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viernes, 20 de agosto de 2010

HORACIO SOSA TENAILLON - JUDIT (CUENTO) / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - VEINTITRES CUENTOS DE TALLER (1988).

JUDIT
Cuento de
HORACIO SOSA TENAILLON
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
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JUDIT
Al cruzar el viaducto tuvo conciencia de que la línea de luces de la avenida corría a su encuentro, desgranándose en faros individuales que se perdían por encima de su cabeza a medida que avanzaba. Por el reloj del tablero supo que era la una y media y pensó que no era tan tarde como para que no hubiera transeúntes en las calles. Ni por un instante intuyó que corría demasiado. Trató de distinguir edificios, pero la niebla y la oscuridad no se lo permitieron; no le permitieron ver sino sombras laterales que huían vertiginosas.

Se desplazaba a gran velocidad, sobre su izquierda, junto a los canteros centrales transformados en líneas borrosas envueltas en un acompasado rumor de vientos que el coche iba dejando atrás en su rápida marcha. Se arrellanó y se dejó ganar por la sensación de soberbia y poder, encendió la radio y cuando se disponía a gozar del placer de conducir, la perturbó una inquietud, como envuelta en una ráfaga de temor y percibió la sensación de que el vehículo se desestabilizaba, que la parte trasera se elevaba y que el bólido giraba incontrolable hacia adelante. Después... sólo el estrépido ensordecedor.

Creyó despertar en un mundo tenue del que le venían, entrecortados, un suave murmullo como de voces lejanas, la hilera de fuegos que circundaba la ciudad sitiada, la desesperación producida por la sed y el rodar de una cabeza ensangrentada que caía de los almohadones... "¿Quién enturbia los mágicos cristales de mi sueño y por qué, Señor, esta nación cruel y presurosa trae a mi pueblo iniquidad y violencia?"

Quiso pensar, recordar algo, pero su aturdida mente sólo le devolvía, una y otra vez, el chirriar de los neumáticos sobre el pavimento, el chocar del carro de guerra, la soldadesca ruin que sonreía, los fuegos enemigos que pasaban y pasaban sobre su cabeza y la sed desesperante que la devoraba. "¡Habían cortado el acueducto! ¡Ahora sólo era cuestión de tiempo!" Alguien dijo que si en cinco días no recibían ayuda, abrirían las puertas de la ciudad. Quiso gritar, rebelarse, pero, sin saber por qué, se sintió distante y paralizada por la impotencia. No obstante, y llevada por una repentina esperanza, decidió hacer un último esfuerzo para sobreponerse, y ahora era el olor indefinible de la guerra, y de los heridos, lo que la envolvía con su emanación de muertos. Sintió que la tironeaban de la cabeza, que su cuello quedaba tenso, y que la desesperación la inmovilizaba al presentir la inminencia del filo de la espada que le abriría la yugular haciéndola sangrar a borbotones y rodar su cabeza hacia el vacío.

-Fractura cervical; se salvó apenas. ¿Cómo se siente?

Comenzó a abrir los ojos pero los cerró casi de inmediato, encandilada... Pidió agua porque la sed la enloquecía y entrevió un mundo blanco y muelle que no alcanzó a entender pero, la sonrisa cómplice que intercambiaban los guardias cuando la vieron salir de la tienda del jefe, el calor del desierto que le abrasaba la garganta y esa enorme distancia hasta las puertas de la ciudad que parecía inalcanzable... "¡El enemigo había invadido las tierras de Judá, sitiado la ciudad de Bethulia y dejado a su pueblo sin agua!" Y ante la pusilanimidad de los líderes a cargo de la defensa, ella les gritó que no se acobardaran, que el enemigo era sólo un hombre, que no había hombre indoblegable, que aún ella podía vencerlo... "¿Por qué el impío asedia al justo y la ley no sale según la verdad?"

-Es el efecto de la anestesia y del shock, pero en unas horas estará más tranquila.

Trató de despertarse pero, era curioso; seguía en el sueño; los fuegos continuaban volando por encima de su cabeza, el estrépito de los aceros se repetía constantemente en su cerebro y ahora era como si esos fuegos se hubieran transformado en la luz que se filtraba por los vanos de la bóveda de una misteriosa capilla en la que ella oraba. Y, al tiempo que comprendía que había llegado la hora, no pudo evitar que la sacudiera un estremecimiento mientras musitaba una última y fervorosa plegaria al Señor y se cambiaba el hábito de cilicio por una túnica enjoyada en la que no pensaba desde su viudez.

El silencio pareció agobiar las líneas enemigas cuando la vieron abandonar la plaza sitiada, ricamente ataviada y seguida de una criada portando un zurrón con provisiones de boca. "Solamente requiero de vuestra benevolencia permiso para orar en el valle diariamente". Pero al cuarto día, ante la pasión despertada en el general enemigo, no pudo sino aceptar la invitación a acompañarlo a su tienda a almorzar con él.

Se sentaron en almohadones y ella probó sólo los bocados que había llevado; pero cuando el alcohol venció al soldado, ¡su alma se estremeció! El momento había llegado. ¿Tendría fuerzas para matarlo dormido? ¿Tendría perdón destruir una vida? ¿Tendría paz para seguir viviendo?

El aire caldeado del desierto la volvió a la realidad y el terror pareció agarrotarle la garganta, pero siguió su camino tratando de ignorar la humillación de la sonrisa de aquellos hombres. Caminó lentamente, manteniendo su aire de princesa desdeñosa, seguida de la criada llevando el zurrón y pensando en que nunca llegaría... Pero ahora que los vítores de su gente atronaban el espacio, mientras colgaban la cabeza en lo alto de la muralla donde los asirios pudiesen verla, cayó en la cuenta de que no despertaría, que no despertaría más, que estaba despierta, totalmente despierta porque en el sueño oyó el acento de una palabra divina que lo afirmaba; que había salvado a su pueblo de las hordas venidas del oriente y que el incomprensible sueño había sido sólo eso: un sueño inexplicable, frenético y absurdo; un sueño en el que corría en un vehículo de guerra por las vías de una ciudad desconocida, envuelta en el tronar de lejanas tempestades, iluminada por cientos de antorchas que pendían del cielo, para despertar finalmente en un universo blanco donde se respiraba dolor y sangre. No, esa no era la verdad; no podía serla; sólo había sido un sueño.

Judit vivió ciento cinco años.
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HORACIO C. SOSA TENAILLON
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TALLER CUENTO BREVE
Dirección:
Talleres Gráficos
EDICIONES Y ARTE S.R.L.,
Asunción-Paraguay
1988 (136 páginas).
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