió hasta a las mariposas felpudas que cruzaban el patio de La Soledad. Al entrar el sol, nada con vida quedó vivo en el rancho. Hasta el arroyo, por la infinidad de la sangre sumergida, casi moría; sólo los cuervos, invisibles puntos negros del cielo, gracias a la matanza bajaron con ganas de vivir un gran día pero, al ver tanta violencia sin razón, tampoco se animaron a acercarse para el festín.
La noche fue larga, caliente, sin luna, sin luz; con un cielo turbio de nubes negras que impedían la luz, como palmas poderosas y enemigas colocadas sobre el mundo. Bordón, pese a la desesperada e indiscriminada matanza que realizó, estaba seguro que él era el único muerto; porque le habían matado, una vez más, su sueño. Sí, el humilde anhelo de morir en paz, entre los recuerdos amados, en La Soledad, estaba muerto; sus babas, su osamenta, como un eco pestilente se escurrían veloces por los muros de su mente y su corazón.
Al amanecer, el patio de La Soledad era un charco de lodo pestilente, lleno de destrozados pétalos de jazmines, cinesias, rosas, lirios y claveles que se entremezclaban con los restos de las vajillas de porcelana partida en mil pedazos. El sol también era un cadáver helado, incapaz de persuadirlo de su ceguera al viejo Bordón, que con una tea de paja seca empezaba a prender fuego a la casa por todos los lados. Pero, el fuego también parecía frío, sin ganas de crecer, por la humedad de la atmósfera, por la sangre derramada.
- íAñamemby racopeguare! dijo.- Y con ese grito de furia intraducible al español, lanzó su última tea sobre el techo y se alejó con su roja locura hacia la tomada.
Cruzó la sementera, tratando de no mirar las decapitadas sombras de los troncos, pero el camino estaba lleno de cadáveres de amigos, le era imposible no detenerse a llorar un poco por sus añosos árboles. La verde alfombra de la alfalfa estaba llena de pisadas de animales, estiércoles y babas. Las frutas de cebolla desenterradas parecían sangrantes corazones tendidos al sol... - Ay Angélica, aparta de mí este canasto de frutas negras que hiere el hombro de mi alma-.
Bordón, después de un lento y largo caminar, había llegado a zona más alta del fugar. El valle estaba impregnado de un aroma de selva asustada y de sangre quemada. Con un aire de despedida, giró la cabeza y miró lentamente hacia atrás. Vio a lo lejos como una nube abatida bajo el cielo impoluto lo que quedaba de La Soledad. En medio del humo plateado, transparente, líneas y contornos se ausentaban misteriosamente, mientras las fronteras desaparecían haciendo de La Soledad un conjunto extraño, como formado de materiales volátiles, sacadas de fas nubes. El mundo se había acabado, ya no quedaba nada del mundo.
Al descender al otro lado de la colina, dentro de su grave agonía, le llegaron como un amoroso tormento, todos los recuerdos de su mujer muerta y los delirantes caminos que recorrió en busca del hijo varón anhelado.
Pocos meses bastaron para que las vacas y las malezas acabaran con todo lo que fuera orgullo de La Soledad. Toda su vida don Vicente Bordón había trabajado aquella tierra sin más sueño ni ambición que morir en paz en su humilde rancho... pero no pudo ser. El destino le había reservado otro final.

VI
La Escuela
Esa escuela debió llamarse "Don Blas Vicente Bordón", sí señor. Porque él, con la ayuda de la gente sencilla de la aldea, la construyó. Sin embargo, allí está pegada a la pared la placa que dice: Escuela "Gustavo Stroessner" - una obra del patriótico gobierno colorado de la Nación.
¡Mentira! La hicieron los hombres y mujeres de esta aldea, nosotros y, sobre todo, un arribeño llamado Vicente Bordón quien, a pesar de la desgracia que tuvo, pues según dice la gente, era un hombre afortunado que ha perdido todo cuando su mujer murió de parto... No sé muy bien la historia de su vida anterior; lo que sí sé es que el hombre desde que llegó a nuestra aldea no regateó esfuerzo para sacarla de su aislamiento profundo y mejorar la condición de vida de los aldeanos. Al ver que la existencia de los habitantes estaba envuelta por una atmósfera de abulia que la mantenía silenciosa y vencida, no dudó en tomar la iniciativa, se dejó humillar por la gente del pueblo, insensible e indiferente, pidiendo colaboraciones y hasta vendió algunas moneditas de oro que tenía para poder comprar las herramientas necesarias para la construcción de la escuela por todos anhelada.
Yo llegué a conocerlo, ese hombre sí que era bueno. Hacía las cosas sin buscar sacarles ventajas a los demás. No entendía esa puja de intereses y de egoísmo que pone a los hombres de frente como enemigos, ese afán de prevalecer, preponderancia que no hace más que colmar vanidades estúpidas e injustificadas. "Si los hombres vivieran más en paz, si sintieran la necesidad de apoyarse y de ayudarse mutuamente, el mundo sería distinto, sería otra cosa" decía. Siempre andaba, con un dejo de pena en los ojos, recorriendo el vecindario, con el cuchillo al cinto y su sombrero de paja deshilachado en la mano, hablando con los parroquianos de lluvias o de la salud del último novillo que capó. Era buen conocedor de las yerbas medicinales y, ni hablar de la albañilería, en donde era todo un maestro; pero, donde realmente se ganó el respeto y cariño de la gente fue con su modo ejemplar de vivir, como un verdadero cristiano. Don Vicente daba todo sin pedir nada, ayudaba en todo lo que podía a los más necesitados. Él encabezaba los rezos cuando había algún difunto y las pocas veces que venía el cura a la aldea, era él quien ayudaba en la celebración de la Santa Misa.
No sé cómo, pero ese hombre se las sabía de todo un poco; hasta leyes conocía y, sin mentirte, te juro, tenía mejor letra y sabía escribir más que el propio juez de paz y justicia del pueblo. Fue don Vicente quien explicó a la gente la necesidad de titular las tierras que estaban trabajando e insistió a los aldeanos para que fueran hasta la Capital a gestionar los papeles de los lotes. ¡Qué bárbaro ese hombre! - decían los aldeanos, admirados, al recordar cómo don Vicente se desempeñaba, como pez en agua, por aquellas oficinas llenas de gente con corbata roja, que hablaban en castellano cerrado...
Yo era todavía un niño, pero ya me acuerdo perfectamente de él. Daba gusto ver a ese hombre trabajando... hacheando, aserrando o dirigiendo la construcción de lo que iba a ser nuestra escuela. Este camino que baja hasta el pueblo era intransitable en los días de lluvia, pero don Vicente, con la ayuda de los vecinos cavó terraplenes a los costados, rellenó los pozos, construyó puentes y hasta plantó algunos ceibos y palmeras a los costados: Parece mentira, los días de trabajo comunitario, los hombres no tenían más que tortillas con mandioca para comer, pero apenas don Vicente movilizaba a la gente y daba algunas paladas o hachazos, empezaban a llegar las campesinas con sus comidas típicas o con algunas gallinas vivas.
Mi padre contaba que muchas de la gente que venían a colaborar con él lo conocían de antes, cuando él era más joven y estaba mejor, seguramente... De todas maneras, ese señor hizo que haya esperanza en los días cargados de desconsuelo; que la resignación abúlica que apabulla y postra la voluntad de los aldeanos se revirtiera. Tenía el don de despertar en la gente ese espíritu de solidaridad que hoy tanta falta nos hace.
Como le decía, esta escuela debió llamarse Don Vicente. Cada piedra, cada listón de madera pasó por sus manos... Para el techo de zinc contribuyeron los agricultores de la zona, donando cien kilos de sus algodones y otros productos que fueron llevados y vendidos en el mercado de Villarrica.
Fue después de aquel viaje que don Vicente les habló de la necesidad de juntarse y trabajar en cooperativas. "La pobreza no justifica este abandono vergonzoso en que estamos. Hay pobreza digna y altiva, alentada por un optimismo esperanzado y con ambiciones. Esa debe ser la nuestra. La otra es ruindad injustificable. Los acopiadores nos están robando el fruto de nuestros sacrificios, nos pagan un precio totalmente injusto, se están enriqueciendo a expensa de nuestra miseria resignada, aprovechando nuestra desunión, ignorancia y desamparo. Ellos se ponen de acuerdo para fijar las condiciones del comercio y para pagar el precio más bajo posible por nuestras producciones. Tenemos que romper el lazo que nos ata a este círculo de miseria, librarnos del abandono, de la opresión nefasta de esta soledad sin límite."- les dijo en guaraní. Ninguno de los aldeanos entendía muy bien lo que don Vicente les planteaba, pero los agricultores lo siguieron porque ya habían visto los primeros resultados.
Ah... Si usted viera la cara de asombro que pusieron los almaceneros y los acopiadores del pueblo cuando, tras la cosecha, los aldeanos llenaron los cuatro camiones enviados por los compañeros de la Liga Agraria Católica de Villarrica y levantando polvos se fueron para la ciudad con sus maníes, porotos y algodones y regresaron al otro día con una camionada de cuadernos, lápices, pizarras, bastimentos, medicinas para las infecciones, la diarrea, el sarampión, la viruela y la fiebre; jarabe vitaminado, antiparasitarios, jabón para la sarna y con un enorme pedazo de riel para la campana de la escuela...
Fue como un mes después de aquel viaje a Villarrica, víspera de la inauguración de la escuela, ya estaban dando los últimos retoques de pintura a las ventanas y puertas, cuando llegaron "las caperucitas", tres camionetas rojas sin placas de donde bajaron varios hombres vestidos de civil preguntando: ¿Quién es Vicente Bordón?
-Soy yo, para servirlos... señores- les dijo don Vicente.
Sin más, varios de los hombres recién llegados, pistola en mano, se le abalanzaron y a golpes lo llevaron hasta una de las camionetas; allí le ataron las manos, los pies y... se lo llevaron. Fue la última vez que vimos a ese buen hombre por aquí, nunca más volvió; pero, no sé si es verdad, hace poco escuché que lo vieron por algunos de los pueblos del Guairá.
¿Qué hicieron con mi padre? Bueno, lo llevaron a todos los que estaban trabajando en la construcción de la escuela con don Vicente, para averiguaciones, hasta la Delegación de Villarrica. Allí los tuvieron por seis meses incomunicados sin decirles el motivo... Bueno, dicen que los torturadores los llamaban subversivos. Mucho les jugaron. Mi papá había regresado con las uñas deformadas y con el cuerpo lleno de cicatrices. Al principio, esto me contó mi papá, les pegaban para que firmaran unos papeles que no sabían de qué se trataba, pero que luego sirvieron para desollarlos un día a la semana. Uno de ellos, mi padrino Marcelino, el compadre de papá, no aguantó la electricidad y se murió en la pileta. Me acuerdo, tempranito vino un soldado a dar la noticia a la madrina Rafaela y le pidió que se fuera a retirar el cuerpo de su marido. Cuando llegó a la Delegación ya estaba el cuerpo de su marido encajonado. Le dijo el Delegado: Señora, sabemos que su familia es colorada, por eso le vamos a permitir que retire el cuerpo de su marido, pero tiene que enterrarlo hoy mismo, sin abrir el cajón. De lo contrario, si abren el cajón y algún enemigo del gobierno le saca algunas fotos... me vas comprometer. No lo abran.
¿Usted oye ese aullido? Es uno de los perros de don Vicente, que quedó abandonado y sobrevive en el monte gracias a los vecinos que lo alimenta a escondida de la policía. Pobre perro, anda por todas partes sin que nadie lo vea, llenando el corazón de nuestra aldea con su aullido de desconsuelo y maldición.

VII
Medio siglo después de la muerte de Angélica, La Soledad ya era un páramo sin nombre que solo Bordón, en su locura de viejo, recordaba y andaba repitiendo, obstinadamente, en una oración sin sentido... "La Soledad, qué habrá pasado de mi Soledad..."
En el país, reinaba la injusticia; el territorio estaba lleno de sombras y miedos, de soplones, intrigadores y retratos del señor presidente. Cuando Gabriela Soledad, la hija de don Vicente vino del extranjero a reclamar, como heredera, los derechos sobre La Soledad, se encontró con que tenía una orden de captura por subversiva. En Villarrica, el Delegado de Gobierno, asaltó su cartera, leyó sus cartas y, al final, después de largos minutos, inmensos por el vacío de que estaban rodeados, la envió a la cárcel de mujeres de Asunción por comunista.
Bordón, el extraño y desgarrado personaje de los pueblos del Guairá se fue, poco a poco, desdibujando... Ya no divertían sus historias de loco a la gente grande. Sin embargo, a veces, cuando hablaba de lentos dolores interiores y sus ojos se llenan de lágrimas por una profunda y amanecida tristeza, la gente solía compadecerlo y sentarse a su lado a escuchar un rato sus incomprensibles cuitas.
Su voz era aún dulce y por la siesta, cuando el sol reverbera en los arenales de los sinuosos senderos, solía detenerse, refugiándose en alguna raída sombra, a cantar a su perro una canción sin palabras. Era su costumbre quedarse callado, pensando... Aunque era posible que no piense en nada. Tenía un aire característico de quien ha perdido algo muy profundo, que le pertenecía por entero y no volvería a recuperar jamás. Andaba solo con su perro, de noche bajo los árboles, de día por los desiertos caminos del valle.
Los pies descalzos y al hombro, sostenida por un bastón de caña, la pequeña alforja hacen que su figura sea inconfundible. Toda su ropa suele estar harapienta y grasosa. A su lado, siempre a su lado, ni atrás ni adelante, andaba el escuálido y somnoliento perrito. Su silbido, su andar pensativo y sus pasos, a veces vacilantes, ya no llaman la atención de nadie, porque forman parte del paisaje.
Con él han crecido las nuevas generaciones. Los años y muchos problemas como el suyo le fueron minimizando, le fueron borrando de la conciencia. Ya ni los niños se asustan por su miserable presencia, como sucedía antes. En la zona ya nadie tiene clara memoria de su nombre y mucho menos de su edad. Vicente Bordón, el hombre que predicaba e inspiraba a los hombres y mujeres de toda la región los sentimientos más nobles, era simplemente ¡el loco Bordón!
Una mañana, de un día cualquiera, bajo un radiante sol veraniego, Bordón estaba sentado a la vera del camino, bajo la sombra olorosa de un árbol rodeado de flores silvestres. Mientras se secaba las lágrimas de su mejilla, observaba la presurosa procesión de gente que iba a la fiesta patronal hablando de un "golpe revolucionario", acudiendo al jubiloso llamado de las campanas de la Iglesia de San Blas; casi todos eran jóvenes rebosantes de alegría y vigor. También la naturaleza hacía estallar su rejuvenecida sabia en las hojas de los lapachos y en las hierbas y arbustos irrumpientes. Pese a todo ello, a Bordón le pareció que el mundo estaba triste. A cada minuto su fuerza se apagaba y le era imposible seguir su marcha. Sintió que el cansancio ganaba sus pulmones, que ha sido muy largo el camino andado. Sin embargo, se revolcaba inquieto entre los yuyos, pues no le parecía apropiado aquel húmedo y umbroso lugar para dormir.
Los jóvenes embanderados, que pasaban tomados de la mano, sin asombrarse en lo más mínimo por su estado de animal moribundo lo vieron, al fin, recostado en la roja pared de la cuneta, lagrimeando y acariciando con unas manos de ciego a su esquelético perro. No sabían, ni se interesaron en saber el porqué de aquel silencioso llanto. Él mismo creía que lloraba por el infortunio de aquel triste perro pulgoso y fiel que le lamía las heridas de la mano y se negaba abandonarlo pese a la vida de hambre y miseria que llevaban. Pero, de repente, como un milagro, el trueno de las bombas y las insistentes campanadas de la iglesia le abrieron el portal de un jardín lleno de rosas y jazmines que con sus luces de pétalos multicolores iluminaron la avenida de su oscura memoria.
¿En qué año estamos? - preguntó a un hombre que pasaba presuroso.
-" 3 de febrero del 89, día de San Blas; en el pueblo hay fiesta, tumbaron al rubio dictador, Abuelo" -le respondió animosamente el transeúnte-.
San Blas..., 3 de febrero del 89. ¡3 de febrero!. Se acordó que era el día de su cumpleaños y tuvo, de repente, la certidumbre de que no lloraba solo por su esquelético compañero, ni por los ochenta años que estaba cumpliendo, si no por la alegría y el dolor de algo más importante, más profundo, que tenía olvidado en el recuerdo. Ya no tenía duda. Lloraba por Gabriela, la hija que nunca volvió; por Angélica, la esposa, la persona que realmente amó y que el destino, el tiempo con sus años de azarosos días, le había robado de su memoria. Tras pararse, ayudado por su bastón de tacuara, miró el cerro del Ybyturuzú y respiró a pleno pulmón el aire fresco y húmedo, que le devolvía el perfume incitante y salvaje de muchas leguas de soledad y silencio. Entre risas y lágrimas rememoró cada instante de su vida con Angélica y disfrutó cada detalle de angustia y felicidad que pasaron juntos en La Soledad. Luego, como si encontrara al fin el pensamiento luminoso que para hacer frente al misterio de la muerte se precisa, se acomodó en la olorosa y fresca sombra del lapacho, contra la húmeda pared del terraplén, dispuesto a quedarse allí para siempre. Volvió a escuchar las campanadas de la iglesia y sonriendo para sí dijo: ¡Angélica, mí querida Angélica, por tanto tiempo tuve miedo y, ahora es tan fácil! Aquí esperaré con los ojos abiertos nuestro encuentro!

A MANERA DE EPÍLOGO

LA LITERATURA COMPROMETIDA DE CÁTALO BOGADO

Al término de la lectura de esta nueva creación de Cátalo Bogado, nos queda la sensación dual de haber disfrutado de una buena literatura y del dolor de enfrentarnos con los fantasmas del pasado stronista. Es característico en Cátalo evocar nuestra historia reciente para construir sobre ella atractivos relatos, sustentados en las tradiciones de la gente que vive, sueña y padece en el interior del país.
Conocedor profundo de las costumbres campesinas, Cátalo las utiliza con habilidad, talento y profundo respeto -a la vez que con inocultable simpatía- para ambientar su relato que tiene como protagonistas al hombre y a la mujer comprometidos con su entorno social.
Blas Vicente Bordón, el personaje central de "Memoria de La Soledad", simboliza a quienes en los tiempos terribles de la dictadura tuvieron la desgracia de toparse con la arbitrariedad, la prepotencia y la voracidad desmedidas de los caudillejos acoparados por su parentesco con los poderosos, o sustentados por su partido, para causar la ruina y la desgracia del semejante. En rigor, del país mismo.
Es patético asistir a la caída inexorable de Bordón hasta su locura final. En esta caída intervienen dos fuerzas que no pudo controlar: 1) Su cultura machista de ansiar un hijo varón. Ante la frustración, se produce su primer derrumbamiento moral; 2) El despojo de sus tierras que le daban el sustento. Ambas circunstancias -unidas a la muerte desgraciada de su esposa y la ausencia de su hija- producen la caída definitiva del protagonista. De aquí el subtítulo de la obra "Las vueltas que da la vida en 80 años".
Son pocas vueltas, pero suficientes para traernos a la memoria los padecimientos de un pueblo que cayó víctima de una dictadura feroz. La literatura comprometida de Cátalo Bogado en ningún momento cae en el panfleto fácil o el populismo barato. No necesita hacerlo. La historia que nos narra está repleta de simbolismo, de preocupaciones sociales, de búsqueda estética.


UNA METÁFORA DE LA NACIÓN HERIDA

Toda obra literaria verdadera ofrece la posibilidad de múltiples lecturas. La unidireccionalidad no es un atributo de los libros de ficción. Por eso, cada lector es un coautor porque desde el propio mundo de sus experiencias va recreando el texto que se le presenta ante sus ojos como un desafío para interpretar y recodificar.
En ese marco, Memoria de La Soledad, de Cátalo Bogado Bordón, permite sumergirse a un universo en el que es posible inventar una historia o varias historias a partir de los elementos que el relato proporciona. La riqueza de estas páginas radica en que cada quien, con las piezas que el escritor le proporciona a cada paso, puede ir armando un cuadro hecho a imagen y semejanza de su propio ser anclado en circunstancias concretas.
La Soledad es una hacienda de las orillas del Ybyturuzú, en el Guairá, de donde el autor es oriundo-, donde su propietario no se contenta con lo que la vida le dio y, a toda costa, obsesivamente, quiere un hijo varón. No espera que la naturaleza y el azar cumplan su sueño sino que recurre a todo lo mágico que existe sobre la tierra para alcanzar lo que fervientemente desea.
Esa estancia y lo que sucede en ella pueden ser leídos como una metáfora de la patria que persigue con todo lo que tiene a su alcance -desde su propio condicionamiento histórico- lo que hasta ahora aún le es vedado disfrutar: un bienestar enraizado en un modelo político que le proporcione a sus habitantes pan, libertad y justicia.
El protagonista -Blas Vicente Bordón parece derrotado del todo cuando se aparta de cuanto alguna vez significó esperanza para él y su estado de ánimo se funde y se confunde con la identidad del pedazo de tierra de su pertenencia. Siente que la tragedia de su existencia le horada el alma y se entrega al dolor que brota del fracaso.
Herido mortalmente, se convierte en una sombra que sobrevive mordiendo la amargura de un destino que considera despiadado y, sin embargo, no tiene más alternativa que someterse a sus designios.
En este panorama, la metáfora del país desolado y acuchillado por la incapacidad de hallar el camino que le conduzca a días de júbilos sostenidos, continúa.
Ni siquiera el amor que parece brindarle un camino de reencuentro y redención lo salva. Es que un golpe mayor -el de la in justicia- termina por convertir del todo en cenizas las apagadas brasas de su espíritu. Ya despojado de cuanto había anhelado, otro impacto violento termina poniéndolo a merced del abismo. De sombra, entonces, pasó a ser un objeto con inútil memoria.
Lo que sucede -al final de sus días- con el personaje que habita al Memoria de La Soledad es también lo que ocurre con los que pueblan el territorio nacional. Es el tiempo de la dictadura, pero sobre todo es lo atemporal de las injusticias. No hay democracia que resista al análisis si es que no se vive en un Estado de Derecho. De esta manera Vicente Bordón no es sino la representación de los asediados por la incertidumbre y la inseguridad. Y conste que él -por su poder económico-, bien podría estar entre los victimarios antes que como víctima. Eso da la pauta de cómo opera un sistema armado para oprimir, despojar y matar.
Fuera de esta lectura de Memoria de La Soledad quedan, como decíamos al principio, otros caminos a recorrer buscando sus claves esenciales. Las ofrecidas son apenas referencias de un acercamiento que no tiene la rigurosidad de un estudio detenido y detallado. Al fin de cuentas cada lector construirá su propio ámbito de significados a partir de lo que este relato pone frente a su imaginación.




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