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jueves, 12 de agosto de 2010

AUGUSTO CASOLA - ES COMO ESCRIBIR UN CUENTO (CUENTO) / Fuente: REVISTA DEL PEN CLUB DEL PARAGUAY. IV ÉPOCA – Nº 9.


ES COMO ESCRIBIR UN CUENTO
Cuento de
AUGUSTO CASOLA
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )

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... ES COMO ESCRIBIR UN CUENTO
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a JOSÉ-LUIS APPLEYARD
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-Escribir un cuento es como vivir un sueño -dijo el Poeta, con la vista perdida más allá del hombro de su discípulo-. Cerrar los ojos y entrar una vez más a ese mundo fantasmal del escritor, el suyo personal y único, esa cueva de la cual sólo él conoce el acceso... y donde parece encontrar el único mundo real y éste -agregó con un gesto vago de la mano derecha (temblorosa y algo artrítica) con el que abarcó la mesa redonda donde están sentados, junto a una de las columnas de hierro del bar "San Roque", las otras mesas, ocupadas por clientes que conversan, ríen o hacen sus pedidos a los mozos en constante ir y venir, las enormes puertas de madera, el ventilador carrasposo del techo y la calle poco transitada a causa de la lluvia mansa que comenzó a caer hacia las seis de la tarde-, una ilusión. Algo falso e incompleto - sonrió, tosió el humo de su cigarrillo que se le atragantó-: un sueño.

-O una pesadilla -intervino el discípulo.

-No sé... -sorbió un trago de la cerveza que dentro del vaso centellea en millones de burbujas-. Tal vez los cuentos sean parte de una pesadilla inconclusa -volvió a dejar el vaso sobre la mancha húmeda del mantel a causa de la transpiración del vidrio de la botella-. Uno convive con sus personajes como si fueran seres reales. Los tiene dentro y como sabe que lo espían, se siente acosado, temeroso de que esas criaturas, de tan auténticas que son, corporicen en cualquier momento para incoarle a uno... ¡vaya a saber basados en qué pretendidos derechos!..., si se les puede reconocer alguno a esas sombras, engendros inconfesables de un maridaje oscuro y prohibido.

El discípulo, concentrado y con el ceño fruncido, observa al Poeta en un esfuerzo por seguir el hilo de sus pensamientos.

-Entonces -dice en tono dudoso-, escribir un cuento es como estar en una cámara intermedia entre la vigilia y lo imaginario, entre lo que existe y lo que no...

-Sin capacidad para poder definir, a ciencia cierta, cuál de esos estados se halla a uno u otro lado de la tal cámara.

Fumaron en silencio.

-Ahora mismo -siguió diciendo el Poeta-, estoy enfrascado en la creación de un cuento que expone la visión de la miseria humana desnuda de su cuerpo carnal: la miseria pura, esa que se guarda oculta dentro de nosotros y nos refleja sin máscaras, sin disimulos, sin engaños.

-¿Un aspecto sobrenatural?

-Yo no lo llamaría así -la voz del Poeta, que se había encendido con el entusiasmo de la descripción de su idea, recobró el ritmo lento que le caracteriza-. Más bien..., un estado natural diferente, tal vez algo vivo dentro del cual se puede ver, no sólo los efectos sino las causas del ser humano, su miseria original, el prototipo de esa crueldad y esa locura que conocemos y que por su proximidad nos resultan indiferentes.

-De tan acostumbrados que estamos -intervino el discípulo-. Sí, creo comprender; pero observar eso, verlo así, debe ser... horroroso.

-Es un cuento -se excusó el Poeta mirando distraído a la mujer vestida de forma llamativa que pasa una y otra vez frente a la puerta de la esquina donde están sentados.

-Y lo está escribiendo ahora...

-No -contestó el Poeta. Hizo girar entre sus dedos el vaso de cerveza-. Ni siquiera sé si voy a llegas- a hacerlo; no bosquejé una sola frase porque, a fuer de sincero, a mí también el descubrimiento me resulta horroroso. Creo que es algo prohibido, algo secreto, algo que uno encuentra por casualidad y de pronto, comprende... Eso es, uno comprende -volvió a quedar en silencio. Encendió otro cigarrillo y sorbió un largo trago-. Uno comprende... -asintió con la cabeza-, está ahí.

-Comprende... ¿qué? -se impacientó el discípulo.

-Bueno, ese es el quid de esta cuestión -responde el Poeta que vuelve de su ensueño-. ¿Qué es lo que uno comprende? -y volvió a llenar el vaso.

La mujer entra al bar y se acerca al mostrador desde donde Frank, el propietario del "San Roque" la observa distraído. Adquiere una caja de cigarrillos y vuelve a salir, dejando tras de sí la estela del olor penetrante de su perfume.

-Como esta mujer-agrega el Poeta-. La vemos, podemos desearla y hasta ir con ella, pero: ¿quién es? El cuento la mostraría desnuda, tan desnuda que luego de quitarse las ropas, seguiría con la piel, la carne, los músculos, los huesos y entonces ahí estaría yo para ver quién es, cuando se encontrara totalmente desnuda.

-¿Son así los personajes del cuento?

-Todos ellos están desnudos hasta la última desnudez.

-¿Son todos incorpóreos? Pero entonces... ¡no existen!

-¡Es que sí! -se exaltó el Poeta que empezó a toser, pues con el entusiasmo lo sofocó el humo de su cigarrillo-. Es que sí existen, vaya si no... Están alrededor mío, no me abandonan un solo instante, no me dan sosiego. Cierro los ojos y se me acercan cuando quiero dormir, cuando me distraigo o estoy solo. Vienen y me observan..., casi debo dar un manotazo para alejarlos... -se acarició la chiva como suele hacer cuando algo lo deja perplejo-. ¡Claro que existen!

El discípulo contempló sobresaltado los ojos muy abiertos del Poeta quien parece estudiar algún acontecimiento extraño y espeluznante y siente que se le erizan los pelos de la nuca.

-Luego pasa -manifestó el Poeta tras llenar de nuevo su vaso con lo que sobraba de cerveza en la botella-. Pero están ahí, existen..., existen...

A los pocos minutos el discípulo se despide y sale a la calle. Ya no llueve y el viento del sur, fresco, fuerte, agradable, despeja el cielo de nubes y comienza a secar la humedad del asfalto y los charcos formados por la lluvia.

Se sintió algo culpable por dejar solo al Poeta luego de lo conversado, pero esa misma conversación, algo inusual, le llena de inquietud. No era la charla en sí sino otra cosa. Tal vez, se dijo, existe cierta morbosidad en su relato. ¿Se burlaba de él? No, no era eso. Más bien lo notó preocupado al Poeta. Lo cierto es, se dijo, que no le entendí del todo..., un poco traída de los pelos esa relación entre el hecho de escribir una ficción y estar en realidad en un mundo de sueños, pesadillas y fantasmas.

-¿Cuánto hace que nos conocemos? -pensó el discípulo-. Casi tres años -se respondió-. Desde aquella vez que publiqué mis cuentos y al Poeta le parecieron tan buenos. Fue entonces.

Se detuvo antes de cruzar la acera; miró calle arriba y calle abajo, con la sensación de ser un extranjero, aunque sabe perfectamente dónde está: frente a la iglesia de San Roque, en Asunción, a las 10:45 de la noche.

Sobre Tacuary dormitan los boliches donde el Poeta suele ir después a terminar la jornada. Más allá, la Plaza Uruguaya, sumida en la escasa luminosidad de sus faroles, la Estación del Ferrocarril, dos taxis estacionados en la parada de la calle Antequera. Todo en su lugar, con el mismo aspecto de siempre a esa hora, pero hay algo, cierta angustia lacerante en medio de la oscuridad húmeda y engorrosa. Eso era lo diferente, como si las sombras habituales encubrieran algo profundo e indefinido. Aprieta con más fuerza la carpeta que lleva bajo el brazo y cruza la calle.

-¿Y mis cuentos? -continuó con su monólogo-. ¿Es muy distinto el proceso de su creación al descrito por el Poeta? ¿Acaso no me abstraigo tanto, a veces, que hasta resulta difícil volver a ubicarme, volver a salir de ese mundo silencioso y oscuro que me sobresalta? Eso explica al Poeta. Yo también me suelo sentir rodeado de esos elementales nonatos, esas criaturas insidiosas y a veces hasta repulsivas. Sólo que abro la puerta y estoy otra vez afuera. Tal vez cuando llegue a la edad del Poeta, a mí también me resulte difícil identificar si estoy de este lado o del otro.

La calle, húmeda y vacía se cierra a sus espaldas. La oscuridad, en cambio, se abre ante él al ser rasgada por el temblor palpitante de los faroles de las esquinas.

Dobla 25 de Mayo y Tacuary con paso acelerado para alcanzar las luces del servicentro de la esquina y sin saber cómo, se encuentra de nuevo frente al bar donde poco antes estuvo con el Poeta.

Mira curioso a través de los vidrios de la ventana y lo ve, sentado frente al vaso cuyo contenido ya adquirió el color craso de la cerveza olvidada y rancia. El Poeta, su mido en cavilaciones, mantiene la cabeza gacha sobre el pecho, como si se hubiera quedado dormido. El cigarrillo encendido, que cada tanto lleva a la boca con mano temblorosa, es la única señal de vida en él.

Por un momento pensó en entrar de nuevo, pero se contuvo. Al fin de cuentas, se dijo, estar frente a esa vidriera ya resulta un despropósito. ¿Cómo había vuelto? ¿Qué hacía él allí?

Miró a través de la persiana entreabierta y vio que el vaso con cerveza continúa sobre la mancha húmeda del mantel, pero el Poeta ya no está. El bar, visto desde afuera, luce particularmente vacío y abandonado. Hasta cree notar, en la penumbra que flota en el salón, gruesas telarañas adheridas a las botellas olvidadas en los estantes, como si hiciera mucho que nadie les pasara el plumero. Tuvo la impresión extraña e inquietante de haber sido arrojado a otro lugar, a otro tiempo, aunque está seguro de haber estado allí con el Poeta pocos momentos antes.

No supo cuándo entró o cómo hizo para estar dentro de la estancia donde restan unos pocos estantes destartalados sobre cuyas planchas de madera cedida, sucia, carcomida, vieja, corretean y reptan insectos raros y repulsivos que causan la extraña impresión de querer acercarse a él. De que lo observan.

Echó una rápida ojeada a los restos de la mesa redonda donde estuvo sentado tantas veces para conversar con el Poeta. Era otra -debía serlo- inclinada como un barco encallado, el mantel enmohecido y roto y las platas envueltas en telarañas espesas que, por su aspecto, también eran de mucho tiempo atrás.

En el ambiente persiste un hálito denso y cambiante y de algún lado llega el susurro de plantas de pies descalzos que se arrastran sin descanso sobre las baldosas. Cuando quiso moverse, descubrió con espanto que ya no disponía de los suyos y al levantar la vista vio, en el espejo sucio de enfrente, su rostro partido en mil partes de las que se adueñan unas formas monstruosas que huyen con sus pedazos por debajo de las rendijas de las puertas y ventanas que dan al interior. Trozos de él, sin duda, con su sonrisa y su mirada, ahora cargadas de maldad.

Tuvo miedo pero le resulta imposible huir. Carece de cuerpo y sin embargo, está allí, desnudo de sí mismo, reflejado y disperso en esas caricaturas grotescas que lo cercan de a poco, como dando prueba de su permanencia. Hay otras figuras informes y oleosas que le son conocidas por su manera de ser, por su aspecto y la identidad de los deseos que las mueven, hasta que comprende, turbado, que él y sus cuentos están fuera y le rodean, le acosan para exigirle su derecho a existir.

Quiere clamar por comprensión, por piedad, quiere huir pero ya no tiene manos con qué asir el picaporte y los seres de su imaginación, mezquinos y crueles, lo encierran en su piel de llagas informes y purulentas que lo constituyen y en su ser desnudo hasta la última desnudez de sus deseos, sus ambiciones, su cinismo, su lujuria, todo el egoísmo y la envidia hirviente y venenosa que lo devoran cada día y que está obligado a expulsar sin pudor ante ese tribunal implacable impuesto por los hijos de su creación.

Están allí, cada vez más cerca, cada vez más exaltados por el deseo de arrastrarlo a su conjuro de sombras, de figuras maltrechas, al centro de todas esas miserias repelentes que son él.

Quiere gritar. Quiere huir pero es demasiado tarde y sucumbe bajo la presión de sus dedos y el abrazo despiadado de su propia cristalización.

El Poeta sigue sentado frente al vaso de cerveza y don Mareco, el mozo, ya sin el uniforme, lo observa desde un extremo del mostrador sin atreverse a urgir la retirada del último cliente.

El discípulo entra y se acerca al anciano.

-Es hora de retirarnos, Poeta...
-Sí -responde el Poeta-. Estaba otra vez perdido en mis ensueños -lanzó un profundo suspiro al levantarse con dificultad-. En realidad, cada vez voy más al fondo en estos asuntos y me alejo tanto que a veces temo no poder regresar.

-Es cosa de la imaginación, Poeta.

Ganan la calle y detrás de ellos se apagan las luces del bar.

-Ya no llueve -dijo el Poeta, asombrado.

-No -asintió el discípulo y comenzaron a subir con lentitud hacia Azara, a ver si el "Nick" estaba todavía abierto a esa hora, pese al Edicto 209.
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Fuente:
REVISTA DEL PEN CLUB DEL PARAGUAY
IV ÉPOCA – Nº 9

Arandurã Editorial,
Asunción – Paraguay
2005 (197 páginas).
Amplio resumen de autores y obras
de la Literatura Paraguaya.
Poesía, Novela, Cuento, Ensayo, Teatro y mucho más.

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