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martes, 2 de noviembre de 2010

SUSANA GERTOPÁN - EL CALLEJÓN OSCURO - PREMIO DE NOVELA LIDIA GUANES 2010 / Editorial SERVILIBRO, 2010.



EL CALLEJÓN OSCURO
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
PREMIO DE NOVELA LIDIA GUANES 2010
Editorial SERVILIBRO
Pabellón "Serafina Dávalos"
25 de Mayo y México - Plaza Uruguaya
Telefax: (595-21) 444 770
Dirección. Editorial: Vidalia Sánchez
Diagramación: Gilberto Riveros Arce
Asunción, Paraguay, octubre de 2010.
Hecho el depósito que marca la Ley N° 1328/98
Asunción, Paraguay,
Octubre de 2010 (255 páginas)


No es que pueda vivir, es que quiero vivir.
Porque si la memoria existiera fuera de la carne no sería memoria
porque no sabría de qué se acuerda y así cuando ella dejó de ser,
la mitad de la memoria dejó de ser y si yo dejara de ser
todo el recuerdo dejaría de ser.
Por ello entre la pena y la nada, elijo la pena.
WILLIAM FAULKNER (Las palmeras salvajes)


A Victoria


Querido primo José:

Te sorprenderá recibir esta carta. Tenía pensado redactarla de otra manera, pero debido a las circunstancias en que me encuentro, de las que más abajo te hago saber, no pude lograr ser más atento. Así que me disculpo de antemano por el tono en que va escrita.   ,
Hace bastante tiempo no sé nada de tu vida, así como es lógico vos tampoco de la mía. La distancia hizo muy bien su trabajo. Pasaron tantos años que llevo lejos de aquel lugar que ni siquiera los tengo en cuenta, lo que he perdido de ahí.
Mi existencia se vio envuelta por muchas vicisitudes, cuyas consecuencias sufren hasta ahora mi cuerpo y mi mente. Este país, el frío, el desconocimiento por largo tiempo de su idioma, la desatención de la gente, el movimiento de las calles, el trajín de los peatones, mi angustia por sobrevivir, la muerte de mis padres, la soledad, recuerdos vagos, imágenes confusas del pasado, hicieron que el deterioro físico, mental, anímico se aproximara a mí de manera prematura y, aquí estoy, sumido en el abandono, intentando recuperar una parte de mi existencia de la qué desconozco en qué lugar recóndito de mi ser se encuentra.
Busco retazos de mi vida para armar un rompecabezas pero las piezas se han perdido, y el único que puede ayudarme  sos vos, José.
Estoy tratando de encontrar esa parte olvidada entre sueños invadidos de espectros, con los que me niego a dialogar, quizás por miedo, cobardía. Siento mucho temor de lo que ellos tienen para contarme, pavor de oírles. En mis noches, aparecen, y despiadados me confunden, ya no sé cuándo duermo ni cuándo estoy despierto, ¿cómo saber quién soy, ni qué guarda mi pasado?
Los recuerdos no han sabido perdurar en mi memoria, ni envolverme, ni protegerme, permanezco en un presente en el que desconozco si realmente existo; dependo del ayer, pero nada poseo de aquel tiempo, solamente la oscuridad de un Callejón que quedaba a la vuelta de una casa muy extraña en la que vivías rodeado de libros. De pronto, veo un tumulto de gente que habla y habla, que se mueve, que no se queda quieta, como estoy yo ahora, y observo desde un encierro trastos de diferentes colores, acumulados en carretillas que los llevan y traen. Mujeres, con canastos sobre las cabezas, que cuchichean entre ellas, pero sin rostros, oigo un idioma que no entiendo, veo niños que corretean con los pies descalzos y tampoco tienen rostros. Me siento encerrado en un lugar, mirando la vida que está afuera, pero no sé dónde estoy. Escucho un sonido que me contagia vida, quizás es un piano o tal vez risas, y observo diferentes tonalidades que laten frente a mis ojos.
Todo era riqueza alrededor nuestro y el sol también alimentaba esa zona prohibida, la alumbraba. En ese lugar, nadie sucumbía por hambre, pero había pobreza. Más tarde, me encuentro en la oscuridad y entonces siento miedo, tiemblo, me veo en una calle que de pronto se vuelve siniestra, dentro de una celda. ¿Era una prisión o se trataba de otro lugar? Un calabozo que se llenó de silencio, no veíamos a nadie. En ese lugar no me sentía seguro ni protegido.
Luego, el llanto y el miedo se apoderaron del lugar como huéspedes inoportunos, mientras los dos seguíamos parados, tiesos, sin poder reaccionar.
Veo tu casa, una casa diferente, sin ventanas, ni patio ni otros habitantes, sólo tú y yo. Entonces, ¿dónde estaban tus padres? ¿Y los míos?
Estoy sufriendo, José, necesito que me ayudes, no soy nadie ni sé de nadie, estoy perdido sin una historia que me cubra temporalmente para reparar este abandono. Siento miedo por que en un momento ya no me quedará nada, y mi memoria permanecerá vacía y sola. ¿Quién soy? ¿Adónde voy? ¿De dónde vengo? ¿Seré en realidad yo el que vive dentro de mí, será mío el pasado que quiero recuperar, o es de otro a quien yo inventé?
Por favor, José, escribime sobre mi pasado, de vos, de nuestros juegos, del barrio, de la casa en la que viví, sobre todo de ese Callejón Oscuro... ¿qué guarda mi memoria de esa calle angosta? ¿Qué secreto está sepultado en ese lugar? ¿lo desconozco, lo olvidé?
Aquí estoy, aguardando tu respuesta. Esperando la medicina que le devuelva a mi ser una esperanza y a mis ojos una imagen.
No demores. Un abrazo.
Tu primo Ariel



Querido primo Ariel:

Debo reconocer que tu carta me sorprendió. Como bien decís, hace mucho tiempo -para ser justos, décadas- se perdió nuestro vínculo. En realidad, nos convertimos en un par de extraños. Lo único que ahora nos une es un apellido, una historia que heredamos y un hecho que querés recordar.
Desde que ustedes se marcharon de este país, no volví a tener noticias tuyas.
Lamento la circunstancia en que te encontrás, atrapado en un estado de apatía y desconsuelo, en un mundo brumoso en el que convivís con el olvido.
El tiempo es el que se lleva todo, mi querido primo. Son los años, los que arremeten despiadadamente sin clemencia contra la memoria, igual al fuego, que hace estragos y sólo deja cenizas. El olvido nos deja vacíos, seres inútiles, abandonados. Por suerte, no padezco de tu mismo mal. No sufro de su indiferencia. Con sólo admirar y recorrer por estas cuadras -que como te dije más arriba ya no son las mismas, ni siquiera las baldosas que cubren sus veredas se parecen a las de antes, puesto que se han gastado, como vos, como yo- logro traer al presente uno que otro recuerdo, el que yo escoja, ese que quizás menos daño me cause, el que me acompaña en los momentos cuando me molestan las ausencias, aquel que me sostuvo en instantes cuando la vida para mí ya no tenía sentido.
Lo terrible es intentar olvidar y no lograrlo; entonces, los pensamientos traen consigo dolor y permanecen ahí vigentes, lastimando, perennes, convirtiéndose en una tortura.
Me he comprometido con vos y aquí me tenés, cumpliendo con tu pedido, lo voy a realizar sin apuros, desconozco el tiempo que me tomará escribir sobre el pasado, sobre lo de antes, ni siquiera sé si el intento es válido ni si podré concluirlo, no depende solamente de mi voluntad, querido Ariel, también está de por medio el azar -el que con manos invisibles manipula nuestras vidas-, porque la muerte se puede presentar ante mí, de pronto, inoportuna como es, a poner fin a esta labor.
En verdad, no sé si te escribiré sobre mis mentiras o sobre mis verdades.
Igualmente espero que todas mis próximas anotaciones sean de tu interés, puesto que al marcharte de este territorio, perdiste, por lo que veo, la curiosidad y el dominio sobre las vivencias pasadas aquí.
Por mucho tiempo pensaste que lo único importante es el presente; pero, en tu carta, noto que sufrís, que estás empeñado en recuperar tu vida en este barrio, tus juegos sobre estas veredas, una noche en el Callejón Oscuro, en esa calle sin sol cercada de infortunio y que ya tampoco existe como tal. El abandono se la tragó.
Creo que puedo serte útil, que este trabajo debo ejecutarlo, por más incómodo que se convierta a ratos.
Es un compromiso que tomo y por ello debo hacer un pacto de fidelidad conmigo mismo: debo prometerme lealtad, aunque llegue a padecer durante futuros encuentros con pasajes que me hayan conmovido, lastimado, como aquel en el Callejón Oscuro.
Además, debo confesar que no está en mí el deseo de convertirme en un contador de historias, ni en un narrador de escenas; por el contrario, siempre fui reacio a todo tipo de manifestaciones que delaten mi sentir. No me sedujo ni seduce comentar lo que siento, veo, escucho, palpo. Pocas veces me importó relatar algún suceso que me pudiera pasar a mí o a los de mí alrededor, pero tu petición determinó que estuviese frente a esta situación que tampoco cambia en algo mis sentimientos.
Por lo común, ocurre con ciertas historias y acontecimientos de nuestras vidas que desconocemos u olvidamos cuándo comienzan o terminan. Si fueron reales o inventados, o tan sencillamente son parte de un sueño. Tampoco sabemos con exactitud el tiempo que duraron o qué secreto guardan. Sin embargo, al despertar - cuando se trata de los sueños - sentimos la sensación de haber navegado en ellos a veces por años, meses, días o por un instante, porque ni realidad ni tiempo existen en ese estado.
Soy propenso a mantenerme en silencio, resguardado de lo que sucede a mí alrededor. Nadie debía ni debe ser testigo de lo que yo siento. Nadie tiene por qué conocer mis contentos y desilusiones. Si soy feliz o infeliz. Si lloro o río. Si sufro o me alegro. De hecho, mis padres siempre me acusaban de ser un individuo muy extraño, débil, diferente.
Según ellos, mi carácter no correspondía al ambiente en el que crecí, ni tampoco a cómo hubiesen querido que fuera; por ello, las expectativas que pusieron en mí - su único hijo - no se cumplieron. A consecuencia de esto, vivían reclamando y rechazándome.
A mis padres les trastornaba mi exacerbada timidez, decían que padecía el mal del silencio. Más de una vez les adjudicaron a los libros, a la lectura, a los temas que escogía aprender, el haber sido los causantes de tan extraño comportamiento. Aquel encierro lo veían como una enfermedad, como un castigo; sin embargo, para mí era algo natural, necesario.
Recuerda, querido primo, que también yo me he vuelto un hombre mayor. Los años se revelan en mis canas, mi andar, en mis manos que perdieron fuerza. En mi letra que como notarás son trazos inseguros, en mis ojos a los que una fina película les opacó el brillo.
Me convertí en un hombre a quien ya las esperanzas no le cautivan, al futuro lo intuyo vano, en él no vislumbro a nadie, ni a nada más que al final. Tampoco tengo descendencia a quién recurrir en caso de olvido, ni hermano ni mujer, nunca me he casado.
¿Y vos? No me hablaste de tu familia, ¿te casaste, tenés hijos?
Pero, para ser fiel a tu petición, la cual fue clara y directa, debo volver a la vida en este barrio años atrás, en el que existía un lugar, un espacio muy pequeño que apenas ocupaba unos cuantos metros, ubicado no lejos de la avenida principal, y en el que debido al exceso de puestos de ventas, casillas, de construcciones aledañas, no se asomaba el sol. No existía luz natural, ni siquiera un atisbo de claridad en aquel pabellón oscuro, en donde la única iluminación era la de un foco colgado de un techo de madera, lleno de polvo y telarañas. Se trataba de una techumbre endeble apenas sostenida por un par de vigas, distinta a la que cobija un hogar.
Era un depósito que además de almacenar hierbas medicinales y otro tipo de mercaderías, albergaba prostitución, robos, ultrajes. En su interior no se sabía de días, ni de noches. De fechas, ni de ilusiones. Durante el invierno, el frío era desgarrador y en el verano, el calor era insoportable.
En ese Callejón se gestaban los negocios más turbios, los encuentros más peligrosos y se cometían abusos terribles, en relación con la lujuria y ciertos cuerpos en alquiler.
Fue ahí donde se desarrolló en mí el sentido de la observación. Análisis que me llevó a descubrir la desdicha humana y la vida desde otra representación, más real, verdadera y dura.
Fuiste vos, quien a través de una carta intenta seducirme, para que yo, realice una labor que sacudirá mi resistencia de recordar un hecho de mucho dolor, que está prisionero en mi memoria, recubierto por una nube de engaño, a la espera de ser rescatado, para emerger y prestarle alivio a mi ser. Asimismo, al tuyo que se ha tornado sombrío, como era aquel lugar.
Pero volviendo al Callejón y a lo que pasó esa noche con vos, conmigo y al hecho en sí que tanto temes recordar -por ello recurrís a mí-, yo te lo contaré.
Aquel domingo, desobedeciendo la orden de nuestros padres, decidimos salir. Y juntos llegamos hasta esa calle sin salida.
Allí, todo se había vuelto umbroso, sólo la luz de la misma noche alumbraba los límites del Callejón en el que nadie habitaba, sino tan sólo y sola, la miseria, cuando ocurrió aquella desventura. Una maldición.
¿La recordás? Veo que no, yo te lo voy a contar. Pero dame tiempo, no me apresures. Lo voy a ir escribiendo lentamente, de a poco.
Por ahora, esto es todo.
Hasta pronto.
Un abrazo también para vos.
Cuidate.
Tu primo José




APUNTES

La lectura me sedujo a partir del momento en que aprendí a reconocer las letras del abecedario. Entonces, el deseo por aprender se constituyó en una de mis mayores pasiones, la que hasta hoy subsiste.
En principio, mi interés iba hacia los cuentos cortos, aquellos que se leen a los niños, pero como mis padres no cumplieron con esa labor, puesto que nunca aprendieron a leer, escribir ni hablar correctamente el castellano, más que lo esencial como para comunicarse y entender ligeramente a los demás, yo me preocupé de leerlos.
Con el correr del tiempo, entre mudanzas y conflictos de diversos tipos que tenían que ver con una angustia que persistía dentro mío y que a veces me hacía permanecer en silencio, aislado de mi familia y del mundo exterior, me cautivaron historias sobre marinos, piratas, como Sandokan, La Isla del tesoro, algunas relacionadas con el amor, también diarios íntimos, entrevistas a grandes personajes de la historia que estuvieron comprometidos con ciertos cambios políticos y sociales de sus respectivos países.
A partir de haberme animado a cruzar la avenida y descubrir el Mercado, en el que pasaba el mayor tiempo posible, los temas que antes me atraían fueron modificándose. Entonces empezaron a seducirme otros que tenían que ver con el análisis de ciertas religiones, cultos politeístas y sus vinculaciones con los astros. La medicina naturalista y también las investigaciones sobre algunas lenguas.
La modificación total en mi conducta, pensamientos y lecturas se dio, el día en que descubrí a pocas cuadras de mi casa, aquel Callejón Oscuro. Ese retazo de Mercado, ese mundillo, ese pasillo negro, en el que lo agazapado, lo extraño, se conjugaba con lo tenebroso del comportamiento humano.
A partir de entonces, mi concepción sobre ciertos principios y leyes cambiaron. Así también mis lecturas. Teorías sobre la reencarnación, el cosmos, las mitologías, algunas prácticas orientales como el yoga, lo oculto, lo esotérico, la alquimia y la astrología, y otros conocimientos sobre lo misterioso, los espíritus malignos y las culturas milenarias que adoraban a varios dioses, ocupaban mi atención.
Pero mi ansiedad por asimilar más y más conocimiento no dependía solamente de la necesidad que tenía en ese momento de captar lo peculiar del comportamiento humano, ni del interés por aprender, sino específicamente en la dificultad de conseguir material - tarea poco fácil - puesto que poca gente contaba en su casa con una biblioteca, y aquellas que la tenían se negaban a prestar sus libros.
A pesar de las dificultades más arriba señaladas, mis búsquedas fueron en aumento. De esa manera, poco a poco, muchas de las tantas curiosidades, que me dejaban en permanente estado de ansiedad, se fueron apaciguando, otorgándome un vasto conocimiento sobre los temas que me subyugaban. Los libros se volvieron para mí una obsesión. Me dediqué a acumular la mayor cantidad que podía. Eran objetos cuyo contenido le prestaban seguridad mi alma. Cuanta más sabiduría adquiría, más crecía la confianza en mí mismo, como también mi aislamiento, hasta dejarme en un estado en el que permanecí encerrado y apartado de mis padres, quienes nunca entendieron mis inquietudes.
Todo lo que descubrí y continúo aprendiendo en los libros, se ha convertido en la razón de mi existencia y en mi único medio de supervivencia.
En mi vida todo se presentó de manera muy extraña. Lo eventual estuvo siempre presente, al igual que lo anecdótico. No así lo determinado. Mis padres me criaron con el fin de que yo estudiara una carrera universitaria seria. ¿A qué ellos llamaban seria? A toda profesión que en el futuro me diera una seguridad laboral y, por consiguiente, económica. De ese modo, la pobreza se mantendría alejada de mi persona. Lamentablemente, yo nunca pude cumplir con ese sueño. No fui a la universidad: sin embargo, nadie imaginó que terminaría siendo un recopilador de fórmulas para la práctica de un tipo de medicina natural que cura el cuerpo, el alma, la mente, el corazón.
También me convertí en un consejero, gracias a ciertos conocimientos que adquirí sobre psicología. En un cuaderno, por mucho tiempo, fui tomando notas que me servían para ayudar a otros. Era como un gran compendio de sabiduría, aprendizajes, enseñanzas, en el que también hablaba de historia, geografía, y de otros temas que en cierta oportunidad me habían producido temor escribir, en relación con lo siniestro, propio de los seres humanos.
En este trajín literario, me ayudaron, además de mis lecturas, la vigilia de mis sentidos, en especial la de mis ojos que permanecían atentos y en alerta siempre.
Todo empezó tras la mudanza a nuestro nuevo hogar, que estaba ubicado en la trastienda de un salón comercial en el que se vendían telas, confecciones, frazadas, ponchos y otros enseres que hacen a la vestimenta de un hombre o de una mujer.
En realidad, no era una casa propiamente dicha, era un pequeño lugar, con un patio interior diminuto, en donde entraban solamente una franja de sol y dos planteras. Además, había un pasillo estrecho, al que mi madre transformó en cocina y comedor. Un cuarto de baño y un solo dormitorio. En esa pieza dormíamos los tres. Cabían la cama matrimonial y un catre pegado a la pared, un ropero, una cómoda y un par de mesitas de noche. Sobre cada una de ellas estaba apoyado un velador con tulipas de color rojo y portarretratos con fotografías de personajes a quienes no conocí ni siquiera de nombre. Por de-bajo del vidrio que cubría las dos mesitas, ordenadamente, estaban puestos varios billetes que no pertenecían a este país. En realidad, todo lo que formaba parte de ese pequeño espacio lleno de recuerdos, entre sombras que cubrían las paredes y sin nada de luz, hacía alusión a algún pasaje de la vida de mis padres transcurrida en otro lugar, bien lejano, frío, diferente.
Todas las tiendas de esa cuadra eran iguales y con idénticas fachadas, como también las viviendas internas. Durante el día, en el frente, se exhibía variados tipo de prendas colgadas en perchas, como en una vidriera.
Durante la noche, el ambiente cambiaba. Aquellos comercios quedaban sepultados detrás de una sucia, fría y gris cortina de tela metálica con una puerta chiquita, que se sacaba y ponía cuando se abría o cerraba el local, y que se utilizaba como único acceso a la tienda y a la casa.
Cruzando la calle, llamada preferentemente avenida, estaba el Mercado. Un mundo diferente al nuestro, cercado de un bullicio único. Los olores, ruidos, idiomas y actividades de sus habitantes nada poseían en común -por su gran intensidad- con los de los moradores de la vereda de enfrente.
El Mercado y sus alrededores tenían vida propia, que no dependía de nadie ni de nada sino de sus pobladores, y de una atmósfera que atesoraba una cultura distinta a la nuestra. A la vuelta de la esquina, siguiente a nuestra casa, se encontraba el Callejón Oscuro. Más tarde me encargaré de contar sobre ese lugar al que el hambre embotaba, y que no conocía de orgullos; refugio de la desdicha, en el que la angustia se olía, la miseria se palpaba.
Un lugar que estaba sumergido en lo más extraño de la vida. En ese Callejón se llevaron a cabo ciertos hechos siniestros y maravillosos. Como los guardé en la memoria, ahora de ellos disfruta y con ellos sufre mi presente. Y otro, uno en particular, que Ariel también conoció y parece olvidarlo.
Recuerdos, justamente, fue la palabra que desencadenó en mí la idea de escribir en un cuaderno esos episodios, los cuales nos ayudarían -a mi primo y a mí-, a no sucumbir en el olvido.
Toda esta labor comenzó a raíz de la llegada de la carta de Ariel. Fue ella la que hizo que se me avivara el pavor -hasta entonces oculto-, de despertar una mañana sin un registro de mi vida pasada, navegando en el descuido.
El hecho de saber del abandono de Ariel dentro de sí mismo, de haber perdido la conciencia de quién es, qué hizo, me apenó, sobre todo que ante el desgaste de su memoria y en un acto exasperado, único, acude a mí para recuperar parte del mundo en el que habitó. En realidad lo que a él le inquietaba era olvidarse de sí mismo y de quién fue en el pasado.
Ariel y yo compartimos la infancia y la adolescencia, se trataba de un ser muy tímido, aparentemente desprotegido, débil, temeroso de todo, inclusive de la oscuridad. Nunca jugaba con ningún amigo. Mientras nosotros -otros niños y yo- aprendíamos en la vereda a hacer bailar un trompo, él se refugiaba en su casa, aferrado a la mano de su madre por temor a que el trompo le cayera sobre la cabeza o se le acercara a uno de los pies y pudiera lastimarlo. Igual sucedía en días de lluvia cuando salíamos a corretear en el raudal, él prefería permanecer dentro de su casa por temor a mojarse los pies o durante los días ventosos cuando hacíamos remontar una pandorga, Ariel temía ser arrastrado por el hilo que lo llevaría a perderse en el cielo -estaba loco-, pero en esas condiciones, de angustias y miedos, se desarrolló su infancia. De su adolescencia y la mía -puesto que teníamos la misma edad-, solamente rescato aquel hecho que hizo que por mucho tiempo no volviéramos al Callejón Oscuro y que desencadenó noches invadidas de pesadillas, insomnios, pero nunca mi primo y yo hablamos de ello, como si la tierra se hubiese tragado el episodio, a los protagonistas y a la noche en la que sucedió.
Luego de un par de años -é1 y sus padres, porque tampoco tenía hermanos- se mudaron de país y no volví a saber de ellos. A veces, mi madre comentaba que recibía una que otra tarjeta de su hermano Samuel, felicitándonos por alguna celebración religiosa, pero tampoco en ellas hacía alusión a cómo les iba ni qué había acontecido en la vida de Ariel. De pronto, sorpresivamente, después de mucho tiempo, recibo una carta donde me convoca a que sea yo el guía de sus recuerdos de infancia y adolescencia. El indicador de un hecho que le duele recordar.
Al leerla sentí que se había quedado suspendido en la nada, sin alma. Era solo un cuerpo hueco, vacío, sin sentidos, porque ninguno de ellos guardaba alguna respuesta ante un aroma, una imagen, un sonido, una textura. El abandono los había adormecido.
Así fue como se inicia este peregrinar por mi pasado, todo gracias a una petición de mi primo Ariel.


PRIMERAS NOTAS
-I-

Ariel, querido primo, estas son anotaciones que escribo pensando en vos, son recuerdos míos que espero te puedan servir. Iré archivando, hoja por hoja, en una carpeta, la que luego me encargaré de enviártela.
Todo comenzó con la muerte de la abuela. ¿Te acuerdas? Me temo que no.
Bueno, te iré relatando.
La abuela murió de pronto, así, sorpresivamente.
Nadie esperaba que fuera de esa manera. Siempre se quejaba de todo y de todos; por ese motivo pensábamos que sería una larga y penosa enfermedad la que desencadenaría su final, pero partió como siempre quiso, o por lo menos así nos quiso hacer creer.
Vivió dando sobresaltos, provocando sorpresas y angustias, asustando a todos a cada momento, probando el humor de los que la cuidábamos para aprovecharse de ello, decidiendo sola qué hacer y adónde ir, aunque ya sus fuerzas no la acompañaban.
La abuela era una inmigrante que llegó viuda al Paraguay, antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial. Vino con sus tres hijos: Abraham, el mayor; luego Luisa, mi madre, y uno menor, llamado Samuel. Permaneció siempre en el mismo estado civil, nunca volvió a casarse. Económicamente le iba muy bien, era la dueña de una tienda muy próspera. Durante toda su vida no hizo otra cosa más que cuidar del negocio y de sus hijos, a los que les enseñó desde muy pequeños a competir entre ellos por quién la quería más y cuidaba mejor.
Hablaba yiddish y muy poco castellano, lo necesario como para hacerse entender y a su vez comprender a los demás. Habitaba una casa en un barrio en el que la mayoría éramos judíos e inmigrantes como ella. La casa no estaba lejos del negocio, al que iba caminando, hasta en días de lluvia.
Al tío Abraham no lo conocí en persona, tan solo oí hablar de él, puesto que de muy joven se mudó a vivir a Israel y nunca regresó ni tan sólo de visita. La ausencia de ese hijo fue un dolor que la abuela sobrellevó siempre, como una enfermedad de la que todos conocíamos sus síntomas y también su cura, pero nadie más que Abraham tenía la medicina para tratarla.
Mi otro tío Samuel y su familia vivían con la abuela, en la misma casa, jamás él hubiera dejado sola a su madre. La tía Jane, su mujer, aceptaba dócilmente cualquier decisión que tomara su esposo.
Los hijos de la abuela siempre la rodeaban, en especial mi madre, hasta el día de aquel accidente que acarreó su muerte y también determinó nuestra mudanza.
Los diálogos entre madre e hija, continuamente, tenían un tinte dramático; aquella tardecita no fue diferente. La abuela había salido de la tienda y se encontraba de visita en mi casa. Como nunca podía estar desocupada, se dispuso a baldear el patio. Cuando apenas mi madre la vio haciendo ese trabajo, casi se desmaya.
-¡Mamá! ¡Cuidado! Te vas a romper una pierna, cuidado cuando caminás -gritó la hija.
-No te preocupes, voy despacio.
Era el discurso repetitivo de la abuela, pero en el que ya nadie creía, y esa vez no fue diferente.
-No, mamá, no caminás despacio. Vení, tomate de mi brazo.
Entonces mi madre se dirigió hasta el lugar en el que ella estaba para ayudarla.
-Vos no oís que yo no necesito ayuda -dijo.
-Te vas a romper la cabeza, o alguna costilla, pero por favor no te rompas las dos.
-No me voy a romper nada, vos quedate tranquila -sentenció mi abuela.
Creo que además de una advertencia era un deseo guardado de mi madre, tal vez tenía la esperanza de que al lastimarse la cabeza, la abuela perdería el juicio y dejaría de molestarla tanto.
-Mamá, por favor, hacelo por mí, cuidate.
Repetía una y más veces mi madre.
-¡Dejame en paz!
Contestaba la abuela, mientras se trepaba a un árbol, para sacar una fruta o arrancar una rama seca.
-¿Te querés romper la cabeza, las piernas y los brazos?
Decía de nuevo mi madre, con voz cansada, puesto que ya no podía con los caprichos de esa vieja.
-Mientras no me rompa el alma -contestó la abuela.
-También el alma te vas a romper -dijo mi madre.
-El alma no se rompe, se pierde.
A medida que la discusión seguía, el tono de voz de la abuela iba en aumento.
-Entonces, cuidado que no se te pierda.
-No te preocupes, yo la voy a encontrar, no te preocupes más por mí, preocupate mejor de cuidar a tu marido.
-¡Tenga cuidado!, se va a resbalar -intervino mi padre.
- Vos para qué te metes, ya pronto te voy a dejar el negocio - contestó la abuela.
-¿Por qué siempre usted piensa mal de todo el mundo? - preguntó mi padre.
-No es de todo el mundo, es solamente de vos -ella respondió.
La conversación seguía totalmente en yiddish, en nuestros hogares no se hablaba en otro idioma más que en ese. -Usted se equivoca conmigo dijo mi padre, con cierto enojo en la voz.
-Yo no pienso mal de nadie.
-Yo no quiero que usted se lastime, la cuido.
-Mejor cuidá a tu mujer y a tu hijo, yo sé cuidarme sola, ya soy grande.
Así eran siempre los diálogos entre mi padre y ella, pero cuando la abuela hablaba, durante las noches, con sus muertos, cambiaba el tono de voz:
-Isaac, vení, llevame, acá ya nadie me quiere, nadie me cuida, todos me abandonan -se trataba de un hermano que se llamaba Isaac y que había quedado en Polonia.
-Dóbele, vení llevame, me duelen todos los huesos y nadie me quiere cuidar. Dóbele, quiero ir contigo, acá ya nadie me tiene paciencia.
Dóbele era uno de sus muertos, alguien a quien nunca conocimos ni siquiera en fotos, y que según la abuela se trataba de una hermana que quedó en Europa y que seguramente había muerto.
-Áriele, te necesito, vení buscame, llevame contigo -se trataba de su marido, y de quien mi primo heredó el nombre. Así hablaban ella y sus fantasmas, vaya uno a reconocer a quiénes se refería, ni si en verdad eran parte de un sueño, de su fantasía o de su necesidad de torturarnos.
En cada palabra que pronunciaba ponía un tono de pena y duda, con tal de crear en nosotros la zozobra, y la lástima. Su partida tan inesperada nos dejó, a los que la conocimos, perplejos. Cuando digo a los que la conocimos, me refiero a algunos de sus familiares, los que vivimos cercanos a ella, no así a su otro hijo, el, que estaba lejos, y al que nunca perdonó por haberse ido, o mejor, por haberla abandonado.
Fue un personaje único, hasta para marcharse de esta vida prefirió la sorpresa. Poseía muy pocos bienes materiales. Los que heredaron sus hijos, además de la culpa.
Esa culpa se clavó profundamente en la conciencia de cada uno de nosotros, seguida de ciertas dudas: como que podíamos haber hecho algo más por ella, por su salud, por su cuidado, por que se prolongara aún más su vida, aunque se trataba de una anciana cuya existencia se vio marcada por la guerra, por varios exilios y otras vicisitudes, llena de sinsabores, literalmente ninguno producido por el tabaco ni el alcohol que cargaba -después de su muerte lo supimos- en una petaca de plata dentro de un mueble, en el que además guardaba zapatos, fotografías, correspondencia y unas cuantas bolitas de naftalina.
Tras aquella caída desafortunada, un día de lluvia en el patio de su casa, la abuela murió.
Yo aún era muy pequeño para entender el significado que tenía la muerte, pero sí para darme cuenta de cuán dolorosa era. Según mi parecer, sufría el que moría y los familiares que quedábamos.
Como aquel día de la muerte de la abuela, nunca vi llorar a mi madre de tal forma ni sufrir de ese modo igual que al tío Samuel, quien por semanas se dejó crecer la barba, adoptando un aspecto sucio y desaliñado como parte de su duelo. Ambos, tanto mi madre como el tío, parecían animales desprotegidos, abandonados, seres a quienes la vida les había arrebatado todo en un instante, dejándolos en la más triste orfandad.
Era así, se trataba del desamparo. Por mucho tiempo no lo comprendí, tan sólo cuando lo experimenté supe la realidad de su significado.
Antes de la muerte de la abuela, nunca había entrado a su pieza, ella no lo permitía, decía que los niños la desordenaríamos. Cada vez que veía la puerta entreabierta, me acercaba con la intención de atravesarla, entonces ella la cerraba de un portazo. Cuando iba al baño, a la tienda o a cualquier otro lugar, la abuela pasaba la llave por la cerradura y la llevaba consigo. Esa actitud hacía que se me despertara aún más la curiosidad por saber qué guardaba de extraño ese lugar, y que en realidad no eran más que recuerdos.
Fue la tía Jane la que encontró a la abuela aquel día fatídico, tirada en el piso, muerta. Luego de dar varios alaridos pidiendo ayuda, acudieron a levantarla el tío Samuel y mi madre. Con cuidado la llevaron a su cama. De inmediato llegó el médico, pero ya no había nada que hacer. Su muerte no se debió a la caída, como todos imaginamos, sino a consecuencia de un ataque al corazón. "Un infarto fulminante", aquellas fueron las palabras exactas que dijo el doctor, luego de examinarla.
Ese día, en medio de corridas, confusiones, dolor y culpa, logré entrar al dormitorio de la abuela.
El lugar se encontraba rodeado de fotografías. Sereno, abrigado de recuerdos. Recuerdos encerrados en un pasado lleno de silencios. Nunca habíamos sabido más de lo que veíamos de ella a diario. Nadie conocía de su vida en Europa, ni de sus parientes ni de sus angustias.
No dejé de dar vueltas y más vueltas alrededor de ese lugar que tanto tenía que contarme, imaginando escenas, voces, cuando los gritos de la tía interrumpieron mi ensoñación.
-Cierren las ventanas, las puertas, tapen los espejos, saquen los perros, hagan callar al loro, limpien las telarañas del techo, guarden la ropa colgada en el patio, la escoba, la manguera y el escobillón, escondan los bacines debajo de las camas, empezamos el duelo por la abuela.
Órdenes que daba la tía Jane. En un momento hasta me pareció que el tono de su voz tenía un dejo de alegría. Hacía tiempo ansiaba ese momento, digo el de la muerte de la abuela, total no se trataba del fallecimiento de su madre, ni de nadie con quien le haya sido fácil convivir, hasta diría todo lo contrario.
En el rostro de esa mujer se delataba el contento disfrazado de tristeza, con lágrimas que le caían tímidamente. Creo que más de una vez, o mejor, cientos de veces, ella soñó con esa muerte, fantaseó con esa liberación, pero se le escapó un detalle: que los sueños tardan en cumplirse y no siempre se concretan.
Finalmente, la fantasía de la tía se hizo realidad. Descansaría de esa vieja que no la dejaba dormir ni disfrutar de nada que no tuviera que ver con su entorno. Pero a pesar de reconocer que la abuela era una mujer demandante, yo la quería, y la quería mucho.
Desde que nací hasta su muerte la tuve cerca. Durante todos esos años nunca la vi fuera de la casa o de la tienda. No iba de vacaciones a ningún lugar, tampoco de visita a casa de alguna amiga, ni siquiera salía los feriados y domingos, a no ser para ir a la tienda o a la sinagoga para la celebración de alguna festividad. Siempre supe que cuando ya no estuviera, la iría a extrañar, que ella me haría falta, pero jamás de la manera cómo lo sentí, con tanto dolor.
Los velatorios se cumplían en las casas, y aquello significaba un perjuicio enorme para los que la habitábamos. La intimidad de uno se veía violentada por los presentes que, con el pretexto de dar sus condolencias, se metían hasta en los dormitorios y, un poco más, en los cajones de los roperos y de las cómodas para husmear la vida de la familia.
A partir de la muerte de la abuela, mi padre decidió que sería mejor cambiarnos de vivienda y él, de trabajo, como si la presencia de su suegra lo hubiese estancado en un sitio y en un estado del cual no podía despegarse. Y era porque jamás la abuela permitiría que nos mudáramos de esa casa, y dejásemos de ser sus vecinos. Estaba decidida a permanecer en ella y nosotros en la nuestra hasta su muerte. Así fue, por ello mi padre no hizo ningún intento de modificar aquella petición, para evitar algún enfrentamiento entre ambas. Yo pensé que era debido al respeto que le tenían, pero luego descubrí que no se trataba solamente de eso, sino que de miedo, dado que yo soporté ese mismo sentimiento cuando decidí mudarme y tenía que comunicarle a mi madre. Sabía que ella no me comprendería y por ello tampoco aceptaría. Era el mismo temor, ese sentimiento, esa sensación de que traicionaba un mandato y, aunque mi madre siempre propició mi ida, nunca dio el nombre del lugar al que ella deseaba que yo fuera. Creo, además, que eran sólo palabras que contenían un deseo suyo no cumplido, no se trataba de una realidad que tenía que ver conmigo, su hijo, sino con ella y su madre. Ella nunca hubiese soportado ningún otro abandono después de su orfandad.
Por descuido de nuestros padres, mi primo Ariel y yo pudimos asistir al entierro de la abuela, cuando que a los niños les está prohibido entrar al cementerio judío. Afortunadamente, hubo poca gente para la ceremonia, por causa - con seguridad - a la lluvia torrencial que cayó esa siesta, ya que no hubiera querido que me vieran llorar de ese modo. Todavía me producía vergüenza mostrar mis sentimientos, era muy joven para comprender que los duelos son beneficiosos.
Una vez terminado el rito, volvimos a la casa.
Mi madre se encontraba desolada, nunca la vi así entristecida, sufriendo por la muerte de la abuela. Y mi padre, si bien se veía ligeramente compungido y con señales de dolor en el rostro, pero, a la vez, mostraba cierta seguridad, puesto que podría tomar las riendas de su hogar. Caminaba por la casa dando pasos firmes, con el mentón hacia arriba, como si en ese momento debiese revelar su fortaleza de hombre. Pobre, mi tía Jane, llevaba años esperando ese momento, por fin sería ella, el ama de casa, todos los espacios serían suyos, elegiría dónde poner un adorno y dónde otro, definiría el menú que se comería ese día, como también a quién de sus amigas invitar a tornar el té, porque para la abuela ninguna de ellas era merecedora de visitar su casa. Del tío Abraham, el hijo mayor, quien de muy joven se había marchado, no recibimos ninguna respuesta al telegrama en el que su hermano le comunicaba sobre la muerte de su madre.
A la mañana siguiente de aquel día tan triste, me encontré con la sorpresa de que la puerta y la ventana de la pieza de la abuela se encontraban totalmente abiertas, y dentro, la tía y mi madre revisaban las pertenencias de la abuela, como si buscasen algo.
Los cajones se abrían y cerraban, cientos de papeles, algunos escritos, otros no estaban esparcidos al descuido; fotografías y documentos iban al piso, como si no tuviesen ningún valor emocional, como si nunca hubiesen pertenecido a nadie. También el ropero se encontraba a disposición del olvido: para ellas nada de lo que había habitado ahí tenía sentido, o importancia, como si la muerte se hubiese llevado todo lo que a la abuela le perteneció. ¿También su recuerdo?, pensé.
Sentí mucho calor, cuando en realidad no lo hacía. De pie, en el patio, seguí observando el movimiento que había en aquella habitación. Me sentí molesto, pensé que era aún demasiado temprano para empezar a hurgar entre sus pertenencias. Hubiera preferido que se respetara tan siquiera los días que duraban los rezos por su memoria. Todavía debíamos mantener fresco en el recuerdo su olor, su figura, sus pisadas y, sobre todo, su mirada. Era la única manera de conservarla con vida y de rechazar su muerte.
Entonces ya me preocupaban ciertos temas, aunque era muy joven aún para considerarlos. Luego, en el transcurso de los años, los pude ir aclarando. Pensamientos que me llevaron tiempo y labor analizarlos. Todos vinculados con la muerte. Con el aceptar la idea de que lo único que dejamos es lo mismo que llevamos: la nada. Que lo único que sirve es la vida propiamente vivida y a profundizar sobre eso me dediqué.
Me preocupaba saber por cuánto tiempo más perduraría en nuestra memoria la presencia de la abuela. ¿De qué dependerá que la extrañemos, o no? ¿O que la perdamos entre las tantas cosas que la mente se niega a rememorar?
Luego entré a ese lugar silenciado por la muerte, ausente de palabras, sin ruidos, sin latidos, invadido de ausencias, teniendo a la quietud como único huésped.
Me mantuve quieto, parado en la habitación por largo tiempo, mientras el resto de los familiares entraban y salían de ese espacio en el que sólo vegetaban algunos recuerdos y el pasado había dejado de ser presente. El viento entraba por la ventana, lo única que recorría aquel espacio, donde el pensamiento también transitaba desnudo, sin ningún ropaje que lo cubriese contra el olvido.
Permanecí ocioso, con los sentimientos vacíos, en silencio. Total, afuera nadie tendría respuesta para mis dudas. Aquella pieza, en poco tiempo, se convirtió en un depósito, sin más función que la de guardar trastos viejos. Dejé de visitar la casa de los tíos. Dejé de hablar y preguntar sobre cualquier tema que tuviese relación con esa habitación y con la abuela y, cuando se recordaba un episodio relacionado con ella, yo me apartaba, para protegerla y protegerme; entonces, buscaba una oración, algún rezo, algún rito que cumplir en memoria de la abuela, pero no encontré ninguno. Me quedé sin consuelo, no más que con el de haberla querido.
Poco tiempo después, nos mudamos.
No fue fácil abandonar aquella casa por otra en la que no había patio, ni barullos, ni olores que la identificasen con alguien o algo; sino otros, diferentes, y que llegaban del exterior.
Nuestro nuevo hogar no estaba lejos del otro, pero aún así el cambio fue enorme, terrible. Para mí, lo más doloroso fue mudarme de barrio.
A partir de la muerte de la abuela los cambios se fueron dando paulatinamente. Desde lo que significó el abandonar la antigua vivienda hasta las perspectivas que tenían mis padres en cuanto al futuro de nuestra familia, sobre todo, al mío.



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