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martes, 24 de agosto de 2010

JAVIER VIVEROS - EL COBARDE DE LA LÍNEA 31 (CUENTO) / Fuente: URBANO, DEMASIADO URBANO (2009)


EL COBARDE DE LA LÍNEA 31
Cuento de JAVIER VIVEROS
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
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EL COBARDE DE LA LÍNEA 31
Sobre la Avenida Mariscal López, el ómnibus de la Línea 31 avanza seguro de su condición de bestia dominante entre la manada de acelerados automóviles. Alguien hace la señal de parada en una esquina (la calle perpendicular es Venezuela o quizá Pitiantuta). El vehículo suspende su marcha y acoge al pasajero. Es Nelson, quien ahora abona el pasaje y ocupa uno de los asientos disponibles. Hay una discusión en ese ómnibus habitado por dos mujeres (la inspectora de boletos y la otra con el celular pegado al oído derecho), un hombre con el quepis al revés, un policía, el chofer y ahora Nelson.

A pesar de la miríada de asientos disponibles, el policía está parado al fondo. El uniformado es pequeño pero también flaco y está escuchando con atención las palabras que intercambian el chofer, el hombre del quepis al revés y la inspectora de boletos (que es la primera en su género en ejercer ese oficio en Paraguay). La batalla verbal, aparentemente, lleva algún tiempo de iniciada. Se percibe tensión en el ambiente, una tensión in crescendo bosquejada por el rugido ascendente del motor en marcha del ómnibus.

Por lo que se puede deducir, el chofer entregó un boleto previamente utilizado al hombre del quepis y cuando la inspectora realizó la verificación se dio cuenta del hecho y se lo reclamó al pasajero, y éste al chofer, en la típica reacción en cadena que suele armarse cuando de la adjudicación de una culpa se trata. El hombre del quepis al revés pagó el precio normal por el boleto y el chofer le dio uno previamente utilizado sin que el primero cayera en la cuenta de ello.

Es muy poco usual que un inspector le reclame algo al chofer, suelen estar ligados -cuando no por la amistad- por alguna suerte de regla no escrita de "cada uno a lo suyo". La inspectora habla ya muy poco y son ahora el chofer y el hombre del quepis quienes se conversan a través de un espejo apenas polvoriento.

El hombre del quepis al revés, ofendidísimo porque recibió un boleto ya usado antes por otro pasajero, grita al chofer que es un corrupto, un ladrón y un sinvergüenza. La discusión sube varios tonos. La mujer del celular ha cortado la llamada o la han cortado del otro lado de la línea; lo cierto es que ya no habla y sólo observa la discusión y asiente levemente las palabras del hombre que lleva el quepis volteado. Nelson está sentado un par de asientos detrás del chofer y no vuelve la cabeza para mirar al que grita a sus espaldas. La perorata proética sigue desarrollándose detrás de su cuello, el chofer contesta con algunas salvajadas no carentes de ingenio. Y el vaso se derrama.

El hombre del quepis salta de su asiento y va directamente a encarar al chofer. Le grita en la cara que es un corrupto y que es un ladrón. La situación se pone más densa, la tensión se hace ya casi palpable. En cualquier momento llegan a las manos. El hombre del quepis es grande, de corpulentos brazos. El chofer sigue conduciendo y responde de vez en cuando, hilvana algunas frases sin mirar al rostro de quien lo llama deshonesto. Y allí se hace presente el policía, el pequeño guardián de la ley se acerca al epicentro de la discusión y, en un español dubitante, pide al hombre del quepis que se calme. Debido a su ubicación, Nelson puede ver perfectamente la escena. También la mujer del celular, que está sentada a dos asientos de distancia pero al otro lado del pasillo.

Súbitamente, en medio del fragor de las palabras, el policía recibe un empujón y el chofer un puñetazo. La mujer del celular grita que se detengan. El policía sujeta al hombre del quepis por detrás y trata de inmovilizarlo. Con la cachiporra en la mano izquierda empieza a pegarle en las pantorrillas. La inspectora es una estatua, Nelson, una montaña de hielo.
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-Pegame. A ver lo que podés hacer -grita el hombre del quepis al policía-. Si quiero aquí mismo te mato -agrega.

Como la cosa empeoraba, el chofer se sale de su ruta habitual e informa a los "señores pasajeros" que buscará la comisaría más cercana. Sin oírlo quizá, el hombre del quepis se libera del policía con un empujón fortísimo. Victoria momentánea en la batalla desigual. Mientras el policía se reincorpora, el hombre del quepis se dirige a los pasajeros y les enrostra su cobardía.

-Callados allí, sin protestar. No son humanos, ¡son animales!

La inspectora se levanta y dice una palabra que no tiene absolutamente nada que ver con el tema en cuestión. El hombre del quepis se acerca ahora a Nelson y a escasos centímetros de su cara lo llama cobarde.

-Vos sos un cobarde, ella es cobarde. Todos aquí son unos animales que aguantan ser pisoteados diariamente.

El hombre del quepis sigue cerca del asiento de Nelson y continúa hablando. El policía se acerca por detrás e intenta nuevamente asirlo. El hombre del quepis se resiste, el policía está por perder control de la masa de músculos que se mueve con rabia entre sus brazos. El policía mira a Nelson y le hace una seña para que lo ayude. La seña se hace sonora:

-Agarrale, chera'a.

Y Nelson, que se sabe cobarde como un avestruz, desvía la mirada. Aquí no pasa nada. La mujer del celular pide a Nelson, a viva voz, que haga algo, que sea hombre. Pero Nelson, que siempre quiso huir de las peleas, no está en ese ómnibus. Nelson contempla el paisaje que se desplaza a través de la ventanilla, impertérrito, mientras el forcejeo prosigue su alborotado curso. Un hombre acosado por un acto de cobardía es más complejo y más interesante que un hombre meramente animoso. La mujer del celular parece no estar de acuerdo con la frase porque levantándose del asiento, furiosa, grita a Nelson que intervenga, que se mueva, que ayude al policía. Nelson la contempla de reojo y parece reconocerla de algún lugar.

Vueltos una masa de brazos y piernas entreverados como en un cuadro de Picasso, el policía y el hombre del quepis se mueven hacia el fondo del ómnibus; el entrechocar de fuerzas continúa sin resolución. En una esquina, el chofer se ve obligado a detener la marcha, por orden del semáforo rojo. La ocasión es aprovechada por uno de los pasajeros para abandonar apresuradamente el vehículo por la puerta delantera. Cuando Nelson salta del ómnibus ve que el hombre del quepis, ya fuera de sí, patea una de las ventanas y riega los cristales por el suelo. Desde la vereda, Nelson contempla los vidrios desparramados y presencia luego cuando el ómnibus emprende su marcha con su carga demencial.

No es que Nelson fuera una mala persona (al menos no más que el promedio). Era cobarde nomás, así como algunos son rubios o nacen de mal genio. Él era cobarde, había aceptado ya ese hecho y había aprendido a vivir con ello. De ser cierta aquella afirmación de un inglés de que un cobarde muere mil veces antes de alcanzar la muerte definitiva, Nelson era ya un marmóreo monumento a la Reencarnación. En la escuela huía de las peleas; prefería no contestar los insultos. Los nambíro los pasaba por alto, por temor a tener que cruzar los puños con otro, por miedo a que su anatomía terminara dañada como resultado de una confrontación física.

Al día siguiente Nelson puede ver otra vez a la mujer del celular, la que le había gritado dentro del ómnibus. La ve en la televisión y entiende por qué ese rostro se le había antojado conocido. La mujer del celular -embellecida ahora por la magia fraudulenta del maquillaje- es una de las presentadoras del noticiero y está hablando de la explosión de una garrafa en el Mercado Cuatro. Nelson busca el control remoto para cambiar de canal y detiene su búsqueda cuando oye la siguiente noticia, la que lo deja frío. El viaje en ómnibus del día anterior había terminado mal. Verdaderamente mal. El hombre del quepis había sacado un revólver, de tres balazos había dado muerte al chofer y había también herido al policía en el muslo izquierdo. Se veía en cámara al hombre del quepis, esposado, golpeado y ya sin su quepis. Estaba preso, pero la odisea rutera se había coronado de modo trágico.

-Por lo del problema de tu auto vos estuviste en ese ómnibus, compañera -dice el otro presentador del noticiero.

Y la mujer del celular afirma con la cabeza y empieza a narrar el episodio en todos sus detalles, una profusión de detalles de quien estuvo allí, un lujo de detalles superable tan sólo por la imaginación. Todo lo narra con lentitud y en el relato están el chofer y la inspectora, están el policía y el hombre del quepis. Y también está él, también está Nelson. En el diálogo posterior entre los presentadores del noticiero se usan las palabras "cobarde" y "gallina", y aparecen también las frases "omisión de auxilio" y "negligencia criminal". La presentadora del noticiario, la mujer del celular, dice entonces que conoce al sujeto cobarde, que lo había visto en el programa de entretenimientos del canal, que ya solicitó la cinta a la gente de Archivo y que en la edición nocturna tendría novedades.

Y una vez apagado el televisor, Nelson teme. Y teme con razón. Porque al subir al ómnibus al siguiente día ve un papel con su fotografía pegado a las paredes del vehículo. El título dice "El cobarde de la Línea 31" y se narra abajo, en letras más pequeñas, la historia de su omisión de auxilio y se maltrata su hombría. Y el papel dice que está prohibido que suba, pero el chofer no lo reconoce porque es invierno y Nelson lleva bufanda y gasta gorra. Y entonces Nelson paga el pasaje y recibe una boleta temblorosa. Y se va para el fondo y a la cuarta o quinta cuadra de viaje toca el timbre y baja. Y piensa. Y se siente asediado. Y toma otro ómnibus, Línea 56, y también está allí el papel con su fotografía. El cobarde de la Línea 31. Y la historia en letras pequeñas. Omisión de auxilio. Poco hombre.

Nelson vuelve a su casa, enciende el televisor y ve que es ya una celebridad, una celebridad negativa. Su fotografía la sacaron de una cámara oculta en la que había participado. En la calle Palma, una hermosa señorita preguntaba una dirección a los transeúntes y mientras recibía la respuesta se ponía a gritar como una desequilibrada y se filmaba en primer plano la desesperación trabajando el rostro del que recibió la pregunta. Las escenas luego se pasaban en un programa de humor, en el canal donde la mujer del celular presentaba las noticias. Nelson, que caminaba distraído, había manejado la situación de un modo bastante gracioso; en realidad primeramente se asustó, pero después pareció intuir algo y empezó a imitar los aspavientos de la señorita de una manera tan caricaturesca que la otra se puso a reír. Tuvo sus minutos de fama con ese episodio. Fue el ídolo del barrio durante un tiempo. Y de allí lo había reconocido la mujer del celular. Y con seguridad ella elaboró el papel con su fotografía e hizo distribuir las copias, organizó a las líneas de transporte para darle un castigo moral a Nelson.

Mala cosa esta de tener en contra a los medios de comunicación. El país está habitado de zombis que se nutren diariamente con los rayos catódicos del monitor de televisión. Y Nelson desespera. No podré conseguir trabajo, piensa. En la calle le llaman cobarde. Una piedra rompe la ventana de su casa con el mensaje "Covarde de mierda, te vamos a matar". El barrio, antes pacífico, se vuelve un sitio hostil para él. No podía salir a la calle porque recibía todo linaje de insultos. Pedía el servicio de delivery para su almuerzo, el repartidor traía el sandwich de lomito y al reconocerlo, luego de haber entregado el pedido y cobrado, lo ofendía sin miramientos.

Entonces Nelson decide venderlo todo y marcharse a España, donde tiene familiares. Madrid o Barcelona, poco importaba ya. El objetivo era irse del país, abandonarlo todo y recomenzar. El otro continente le daría la bienvenida. Y así lo hizo. Nelson todo lo vendió, se compró un pasaje y voló a España. Quedaría allí por unos años, hasta que la poca memoria del pueblo paraguayo realizara su trabajo y pudiera hacer nuevamente tabula rasa.
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Tras soportar las inacabables horas de un vuelo transoceánico, Nelson llegó al aeropuerto de Barajas un 31 de marzo. Y le fue peor, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres.
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Dakar, julio de 2008.
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Fuente:
URBANO, DEMASIADO URBANO.
Cuentos de JAVIER VIVEROS

© Arandurã Editorial

Setiembre 2009
Arandurã Editorial,
Asunción – Paraguay
2009 (102 páginas).
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