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sábado, 16 de octubre de 2010

MARGARITA PRIETO YEGROS - CUENTOS CHAQUEÑOS - Introducción: LITA PÉREZ CÁCERES - Comentario: ESTEBAN BEDOYA / Editorial y Librería SERVILIBRO, Junio 2009.



CUENTOS CHAQUEÑOS
Cuentos de
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
Editorial y Librería SERVILIBRO
Telefax: (595-21) 444 770
Dirección editorial: VIDALIA SÁNCHEZ
Diseño de Portada: OSCAR PINEDA
Diagramación de interior: BERTHA JERUSEWICH
Edición: 1.000 ejemplares
Edición al cuidado del autor
Asunción - Paraguay
Junio 2009 (70 páginas)



ÍNDICE
INTRODUCCIÓN de LITA PÉREZ CÁCERES
L. LUGAR DE CACERÍA / 2. POMBERO BOLÍ / 3. LA MADRINA DE GUERRA / 4. LA NOCHE DEL PORA  5. BRANKA / 6. LOS PYTA JOVAI / 7. LA ZORRA Y EL NIÑO / 8. YALVE SANGA /  9. EL CENTINELA Y EL KURUPÍ / 10. EL BARRIO SANTA CECILIA / 11. LA MISIÓN SANTA TERESITA / 12. PASO MBOI / 13. LA VENGANZA DE LA SERPIENTE.

INTRODUCCIÓN
Margarita Prieto Yegros, escritora, historiadora y por sobre otros títulos: Docente, se propone con este volumen de cuentos sobre la Región Occidental del Paraguay, develar el misterio del Chaco. Nunca más oportuna la aparición de su libro, cuando grandes titulares nos enteran que la belleza y la diversidad del ecosistema chaqueño está a punto de desaparecer por la acción depredadora de personas ambiciosas, que no piensan en el planeta que heredarán sus hijos y sus nietos y que el daño que causan hoy también repercutirá en la calidad de vida de sus descendientes.
Los cuentos de Margarita tienen el encanto de la frescura, la discreción en la prosa escueta y directa, que invita a saber más, a investigar más, porque el anzuelo de estas narraciones produce una curiosidad intensa. Muchos paraguayos ignoran todo sobre ese inmenso territorio recuperado durante la guerra del 32 al 35. Los citadinos, sumergidos en el tráfago de bocinas, preocupaciones, manifestaciones, aumentos e inflación, no pensamos en la belleza del Chaco, no recordamos esas hazañas bélicas que nos dieron derecho a la posesión de tan rico suelo y somos incapaces de maravillarnos ante el canto de los pájaros que nos acompañan y observan nuestros afanes desde los árboles donde moran.
Chacu es una voz quechua que significa zona de cacería informa Margarita Prieto Yegros y desde esa narración inicial, ella, que conoce muy bien la región, nos guía por los cañadones donde se libraron batallas importantes peleadas por gente anónima, los paraguayos o pilas, como los llamaban los bolivianos. Mucha superficie de esa región está sembrada y fertilizada con la sangre de héroes que abandonaron las capueras y llegaron hasta esas desérticas zonas para defender una heredad codiciada desde mucho antes.
La autora rescata la personalidad de un poeta y músico como Darío Gómez Serrato, que también luchó en la guerra con otros camaradas y luego fue director de una banda integrada por indígenas, en el Barrio Santa Cecilia de la ciudad de Mariscal Estigarribia. Este no es un dato menor, porque los paraguayos llevaron su música y el guaraní para reforzar su identidad y con ese aporte se sintieron en su casa, sabían que luchaban en su territorio y no lo cedieron porque esos conocimientos redoblaban su coraje. Desde el Maestro Herminio Giménez al menos conocido de los integrantes de la banda formada, durante la guerra, pasando por Gómez Serrato, todos hicieron su parte y muy importante, porque, como las madrinas de guerra, los músicos se ocuparon del bienestar espiritual de los soldados. Los sones de la música de nuestra patria insuflaban valor a los combatientes y el resultado está a la vista.
En tiempos de paz son otras las asechanzas que atormentan a los chaqueños, a sus primeros habitantes, los indígenas. Los cuentos de Margarita referidos al tema del desconocimiento entre paraguayos y las etnias que poblaban la región occidental reflejan cabalmente el mundo de la ignorancia y de la superstición. Por fortuna, hoy se fueron abriendo las compuertas mentales y comprendemos mejor a nuestros semejantes, los indígenas, que se han visto obligados a abandonar el Chaco para mendigar en nuestras calles. Prieto Yegros cuenta de aquel tiempo pasado, cuando nos temíamos mutuamente.
En el haber de cada individuo, con el paso del tiempo, los conocimientos ocupan gran parte de su riqueza intangible. En el caso de esta escritora, aún no ha dicho todo lo que sabe, aún no ha escrito todo lo que debe. Por eso aguardamos otras obras suyas con mucha ansiedad, son necesarias para borrar años de indiferencia y de desvalorización de lo nuestro. Y la felicitamos por este importante volumen de cuentos.
LITA PÉREZ CÁCERES - Lambaré, 15 de marzo de 2009.


CUENTOS DEL CHACO
Leer los relatos de Margarita Prieto Yegros, produce nostalgia, aquella que se alimenta con recuerdos de la infancia. Todavía habita en mí, la atracción mágica que me causaba observar el territorio chaqueño, desde una terraza asunceña próxima al río Paraguay. En ese mirador habilitado en horas de la siesta, esperaba el momento culmine de descubrir las siluetas de los indios moros cruzando el río para atacar Asunción. Yo no era el responsable de mis temores, solo víctima de advertencias sobre la peligrosidad de los indios chaqueños; temor que se fue propagando de boca en boca y generación tras generación, seguramente desde tiempos de la colonia. Hoy, estoy casi seguro, que ningún niño duerme con miedo ante la amenaza de invasión de los Moros. Tampoco despierta pánico una excursión escolar a las colonias menonitas, seguramente hoy día, los niños no temen ser atrapados por una Kuriyú, o mordidos por una Mboi Chini, tampoco es usual como hace algunos años, ver a los veteranos de la Guerra del Chaco, recorriendo el centro capitalino vestidos con su verde olivo. Son muchas las vivencias y los relatos que les faltan a los paraguayos más jóvenes, y son los relatos costumbristas los que forjan el sentido de pertenencia a una comunidad, nuestra cultura popular está forjada en las vivencias de nuestros mayores, y debemos preservarla, ya que a más cultura, más país.
Con los Cuentos Chaqueños de Margarita Prieto Yegros, se logra rescatar parte de nuestro rico patrimonio transmitido en forma oral, dándole una proyección amplia a través de su propuesta literaria. Seguramente al leer los cuentos, en muchos niños y no tan niños brotará la fantasía y la curiosidad de conocer el Chaco; ese estímulo es el combustible, la energía renovable más sana con la que se puede alimentar una sociedad. Por eso, no resta más que agradecer a Margarita Prieto Yegros por su excelente trabajo, sustentado en ricas descripciones que logran cautivar al lector.


CUENTOS DE MARGARITA PRIETO YEGROS

LUGAR DE CACERÍA
Dos amigos conversaban en el patio de un hospedaje sombreado por panzudos árboles de Samu'u y esbeltos Quebrachos; cerca del Cruce de los Pioneros, ubicado en el Chaco Central.

-¿Por qué te gusta tanto el Chaco?-
-Porque soy chaqueño-.
-Yo creía que eras español-.
- Mi papá fue español y vino contratado por una empresa explotadora de tanino. Se casó con mi mamá paraguaya con quien vivió toda su vida en el Chaco.
Aquí nacimos mis hermanos y yo-.
Interrumpió la conversación el paso de una bandada de vocingleras cotorras.
- Esos pájaros se van seguramente a buscar comida en las chacras de las colonias menonitas-.
- Como las palomas-.
- Son muy perjudiciales; por eso ayer se publicó el permiso para cazarlas y ya comienza el turismo de la cacería. Desde épocas inmemorables hubo cacería en el Chaco. Sus primitivos habitantes le llamaban a este lugar Chacú que en idioma indígena significa "lugar de cacería". También se le apodó "Región del Quebracho" porque de ese árbol se extrae el tanino -
- ¡Qué mucho sabes del Chaco!-
- Es mi hábitat y debo conocerlo para estimarlo y protegerlo. Entre sus riquezas tiene 5000 clases de plantas-. En ese momento cruzó el patio un enorme Ñandú de largas patas y emplumadas alas.
- Tengo alas y no vuelo, he'i Ñandú - comentó el hombre chaqueño, y agregó:- Sin embargo existen 400 especies de aves chaqueñas voladoras-.
- ¡Nde!- ¿Tantas hay?-
- Sí, y algunas no se encuentran en otra parte del mundo.-
Al ocultarse el sol los amigos se dirigieron al comedor del hospedaje donde cenaron a la luz de las velas, en un apacible ambiente de campamento.
- Mañana visitaremos el zoológico- anunció el amigo lugareño.
- Prefiero salir de cacería para hacer honor al nombre de Chaco- terció el visitante al dirigirse a su cuarto.


POMBERO BOLI

"El Pombero es un duende nocturno, bajo, peludo sutil.
Remeda a las aves, las serpientes se enroscan a su paso
y las fieras huyen de él presas de terror sagrado"
NATALICIO GONZÁLEZ (paraguayo)


El futuro fortín Toledo, era un sitio ralo, accesible por todos lados que lucía en el centro un solitario árbol de guayacán, con sus ramas extendidas como brazos y un tronco envejecido por más de cien años de soledad chaqueña.
A principios de 1931, el teniente paraguayo Rafael Cristaldo fue encargado de edificar los ranchos de adobe y paja para hospedar a la tropa y los oficiales.
El teniente llegó al lugar acompañado por veinte adolescentes, todos campesinos sin oficio definido, a quienes se debía enseñar de todo.
Pese al esfuerzo de acarrear el agua desde el fortín Corrales, pronto los ranchos fueron tomando forma a espaldas del enhiesto guayacán. Durante la construcción, para evitar el ataque de serpientes y alacranes, los hombres pernoctaban en hamacas colgadas de postes de quebracho.
Cada noche, las sombras se colmaban de extraños ruidos que angustiaban a los soldados con la imaginación de seres misteriosos.
Cuando el sol asomaba sus primeros rayos, comenzaban los comentarios:
- El Pombero, petiso y moreno, se paseó silbando entre nuestras hamacas durante la noche.
- El Pombero me tocó los pies cuando dormía-
-El Pombero fuma cigarrillo y alumbra como luciérnaga-
El inteligente y enérgico Teniente Cristaldo, a la hora de la formación, amonestaba a la tropa:
- ¡Basta de cuentos de Pomberos!-
-¡Los Pomberos no existen!-
- ¡Prohibido inventar historias de Pomberos!-
No obstante, ante la posibilidad de que algún boliviano disfrazado de Pombero se hubiese aventurado en el campamento paraguayo, el oficial decidió realizar una patrulla de reconocimiento con cinco fusileros a pie.
Comenzaron por caminar hacia el fortín Corrales y, minutos después de iniciada la marcha, encontraron en un atajo, huellas de zapatones extraños. Se agacharon a observarlas y a pocos pasos de ellos descubrieron "virutas frescas" al costado de un corpulento quebracho sobre cuyo tronco, el Teniente encontró escrito a punta de cuchillo:
"Saludo cordialmente a los camaradas pilas del fortín Toledo. Capitán Ustares". (4.1.3.1)
Estupefacto y abochornado en su condición de oficial paraguayo ocupante del lugar, el Teniente Cristaldo permaneció inclinado y en silencio largo rato. Después, regresó a Toledo con los cinco fusileros.
En el fortín comentó con la tropa la novedad y preparó una celada para capturar a los espías bolivianos que merodeaban en los alrededores de Toledo.
Planearon dormir en el pajonal cercano, fuera de las habitaciones cuyas puertas dejaron abiertas.
Apenas anocheció, los paraguayos se mimetizaron en el pajonal decididos a esperar el avance de los espías bolivianos. Estos no se hicieron esperar y con las sombras de la noche, llegaron formados en sigilosa fila india, imaginando que los paraguayos se habían mudado al fortín Corrales.
A la medianoche, el Teniente Cristaldo rompió el silencio disparando varios tiros al aire y gritando: "¡Tiren los fusiles al suelo!
¡Qué nadie se mueva! ¡Ríndase Capitán Ustares!"

Así cayeron prisioneros siete soldados bolivianos y el menudo Capitán que resultó ser el famoso patrullero boliviano Víctor Ustares, apodado por los paraguayos "Pombero Bolí".
Al término del enfrentamiento, el Capitán Ustares le pidió al teniente Cristaldo la devolución de su pistola. El oficial paraguayo se la devolvió, en un gesto de cortesía, sin balas, aunque vio que en el fondo de la canana tenía varias de reserva.
Después, ordenó a un sargento que condujera al Capitán, a través de un oscuro pasillo, hasta una habitación con candado y guardias a la puerta.
-¡Por fin terminamos con la historia de los pomberos!-dijo para sí el teniente mientras se dirigía a su cuarto. Allí estuvo largo rato a pie junto a su catre de campaña, pensando que era ridículo trancar la puerta, única ventilación de esa rústica habitación.
Evocando las leyendas de pomberos narradas por sus abuelas sintió esa molestosa sensación que en su infancia le recorría el cuerpo dejándolo desvelado cuando la puerta no se cerraba.
Finalmente decidió dormir con la puerta cerrada y apagó la luz.
Lo despertó a media noche un sargento para informarle a gritos que el Pombero Boli se había ido a través de la puerta candadeada, sin que nadie se animase a detenerlo.



EL CENTINELA Y EL KURUPI

"En el hondón de nuestro denso espíritu
Existe un sedimento guaranítico
Y una capa española... "
(ELOY FARIÑA NÚÑEZ)


Ezequiel González era un mocetón oriundo de las Misiones; de esbelta silueta, ojos azules y mirada inteligente, de movimientos rápidos y bruscos. Pertenecía a la "clase 63" y había llegado desde su valle al cuartel con un grupo de jóvenes vecinos, todos agricultores.
Pasó la inspección médica sin problemas y con visible orgullo recibió la indumentaria de soldado; pantalón y blusa verde olivo, zapatones negros y cinturón con hebilla en la que se destacaba el monograma del Ejército Paraguayo.
Después de uniformarse en la cuadra, se fue con los demás conscriptos, precedidos por el sargento, a cocidear en el "rancho". Entre empujones, comentarios y risas, se ubicaron ante el humeante tacho de cocido. El aroma de la yerba mate tostada con el azúcar impregnaba el ambiente.
El soldado antiguo, de mirada torva y gestos ampulosos, fue sirviéndoles el reconfortable brebaje, acompañado de voluminosas galletas cuarteleras.
El sargento les indicó que se sentaran en las sillas construidas de troncos, ubicadas bajo umbrosos quebrachos. Allí, entre sorbos y bocados, menudearon las anécdotas y quien más quien menos hizo gala y alarde de su virilidad.
Ezequiel permaneció callado. No habló, no dijo nada. Las únicas mujeres de su vida eran su madre soltera y su abuela; con ellas compartía la rutina diaria, el cultivo de la chacra, el cuidado de los animales y el secreto que por ahora le preocupaba.
Quemándose los labios con el jarro de aluminio que contenía el cocido, Ezequiel evocó contrariado cómo ambas mujeres intentaron disuadirlo de acudir al cuartel, incapaces de comprender las burlas que su grupo de amigos destinaba a los que no cumplían el servicio militar.
- Mi hijo querido, la tristeza me va a matar si te pasa algo - repetía la madre diariamente.
A su vez, la abuela clamaba: - Mi corazón se va a destrozar si te vas al cuartel. ¡No te vayas, mi rey! ¡No te vayas!
La potente voz del teniente, responsable de la compañía; lo sacó de su ensimismamiento.

- ¡Trooopa, a formaaar!
Todos de un salto se pusieron de pie.

El oficial correctamente uniformado, con sable al cinto y la altivez que da el hábito del mando, recorrió con larga y fría mirada la silenciosa fila. Retrocedió algunos pasos, como para tomar impulso, y con voz estentórea ordenó formar el cuadro.
Los cabos y el sargento, con gestos rápidos y nerviosos, ubicaron a cada pelotón en los lados de la figura ordenada. Pasaron días, semanas, meses.
Ezequiel se convirtió en aventajado alumno de las clases de instrucción militar.
Pronto le confiaron el puesto de "imaginaria", responsable de vigilar la cuadra mientras la tropa dormía. Más tarde integró la patrulla encargada de la recorrida por los puestos de guardia del cuartel, hasta que cierto día su nombre apareció en la lista de centinelas.
Y así, en una fría y estrellada noche de invierno, tomó el relevo de las doce, en un puesto ubicado al borde de un caraguatal.
- No salgas de la garita. Parece que va a caer la helada-le dijo el sargento.
Al principio Ezequiel saltiteó para no dejarse entumecer por el frío, pero después apeló al rito ancestral del "Yepe'e" prendiendo fuego con las ramas secas que el "número" anterior había amontonado en un rincón. Mirando el fuego y escuchando su crepitar, se acordó del fogón de su rancho y se sorprendió a sí mismo riéndose de su abuela y de su madre. Fue entonces cuando se sintió mareado y la vista se le tornó borrosa.
-¡No! ¿Por qué justamente hoy y aquí? - se preguntó al reconocer los temidos síntomas.
Sin desprenderse del fusil, que tenía la bayoneta calada, salió de la garita y se sentó sobre una piedra, con la esperanza de que lo despejara el frío nocturno.

Al escuchar un prolongado silbido proveniente del monte tuvo miedo e intentó regresar a la garita, pero la primera convulsión lo dobló había atrás primero, hacia delante después, en tanto los espumarajos se escurrían por las comisuras de los labios apretados en grotesco rictus.
Los soldados de relevo lo encontraron inconsciente, con las manos y la cara tajeadas. Sin perder un segundo, lo llevaron a la enfermería alzándolo de los pies y de los brazos. Ni el cabo ni el sargento que llegó a la carrera, ni el oficial de guardia podían explicarse lo sucedido.
Al despertarse, Ezequiel, consternado, le dijo al teniente que comandaba su grupo: - El Kurupí, cuando vio el fuego de la garita, pensó que yo iba a quemar el monte, entonces se enojó demasiado y retándome mucho me ató con su lazo largo y negro arrastrándome por todo el caraguatal hasta que me desmayé.-
La explicación de Ezequiel corrió como pólvora en reguero, y nadie en el cuartel dudó de que lo había atacado el mitológico duende de los guaraníes, protector de los bosques y raptor de jóvenes y doncellas. Hasta el propio comandante de la agrupación, destacado oficial de carrera, graduado en el extranjero, al encontrarse con la directora de la escuela del lugar, comentó: -¿Se enteró, profesora, de lo que el Kurupí le hizo a uno de los soldados a mi cargo?
- No, capitán, no me enteré. ¿Qué pasó?
- Durante la noche, el Kurupí le ató a ese soldado de pies a cabeza con su largo falo y lo arrastró por el "caraguataty", enojado porque prendió fuego cerca del bosque.

- Así luego suele hacer cuando se enoja - respondió ella, como si en realidad alguna vez lo hubiese visto al velludo, retacón y fecundo duende nocturno llamado Kurupí.
Solamente el médico de guardia, al completar la ficha del soldado internado en la enfermería, escribió en silencio, con letra casi ilegible: Ataque de epilepsia.


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