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domingo, 25 de julio de 2010

SANTIAGO DIMAS ARANDA - VIDA, FICCIÓN Y CANTOS / BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES (LIBRO DIGITAL 100%)


VIDA, FICCIÓN Y CANTOS
Cuentos
SANTIAGO DIMAS ARANDA
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
Editorial Manuel Ortiz Guerrero,
Asunción-Paraguay 1996
(182 páginas)
© Patronato de Leprosos del Paraguay
Dibujos del autor
Edición digital: Alicante :

En las personas de las profesoras:

Doña Florencia Rojas,
mi abnegada madre,

Doña María Serrán,
mi mejor maestra,

y Doña Alcida Soto Monges,
mi valiente compañera
en la lucha y la esperanza.

Sea este homenaje
a todas las educadoras
de mi patria.

S. D. A.
.
PRÓLOGO
Es innegable que gran parte de la narrativa paraguaya -la de ayer y la de hoy- está estrechamente ligada al devenir de los sucesos que ha protagonizado -y sigue protagonizando- el hombre paraguayo a través de sus propios códigos culturales, sucesos que, cuando se desarrollan desde el punto penumbroso, que subyace en toda condición humana, llegan a modificar con trazos trágicos los perfiles de la sociedad y, por ende, de su misma historia que, al fin de cuentas, hace a la propia historia del país. Es así como muchas veces algunos de nuestros narradores rozan inevitablemente la historia al ficcionar la vida de sus protagonistas principales, y otras tantas cuando recrean, ficción de por medio, las historias o los hechos de anónimas personas que, indubitablemente, también son partícipes del tramado del todo de la historia. Muchas opiniones ya se vertieron -y de seguro que seguirán vertiéndose- con respecto a esta ligazón y a las dudas que genera en cuanto a la validez o no de su tratamiento conceptual como aliento literario. Mas, a nuestro juicio, la obra de todo escritor tiene siempre el halo del momento histórico y del ámbito geográfico que circunda su vida cronológica. Este juicio bien lo avala Guillermo de Torre en su Problemática de la Literatura cuando transcribe esta afirmación del pensador P. L. Landsberg: «La historicidad es esencial a la condición del hombre», para exponer después su concepto personal: «De ahí que el carácter histórico de nuestra existencia exija el compromiso como requisito de la humanización». Este compromiso sería el hecho de asumir de modo concreto la responsabilidad de una obra encarada hacia la formación del ser humano, en el convencimiento de que dicho compromiso realiza la historicidad humana. Y aquí debemos recordar y entender que este concepto de compromiso, que logró su acepción más concreta e influyente en Jean Paul Sartre, tiene sus raíces remotas, coetáneas ya de la consigna adversa «el arte por el arte», tan del siglo XIX, tan perimida, que al «provenir de una burguesía afianzada en el poder político y económico, convencida de la legitimidad histórica de sus intereses y privilegios», al decir de Adolfo Colombres en Sobre la Cultura y el Arte Popular, hace que los textos se conviertan en meros objetos de la literatura al dejar de ser instrumentos de la comunicación, que es su finalidad esencial.
Con todo, y acaso obviando premeditamente estas disquisiciones y su carga retórica, Santiago Dimas Aranda escribe incansablemente con la premisa fundamental de comunicarse -y de comunicar-, con esa pungencia creadora que le confiere su condición de escritor comprometido con su tiempo y su vasta experiencia de vida, tramos de ésta tiznados de un doloroso exilio que lo mantuvo mucho tiempo lejos de nuestro suelo. Pero es justo reconocer que ese alejamiento fue sólo físico, pues su corazón siguió siempre aquí, con la latencia de todos los fenómenos sociales y políticos que le tocó vivir en aquellos lapsos trágicos de nuestra historia. Es por eso cómo es gratificante comprobar que el lenguaje que impone en el tratamiento de los textos de este conjunto de cuentos y poemas que él titula VIDA, FICCIÓN Y CANTOS corre, a través de la palabra transparente, sencilla, llana, por el hilo conductor de la verdadera comunicación, aquella que habrá de transmitir a una gran cantidad de lectores, en su lenguaje específico, las historias que narra con evidente finalidad de transferencia cognoscitiva y también moralizante. Pero no por ello nosotros, los lectores, hemos de suponer que esa sencillez del lenguaje utilizado por Santiago Dimas Aranda puede disminuir la densidad de los relatos. Muy por el contrario, los hechos y los personajes que ficciona nos llevan a recorrer, muchas veces alelados y otras tantas estremecidos, los pasajes lóbregos y trágicos de una realidad social, política y económica que sigue intacta en la jungla de nuestra historia. Con todo, y acaso desde el profundo humanismo que es la impronta de la propia vida de su autor, estos textos conllevan siempre el sello de la solidaridad y de la justicia, siendo esta última impuesta más por el peso de la propia conciencia del hombre que por la letra de las leyes.
Es evidente entonces que con estos relatos y poemas el autor nos confirma su irrenunciable connubio con la literatura de compromiso, que él la asume con la responsabilidad de su propia vivencia y de su particular cuan honesta concepción de que la creación literaria es siempre emisora de un mensaje, dirigida a aquellos multitudinarios receptores que se nutren todavía de la imaginación popular, esa que desacraliza la creencia de que la pequeña burguesía intelectual, elitista por antonomasia, es la única depositaria de una ética y de una estética con poder de comunicar y revolucionar. Quizás por eso aquí bien vale citar aquella vieja afirmación de César Vallejo: «No hay más que una revolución: la proletaria, y que a esta revolución la harán los obreros con la acción y no los intelectuales con su crisis de conciencia».
Lejos de una literatura intelectual, esta que nos ofrece Santiago Dimas Aranda está más cerca de una literatura realista y, cuando cruda, descarnada y despojada de oropeles retóricos como es, nos invita a compartir las opciones de vida de quien tan sinceramente, con pudoroso silencio, las escribe.
VÍCTOR CASARTELLI
PRIMERA PARTE: VIDA Y FICCIÓN
LOS DESTERRADOS

** -¡Por Dios Santo, Hermelinda! ¡No hay lugar en la tierra para nosotros! -dijo Loreto Paiva con una herida en la voz, en tanto se desplomaba en el catre que yacía debajo de un yuquerí-. ¿Adónde iremos ahora? ¡¿Adónde?!
** Su morada estaba allí, casi en el agua; una suerte de rancho armado con arbustos, lonas y cartones, cuya única abertura daba al río.
** Mordido el pecho de amargura, llegaba de la ciudad. Aún en la frágil sombra del arbolejo, su rostro ardía. El sol, que estallaba sobre las ondas del río sumamente crecido, lo venía encandilando desde que entró en el bañado, impidiéndole sortear los aguachares del camino.
** Era mediodía. Loreto llegó empapado. La mujer, en cuclillas, apantallaba un fuego agónico. Se tapó los oídos. La vehemencia progresivamente amarga de su hombre la atormentaba, tanto que llegaba a pensar que algo grave pudiera tener en la cabeza. Por fin, despacio, se levantó y caminó hasta cerca de él. Lo miraba insegura. Sus labios cuarteados y sus ojos muy irritados por el humo de la leña de yuyos no se movían.
** Loreto tendió la mirada turbia alrededor del rancho buscando a los hijos. Recién entonces la mujer habló:
** -Se fueron a cuidar autos -dijo-. Si consiguen plata van a traer galleta.
** Un cansancio no sólo físico dominaba a Loreto. En su ausencia, durante la mañana, el agua había avanzado casi tres metros. Fatalmente, en un par de días más, el rancho estaría inundado, motivo harto suficiente para sentir postrado el ánimo. De pronto, de tanto abatimiento, quedó sumido en un fatigoso sueño. A Hermelinda le seguía zumbando en el oído su lastimera pregunta: ¡¿Adónde!?
** Provenientes de múltiples lugares -caso curioso-, habían ido finalmente a parar en ese lodazal. Tanto Hermelinda como Loreto iniciaron su andar peregrino siendo aún adolescentes, cuando sus respectivas familias, empujadas por extremas necesidades, emigraron a la Argentina. Allá tuvieron trabajo y un discreto pasar. Años después, los jóvenes se juntaron. Se hicieron de una vivienda y pronto tuvieron dos niños. Les iba bien. Pero llegó un mal día en que, espantados por la violencia desatada en aquel país, malvendieron sus pertenencias y nuevamente cruzaron la frontera.
** De vuelta a la tierra natal, no buscaron alojarse en los pueblos. Campesinos al fin, prefirieron regresar al agro. Y en ese afán, buscando un espacio para afincarse, llegaron hasta un lejano paraje, en pleno monte, donde se sumaron a otros establecidos con anterioridad. Éstos les dijeron que la tierra era fiscal, que podían levantar un rancho y empezar el desmonte. E incluso les ayudaron a hacerlo. Y ellos, que nunca conocieran un gesto solidario, no sabían si soñaban o vivían despiertos.
** Poco después, dada la casual presencia de un hombre que llegó pidiendo posada y decía ser gestor agrario, los Paiva y sus vecinos encargaron los trámites pertinentes a fin de asegurarse la estabilidad en esas tierras. El hombre les advirtió que la cosa no sería tan simple ni tampoco gratuita, lo cual era previsible. Todos estuvieron de acuerdo con el precio. Y los Paiva, que por suerte contaban todavía con parte del dinero obtenido de sus ventas en la Argentina, también lo aceptaron. El gestor se llevó consigo los datos de las personas y de los predios ocupados, y prometió novedades para dentro de seis meses.
** Mientras tanto, todos continuaron trabajando de sol a sol, sin tregua, transformando la breña salvaje en promisorios plantíos. Los Paiva, al igual de los demás, derrochaban optimismo. A cada esfuerzo, la gleba oscura les retribuía con tiernas mieses. Y la esperanza les sonreía como un niño que empieza a caminar.
** Apenas vencido el plazo, el gestor reapareció. Traía un bolso con varios rollitos de papel mecanografiado. Los textos tenían por título «Certificado de derechera». Al pie había una intrincada firma y un sello morado.
-Es una venia de usufructo de acuerdo a las leyes agrarias -dijo el hombre a modo de explicación.
** Y bien, cada cual le dio su paga, y se fue. Para los Paiva y demás beneficiarios, aquel «Certificado» era motivo de gran alegría. Representaba seguridad, tranquilidad y un estímulo para entregarse al trabajo por entero. Loreto Paiva, aunque corto de fondos, quedó contento. Esperaba resarcirse de lo gastado con la primera cosecha, la cual estaba casi lista. Y, efectivamente, fue ésa una buena cosecha. Les dejó alimentos, ropas y algún dinero en efectivo, parte del cual, Loreto se apresuró a depositarla en la caja fuerte de una financiera de su confianza que operaba en el pueblo más cercano, donde, seguramente, algún beneficio había de rendirle. Todo le hacía suponer que ese dinero iría creciendo año tras año.
** El invierno encontró a los Paiva reunidos en un cálido rancho con olor a nuevo, con mazorcas que llenaban los tendales y un fuego crepitante en la cocina donde la buena comida no faltaba.
Era el primer invierno que pasaban allí. Terminada la cosecha, la tierra descansaba en espera de la nueva semilla y del nuevo esfuerzo. Sólo hacía falta una lluvia para empezar la arada. Lastimosamente, desde el pasado otoño no llovía. Durante la cosecha, el tiempo seco resultaba una bendición. Pero luego, al prolongarse con exceso, la sequía se tornó preocupante.
** Dos meses más transcurrieron y, al extremo de la angustia, en lugar de la ansiada lluvia -¡cosa de no creer!-, algo consternante y desolador llegó a los ranchos: un escrito de una tal [20] «Silvícola Marangatú» que mandaba desalojar y alambrar toda la comarca.
** Desmoralizados, aunque con alguna esperanza todavía, los colonos -porque aquella era ya una hermosa colonia- presentaron sus reclamos presurosos a las instituciones correspondientes, pero ninguno prosperó. «Ustedes ocuparon propiedad privada -se les dijo-; el delito que cometieron no les da derecho a nada; al contrario, si insisten, pueden ser castigados por la ley». Ningún testimonio fue válido, ningún «Certificado de Derechera» ni nada. Para ellos no existía derecho ni razón. Sólo la «Silvícola Marangatú» los tenía. Y ante la resistencia que, ciegos de indignación, iniciaron en defensa de las que aún creían sus legítimas posesiones, llegó gente armada y uniformada, y la violencia cobró ribetes descomunales. En conclusión, todas las cabañas fueron reducidas a ceniza, y sus moradores, sin importar edad ni sexo, muertos o encarcelados.
** Los Paiva, desde entonces incomunicados y sin ningún proceso, se pasaron restando años, meses y días a la existencia. Y llegado finalmente el día cero, secos los ojos, sin horizontes la vida, de pronto se encontraron arrojados en una calle de hostiles piedras. Estaban, pues, en libertad, pese a las muy difundidas acusaciones de bandoleros y terroristas esgrimidas en contra de ellos. Eran libres de irse, mas no sabían adónde. Nada veían delante, nada atrás, que pudiera sostenerlos o guiarlos. Padres e hijos estaban enteramente anonadados. Para ellos, también la vida había quedado detenida durante la noche interminable del presidio.
** Y en ese desértico momento -en que estar libres era peor que encerrados porque ni la esperanza estaba salva-, Loreto, sin embargo, como despertando de la horrible pesadilla, se acordó de repente de la financiera aquella depositaria de su ahorro familiar. Y pudo recordar entonces, como consecuencia, del recibo que le habían dado y que tenía escondido en algún pliegue de la ropa -harapo en cuatro años de prisión- que aún llevaba puesta.
** Dejó a la mujer y a los hijos refugiados en una vieja recova, y él tomó la ruta. Caminó días y noches sin un bocado, sólo bebiendo el agua de los arroyos, hasta llegar al pueblo donde creía tener su dinero.
** Y, menos mal, lo tenía. Lo recuperó tal cual era. En cuatro años no había crecido un céntimo. Pero él se calló. Tenía su dinero y dio por ello gracias a Dios. Al recibirlo, su primer pensamiento fue el de comprarse un terrenito, hacer propio un espacio donde alojarse con su familia.
** Volvió a la ciudad en ómnibus, y ni bien allá, echose a recorrer las calles, visitando las numerosas empresas dedicadas al lucro inmobiliario. Pronto debió convencerse de la enorme devaluación de su dinero, tanto que apenas le alcanzaba para cubrir un par de cuotas del más modesto lote. No solamente su capital no había crecido sino, al contrario, se achicó. Pero Loreto, apasionado por poseer un rincón donde afirmarse para comenzar de nuevo, resolvió cerrar trato con una de las empresas. Pagaría sólo una cuota de entrada y el saldo en sesenta mensualidades, ya con el fruto de su trabajo, desde luego, porque algún trabajo tenía que haber para él en la ciudad. Lo daba por seguro. Después de tanta yeta, no era posible que allí no le fuera mejor.
** Así las cosas, los Paiva caminaron hasta un lejano predio, hacia las afueras de un poblado nuevo llamado Villa Presidente. Allá juntaron pajas, trozos de madera y otros materiales, con todo lo cual más una sin par perseverancia, formaron un cobijo. Después, mientras Loreto emprendía la búsqueda de algún trabajo, la mujer y los niños se ocupaban de remover la tierra con improvisados instrumentos de madera que obtenían de los cercos vecinos, preparando almácigos y plantando cuantos naranjitos y arbolillos útiles podían encontrar en los alrededores. Así, nuevamente, recomenzaban el futuro.
** Luego pasaron días, semanas, y pasó el mes. Contrariamente al vaticinio de Loreto, la ciudad no ofrecía ocupación valedera para un labriego como él, menos aún teniendo un antecedente como el suyo de peligroso bandolero y terrorista según las informaciones difundidas en su contra, aunque hubiesen quienes pensaran que aquella acusación no era más que un justificativo para mantenerlo preso. Apenas pequeñas changas conseguía, si bien ninguna desechable, por supuesto, dada la situación que atravesaban. Sobrevivir era lo principal, naturalmente. Y eso, por suerte, Loreto lo podía lograr. Pero el tiempo huía entre tanto y el pago de las cuotas del terreno se veía postergado sin remedio. Ganar un salario que al menos las pudiera solventar, de penosa esperanza pasaba a ser un verdadero sueño.
** Al tercer atraso, la inmobiliaria envió un aviso; al sexto mes, el desalojo, procedimiento legal y usual, desde luego; rutina de la libre empresa.
** A partir de entonces, durante todo un año, los Paiva rodaron de ajeno en ajeno, hasta que, desplazados de todos esos sitios, entraron a pensar en un recurso extremo. Ocuparían algún espacio que nadie pudiera reclamarles; algún pantano o algo parecido. Y al momento concibieron la idea de meterse en los bañados del río, áreas inhóspitas, declaradas insalubres. Ocuparían un redondel cualquiera, mínimamente habitable, aún compartiéndolo con las ratas y culebras.
** Así llegaron a esa orilla, como última opción, segregados por una sociedad sin alma. El río -menos mal- se veía acogedor, mansamente acostado en su lecho natural, abierto y tibio, tal el regazo líquido de la pródiga Natura, tan benévolo y hasta capaz de ayudar. Sin pensar más, armaron el ranchito a unos treinta metros del agua, sobre un banco de arena casi firme, si bien rodeado de algunos aguachares con camaloes y arbolillos de yuquerí. Ahora, con que Loreto pudiera seguir teniendo alguna que otra changa en la ciudad, la vida continuaba para ellos, y tal vez con menos sobresaltos. Por de pronto, ya la pesadilla de las cuotas impagas la podían olvidar. En cierto modo, la inmobiliaria los liberó de todo, incluso del sueño del terreno propio. En adelante quizá pudieran dormir tranquilos. Nadie había de reclamarles ese lugar pestífero, salvo las sabandijas.
** Pero algo quedaba del cual ni allí podrían estar libres: la miseria. En efecto, por causas que escapaban al conocimiento de los Paiva, la desocupación y la carestía se agudizaban. Al poco tiempo, Loreto no conseguía ni la mínima changa. Invertía días interminables en caminata estéril. Para colmo, desde que se instalaran junto al río, fuertes vientos del norte predominaron arrebatándoles el último recurso: la pesca.
** Una mañana, al cabo de varias noches sin un sueño, Hermelinda se levantó ni bien se marchara su hombre y despertó a sus hijos diciéndoles:
** -Yo también me voy a buscar trabajo. Si Loreto llega primero, díganle nomás que vuelvo enseguida. Ustedes vayan a tirar la liñada por si acaso pica algo. Si consigo plata, he de traer galleta -y salió.
** Esa noche, la pareja riñó, hasta que al fin ella se impuso. Iría a trabajar de mucama en una casa de citas.
** -Es en el centro mismo -dijo-. Un trabajo como cualquier otro. Además, la plata vale lo mismo venga de donde venga. Total, ¿a quién le importa? Pedir limosna es peor. Y peor morirse de hambre. No podemos seguir así, Loreto...
** A pesar de la contrariedad del hombre, comenzó desde el día siguiente. De entrada debió pedir un adelanto para los pasajes. Al terminar la semana pidió otro, esta vez para costear la buena presencia que le exigía la casa. Así concluyó el primer mes con lo justo para los pasajes del próximo. Pero continuó. Necesitaba la comida que recibía, mitad de la cual guardaba para llevarla a su gente. Al tercer mes, ya persuadida de que aquello no valía la pena, se dispuso a dejar. Fue cuando la patrona de pronto la llamó.
** -Quise darte la oportunidad de ganar plata -le dijo-. Yo, mucama casi no necesito. Más me importa tu trabajo en la cama. Pero vos no mostrás interés. No sos muy fea, pero ya veo que no servís para esto. En dos meses agarraste apenas cinco tipos. Y eso que te doy doscientos guaraníes extra por cada uno. Pero ni así. No servís para este trabajo.
** Fue su último día de mucama. Por suerte, los chicos se habían iniciado en el oficio de cuidar autos. A medida que la escasez empeoraba en los sectores marginados, en ciertos otros se multiplicaban los coches de lujo. Los noveles cuidadores, que rondaban los quince años aunque aparentasen diez, obtenían, con un poco de paciencia y otro de picardía, algunas monedas de propina. A la noche, padres e hijos se reunían en el río. Hablaban poco, sólo monosílabos, lidiando con los jejenes y los hilos de pescar. En la orilla hervía una lata. Dentro iban a parar los mandíes y algunos carimbataes. Ciertamente, era de imaginar cómo pasarían sin ese río.
** Pero, en los primeros días de febrero, Loreto tuvo una corazonada. Ni bien se enteró de la muerte accidental de un peón albañil en una obra importante, allá se presentó. La construcción «caminaba» pese a la crisis porque el propietario era capo del gobierno. La obra debía ser entregada a plazo fijo, y la falta del peón causaba demora. No había tiempo para elegir. Loreto llegó a punto. Ni el nombre le preguntaron.
** Esa semana cobró tres días de trabajo, suficiente para que la vida de los Paiva comenzara a mejorar. Ahora podían comer todos los días. Hermelinda pudo usar carbón en lugar de la leña de yuyos. Tres semanas después hasta los chicos pudieron inscribirse en una escuelita orillera y se compraron lápices y cuadernos. Pero la cuarta semana fue de lluvias interminables. Llegó marzo y los chicos no pudieron asistir a clases.
** Por desventura, esas lluvias marcaban el comienzo de una nueva y muy apresurada mala época. Sucedió, en efecto, que no solamente anegaron la escuela sino, como verídica fatalidad, provocaron la paralización en el trabajo de Loreto, siendo él uno de los primeros cesantes.
** Para colmo de males, a mediados de marzo arrancó la creciente. El agua empezó a roer centímetro a centímetro los bancos arenosos. Loreto, que apenas podía dormir de preocupación, madrugaba día tras día para continuar la búsqueda de trabajo. Encendía el fuego y, en tanto calentaba la calderilla de lata, escudriñaba el río. Luego de beber su «cocido», clavaba una estaca en la orilla y se iba. A su vuelta, invariablemente, la marca estaba sumergida. Aquél ya no era el manso río acostado en su lecho natural. Crecía sin pausa, amenazando el rancho con un cerco siniestro. No cabían dudas; el redondel que habitaban estaba condenado. Nuevamente, además de golpear puertas pidiendo trabajo, tenía que buscar un espacio sin dueño, algún hueco cualquiera acorde con su extrema indigencia. Y esta búsqueda no admitía demora. Era cruelmente perentoria.
** Fue en medio de ese trajín desesperado que se enteró de la existencia de cierto organismo benéfico que ayudaba a los damnificados por la creciente alojándolos en lugares de emergencia. Casi podía decir que se le abría el cielo. De inmediato, dejando de lado su otro afán, corrió a buscar esa ayuda. Se presentó. Pero, al exhibir su documento de identidad -malhadado requisito-, la persona que lo atendía lo sometió a un minucioso interrogatorio, constatando sin lugar a dudas de quien se trataba. Y con falso comedimiento, te dijo:
** -Lastimosamente, señor Loreto Paiva, no hay lugar disponible.
** Inútiles fueron las súplicas. Ese nombre causaba pavor. La acusación hecha pública por todos los medios de difusión, al no haberse rectificado, seguía vigente. Era un brutal estigma que lo excluía de todo.
** Fue, pues, luego de aquella última estéril gestión, que regresaba a la morada del bañado enfermo de amargura, lamentando a viva voz la maldita suerte que compartía con su familia. Sin ganas de seguir buscando, ni seguir viviendo quizá, llegó con su plañidera protesta, tumbándose sobre el catre tendido bajo el yuquerí, donde al final quedó dormido.
** Hermelinda, de nuevo apantallando el fuego, no apartaba de él sus ojos desorbitados. La había asustado la voz sumamente afectada de Loreto, cuya salud mental, al cabo de tanto sufrimiento, creía trastornada.
** Dormido su hombre y presa ella de tanta desolación que la invadía, se puso a mirar el impresionante río, comenzando por divisar a lo lejos un gran manchón de camalotes que la corriente traía. A medida que aquello avanzaba, le llamó la atención su desplazamiento diferente al de los demás manchones que lo acompañaban aguas abajo. Continuó observando el bulto y, de repente, para su mayor extrañeza, vio que dejaba la correntada describiendo una lenta curva hacia la orilla, donde al rato quedó varado en el barro, a muy corta distancia del rancho.
** Realmente, era cosa de extrañarse, tanto por su comportamiento en el agua como por cierto ruido, no de camalotes, que habría producido al vararse. Hermelinda, viéndolo tan cerca de ella, comenzó a sentir miedo. Corrió hasta el catre, se inclinó sobre Loreto y, nerviosa, le gritó al oído:
** -¡Che papá, levantate; hay algo muy raro que trajo el río!
** Loreto se sobresaltó, truncándosele al despertar un fabuloso sueño, producto de su ansiedad sobrecargada. Soñaba, pues, con una muy original especie de Arca de Noé, algo como un providencial refugio surto en la orilla delante de su rancho. En eso estaba cuando el grito lo despabiló. Giró la vista soñolienta hacia el lugar, relacionando confusamente lo anunciado por Hermelinda con la imagen del sueño. Y allí, en la misma orilla, en lugar del arca salvadora, sólo un promontorio de camalotes veía. Pero, al mirarlo con fijeza, la forma y el volumen del bulto lo indujeron a sospechar que algo oculto había debajo.
** Saltó del catre. Llegó al agua en tres zancadas. Luchó desaforadamente, a tirones, contra el cúmulo verde, hasta deshacerlo. Y debajo -¡oh, sorpresa!-, había un hermoso bote. Desamarrado por la creciente de algún lejano atracadero, venía a la deriva camuflándose muy pintorescamente con la carga de camalotes, hasta que, ya en la proximidad del lugar de estos hechos, atropelló el extremo de un largo espinel abandonado, erizado de anzuelos y tendido a merced de la corriente, el cual, enganchando uno de sus garfios a la madera del bote, lo obligó a describir la curiosa curva que lo llevó a la costa.
** Loreto llamó a voces a su mujer. Entre ambos lo desengancharon y, tirando a más no poder, consiguieron desvararlo y amarrarlo en sitio seguro. Luego, tras vueltas y vueltas en torno al bote, ninguna marca particular pudieron encontrar, ni nombre, ni tan sólo un número. Dentro, entre vegetales y barro, había dos remos y una red. Mientras lo examinaban y lo acariciaban como si aquello fuera un ser viviente, ambos se hacían la misma muda pregunta: «¿De quién sería?». Mas, al no hallar en él señal alguna que lo hiciera identificable, una respuesta les pareció la más lógica: «De nadie».
** Sobrevino entonces, como por magia, la idea surgida del sueño de Loreto: la de una vivienda flotante, un refugio providencial. Transfigurado por la emoción, se lo dijo a Hermelinda, y ésta, mirándolo desorbitada, no sabía si reír o llorar, porque al verlo tan alterado como lo veía, más que nunca entraba a dudar de la salud mental de su hombre. Además, la ocurrencia de vivir en un bote -aunque no les quedase alternativa- le resultaba propiamente cosa de locos. Sin embargo, aunque no fuese de su agrado, Hermelinda debía reconocer que el insoluble problema de los Paiva hallaba así solución.
** Cuando los hijos llegaron de la ciudad, trayendo, como se esperaba, un atadito de galletas para todos, contemplaron atónitos la inesperada novedad flotante, la cual, por supuesto, les encantó. Y sin detenerse a preguntar siquiera de dónde había salido eso, alegremente se unieron al insólito trabajo de instalar el rancho a bordo.
** Loreto hizo del bote no sólo su casa sino, muy principalmente, su elemento de trabajo. Así, de tan singular manera, el labriego desarraigado y arruinado por culpas que no eran suyas, de changador ocasional pasó a ser pescador.
** Desde entonces, con el bote-vivienda, la red hallada a bordo y el viejo espinel recuperado del río, la familia se defendió del hambre. Las veces que la pesca abundaba, Loreto subía con su producto a la ciudad, lo vendía y compraba galletas, azúcar, yerba, sal, y hasta bebía un trago. Mientras él negociaba en tierra firme, los muchachos quedaban con la madre en previsión de que algún importuno pudiera confundir el bote con uno suyo y llevárselo. Para mayor salvaguarda, Loreto le había pintado unos ribetes verdes y rojos, y escrito con grandes letras a cada lado de la proa: «HERMELINDA». Felizmente, nunca hubo quien lo reclamara.
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** Loreto Paiva. Así se llamaba el prematuro anciano que solía venderme pescado fresco, y una vez me reveló que él y Hermelinda, su mujer, vivían en un bote. Sus dos hijos los habían dejado para incorporarse al «servicio de la patria». Quedaron ellos navegando y hablando solos.
** Un día llegó con las manos vacías y, muy desconsolado, me dijo:
** -Señor, ya nadie me quiere comprar pescado. Todos dicen que el río está contaminado con mercurio, porque así comentan los diarios. Dicen que los buscadores de oro del Mato Grosso tienen la culpa. Y si eso es cierto, señor, no solamente se van a morir los animalitos; también vamos a morir Hermelinda y yo... Imagínese, señor; ni en la tierra ni en el agua podemos vivir... ¿Adónde iremos entonces, señor? ¡¿Adónde?!
** Su pregunta desesperada quedó como suspendida en el aire. Aún me parece oírla. Su vehemencia trasuntaba toda una vida de angustia. Tal vez tenía razón Hermelinda. Tal vez la salud mental de Loreto estaba quebrantada. Y no era para menos.
** Hace unos días, según comentaban los diarios, apareció a la deriva un bote con un rancho a bordo. No se mencionaba ocupantes. Era como si nunca existiesen.
**/**
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Prólogo
Primera parte - VIDA Y FICCIÓN
  • Los desterrados // Perdonar es divino // Pantalón de hombre // La maldición de Juandé González // Hijos y entenados en plena guerra // Julián Centella // Pena perpetua // Un golpe del destino // El bastón torcionado p; // Una noche en el exilio // Ña Lujarda Aguirre, maestra de Paso Pé
Segunda parte - CANTOS. VISIÓN RETROSPECTIVA.
* Página breve // Un amor que destruí cuando niño // Mensaje // El reloj del nosocomio // Juventud // El rosal // Aún soy yo // A un atardecer que fue // Recuerdo en gris menor // ¡Siempre! // A Zoilo, herrero, ciego y contador de cuentos // Cardos santos // Motivo gris // Eran pupilas verdes // Desde el fondo // Kanendiyú-Cué // A un joven poeta // Lo que vive no murió // Misión cumplida // Mi casa verde // Pies en tierra // A Santiago Leguizamón // Indio viejo // ¡Aleluya, Maestro! // Maldad, basura humana // Una ley para la vida // ¡Hijos no son para matarlos!.

APÉNDICE
* De Gerardo Pignatiello: El ocaso del justo / Morir de día.
* De Mariano Pignatiello: Huida / Su libertad.
* Razones por las cuales incluyo estos poemas en el post scriptum de este libro.

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