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viernes, 30 de julio de 2010

ARMANDO ALMADA ROCHE - PARAGUAYO BUSCA TRABAJO EN BUENOS AIRES (NOVELA) / Texto: Capítulo I - PARAGUAYO BUSCA TRABAJO EN BUENOS AIRES.


PARAGUAYO BUSCA TRABAJO
EN BUENOS AIRES
Novela de
ARMANDO ALMADA ROCHE
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Diseño de tapa: Graciela Galizia
© Arandurã Editorial
Teléfono: (595 21) 214 295
e-mail:
arandura@hotmail.com
www.arandura.pyglobal.com
Asunción-Paraguay,
2010 (203 páginas)

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PARAGUAYO BUSCA TRABAJO EN BUENOS AIRES es una novela polémica y atrapante, una impiadosa pintura de un paraguayo que va a buscar trabajo en la Argentina, en donde no falta la intriga y el suspenso sobresaliendo las historias más increíbles. Rico en anécdotas, en episodios verídicos que han sucedido, y todavía suceden, con un lenguaje coloquial y a veces de alto contenido literario. Armando Almada Roche cuenta valientemente, por momentos con humor, con diálogos apretados y chispeantes, la revolución de 1947, la tiranía de Stroessner, el exilio de paraguayos. Su estilo sagaz hiere hasta llegar al hueso mismo. Mete el dedo en la llaga, recuerda, no perdona y denuncia las injusticias y la violencia del poder. Es un verdadero documento, un fresco lúcido, un sobrecogedor retrato de nuestra sociedad que debemos conocer.


ÍNDICE
I.- Paraguayo busca trabajo en Buenos Aires
II. Villa miseria también es América
III. Se necesita un hombre con cara de infeliz
IV. El inglés de los guesos
V. Expreso de medianoche
VI. Sangre y arena
VII. El extraño caso del Dr. Pirosky
VIII. Un tal Antonio Vilches
IX. El encantador de serpientes
X. Camandulaje
XI. Quinto año Nacional
XII. El periodista literario
XIII. Carta abierta a mi Buenos Aires querido
XIV. El médico personal de Perón
XV. Después de la caída
XVI. Los versos del capitán
XVII. Pa' La Habana me voy
XVIII. Alma de bohemio
XIX. Moi, el hombre sacado de las aguas
XX. El poder y la gloria
XXI. Adiós pampa mía
XXII. El varón del tango
XXIII. La Biblioteca de Babel
XXIV. Triste, solitario y final.
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A la memoria de mis padres

Uno busca lleno de esperanzas
el camino que los sueños
prometieron a sus ansias...
Sabe que la lucha, es cruel
y es mucha, pero lucha y se desangra
por la fe que lo empecina.
Uno
Tango. Letra de Enrique Santos Discépolo,
Música de Mariano Mores (1943).

.
I
PARAGUAYO BUSCA TRABAJO EN BUENOS AIRES

Lo único que puedo decir de mi padre es que había venido de Itacurubí de la Cordillera, aldea polvorienta y ardiente, con su madre y sus cinco hermanas solteras poco después que un tornado devastó la zona, y quienes lo vieron llegar no dudaron de que venían para quedarse en Asunción, pues traía todo lo necesario para una casa bien abastada. Casi enseguida, en la movilización del año 32 convocada para la Guerra del Chaco, partió al frente de combate con el grado de teniente de reserva, muy orondo en su flamante verde olivo de campaña.
Peleó en la batalla del fortín Boquerón, al comienzo mismo de la contienda fratricida bajo el mando del entonces teniente coronel José Félix Estigarribia. Tenía un bigote espeso y negro como sus cabellos, y sus ojos eran penetrantes, muy marrones, su boca ancha estaba fruncida con firmeza y las ventanillas de su nariz, muy abiertas, parecían aspirar más aire del que necesitaban.
Mi padre fue el primer herido de la guerra. Lo hirieron en el muslo derecho y le volaron un dedo de la mano izquierda. Una pierna le quedó casi inutilizada. Le dieron el ascenso a capitán y le otorgaron la cruz del Defensor del Chaco. Sin embargo, hay cosas que ya no serán nunca lo que fueron. Desde entonces se volvió taciturno, devastado por los recuerdos.
Su internación en el Hospital de Sangre, a orillas de un cauce seco, lo abruma; debe luchar para que médicos, en especial el doctor Jorge Ritter, su amigo, enfermeros, agonizantes, no lo ad viertan. Agradece que esto suceda en la casi oscuridad, pues las linternas y fogatas revelan apenas una insignificante parte del espectáculo que tiene lugar a sus pies. Los heridos están más desamparados que en las trincheras, sobre la tierra y el cascajo, agrupados como han ido llegando, y los médicos le explican que, para colmo de males, toda la tarde y parte de la noche un ventarrón ha aventado contra esas heridas abiertas, que no hay con qué vendar ni desinfectar ni suturar, nubarrones de tierra rojiza. Por todas partes escucha alaridos, gemidos, llantos, desvarío de fiebre. La pestilencia es asfixiante y el doctor Ritter, que lo atiende, tiene de pronto una arcada. Lo oye deshacerse en excusas. Cada cierto trecho, se detiene a decir palabras afectuosas, a palmear, a estrechar la mano de un herido. Los felicita por su coraje, les agradece su sacrificio en nombre de la República. Pero queda mudo cuando hace un alto frente a los cadáveres de dos amigos, los sargentos Silvino Acosta y Eleuterio Aranda, que serán enterrados mañana. El primero ha muerto de un tiro en el pecho, al comenzar el ataque, cruzando trincheras enemigas. El segundo, al atardecer, asaltando a la cabeza de sus hombres la barrera de los bolivianos, en un combate cuerpo a cuerpo. Le informan que su cadáver, cosido a heridas de puñal y machete, está castrado, desorejado y desnarigado. En momentos como éste, cuando oye que un destacado y bravo soldado es vejado de ese modo, el doctor Ritter se dice que es justa la política de degollar a todos los bolivianos que caen prisioneros. La justificación de esa política, para su conciencia -contaba mi padre-, es de dos órdenes: se trata de bandidos, de asesinos, no de soldados, a los que el honor mandaría respetar; y, de otro lado, la escasez de víveres no deja alternativa, pues sería más cruel matarlos de sed y hambre y absurdo privar de raciones a los patriotas para alimentar a monstruos capaces de hacer lo que han hecho con esos hombres.
La moral de la tropa ha decaído por la falta de alimento y de agua, principalmente de agua. Los hombres comen las víboras y zorros que capturan, y hasta tuestan hormigas y se las tragan, para aplacar el hambre. No hay sombra en los árboles para guarecerse. En la espera del agua, los hombres mastican la carne fibrosa de las tunas, los bulbos indigestos del yvy'á o las corrosivas raíces del karaguatá. Desde luego, estas cosas no calman la sed.
La guerra consiste en tiros aislados, de parte a parte de las trincheras. Los contendores se limitan a espiar, desde sus posiciones; cuando avizoran un perfil, una cabeza, un brazo, estalla un tiroteo. Dura apenas unos segundos. Luego se instala otra vez ese silencio que es, también, marasmo embrutecedor, hipnótico. Lo perturban las balas perdidas que salen de las trincheras y de los árboles, no dirigidas a un blanco preciso, sino al hospital de campaña que ocupan los heridos: atraviesan los livianos tabiques de estacas y barro, y muchas veces hieren o matan a soldados heridos o muertos. Paraguayos y bolivianos metidos en una misma bolsa, acollarados a un destino irremediable, pujando ciegamente contra la enemiga sin cara que no hace distingos. La vida había dejado de ser lógica y por eso nada podía ser ab-surdo. Era la vida: había que aceptarla así o matarse).

Después para cobrar su miserable pensión de guerra tuvo que peregrinar de ministerio en ministerio y hacer largas e interminables colas en el Centro de Ex Combatientes. "Yo le advertí que la cosa no era de un día para el otro", dijo el funcionario en una pausa de mi padre. Estaba indolente y desganado. Se tiró hacia atrás en la silla y se abanicó con una pantalla con los colores de Cerro Porteño, seguramente el club de sus amores.
-Le ruego que tenga paciencia y no se desespere.
-Me dice lo mismo desde hace casi un año-replicó papá-. Para esto uno fue a poner en peligro su vida por la patria. Así nos pagan. Los que hemos actuado en aquella cruenta Guerra del Chaco, hemos vuelto con el sagrado deber cumplido; pero actualmente somos considerados una especie de trastos viejos inservibles.
El funcionario hizo una descripción muy gráfica de los vericuetos administrativos. La silla resbaló y estuvo a punto de caer. "Hay que armarse de paciencia. Ustedes lo quieren todo para hoy", dijo. "El presidente, nuestro Comandante en jefe, tiene asuntos muy importantes que resolver, no sólo el tema de los sueldos de ustedes. Además, cuando cobren van a cobrar todo junto y con un plus." Llenó con agua la guampa del tereré, chupó la bombilla y pronunció la sentencia como si acabara de in-ventarla:
-Orden y patria dice nuestro presidente. Usted como ex soldado debe saber que la patria no abandona a sus hijos.
-A nosotros, sí-dijo papá, por primera vez dándose cuenta de lo inútil de su reclamo-. Muchos compañeros míos, como yo, están esperando el cobro que nunca llega. Se nos mezquina el pago de pensiones, aguinaldos y todo otro beneficio que con toda justicia nos merecemos.
El empleado no se alteró.
-Les van a pagar, más tarde o más temprano-dijo-. Tiene que dar gracias a Dios que está vivo y que el gobierno le va a pagar una pensión como veterano de guerra. Además, no sé por qué la partida de ustedes se retrasó. A lo mejor el presupuesto no alcanzó.
Siempre la misma historia. Cada vez que mi padre la escuchaba padecía un sordo resentimiento. "Yo no soy un limosnero. Vengo a pedir lo que me corresponde por ley", dijo. No venimos a pedir una limosna. Nosotros fuimos a defender a la patria en el frente de batalla y ofrendamos nuestras vidas pero parece que no es suficiente para ser valorados." El funcionario se abrió de brazos.
-Ya lo sabemos, compañero-dijo-.El gobierno les va a pagar y con retroactividad. Para ver hay que tener paciencia. Hay que mirar y esperar días, semanas, si no más. Hay que esperar para ver.
También esa historia la conocía mi padre. Había empezado a escucharla desde el primer día en que inició los trámites para cobrar sus haberes de ex combatiente (en su caso, lisiado) de la Guerra del Chaco, y un año después todavía seguía esperando. Papá perdió la paciencia y se desesperó.
- Por favor, quisiera hablar con un superior de usted-dijo. - Ahora está ocupado. Tendrá que esperar.
- No importa-dijo mi padre.
- Tendrá que esperar mucho.
- No importa. Dormiré aquí si es necesario.

Mi madre cambiaba de ropa a mi hermana Dalila. En una de las camas, había dos, dormía Miriam, tapada con una cobija. Yo, recostado contra la pared, con la cabeza gacha, escuchaba absorto el recio ruido de la lluvia sobre el techo de zinc. El viento entraba por una falla del tejado. Sus remolinos, y la lluvia, se metían a veces desperdigándose hasta abajo y hacían parpadear la vela. Uno de ellos amenazó ahogarla del todo. Mamá protegió la llama con sus manos. El pequeño crucifijo que colgaba de su cuello brillaba a cada refucilo.

-Esto es el colmo-protestó.

-El techo está a la miseria-dijo papá, acomodándose en la silla, mirando con desdén hacia arriba.
De pronto un relámpago partió el cielo, lo vi por una hendija, y un rayo cayó cerca haciendo crujir la casa. Una virgen santísima puso el susto en boca de mamá. Instintivamente nos cobijamos, para luego seguir como antes.
Di unos pasos, con aire de pena y desesperación, y dejé caer:
-No podemos cruzar a Posadas...
La cara de mi padre se iluminaba en ocasiones. Con gran esfuerzo logró decir:
-Para mal de males... hoy y mañana es feriado nacional. Mamá fue a sentarse al borde de la cama, acurrucando a Dalila como para hacerla entrar en calor, y dijo:
-Nuestro capital apenas suman ... seiscientos guaraníes -su mirada se perdió en el vacío, llena de angustia, y continuó-. Y no sabemos cuánto cuesta el pasaje para Buenos Aires.
-Aunque lo supiéramos... no ganaríamos nada-le contestó, desanimado, papá.
-Seiscientos guaraníes... Es todo lo que nos queda-recalcó ella.
-Podemos ... vender la frazada y alguna que otra cosa- propuso él, iluminado por una idea con una voz pedregosa que me sacudió el corazón.
-Cierto-apoyé-. Podríamos vender, además, mi pantalón y mi camisa de hilo.
-¿Estás de acuerdo?-le preguntó papá.
Ella asintió con la cabeza. Y con un brillo de esperanza en los ojos, no del todo convencida por el plan, dijo:
El proyecto no es malo ... Pero, ¿dónde y a quién le vendemos? -A cualquiera, mamá- la alenté.
-Sí... -convino papá, para animarse y animarnos, con una sonrisa tranquilizadora.
Entonces, mamá, entusiasmada, me pidió:
-Hijo, por qué no das un vistazo a nuestras cosas. -Bueno.
Salí al pasillo, largo y angosto, que moría en un salón de puerta tosca y desvencijada. Llovía a cántaros. El agua corría a raudales formando una viscosa espuma en las canaletas de zinc. De una soga colgaban mi pantalón y una frazada. Un poco más allá, sobre un banco, un bolso y unos atados. Regresé a la pieza.
-Señor Dios de los ejércitos- plañía mamá entre sollozos-. Virgen de los Milagros, si nos sacas de esto prometo ir a pie desde Asunción hasta tu santuario.
Papá la miró, en silencio, lleno de impotencia. En eso entré yo y cerré la puerta. Hice como que no vi ni escuché nada. Los ahogaba la aflictiva noción del día próximo, ya tan próximo.
-Los bultos están donde los dejamos- dije.
Se oyó el rodar del trueno. Mamá acostó a Dalila junto a Miriam, y arropó a ambas con amor. Sacó debajo de la almohada una vela de sebo y una caja de fósforos. La encendió, porque la otra se acababa, y, cubriéndola con la mano, a modo de pantalla, la hincó en el suelo trabajosamente, que prestó débil ayuda para alumbrar la habitación.
Papá, con la cabeza entre las manos, meditaba. En su rostro taciturno se leía sólo pena y una especie de desesperanza. Mamá le dijo, con voz atragantada:
-No sé cómo reuniremos el dinero para los pasajes.
Había cesado el viento y la lluvia. Por el agujero del techo se veían las estrellas.
-Tranquila, vieja. Todo se arreglará.
-Estoy desesperada...-sollozó tapándose la cara.
-No te atormente-dijo papá, y le pasó una mano por el hombro con gesto cariñoso.
Ella lloriqueó:
-¡No sé qué va a ser de nosotros! Tengo miedo...
-Bueno, bueno-siguió papá, con un nudo en la garganta.
-Quiero morirme...
Quiso interrumpirla, trató de confortarla.
-Vieja ...vieja. ..
Estremecida al golpe súbito de una horrible intuición, exclamó:
-¿Y ... si Rosa no nos recibe?
-¿Cómo no? Es nuestra hija. Dejate de pensar macanas. No te atormentes.
-Habrá que ver la cara que pondrán al vernos, llegando con la cola entre las piernas. Especialmente Raúl, su marido que no nos traga... ¡Si llegamos!-dejó caer mamá, desanimada.
-Llegaremos -terció, aprobando.
-¿Nos esperarán en la estación?
-Nos esperarán -aseguró papá, dignamente.
Mamá, golpeada por un mal presentimiento, dijo:
-Me asusta Buenos Aires... Tiene fama de ser una gran ciudad egoísta y fría.
-A lo mejor, vieja, la gente no es tan mala allá como dicen-dijo él, tratando de sosegarla.
-¡Dios quiera!-murmuró ella.
-Pensemos en el futuro con optimismo-dije.
Nos miramos. Un gallo dejó oír su canto triste.
-Va a cambiar el tiempo-pronosticó mamá, con amargura. Era un esqueleto de mujer, pero de mujer no tenía sino los senos caídos, fláccidos y velludos como ratas colgando sobre la trampa de las costillas.
Viéndola sobrellevar sin inmutarse casi aquel viaje brutal, yo me preguntaba cómo había podido subordinar tan pronto y con tanto dominio las injusticias de la pobreza.

Hacía más de una hora que mamá había salido. Miriam y Dalila jugaban a las muñecas. Yo, tumbado en la cama, leía Selecciones del Reader's Digest. Dejé de leer, me paré y ordené a mis hermanas:
-No se muevan de aquí. Voy a ver dónde está papá.
-¿Fue a buscar a mamá?-me interpeló Miriam.
-No sé... Vuelvo enseguida- le respondí mientras salía.
Entré al comedor dando un portazo. El ruido arrancó a papá y al patrón del embelezo en que se deleitaban. Volvieron la cabeza hacia la puerta. Papá se sobresaltó y el vaso se le escapó de las manos yéndose a estrellar en el piso. El dueño nos miró a ambos, saboreando de antemano lo que iba a suceder, y sonrió. Me acerqué a papá, decidido, echándole una ojeada de reproche. Él cambió de color e hizo algunos ademanes tratando de justificarse. Lo tomé por la cintura, como si estuviera herido, y le dije:
-¡Vamos, viejo! Mamá puede llegar de un momento a otro. Quiso retobarse. Luego pareció reflexionar y se dispuso a seguirme. Volví la cabeza y demandé al hombre del mostrador:
-¿Le debe algo?
Contestó que no con un ademán. Arrastré casi a papá y lo saqué de ahí. Con él a cuestas abrí la puerta.
-¿Qué le pasa?-preguntaron a coro Miriam y Dalila.
-Nada, nada-las tranquilicé-. Le duele la cabeza nomás.
Lo acosté en la cama. Quedó tendido cuan largo era. Decía palabras incoherentes. De su boca manaba abundante saliva. Me senté en una silla. Imprevistamente se abrió la puerta y entró mamá. Fisgó por el interior de la pieza con alegría. Salté de mi asiento.
-¿De vuelta?
-De vuelta -dijo, y avanzó hacia mis hermanas, se inclinó encima de ellas y las acarició con cariño.
Lancé una mirada desdeñosa a papá y mis ojos y los de mamá se encontraron. Cohibido, agaché la cabeza. Eso le bastó. Con el corazón oprimido me interrogó:
-¿Estuvo tomando de nuevo?
Me encogí de hombros.
-¡Jesús, María y José!-dijo, se abrazó a mí, y se puso a llorar con todo el cuerpo.
Sentí que sus lágrimas me quemaban al correr por el cuello. Esto hizo que yo también llorara.
-Cuando lleguemos a Buenos Aires, y trabajes-siguió-, quiero que me compres una casita en la cual pueda pasar... los últimos años que me quedan.
-Te lo prometo, mamá querida-le dije-. ¡Ya lo vas a ver!
-Eres mi tabla de salvación; mi única esperanza. Porque tu padre ... ya ves. Todas las noches doy gracias a Dios por vos.
-No te preocupes, mamá. Me tenés a mí. Podrás contar conmigo, siempre.
Se veía más vieja y muy fea con los ojos colorados y con esa agua corriendo a los lados de la nariz. Se limpió las lágrimas con el vestido.
-¿Vendiste las cosas?-la interrogué.
-He'é... Vendí todo, gracias a Dios y a la Virgen de los Milagros-y su pecho se infló y se desinfló con un suspiro.
-¿Por cuánto?
-Conseguí dos mil quinientos guaraníes.
Ya me veía en Buenos Aires. Allí las cosas serían mejores para nosotros. La sentía al alcance de la mano.
-¡Pronto, mi hijo!-gritó, desprendiéndose de mí-. Despertá a tu padre.
-¿Qué pasa? -dije, intrigado.
-Sale una lancha para Posadas a las doce. ¡No tenemos que perderla!
-¡Pipu'uuu!-festejé-. ¡Papá, papá ... papá!-le llamé, zarandeándolo, para que se despertara-. ¡Arriba..., papá!...
Un ronquido de estertores se escapaba de su garganta, una saliva pegajosa le fluía de la boca entreabierta, y bajo el sueño profundo de la intoxicación alcohólica la miseria del rostro tenía una expresión agónica.
-¡Miriam!, ^Dalila!-dijo mamá con cariñosa voz-. ¡Vamos!
Y le continuaron rodando las lágrimas.
Papá, con la cara cubierta de sudor, embotado sin embargo, se desperezó despacio y preguntó:
-¿Qué pasa?... ¿Vino tu mamá?...
-Sí, ya vino-le respondí-. Dale, viejo. Dentro de un rato sale un bote para Posadas.
-¿Una canoa?...-inquirió, incrédulo.
-¡Sí, sí; como lo oíste! -le gritó mamá.
Y rubricó sus palabras con un portazo que hizo caer pedazos de revoque.
-¡Hist, qué notable!

El vagón de tercera clase estaba repleto de pasajeros. De buscavidas que, como nosotros, trataban de llegar a Buenos Aires, desde distintos puntos del país, para instalar nuevas villas miserias. Las migraciones a la capital porteña en busca de trabajo, de comida, de albergue. La ciudad arañaba el cielo con las uñas sucias de los tejados al irse quedando atrás. Y allí estábamos los cinco, apretados en la penumbra del traqueteante vagón. ¡Qué suerte estar viajando hacia la gran ciudad! Entrecerré los ojos para guardar mejor lo que pensaba. Al paso del tren los campos cobraban movimiento y echaban a correr hacia atrás, uno tras otro, uno tras otro, hacia atrás: árboles, casas, puentes,... hasta desaparecer...Me sumergí en el sopor del traqueteo, con rápidas miradas ocasionales para reconocer los lugares que íbamos dejando atrás. ...¡Qué suerte viajar hacia Buenos Aires!...
... Hacía atrás, hacía atrás, hacía atrás... ...La casa perseguía al árbol, el árbol a los alambrados, los alambrados al puente, el puente al camino, el camino al río, el río a la nube, la nube a los maizales, los maizales a los trabajadores, las vacas a los caballos...
Mientras el tren se deslizaba veloz sonando con estrépito sor-do y agresivo, papá tuvo un ataque.
-¡Las arañas!, ¡Las víboras! ¡Me siguen!-ululó, tendiendo las manos adelante, tembloroso, y señaló a través de la ventanilla con ojos extraviados.
-¿Qué cosa?-exclamó mamá, acongojada-. ¿Qué arañas?-y agregó:-¿Dónde?
Se agarró a los brazos de mamá y clavándole una mirada delirante, imprecó:
-¡Allí, allí, en la ventana!
-¿Qué arañas? Yo no veo nada… -dijo mamá, mirando en torno.
-¡Papá!-dije yo, que no había reparado en su nuevo acceso por haber estado embelezado en la contemplación del paisaje-. ¡Papá, papá querido!-sollocé sobre aquel montón de huesos.
Mamá, desolada, me susurró:
-Es el alcohol...
-¡Las víboras, las víboras!-vociferó con los ojos fuera de órbita, desenredando de su cuerpo reptiles imaginarios.
-Bueno, bueno...-le murmuré con dulzura.
-Tengo... sé...-repitió una y otra vez, pasándose las manos por la cabeza con atormentado ademán y, por último, clavando en mí una mirada de súplica-: Quiero caña...
Los pasajeros, veinte o treinta personas que viajaban en el mismo vagón (la mayoría hombres traviesos y bromistas, un borracho muy flaco y muy amarillo, una mujer gorda a quien le faltaban todos los dientes, y el resto conscriptos) y que, momentos antes, cantaban o reían, quedaron calladitos prestando oído con indecible curiosidad. Sus ojos se posaban en nosotros y todo el coche era un avispero de charlas.
-¿Podremos vivir tranquilos alguna vez?...-me dijo mamá. Apoyé una mano sobre su hombro, con ansiedad y ternura, y le dije:
-Viviremos, mamá. Viviremos-y le oprimí la mano como para alentarla.
El cielo estaba nublado esa tarde. El tren se hizo cada vez más grande y cubrió el andén, la estación, la gente, con su ruido, con la sombra de sus vagones, con el penacho de humo que brotaba de su entraña de hierro, y se detuvo diez minutos para dejar el correo. Afuera, en el misterioso silencio de los campos, la sombra tenía un aspecto limpio. Ahora la locomotora resoplaba de nuevo y a través de las ventanillas corrían veloces los alambrados, un puente, los caminos...
Abandoné la cabeza en el respaldo del banco de madera. Tenía los ojos perdidos de sueño y la sensación confusa de ir en el tren, de no ir en el tren, de irme quedando atrás del tren, cada vez más atrás del tren, cada vez más atrás...
De repente abrí los ojos-el sueño sin postura del desamparado, la zozobra del que sabe que hasta el aire que respira se paga- y me encontré en mi asiento, como si hubiera saltado al tren por la ventanilla, con la nuca dolorida, la cara sudada y una nube de moscas en la frente.
-Mamá, tengo hambre-dijo Dalila, observando alimentarse a los viajeros.
-Ahora vamos a comer...
Oteó, temerosa, a su alrededor.
-Quiero comer, quiero comer -insistió, tercamente, vencida por el apetito.
-Ya, ya. Espera un poquito. Una voz nos sobresaltó:
-Déle esto, señora -dijo la mujer gorda, acercándose con un pan y dos empanadas en las manos-. Agarre. No tenga vergüenza. Le puede pasar a cualquiera-agregó, apañando el regalo-. ¿Tiene hambre angá, ayepa?-se condolió.
-¡Dios se lo pague, che señora!-articuló mamá, llena de timidez. Y la mujerona como había venido desapareció.
-¡Gracias te doy mi Dios!-musitó, alzando la vista como en un rezo. Acto seguido clavó la cabeza en el pecho y un suspiro se le rompió en la garganta.
Me acerqué a ella y la tuve abrazada largo rato. Entonces lloró, pero sin que ninguno se atreviera a decir palabra. ''¡Jhim..., pan y empanadas!'' -exclamó Dalila, pasándose la lengua por los labios y empezó a comer. Papá, cerca de nosotros, pacía entumecido por el sueño inconciente de los beodos. "Las desgracias vienen cuando ya ha pasado lo peor- murmuró como en una jaculatoria final-. Las cosas buenas sólo suceden al día siguiente de lo malo.''
-¡Pasajes, pasajes!...-irrumpió el guarda haciendo castañear su pesada pinza de perforar en la mano.
-¡Jesús, María y José-soltó mamá.
-¡Pasajes!...-rugió, dirigiéndose a mí para picar los boletos. Me sobresalté y perdiendo el control, balbuceé:
-¡Ah!, los pasajes... Enseguida...
Hurgué en mis bolsillos. Saqué tres billetes y se los alcancé con manos temblorosas. Mamá, hundida la cabeza en el seno y con voz casi imperceptible, dijo:
-¡Dios quiera que no pase nada malo!
Después de revisar los boletos y estudiándolos como si fueran billetes falsos y dudase de su autenticidad.
-Aquí hay sólo hay tres boletos ...y ustedes son cinco-dijo el revisor al cabo, mirando con desconfianza a Miriam y a Dalila. Al oír esto mamá acurrucó aún más a Dalila, como si de pronto la quisiera achicar.
-Son menores-le expliqué señalando, alternativamente, a mis hermanas con el corazón en la boca.
-Esta ... sí- afirmó observando a Dalila, no del todo convencido, y añadió indicando a Miriam-. ¿Cuántos años tiene?
-Acaba de cumplir seis, señor...-mintió mamá, tímida y temblona.
-Tiene que pagar medio pasaje-ordenó el hombre.
-¿Tiene que pagar medio pasaje?-volví a inquirir, como si no hubiera escuchado bien.
-Así es- dijo, frío.
-Señor...-rogó mamá con ojos llorosos-, no tenemos dinero.
-No me venga con cuentos. No puede viajar sin boleto y sanseacabo- interrumpió el guarda, y agregó-: Es imposible.
Miriam, al percibir la discusión, se despertó sobresaltada mirando al guarda con ojos agrandados.
-Señor..., perdónenos. Haga una excepción-imploré yo. Algunos pasajeros, agolpados en sus asientos, escuchaban con burlona curiosidad y hasta en algún instante rieron. Pensé que el azar sólo es posible porque existe el olvido. El azar repite sus jugadas, sólo que de manera diferente cada vez. Olvidar sus variantes es igual a no conocer sus leyes, probablemente las más rigurosas que rigen los movimientos del universo.
-No hay nada que hacer. El reglamento es el reglamento. La ley es la ley- recitó el guarda del que sólo recuerdo el hielo de sus ojos.
-No tenemos con qué pagar- insistí.
No obtuve respuesta. Mamá se puso a implorar.
-Señor..., por su madre se lo pido...
Dalila masticaba sin pausa su comida.
-Lo siento. La chica deberá pagar pasaje o la bajaré en la primera estación- sentenció.
Mamá y yo nos miramos como dos condenados a muerte. Enseguida, con un aspecto de fiereza de que no la creía capaz, me aturdió con las siguientes palabras:
-¡No!-gritó ella-. ¡No pueden hacer eso!
-No hay más remedio. Yo no tengo nada que ver. Hago lo que me mandan... Apúrese antes de que venga el inspector- concluyó el guarda mientras se iba.
Mamá abrió ojos de espanto. Yo temblaba de rabia.
-¡Dios mío!...-exhaló y suspiró con los ojos cerrados-: ¡Dios te salve María purísima... sin pecado concebida...!-y abrazó a Miriam.
-¡No dejen que me baje! -lloró mi hermana.
Sentí como si el corazón se me desgarrase de pena y le dije:
-No te van a bajar...
Ella, sollozando, porfió:
-El señor... dijo que me bajaría...
-¡No te bajarán! Si lo hacen... ¡yo bajaré con vos!... Me voy a... -dijo mamá, incorporándose.
-¿A dónde?-le agarré del brazo. La emoción me ató un nudo en la garganta.
-¡A robar si es necesario!... -clamó enloquecida.
Y se perdió por el corredor entre las miradas y los cuchicheos de los viajeros. Por la ventanilla entraba un viento ardiente y seco, mezclado con el pito de la locomotora y el estrépito de los viejos vagones.
Papá seguía delirando...
... La guerra..., los bolivianos atacan..., cúbranse de las balas..., agua, tengo sed, agua, me muero de sed..., vienen los pynandí, me persiguen..., tenemos que escapar, cruzar a Clorinda..., están cerca, si nos agarran nos van a degollar..., estamos ganando la revolución ... Paraguayos... tienen que rebelarse y terminar con esta época de vergüenza y luto, antes de que sea demasiado tarde...
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