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viernes, 15 de octubre de 2010

AUGUSTO ROA BASTOS - EL NARANJAL ARDIENTE - NOCTURNO PARAGUAYO 1947-1949 / EDICIONES DIÁLOGO, CUADERNOS DE LA PIRIRITA, 1960 / Poesía: ADIOS A HÉRIB CAMPOS CERVERA.



EL NARANJAL ARDIENTE
NOCTURNO PARAGUAYO 1947-1949
Poesías de AUGUSTO ROA BASTOS
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
Ediciones DIÁLOGO
Ediciones de Artes y Letras
Director: MIGUEL ÁNGEL FERNÁNDEZ
Viñeta de JOSÉ LATERZA PARODI
CUADERNOS DE LA PIRIRITA
Asunción – Paraguay
1960 (26 páginas)

A
HÉRIB CAMPOS CERVERA
vivo en la muerte.


SONETOS DEL DESTIERRO

LA TIERRA

SEMBRADA entre sus vientos capitales
y desde el pecho casi sin orilla,
su corazón estalla en la semilla
de corazones rojos e inmortales.

Al Norte, sus cornisas minerales;
la arena, al Oeste, que en los huesos brilla,
y entre el Este y el Sur, la verde quilla
de su barco de tierra .y vegetales.

Hundida hasta la frente con su carga
de escombros y de vivos corazones,
mira pasar el tiempo en una larga

 sucesión de esperanzas y muñones,
hasta que rompa su prisión amarga
el puño popular de sus varones.

LOS HOMBRES
TAN tierra son los hombres de mi tierra
que ya parece que estuvieran muertos;
por afuera dormidos y despiertos
por dentro con el sueño de la guerra.

Tan tierra son que son ellos la tierra
andando con los huesos de sus muertos,
y no hay semblantes, años ni desiertos
que no muestren el paso de la guerra.

De florecer antiguas cicatrices
tienen la piel arada y su barbecho
alumbran desde el fondo las raíces.

Tan hombres son los hombres de mi tierra
que en el color sangriento de su pecho
la paz florida brota de su Guerra.

SOMBRA DEL FUEGO
ATADA la memoria a una cadencia
va resbalando en número y medida,
de tal manera a la costumbre asida
que está sonando en medio de la ausencia.

Así la acumulada persistencia
de aquel incendio brilla por mi herida,
y está su sombra al cuerpo de mi vida
atada como roja transparencia.

Ni el soplo corrosivo del destino
ni la salada lluvia de mi llanto
ni el ánima de tierra del camino

pueden contra este fuego de mi nada,
porque destino y tierra y tiempo y llanto
no hacen sino avivar su llamarada.

CAMINO
DONDE acaba la raíz comienza el viento,
comienza el caminante y su ostracismo,
rompe el terrón su ténue paroxismo
y se apaga en las manos ceniciento.

Con labios, no con pies, ando un violento
paisaje como sombra de mi mismo
dejando un silencioso cataclismo
en cada piedra, en cada pensamiento.

Pie de jaguar y corazón de garza,
cielo enterrado a golpes de raíces
en el ala de arena que lo engarza.

Voy caminando y siento en las matrices
del tiempo arder mi vida como zarza,
y hasta en mi aliento encuentro cicatrices.

EN LA PEQUEÑA MUERTE DE MI PERRO
Toco la puerta, el árbol, tu ladrido,
tu cariñoso salto congelado,
la oscura miel del ojo iluminado,
tu pena alegre, tu inmortal plañido.

Toco el recuerdo, tócome el dolido
madero en que te han crucificado
y te recobro al fin desenclavado
como un lucero negro del olvido.

La casa sola. Tu ladrido dentro
recuerda una canción cristalizada
con mi nombre partido por el centro.

De tu muerte inocente y sosegada
nace ya el ala de la madrugada
en que vendrás saltando hacia mi encuentro.

TRÍPTICO
I
DE LOS CUATRO ELEMENTOS
SU ROSTRO olvida el fuego en la ceniza,
sobre la tierra el agua su frescura
y el viento iluminado de locura
deja olvidada el ala entre la brisa.

Sólo lo que no dura se eterniza
y está lleno de muerte lo que dura:
mi corazón latiendo me madura
su pequeña montaña de ceniza.

Recuerdo soy del fuego que me apaga,
sed de la arena que en mi frente piensa,
rostro en el agua y en el aire llaga.

Hebra de polvo inmóvil en el viento
con sus cuatro elementos recomienza
mi nada diariamente y no la siento.

II
DE LA DESCENDENCIA
Yo escribí sobre el agua el nombre mío
para la eternidad de un solo instante,
y me atemorizó que ya bastante
durase en el fluvial escalofrío.

Letras de plata en el azul del frío
puso mi ardor y puso el delirante
sosiego que copiaba mi semblante
sobre la tenue página de un río.

Levanté el dedo y escuché la vida,
cerré los ojos, me apreté el costado
disputando en mi sangre con mi herida.

Cuando de aquel momento eternizado,
pedazo de mi noche y de mi vida,
una luz infantil cayó a mi lado.

III
DEL REGRESO
Remonto hacia el muchacho que me espera
junto a un cañaveral sobre una loma,
mancha de sol forrada de paloma
con su abeja en la sien y en primavera.

Aquí está el corazón, aquí su hoguera
con su ramaje de humo, con su aroma,
que la medida de mi sombra toma
para vestir de amor mi calavera.

Obligo al hueso a prosternarse. Quiero
recuperar mi altura adolescente,
ponerme aquel muchacho naranjero,

sentirme el ala, refrescar mi frente ...
Pero el arroyo arrastra indiferente
la imagen de un muchacho hacia el estero.


ADIOS A HÉRIB CAMPOS CERVERA
ENTRE cuatros paredes de blancura mortal,
al filo del nocturno mediodía de agosto,
te vi dormido al fin, hermano mío,
inmóvil y apacible, ya olvidado de todo,
como un niño de sal
en las rodillas negras de la muerte.

Para tu dulce lodo
transido de agonías y nostalgias crueles,
ese regazo frío
de nuestra madre eterna
era por fin el sitio de descanso
que te negó la vida,
el remanso de un lecho sobre el río
del tiempo, la roca de la paz, la cuna tierna
donde tu corazón de polvo nace
en una estrena pura de diamante y rocío.

Y sin embargo al verte
con tu traje gastado, con tus zapatos viejos
acostado en la muerte,
sentí que me sangraban las costuras del alma
con mi dolor de amigo;
que me sangraba el hombro con el peso
de tu esqueleto hecho de espadas y castigo;
que me sangraba el labio con el beso
que a hurtadillas dejé sobre tu frente
como si profanara
una ciudad de arcángeles dormidos . . .

A través de las aguas miserables del llanto,
vi tu cadáver vivo
temblar un poco
como si aún pudiera despertarse
de su prisión de mármol sensitivo.

Sentí que el ojo me sangraba al verte
dibujado en el hondo arrabal
de tus cielos difuntos, con el rostro
volcado hacia la luz remota
de tu tierra natal, con las manos en cruz
sobre el abismo de tu sueño . . .

Tu frente ardía en el silencio
de hielo de tu ser sumergido.
El mediodía se había puesto tan oscuro,
y tu frente había crecido tanto
bajo la llama seca de tu pelo en desorden,
que era como una luna
brillando solitaria sobre altas murallas
en la noche secreta del adiós . . .

Junto a esas murallas
batidas por mi puño, ensangrentado
de golpear tercamente en tu piedra invisible,
como un mendigo ciego
yo imploraba en secreto tu voz, tus alas rotas,
tu vida de soldado destruída,
el resplandor visible de tu fuego
que en el costado izquierdo de la patria,
lejos o cerca de ella,
era su antorcha melodiosa,
su combatiente estrella
y el pulso musical de su destino.

Quería verte en pie de nuevo, vivo,
ocupar tu rescoldo,
tu hueco doloroso y fugitivo,
retomar tu presencia, andar a nuestro lado
como si nada hubiera sucedido . . .

Pero estabas allí, yacente, yerto,
sobre tu propio corazón, caído,
y en el silencio puro, soñando aún con los hombres,
vi tus labios de muerto
conversando con Dios . . .

¡Qué cosas le dirías al oído,
de tu dolor profundo,
de aquella obstinación desesperada,
de tu esperanza sembrada sobre el mundo
como una rama verde en un desierto!

Yo no lloro por ti,
lloro por mí, por todos
los que en amor y pensamiento
ya no tendremos nunca en nuestras manos
la apasionada y suave
corteza de tu pan corporal.

Sobre el limo sombrío de nuestra pena,
en esta cegadora tiniebla que nos dejas de golpe,
tú creces alto y solo,
quebracho transparente, hacia las nubes,
con pie de río y brazos de luciérnagas.
El hacha de tu hachero
no talará tu perfección tranquila.
La muerte ha completado tu hermosura
sobre el vacío enorme de tu ausencia,
camarada nocturno de la aurora,
lucero pensativo.

Tu voz canta y solloza en la distancia
y fulguran celestes tus pupilas
sobre el pavés de los jazmines,
sobre las alas de los pájaros,
sobre los labios que te llaman . . .

En el libro viviente
del pueblo, en sus rugosas páginas
de Verdad y Justicia
amasadas con dolor, con sudor, con esperanza,
quedó tu testimonio de combate,
tu gesto interrumpido,
una flor chamuscada
y un puñado de tierra . . .

Repartida en las almas tu materia sonora,
tu sustancia de nube, tu condición de flor,
no has muerto, hermano mío. Sólo ahora
tendrás tu nacimiento innumerable,
soldando con tu pan de comunión terrestre,
hombros y corazones en la unión
de una paz fraternal.

Entre los rascacielos te despido
de esta Ciudad de Plata, enorme y pura
como el mar, con su pueblo profundo,
en cuyo umbral
te inclinaste a dormir alucinado
bajo el cielo del Sur.

Aquí dejo mi adiós en estos versos
finales que te escribo,
para callar después, para cerrar la puerta
que me enseñaste a abrir
sobre el resplandeciente jardín de la poesía.

Mi mano de poeta
quede clavada aquí, sobre tu cruz,
por siempre.

La vida nos unió, la muerte quieta
no nos separará. Mi pobre sombra
viva atada a tu luz. Y mi silencio
cuelgue su cencerro
de arena
al cuello ardiente de tu melodía . . .

Entre los grandes ríos
de nuestras dulces patrias enlazadas,
la gente humilde, el pueblo
transportará en sus hombros tu corona de hierro,
tu sueño, tu esperanza,
tu retrato indeleble.

Estos poemas - excepto el último, ADIÓS A HÉRIB CAMPOS CERVERA, escrito en 1953 - son una selección del libro inédito EL NARANJAL ARDIENTE (1947 - 1949), con que el autor cerró su etapa poética.


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