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martes, 30 de noviembre de 2010

AUGUSTO ROA BASTOS - MADAMA SUI (NOVELA) - Prefacio de AUGUSTO ROA BASTOS / Editorial SERVILIBRO, 2008.



MADAMA SUI
Novela de
© HEREDEROS DE AUGUSTO ROA BASTOS
25 de Mayo Esq. México Telefax: (595-21) 444 770
Plaza Uruguaya - Asunción - Paraguay
Dirección editorial: Vidalia Sánchez
Diseño de tapa : Bertha Jerusewich
Diagramación y cuidado de la edición : Mirta Roa Mascheroni
Corrección: Augusto González
1ª  edición SERVILIBRO
1.000 ejemplares
Hecho el depósito que marca la ley N° 1328/98
Asunción, febrero 2009 (244 páginas)




PREFACIO
¿Quién es Madama Sui? ¿Existió este extraño personaje o es un relato inventado? Esta historia tomada del natural, con personajes reales v auténticos, es menos que un relato y más que una invención.
Madama Sui vivió en las décadas del 60 70. Continúa existiendo en el imaginario colectivo, execrada o exaltada en imágenes contradictorias y confusas, como ocurre por lo general con el recuerdo de las personas de naturaleza excéntrica, o simplemente fuera de lo común.
Madama Sui no fue una auténtica hija del mal, como algunos intentan presentarla. Lo único que hubo en ella de profundo y permanente fue un amor de infancia que le duró hasta el fin de su vida, consagrado al niño, al hombre, al perseguido, al fugitivo, al desconocido, en que el tiempo y la vida lo fueron convirtiendo, y con el cual Madama Sui se había desposado para siempre no por las nupcias sino por la ausencia y la separación.
Ella lo denominaba simplemente EL. No hubo forma de verificar su verdadera identidad, pese a las vagas referencias, deliberadamente desfiguradas y desorientadoras, que ella misma deslizó en sus conversaciones y apuntes. En tiempos de calamidades públicas y de terror, el miedo es la única forma de comunicación social que subsiste en una comunidad de encapuchados.
Madama Sui dejó los esbozos de una autobiografía muy detallada, en veinte cuadernos de escolar, escritos con letra menuda y fina. Un cuaderno por cada año de vida, pues la muerte la sorprendió a los veinte de edad, aunque sólo empezó a escribirlos a los quince años cuando comenzó su vida de hetaira.
Este relato ha surgido de un moroso, difícil e incidentado trabajo de documentación y compilación realizado con ayuda de personas conocedoras del tema, que me han pedido permanecer en el anonimato más estricto. La tarea de varios años fue obstaculizada de mil maneras, no sólo por la espesa red de intereses y de ocultamientos, imperante en las esferas del poder, algunos de cuyos conspicuos figurones aparecen o están implicados en los sucesos que aquí se narran.
Por su parte, algunos informantes oficiosos se sintieron contrariados por la necesaria depuración de sus informes, así como por los cambios y omisiones de nombres, hechos y lugares, que me vi compelido a hacer por los mismos motivos, sin alterar, desde luego, la verdad esencial de la historia, cuya publicación esos informantes trataron por su parte de impedir cuando ya la dictadura había sido derrocada.
Una desesperada carnalidad impregnó la vida de Madama Sui, sin que el sentimiento de culpa tuviera la menor influencia sobre su espíritu. Carecía de este sentimiento o lo ignoraba por completo. Era demasiado joven todavía para sospechar que la existencia es algo más que satisfacer los impulsos de una sensualidad sin freno y vivir el goce como un acto tan natural como respirar para vivir, pese al contrapeso de un amor puro pero sin esperanzas.
Bajo el inalterable y cálido aspecto de su alegría de vivir, fue un ser que sintió en lo hondo de sí la corrosión de la soledad, pareja a su necesidad de amar, condensada en ese amor único pero imposible. Esta ansiedad constante, esta permanente desesperación la llevaron a apurar hasta el fondo la energía vital de su existencia en el medio escuálido y salvaje que la vio crecer.
Carente asimismo de sentido social, la protagonista se convirtió en una víctima propiciatoria del proceso de degeneración social y nacional que produjo la tiranía. La estrategia del poder unipersonal encontró en la prostitución de la mujer el elemento primario, el más vulnerable, pero también el más eficaz, que le permitió implantar la corrupción generalizada de una sociedad atrasada e inerme. En el contexto de este fenómeno masivo, a la vez político y social, el destino de la protagonista adquiere su perfil verdaderamente trágico, su pleno valor de documento humano.
La tiranía que sirve de marco a esta historia, inspirada en las ideologías del nazismo y del fascismo y continuadora de aquellos regímenes de fuerza, al final de la Segunda Guerra Mundial, fue la más larga y cruel de las que asolaron en este siglo América del Sur.
Madama Sui fue la favorita del extraño y sui géneris dictador, de origen teutón, que parecía mudo de tan parco, pero cuya mudez redujo a silencio a toda una sociedad, durante más de treinta años. La curva de transformación de la muchacha primitiva, casi salvaje, en la cortesana refinada y culta del final de su evolución, no alteró su destino. Lo vivió como una forma espontánea, tal vez inconsciente, de rebelión.
Al relatar su historia, a través de sucesos y personajes auténticos, no fue mi propósito describir uno de estos regímenes de tiranía opresora, ni pintar un medio social, cultural o político determinado. Esto suele darse por añadidura o por reflejo, siempre que el relato sea auténtico y no un mero panfleto de denuncia.
Más interesante que el personaje tópico del dictador, que infesta la historia y la literatura de estos países hasta el hartazgo; más edificante es la figura de una joven mujer, favorita de uno de estos prohombres, en la que el vértigo del poder no logró prostituir su dignidad intrínseca de ser humano y su innata inocencia.
En la dicotomía, no siempre bien definida entre lo individual y lo colectivo, el relato de la historia de un personaje representativo envuelve siempre como trasfondo el panorama de una época, el modo de ser colectivo de una sociedad, sin lo cual la substancia del personaje -la carnadura de su historia- carecería de un soporte real verosímil. Quiéralo o no, el narrador siempre presenta o representa en la ficción ese lugar de la Mancha, "del cual no quiere acordarse".

En definitiva, lo individual no es sino lo universal que se manifiesta a través de un destino; de igual modo que en los dominios del arte la forma no es sino el fondo que remonta a la superficie, según ya lo hiciera notar Víctor Hugo con exacto saber.
Nunca he experimentado excesiva afición hacia la novela política, ese género espurio de la historiografía, a medio camino entre la falta de imaginación y el exceso de ambiciones facciosas de poder.
De hecho, en estos tiempos de universal confusión y violencia, el concepto de política, en el sentido de arte de buen gobierno, ha sido enteramente degradado y abolido por el dictum del "poder" (económico, político, militar, religioso, en los extremos del integrismo más recalcitrante), como conquista del supremo derecho de dominación, al precio de las peores aberraciones.
"El hombre no está hecho; se está haciendo", escribe la ingente, la lúcida Josefina Plá, paradigma del talento austero, maestra de generaciones en el páramo cultural de una nación sitiada, acosada por catástrofes históricas, por tiranías atroces, caldo de cultivo de su atraso, de su degradación, de sus infortunios.
También la mujer, hacedora de vida, se está haciendo a sí misma. O sea, se está transformando, en procura del lugar que le corresponde en la vida social, en la que a pesar de sus progresos sigue estando sometida a las normas de un mundo construido por el hombre a imagen de sus privilegios; del hombre dominador y a la vez eunucoide, cuya virilidad no es más que su brutalidad.
Ambos, mujer sacrificada e incompleta, hombre sumido en su barbarie primitiva, no han comprendido todavía, como lo reclama otra gran escritora, que lo esencial para un ser humano es convertirse en un ser humano, en el equilibrio de la igualdad y respeto de las diferencias, cualesquiera sean sus razas, sus costumbres, sus religiones, sus ideas.

Por todo lo que antecede con respecto al drama de las mujeres en un país casi desconocido de América del Sur, he tratado de escribir la historia de Madama Sui tal como la hubiera escrito una mujer. Quiero decir: he tratado de hacerlo con la sensibilidad y la noción del mundo, con el estilo y el lenguaje propios de la mujer, a quien su capacidad de engendrar vida, de asegurar la continuidad de la especie, de preservar lo esencial de la condición humana, le otorga la intuición natural de saberlo todo aun no sabiendo que lo sabe. Don casi siempre negado a la imaginación masculina.
A.R.B.


MADAMA SUI
I

Se oye el lejano retumbo de un galope.
Los rayos del sol caen a plomo sobre el pueblo volviéndolo invisible. El caserío no es más que una mancha opaca en los reflejos. La luz solar empaña los colores, aplasta los contornos, borra los horizontes, destiñe la comba azulada del cielo. El espacio se ha coagulado en la calina blanca. En esta ausencia de luz, por exceso de luz, como en la felicidad excesiva, la muerte no parece estar en ningún sitio. La vida tampoco.
La planicie agrietada en rombos geométricos, casi abstractos, deja manar a través de las rajaduras la respiración de la tierra quemada. El vaho seco y caliente, más liviano que el polvo, acaba mezclándose con él hasta formar una penumbra esmerilada, resplandeciente y oscura.
Es la tiniebla blanca, nebulosa y hambrienta como el deseo. La noche diurna del mediodía que es la hora de nadie así como la hora de medianoche es la de todos. La hora del amor y del crimen, de las pesadillas, de los violadores, de las estrellas errantes.
Todos somos un poco la oscuridad de la noche en pleno día. Todos formamos parte de la enfermedad general, llamada vida.

Rajan el silencio los ruidos de la selva asfixiada que siempre está creciendo en su intento de escapar de la tierra para buscar el aire. Siluetas en llamas se desplazan a saltos como sombras de tigres espectrales. Los monos copulan en la espesura. Se escuchan sus chillidos de un goce delirante, inconsolable. Se diría que no encuentran fuerzas para ayuntarse más allá del miedo de morir en la cópula.
En las casas los hombres duermen boca abajo roncando pesadamente con las manos crispadas sobre los muslos de sus mujeres. Las tramas de tiras de cuero de los grandes camastros rurales dejan gotear el sudor de los durmientes.
Maripositas celestes gatean sobre el piso de tierra, bajo las camas, para beber la humedad salada que destilan los cuerpos, irreales en el sueño.
Todas las cosas, incluso la gente, están como atacadas de una epidemia de apatía, de pasividad, de ensimismado silencio. Es como si cada uno pensara: nada se puede hacer contra la nada.
El moho del fatalismo primitivo crece por dentro.
No tanto en los niños, esas criaturas de piel agrietada como la tierra. Sus caritas de viejos se han anticipado a sus caras de niños y las tendrán toda la vida por corta que ella sea. Y sin embargo se mueven en una realidad, en un tiempo distinto al de los adultos.
Alegres, confiados, aislados en un sueño despierto bajo el sol de hierro, juegan a las bolitas y a los trompos, en patios y calles, a la sombra raquítica de paraísos y ovenías. Liendres humanas que ignoran por completo el mito de origen de la Tierra sin Mal.

Estos chicos viven, en su animismo ancestral, la enfermedad de la apatía como una forma de salud testaruda y oblicua. De esa carcoma brota su alegría, su indiferencia hacia la inclemente y despiadada realidad que les toca vivir. No les espera otro destino más benigno que el de una muerte precoz cono su vida.

Sobre la tierra en sequía, en medio de la tiniebla blanca, un pájaro fabuloso va a posarse un instante. Volverá a emprender su vuelo a baja altura.
Es el suindá, la lechuza rapaz, que busca y captura su presa en la oscuridad. Lleva atravesada una flecha de cerbatana en el pecho de metálico azul, rojo ahora por la sangre. No es la flecha de un niño indígena. Es la cerbatana de juguete de niño blanco.
El ave nocturna ha dejado sus huellas en el secano. La sangre del sol del mediodía traza la línea zigzagueante del vuelo. La convierte enseguida en una huella fósil.

Un chico con un arco aparece del boscaje reseco siguiendo a todo correr el rumbo incierto de la lechuza herida. Una chica de la misma edad corre detrás, llamándole con el chistido de la lechuza.
La niña, casi desnuda en su vestido rotoso, es de una hermosura salvaje. La cabellera enredada, endrina, revuela a sus espaldas. Corre, chista y llama al chico cazador sin que éste le haga el menor caso.

Algunos leñadores que volvían del monte entrevieron confusamente al niño cazador corriendo sobre el hilo de sangre en persecución del pájaro de rapiña. Discutieron sobre quién podía ser ese chico solitario y maniático, totalmente abstraído en la absurda cacería del pájaro nocturno a esa hora ardiente del mediodía. Unos creyeron que se trataba de un muchachuelo indígena de la etnia guayakí acampada en la zona.
-La chica es la huérfana sarakí del finado don Romildo González, de Loma Kavará, y de la también finada ña Yoshima Kusugüé, de la colonia japonesa -dijo el más viejo-. Saracutea esa chica todo el día con los muchachos aprendiendo su futuro oficio. Desde chica luego la hembra trae la marca de lo que va a ser...
Apoyados en el mango de sus hachas, los hombres montunos habían visto caer al suindá entre la maleza de la orilla del río, perseguido por la pareja de pequeños cazadores.
-¡Lo que son las cosas! -dijo uno, burlón- ¡Cazar una suindá, la lechuza más celosa de la noche, en plena siesta! Eso sí que yo no lo he visto en mi vida.
-Se habrá desatinado en la oscuridad blanca creyendo que era medianoche... -comentó otro con una carcajada.
Vieron a la pareja de los pequeños cazadores internarse en los matorrales de zarzas espinosas en persecución de la lechuza herida.

Uno de ellos plantó el hacha y corrió en persecución de los chicos. Miró y rebuscó en la maleza. No encontró ningún indicio de la escena que creían haber avistado.

- A Rey no le interesa la suindá... -comentó irónico el más viejo-. Le tira la hija de don Romildo, que ya está en edad de merecer... -agregó en medio de las risas de los otros.
Con las caras y los brazos cubiertos de sangrientos arañazos, agachados, reptando entre la maleza, los chicos llegaron hasta donde se hallaba la lechuza, caída en una zanja. Se arrojaron sobre ella.
La agarraron torciéndole el pescuezo y arrancándole a tirones la cerbatana que le atravesaba el buche. Oyeron los gritos y los pasos rudos que se venían acercando. Se escondieron en la zanja cubriéndose con brazadas de ramas secas. Conteniendo el aliento tomaron forma de oscuridad en el más completo silencio.
-Nada... nadie... Acaso no fue más que una mala visión... -dijo el hombre al volver.
Tendió la mano hacia la tiniebla blanca. La mano oscura y callosa quedó como bañada de cal.
-La luz enferma del mediodía muestra lo que se le antoja y esconde lo que no quiere mostrar... -escupió con bronca sobre la tierra calcinada. Recogió el hacha, se metió el aludo sombrero hasta los ojos y continuó su camino.
Los otros siguieron al que se había adelantado, riéndose y haciendo chistes. Las hachas brillaban sobre sus hombros como ascuas cubiertas de ceniza.
Contaron en el pueblo lo que creyeron ver. El enigma quedó sin resolver. Una vieja comentó:
- Habrá que ver entre los chicos de la escuela quién muestra la cara de haber flechado la suindá. Ese es un pájaro traicionero y malvado... El que lo cazó queda marcado. Puede caerle una desgracia.
En eso quedó todo. Pronto se olvidaron de la pareja de chicos y de la suindá. Era una de esas cosas que parecen no haber sucedido nunca.
Bajo el sol del calor los "puebleros" no se interesan en pequeñas historias.

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EPÍLOGO
No hay nadie en las calles. Ni personas, ni animales, ni hormigas. No se oyen cantos de pájaros ni ladridos de perros. El silencio está poblado, sin embargo, de resonancias subterráneas que surgen del pozo de sombras de corredores y zaguanes.
El confuso ruido de televisores resuena a mayor volumen que otras veces en la rutina doméstica del almuerzo. El locutor habla todo el tiempo con una voz estridente, metálica, desafiante, propalando el noticiario oficial de las doce del día. Ha ocurrido un grave suceso en la capital. El locutor comenta las escenas de la matanza en la cárcel a raíz de la frustrada evasión de los presos de "máxima peligrosidad".

Las imágenes muestran la macabra visión de los muertos esparcidos en el estrecho y largo hueco del túnel sepultado por el derrumbe. Se ve en acción la excavadora. La gigantesca máquina desmonta la masa de tierra, lajas y piedras del desmoronamiento. Va dejando al descubierto la centena de prisioneros hacinados en posiciones inverosímiles.
Algunos cadáveres están destrozados, cortados por la mitad, por los filosos bloques que han caído sobre ellos, también por la excavadora.
El locutor va leyendo la larga lista de nombres de los muertos.
De tanto en tanto prorrumpe en invectivas e interjecciones soeces contra los criminales y traidores. "¡Nuestra bendita tierra justiciera -clama- ha castigado por su propia mano la tentativa de fuga de estos malhechores subversivos...!".
Como un redoble fúnebre se oyen las doce campanadas del reloj de la catedral, contigua a la cárcel.
Sui escucha el telediario de pie, inmóvil, rígida. El locutor termina de leer la lista de muertos. Informa que hay un sobreviviente, uno solo, que ha logrado escapar por la brecha de una cloaca inundada. Menciona su nombre. Uno de sus alias, dice. El verdadero nombre es desconocido, por ahora.
-¡Es EL ...! -murmura Sui en un gemido. Lleva la mano sobre la boca para reprimir en sus labios el temblor que recorre todo su cuerpo.
El locutor muestra en una toma de primer plano la foto de frente y de perfil del sobreviviente, convocando a la población de todo el país a cooperar en la captura del peligroso delincuente prófugo.
-¡Es EL ...! -repite Sui al ver su rostro, deformado por las torturas, en la ajada foto del prontuario policial presentada en primer plano por la pantalla.
Ese hombre, vivo aún como por milagro, es el ser amado desde su niñez. El hombre al que sigue amando más que a toda otra cosa en el mundo y por cuya salvación daría su vida.
Lejano, ausente, inalcanzable, había seguido buscando a aquel niño convertido en hombre, en el amado desconocido, que vivía y crecía dentro de ella. Lo había buscado a través de cuerpos fríos, no deseados, comprados, que daban consistencia aberrante al fantasma de su corazón. Y ahora estaba allí como un insecto negro clavado sobre un mapa.
Sus latidos marcan, segundo a segundo, la larga historia de años y años de ese amor sólo conocido por ella, sin que ella misma tuviera plena conciencia de ello; de ese amor defendido por la depravación del mal, pero a la vez protegido por la fe, por la fidelidad esencial hacia el hombre amado.
¿Era ése el secreto guardado en el insondable misterio de la inocencia primordial de una mujer...?

Lo sabe ahora con más claridad que nunca al filo de ese fúnebre mediodía. La tiniebla blanca pone un sudario de ceniza sobre el pueblo, sobre la realidad, sobre el mundo, sobre su propia vida.
Recuerda la carta que ella le escribió una vez a Villarrica, a los quince años, cuando había comenzado ya su vida de mujer pública. "Para mí, vos y Dios son la misma cosa. Si pudiera llegar a creer alguna vez en Dios, seguiría creyendo en vos como en el Dios mismo en el que te habrías convertido para mí... ".
Diez días con sus noches han pasado desde el primer anuncio fatídico. Ella ha permanecido todo el tiempo al pie del televisor y de la radio. No ha comido ni bebido más que alguno que otro vaso de agua.
Los noticieros informan que ha tomado el tren rumbo a Encarnación. La informante permanente del ferrocarril, disfrazada de chipera, viaja junto a él en el asiento frontero. Ha sido la primera en dar la alarma por el walkie-talkie que lleva escondido en su canasta de chipas. Recibe órdenes de tenerlo "clavado" y de entregarlo a las patrullas de seguridad de Encarnación.
Una zigzagueante flecha roja, como guiada por radares de pasmosa precisión, va trazando sobre un mapa de estado mayor el gráfico de huida del único sobreviviente. La flecha ya no dejará escapar al insecto negro. Vuela más rápido que el imperceptible avance de tortuga del tren. Se adelanta. Retrocede. Retoma el blanco. Lo sigue con la obcecación indiferente de la fatalidad. Lo tiene clavado sobre el círculo negro que se desplaza.
La última información de la chipera es que el prófugo ha descendido furtivamente, en plena noche, en la estación de Manorá, como tratando de escapar del cerco que adivina se está cerrando sobre él.
En secuencias de fotomontaje, el programa muestra una serie de vistas de Manorá. Se ven la polvorienta calle mayor, la casa con el templete oriental en la Colina de las Cabras, el edificio de la escuela con la artística ventana, copiada de la loggia de San Vital, en el templo bizantino de Ravena; luego, el muro de la fachada con el hueco oscuro y ruinoso que quedara allí después de que la ventana fuera arrancada. Al borde de la laguna, cubierta de victorias regias, se ve el inmenso y centenario árbol de tarumá con el hueco perpetuamente en llamas, desde que un rayo hiriera su tronco hace muchos años.
A lo lejos, como en la visión de égloga de una tarjeta postal, se divisa el ingenio de azúcar, la alta chimenea arrojando espesa humareda, la larga fila de carretas tiradas por yuntas de bueyes flacos, casi microscópicos, transportando inmensos fardos de caña de azúcar.
La flecha, inmóvil en el aire, apunta ahora el círculo inmóvil. Abajo se lee el nombre del pueblo: Manorá, que torna a hacer real su significado.
Pese al shock emocional y a su debilidad extrema, Sui siente que se cumple su anhelo de que EL venga a buscarla para seguir huyendo juntos. En un esfuerzo supremo, arrastrando su cuerpo, se lanza a una febril actividad. En cada habitación va amontonando todos los efectos y enseres que puedan servir para formar grandes piras. Se viste una sencilla túnica negra. El locutor de la televisión se ha despedido prometiendo un detallado informe sobre la captura del prófugo en el programa del mediodía.

Sui oye borrosamente los gritos desesperados de alguien que la llama desde el exterior. Acude a escuchar más de cerca. Entreabre la ventana que da a la calle. Reconoce la voz, la silueta de su amiga Marta Donada.
-¡Sui... Sui... abre por favor...! ¡Soy Marta...! ¡Ha sucedido algo horrible...!
Sui la hace entrar. Sin aliento por la corrida, sofocada por la densa atmósfera de encierro, de nauseabundo hedor que llena la casa. Se espanta al ver a Sui, convertida en una anciana esquelética, llena de arrugas. Se le antoja el fantasma de su madre.
Marta apenas puede hablar. Refiere entrecortadamente lo que acaba de suceder. Lleva en la mano un cuaderno de escolar semicarbonizado.
-En el hueco en llamas del tarumá grande, a orillas de la laguna, un hombre se ha lanzado al fuego, perseguido por los mellizos Goyburú, de la seccional. Su cuerpo ha desaparecido por completo en la hoguera. Encontré esto, caído del fuego... -le tiende el cuaderno.
Sui lo ha abierto. En la primera página lee una frase con letra casi ilegible. No son más que dos palabras: Adiós... Sui... Sin decir una palabra, sin derramar una lágrima, Sui cierra lentamente el cuaderno. Sus ademanes se mueven con la lentitud de un ser que va extinguiéndose. Tiene un hombro, el izquierdo, muy caído. Toda ella recuerda la silueta de un ave herida en un ala, que se arrastra de costado.
-Vete, Marta... Ya iré yo...
Marta, desesperada, sintiendo que toda comunicación con Sui está rota, acaso para siempre, se va sin poder contener sus lágrimas.

El resplandor de un gran incendio empieza a crecer por encima de los árboles, en la loma alta, iluminando la noche y llenándola de espesa humareda.
-Es la casa de Sui ...! -clamorea el gentío reunido en torno al tarumá, en cuyo vientre en llamas un hombre acaba de convertirse en cenizas.
Todo el gentío acude corriendo hacia la colina de Loma-Kavará, a presenciar el incendio. Todos temen que la moradora va a morir carbonizada en la casa cerrada y tapiada desde hace varios años. Rompen la puerta y entran a buscarla en medio de las llamas. No encuentran ningún cuerpo vivo ni muerto entre los escombros ardientes, que han empezado a desplomarse.
El tarumá ha quedado solo. Las llamas van debilitándose lentamente en el hueco. De las sombras surge la silueta oscura de Sui. Se acerca al horno donde estarán ardiendo todavía los restos de EL. Recoge una rama con la punta carbonizada, la misma utilizada por EL hace muy poco tiempo. Remueve y aviva con ella el decreciente fuego.
Con gran esfuerzo va echando en el hueco brazadas de ramas y hojas secas. Las llamas se avivan con violencia, sus lenguas enfurecidas saltan como latigazos a la cara de Sui.
Dentro del hueco restalla el fragor del viento, el terrible ruido de la soledad. En medio de las resonancias, Sui oye de nuevo, en la voz de EL, las dos palabras escritas en el cuaderno semicarbonizado. Es débil la memoria de los muertos. Las verdaderas palabras pronunciadas por ambos fueron: "Hasta que se junten nuestras cenizas... "
Con la rama, que también ahora empieza a arder, Sui reúne los restos carbonizados de EL reconstituyendo una silueta humana. Los despojos incinerados de un hombre son fáciles de reconocer. No tienen el color vivo y oloroso de la madera. Tiene el color del vacío, de la impotencia, de la desesperación. Tienen el olor de la carne quemada. Los aparta suavemente hacia un costado. Trata de hacer un espacio para ella. No necesita mucho. El fuego tomará las medidas de su esqueleto, hará lugar a su exigua talla.
Intenta subir por las nudosas raíces. En la primera tentativa resbala, cae.
Una obra bien hecha es aquella cuyo final recuerda siempre el comienzo, cerrando el círculo del relato. Una vida errada puede rescatarse cerrando su círculo a través del fuego purificador, junto a la persona amada. Va a intentado de nuevo. Sus manos se aferran a un tejido de lianas ardientes. Sube escalando lentamente los nudos carbonizados de las raíces. Las manos asidas a las llanas comienzan a arder con un fuego de lenguas azules. Llega hasta la boca del hueco. Se apoya de rodillas en sus bordes. Su cuerpo parece haberse vuelto ingrávido. Se deja caer lentamente. Se abraza a los restos de EL. Desaparece por completo entre las llamas.
Nadie ha visto salir a Sui de la casa incendiada. No han encontrado sus restos entre los escombros. Nadie la ha visto entrar en el vientre en llamas del tarumá. Se formará la leyenda de su desaparición fantasmal. La engañosa memoria colectiva imaginará que Sui ha ido tal vez a proseguir la lucha de EL en otros lugares.
Y esto también es sólo una manera de decir lo indecible.
Asunción - Toulouse 1 marzo - 25 de mayo 1995.



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