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lunes, 31 de mayo de 2010

JOSÉ MARÍA RIVAROLA MATTO - LA CABRA Y LA FLOR / Edición digital: BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES


LA CABRA Y LA FLOR
Autor: JOSÉ MARÍA RIVAROLA MATTO
Edición digital: Alicante :
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
Banco de Obras, 1976.
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LA CABRA Y LA FLOR
Comedia dramática en tres actos, el último en dos cuadros
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PERSONAJES
DON PEDRO,
60 años, campesino encanecido, robusto.
RAMONA, su concubina; mujer ajada, también de edad.
MANUEL, hijo de don Pedro, de unos 30 años.
ANGÉLICA, niña jovencita, delgada, frágil, de 14 años.
ÑA CANDÉ, mujer de pueblo, avejentada, madre de Angélica.
PELÓN, idiota, mudo, rechoncho, muy fuerte, ahijado de don Pedro.
LUIS, muchachón de 10 años.
IRENE, muchacha de pueblo, 17 años.

A Jacinto Herrera,

que vistió la obra con su rica personalidad.
Se supone una habitación de «frente azotea» que da a una calle de aldea paraguaya que pasa por lateral izquierda (del espectador). Hacia ese lado hay una puerta practicable y una ventana con rejas de madera aserrada. Al fondo otra puerta practicable y ventana también con rejas, que se abren sobre un paisaje de espaciadas casitas que han de estar en la continuación de la calle que pasa por la izquierda. La puerta de la derecha da a otra habitación de la casa. La situación de la familia es de pobreza, pero no de indigencia. Las paredes desnudas, sin adornos, pero de clavos y hamaqueras cuelgan ropas, hamacas; una alacena o fiambrera; contra la pared algunas bolsas. En el centro una mesa chica con una lámpara. Sillas. A la izquierda, una vieja silla de mecer.
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Acto I
LA MAÑANA

* DON PEDRO es un hombre de aspecto bonachón, afable, con la sonrisa dispuesta. Tiene más de 60 años, cabellos blancos y ralos. Aún es fuerte; viste camiseta de punto, pantalón de brin y usa zapatillas. Al levantarse el telón está recostado a la jamba de la puerta del foro, de espaldas al público.
* Entra por lateral derecha PELÓN, trayendo cebado el mate. Es un mozo muy robusto, bajo, de cara rubicunda, inexpresiva, idiota. Lleva un sombrero de paño deformado y muy viejo que no se ha de sacar nunca; camiseta de brin de mangas cortas, sin cuello; pantalón muy ajado que se ata a la cintura con un trozo de piolín. Descalzo, camina pesadamente. En silencio extiende el brazo poniendo un mate al alcance de su amo y éste se sirve silenciosamente.
* UNA VOZ.- (Desde la calle.) Adiós, don Pedro.
* DON PEDRO.- Adiós, comadre, ¿cómo andan por el lado de su casa?
* LA VOZ.- Sin novedad, ¿y vos, siempre guapo?
* DON PEDRO.- Guapo, comadre... y contento de verla sana y buena.
* LA VOZ.- Muchas gracias, compadre.
(PELÓN, que ha recibido el mate sale por lateral derecha en su silencioso oficio de cebador. DON PEDRO sigue mirando un punto en lontananza, como si esperara a alguien.)
* RAMONA.- (Entrando por lateral derecha. Viste ropas de trabajo y arrastra sus zapatillas.) Pedro...
* DON PEDRO.- ¿Qué querés?
* RAMONA.- ¿No conseguiste nada?
* DON PEDRO.- Ni medio, ni un cuartillo.
* RAMONA.- ¿Y qué vas a hacer?
* DON PEDRO.- Lo de siempre: esperar. (Se vuelve sonriendo.)
* RAMONA.- Vos siempre con zonceras; pero hay que conseguir esa plata.
* DON PEDRO.- ¿Cómo?... Decime cómo y te voy y te traigo. Ganas no me faltan, ni voluntá.
* RAMONA.- ¿Acaso no le entregaste algodón y maíz al turco don Elías?
* DON PEDRO.- Le entregué, y también le entregué poroto, y unos cueros; le entregué todo, ¡y yo también me entregué hace rato!, pero dice que no hay plata, que hasta el banco que tenía la máquina para hacer «biyete» se fundió.
* RAMONA.- ¿Se comieron ya otra vez todo?
* DON PEDRO.- ¡Claro! El cristiano no es como los animales, que comen únicamente pasto, o únicamente carne. Nada. El cristiano come carne, come madera, tren, nafta, camión, se alimenta de tierra, de banco, de papel, hasta come carne humana, se alimenta de las costillitas flacas de las criaturas. ¡Viva la patria!, gritan, y meta, tragan mascando a dos carrillos. Los más comilones son los que gritan más juerte.
* RAMONA.- ¿Y por qué no gritas vos también?
* DON PEDRO.- (Repentinamente serio.) Yo grito, y no me creen, pero cómo me van a creer si yo mismo no me creo. ¡No sale de mí adentro la palabra mágica que otros encuentran, y gritan, como la verdad! Algunas veces digo que soy un inútil, pero otras veces me pongo a reír.
* RAMONA.- Muy bien, pero... ¿y tu pobre hijo Manú? ¡El Pobre quién sabe qué andará haciendo!
(Entretanto y siguiendo un ritmo pausado, PELÓN va y viene con el mate, pero no se lo ofrece nunca a RAMONA, ni a otra persona que no sea DON PEDRO.)
* DON PEDRO.- Bueno, vieja, no te aflijas tanto. Es cristiano cajetillo, y vos sabés, los cajetillos son gente de aguante. Nunca le apretá mal mientras no le arrugues su pantalón o le descompongas su peinado, aunque su barriga cante como una piririta.
* RAMONA.- Pero ¿no viste su última carta? Dice que solamente puede salir de noche, como los mbopí, pobrecito; y dice que ahora está esperando que sea carnaval para hacerse mascarito.
* DON PEDRO.- ¿Y qué querés que le haga?
* RAMONA.- ¡Y pedile al turco!, decile que estás enfermo.
* DON PEDRO.- No me hagas reír. El turco es almacenero acopiador, no enfermero. Si le decís que andás arruinado, allí no más te entierra con un asiento de contabilidá.
* RAMONA.- Vos te reís no más. ¿Qué sería del pobre muchacho si no fuera yo? Si Dios le quitó su madre, me puso a mí para defenderlo; yo soy su refugio.
* DON PEDRO.- Bueno, vieja; ya sabemos que el inocente necesita plata; que los usureros le hacen correr de aquí para allá, pero cuanto más le apuren, más pronto ha de venir. Para algún lado tiene que correr... Tranquilizate..., tranquilizate. (De pronto ve venir a alguien por la calle hacia el punto que había estado mirando al principio, y que en sus paseos y movimientos, siempre estará vigilando. Se interrumpe; la mano que había tendido para coger el mate que le pasa PELÓN, también suspende su movimiento. Queda como fascinado. Ramona sigue su parloteo.)
* RAMONA.- Sí, tranquilizate, como si una puede agarrar tranquilidad y ponerse como una camisa vieja. Agarrá tu corazón y poné debajo de la cama para que no te estorbe para dormir... ¡No quiero ni pensar lo que está pasando! Y vos, aquí en tu casa, engordando, acopiando cebo, chupando mate y mate... y el pobre más flaco que una cecina... ¿Por qué no pide a cuenta? ¿Para qué sirve entonces el patrón? ¡Yo te voy arreglar, gringo tramposo! (Se vuelve hacia lateral derecha y va saliendo.) Pobre inocente, en su carta decía: «embargo y requerimiento, apreta mi pensamiento». ¡Ay mi Dios! (Dice suspirando al salir.)
* DON PEDRO.- (Hace rato que ha dejado de oír a RAMONA. Está hipnotizado mirando a alguien que ve venir. Cuando ANGÉLICA está por entrar, sale alborozado por lateral izquierda a recibirla.) ¡Hola, Angélica!, ¿cómo te va, mi hijita?... ¿Qué anduviste haciendo?... ¿Saliste a pasear temprano?
* ANGÉLICA.- Me ocupó mamá para llevarle un vestido a ña Vitó.
* DON PEDRO.- ¿Y le gustó?
* ANGÉLICA.- Se puso enseguida.
* DON PEDRO.- ¿Y te pagó?
* ANGÉLICA.- No me dijo nada
* ANGÉLICA.- Bien, don Pedro.
* DON PEDRO.- ¿No te dio nada, nada, ni un caramelo?
* ANGÉLICA.- No.
* DON PEDRO.- ¡Esa vieja bruja!... pero tenés suerte. Esta mañana pasó temprano ña María y le compré esta chipita para vos, un lopí. (Abre el cajón de la mesa y la saca de entre una servilleta.) Guardala antes de que te vea Ramona, y comés por el camino.
* ANGÉLICA.- Gracias, don Pedro.
* DON PEDRO.- (Sacando un pedacito de la chipá.) Probate un pedacito de la cola, vas a ver qué rica está. Y calentita todavía; así me gusta... no, no quiero, estoy tomando mate... ¡Pelón! ¿qué se hizo de vos? (Se le acerca y toma un mate que el otro le había estado ofreciendo desde hace rato.) ¡Puf!, está frío. (Se lo devuelve a PELÓN, quien sale por lateral derecha.) No me mostraste todavía el gatito que tenés. ¿Es muy lindo? (ANGÉLICA asiente sonriendo.) Lo tenés que traer para que lo vea... ¿Qué nombre le pusiste?
* ANGÉLICA.- Miní.
* DON PEDRO.- Mini, porque es chiquitito.
* ANGÉLICA.- Sí.
* DON PEDRO.- ¿Te gusta el nombre como un dulce?
* ANGÉLICA.- Sí.
* DON PEDRO.- Así ha de ser, porque de tu boca sale suave, blando como un puñadito de cariño. (La mira tiernamente.) ¡Cómo te hubiera querido tu papá si te hubiera llegado a ver! Tu papá era un machazo de ley... No puedo acordarme de mis tiempos, sin pensar en él... Creo que por eso, cuando te veo crecer y ser más linda cada día, como una flor que se va abriendo despacito, siento ganas de mimar en este viejo corazón; como un taitá satisfecho. Vení, mi hija, sentate acá, (Pone una silla al lado del sillón donde se ha de sentar él.) contame cómo te va en la escuela.
* ANGÉLICA.- Bien, don Pedro.
* DON PEDRO.- ¿Qué notas sacaste el mes pasado?
* ANGÉLICA.- Y..., (Con inseguridad.) buenas...
* DON PEDRO.- Entonces, ¿por qué no me trajiste tu libreta para que la vea?
* ANGÉLICA.- Me olvidé.
* DON PEDRO.- ¿Te olvidaste? (Mirándola con cariñosa incredulidad.) Jhuu, ¿estás segura?
* ANGÉLICA.- El otro mes te voy a traer sin falta.
* DON PEDRO.- (Se levanta y le pone un brazo sobre los hombros.) Quiero que me cuentes tus cosas; las cosas que te pasan. No tenés que tenerme vergüenza. De todo corazón este cristiano está en reemplazo de tu papá, no te olvides.
* ANGÉLICA.- Sí, don Pedro. (Un silencio.) Le hace decir mamá si ya tiene el género para las camisas que quería.
* DON PEDRO.- ¿Las camisas?... (No recuerda que quería camisas. De pronto, con una palmada en la frente.) ¡Ah, sí!, ya recuerdo que hablamos de eso. Necesito camisas, calzoncillos, pantalones. Todo me lo vas a hacer vos misma... (Maliciosamente.) Pero en alguna forma tenemos que enredarlo en la tarea al paisano don Elías... en fin, poco a poco; ya vas a ver. Tenemos que conseguirte también una máquina de coser para vos... por cuotas... con sorteos, para tener ocasión de soñar un poco, ¡a ver si salimos con un sorteo! Vos sos una chica de suerte.
* RAMONA.- (Ha entrado por lateral derecha y ha escuchado lo que decía DON PEDRO.) No le creas lo que dice este viejo, mi hija. Promesa y promesa. Pero cuando llegue la ocasión, en lugar de máquina te va a regalar una bolsa de mandioca, y en lugar de mandar hacer camisas te va a dar para que le remiendes los pantalones. No es por mala voluntá, hay que reconocerlo, sino por pobreza de «solunidá».
* DON PEDRO.- No le hagas caso, Angélica. Para vos hemos de arañar la tierra para buscar después el mejor mozo en veinte, treinta leguas a la redonda, para tu novio, para que formes una casa limpia, buena, feliz. Vamos a necesitar un muchacho serio, trabajador, que no sepa lo que es caña, ni juego; con oficio conocido... ¡sobre todo con profesión o oficio! ¡Eh!... No quiero saber nada con ningún vago guitarrero, tenga lo que tenga.
* RAMONA.- Como Manú, así tiene que ser, ese mi hijo tiene toda la virtú.
* DON PEDRO.- ¿Manú? Para vos ya es viejo. No me gusta ese cristiano, la verdá, aunque sea mi sangre. Es demasiado mañero, se ríe de todo, no quiere creer en nada, y es preferible caminar detrás de una linda mentira que estar dando la vuelta alrededor de nada. Y ése...yo no entiendo lo que quiere.
* RAMONA.- Callate Pedro, no quiero oírte decir más esas sonceradas por tu hijo. Manuel es un muchacho, no puede pensar y hacer las cosas como un viejo chochoco, con reumatismo y amorroides, como vos... Él se ríe de tus lamentos porque tiene la alegría de la juventú.
* DON PEDRO.- (Para sí.) Eso es lo malo, no se ríe con alegría, como esos muchachos que corren dando la cara al sol y al viento; ahora se ríe como los enfermos, como los presos...
(PELÓN vuelve a entrar por lateral derecha sin el mate. Silenciosamente va a situarse a un costado de la escena y se sienta sobre los talones. No aparta los ojos de DON PEDRO. Sigue su mímica y gestos, su andar por la escena, con fidelidad de perro.)
* RAMONA.- (Que prosigue.) Le gustan las mujeres, y eso es justo, no está pasado y tembleque como vos. Jaque en tu tiempo vos también eras un farristo; acordate no más, sinvergüenza...
* DON PEDRO.- Sí, de todo me acuerdo. Pero para Angélica yo no quiero un muchacho como yo era; debe ser más, mucho más. Aspiro a más para ella.
* RAMONA.- ¿Más qué?
* DON PEDRO.- Más provenir, más promesa y posibilidá; más limpio, más arreglado... (Vacila.) más alto.
* RAMONA.- ¡Eh!, parece que al fin medio te gustan los cajetillos.
* DON PEDRO.- ¡Ja, ja! ¡Me agarró esta cristiana! No es eso... sino que me parece que esta criatura es muy limpia y pura, lavada cada día. Por eso no veo a nadie para ella. ¡Pero ya hemos de encontrar!
* RAMONA.- Ni vos sabés lo que querés; ¡qué tanto! Le decís todo el día esas cosas a esta pobre criatura, y al fin vas a hacer de ella una creída, una pretenciosa que va a despreciar a su prójimo igual. ¿Acaso ella se está criando para tener presos y soldados de ordenanza? No, mi hija; tenés que aprender a ser pobre; tenés que saber cavar la mandioca, tenés que saber carpir... tenés que saber llevar a tu hijo agarrado por tu cintura, con las piernas y los bracitos abiertos, como una ranita, y tenés que...
* DON PEDRO.- Bueno, por favor, Ramonita, callate (Mímica.) Recogé y enrolla un poco esa tu lengua. Ya salió por la puerta, entró otra vez por la ventana y ahora va a salir por esa puerta. ¡Ya está enredando!
* RAMONA.- ¿Enredando, yo? ¿Por decir la verdá, y aconsejando bien a esa criatura, sacándole de la cabeza esas pretensiones de lujerío? ¡Pero mirá un poco lo que dice! Como dice el Paí: «Primero ha de entrar un caramelo en el abujero de la abuja antes que un rico en la propiedá alambrada del Señor». ¡Jhum! San Pedro no te va a abrir la tranquera, esperate no más sentada en tu silleta. (Representa.) «Sos una preciosidá», pero barriga vacía. «Qué hermosura esa tu ropa», con agujero aquí y allá... apenas tiene un calzoncillo para usar cada 14 de mayo, y dice que va a mandar hacer por docena...
* DON PEDRO.- Bueno, suficiente, callate ya Ramonita de mi corazón. Callate; vos tenés razón.
* RAMONA.- Dice que le va a regalar para su máquina, y no tiene para mandarle a su hijo para su pasaje.
* DON PEDRO.- Bueno, basta, Ramona. (Con energía.) ¡Basta!
* RAMONA.- ¿Y por qué no me hacés callar si podés? ¡Haceme pues callar don Pedrito! ¿Por qué no me pegás ya de una vez?
* DON PEDRO.- No te voy a pegar yo, sino que le voy a decir a Pelón que te lleve a tirar al chiquero de los chanchos... ¡Pelón! (Señalando a RAMONA con el índice. PELÓN se levanta y se dirige a ella lenta y resueltamente.)
* RAMONA.- ¡Pero, no le digas esas cosas que es capaz de... hacer! (Retrocede, alarmada, y sale por lateral derecha cerrando la puerta.)
* DON PEDRO.- ¡Pelón!... ¡Pelón!... Allí (Le señala un rincón donde volverá a sentarse impasible. DON PEDRO ríe festejando el pavor que ha causado su orden.) Es la única forma... (Dirigiéndose a ANGÉLICA.) No le hagas caso, Angélica; ella es buena y te quiere, pero Manú es su debilidá.
* ÑA CANDÉ.- (Entra por lateral izquierda. Es la madre de ANGÉLICA; mujer de pueblo, ya madura y ajada. Viste con pobreza.) Buen día, ¿cómo amaneció, don Pedro?
* DON PEDRO.- De primera, ña Candé; ¿siempre trabajando mucho?
* ÑA CANDÉ.- Sí, fui a entregarle a don Elías unas costuras que me encargó. ¿Pero no sabe todavía?
* DON PEDRO.- ¿Qué cosa?
* ÑA CANDÉ.- Llegó un camión con carga de Asunción, y vino Manuel. Le vi de lejos cuando bajaba en la plaza.
* DON PEDRO.- ¡Manuel! ¿Vino? Pero si todavía no le mandamos plata para su pasaje. (Ríe a carcajadas.) Habrá viajado fiado, o a lo mejor ya consiguió «pase»... pero ¡qué bicho ese cristiano!, le cortás la leche y se viene al galope a buscar la vaca lechera.. ¡Ja, ja, ja!
* ÑA CANDÉ.- ¡Pero este don Pedro, las ocurrencias que tiene!... Bueno, vamos Angélica... tenemos que trabajar.
* DON PEDRO.- (En son de broma.) Bueno, ahora te voy a mandar una cantidá de género, tres o cuatro brazadas para que me hagas seis, o, seis son muchos, no ha de alcanzar... tres pañuelos... y con lo que sobra, le hagas un vestido... a tu muñeca Juana. ¡Ja, ja! Vos sabés que no me falta voluntá, ¿verdá?
* ÑA CANDÉ.- No la malcríes tanto, don Pedro... Bueno, vamos Angélica. Lástima que no podemos esperarle a Manú; ¡con las cosas que ha de tener para contar! Vamos pronto, Angélica, para venir después. Hasta luego. (Salen hacia la calle.)
* DON PEDRO.- (Se vuelve hacia el interior de la casa, y va a llamar.) ¡Ramona!... ¡Ramonita!... ¡Vení, vieja linda!
* RAMONA.- (Entra por lateral derecha.) ¿Qué querés?... ¡Jheee!, seguro que ya necesitá otra vez alguna cosa, por eso me llamás tan apurado, pero hace un rato no más querías tirarme al chiquero de los chanchos, ¡viejo atrevido!
* DON PEDRO.- (Ríe a carcajadas.) Si no estás más enojada, si me perdonás ligerito, te voy a dar una buena noticia...
* RAMONA.- (Intrigada.) ¿Qué es?
* DON PEDRO.- ¡Nada! Primero me tenés que decir que no estás más enojada; que no vas a llamar a las gallinas ¡co-co-co!, al lado de mi catre cuando estoy durmiendo afuera; que cuando te da por cantar tu polca, vas a cambiar de vez en cuando. Te tenés que dar la vuelta también un poco, ¡no seas tan cerrada!
* RAMONA.- Ya me querés enredar otra vez.
* DON PEDRO.- Enredada ya estás, enredada conmigo, estamos enredados juntos. Así que... prometés que no te vas a empezar a plaguear antes de la salida del sol; que cuando estoy tomando el aperitivo vas a venir a acompañarme callada, tranquila, en lugar de venir a contarme que le duele la barriga al chancho... o el pique al perro o la cola a la vaca, y todas esas miserias que ya sé... y quiero olvidarme con el traguito.
* RAMONA.- Sí, bueno; ¡pero ya no aguanto más! ¡Decime qué es la buena noticia!
* DON PEDRO.- Vino Manú. Ahí dice que llegó en un camión.
* RAMONA.- ¡Es posible!, sin pasaje, pobrecito; ¡quién sabe qué habrá tenido que hacer para venir! Habrá tenido que empeñar todas esas boletas de empeño.
* DON PEDRO.- (Va hacia lateral izquierda y mira hacia la calle.) Allá parece que viene. (Sale a recibirlo.)
* RAMONA.- ¿Sí?, viene. (Corre hacia la puerta a mirar también.) ¿Aquél es? Miralo un poco... ¡y qué flaco parece, qué débil! ¿Y su pilcha? ¡Pelón, Pelón!, ¡andate ligero a traer la valija! (PELÓN permanece impasible sentado siempre en cuclillas.) Pelón, a vos te digo, arriero arruinado, ¡haragán! (Va y lo estira de la manga tratando de llevarlo hacia la puerta.) ¿No ves que Pedro le va a buscar?... ¡Pedro!... decile a éste... (Pero no viendo a PEDRO, sale también por lateral izquierda y afuera se oyen voces de recibimiento.)
* DON PEDRO.- (Entra con un lío de ropas en una manta, y una valija raída atada con un piolín, para que no se abra.) ¡Pero qué sorpresa; no te esperábamos ni un chiquitito, ni un chiquitito!
* MANUEL.- (Ropa de ciudad ajada por el viaje, y polvoriento.) ¿Cómo están por aquí?
* RAMONA.- ¿Venís cansado, mi hijo? ¿No te maltrataste mucho en el viaje? Voy a ponerte enseguida agua para el baño, y voy a buscarte una zapatilla y ropa limpia...
* MANUEL.- (Zapatea y se sacude el polvo.) ¡A la pucha! Vine sobre la carga tumbado sobre unos cajones de caña... tengo una cantidad de chichones para adentro... ¡Ay!, y varias costillas torcidas al revés. ¡Y qué polvareda, su madre! Cuando llegamos a la comisaría me pidieron la filiación.
* RAMONA.- ¿Es posible?, ¿no te conocieron?
* MANUEL.- No, creyeron que era un guerrillero. Fue el cabo hacia adentro, trajo un plumero, me pasó por la cara y dijo: ¡Eh, había sido Manú!
* DON PEDRO.- (Riendo.) ¡Las ocurrencias de éste! (Lo palmotea cariñosamente.)
* MANUEL.- ¡Ay!, justamente allí me entró una botella.
* RAMONA.- Jesús, ¿y qué hiciste?
* MANUEL.- (Mostrando la valija.) La apresé seguidamente con unas compañeras, y la metí en ese calabozo.
* RAMONA.- ¡Pedro!, decile a Pelón que lleve los bultos de Manú adentro.
* DON PEDRO.- ¡Pelón! (Toma los bultos, se los pone en los brazos; le indica con la mímica y empujándolo suavemente qué es lo que tiene que hacer.) Llevate adentro... adentro. (PELÓN sale por lateral derecha.)
* RAMONA.- Voy a arreglarte tu cuarto. ¿No querés una naranjada bien fresca? ¿No querés mate? ¿O preferís un tereré?
* MANUEL.- ¡Quiero todo! Vengo aquí para que me cuides, me trates bien y me hagas engordar; estoy muy débil... (Afectadamente.) tengo que reponerme de las preocupaciones del trabajo de la ciudad. (Termina con una risotada que acompaña DON PEDRO.)
* RAMONA.- ¿Venís para quedarte un tiempo?... Tenés que darme lugar para «levantarte». Primero tenemos que matar todos esos bichos; seguro que estás lleno de anquilostoma.
* MANUEL.- ¡A la pucha, quién sabe!
* RAMONA.- Yo primero te quiero dar una buena purga doble de sal inglesa para barrer y fregar, y después otra doble de aceite de castor para aceitar y lustrar. Después con caaré y leche caliente empiezo la invernada.
* MANUEL.- ¡Qué tratamiento! ¡Todos mis ceboís se levantaron del susto! Mirá vieja, te voy a contar lo que yo necesito para curarme de todos esos bichos y hasta de la tristeza del bolsillo pelado; que cada mañana me traiga el mate bien temprano una linda morena; que después del desayuno una trigueña perfumada me cebe el tereré.
* DON PEDRO.- Lindo tratamiento, ¿no?
* RAMONA.- Es la juventú; cada cual con su cada cual.
* MANUEL.- La mejor receta para matar los bichos.
* RAMONA.- ¡Pero es letrado este mi Manú! Vas a tener de todo. Si sabía que ibas a llegar, ya le decía a Angélica que se quede para cebarte el tereré.
* MANUEL.- ¿Quién es Angélica?
* RAMONA.- La hija de ña Candé. Es chica todavía, pero lindita...
* MANUEL.- ¿Quién? ¡Ahh! ¡Pero qué bárbaro! Yo te estoy hablando de carne blanda, y vos me querés dar pajarito asado. Dejate de embromar, la vieja; ¡yo no quiero jugar chiquichuela!
* DON PEDRO.- Callate, Ramona; él tiene razón.
* RAMONA.- ¿Y no eras vos el que ya le andabas buscando novio? (Va a salir por lateral derecha, cuando entra PELÓN sin mate. RAMONA a DON PEDRO.) Jesús, ¿no le podés decir a éste que alce agua para el baño? ¿Tiene que estarse todo el día sentado mirando y escuchando lo que decís? (Sale.)
* DON PEDRO.- Dejalo en paz a éste... ¿acaso no sabés que el pobre no entiende?
(PELÓN se sienta sobre sus talones en su lugar habitual.)
* MANUEL.- (Haciendo chanza, se sienta.) ¿Cómo andás, viejo?, ¿cómo te llevás con tu vieja?
* DON PEDRO.- Y... ya sabés. Nos gritamos, nos peleamos, y vivimos colgados el uno por el otro, como esos ysypó del monte. A medida que se pone más vieja, se hace más y más plagueona. Se le endurecen las piernas y se le afloja la lengua. ¡La pucha! A veces habla como loros que tomaron caña.
* MANUEL.- (Divertido.) ¡Me imagino! ¿Y vos cómo hacés para arreglarte?
* DON PEDRO.- ¿Y qué le voy a hacer? Es mi joroba y mi costumbre. Como a la seca y al viento norte; tomar mate y aguantar.
* MANUEL.- (Encogiéndose de hombros.) ¿Y por qué no la largás?
* DON PEDRO.- (Admirado.) ¡Hombre! ¿Vos me decís eso? Te quiere como si fueras su hijo; la mitad de las peleas que tenemos es porque quiere más cosas para vos. Su cariño pobre se derrama con las ofrendas para vos. De palabras, de oraciones, de las sonceritas que guarda para mandarte.
* MANUEL.- ¿Y por eso vas a seguir acollarado con ella toda la vida? (Se encoge de hombros.) Una mujer te quiere, y vos le podés querer también a ella... pero aparte la libertad.
* DON PEDRO.- ¡Me asusta lo que decís!
* MANUEL.- ¡Vamos!, ¿no lo pensaste alguna vez?
* DON PEDRO.- Sí, algunas veces, así como pasa una palabra representada por la despaciencia o por la rabia; pero nunca se quedó por mucho rato... después, ya me conocía.
* MANUEL.- ¿Te conocía cómo?
* DON PEDRO.- Y, pasan los años, la vida se va pareciendo a una tardecita larga. Se ponen a dormir las cosas, y también le llega el sueño a las ilusiones. Ya pedís poco, te contentás con lo que salga cada día, tu mate, tu hamaca, tu traguito, tu vieja plagueona, pero que ya le conocés el molde, como tu sombrero, tu bombilla, tu recado. Hay una pregunta que viene con más y más sustancia... «¿para qué... para qué?»
* MANUEL.- (Encogiéndose de hombros.) Bueno, viejo; no hace falta enredarse tanto, la cuestión es si querés o no querés.
* DON PEDRO.- No me podés entender... sos todavía joven, no sabés que hay un dulce vicio que se llama: la costumbre.
* RAMONA.- (Entra sofocada por lateral derecha, trayendo una toalla limpia en el brazo y sábanas. Trae también un platito con un vaso grande de naranjada.) Aquí te traigo esta toalla limpia... y también este vaso de naranjada. Está fresquita, Manuel. Tomá y después andá a bañarte. Está el agua linda; te puse también jabón de olor y tus zuecos.
* MANUEL.- ¡Así da gusto que me cuides!
* RAMONA.- No compré hielo para vos que estás acostumbrado; ¡qué lástima! Nosotros aquí nos conformamos con agua enserenada, con rocío. Toma el gusto de la noche porque las estrellas entran a bañarse en el cántaro al pasar. (MANUEL ha cogido el vaso y se sirve. RAMONA ríe contenta y feliz.) ¿Está pa rica, mi hijo? ¿No querés que te haga un poco más?... ¿Está bien dulce? Ahora nos venden azúcar mojada, no se puede medir más la cantidad. Yo digo que don Elías le pone agua para que pese más. ¡Es un judío ese turco! ¡Bien judío como buen turco!
* MANUEL.- (Riendo, va a abrazarla.) ¡Pero ésta mi vieja!... Desde esta noche vamos a salir de farra, vos y yo. Vos visitás a la vieja, y yo a la hija. Vamos a recorrer una a una todas las casas del pueblo; me vas a hacer la pierna. ¿Te gusta el arreglo?
* RAMONA.- ¡Claro!
* MANUEL.- ¡Lo que nos vamos a divertir! Vos vas a hablar desde las cuatro de la tarde hasta la madrugada, y yo... (Frotándose las manos.) me quedo con el arco libre.
* RAMONA.- ¡Pero mirá qué buena idea! ¡Es letrado este Manú! ¡Oh, mi Manú!... Con este viejo no se puede ir a ninguna parte. Todo el día rezongando que le duele aquí, que le duele allá, y pidiendo que se le frote con sebo de vela. Apenas se puede cambiar unas palabras con la gente de la amistá.
* MANUEL.- Hace tiempo no conversás con nadie.
* RAMONA.- ¡Cierto!, para atender a este viejo plagueón, ¡lengua larga!
* DON PEDRO.- (Indignado.) ¡Pero mirá lo que decís!... ¿Yo plagueón?
* RAMONA.- ¡Jesús!, plagueón y rabioso, ¡no me dejás ni hablar!
* DON PEDRO.- (Exaltado.) Manú, es falso; te juro que no es verdá.
* MANUEL.- (Divertido.) Tranquilo, no vale la pena; lo que pasa es que no entendés que la verdad es una mascarita que en cada baile se cambia de disfraz. Te doy un consejo, viejo, dejá que ella dé gusto a la lengua, y vos reíte de la verdad.
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Telón
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