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miércoles, 28 de julio de 2010

ARTURO ALSINA - ORTIZ GUERRERO Y SU ÉPOCA (SEGUNDA PARTE) / Fuente: MANUEL ORTIZ GUERRERO. OBRAS COMPLETAS (2010)


ORTIZ GUERRERO Y SU ÉPOCA
EVOCACION DE JUVENTUD
(SEGUNDA PARTE)
Obra de ARTURO ALSINA
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )

Enlace al documento:
(PRIMERA PARTE)
Obra de ARTURO ALSINA
.
INFLUENCIA DE ORTIZ GUERRERO EN SU GENERACIÓN.
ARTE E IDIOMA, MÚSICA Y POESÍA

Cuando llego por primera vez Ortiz Guerrero a Asunción, éramos varios los jóvenes estudiantes que en las aulas del Colegio Nacional nos iniciábamos en el ejercicio de las letras. El españolísimo hidalgo don Viriato Díaz Pérez, enseñaba literatura y nos conducía con encomiable vocación, al conocimiento de los clásicos de la lengua. Facundo Recalde ya mostraba su garra de poeta e iba camino del periodismo, donde tan perdurables y profundas huellas dejo señaladas. Natalicio González era consagrado por entonces, por la pluma gentilicia y avara de don Arsenio López Decoud, y los mayores, en apretado grupo alrededor del pabellón de "Crónica" -Leo-Cen, Capece Faraone, Acevedo, Molinas Rolón, Max Ynsfran, Ramos Jiménez- cumplían una etapa que fue brillante en la evolución de las letras paraguayas... Los otros, algunos compañeros nuestros de aula, los que soñaban desde las hondonadas del valle en cumbres inaccesibles, ¿qué se hicieron? Quisiéramos volar por el mundo y volver a encontrarlos para ir, como en aquellos días en que hacíamos la rabona de la clase de algebra, por los senderos del parque a recitar los primeros versos. Ortiz Guerrero, que se nos incorpora, deja en pos de si los años vividos en la ciudad natal, fresca estela de adolescencia, recuerdos que han dejado lugar a la esperanza. Allí queda la tribuna, las escaramuzas con el cura, aquel semanario editado a mano: "Los compañeros del Silencio", titulo revelador de la soledad del talento en una sociedad indiferente a las inquietudes del espíritu.
Ya hemos dicho que su presencia en el Colegio fue acogida con simpatía. Ocupa la tribuna y sus discursos y conferencias, los versos que publica en "El Nacional", le dan personería literaria. Tiene buena pasta de líder este muchacho campesino, y pronto, por derecho propio, se convierte en la cabeza visible del grupo juvenil. Cuando publica "Loca", la consagración es definitiva. Sus estrofas se recitan con entusiasmo. Ya formaba parte de los consagrados, mientras nosotros seguíamos soñando sobre las páginas abiertas de los libros de texto. ¡Aun conservábamos el juvenil pudor de destruir por las mañanas los engendros escritos por las noches! Molinas Rolón, que pudo ser grande entre los grandes, lo acoge con amistad fraternal. Época de ensueño, de miseria y de bohemia. Siempre recordara Ortiz con cariño este periodo de su juventud, y el recuerdo de Molinas, qua hoy arrastra su locura por Arroyos y Esteros, pone en sus palabras acentos de dolor.
Después..., ¿a que repetirlo? Su vuelta a Villarrica, destrozada el alma, lacerada la materia. Y allí, en la paz aldeana de un bello suburbio, "solo con las estrellas", la culminación total de: "La amarga plegaria de unos labios en flor".
Reaparece en 1922 con Dalmacia y "Surgente", el triunfo del amor enlazado al triunfo del espíritu. Es desde este momento que empieza a manifestarse la influencia que ejerció sobre los hombres de su generación.
Algo se ha hablado del poeta; muy poco se ha dicho del hombre. En líneas anteriores, hemos tratado de esbozar los rasgos que en ambos aspectos definen aquella excepcional naturaleza. Maní ejerció, ignorándolo, un apostolado que le dio jerarquía de maestro. Su influencia no fue precisamente literaria, fue sobre todo moral y espiritual. La dignidad con que vivió su dolor, la grandiosidad de su ejemplo, aquel optimismo sobrehumano que superaba su gran desventura, el grafico puro de ascensiones triunfales de una vida sin contradicciones, el inextinguible ideal que lo animaba, diéronle una autoridad moral por nadie alcanzada en el país, dentro de los límites de su generación. En una época en que los hombres trepan y reptan, él enseña la virtud del vuelo. ¡Volar como un pájaro o volar como una flecha, pero volar! Desde su rancho convertido en ermita, el poeta, apóstol laico, pontifica. En voz baja, serena, sus palabras llegan al alma envueltas en musical encanto. No tiene la pretensión de ejercer un apostolado, pero signado por un superior destino, basto con su prédica y su ejemplo, para qua a su paso por la vida se avivara en llamas el fuego sagrado y florecieran las rosas del espíritu. Su obra y su ejemplo, por lo vital y heroico, fueron espontáneos como un fenómeno. No respondieron a un plan; fueron ajenos a su voluntad; se desprendieron de su espíritu, como frutos de un árbol generoso.
El rancho en que habita no es solo un monumento a la dignidad humana, levantado por la nobleza creadora del trabajo. Es a la vez, un sagrario del espíritu. Allí, el poeta ha escrito y editado sus últimos libros, y ha animado los sueños de los hombres de su generación.
¡Cuantos jóvenes llegaron con las primeras cuartillas y fueron estimulados por su palabra alentadora; cuantos, al borde del fracaso, recibieron una consigna de fe y de optimismo! Y quien escribe, puede hacerlo hoy, porque en un momento cercano a la renuncia por la desesperanza, el poeta le señalo una ruta y un destino. Eran aquellos tiempos de la inteligencia cómplice, de los autos y mutuos bombos, en que se discernía el talento como una prebenda, anticipo del puesto público prometido, en que todo espíritu independiente era acogido con hostilidad. A la distancia, entre el ruido de la impresora, se plantean problemas de estética, se discute sobre arte y filosofía, se recita y se piensa; y en el patio umbroso, entre los árboles que el poeta ha plantado, rondan, sutiles, hondas inquietudes. Se habla de justicia social con sentido cristiano, se afirma la inmortalidad del alma y se proclama la liberación del hombre. ¿Contradicciones? ¡No, franjas del espectro solar qua componen la luz, y como la luz, luz misma es la vida! ¡Luz y sombra y penumbra! A través de su aislamiento, percibe las inquietudes de la juventud, los excesos de los unos, la intolerancia de los otros, la puja obstinada y cruel de las pequeñas miserias insulares, la lucha sorda y violenta entre ideologías que se disputan el predominio de un mundo sembrado de odios. Es humano y humanista. A todos los mide con la justa medida. Para juzgar tiene una sola ley: allí donde radica el dolor esta la justicia. Es un poderoso intuitivo. Alguien creyó descubrir en esta facultad poderes de videncia. Certero en sus juicios, apreciaciones y vaticinios, rara vez se equivoca. Posee un conocimiento profundo de los hombres. Una intensa vida interior, le revela verdades que en vano busca fuera de sí mismo. Esta noble vocación de cavar la propia mina, le inspira en la juventud estos versos de "La Amada Inefable":

La busqué en el poblado, la busqué en los desiertos
entre todos los hombres y entre todas las fieras:
¡la he soñado diez años con los ojos abiertos!,
oh mi amada remota de innombradas riberas.
Después..., ya muy cansado, volvíme a casa, triste;
baje dentro mi alma como a un gran abismo
y oí su voz: "soy tuya, mas nunca lo supiste".
La he buscado en los astros y Ella estaba en mí mismo.

No se excede en el elogio ni ejerce la crítica negativa que malogra posibilidades. Ante el acuden Julio Correa, tímido, con las primeras escenas de su autóctono teatro, con sus versos, comprimidas viñetas de emoción; Darlo Gómez Serrato, con los originales de "Yacï Yatere" que Manu prologa y edita, y todos los que admiran su espíritu y tienen sed de sus palabras. Forjador: hay sudores de sangre sobre la vibrante bigornia. El ejemplo de su vida es una lección que no olvidaran los hombres de esta tierra heroica y sacrificada.
Independientemente a su vasta contribución a las letras paraguayas y a la influencia moral que ejerció, hay que sumar aquella de significación espiritual que, prolongándose en el tiempo, no cesa de dar frutos, trasplantada la simiente en miríadas de almas, de generación en generación. El folklore, la música, la poesía y el teatro de sentido popular, encuentran en é1, en algunos géneros, al creador, en otros, al alentador de aliento poderoso. Es, con Fa-Re, el jefe de un vasto movimiento que prepara el renacimiento de lo autóctono. Lo genial de su naturaleza radica en la integridad.
Proyectamos nuestro pensamiento desde el punto de la particular influencia del poeta hasta el plano donde actúan latentes, en potencial creación, las fuerzas espirituales de este pueblo.
Algunos, y son siempre, por desgracia, espíritus cultos, sienten un instintivo repudio por las manifestaciones de un arte popular en esbozo. La poesía guaraní, tan rica en sentimiento, en musical onomatopeya, en matices intraducibles de psicológicos quilates; el teatro guaraní, tienen adversarios, como los tiene la guarania. La misma lengua aborigen es considerada por muchos, como una frontera espiritual que incomunica al país del mundo, de ese mundo ideal de la belleza y de las ideas. Barrett, en su hora, señaló la significación de este admirable instrumento y las ventajas que, en el orden de la inteligencia, les estaban concedidas a los pueblos bilingües. No proclamamos, como los exaltados de la otra orilla, la superioridad, ni siquiera la prioridad, de esta lengua sobre el español de aliento universal, formulador de símbolos y de sistemas; pero, atribuyéndole en justicia su cabal significación, limitándola a su medio y a sus medios; bastaría esta pregunta para refirmar la necesidad de cultivarla; ¿qué poeta, en lengua española o extranjera, podrá traducir con mayor emoción y encanto, el alado dialogo del idilio campesino, la imagen de la guerra, el espectáculo de una naturaleza que tiene en su grafica onomatopeya, una voz para cada fenómeno, un grito para todo espanto, un murmullo para la corriente de agua que se despeña, y un acento de paz y de alegría para las luces del amanecer? ¿Quién que no sienta en su sangre las resonancias del alma de la raza, podrá traducir en originales ritmos, en ecos de fiestas pretéritas, las vitales armonías que nos alcanzan desde el fondo de la selva, en un vuelo de siglos? ¿Quiere decir que la obra de poetas, escritores y artistas, ha de concretarse a los límites de lo nacional? No ha sido esta nuestra enunciación. Ello equivaldría a la mutilación de las potencias creadoras del espíritu humano, a la negación de universalizar nuestros valores. ¿Pretendemos, entonces, que lo universal empieza allí donde termina lo nacional, lo autóctono? No, en su enunciado axiomático. El caballero manchego es rey y señor en los dominios del espíritu, y Mireya, en pueblos y lenguas extraños, embellece la vida con su cantar provenzal. La obra del genio es siempre universal. En oposición, parece insinuarse en el medio, una corriente que niega, en esta hora del augural despertar de América pero de inevitables confusiones, todo valor perdurable a un arte que no refleje autóctonas formas en idioma y en espíritu. ¿Se ha olvidado, acaso, el creador milagro de la inteligencia en los pueblos bilingües? El español, universal y universalista, ha de proyectar lo que hay de permanente, de "nuestro", en dilatadas perspectivas sin fronteras. El arte popular, en cambio, llevara a las masas desvalidas y olvidadas, los beneficios de la vida espiritual, afirmando la personalidad del pueblo y complementando la labor de la escuela, ausente hasta hoy, en la campaña del país. La obra del artista completara la del maestro. Sera la hora en que se empiece a vivir una cultura propia. Ya nos desperezamos en la madrugada de esta cultura que se anuncia; ya se vislumbra, entre nubes que pasan el alborear de este amanecer.
El aluvión inmigratorio podía, come ya lo hizo con otros pueblos de América, sepultar los valores de la raza, reemplazando lo que destruye con valores nuevos, en ascendente superación de etapas, pero el espíritu original subsistirá, a pesar de todas las contingencias. En fuentes de Historia y de Mitología, se ha reflejado hasta hoy la imagen del pasado. A la novela, la poesía y el teatro, les corresponde, ahora, dar vida a la epopeya del hombre americano contemporáneo, corporizar su dolor, alentar sus esperanzas. ¿Cómo se desarrollara esta acción?, ¿será con el espíritu del "arte per el arte", o emancipado el artista de teorías, verá solo la naturaleza que lo deslumbra y al hombre que interroga y que contesta? Será, a no dudarlo, un arte nuevo, y nuestro y americano, de sentido épico. Un teatro, una novela con problemas propios, una plástica que descubra con fidelidad y verdad al hombre frente a su destino. ¡Arte orientador y liberador!
Junto a las formas literarias y plásticas, las primeras de bilingüe bifurcación, y las últimas, limitadas hasta hoy al paisaje y al hombre, sin revelar aún la tragedia que lo abruma ni el destino que lo dignifica, la música nativa ocupa un lugar de vanguardia con relación a América y al mundo. El universal alfabeto de siete notas, es comprensible para todos los hombres, llega a las almas por encima de las fronteras. Los medios modernos de difusión favorecen esta melódica infiltración. La literatura autóctona ha quedado aprisionada dentro de los límites de la comunidad guaraní, y la escrita en idioma castellano, con raras excepciones de escritores de primera fuerza, no ha podido vencer la línea de hitos de la demarcación geográfica. La pintura se ha hecho presente en los centres de cultura de América, y la cerámica de Andrés Campos Cervera, ha llevado en sus metálicos reflejos, destellos de nuestro espíritu a Europa. Pero la música nativa, vuela en melódico aletear per el mundo. ¿Es obra de las Academias? No podía serlo. Es armonía extraída de las entrañas del pueblo por manos humildes de artistas sin nombre, en el pasado; per músicos surgidos de la masa, en el presente; por los que llegaron respetuosamente hasta el dolor del pueblo para sentirlo come propio; por los que no supieron de las genuflexiones de la cortesanía; por los que sintieron la sed de las batallas y el hombre en las derrotas.
Y es este el momento de volver per senderos animados de melódicos cantos hasta el alma de nuestro poeta.
Cuenta Ramos Jiménez, que en horas de adolescencia, él y Manu salían en claras noches de luna a tejer versos en telares de ensueño, vagando sin rumbo por los caminos que se dirigen de Villarrica a Caaguazú, y regresaban a la madrugada sentados en las gruesas vigas que las alzaprimas conducían, arrastradas per potentes yuntas. Los carreteros, hijos de la selva, per distraer la monotonía del largo camino, ahuyentando el sueño de las pupilas desveladas, entonaban sus cantos, reminiscencias de ritmos indígenas, de vitales melodías. El oído del poeta las captaba, y al regreso, haciendo uso de una notación que había ideado y que suplía su desconocimiento de los signos musicales y del arte de componer, trataba de reproducir, por empírico modo, el canto sobre el papel. Años después, José Asunción Flores recoge de manos del poeta la armonía salvaje y crea la guarania. Ortiz Guerrero saluda la aparición del músico con estas palabras: "¡Que viva el yuyal! Del yuyal salen estos hijos oscuros de la "humildad innominada", macerados en el oleo santo de penurias celestiales, con un halo dolorido de fulgencia en la cabeza; sin títulos, sin cultura, sin recursos, pero con el tesoro de su propio yo". ¡Nada más conmovedor que esta salutación del poeta al talento que nace! "¡Que viva el yuyal!". Flores es hombre de condición humilde y siente el orgullo de serlo. Por sus venas corre sangre guaraní, y todo su ser arde en pasión salvaje por el indio y la selva. Sabe de las horas de frio y de las madrugadas del hambre; ha aprendido música en la Banda de Policía, de niño, perdido entre atriles e instrumentos. Su sonrisa de hombre fuerte y bueno se conturba, a menudo, en sus labios, con una leve contracción de tristeza.
El poeta encuentra al intérprete de la armonía que él soñó en reproducir en empíricas formas. Propiamente ni lo encuentra, ni lo busca. El músico existe con un destino. Va al encuentro del poeta, atraído por esa fuerza misteriosa de la afinidad espiritual. Flores no es aún el creador. El hijo de "humildad innominada", encuentra en el glorioso desventurado, la fuerza, la fe, el impulso.
Soñadores ambos, planean una ópera, letra del uno, partitura del otro, con el fabuloso argumento de la leyenda de Urutaú. Ya han ideado los decorados: fogatas sagradas reflejando sus luces sobre tenues hilos de ñanduti, sombras móviles de litúrgicas danzas. Ya están escritos los primeros versos y compuestos algunos compases. De este propósito desmedido nace la guarania que bautizan así en homenaje a la raza y a su lengua; formula sencilla de brioso ritmo; vaso en que se vuelca la melodía perdida. Ortiz escribe la letra de las guaranias, haces enlazados de una común armonía; a la música de la palabra corresponde la poesía de la forma musical. La música y los versos de "Kerasy" y de "Panambi vera" están iluminados por un mismo sentido místico y profundo.
En los últimos meses de su existencia, el poeta va perdiendo la vista y el oído. Ya no hay esperanza ni alegrías en aquella alma grande. Tapiado para el mundo, no oye más que la voz de Dalmacia y la música de la guarania, que Flores ejecuta en la guitarra, cerca, muy cerca del enfermo, insensible al horror por exceso de sensibilidad y de amor. Las luces de su intensa vida interior se agitan en la agonía por las vibraciones de la música, como la tersa superficie de una fuente se anima en ondas por los pétalos de una flor que un niño arroja jugando. En "Buenos Aires, ¡salud!", Flores termina la estrofa que Manu dejo trunca, y en "Panambi vera", está escrita su última voluntad, aquella dulce voluntad de reposar en el sumo eterno bajo un tenue vuelo de mariposas.

PARÉNTESIS CRITICO

Pensamos si no estaría mejor titular este capítulo "Emoción critica". Valga la paradoja. En todo caso, impresión, mas que critica. Nuestro análisis pasara sobre detalles de forma, por todo lo superfluo o accesorio, para detenerse en un verso, en una imagen, en un símbolo, tratando de reflejar la emoción que su poesía nos produce, relacionando a la vez, lo épico de la vida del autor con lo lirico de su estro, ya que hombre y poeta se corresponden y su vida y su obra son partes de un gran poema.
Otros han señalado defectos a sus versos musicales y emotivos, pero, ¡ay!, las pinzas se nos caen de las manos, y el metro, comprimiendo un viejo texto de preceptiva literaria, ha quedado extraviado en un rincón de la biblioteca. La despreocupación por la forma no es un defecto exclusivo de este poeta, entre los nuestros. Fallas atribuibles al medio cultural, a la falta de una tradición literaria, a la ausencia de una crítica orientadora. ¿Pero no será preferible esta ruda pureza insular a las extravagancias de los neo-sensibles de otros lares? Ortiz Guerrero debió aislarse en los años de su formación literaria, sin libros, sin alentadora compañía y pobre y solo, en su lejano confinamiento, entrego al poder de la intuición, que conoce y crea por propias luces, las fuerzas del espíritu. (El ejercicio de la poesía es un don divino! ¡Cuánto nos place sollozar de emoción ante un verso ingenuo del cancionero popular, y que indiferentes nos quedamos, a veces, ante una estrofa burilada y perfecta, escrita por sabias manos!
En "Surgente", su primer libro, ha volcado el lirismo de su juventud, desde los días reveladores de la adolescencia hasta los primeros del infortunio. Todo el está impregnado de frescura de linfa, móvil y transparente caudal, en cuya superficie se refleja, a ratos, la imagen del dolor. El nombre recuerda a los manantiales, los îvú que saltan con hervor de hemorragia entre la blanca arena, ornados de culantrillos y de helechos, donde el agua es fría hasta en los calurosos días de febrero. Al agua del cielo atribuye la causa de su mal; con el agua de la tierra se apaga el fuego de las llagas y se curan las heridas.
El titulo sugiere el contenido; la surgente evoca la sed; el agua que mana, al hombre que cansado y sudoroso se inclina a beber. Para el poeta, la fuente es un espejo donde ve desfilar un cortejo de sueños. Al rito báquico sustituye la ablución cristiana. ¿Seria acaso exagerado llamar a este libro, el libro de la sed? El mismo poeta parece creerlo. En "Bebe" escribe:

Viajero de labio ardiente
si es que la sed te mata,
¡ah! beberás solamente
sin jarro de oro ni plata.
Pues que mi copa perdida
aun no devuelve la suerte
porque no bebas la vida
que es el agua de la muerte.
Es agua pura, mi hermano.
Te ofrezco tan simplemente
a beber de la surgente
con el hueco de la mano.
Y sentirás en tu boca
como un sabor de infinito
cuando tu pobre alma loca
se te escape con un grito.
Grito de sed que se atreve
llamar las aguas del cielo:
sed insaciable de anhelo,
que es más cruel... pero... bebe.

Los labios de la amada son "la copa de su sed de infinito", la "cósmica sed de infinito" lo atormenta. Sed de amor. Ya no basta la "mansa surgente"; necesita beber el llanto que es el agua del alma:

Por ti siento a veces la ansiedad ambigua
de llorar a mares y... beber el mar.

Luego, reducida de nuevo la sed a las dimensiones de lo humano, implora con sentimiento y ternura:

Canta y llora y canta la canción impía
que hace padecer;
llora como el arpa llantos de armonía,
llora una azul gota, paraguaya mía,
que muero de sed...

Esta ternura de "En voz honda", se sublima en la imploración que no cesa. La sed que ha dejado el dolor solo se apaga con llanto:


Necesito el llanto. El miedo, el espanto
que dejo el azar
en mi vida, solo se alivian con llanto;
canta, paraguaya, tu más triste canto,
que quiero llorar.

Pero si el llanto es el agua del alma, el agua que surge es sangre de la tierra. El elemento se asimila al humor, a la corriente que conduce e impulsa la vida:

La fuente es la fresca sangre de la tierra
que baja de la aurea vena de la sierra
y llora escondida detrás del zarzal;
es fuente una limpia, sonora hemorragia
de música y sueños, de perlas y magia
que sangra con una paciencia eternal.

El sentimiento de la Naturaleza es la fuerza dominante de su inspiración y se traduce en imágenes, en descripciones breves, porque la concisión y la claridad son virtudes esenciales de este poeta. ¿Cómo se manifiesta este sentimiento? En dos direcciones, no paralelas, pero si equivalentes. La una trasunta la belleza del paisaje y habla a los sentidos:

En el ámbar disuelto del limpio plenilunio:
palidez de amor e infortunio
ha mojado sus alas la noche transparente
y el dulce centelleo del lucero de junio
recuerda la mirada de una querida ausente.

Estrofa digna de un nocturno de Chopin.
La otra dirección, alada flecha de Apolo, llega al alma portadora de un mensaje. Hablar al alma para el poeta, es hablar del amor. Y ha de cantarle, como quien bien ama, a la manera romántica, con acento impregnado de melancolía:

Era por su tristeza como un enfermo lirio
y por enferma y pálida era como la luna;
negra como la envidia, larga como el martirio,
sobre los hombros era la cabellera bruna.

¿Se puede pedir más concisión y claridad? ¡Y esta admirable precisión en el empleo de los adjetivos! ¿Queréis algo más negro que la envidia; algo más largo que el martirio? Las imágenes están revestidas de colorido y musicalidad:

Alguna enlutada cauda cometaria
la regia cascada de su cabellera.

Tu Boca es conjunto de miel y de rosa
do liba la abeja del "Ave-María"...

Y esta estampa del amanecer, plena de originalidad:

Va a pasar: es la hora.
Avenidas de lanzas de plata alzan los gallos,
y entre un millón de lanzas se oye pasar la aurora.

El símbolo se identifica en la imagen y surge de la estrofa bañado en musical encanto, tenue, iluminado:

Por la senda florida de infinita frescura,
¡oh! ¡jardín de la vieja ventura!
vaga una niña sola con manos radiosas
lleva un bouquet fragante... Es la espectral figura
del recuerdo, que suele de noche cortar rosas.

En "Loca" su alma arrodillada reza a la luna.
La influencia de Rubén Darío es notoria, especialmente en los versos de su juventud. Justo es recordar, a este respecto, un juicio de Natalicio González: "Es fácil descubrir -dice- en las poesías de Ortiz Guerrero, la influencia, a ratos atenuada, a ratos ausente, de Darío; pero las anima siempre una intensa emoción humana que raras veces se sorprende en los versos del orfebre". Escuchad:

Favonio en los jardines propiciará un sonoro
estremecimiento: al vernos se teñirán de grana
las intactas orquídeas; se oirá un alegre coro
de címbalos y liras, y en la fronda cercana,
Pan tocará su flauta de un milagro incitante,
y la Venus de Milo se crispará un instante
de inefable deseo...

En el sentimiento es romántico, en la forma modernista. Vino de cien años en el vaso del siglo.
Las influencias se observan en los cantos de amor de la juventud, pero aparece emancipado de ellas cuando se interna en la oscura selva del propio dolor, para animarla de cantos y conmoverla de grandeza. Así en "Suma de bienes" y en "Amarga plegaria de unos labios en flor". En su libro "Nubes del Este" ha alcanzado el estado de serenidad. Para huir del dolor se eleva. Envuelto en la clámide que oculta las llagas a los ojos humanos, inicia la ascensión. ¡Heroica y esforzada ascensión! Sufre y enseña a sufrir, no solo con la resignación sino con el silencio. Los gemidos mueren en su garganta. ¿Para qué gemir si se puede cantar? Y de aquel gran dolor, solo queda una estela armoniosa en el Parnaso.
Ya no es la surgente que apaga nuestra sed de ensueño y poesía; es ahora el agua del cielo aprisionada en la nube que se anuncia en brisa fresca y vivificante. Son las "nubes del este", portadoras de la lluvia fecundante, la que el labrador espera en los menguantes para la siembra prospera; la de las aguas que penetran en el seno de la tierra para alentar el germen que la gloria del sol llama a la vida. Pero, en la nube esta invisible, en potencial maléfico, el rayo; aquel mismo rayo que lacero sus carnes con fuego de llagas perpetuas. ¿Qué importa el propio dolor? Desde la ventana de su exilio, mira como las nubes se deshacen en cataratas sobre la tierra sedienta y aspira el grato olor que exhalan las hierbas saturadas de lluvia. Si "Surgente" es el libro de la sed,, "Nubes del Este" es el de la grandeza. Grandeza del olvido del propio dolor. En "Nubes del Este" se nos revela, no mas poeta, pero si, mas él, mas héroe. Es, quizá, el libro de la sed saciada.
Fuera de "Arlekín", juguete lirico, que empieza así:

Arlekín:
pon tu bonete pekín
y danza y ríe a tu antojo
por el mundano jardín...,

que recuerda la "Canción de Carnaval" de Darío, y de este otro canto bellísimo, con ritmo y metro de 1a "Marcha Triunfal":

De súbito estallan las rosas,
los lirios, y estallan los versos en salva floral,
los viejos palmares despeinan al viento melenas gloriosas
y agita los bosques de lauros un soplo marcial...,

lo escrito en las páginas de este libro aparece, en general, emancipado de extrañas influencias, en personal superación de diáfana y reveladora inspiración.
En "Surgente" puede aquilatarse, quizás, una mayor transparencia en la forma. El espíritu que anima aquella estrofa de "Saudade":

Es esta la hora sacra. De una hemorragia ha muerto
el sol. Tramonto sufre de una nostalgia astral;
tengo en la mano el libro de mi tristeza abierto,
voy a escribirte un tenue verso sentimental...,
no volverá a alentar en "Nubes del Este".

No son sólo dos momentos o dos estados distintos de alma los que documentan estos dos libros; son dos zonas de vida que atraviesa la nave de lirico velamen.
El amor, fuerza dominante en "Surgente", "ley sacra, bella y pecadora", por cuyo imperio, "en las cavernas rugen de coraje panteras encinta y leonas en celo", aparece ahora, como un leitmotiv de resonancias intimas. La ley universal y eterna que lo ha proscrito, le concede el consuelo del canto. Siente el amor como algo que lo posee y lo domina, pero cuyo goce le está vedado. Es un creyente que no pudiendo penetrar en el templo, adora de rodillas la cruz de la copula desde la vereda solitaria. El fuego -llama y cenizas- aparece ahora en sus versos. El delirio de la alegría dionisiaca, da lugar a la preocupación mística del más allá:

Sobre las brasas vivas del amor, la esperanza,
arden como de aceites el dolor y el placer;
así la vida inflama su llama azul, que danza
de júbilo amoroso. ¡El vivir es arder!
La llamarada alegre que danza, no se cansa;
hasta que un día cualquiera, en que así debe ser,
las brasas se consumen y la vida se lanza
volátil, hacia arriba... ¡Morir es ascender!

Hay un momento en que el bajel tuerce el rumbo y deriva en declive, hacia los escollos del sensualismo. Pero se salva. Pronto aparecerá la preocupación metafísica, el "mal metafísico", que hará crisis en "Pepitas":

Ignoro que figura tiene el tal "infinito",
no sé qué forma afecta la tal "eternidad",
pero es posible, amigos, que conozca el niñito
el rostro de la madre y ella escuche su grito
desde la gruta oscura de la maternidad.

La duda habla veladamente en sus versos, y si la muerte cruza fugaz por su huerto de ensueño, la contempla con serenidad. En la vida, el amor; en la muerte, la eternidad. Más allá de la vida y de la muerte, Dios. Y si es cierto lo que asevera un filósofo, de que los ojos de los amantes, en los momentos altos y misteriosos de la pasión adquieren la vítrea y fija mirada de los muertos, ¿no será esto un anuncio de que el amor es un signo de eternidad, y de que los ojos humanos, en que se asoma el alma, son como espejos de muerte? El intento épico aparece en su segundo libro. Como si corriera hasta entonces por subterráneos cauces, aflora en "Veteranos", "los despojos fabulosos de la gloria -escapados de los lúgubres pantanos- de la historia". "Diana de Gloria" es la exaltación poética de la figura del Mariscal, y en "Ulf" canta a "la tierra santa de los comuneros - donde se salvara con lagrima y sangre toda libertad". Pero Ortiz Guerrero es profundamente lírico y no escapa a las fatales limitaciones de su estro. Aun cuando exalta a la patria y evoca la guerra, se evade de lo épico y canta al amor, porque el amor es tierra estremecida de dolor, cielo colmado de estrellas, espíritu que se posa sobre la arcada que elevan los poetas, desde el abismo de la duda hasta el infinito sin fronteras.
A medida que el mal avanza, su alma penetra en una zona de misticismo y unción. Desde niño cree, en la existencia de Dios, pero cerca del fin, esta creencia, que no lo abandona, cobra relieves de certeza. Se sume en la meditación; su alma se ilumina de aureola mística. ¡No!, ¡la vida no puede terminar aquí, no puede terminar así! Los hombres se han olvidado de Dios, porque en su delirio de grandeza se han sentido dioses. Pero, se han olvidado también que son mortales. Se ha de volver al seno divino por los senderos de la muerte. Habla de la muerte, que:

... ha cerrado la verdad del circuito
como el agua y los astros circulantes también.
Va rodando la vida de infinito a infinito,
y su paso nos deja mucho polvo en 1a sien!

Es hora de dedicar unas líneas a su tercer libro, "pepitas": "Arroyito del verso mi vida": ¡Que tierna y humilde definición de la propia existencia! Aquel torrente de grandeza y desventura canalizado en el menguado cauce del arroyo rumoroso que se pierde en la selva. Como un niño de espíritu curioso, ha ascendido por el curso y ha visto brillar entre la arena del lecho, a través del agua cristalina, escamas de reflejos áureos. Ya no es el agua mansa de la surgente, ni la torrencial de la nube; es ahora un caudal móvil y ondulante. El poeta se inclina a recoger, para ofrecérnosla, la dorada pepita. ¿Qué es la "pepita"? El mismo poeta la define: "Es un poema brevísimo. En tres versos, un cuadro, un madrigal o una sentencia. Cursilería melosa, concreción redonda. Ni falte ni sobre la cara esencia para el minúsculo vaso". Divide las "pepitas" en galantes, amuletos, cuadros, políticas y vanas.
Antes nos hemos referido de paso, a las "pepitas" políticas. En las galantes, el amor ya no es romántico y sensual como en sus libros anteriores. Ni el beso florece sobre los labios encendidos ni el deseo conturba los corazones. El brillo de las fiestas galanas se ha transformado en tenue luz de retablo. A veces, la estrofa es como un eco:

Tu recuerdo, cometa hoy ya distante
por el cielo del alma
ambula errante.

En el remanso azul de tu mirada,
¡oh! pescador de estrellas,
perdí mi red.

En otras prende, fugaz, la llama del escepticismo:

Existen porque existo. ¿Cuando muera
ya no habrá sol ni noche,
ni primavera?

Las "pepitas" amuletos constituyen un breviario. Toda la grandeza de su alma torturada se concentra en sentencia, en lección. Tienen estilo de salmo estos versos:

No magnifiques más tu mal destino,
te ocultará tu propia
sombra el camino.

"Magnificar el mal destino"; esto es, crear "la propia sombra", proyectar en torno nuestro la voluntaria oscuridad, auto condenarnos a la ceguera en el sendero fatal. ¿Es posible dejar de referir la estrofa a la mano que la fijo sobre el papel, dedos lacerados en proceso de mutilación?
Quien acaba de aconsejarnos no magnificar "el mal destino" magnifica a renglón seguido, paradojal y magnánimo, los bienes que le fueron negados. Escuchad, en alto los corazones:

Sé justo con la vida. ¿Hoy padeces?
Ella te dio otras veces
dichas con creces.

¿Quién nos habla con este acento de cristiana resonancia? Alguien que por el camino del dolor ha llegado a la verdad.
El poeta se eleva más allá de la propia cumbre para aconsejarnos en una incitación a la fe y al optimismo:

Florece, corazón, cada minuto,
si quieres dar maduro
siquiera un fruto.

Su pobre corazón es demasiado pequeño para agotar el dolor humano; en el radica solo una unidad pletórica de la angustia universal. Entonces, más alto aun, exclama:

El corazón es himno y flor de goce:
la total desventura
él no conoce.
Es el momento en que el corazón abdica de la carne para ser "himno y flor". Libre y "deshumanizado", desciende de nuevo, cerca de la hora de la muerte, para afirmar a sus hermanos la existencia de Dios y la fe en la vida futura:

¿Quieres buscar tu origen y volverte?
La gota por la nube,
tú por la muerte.

Las "pepitas" cuadros, nos presentan en minúsculos bocetos una visión fugaz de la naturaleza, o una animada mancha urbana, sin que esté ausente el cariño a las cosas de su tierra:

Se muere el sol. Su beso de agonía
dora un avión lejano.
Melancolía.

Iluminados barcos. La bahía,
exposición nocturna
de pedrería.

Carbón... carbón... La carbonera pasa.
De sus ojos se astillan
dos vivas brasas.

En las "pepitas" líricas, el poeta regresa a su yo. Habla en primera persona. Se siente actor en un mundo que ya empieza a mirar con ojos de moribundo:

Soy un hilo de agua en este llanto.
Por la noche, luceros
cantando hilvano.
Con sed cavé, cavé. ¡Cavé un abismo!
Y alcance el agua fresca
que hay en mí mismo.

¡Siempre el agua! ¡Siempre, hasta el fin, la sed!

Manu ha oficiado el rito poético del agua. Desde "Surgente" a "Pepitas", el título sugiere al elemento; la fuente a la sed; la nube a la lluvia; la corriente al sedimento áureo. El agua que se condensa en la nube por la fuerza del "milagro solar", se asimila en imagen a nuestra muerte transitoria. Y como el agua del cielo vuelve de nuevo a la tierra, en rocío o en cataratas, el alma emancipada ha de volver a su animada cárcel a proseguir el humano y eterno destino.
"La gota por la nube - Tú por la muerte". El alma ha volado a su origen. El poeta nos deja una herencia, recortes de diarios con la producción de los últimos años, que no ha tenido tiempo de editar en volumen, y una voluntad: el libro ha de llamarse: "Arenillas de mi tierra".
Ciego, con la visión extra terrena de las últimas horas, ha visto el mundo como un paramo. Apagada la sed, agotado el cauce, solo quedan las blancas arenillas de la playa que se vuelve cada vez más remota con las horas que pasan. Ni agua en la surgente ni en la nube, ni oro en la corriente. Oleadas de vida. ¡Só1o vida que queda; sombras humanas! Solo vida que se va; luz en la altura!
A medida que el camino de la vida se acorta, la visión del universo se concentra y el sentimiento se ahonda. En pocas composiciones suyas la emoción llega a notas más puras que en esta, dedicada a Chamorro, el maestro guaireño:

El maestro tenía
el carácter del agua transparente,
la claridad del día,
y la cordial dación de la surgente.
Con humildad de pan daba sustento
a la virtud callada del trabajo
en los hijos sin luz del sufrimiento:
los indoctos, los tristes, los de abajo.
Profesor de firmeza y de decoro,
empezó a vigilar de edad temprana,
y en su boca labró un panal de oro
la melódica abeja castellana.

Y él que nunca ha nombrado a la madre en sus versos, la nombra, por primera vez, en sus últimos días, en la culminación de su calvario. Es con el nombre de Susana que invoca la sombra amada. Y la invoca y la canta en la vida de otra mujer, del mismo nombre, en quien cree ver la resurrección de la ausente. No es el hijo prodigo que busca entre las sombras la presencia luminosa; no es a la madre muerta a quien canta. En vísperas de morir, se ha olvidado de la muerte para cantar a la madre rediviva y resplandeciente:

Cuando niño, me han dicho que tenía
mi madre la elegancia del bambú
regalando frescura y melodía...
Yo jamás conocí la madre mía
que habrá sido inefable como tú.
Desdichada de amor, ella habría sido
azulada torcaza de Itaybú
que con pajas de olor me tejió el nido.
Y... se murió de sed cuando he nacido.
Susana se llamaba como tú.
Los ojos de un azul inigualado,
tajadita la boca de urucú,
el cabello en resol, todo rizado...

Yo nunca a mi mamá, nunca he mirado,
quien sabe... si... quien sabe no eras tú.
La ilusión, con piedad siempre infinita,
le dio a mi desnudez chal de tisú...
Yo no aprendí a decir: "papá", "mamita",
y hoy mi madre en tus ojos resucita!
¡Te reconoce el alma! Tú eres tú!
Huerfanito de luz, ciego del arte
me dio miedo el gemir de urutaú.
¡Tuve miedo de noche al no encontrarte!
Mamá: mi corazón se parte,
cántame el arrorró que sabes tú.

Como hombre de teatro hubiéramos querido dedicar un capítulo, dentro de este trabajo a sus tres obras teatrales: "La Conquista", "El Crimen de Tintalila" y el poema escénico "Eirete". El propósito rebasa los límites que nos hemos fijado, pero la deuda persiste. No han de acogerse, en este intento, los hombres de esta generación a la injusta prescripción del tiempo.

UN BEL MORIR TUTTA LA VITA ONORA

El poeta en sueños ha visto el rostro de Dios. Tiene la certidumbre de su próximo fin y va a ocultarse en su casita de Tayazuapé para morir. Allí vamos en fraterna y piadosa peregrinación Facundo Recalde, Roque Centurión Miranda, el escultor argentino Julio Vergottini, alma evangélica de destellos geniales, y yo. Nos sigue mi madre, octogenaria, a la distancia, pues no ha querido que la viéramos venir, y que para visitar al poeta por quien siento un cariño entrañable, ha caminado seis kilómetros desde el vecino pueblo de San Lorenzo. Había de seguirlo por el sendero sin retorno pocos meses después de su óbito. Recuerdo la penosa impresión que recibimos. Se encamina hacia nosotros, apoyándose en el brazo de Dalmacia, y apenas oímos su voz articulada con esfuerzo: "Mi espíritu los estaba llamando... Los esperaba... Uds. creen que su voluntad los ha traído. No... Soy yo quien les ha pedido que vinieran"... De aquel bizarro joven que conocimos veinte años antes, no quedaban más que despojos. Su voz clara y expresiva de entonces, se había transformado en un soplo casi imperceptible; los ojos sin luz, un día "del color de la esperanza", cubiertos de telas sanguinolentas. No oía nuestras palabras y nos hablaba como del interior de una tumba. Pero ¿a que seguir con la descripción del horror? Solo Dalmacia tenía aun el valor de sonreír. Volvemos tristes, silenciosos, por la picada que a la hora crepuscular se sume en sombras. Alguien dice: esta vida se apaga. Pienso, su materia ya está muerta, solo el alma es inmortal. Mi madre lloraba.
Y días después, la tos que lo ahoga le produce angustia de asfixia. La obra de la lepra la termina la tuberculosis. Es el tiro de gracia de los ajusticiados. Regresa el poeta, acostado en la carreta, envuelto como por una bandera en la vieja capa. Al lento paso de los bueyes tarda siete horas en llegar. En la puerta permanece enhiesto el blasón que no se abate: Zurucu'a-Editorial Paraguaya. Bajo el humilde techo viene a sumar a las horas de dolor la hora de la muerte. José Asunción Flores, el más grande de sus hijos espirituales, viene a buscarme. Manú se muere, dice, mientras con el pañuelo se seca las lágrimas y ahoga los sollozos. Sí, ya lo sé, Manú se muere. ¡Loada sea la divina providencia que lo libera de tanta desventura! Buscamos a un medico. Adrenalina... digitalina, gotas de agua en la sagrada lámpara de aceite que se apaga. Mientras caminamos, recito para mis adentros aquellos versos de "Rogación", su bellísimo canto a la esperanza:

Eterna esperanza todopoderosa,
madre del ensueño. Del dolor esposa,
tutora inefable de los mutilados y ciegos de amor;
perpetua abogada de los afligidos,
las tristes princesas, las rosas, los nidos
que en esta cruzada de vida y de sueño te claman favor.

Ahora toda esperanza ha muerto. Los versos del Dante esculpidos a la entrada del infierno, tienen para nosotros un nuevo sentido aquella noche de angustia. Se le aplica una inyección, la reacción se produce, y, suprema fuerza del espíritu que canto a la esperanza, sueña que vuelve a ser un niño sano, soñador, vivaz, que juega en la plaza de su nativa Villarrica, en alegre ronda infantil.
Se ha despertado martirizado por una última obsesión. Tiene aun una última deuda que cancelar. Implora al Dr. Boggino, medico, humanista y poeta, con voz imperceptible que solo Dalmacia es capaz de traducir, que le devuelva las energías solo por unas horas. Necesita imperiosamente escribir un canto de despedida a la vida. Después podrá morir tranquilo. ¡En aquel momento solemne nos dimos cuenta cabal de la grandeza de su alma! No puede respirar, el corazón vacila, los mutilados dedos que manan pus no pueden sostener el peso de la pluma, y sordo, ciego, sin habla, sigue con heroica consecuencia siendo fiel a su fe.
Cuando llegue la Intrusa que ya ronda invisible por el patio, el quiere sellar voluntariamente los labios con un verso. Tenemos la impresión de vivir un minuto cumbre y la convicción de que no asistiremos jamás a un acto humano de mayor grandeza.
Por la tarde, a solas con Dalmacia, se le escapa rauda el alma de la pestilente cárcel.
¡A solas con Dalmacia ha muerto Manú! La última venda de luz, ha caído mujer de tus manos milagrosas! ¡A solas contigo! Es que nadie más que tú era digno de estar a su lado en el momento supremo. Quizás, él, lo soñaba así. Solo tú eras digna de asistirlo en su muerte, de amortajarlo, de cerrarle los ojos. Solo tú, eras capaz de besarle la frente, que de iluminada hacia olvidar sus llagas.
Rodeamos su lecho. Allí está, como siempre don José María Duarte, ese enorme artista de la amistad, junto a Facundo Recalde. Yace a nuestro lado el más grande de los poetas paraguayos, el carácter más puro y firme de su generación, por su obra, por su vida, por su muerte, por su fe! Que dulcemente se ha sumido en el sueño de su liberación. La muerte más piadosa que la vida ha serenado sus facciones condecoradas de cicatrices. En sus labios se pliega una sonrisa. Al lado del lecho, sobre la minerva, arde un cirio, y en el plan de la impresora yacen abandonados la capa, el sombrero y el bastón. En el suelo, amontonado libro sobre libro, se empina parte de la edición de "La Conquista" y que por una rara combinación de luces, las últimas del crepúsculo y las sagradas del recinto, proyectan sobre la pared una sombra de columna truncada. ¿No ha dicho alguna vez que lo encontrarán cadáver al pie de su cañón?
En la tarde gris parte el acompañamiento. ¡Que pocos estamos! Artistas, escritores, poetas. ¡Si, cabremos todos en el único tranvía que arrastra el coche fúnebre que conduce a la tierra los restos de una vida única! Que pocos estamos. Pero estamos los que debíamos estar: los que sabemos que no todos los días nace un poeta en cuyo verbo se humaniza la eternidad y se eterniza el hombre.
Ya vamos por las callejas del campeo santo. Aquí mismo fue donde hurtaste las velas encendidas a las animas para alumbrar en noches de forzado insomnio el surco de tu pluma. De improviso, entre los panteones, surge un hombre del pueblo, rotoso y descalzo, vistiendo un mal remendado uniforme verde olivo sucio de tierra chaqueña, que se empeña en tomar su parte entre los que conducen el féretro. Y volvemos a encontrar en este acto un símbolo. En aquel hombre anónimo, un obrero, un desheredado, en todo caso un soñador que reclama el derecho de conducir los restos de su poeta, ¿no están acaso representados sus hermanos que en esos momentos se baten en las trincheras por lo mismo que vivió y canto Manú: por la gloria de un pueblo y de una raza?
La fosa está abierta y espera. No hay discursos pero si lágrimas. Soñó con una tumba en cuya sagrada tierra florecieran lirios y rosas, cubierta en las horas de sol por animada cúpula de mariposas en vuelo:

Panambi che rape rame
reseva re yeroky
nde pepó cuarajhy ame
tamó rae a ñe ñoty.

En su cruz el poeta Lamas ha dictado el bello epitafio: "Su mejor poema fue su vida". Y en los brazos extendidos de esa cruz se agita la Blanca estola tejida por manos de Dalmacia.
ARTURO ALSINA.
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Fuente: MANUEL ORTIZ GUERRERO
OBRAS COMPLETAS
Editorial Manuel Ortiz Guerrero
© Patronato de Leprosos del Paraguay
1ª Edición, 1952. 2ª Edición, 1969. 3ª Edición, 2010.
Asunción – Paraguay. Enero 2010 – 398 páginas.
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