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miércoles, 4 de agosto de 2010

RENÉE FERRER DE ARRÉLLAGA - LA VENGANZA / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - 19 TRABAJOS (1984).


LA VENGANZA
Cuento de
RENÉE FERRER DE ARRÉLLAGA
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )

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LA VENGANZA
Ir a la oficina no era un suplicio precisamente, pero sí, una lucha puntual, un tedioso cansancio sin término.

El encuentro con él se había vuelto hacía tiempo rutina. Desde su rostro enjuto, los ojos oblicuos parpadeaban con refinada malicia oriental. Tenía las uñas largas, agudamente pulidas, y en el índice de la mano derecha un topacio engarzado sobriamente en oro blanco.
Vestía a la usanza occidental, con esa pulcritud que no hacía sino realzar su figura esbelta, casi evanescente. Nadie podía precisar cuántos años habían dejado su hojarasca sobre el rostro estático y duro del Embajador. No obstante el tiempo que llevaban juntos, sus relaciones eran distantes. La eficiencia cronométrica de ella y las exigencias de aquel carácter singular los habían unido en una simbiosis singular que imprimía, sin embargo, un peso cada vez más abrumador sobre su femenina condición.

Era el Embajador un hombre frío, cortés e incisivamente inteligente; aunque detrás de una reservada cordialidad no podía ocultar, ni se lo proponía, su deseo ilimitado de dominio. En la oficina todo llevaba el sello de su implacable severidad. Las cosas más nimias debían hacerse a su manera; los muebles permanecer exactamente donde él lo disponía; la máquina de escribir a una determinada altura; las ventanas entornadas en cierto ángulo; hasta las flores se abrían en su despacho con una infalible regularidad. A su lado toda iniciativa era imposible. Semejantes excentricidades, reñidas en absoluto con la razón, no tenían otra explicación salvo el placer que le producía imponer su voluntad.

Cuando tomó el empleo, estas rarezas no la molestaron tan siquiera; las consideró manías de un viejo acostumbrado a mandar; pero con el paso de los meses ese cúmulo de mínimas mezquindades había socavado su resistencia, dejándole un persistente amargor. Aunque esta rutina llevaba años, nunca se tomó un solo día de vacaciones. El Embajador no se las negaba precisamente, pero ante la más mínima insinuación, se presentaba alguna reunión inesperada, un informe inaplazable o una conferencia de último momento.

El español del Embajador era increíblemente pobre, no obstante el tiempo vivido en el país, por eso lo acompañaba al médico cada vez que se sentía enfermo. Era grotesco verlo, desprovisto de su diplomática solemnidad, tendido en una camilla con la sábana blanca cubriéndole los escuálidos miembros, mientras ella, ubicada prudentemente en la penumbra, traducía con monocorde discreción las dolencias de sus músculos cansados, su fisiología deficiente. La frecuencia de estas visitas la pusieron sobre el filo de la histeria, llegando a rebasar la rectilínea medida de su estoica e inexplicable dedicación.

Tal fue la humillación de participar activamente en las vicisitudes orgánicas de su Embajador, que al verlo restablecido le comunicó su decisión de tomar vacaciones. No fue fácil arrancarle una respuesta afirmativa, pero vislumbrando una renuncia definitiva, el hombre optó por aceptar.

Desde ese día un postergado entusiasmo le bailaba entre los pasos; a sus gestos aprendidos en el hábito de la eficiencia se sobrepuso una mirada, que a pesar de la vigilancia del Embajador, se perdía frecuentemente en los vidrios asoleados del ventanal, llena de secreta impaciencia. Finalmente saldría de vacaciones. Aprovechó el tiempo que le quedaba haciendo planes, comprándose ropa de moda, y soñando con el mar.

Las relaciones con el Embajador, durante los días anteriores a la partida, fueron de una lejana y congelada urbanidad. De la luz penetrante de sus ojos se desprendía un estático resentimiento. Un saludo breve y ceremonioso cerró la despedida. Esa tarde, cuando salió del escritorio, el sol caía torrencialmente sobre las copas de los naranjos alineados en la vereda; las calles le parecieron más anchas y los rostros más amigables. Sintió en sus tacones la urgencia de alejarse de ese contaminado receptáculo de opresión, y saboreó los veinte días que tendría para ella sola. Veinte días tendida en la arena con el cuerpo salado de mar, dorándose; veinte días cubierta de espuma, limpiando sinsabores en los vestíbulos de la memoria. Cerró los ojos y se dejó ir por ese corredor hacia las dunas rubias de la costa, hacia el olvido.

Esa noche acomodaría en la valija su ropa pulcramente planchada; en un bolsón pondría la malla, unas toallas y algunos libros. En la cómoda esperaba el sombrero de playa, un maletín de mano, con todo lo necesario para sentirse hermosa. Apoyó la cabeza en la almohada y la embargó una deliciosa ensoñación. Sentía el agua en sus rodillas, las olas salpicándole el pelo, y las noches lunadas donde todo perdía su urgencia. Nada que recordar al día siguiente, ninguna orden pendiente, ninguna reprimenda temblándole bajo el calor de las mejillas.

En la soledad de su cuarto de soltera, durmió bastante mal por la excitación de la partida. La posibilidad de alejarse del Embajador, al cual estaba tan extrañamente ligada, le parecía imposible. Antes de que sonara el despertador, el teléfono tensó cada uno de sus músculos, sobresaltándola.

Era el Tercer Secretario de la Embajada. Pedía disculpas por llamarla tan temprano. Sentía mucho molestarla; pero algo muy penoso había sucedido aquella noche. A las tres de la madrugada, inesperadamente había fallecido el Embajador. Ella debía presentarse de inmediato a la oficina para ocuparse de los trámites correspondientes. Aceleradamente se vistió.

A la tarde, cuando lo miró, tendido en el ataúd de ébano, elegido por ella, notó anonadada, detrás de su máscara oriental, una mueca de sarcástica satisfacción.
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Dirección: HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ
Asunción – Paraguay 1984 (139 páginas).
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