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lunes, 16 de agosto de 2010

STELLA M. BLANCO SÁNCHEZ DE SAGUIER - LAS HUELLAS DEL SILENCIO (CUENTO) / Fuente: TALLER CUENTO BREVE - VEINTITRES CUENTOS DE TALLER (1988).


LAS HUELLAS DEL SILENCIO
Cuento de
STELLA M. BLANCO SÁNCHEZ DE SAGUIER
(ENLACE A DATOS BIOGRÁFICOS Y OBRAS
EN LA GALERÍA DE LETRAS DEL
WWW.PORTALGUARANI.COM )
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LAS HUELLAS DEL SILENCIO
Vivía yo entonces con mi abuela, en una zona muy céntrica, a cinco cuadras del puerto y a una del tranvía; extrañaba mi casa que habíamos dejado por esa revolución.

Mi padre estaba preso; mi madre, detrás de él, recorriendo distintos lugares para saber adónde lo habían llevado. Lo trasladaban continuamente, de una prisión a otra.

Mamá decía: -Sólo hay un lugar donde rogaré que no lo dejen-. Y ese lugar era la cárcel. No sé si llegó hasta allí, nunca quise saberlo. Recordaba que, tres meses atrás, habíamos visto por entre los balaustres de nuestra muralla, cómo a lo largo de las veredas, se desplazaba la tropa. Aquellos soldaditos me recordaron a los de plomo, con los que jugaban mis hermanos: rígidos, duros, pegando pequeños saltitos, iban tragándose la calle.

Me sentí como perturbada espectadora ubicada en un gran teatro al aire libre, donde después de levantarse el telón y representarse la primera escena, me llegaba un desajustado cambio de tiempo, haciéndome pasar del calor al frío y del frío al calor. Los ojos se me llenaron de esas ruidosas caricaturas que fueron largos ecos durante muchos años.

Cerré los ojos, los abrí de nuevo; miré y miré hacia adentro, me pareció que tres manchas esfumadas ocupaban la pared, me sacudí y entonces reconocí a mis hermanos: Juan, José y Esteban se habían quedado pegados allí de tanto mirar.

Vino mi abuela y me desprendió del lugar. Yo era mujer y debía obedecerla; los varones continuaron, y recuerdo que pensé: ¿Por qué no seré yo también varón? Las niñas debíamos siembre portarnos mejor, no podíamos ver, ni escuchar muchas cosas; no podíamos conversar ni dialogar mucho con los varones, pues la mayoría de las cosas eran sólo para ellos.

Mis hermanos creían en eso, porque a ellos también les habían enseñado así, y me lo decían constantemente, como si yo valiera menos.

Pero cuando papá hacía la diferencia y me trataba de reina, yo lo adoraba; y es que yo lo admiraba, no solamente por eso; él sabía de todo y en él estaba toda mi inspiración y sabiduría. Hasta jugar a las bolitas sabía; elegíamos los carozos de coco seco, los mejores y más pesados, porque esos iban más alto y debían llegar hasta el No, siete.

¡Qué felicidad esa, jugar con papá y ahora él estaba preso!

Los días siguientes fueron de encierro. Cuando los disparos se hacían más intensos y las corridas de soldados en la calle terminaban en chasquidos y un ¡"altoo"! ya estábamos todos debajo de las camas. Ese era un juego nuevo y me gustaba.

Abuela fue la que nos enseñó y ella era la mejor jugadora.

De noche casi siempre debíamos alumbrarnos con velas. Se nos hacía difícil conseguirlas; no podíamos salir a comprarlas y ni sabíamos si había algo en el almacén. Nunca supe cómo mi abuela se ingenió para hacerlas en casa, tampoco cómo se las arregló para darnos de comer todo ese tiempo.

La cocina estaba al fondo y para llegar a ella había que recorrer mucho; pues esta casa tenía las piezas de dos en dos, avanzando una tras otra en un largo espacio; por eso me parecía un gran juego de descanso donde cada salto lo frenábamos en cada pieza y todo bajo techo. Era la primera vez que lo jugábamos así y nos divertía.

Ahora no sentíamos el vientecito fresco que siempre llegaba cuando jugábamos en la vereda, tampoco podíamos mezclar los pies con el rayado de tiza y las cansadas hojas callejeras que compartían calladamente con nosotros. El contacto con la naturaleza era casi nulo. Nuestros juegos eran todos dentro de la casa y los días caminaban con pasos lentos, agobiados por el apretado y largo camino que parecía interminable. Fue entonces cuando se me ocurrió escribir, ¿por qué no?, de esa manera me quedaría tranquila, me alejaría de ese estrecho tiempo y me acercaría al libre espacio.

Los juegos para mí se habían agotado. Mis hermanos, sin embargo, seguían dando vueltas en ese ingenuo y pequeño mundo, intercambiando fantasías y realidades.

Descubrí así, de pronto y con inmenso placer, a unas nuevas amigas: las palabras; las palabras escritas en mis cuadernos de colegio que ya no usaría ese año. Me conmovió que esas palabras fueran mis fieles y comprensivas compañeras. Nacían en mis hojas de cuaderno y crecían y se multiplicaban vertiginosamente cuando vertiginoso era también el momento.

Esas palabras desparramadas en las hojas de papel, componían un placentero espacio como criaturas esparcidas y alegres jugando en esa mi plaza tan querida y, al mismo tiempo, tan lejana de los domingos con mi padre.

¿Dónde estaban esos domingos y sobre todo dónde estaba mi padre?. Esas mis amigas, las palabras, no podían responderme, pero jugaban conmigo, saltaban, subían, bajaba, chocaban unas con otras haciendo piruetas de payasos y reían para hacerme reír.

Pasamos muchos encierros juntas y siempre sentí en ellas ese incondicional apoyo que me costaba encontrar en las personas. Me concedían gratamente su espacio y ese espacio estaba lleno de aire puro, de aire limpio de malicias, sin odios, sin rencores.

En las noches de combates ensordecedores ensayábamos graciosos ejercicios de pasar de arriba a debajo de las camas. Era allí donde más buscaba a esas mis amigas las palabras. Entonces prendía mi vela, abría el cuaderno, el lápiz y luego... ¡qué maravilla! estaban allí, llenas de vida, acompañándome y hablando desde el cuaderno interminablemente y en silencio por supuesto, pero tan entretenidas y maravillosas, que todo el entorno quedaba aplastado por la fuerza de esa imaginación que escribía sin tiempo ni espacio, llevándome a lugares insospechados de calma y de dicha.

Cuando la tranquilidad volvía, la vela, se apagaba, el cuaderno se cerraba, las letras se dormían y todo quedaba en silencio.

Al despertar, ya fuera de día o de noche, nos contábamos para ver si faltaba alguno. Después de cada descarga podían haber llegado extraviadamente cualquiera de aquellos proyectiles hasta alguno de los nuestros.

La hija menor de mi abuela, mi tía, vivía también con nosotros, y ella era la encargada de contarnos. Cuando mamá se refería a ella, hablando con otras personas decía:

-Mi hermana la soltera- no sé por qué, si tenía sólo veinte años. Ella se llamaba Adela y era nuestro contacto con los mayores. Mi tía sabía cómo transformar nuestras pequeñas y, al mismo tiempo, osadas inquietudes en apacibles figuras para así ya diluidas, hacerlas llegar a los grandes. Naturalmente de esa manera se facilitaban las concesiones.

Ocurría algo importante con tía y era que nos daba la cuota diaria de esa alegría que hacía tiempo se hallaba escondida y que tanto nos costaba encontrarla. Ella sabía cómo sacar a la alegría de su escondite, sólo un poco cada día. No podía excederse porque capaz que se acababa y: ¡era tan importante para nosotros ese alimento!. Por eso, a mi tía la queríamos mucho. Al llegar la noche, íbamos con ella al dormitorio y prendíamos la radio. A esa hora la escuchábamos mejor, sobre todo porque las emisoras que buscábamos eran extranjeras, las de nuestro país, creo, no funcionaban. Las radios de los países vecinos salían clarísimas y nos llegaba desde allá lo que ocurría en nuestro país. Esto resultaba casi cómico pero era así, porque las pocas informaciones que podíamos obtener aquí estaban distorsionadas. De esa manera todos pegados a la radio, como zánganos alrededor del panal, nos disponíamos a recibir la miel. En verdad esas informaciones eran nuestra miel porque alimentaban muestras incógnitas y nos ubicaban en el momento preciso de las circunstancias, de allí en más, calculábamos cuanto esperaríamos de nuevo para volver a lo normal. Mi abuela, por su parte, también hacía sus cálculos para aprovisionarse con más o con menos alimentos. Tía tampoco escapaba a la zozobra de ese momento, pues el novio había estado combatiendo y era aviador militar, sabíamos que la Aviación estaba entre los vencidos y muchos de ellos se habían refugiado en los países vecinos, pero otros fueron silenciados en las fronteras. ¿Cómo podía saber tía si uno de ellos no era él? Aunque ella no demostraba su preocupación, yo la conocía y sabía que por dentro la destrozaban sus temores.

¡Eramos esclavos de esa tirana revolución!

Mamá llegaba cada tanto, pero era tan poco lo que estaba con nosotros y tanto lo que nosotros queríamos que estuviera, que yo sentía, en esos momentos de despedida, lo mismo que cuando tomaba mis remedios: un sabor amargo y penetrante.

Mis hermanos menores se portaban muy cargosos con mamá, lo preguntaban todo, aunque después poco a poco, parece, se olvidaron de papá. Pero yo, que tenía unos años más, había aprendido, en ese tiempo, que no debíamos molestar, que las cosas que ocurrían eran sólo de los mayores y éramos nosotros pequeños espectadores moviéndonos por debajo, como estorbos que a menudo se enredaban en las piernas nerviosas y apuradas de ese momento. Así fue como aprendí a ver; escuchar y callar.

Pero las preguntas se fueron acumulando, tanto, que llegué a creer que el recipiente estallaría y sólo mucho más tarde me dí cuenta de lo mucho que una horma pequeña puede apretar hasta el mañana.

Y... bueno, así de simples fueron esos tiempos y así también simplemente crecí durante la revolución, pero... había aprendido a vivir callada.
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STELLA M. BLANCO SÁNCHEZ DE SAGUIER
(Premio en el Concurso Nacional de Cuentos
organizado por el Diario Ultima Hora)
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Fuente:
VEINTITRES CUENTOS DE TALLER
TALLER CUENTO BREVE
Dirección:
HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ
Talleres GráficosEDICIONES Y ARTE S.R.L.,
Asunción-Paraguay
1988 (136 páginas).
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