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jueves, 12 de agosto de 2010

LUISA MORENO DE GABAGLIO - JUSTINA / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - QUERIENDO CONTAR CUENTOS (1985).


JUSTINA
Cuento de
LUISA MORENO DE GABAGLIO
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )

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JUSTINA
En aquella Asunción de la pre-guerra, yo vivía sobre la calle Independencia al 43 en la casa de don Juan de la Mora y doña Ursula Bogado.

La calle daba directamente a la bahía y en frente de la casa, había una ruidosa planta de caranday, bajo la cual acostumbraba a reunirme con los muchachos del barrio.

Allí tumbados sobre el césped y acuciados por juveniles inquietudes, escribíamos apasionados versos dedicados a Justina.

Yo hundía el rostro en la hierba fresca y en el aire flotaba el aroma dulzón de la cachaza. Me volvía de cara al cielo y no podía apartar mis ojos de la luna, su color lechoso o tal vez su misterio... me hacían fantasear con los senos y el talle de Justina. ¡Cuanto hubiera dado por sentir con mis dedos la tersura de su piel!. La quería dolorosamente y al mismo tiempo la temía.

Todos los días le rogaba a mi madrina que me mandara a buscar querosene en el almacén del turco, ella atendía en el mostrador y sus blancas manos revoloteaban sobre el embudo y la botella. Yo me bebía sus dedos uno por uno, luego volvía a mi casa corriendo, pero antes de entrar rompía la botella en el horcón de la galería, don Juan me sacudía una buena zurra que yo ni la sentía, feliz y jadeando volvía por otro litro para ver a la muchacha.

Ella sonreía y yo estaba en el cielo.

Un día dijo que estaba aburrida de venderme querosene y suspirando se acercó hacia mí; sentí que un escalofrío recorría mis vértebras y huí como un conejo.

Algún tiempo después me mandaron a Buenos Aires para estudiar Leyes. Así aprendí algo de la ley de los hombres, la ley de otras Justinas y la gran añoranza que se siente por la Patria, mi terruño, donde yo tenía un nombre; en cambio allá, los porteños me decían simplemente el "paragua" y hasta el cansancio debía explicar por qué soy rubio y tengo ojos grises, si el indio es moreno.

Volví a mi tierra casi huyendo, la alianza de los tres países contra el Paraguay estaba sellada y se nos venían encima sin ninguna clemencia.

El viaje fluvial fue largo y penoso, yo venía escondido en la bodega de un lanchón entre sacos de harina, tambores de aceite, un loro, que se pasaba gritando: ¡Cornudo, Cornudo! y un guitarrista tísico que se empeñaba en cantar a dúo conmigo. Por fin llegamos a la bahía de Asunción y al volver a pisar mi tierra me sentí el más feliz de los mortales.

La casona de mis padrinos estaba recientemente pintada y ahora parecía más pequeña. Me detuve en el portón un buen rato mirando al viejo caranday y el almacén del turco me evocó el rostro de Justina y un antiguo sentimiento afloró más vivo que nunca. Sentí un olor picante a pescado y camalote, apuré el paso y golpeé a la puerta. Un rato después abrió Crescencia; estaba más vieja y más gorda, sonrió ampliamente y llamó a gritos a mi madrina. Ella apareció empolvada hasta el tuétano y erguida como una estatua. Al verme, dos profundos hoyuelos me dieron la bienvenida. También vino a mi encuentro Alejandra, su voz acatarrada me contó sus años y en la mirada, vi la amargura de su larga soledad. A ésta la abracé fuertemente con ternura y piedad; en el cuerpo rígido no encontré huella de ninguna caricia; la aparte casi bruscamente, su contacto inerte me heló la sangre, busqué desesperadamente algo que decirle y pregunté por su hermana.

Mi padrino había fallecido durante mi ausencia y doña Ursula me volvía a contar cómo fue el desenlace, simulando llorar sin conseguirlo, en cambio noté dos lucecitas risueñas en el fondo de sus ojos y le sonreí comprensivo. Don Juan había sido un hombre fiero, honrado sí, a carta cabal; pero deslenguado hasta la crueldad y a menudo discutía con Ña Ursula desde el primer canto del gallo.

Nos sentamos en el comedor y entre mate y mate paseé lentamente la vista por aquella espaciosa habitación pintada de azul, comprobé que allí todo seguía igual, el cántaro, la mesa de madera tallada, y aquel antiguo grabado jesuita del arca de Noé. Sentí envidia de los seres que a pesar del diluvio llegaban a un refugio llenos de esperanzas. Y pensé con aflicción en nuestro Noé, que no tenía un arca preparado. Quedé malhumorado y aprehensivo y un fuerte olor a pólvora nubló la atmósfera de aquél encuentro familiar.

Hacía calor, dejé la valija en mi habitación y saqué agua del pozo; su contacto frío y refrescante alejó de mí el sueño y el cansancio del viaje. Me rasuré y me friccioné el cuerpo con agua de malva; me puse una fresca blusa de hilo y salí bajo la parra. Había anochecido y un concierto de grillos iniciaba su función. De pronto la casa se llenó de voces masculinas, reconocí una de ahí estaban mi querido amigo Gaspar y toda la primada.

-Por fin - dijo Gaspar - llegó el guerrero que esperábamos; ahora podremos decidir si garroteamos pri-mero a los "cambá" o a los "curepí" - Sin contestar repartí abrazos por todos lados. Si ellos supieran cuánto se burlaban de nosotros los porteños; en más de una ocasión preguntaban si creíamos que en la guerra se peleaba con mandioca. Los ánimos estaban exaltados y durante toda la velada no se habló de otra cosa que no fuera de la guerra.

Me acosté muy cansado pero no conseguía dormir; en la habitación había un penetrante aroma a jazmines y parecía que eso aceleraba los latidos de mi corazón; escuché golpes en la puerta. Era mi prima Georgina que regresaba de un velorio y quería saludarme antes de acostarse. Salí a su encuentro y ella sin decir palabra, me miró de arriba abajo y se echó en mis brazos, quejándose varias veces de lo mucho que me había extrañado. Le tomé del hombro y separándola suavemente le dije que estaba muy guapa; le mentía, era mi debilidad..., (siempre que estaba delante de una mujer se me ocurría una sarta de mentiras) por suerte ella me creyó al punto y sonrió complacida. Llevaba el cabello suelta hasta la cintura y un camisón largo de color indefinido, sus ojos saltones y su mirada fija me recordaron a esas tallas antiguas de santos que yacen llenos de polvo y olvidados en algún nicho.

Un candelabro iluminaba la entrevista y la mano que lo sostenía, desvió mi atención de Georgina y me encontré con un par de ojos que curioseaban divertidos mi improvisada indumentaria. Una violenta emoción -me sacudió todo el cuerpo. ¡Era Justina, mi Justina! allí ante mí, convertida en una espléndida mujer. Yo no atinaba a decirle nada, se me había paralizado la lengua; por fin tartamudeé torpemente algún saludo. Pero ella no contestó, su rostro antes risueño, se había ensombrecido. Georgina salió en su ayuda, intentando una expresión de tristeza que no sentía, me explicó que la joven tuvo la desgracia de perder la voz, en una misteriosa circunstancia y que la buena de mi madrina. se había hecho cargo de ella. Se despidieron y quedé mirando a las dos mujeres de largos camisones alejarse por el pasillo. Me acosté más inquieto que antes; en la calle escuché el ladrar de una jauría de perros vagabundos y estuve a punto de ponerme a aullar como ellos.

Mis primas me trataban con una devoción especial, pero notaba en sus miradas cierto recelo cuando me traían recados de sus amigas, poniendo mucha atención en mis reacciones. Cierto día, al abrir el arcón donde guardaba mi ropa percibí un suave perfume a limpio, a hierba fresca y descubrí diseminadas entre las camisas afeltadas hojitas de pacholí. Estas sugerencias ingenuas, alagaban mi vanidad.

A Justina le habían prohibido acercarse u ocuparse de mis cosas; sólo la veía en las comidas Durante el cotorreo y el entusiasmo creciente de mis primas a medida que se sucedían los platos, yo trataba de imaginarme como sería el silencioso mundo de Justina. Su mirada se zambullía en la mía y yo quedaba absorto en su contemplación. Ella reía quedamente y hurtaba de mí sus ojos; ahí, concluía nuestro breve encuentro.

Un tiempo después yo esperaba impaciente la hora de las comidas. Ella usaba invariablemente una cofia dejando al descubierto un rostro joven de rasgos puros.

Una tarde encontré un papelito doblado debajo de mi almohada; me senté en la cama y leí. En letra clara decía:

“Ayer te vi pasar por mi vida
con tus ojos grises de mirada tibia"...

Pensando que el mensaje era de Justina comencé a contestar con almibarados versos. Fue el inicio de una lluvia de esquelitas que recibí en letras diferentes. Intrigado y curioso me prendí a la verja que daba al patio y escuché un fru-frú de falda que se acercaba. Era Justina que iba por agua al pozo; mandó el balde al fondo y luego lo izó lentamente. El esfuerzo arreboló sus mejillas y se retiró la cofia de un tirón, una cabellera sana y abundante cubrió sus hombros: luego se desprendió los botones de la blusa cuidadosamente y como buscando un secreto, sacó un pañuelito, lo empapó en el agua y se lo pasó por el cuello y el nacimiento de los senos plenos de juventud; Luego arrancó hojas tiernas de un naranjo y aplastándoselas sobre el pecho y los hombros, las guardó y volvió a prenderse la blusa y sonriendo radiante suspiró hondo, como si quisiera tragarse todo el perfume de la tierra.

La visión de aquella intimidad dulce y espontánea nunca se me olvidará y desde aquel día tomé el vicio de mordisquear hojas tiernas de naranjo.

Pronto aprendí a reconocer sus pasos y una tarde en que iba llevando mate a mi madrina, salí a su encuentro y le pedí que me invitara a un matecito; se de tuvo y sonriendo alargó el mate; lo retiré aprisionando sus manos entre las mías y como un sediento besé la punta de sus dedos. Ella, entrecerrando los ojos, se llevó los dedos a la boca alejándose tan suavemente como había llegado...

Recibimos la arden de alistarnos en el ejército. En aquél instante ardió nuevamente el entusiasmo por entrar en acción, que había nacido en Buenos Aires; me calcé las botas, abotoné mi capa y salí corriendo hasta la caballeriza, ensillé el alazán y partí al galope hacia la quinta del Tte. Bullo, donde teníamos una concentración patriótica.

Al salir de la ciudad, tomé un atajo por picada María, lugar sucio y peligroso que acortaba la distancia:. La noche era clara y las estrellas parecían estar como al alcance de la mano. Escoleé mi caballo y hendí el viento en pos de la aventura más grande de mi vida; todo mi espíritu estaba inflamado de heroísmo, cuando inesperadamente, un bulto cruzó en mi camino y el caballo se encabritó y me lanzó por el aire; caí al suelo duro como un muñeco de trapo y perdí el conocimiento...

Aquella infeliz caída que truncó mis sueños me dejó una paraplejía que durmió para siempre mis piernas y me condenó a este sillón desde el cual veo pasar la vida. Ahogando a duras penas esta tremenda amargura, he visto partir a todos los hombres de la casa, muriendo un poco con ellos en cada despedida.

Una noche cualquiera, cerré los ojos de mi pobre madrina, y la lloré sin consuelo como los niños.

A medida que pasaba el tiempo, familias enteras evacuaban la ciudad y quedé solo en este trono donde soy adorado como el símbolo de una especie desaparecida, por dos viejas sacerdotisas que se disputan mi higiene, la preparación de mis alimentos y especialmente la unción de mi cuerpo con cierto unguento al que le atribuyen poderes mágicos. Todo se ha convertido en tina verdadera ceremonia. Durante cada sesión sus mejillas se encienden y sus ojos brillan de placer.

Estoy pagando tributo por la liviandad con que jugué a las correspondencias amorosas; ahora cada vez que cualquiera de mis primas se encuentra a solas con migo declara sin ningún pudor haber sido la autora de aquel intercambio de apasionados versos. Me hacen extrañas confidencias y preguntas cada vez más íntimas. Han perdido todo recato.

No puedo condenarlas, me divertía su ingenuidad y las alimentaba sin pensar que podría causarles algún daño.

Mi invalidez pasa inadvertida para ellas, al contrario casi diría que la bendicen. Dá lástima ver cómo estas mujeres que han envejecido sin una ilusión, sin el calor de un lecho compartido, convierten una simple palabra de gratitud en la más ardorosa declaración y se ruborizan soltando risitas tontas y luego, corriendo como niñas, huyen a esconderse.

Así viven felices con fantasías, ungüentos y velas.

Sé que esperan el milagro de mi vitalidad perdida. Pura ilusión, mis piernas se están atrofiando cada vez más y he adelgazado mucho.

Mientras tanto la guerra continúa..., cobrando vidas a pesar de que nuestra causa está perdida.

Ayer entró el otoño y su belleza cálida y serena trajo a mi memoria el recuerdo de una mujer también cálida y palpitante que olía a naranjos y canela. ¡Ay Dios mío!, cuánto amé aquella criatura silenciosa y única en la candidez de su entrega. Desapareció de mi vida poco después del accidente y mis cancerberas guardaron un mutismo absoluto en torno a ella.

Mañana temprano evacuaremos también nosotros la ciudad. Han fabricado un catre en el que me arrastrarán por este mundo. Les he rogado que me dejen, pero han resuelto que no lo harán. Estoy resignado; sólo pido que ésto acabe pronto.

Un viento este seco y helado precedía la lúgubre procesión de mendigos flagelados por el hambre, la, peste y la miseria. Dos mujeres tiran de un camastro en el que yace un hombre que parece muerto.

Tiempo después, la guerra terminó. Cerro Corá ha cobrado su víctima inmortal. Figuras de mujeres silenciosas y espectrales vuelven a sus hogares perdidos. Son las residentas.

A la vera del camino el llanto de un niño las conmueve. Es un pequeño de aproximadamente cinco años de edad que bajo el brazo lleva, apretado, un viejo manuscrito. Cuenta que su madre era muda y que al morir le había dejado aquel recuerdo.

El niño es rubio, sus ojos son grises y su mirada tibia.
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LUISA MORENO DE GABAGLIO
TALLER CUENTO BREVE
Dirección:
Imprenta-Editorial
Casa América,
Asunción-Paraguay1985 (172 páginas).
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