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jueves, 4 de marzo de 2010

RAMIRO DOMÍNGUEZ - SALMOS A DESHORA / Fuente: POESÍAS DEL PARAGUAY – ANTOLOGÍA DESDE SUS ORÍGENES. ARAMÍ GRUPO EMPRESARIAL.

Autor: RAMIRO
DOMÍNGUEZ
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )

SALMOS A DESHORA

Laudato sie, mi Signore. cum tutte le tue
creature spetialmente messor lo frate sole...
Laudato si', mi Signore, per sora luna e le stelle,
in celu l'ai formare clarite et pretiose et belle
Cántico de Frate Sole.
San Francisco.
I
Está la noche para colgarle faroles
y abrir el pecho en canto.

Hubiera
querido hacer de su momento un ánfora
para añejar su misterio.

En tanto
pasan los que van sin detenerse
para sembrarle su parcela al tiempo.

Miro otra vez, y se me resbala el alma
por la cornisa de la noche.

Hubiera
querido hacer de su momento un ánfora.

Sí. Hubiera querido,

En tanto,
trajinan gritos, como anunciándose
para volcar su queja.

Si supiera,
no tocaría este silencio.
II
Hoy
tengo ganas de caminar a solas
y que me llene el viento la boca.

¿Hastío?
-mejor, certeza de que hay siempre número
para cada cosa.

Desde la esquina
la costra vieja del atardecer
suelta sus escamas de oro
bajo la noche azul que se avecina.

A veces
siento reparos de pisar el suelo
corno si hollara vencidos unicornios
heridos por algún centauro mozuelo.
La savia de los mangos puja
y ulcera el tallo con ampollas nuevas.

Pienso
que un año más nos dará frutos
y que en invierno habrá bastante leña.

Miro
la mineral cordura del anciano
que escarba su trascurrido nivel de niño.

Entiendo
que así está bien, volcándonos despacio
hacia anteayer,

Para que vengan los muchachos
a contarnos lo que se pudo hacer.
III
Encaramándome a los verdes años
recibo mi ración de sueño. Caminante
de las altas alcobas, parece ayer
que tenía los ojos deslumbrados.

Y pensar que aquí no más incuba
la antigua ley que nos volcó sin manos.

-Atrás
hay una ladera, por la que suben
y bajan pensamientos vanos.

Todo está por hacer. Todo repite
la invitación que una vez todos escuchamos.

En mi ventana he puesto a madurar diminutos luceros.
Y me dicen que todavía
cabe un grillo sonajero.

He aprendido el ceremonial de la tarde
llevándose consigo los rastrojos del día viejo.

Hay una larga liturgia de mensajeros y heraldos
y despachos por telégrafo.

La gente se saluda en la calle,
procurando decirse cosas muy amables
para matar el tiempo.

Los gatos de franela
pasan revista a su almacén de zarpas.
Un perro ladra
sin saber por qué
de puro lelo

He contado mis ochavos, y encuentro
que todavía me sobran
para un largo regreso
IV
Sin reparar que arriba, el cielo
desde las duras órbitas de enero,
medita su próxima echazón
de lodo forrajero.

El cielo
como una campana hermética
limpiando por exudación
las vasijas del deseo.

El cielo que apacienta en sus praderas de espuma
la tempestad, potra de sangre pura
galopando sin vértigo de altura
sobre la tierra exhausta.

Cielo claustral. Cielo
como una ermita sin ventanas
subida al cielo.

Cielo de basalto.

Muy duro.

Muy alto.
V
El cielo,
como la ballena de Jonás,
trasportándonos
en su vientre de aguamarina,

El cielo
con su mar de bruces
sobre nuestras cabezas aturdidas.

Mirador de soslayo,
viéndonos de cabeza
-patas arriba-

Embudo de cristal
que vuelca en el oído de Dios
nuestra vocinglería.

Planetarium sin fondo musical
donde se apiñan los hombres a ver
lo que les queda por encima.

Perturbador.

Galimatías.
VI
Pero cuando teníamos los ojos limpios,
qué gusto daba dormirnos
a la intemperie, boca arriba,
ensartando tus hebras a nuestro capricho

hasta amodorrarnos tu aliento
y soñar
que teníamos un pacto contigo.


habías de callar
lo que te contábamos
despacito.

A nosotros tocaba
después de cada tanto
volcar los ojos
y otra vez ser amigos.

Así la tierra pesaba menos,
aunque caminábamos con el cuello torcido.
VII
De tu prole nocturna
solíamos apuntar con el dedo
a Sirio, el visir alto y viejo.

Orión
con su candil de marinero,
las Pléyades,
o siete cabrillas
más al gusto nuestro.

Las tres Marías
todas iguales
en una letanía.

La cruz del sur,
siempre inclinada
buscando un cireneo.

La vía láctea
como un efluvio maternal
amamantando luceros.

Y la luna,
sobre los anaqueles oscuros
de tu ropero.
VIII
Cielo de mañana
-lumbre de estrella temprana-

Los pájaros recorriendo
Tus alminares

De mañana
Nos poníamos el sombrero
Y cerrábamos las persianas.

Para mirarte de reojo
Muerto de calor en la resolana.

Las mujeres
sacaban a airear sus sábanas.

Los hombres
masticando una modorra vieja,
sin decirse nada.

Y el sol
-hijo de relojero-
como un péndulo en llamas.
IX
Hasta que al fin, a fuerza de agacharnos
sobre manuales de historia y álgebra,
nos quedó la costumbre de caminar
con la cabeza baja,

Se nos perdió tu rumbo,
y anduvimos sobre el polvo
cuidando letreros y encrucijadas.

Tal vez sabíamos todavía
que, sobre los tejados,
giraba tu rueda de esmeralda
pero se nos hacía difícil
darnos vacaciones y volver
como antes
a trepar tus escaleras de telaraña.

Nos crecieron los pies,
y del hombro nos caían los brazos
como dos árganas.
X
Después,
todo iba haciéndose rutina;
la sal, el pedazo de pan
y la moneda amarilla.

Nos cansamos de cambiar el nombre
a cada cosa. Porque el solo nombrarlas
nos aburría.

Mientras llenábamos el trascuarto
de cosas que ya no servían.

Si algo sobraba de valor,
se nos caía de las manos
como un arca sin manijas.

Cuando ya no sabíamos qué hacer,
nos echábamos a soñar
lo que no había.

-Nunca atinamos
a levantar los ojos
arriba-
XI
Por la llaga vieja de tu larga herida
a veces te chorreaba la linfa; lloviendo
sobre nuestro trajín
como un convidado a destiempo,
Todos hacían pronósticos
de tu comportamiento,

Unos
te escrutaban el semblante
buscando la dirección del viento.

Alguien observaba que la luna nueva
venía sin agua en su cuenco.

Había quien
por el llanto del sarĩa,
o porque los cerros parecían
aproximarse
y el agua perdía su sabor
en la cantarilla,
sentenciaba
que era tiempo de llover.
Y tú, un poco perplejo,
llovías.

Nosotros no decíamos nada
pero reíamos
y salíamos a mojarnos
hasta tomar hipo.

Algún presentimiento teníamos
de que bajabas con la lluvia
como un heraldo divino.
XII
Ya no quedó después sino una exigua
raza de deslumbrados
guardando tus estigmas.

Nadie quiso tenerlos
al lado; porque decían cosas amargas
cuyo mensaje no entendían.

Con la gangrena de la noche
su cuerpo astral se amortecía,
quedando apenas los rescoldos
de palabras ardientes
bajo un montón de cenizas.

Nadie se animó a sepultarlos
y su torbellino de luz
sigue rondando nuestras esquinas.

Una y otra vez, hemos pensado
recoger aquella voz, y buscarnos
un extranjero que nos diga
si aun hay algo por hacer;
o si nos falta todavía
bajar un poco más, hasta el ombligo
del viento,
para que el oído repose
y que tengamos salida
de tus chaparrones de fuego
punzándonos las pupilas.
XIII
Porque sabrás que
desde entonces,
estamos a la intemperie
A cielo abierto,
comiéndonos los dientes
de miedo.

Porque te has muerto encima de nosotros
y tu cuerpo
como un río helado
yace sobre nuestros hombros
con su féretro de cristal
hundiéndonos más en el lodo.

Porque te has caído -Icaro blando-
como un pájaro enfermo.

Sin darnos tiempo de abrigamos
bajo cielo-rasos
de yeso.
XIV
Así, en tu acompañamiento,
vamos llevándonos, el uno al otro
como los muertos a su muerto.
Mientras los niños adivinan
el ámbar de tu esqueleto
y sueltan pandorgas a volar
en tus vacíos aposentos.

Alguien -a falta de luz-
trajo un lampión de socio mechero.
Pena de cielo, enterrado
sin lámparas ni candelero.

En el cementerio,
bajo una bóveda de cal
depositaron tu cuerpo.
Por la calle
de regreso,
nos cubrimos los ojos
con el sombrero
XV
Y me pregunto,
qué será de nosotros
sobre la tierra estéril,
bajo un cielo difunto.

No hay camino
que no salga
con el mismo destino,
igual es caminar adelante o atrás
sin saber adónde vas.

Igual
Igual,
Hacer lo que el árbol que pierde su matiz:
crecer por la raíz.
O ser como el agua que pierde su caudal:
volver al manantial.
O salirse a las plazas
y preguntar
o enredar poemas
sin sentido, y venderlos
al que más da.

Pero nunca
confesar el deseo
de amanecer bajo un cielo nuevo.
XVI
Ahora que estamos solos
como dos pozos vecinos
hablándose por el fondo,
qué pronto,
qué barato te vendimos
por tan poco.

Si ni siquiera tuvimos
tiempo de cobrarlo todo.

No más fue ayer
que te poníamos de fiador,
y eras como un hermano grande
pagando la cuenta de los dos.

Luego te dejamos,
en prenda de lo que reclamaba Dios.

(No sé si entendíamos en ello
renunciar al aire y al sol)
Los que estamos abajo,
los que ni se sabe cuántos son,
y vemos tu catafalco
de nubes a nuestro rededor,
los que volvemos de la tierra
con lo que la tierra nos dio,
te suplicamos, vuelve
a nacer sobre nuestro error.

Abre tu cielo profundo
y alto, como nuestra voz.

Baja tu cielo fecundo
sobre el mar de nuestra confusión.

Escrita en 1963.

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Fuente: POESÍAS DEL PARAGUAY – ANTOLOGÍA DESDE SUS ORÍGENES. Realización y producción gráfica: ARAMÍ GRUPO EMPRESARIAL, Dirección de la obra: OSCAR DEL CARMEN QUEVEDO. Recopiladores y autores: RAÚL AMARAL, MARÍA BARRETO DE RAMÍREZ, AÍDA ORTÍZ DE CORONEL, ELA RAMONA SALAZAR S., RUDI TORGA / Tel. (595-21) 373.594 / arami@rieder.net.py – Asunción / Paraguay. 2005. 781 pp.).
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