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lunes, 2 de mayo de 2011

JOSE DE LA CRUZ AYALA (ALÓN) - LA LEYENDA GUARANI - Introducción de RAFAEL ELADIO VELÁZQUEZ / Anuario de la Academia Paraguaya de la Historia, Asunción, 1992



LA LEYENDA GUARANI
Introducción de
HISTORIA PARAGUAYA
Anuario de la Academia
Paraguaya de la Historia
Volumen XXX
Asunción, 1992 (II)


LA LEYENDA GUARANI DE JOSE DE LA CRUZ AYALA

INTRODUCCIÓN
Esta publicación. El Ateneo Paraguayo. Noticia acerca de JOSÉ DE LA CRUZ AYALA. En la vida cultural. LA "LEYENDA GUARANÍ".

1. ESTA PUBLICACIÓN
Muchos testimonios de la cultura paraguaya resultan hoy inalcanzables, tanto para el lector corriente, como para el mismo especialista, por hallarse dispersos en revistas y periódicos de mucho tiempo atrás, o en ediciones totalmente agotadas y fuera del comercio. Ocurre eso con poemas, cuentos y artículos de Báez, Domínguez, Moreno y otros meritísimos autores de fines del siglo pasado y de comienzos del que en estos años está terminando, y desde luego, con los anteriores a ellos. Con esta publicación que aquí se presenta, iniciamos una serie que reproducirá tales fuentes agotadas.

Existe un folleto titulado "ATENEO PARAGUAYO - COMPOSICIONES LITERARIAS LEÍDAS EN LA VELADA CELEBRADA EN CONMEMORACIÓN DEL 2º ANIVERSARIO DE SU FUNDACIÓN". Buenos Aires. Imprenta de M. Biedma. Belgrano 535 (nuevo), 1888 (69 páginas, 16 x 25 cms). Del mismo, se reproduce la "LEYENDA GUARANÍ", DE JOSÉ DE CRUZ AYALA, que marca un hito en el incipiente desarrollo de nuestras letras del siglo XIX.
En volúmenes posteriores, HISTORIA PARAGUAYA recogerá, como se anuncia más arriba, otro material de equivalente valor para el área de conocimientos mencionada.

2. EL ATENEO PARAGUAYO
El 20 de agosto de 1885, el Ateneo Paraguayo conmemoraba el segundo aniversario de su fundación con una velada, forma muy decimonónica de reuniones culturales y de esparcimiento, llevada a cabo en uno de los salones del Club del Progreso - igualmente denominación propia de ese tiempo -, de Asunción.
Pronunció el discurso de apertura el Presidente de la institución, Dr. BENJAMÍN ACEVAL, jurista de los más notables de su generación, exitoso defensor que había sido de la causa del Paraguay en un litigio limítrofe con la Argentina y llamado a cumplir muy destacado rol en la iniciación y el desarrollo de la enseñanza media y universitaria. Doctorado en Derecho en la Universidad de Buenos Aires, nos representó, como hemos referido, ante el Presidente Hayes, en el arbitraje acordado por ambas partes y obtuvo el célebre laudo de 1878, así como, conjuntamente con JOSÉ ZACARÍAS CAMINOS, en el Congreso de Derecho Internacional Privado de Montevideo, de 1888 - 89; fue candidato a Senador por el naciente Partido Liberal, en 1888 y sin estar afiliado al mismo, y precandidato a Presidencia de la República de dicha agrupación política, en 1890. En esas nominaciones, visiblemente, influyó su jerarquía moral e intelectual, el prestigio del que gozaba en los diversos niveles de la sociedad paraguaya, con prescindencia total de conciliábulos de comité. Cuentan de él que, siendo Director del Colegio Nacional, le fue ofrecida la Cancillería, dignidad que en muchos casos constituye deseada culminación del "cursus honorum" del hombre público, pero él prefirió quedar en aquel otro cargo, más modesto e indudablemente de menos figuración, pero en el que entendía que podía servir mejor el interés general. No siempre se hallan casos de semejante desprendimiento en nuestra historia política. A su muerte, era Rector Honorario de la Universidad Nacional y su estatua, por más de medio siglo, ornó el paraninfo de la Facultad de Derecho.
"Este Centro - decía Aceval - , ajeno por completo a las pasiones caliginosas de la política, como a las que apartan al hombre de la cultura de su inteligencia, abre sus puertas a todas las personas de buena voluntad sin preguntar su nacionalidad, su credo político, ni su religión. Basta que sea amante del saber para que tenga un asiento en el Ateneo". Y agregaba: "Vengan los amigos del Paraguay, los que quieran y busquen su engrandecimiento y su gloria; traiga cada uno una piedra para la construcción del edificio literario..."
"Hago, pues, un llamado de patriotismo - concluía - a los hombres de buena voluntad; vengan a este centro de cultura intelectual, aistan a las conferencias que se dan, preparen trabajos literarios; nazca el estímulo; fórmese el gusto a las letras, y mañana la patria será grande, próspera y feliz y celebraremos con mucha más razón que hoy los aniversarios de la fundación del Ateneo".
El 28 de julio de 1883, con la mira de "fomentar el espíritu mediante el cambio de ideas, que se manifestará en disertaciones escritas, según lo que se prevenga en el reglamento", además de Aceval habían firmado el acta de fundación JOSÉ ZACARÍAS CAMINOS, que sería el segundo de los presidentes, CECILIO BÁEZ, RAMÓN ZUBIZARRETA, ALEJANDRO AUDIBERT y otros paraguayos y extranjeros, entre los que figuraba el polígrafo argentino Angel Justiniano Carranza, de paso entonces por Asunción y que parece haber sido el promotor de la idea.
Los párrafos transcriptos del discurso de su Presidente, más el corto pero expresivo fragmento del acta fundacional, nos relevan de la necesidad de insistir en los fines de la asociación.
En la velada a la que nos estamos refiriendo, se sucedieron varias "disertaciones escritas", leídas por sus respectivos autores, a saber: "LEYENDA GUARANÍ, de JOSÉ DE LA CRUZ AYALA, a cuya reedición estas líneas sirven de prólogo; "EL CORONEL BOGADO", extenso y muy informado estudio de ANGEL JUSTINIANO CARRANZA; "ALGUNAS MÁXIMAS DE CICERÓN", seleccionadas y glosadas por RAMÓN ZUBIZARRETA, y "LA MUJER", ensayo de JORGE LÓPEZ MOREIRA,
El ATENEO PARAGUAYO siguió organizando sus veladas y disertaciones, siempre en el local del Club del Progreso, hasta su extinción, en 1889, y en esos años, entre otros, ocuparon su tribuna CECILIO BÁEZ, entonces de poco más de veinte años, MANUEL DOMÍNGUEZ, aun más joven, JUAN CRISÓSTOMO CENTURIÓN y JOSÉ SEGUNDO DECOUD, y se dieron a conocer poemas de VICTORINO ABENTE LAGO y de vates de una generación que por entonces comenzaba a manifestarse.
En gran medida, radica la trascendencia del Ateneo Paraguayo en que es la primera institución de su tipo de carácter nacional y que agrupa a los más clasificados exponentes de la inteligencia paraguaya de los años 80, y puede ser considerado como antecedente directo del Instituto Paraguayo, fundado en 1895, que tan acentuadamente habría de influir en el desarrollo de la vida cultural paraguaya en todos sus aspectos. Sirve el Ateneo de medio de expresión, testimonio de la inquietud cultural y cívica de esa juventud nacida aproximadamente a partir de 1858, en vísperas de la guerra o en su transcurso, y a la que pertenecen CECILIO BÁEZ, JOSÉ DE LA CRUZ AYALA, HÉCTOR VELÁZQUEZ, FACUNDO INSFRÁN, JUSTO P. DUARTE, PEDRO PEÑA, GERÓNIMO PEREIRA CAZAL, PEDRO BOBADILLA, y aunque algo posteriores, también EMETERIO GONZÁLEZ, MANUEL DOMÍNGUEZ y JUAN CANCIO FLECHA, aunque no todos llegaron a incorporarse a esta asociación por hallarse entonces cursando estudios en el exterior. Entre ellos, encontramos a los primeros bachilleres del Colegio Nacional, egresados en 1882, a los alumnos de la Escuela de Derecho y a los primeros Doctores en Medicina, formados éstos en Buenos Aires y Montevideo, que regresaron en 1890 o muy poco antes. Toda esa gente joven se suma a ACEVAL, CAMINOS, ZUBIZARRETA y otros paraguayos y extranjeros ilustrados, coincidente en el ideal de promoción de la cultura.

3. NOTICIA ACERCA DE JOSE DE LA CRUZ AYALA
JOSÉ DE LA CRUZ AYALA, nacido en Mbuyapey el 13 de septiembre de 1863, luchador nato, dispuesto siempre a jugarse entero por sus ideales de justicia y libertad, fue además brillante escritor, capaz de expresar en una prosa penetrante, con magistral manejo del idioma, sus inquietudes sociales y sus con frecuencia durísimas acusaciones. Cultivó la poesía y con su "LEYENDA GUARANÍ", se ganó el sitial de precursor de la narrativa paraguaya, de una narrativa raigalmente paraguaya.
Desde la adolescencia, se suma a las voces de protesta a las que, en la década de 1880, el orden imperante da lugar. Los primeros tratados con Bolivia sobre el Chaco, las leyes de venta de las tierras públicas, del 83 y el 85, verdadera partida de nacimiento del latifundio en el Paraguay, las prácticas electorales y los métodos represivos entonces en uso, se suman para exaltar los ánimos de esa juventud, consciente de sus aptitudes, que busca un espacio que se le niega para servir la causa del bien común. A ellos, por muy niños todavía, no les cupo la oportunidad de empuñar las armas, pero habían visto caer con honor en los campos de batalla a sus padres y hermanos mayores, y les tocó compartir las inenarrables penurias que la guerra de la Triple Alianza impuso a la población entera del Paraguay.
En febrero de 1884, Ayala, de veinte años apenas cumplidos, gana por concurso la cátedra de HISTORIA ROMANA, MEDIEVAL Y MODERNA, en su "alma mater", el Colegio del que es reciente bachiller. Al propio tiempo se inicia como periodista de combate en "EL HERALDO" y sus artículos firmados con el seudónimo de ALÓN que lo ha de inmortalizar, se refieren a los problemas que él ve en la conducción del mismo Colegio Nacional.
De allí ha de pasar a los temas políticos y se ve envuelto en dura polémica, con un estilo sin concesiones. Denuncia la permisividad de la Cámara de Diputados en la interpelación a un Ministro, y aquella enjuicia a los directores del periódico. En ese momento, en verdad crucial de su existencia y definitorio de su recia personalidad, Ayala desde la barra grita "NO ENCARCELEN A ESE HOMBRE ¡YO SOY ALÓN!", asumiendo de ese modo, públicamente, la responsabilidad que se pretendía atribuir a otros.
Y viene la represión. Un atentado, que por error alcanza a otra persona, es seguido de su destitución de la cátedra sin expresión de motivos, y él se ve en la necesidad de expatriarse por primera vez, que no será la última. Tras unos meses en Buenos Aires, vuelve para trabajar en un establecimiento rural del Chaco y en su tiempo libre emprende una traducción de Kant, que los avatares de la vida política no le permiten terminar. Allí o en el reciente exilio, habrá compuesto su "LEYENDA GUARANÍ", que dará a conocer, como se ha señalado, en agosto inmediato.
En junio de 1885, se reintegra a "EL HERALDO", con la misma actitud crítica y de lucha. Por esos mismos días renuncia públicamente al Club del Pueblo, formado para postular la candidatura presidencial del general PATRICIO ESCOBAR. Por seis meses se ha de prolongar su nueva incursión en el menester periodístico: el 16 de diciembre el director del periódico es gravemente herido por un encumbrado personaje, y sin pérdida de tiempo, Ayala publica un boletín especial, en el que denuncia el hecho y lo enjuicia con su habitual energía. Ya no han devolver los días de las veladas del Ateneo: su actitud le vale un reclutamiento ilegal para las normas entonces vigentes y su envío al Chaco como soldado. Noticiado ciertamente de nuevos rigores y penurias que se le iban a imponerse fuga en marzo inmediato y gana la frontera argentina. Ha de sobrevivir con modestos y circunstanciales empleos, y se contará entre los fun-dadores del Centro Paraguayo, de Buenos Aires.
Se acoge a una amnistía dispuesta por Escobar a poco de asumido el gobierno, y para junio de 1887 está de regreso en Asunción y participa de las reuniones fundacionales del CENTRO DEMOCRÁTICO, pronto conocido como Partido Liberal. Propone un proyecto de Acta de Fundación, en el que ha puesto el fuego de sus años de lucha, y aunque la asamblea prefiere otro, redactado por JOSÉ ZACARÍAS CAMINOS y que firman todos, inclusive Ayala, éste es electo Secretario de la primera directiva partidaria.
En reuniones celebradas el 25 de agosto y el 11 de setiembre inmediatos, el oficialismo formaliza sus estructuras en la Asociación Nacional Republicana. Desde ese momento, tienen vigencia los dos partidos tradicionales que por más de un siglo han de canalizar las aspiraciones de la mayoría de los paraguayos en materia política y social.
El 17 del mismo mes de setiembre, "EL IMPARCIAL", que existe desde antes, pasa a ser vocero oficial del liberalismo, y se confía su dirección y redacción a JOSÉ DE LA CRUZ AYALA. Su primer editorial, firmado, constituye un manifiesto democrático y le han de seguir artículos de dura crítica a los actos de gobierno y otros de elevado contenido doctrinario. Como nota de interés, cabe anotar que el 24 de setiembre publica lo que podría considerarse cronológicamente como la primera tentativa de rehabilitación, siquiera parcial, de la figura histórica del Dr. Francia, no con el tono ditirámbico de los escribas de los sucesivos regímenes de fuerza de mediados y fines de nuestro siglo, sino con ecuánime objetividad, con admisión de las luces y sombras que el autor cree ver. Al mes escaso de haberlas asumido, el 16 de octubre, Ayala da término a esta función periodística.
"El año finalizaba - refiere GOMES FREIRE ESTEVES - entre caldeadas luchas partidarias y graves inculpaciones de los liberales al gobierno por falta de garantías. (... ) El periodista JOSÉ DE LA CRUZ AYALA volvió a ser blanco de las amenazas y agresiones gubernistas, viéndose obligado a vivir escondido varias veces". Tales medidas represivas se debían también a su prédica desde las columnas de "EL INDEPENDIENTE", otro periódico que, desde fines de 1887 y hasta el 30 de noviembre del 89, tendría a su cargo, y cuyos comentarios firmados como JOSÉ DE CONCEPCIÓN eran apreciablemente más duros que los anteriores y podían equipararse a los que antes publicara en "EL HERALDO".
Cuando los promotores de "El Independiente", con miras a la renovación presidencial de 1890 y buscando una salida consensuada a la violencia oficial entonces en uso, resuelven sostener la llamada política de conciliación, que desgraciadamente no ha de poder concretarse en soluciones satisfactorias, Ayala la considera una muestra indebida de permisividad y se retira de la redacción. En su último artículo, firmado con su nombre y apellido, se despide de sus lectores y dice: "Dos años hemos luchado sin tregua y 'El Independiente' ha llenado su misión. Ha sido propagandista eficaz de las doctrinas democráticas y republicanas en su extensa circulación hasta los últimos rincones de la República. Ha levantado el espíritu de los pueblos oprimidos, de los que ha sido siempre defensor abnegado. (...) Desde el 1º del mes entrante, este diario pasa a ser propiedad ajena, es otro, y los que nos han favorecido tan constantemente deben tener presente que con este número leen el último".
Su alejamiento de la prensa no significa que Ayala se retire de la lucha. Se postula para Diputado por el 13er. distrito electoral, que comprende los partidos de Ybycuí, Quiindy y Mbuyapey, precisamente su patria chica, donde es conocido y goza de general aprecio. Los comicios están convocados para el 3 de febrero de 1891, y el 3 de noviembre anterior emite un manifiesto a los electores, en el que enjuicia al sistema vigente y al actual Diputado por la referida circunscripción, al que enfrentará, y promete donar el importe íntegro de sus dietas parlamentarias para fundar escuelas de niñas "en cada uno de los tres pueblos del distrito", lo que demuestra conciencia acerca de la necesidad de la dignificación de la mujer.
La campaña electoral resulta durísima, y en la mañana del 27 de enero de 1891, Ayala y sus colaboradores son atacados en Isla Paú, a una legua de Ybycuí, por una fuerte partida de gente armada, que cuenta con el apoyo de las autoridades locales. Se combate fieramente por cuatro horas y media, con muertos y heridos, a los liberales les incendian la casa en la que se han refugiado y deben abrirse paso a tiros Ayala, su hermano JOSÉ DEL ROSARIO, NICOLÁS VARGAS, "LAMPIÑO", bravo caudillo campesino, y sus demás compañeros. Queda él impedido de intervenir en el acto electoral, y su adversario resulta así proclamado.
El Juez de Paz de Ybycuí dispone la prisión de los opositores, y aún cuando un magistrado de instancia superior revoca la orden de captura, la persecución de Ayala no cesa y debe él buscar una vez más el camino de la expatriación, que esta vez será definitiva. Narra él estos hechos en sus "CARTAS DEL INFIERNO", publicadas coetáneamente en "LA DEMOCRACIA".
Su ausencia del país le impide participar del alzamiento civil del 18 de octubre de 1891, y ha de fallecer en la ciudad argentina de Paraná, el 28 de enero de 1892.
Tal, a grandes rasgos, la vida pública de JOSÉ DE LA CRUZ AYALA, cronológicamente, con CECILIO BÁEZ, el primer adalid de la juventud liberal y el primero, también, de los periodistas paraguayos que hizo la crítica de las leyes de venta de las tierras públicas.

4. EN LA VIDA CULTURAL
Parte de los escritos de JOSÉ DE LA CRUZ AYALA ha sido reunida en 1982, en un volumen de poco más de 200 páginas, de las cuales 159 netas les corresponden, en la colección LIBRO PARAGUAYO DEL MES, de la editora NAPA, y con el título de "DESDE EL INFIERNO". Son 37 firmados como ALÓN, en "EL HERALDO", en 1884; el primer editorial de su pluma, de "EL IMPARCIAL", y quince artículos más del corto mes de su dirección, pero no el resto del material que pudiera atribuírsele; y las Disquisiciones de actualidad, las Disquisiciones políticas y filosóficas y los Arboles que dan sus frutos, en total 18 notas de varia extensión y todas muy combativas, hasta la agresividad, del 14 de septiembre al 16 de noviembre de 1889, y su nota de despedida del 30 de este último mes, con su nombre y apellido. Sin embargo, no hallamos ni los editoriales, ni sus demás comentarios y colaboraciones de los dos años en los que la redacción de dicho diario corrió a su cargo
Igualmente, se intercalan en el libro su MANIFESTACIÓN A LOS ELECTORES del 13o Distrito, ya mencionada, y la LEYENDA GUARANÍ, tomada ésta de su reproducción en "LA DEMOCRACIA", del 4 de setiembre de 1885.
Cierran la compilación que estamos glosando las CARTAS DEL INFIERNO, publicadas en "LA DEMOCRACIA", en febrero y marzo de 1891, en las que Ayala, ya perseguido y en camino de un exilio del que no ha de regresar, denuncia con detalles concretos y enjuicia la sangrienta represión a los electores de Ybycuí, y a modo de complemento, se agrega una carta suya, quizás el último de sus escritos, datada en Paraná, el 12 de diciembre de 1891, un mes y medio antes de su fallecimiento, con escueta noticia y extenso comentario de los acontecimientos del 18 de octubre reciente.
El conjunto de sus escritos en los medios de prensa, pese a la extremada energía que en algún caso llega a la violencia en la expresión, puede ser tomado como manifestación coherente de prosa polémica de intención política, de las décadas finales del siglo XIX, y llama la atención lo correcto del manejo del idioma. Por su vida entera de luchador sin tregua ni concesiones, por la ardiente pasión de sus artículos periodísticos, en los que nos parece hallar algún símil con el estilo del ecuatoriano JUAN MONTALVO, y en especial, por la temática de su "LEYENDA GUARANÍ", JOSÉ DE LA CRUZ AYALA debe ser ubicado entre los exponentes de mayor relevancia del romanticismo en el Paraguay.
Por otra parte, no perdamos de vista que ni la vehemencia de su prédica ciudadana, ni los riesgosos avatares de su lucha política, lograron sustraerlos a la actividad cultural: lo comprueba su participación en las labores del Ateneo Paraguayo , y en la fundación del CENTRO PARAGUAYO DE BUENOS AIRES

5. LA "LEYENDA GUARANI"
La LEYENDA DEL CARAU, de la ingratitud o idiferencia filiales, y de su tardía contrición, halla raíces y versiones levemente variadas en el folklore paraguayo. Recoge posiblemente algún legado de los guaraníes prehispánicos, con adaptaciones del período del poblamiento rural y de la culminación del mestizaje étnico y cultural, del siglo XVIII.
JOSÉ DE LA CRUZ AYALA toma al personaje, CARAU, le agrega la presencia de URUTAÚ, otra ave de lúgubre canto, les da a ambos forma humana, con el aderezo del amor de dos jóvenes indígenas, les suma las tradiciones populares relativas a TAMANDARÉ, el profeta desoído, y a la formación de la LAGUNA TAPAYCUÁ O YPACARAÍ, este último incuestionablemente colonial, y hace coincidir la trama con el diluvio universal, todo ello en bien lograda prosa poética.
Los protagonistas, en verdad, no conservan su identidad originaria, sino que son traspolados a una composición de literatura culta; pero en la "LEYENDA GUARANÍ" se da el primer caso de evocación de lo telúrico, de uso de elementos extraídos de la tradición popular, en las letras paraguayas. En esto radica el principal mérito del cuento, calificado de "ENSAYO" en su tiempo, y de su joven autor, JOSÉ DE LA CRUZ AYALA.
Entendemos que resulta pertinente su reimpresión como punto de partida de una serie que se propone el rescate de testimonios o fuentes de la historia de la cultura paraguaya.

Asunción, diciembre de 1992.
RAFAEL ELADIO VELÁZQUEZ



LEYENDA GUARANI

Elevada colina de cima empinada alimentaba en sus faldas, allá en la noche primitiva de la leyenda, el pueblo de Guarán, pueblo opulento que embriagaba a su Rey con el perfume del incienso de sus selvas, tan viejas como el mundo. Tributo le pagaban sus súbditos en pescado de escamas brillantes y pálidas como el sol del invierno; y cuatro veces cada doce Lunas nuevas, larga procesión del pueblo guaraní conducía en andas y angarillas de cuero de pantera un bosque flotante de plumas de avestruz con que se adornaba al Rey y su rústico palacio. Al soplo del Oriente este palacio parecía columpiarse sobre sus cimientos, y la suave pluma del chajá de los húmedos valles se levantaba en tropel confuso en los aires y se perdía en el azul del firmamento.
Otros presentaban sus tributos en fuentes de arcilla de formas caprichosas, del color de la púrpura y de la grana, brillantes piedrecitas del hueco de un lejano torrente que se despeñaba de una alta sierra en un abismo en que roncaba un genio desconocido. Aquel entregaba una bandada brillante de tornasolados colibríes en jaulas de ramas verdes como la esmeralda; y aquellos otros el pichón locuaz del multicoloro papagayo que una tradición suponía poseído de un genio protector, de un talismán, por su facilidad para modular la palabra humana; y este era el presente de la casta cazadora de la pléyade bárbara.
Una otra casta, escasa en número, escarbaba la tierra con pena grande, buscando con la punta de su arado rudo, el germen dormido de la mies, pagaba tributo con la primicia de su reducido huerto, o recogía desde donde la mano podía alcanzar, la fruta olorosa del brillante hesperidio del festín abundoso de sus selvas, y colocaban en canastos de juncos secos y amarillos en el festín interminable del Rey.
Pero había una casta masculina y célibe, profundamente original, llena de fanatismo y de superstición, que no pagaba tributo y se dedicaba al culto, modulando perpetuamente en el ara salvaje colocada al aire libre, chorreando siempre la sangre del sacrificio, palabras misteriosas, secretos conjuros contra los espíritus invisibles que poblaban los aires y podían por magia misteriosa perturbar el orden mismo de la creación; eran los genios del mal multiplicados hasta el infinito. Hierofantes misteriosos, sacerdotes al aire libre, exaltados por visiones místicas, elevan constantemente una salmodia infinita al Sol y a la Luna, dioses supremos, cuyas iras aplacaban con cruentas hecatombes y arrojando flechas contra el dios de la cólera. Veíasele frecuentemente, torvos y airados, prorrumpir en palabras de oculto sentido, y lanzar al viento un grito de maldición contra el delincuente.
Así vivía el pueblo de Guarán. Y su Rey en un prolongado festín, en bacanales y orgías, creaba la crápula del vino y de la sensualidad.
Era el festín de Baltazar, ese otro Guarán del opuesto hemisferio donde duerme el Sol y la Luna. Bacantes desnudas en son lascivo, danzaban al compás de bárbaros címbalos alrededor de la mesa del festín.
Una escena brutal se consumaba cada minuto. De repente un magnate, ebrio y turbado por el vapor del fuerte licor que fermentaba en las copas de barro sobre la mesa del festín, un baco tambaleante, excitado por una emoción eléctrica que recorría toda la materia de su cuerpo, se levantaba, y espumante la boca, se lanzaba con furia brutal sobre una bacante para caer aturdido por la consumación de la voluptuosidad.
La cheza del Rey era el mirto de Milita en cuya sombra resonaba constantemente el rumor de repugnante orgía.
Bella entre todas, dominaba a todas las damas jóvenes con sus lúbricas danzas la hija del Rey, la princesa URUTAÚ. Su pecho siempre consumido por un fuego secreto, su alma arrebatada por un incendio, le hacían correr en las horas calladas de la noche en pos de nuevos placeres
A tres horas de caminar continuo hacia donde nace el Sol se encontraba el pueblo patriarcal de TAPAICUÁ, regido por rey soberbio y fuerte.
Guerrero como su pueblo, afilaba su silbante flecha, y le daba una virtud formidable untándole el KURARÁ, veneno que ocultaba un sueño de muerte. Su hijo CARAÚ, valiente luchador de la pantera rugidora, fuerte como nadie, veloz como la silbante flecha disparada por el robusto brazo de su padre, de negra y honda pupila, vivía intranquilo, vagando inquieto de sombra en sombra en la selva secular de prolongados ecos, como impelido por un vago misterio. El arrayán blanco y gigante movido en sus ramas por un soplo del noto producía un chirrido, una nota como un quejido que resonaba en la sombra umbrosa; y el príncipe corría en pos de este sonido moribundo, buscando una palabra de amor en el viento, en las auras, en el céfiro, en cada hoja del árbol, hasta que disipado el eco, melancólico y abatido, se dejaba caer a la sombra del cedrón añoso.
Vano intento: el suspiro fugitivo pronto iba a transformarse en la voz trágica de un cataclismo!
En estos días, cuando resonaba el son de besos, el rumor de la orgía en el festín de Guarán; cuando un canto de guerra, un alarido de combate dejó oír el pueblo de TAPAICUÁ, en lucha entonces con una raza de caníbales venidos del otro lado de un monte que diseñaba su vago peristilo en el horizonte, aparece de repente una figura tétrica como un cadáver ambulante evocado de las criptas profundas de un sarcófago, un hombre de cuerpo descarnado, de rostro demacrado, de expresión airada y siniestra, de cabellos luengos y desordenados, de torvo gesto, fulminando con acento espantable un grito de maldición, y vaticinando como iracunda Sibilla la consumación de un misterio terrible, de una temerosa justicia. Era este el profeta TAMANDARÉ. - Oigo, decía, un rumor como de un mundo que se desmorona. El rumor de la caverna de los gigantes en que zumba el soplo de huracán, no será nada, comparable con el trueno que resonará a la puerta de la diva Luna. Será ruido de hundimiento, ruido de muchas aguas.
Ya oigo el rugido desesperado y agonizante de la fiera en la selva umbría; los ayes, los lamentos, las palabras de dolor llenan ya la inmensidad de los cielos.
Cuando tres soles hubiesen pasado por la extensión vacía del cielo, todo será llanto y agonía. Un globo en chisporroteo horrible cruzará el horizonte; y en la noche oscura, cuando la tierra se estremezca de espanto, cuando las profundas grietas dejen escapar sus fugitivas llamas y el empinado monte se corone de negros crespones de humo, meneados por todos los vientos, entonces esperad ¡oh pueblo! porque el furor de los dioses se acercará! Inmensas olas, altas como montes, turbias y bermejas, oscuras y rojas como sangre líquida cubrirán la tierra!...".
Turbóse el pueblo, la muchedumbre de guerreros se irritó, la bárbara gritería llenó el espacio, y cada varón armado de flecha empinó su arco y arrancó una saeta de su carcaj de cuero de venado para dispararla contra el chivo sol, el dios iracundo.
Al ruido del tumulto acuden TAPAICUÁ y CARÃU que reclaman el silencio, preguntando la causa de tanta algarabía; y todos les señalan al hombre misterioso que permanecía de pie y en silencio. Vuelve a hablar y dice: -Tus crímenes, oh tierra, son bastantes a desencadenar las olas de la ira del dios terrible.-Vuelve también a comenzar el tumulto, y entonces el misterioso profeta dice a TAPAICUÁ: -Dos altas palmeras cargadas de frutos tienen aprisionadas sus raíces entre duras peñas en la abrupta cima del monte que domina el hondo valle. Cuatro Lunas pusisteis en sus copas, tú y tu mujer, sobre las olas del diluvio.
Y dirigiéndose a CARÃU dijo: -Tú, veloz heraldo, corre, vuela, traspasa la selva y el llano, sube y baja las colinas y anda y avisa a tu tío GUARÁN lo que pasará cuando tres soles brillen sobre el mundo.
Y el veloz heraldo de ligera planta, rompió su carrera hacia el sol poniente, atraviesa selvas y valles, sube y baja las colinas hasta que después de tres lunas de correr continuo, divisa a lo lejos en la cima de elevada colina el pueblo de Guarán su tío.
Era la hora en que el tercer Sol se iba sepultando en el poniente, tras el empinado monte. La luna como un disco de plata, blanca y pálida, aparecía en el oriente. Era también la hora en que la bella URUTÃU salía de festín para bajar al hondo valle que domina la colina - en pos de nuevos placeres, de aventuras obscenas, aspirando el perfume de las flores y agotando todo lo sensual en una sola voluptuosidad.
Ve pasar por junto a ella, rápida como una exhalación por entre el jazmín oloroso, una sombra.
-¡Alto! grita la princesa. ¿Quién pasa ligero sin arrodillarse ante la que va a ser Reina de este valle frondoso, rico en caza y el majestuoso torrente abundoso en peces de brillantes colores, riqueza viva de mi potente padre?
Y el veloz heraldo que había corrido tres lunas continuadas detuvo su paso, miró fijamente la bella sombra, la visión mística y cayó de rodillas murmurando una palabra de amor. Había oído el eco que tantas veces escuchara vagar de rama en rama en la espesura de la selva. URUTÃU, la princesa impura, conmovida por una nueva emoción de esa pasión brutal que había ulcerado su pecho, se acerca, mira y exclama: -¡Que bizarro continente! ¡Qué apuesto y que galán se muestra el mozo! Pero qué es ese resollar violento! ¿Habéis corrido por ventura el día entero?... ¿Quién eres? ¿a qué has venido a este sitio?
¡Oh tú, divino Sol que ya te ocultas, y tú, oh diva Luna, no me arrebatéis el rayo de esa honda y negra pupila. Pero dime ¿quién eres? ¿a qué has venido a este valle de placeres?.
-Soy CARÃU, príncipe de la lejana comarca, del potente reino de mi padre TAPAICUÁ, vengo a traeros fatal noticia... El ronco trueno ¿oyes? ese ronco trueno es la señal de muerte. Y el valle oloroso, y el reino y la tierra toda en breve no será sino el ancho seno de inmenso mar!... ¡Oh dolor!...
-¿Por qué llora el fuerte luchador de la pantera rugidora? Desecha el vano llanto que humedece tus párpados, abrásame con el fuego de tu mirada; míra me que el corazón late, flaqueo... ya no puedo ... príncipe... mi amor!
-Oh dolor, princesa, oh dolor!
El rumor crece ronco. Bestias y alimañas salvajes pasan huyendo desesperadas por cerca de los dos amantes y un trueno espantoso retumba en la extensión vacía del cielo. Vapores sulfurosos brotan de la tierra, fantasmas y vestigios por cuyos cuerpos serpentean fosforescentes llamas llenan el espacio, y una ola alta, alta como líquida montaña, rodó de valle en valle y cubrió la tierra.
De las espumas del diluvio salen dos aves; son los manes de los amantes. URUTÃU transformada en un ave sigue eternamente la marcha del sol; y al caer la tarde en la misma hora del cataclismo, comienza su primer lamento, ese grito triste de siglos que en las noches calladas cuando la Luna vierte sobre la tierra su pálido resplandor, conmueve con su acento las tinieblas y el bosque. Y en tanto CARÃU, trasformado a su vez en un ave de nuestros valles, al salir la Luna lanza un acento desgarrador...
A tres jornadas de caminar continuo, sobre la torva superficie de los mares, se levantan dos palmeras, únicas plantas que sobresalen a la superficie de las aguas. En sus copas de helecho estaban TAPAICUÁ y su mujer. ¿Dónde el valiente está, decían? y les contestaba el ruido ronco de las olas
Cuando el Sol llegó a su zénit un mar iluminó, mientras una blanca cigüeña batía con sus fuertes plumas las olas del diluvio.
Así las tradiciones se unen para explicar la colosal leyenda de los siglos, la leyenda del diluvio.

JOSÉ DE LA C. AYALA

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