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jueves, 2 de diciembre de 2010

RUBÉN BAREIRO SAGUIER - LA ROSA AZUL (CUENTOS) - RUBEN BAREIRO SAGUIER: UNA OBRA, UN HOMBRE, UN PUEBLO - ORLANDO JIMENO-GRENDI / Editorial Servilibro, 2006.



LA ROSA AZUL
Cuentos de
Editorial Servilibro,
(Colección Bareiro Saguier – N º 3)
Dirección editorial: Vidalia Sánchez
Diseño de tapa y diagramación:
Claudia López – Bertha Jerusewich
(2ª Edición. 2006, Primera edición, Julio 2005)
Asunción-Paraguay 2006
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LA ROSA AZUL. RUBÉN BAREIRO SAGUIER personifica para mí el Paraguay. Encarna mi Paraguay, proyección de un cosmos indisolublemente ligado a su persona, a partir de una identificación consubstancial con la tierra de origen. Rubén parece modelado con la argamasa de su pueblo. Su oriundez intrínseca, entrañada, su activa y versada pertenencia me conmueven. Rubén Bareiro Saguier es el intermediario más adherente y más comunicativo de su comunidad cultural e histórica. Casi todo mi saber acerca del Paraguay y mi solidaridad con ese país hermano provienen de mi amigo, el escritor esclarecido que a lo largo de una duradera y conversada convivencia me contagió su pasión nativa y me fue introduciendo en su mundo paraguayo. Me puso en conocimiento de la cosa guaraní, de la singularísima historia de su grey, de su lengua, de sus usos y costumbres, música, cocina, dichos, mitos; todo ese humus humano que se transmuta en arte y literatura, en la de Rubén, palpitante muestra de lo que puede la palabra cuando acoge el hálito de lo paraguayo como modo singular de ver, de vivir y de nombrar.
Rubén Bareiro Saguier ha entramado su existencia personal con la de su colectividad, su íntimo transcurso con los avatares de su país. Desde sus tiempos de estudiante ha librado todos los combates –políticos, estéticos, culturales y lingüísticos- que al Paraguay incumben, ha defendido en múltiples frentes su ideario acerca del sentido y el destino nacionales antes de resultar el Embajador a justo título del Paraguay en Francia, fue para nosotros el Embajador innato. A nadie que yo conozca corresponde mejor esta dignidad. Ella en Rubén atañe a una condición connatural, está por él convertida en esencial identidad.
SAÚL YURKIEVICH. Crítico y poeta argentino

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ÍNDICE:
·         A MODO DE COMENTARIO
·         INTRODUCCIÓN
·         EL SALUDO FINAL DE BORIS
·         CIRCUNSTANCIA IMPREVISTA
·         DÚO DE SILENCIOS HABITADOS
·         CREPÚSCULO DE TARDE EN AMENAZO
·         EL CARTERO DESCALZO
·         EL PEQUEÑO CATECISMO HISTÓRICO Y LAS POLILLAS
·         LA MAR SE LLAMA CHARITO
·         MUÑECA DE TRAPO
·         EL VAGÓN DE LAS MARAVILLAS
·         EL PINDÓ COSMOGÓNICO
·         LA ROSA AZUL



A MODO DE COMENTARIO RUBEN BAREIRO SAGUIER:
UNA OBRA, UN HOMBRE, UN PUEBLO.

Catorce relatos componen esta obra del escritor paraguayo Rubén Bareiro Saguier. ¿Relatos, fábulas, cuentos?
Materia narrativa, en permanente metamorfosis donde lo imaginante deviene imagi-nario creando nuevos códigos de verosimilitud que re-crean la realidad inmediata y contingente.
¿Realidad? Sí, sólo que "literaturizada" según el modo de la alegoría; nos encanta, nos canta y cuenta por su poder evocativo y emblemático. Cita del símbolo y el sentido.
¿Y la otra realidad? ¿La empírica e histórica? Esa no desaparece jamás, obliterada por la frase "retórica", ella surge bajo la soleada corriente de la poesía que corre sobre la superficie de la prosa transmutada, transustancializando la realidad de la ficción en ficción de la realidad. Relato e Historia, fenómeno y epifanía, realidad e imaginario, por la función imaginante, imaginación más que real por la anfibología creadora. Ficción visionaria y topología de semantemas simbólicos, la prosa de Rubén se poetiza en una red de temas existenciales: la muerte, la nostalgia, vector del nunca-jamás, la sangre memoria emblemática del hombre y de la comunidad, la violencia omnipresente, el espacio en su doble función; palabra y lugar elocutorio. Desde donde hablamos y a quien; es decir la tierra como geografía mítica y circunstancia espiritual, como escenario político-social, como "habitat" mito-lógico del hombre natural y naturaleza del hombre cultural.
Tierra incógnita, gran madre, morada del Pastor del Ser (El Poeta), tiempo mítico donde el hombre no se baña jamás dos veces en el mismo río, según el principio de Heráclito.
La tierra es la dimensión espacial de la temporalidad, su ritmo, el instante, átomo pulsátil en la perspectiva del sueño espacial, intimidad material que solicita la empatía visual del poeta. Rubén es el poeta de la vida inmediata, el ve en profundidad, devuelve al oficio de escribir la dignidad eudemónica, allí donde otros practican el eros ludens de la "pluralidad operativa", Rubén mira y ve "en el interior de cada cosa", lo que según Bachelard concede tanta importancia a la imagen material, la sustancia.
Decir imagen material de la sustancia, es des-velar la perspectiva de lo oculto (como en el Dios de Pascal, la sustancia es la evidencia abscondita), dinamizar la subjetividad visionaria de aquello que se presentifica en el tiempo, en un solo momento en un solo lugar.
Ubi y Quando. Geometría sentimental de lo imposible, el hombre busca descifrar el enigma del tiempo en la superficie de lo visible.
Según el perspectivismo, la naturaleza es un punto de vista (la poesía de Octavio Paz o el raciovitalismo de Ortega y Gasset); por ser acorde con esta doctrina citemos a Bachelard para quien "la imagen se duplica en espejo de una psicología de lo imaginante".
Leyendo a Bareiro Saguier, una fenomenología de la percepción lírica nos parece el método más apto para desvelar la red temática que corporiza sus relatos.
En Rubén escribir no es nunca un acto gratuito y su forma del conocimiento lleva a la ética. Su gracia está en la gravedad.
Digamos que para Rubén el mundo sensible es una pasión y una exigencia; la unión mágica de la sensación y el sentimiento. Mirada y conocimiento en el minuto mismo de la imagen. La utopía miniaturizada de una ontología de la mirada, será posible, compatible con el vector transcendente que la conciencia imprime a la mirada, cuando ésta recorre la prosa del mundo. De lo real a lo imaginario o, en sentido inverso, de la emoción intuitiva al intelecto, tan pronto emerge la palabra poética, da nacimiento a la efusión incandescente de estos dos polos.
Seamos platónicos y digamos que la visión mítica es el contrapunto de la dialéctica verbal. ¿Entonces? Sinonimia de: mostrar y demostrar, de ver y saber. Escuchamos con los ojos, vemos con el oído, es el poeta que habla en nosotros, su palabra es nuestra sensación.
Su literatura, como conciencia de lo real, nos tiende el espejo de nuestra subjetividad en acto.
Hablar es imaginar y la imaginación, nos despliega el espacio primitivo donde se despierta nuestra vocación dé identidad, propia del sujeto pensante es que del imperativo dictado por el status del mundo objetivo. La mirada miniaturiza la realidad abstracta del mundo que nos rodea, la inmediatiza y humaniza.
Fertilidad de la mirada, elocuencia de los ojos, discurso del oído, solidaridad de nuestras sensaciones, es la hominidad de la humanidad.
En la prosa de Rubén, los sentidos tienen su propia gramática, la frase enfatiza la empatía del conocimiento, del conocimiento, substancial izando el acto de percibir, restituyéndole su dimensión ética. Presente-pasado, o pasado-presente, pasado preciso o aorístico, pasado que no cesa de pasar, retrofuturo de un pasado que impone su nunca-jamás en el presente-futuro del aún-no, presente que mañana será el Ayer de una quimérica nostalgia.
Tiempo no es jamás neutro y exige de nuestra percepción un compromiso, pues, la subjetividad actualiza la sensación.
El pasado, tiempo psicológico, define su pasado narrativo, gramatical, pues sólo el acto de escribir goza de una actualidad "pura", paradojalmente al acto de leer, levemente anacrónico en relación a la realidad supuesta. Entre prosa y mundo no hay homotecia, hay, sí, la prosa del mundo, es decir, nuestra mirada, nostálgica y dulce-amarga, nuestra mirada en busca de la unidad perdida, nuestra mirada errante entre jirones de tiempo, nuestra mirada hechizada por los instantes que transcurren aboliéndose los unos a los otros. La poesía de esta prosa surge de esa mirada sorprendida por la simultánea pluralidad focalizada en el instante. El paisaje, fruto de la metonimia es, como la pintura, "cosa mental", sometido como nuestros fantasmas a los recuerdos, ergo, a la repetición. El poeta inventa la memoria del recuerdo: "Tutto e ripetizione, ripercorso, ritorno. Infatti anche la primavolta é una seconda volta", nos dice en su diario Pavese, como Unamuno: "Mal que le pese a la razón, hay que pensar con la vida, y mal que le pese a la vida hay que racionalizar el pensamiento". Del sentimiento trágico de la existencia, a lo trágico de la existencia sin sentimiento, he ahí una aporia insoluble para el hombre, sin la facultad de la imaginación.
Unamuno quería animar el universo, personalizándolo a través del pensamiento vital, Rubén lo logra vivificando su escritura o su "escrivida".
La narrativa de Bareiro Saguier, nos desvela la tonalidad afectiva, la continua amenaza que pesa sobre el ser-en-situación, expresando la angustia existencialmente posible, presentificada a través de la exasperación somática del personaje al borde de una situación límite.
Memoria de lo maravilloso y dimensión del Sujeto Trascendente. Es la magia del poeta de Villeta del Guarnipitán, que nos abrirá la puerta de la sapiencia insólita.
ORLANDO JIMENO-GRENDI


INTRODUCCIÓN

A una cierta altura de la vida ya no se tiene edad, sino memoria. El poeta italiano Mario Luzi, parafraseando a Descartes, acuña una frase magnífica: "recuerdo luego existo".
Me doy cuenta, releyendo los cuentos del presente volumen, que la mayoría de los mismos se acercan, transitan los meandros de mi vida, se entremeten en ella, o soy yo quien se desliza entre sus líneas... y me percato que los fui escribiendo día a día, sueño a sueño, vigilia a vigilia.
Aunque recapitulando lo dicho, siempre ha sido así... Escribir es, para mí, una necesidad. Cada vocablo, cada frase, cada poema o cuento, cada libro es el resultado de una profunda carga que se va acumulando, hasta que el peso de la misma desencadena la tormenta de la palabra. La necesidad de transponer el asco y el rechazo ante la degradación de mi sociedad, da origen a parte de mi escritura. La infancia, la prisión y el exilio transitan por páginas y páginas y páginas. ¡Y el amor, esa dimensión absoluta en mi existencia! Las obras de erudición o de análisis que he escrito parten de un interés evidente por un tema, pero su realización obedece a menudo al acicate de una propuesta exterior más profunda. Las otras -las que conforman la dimensión imaginaria, las que vuelven visibles mis fantasmas-, las escribo con la sangre, con las tripas, con las manos de los sueños, con las uñas de las pesadillas. En ellas, en su elaboración, hay algo de automatismo, pero no al estilo de los surrealistas, pues existe siempre una razón de partida. No creo en la gratuidad de la escritura ni en el inicio ni en las consecuencias. Escribo por algo y para alguien; obedezco en ello a una necesidad de comunicar, de comunicarme. Considero que la escritura no se agota en su componente estético: debe ser sostenida por una armazón ética. No hablo de la ideología ni del discurso, sino del espinazo que la sustenta, de las nervaduras que la vuelven sensible, de las venas que la irrigan.
Entiéndase bien, no se trata de un mecanismo automático de causa a efecto. Creo que existe otro sistema de relacionamiento entre la motivación interna y su plasmación en la palabra.
Hace poco me enteré de ciertas investigaciones científicas de dos prestigiosas universidades norteamericanas (Columbia y Harvard) en donde se ha detectado que nuestro planeta posee un núcleo interno de hierro candente que gira más de prisa que la espesa costra de la tierra y de manera casi independiente. Creo que es lo que ocurre con la escritura. El acerado corazón caliente hecho de palabras se libera de las ataduras lógicas, de la cordura racional y elabora su propia dinámica. La obra literaria es la tempestad, la inundación, el terremoto, la borrasca, el vendaval, la sequía, la tormenta, la lluvia mansa... producidos por la aceleración de los latidos en el pecho del escritor, a la imagen de los ritmos diferentes entre las entrañas y la cáscara de nuestra vieja morada' terrestre.
Por otro lado, mi producción está profundamente marcada por el signo del exilio. Mi alejamiento del país -usufructuando una beca del gobierno francés, en 1962- se debió a una necesidad imperiosa de sacar la cabeza del pantano, para no ahogarme. Se trataba de un "extrañamiento voluntario" (con comillas reforzadas), debido al acoso creciente que me impedía trabajar en lo mío: enseñar en la universidad controlada por el sectarismo totalitario, por la represión insoportable y por la consecuente mediocridad, y bien, esta forma de ostracismo fue un revulsivo, una toma de conciencia diferente a propósito de mi realidad. Un primer resultado es un libro de poemas, BIOGRAFÍA DE AUSENTE (1964), cuyo solo título constituye una definición de principios. Mi extrañamiento no implicaba sin embargo interdicción total; con un promedio de año y medio regresaba al país, con lo cual se iba agudizando una cierta crisis personal, de la cual es testimonio el citado volumen de poesía. Uno o dos años después de la publicación de este libro, comienza a incubarse una profunda crisis de conciencia, incrementada por los esporádicos y traumáticos retornos al país. Esa desgarrada experiencia, vivida honda e intensamente, se encuentra en la génesis de mi primer, libro de cuentos, Ojo por diente. Se me impone la profunda degradación de la sociedad paraguaya y la necesidad de dar cuenta del proceso de descomposición: el asco sube a la boca como una incontenible marea.
En esa sal de indignación se nutre el citado libro. La perspectiva que da la distancia permite visualizar la inmensa podredumbre que impregna el "tiempo del desprecio", vigente en la sociedad paraguaya de esa época de la dictadura.
Es el momento en que se me vuelve necesaria la adopción de otro registro expresivo. De golpe, ante la necesidad de conjurar mis fantasmas, especialmente los que poblaban las pesadillas de mi ser colectivo, el lenguaje figurado, las contorsiones de la retórica, los recursos de la metáfora, la sinécdoque o la metonimia, me resultaban un chaleco demasiado estrecho dentro del cual la monstruosidad del cuerpo social reventaba hasta hacer explotar las costuras de las expresiones indirectas, hasta hacer saltar los botones de las imágenes retenidas. Estaba saturado, empachado, intoxicado por las emanaciones tóxicas de una realidad en descomposición. Se me imponía así la prosa, la narrativa, más explícita que la poesía. El paso de ésta al cuento obedece pues, a una necesidad expresiva, a un propósito de "comunicar" cosas, de "decir", en un registro menos constreñido por el lenguaje de los tropos. ¿Por qué el cuento? Porque, además de esa  mayor posibilidad expresiva que entonces sentía, el cuento es un género muy próximo, lindante con la poesía, por la economía textual de síntesis, de concentración que conlleva. Era pues un tránsito natural que me permitía aprovechar mi práctica de la poesía, utilizar los recursos de ésta en los relatos. En cuanto a la mayor comprensión de los textos narrativos, por lo menos una instancia "crítica" los consideró sumamente explícitos, hasta demasiado, y me hizo pagar con la prisión y posterior expulsión del país la amplitud expresiva de los cuentos, cosa que nunca me ocurrió por "razones poéticas". En una cosa coincidíamos la víctima y los victimarios, éstos con una hermenéutica particular. De acuerdo con el comunicado de la policía del dictador, se trataba de un "libro de corte marxista, que con el lenguaje del odio denigra al pueblo paraguayo y a sus autoridades". No creo necesario comentar la calificación del inefable "crítico" policial -(cuentos marxistas)- ni el contenido totalitario de la identificación entre el pueblo y la autoridad del tirano.
El pecado capital de OJO POR DIENTE era que había ganado el Premio de Cuentos de la Casa de las Américas... Pero el más alto galardón que pudo recibir fue la cárcel y el exilio para el contador: luego de pasar un mes y tanto incomunicado en las mazmorras de la policía política, no pude pisar mi tierra durante 17 años. De 1972 a 1989 deambulé por el mundo con mi nostalgia a cuestas y mi combate sin tregua contra el sórdido tirano y su régimen corrupto. En ese lapso sí alterné el panfleto -género que respeto, y cultivé con convicción en las circunstancias pertinentes- con la narrativa, la poesía y el ensayo.
OJO POR DIENTE es un libro enraízado en un mundo rural, casi en su totalidad. En consecuencia está regido por valores propios a esa trama comunitaria. Ello está en consonancia con una violencia, soterrada o manifiesta, practicada como una de las leyes más firmes del comportamiento social.
Esto permite desdramatizar el tremendismo de las situaciones extremas. Así se evita el facilismo realista que produce una carga emocional excesiva en esas situaciones mediante la puesta en escena de los matices con que la vida misma se encarga de reequilibrar cotidianamente el tejido de la colectividad. El texto asume pues esas condiciones y circunstancias, sin maniqueísmo deformante, con rasgos de humor, dentro del marco ambiguo y polifacético con que las mismas se dan en la trayectoria histórica de una comunidad mestiza, culturalmente hablando. Lo cual conduce a dos aspectos importantes, entre otros, de esa realidad.
El primero se refiere a la lengua, y no voy a explayarme sobre el mismo pues lo he hecho en otros trabajos. Sólo quiero indicar que en el libro funciona el idiolecto propio al ambiente -más rural o más urbano- o a los grupos sociales de los actantes. En todo caso, como escritor colonizado que es el autor implícito, usa el castellano paraguayo, vale decir el español con los matices resultantes de las influencias múltiples del guaraní, idioma dominado y mayoritario del Paraguay. Un castellano con presencias subterráneas subrepticias de la lengua indígena (fonéticas, sintácticas, etc.) o con evidentes "interferencias" lexicales. Estas son recuperadas en el contexto narrativo, digeridas textualmente con el procedimiento de "extremo desparpajo" que recomendaba y practicaba Horacio Quiroga, precursor genial en la materia dentro de la narrativa latinoamericana. El segundo aspecto se refiere al vago sincretismo que impregna los actos de la vida cotidiana en una mezcla de catolicismo popular y de animismo guaraní. Aunque, también aquí la religión dominante es la cristiana, ésta se halla empapada por la indígena, ya sea en la práctica ritual que establece relaciones de misteriosa causalidad entre las acciones humanas y las fuerzas naturales, ya al nivel de las creencias o de los símbolos religiosos. Personajes de la mitología guaraní tienen tanta vigencia como los de la cristiana.
Más arriba aludo al exilio, destacando el papel que ocupa en mi obra literaria. Esta circunstancia vital se encuentra muy presente en los libros escritos durante el largo lapso de mi extrañamiento. Y no es para menos, pues en su totalidad el mismo abarca casi treinta años de mi vida.
Me interesa exponer algunas reflexiones sobre el tema. Nunca fui un profesional del exilio: lo sufrí y lo asumí. Esta experiencia tiene, inclusive, su lado positivo. Para mí fue, sobre todo en la década inicial, una oportunidad de ver mi país, su entidad social en perspectiva, con un distanciamiento saludable. Además siempre evité caer en la trampa de la nostalgia, que frecuentemente distorsiona la realidad, la edulcora con matices de autocompasión. Es más, buena parte de mi formación intelectual la debo a la universidad francesa -como estudiante primero, como docente después-, en donde aprendí el rigor de pensamiento y de expresión (Francia "me curó del floripondio", puedo decir, parafraseando al entrañable Julio Cortázar). Claro que hubo momentos duros, como cuando me quedé sin ese pedazo de papel en el que constaba mi origen, mi identidad. Creo que fue una reacción de quien magnifica el valor de la letra y la asimila y confunde con la realidad. Pasado el momento de la depresión, obtuve el asilo político y viajé por todas partes con mi "pasaporte blue jeans" (por el color y la consistencia de las tapas), otorgado por la oficina francesa de las Naciones Unidas, que guardo como un recuerdo precioso. Válido para cualquier parte del mundo... menos un sitio llamado Paraguay. Pero ese lugar "prohibido" yo lo tenía injertado en el pecho, tatuado bajo la piel; lo incrusté en mis palabras, que me lo guardaron, me lo restituyeron con amor, sin odio, a veces con dolor. Dos libros llevan la impronta de esa larga andadura de vagamundo del exilio asumido. Uno de poesía. Estancias/ Estancias/ Querencias, y otro de cuentos, El séptimo pétalo del viento. Ellos me sostuvieron hasta que regresé, cuando el tirano fue expulsado. Mi venganza fue verlo huir, sufrir la misma pena que nos infligió a tantos, con la agravante de la vejez, la soledad, el desprecio, la amargura, sin siquiera saber qué hacer con la inmensa fortuna robada a su pueblo.
Termino con algunas alusiones al plano retórico, haciendo una aclaración previa: la de que el "arte poética", si alguna puede descubrirse en mis libros, no ha precedido a la elaboración de los cuentos, sino que se ha ido forjando en la práctica escritural. Entendámonos bien, no ha precedido ni presidido como fórmula o proyectos previos, lo cual no quiere decir que el autor no estuviera al tanto de los principios de los géneros cultivados, o aún reflexionado a propósito de ellos, en función de la cátedra o de la investigación crítica. Pero una cosa es el conocimiento de las reglas y otra la sujeción a las mismas en el momento de la escritura. En el trajín de la faena no pienso mucho en moldes y pautas, en comienzos, desarrollos o finales. Con vigor apelo a la instancia de las voces narrativas que con su fuerza inconsciente van imponiendo situaciones y trayectorias previstas en un juego dialéctico entre el deseo o la voluntad del autor implícito y el poder del narrador. Esto es cierto tanto para la historia como para el lugar que ocupan los personajes en ella. Si un momento de elaboración consciente plena existe, es el de la revisión, de las correcciones y modificaciones finales. A todo lo cual quiero agregar tres factores decisivos: la impronta de la oralidad, el valor del silencio y la eficacia de la ironía.
Y aquí no acaba el trayecto de la escritura. En efecto, cuando libro un texto literario al eventual desconocido "honorable" lector, considero que, implícitamente, estoy haciéndole una propuesta, planteándole un enigma a través de múltiples indicios, desafiándole a descifrarlo. Lo que propongo es mi propia formulación de la historia dentro de un conjunto de valores, la cristalización de un sistema semántico que nació y creció en mis entrañas. El máximo reto que lanza el escritor es el de que cuando su obra llegue al destinatario, ella se encarne en su imaginario, aunque el significado que el mismo le dé no coincida con el originario. Si se da esta situación, quiere decir que mi voz tiene un sentido polisémico, y que a partir de los míos, el lector puede des-entrañar sus propios sueños.
Creo que no puede haber mayor satisfacción para quien se dedica a manipular acariciando las palabras, que es una de las tantas maneras de soñar.
El regreso me hizo recuperar plenamente, en presencia física, mi condición de "mancebo de la tierra".
Seguí escribiendo poesía, ensayo y cuento. Pero de las tres especificidades, la que no recogí en libro es la narrativa. ¿Por qué? Yo mismo no lo sé, a ciencia cierta. El material -más bien abundante- fue amontonándose en cuadernos, hojas sueltas o pedacitos de papel, cuando era preciso fijar, en medio de la noche -por ejemplo- lo que el sueño me había revelado.
Fue necesario, quizá, que una intervención quirúrgica me retuviera en la casa para sentarme en mi escritorio, durante dos meses y medio, más o menos, para que me pusiera a elaborar este libro de cuentos, que lleva el nombre de uno que ya estaba escrito, "LA ROSA AZUL" (aunque el texto, aparecido en traducción al francés ha sido sustancialmente modificado en el que recoge este volumen). Otros dos, ya escritos pero inéditos, con pequeños ajustes, aparecen en esta recopilación. Los restantes fueron elaborados a partir de los "apuntes" a los que aludí, en el lapso de mi convalecencia.
Es posible que el estado en el que uno se encuentra durante el proceso de recuperación de la salud, haya influido, de alguna manera, en el clima por momentos delirante, de estos cuentos. Pero, ¿qué es la escritura sino la dimensión del devaneo o del desvarío con la cual uno se libera de las hormas o los chalecos de fuerza que la vida cotidiana nos impone con frecuencia? Y ello porque la escritura es la pasión liberadora, como el amor.



EL SALUDO FINAL DE BORIS  (CUENTO)

-Tengo que hablarte, por favor no te vayas sin verme. Nos encontramos a las 12 y 10 en la puerta. ¡Sin falta!
La voz de Gustavo sonó grave. Colgué el auricular, pensativo, y continué con el arqueo semanal de los sábados.
Cuando llegué al vestíbulo central lo vi salir de su despacho de Vice-Gerente. Pero no venía solo. Me sorprendió ver a Marina con el pelo desgreñado, la chaqueta mal prendida y la pintura corrida en el rostro descompuesto. La "Negra", siempre tan coqueta y elegante, tan alegre y pispireta, arrastraba los pies al caminar, mirando el suelo. Llegamos juntos a la salida. La luz de la calle alumbró el rostro tenso, la palidez de Gustavo. Pude ver los ojos hinchados de Marina. Cuando transponíamos el umbral, me espetó la noticia:
-¡Boris se suicidó...!
Caminamos como autómatas, silenciosos, llegamos al café frente al banco; como si nos hubiéramos concertado sin palabras, nos sentamos en la mesa del fondo. Gustavo pidió tres whiskys sin consultar a nadie.
-No sé..., no sé por qué... -repetía Marina entre hipos nerviosos y lagrimones-. Esta mañana al llegar a la pensión había un gran alboroto. Los policías me interrogaron, y yo no sé nada. Doña Maruja descubrió el cadáver en la cama hoy temprano. Sospechó algo, pues desde ayer de tarde en que se encerró, no había escuchado ningún ruido en la habitación... Fue ella quien me llamó... Sí, lo vi allí tendido, como siempre, tan... -Marina se calló y miró por lo bajo a Gustavo, quien hizo una mueca de disgusto-. A quien otro podía apelar..., lo siento, pero... -continuó con voz lastimera, hasta que una especie de sollozo parecido a una tos de perro le cortó la palabra.
Mi amigo seguía lívido. Lo conocía bastante como para adivinar la mezcla de cólera, de disgusto, de compasión, de furia que lo dominaba. Me fijé en las contracciones nerviosas de las manos, en el rictus amargo que le deformaba la mejilla izquierda. Conocía esos síntomas. Mientras él le hacía preguntas monosilábicas y embarazosas a Marina, me acordé de Boris, del "bello Boris". Había aparecido sin que nadie supiera nunca de dónde venía ni a qué se dedicaba.
-Soy ruso- solía decir en su media lengua. Hosco, misterioso y apuesto, su atlética figura, sus intensos ojos azules, sus cabellos rizados no habían pasado desapercibidos, sobre todo entre las mujeres. Unos decían que era espía soviético, lo que Antonio negaba categóricamente.
-En el partido nadie lo conoce, nadie sabe nada de él -afirmaba, y agregaba malicioso -Creo que más bien trabaja para la C.I.A....
Gustavo repetía esta última versión, más por despecho que por convicción. Fue la misma Marina quien le contó de sus relaciones con Boris. Atravesaban una de las tremendas borrascas en sus tormentosos amores. La crisis había coincidido con el nacimiento de Andrés, el segundo hijo de Gustavo. Amores culpables, semiclandestinos, habían comenzado el mismo día del matrimonio de Gustavo con Matilde.
Gustavo, esta es tu prima Marina, la hija de Vicente... -le había dicho su madre.
Y al darse vuelta le quemó el fuego de unos enormes ojos negros, le encegueció el resplandor casi azul de los pelos de la mocosa, que le llegaban a la cintura. El mohín pícaro y la sonrisa abierta terminaron de anonadarle. Fue un flechazo, un súbito amor, seguramente incentivado por el vago olor incestuoso, entre la adolescente burbujeante y provocadora con sus calcetines blancos, y el más que treintañero primo que, para más, estrenaba ese día su condición de cónyuge. Todo empujaba al abismo de la transgresión, y aquello no quedó en simple deslumbramiento, en pasajero o antojadizo capricho de día de bodas. Sucesivos encuentros familiares, en gran medida provocados por el uno o la otra, desembocaron en citas inicialmente discretas o clandestinas, que se fueron volviendo cada vez menos secretas. Menos reservadas y más tempestuosas, por las reacciones de familiares y amigos, por las oleadas de arrepentimientos o de celos que desgarraban a los protagonistas del difícil vínculo sentimental sigiloso, entre subrepticio y escandalosamente público. Como amigo y confidente yo tenía derecho a todos los detalles, y más de una vez había intervenido, como cómplice, para intentar moderar las evidencias, disipar la humareda del fuego pasional, o aún para recomponer, bajo la ceniza caliente, los restos del rescoldo entre los tortuosos amantes.

El resquicio provocado por el nacimiento de Andrés, por el que entró Boris, no impedía que Marina y Gustavo se vieran, se encontraran en las múltiples reuniones, a menudo provocadas ex-profeso, en casa de los amigos comunes, en las recepciones o recitales que, con frecuencia, reunían a los miembros de la tribu. En esas ocasiones, yo seguía divertido esos encuentros borrascosos, escuchaba fragmentos de las conversaciones cargadas de reproches y arrumacos, de piropos y de insultos.
Pero, además, fui testigo obligado de los raros, de los delirantes encuentros entre Boris y Gustavo, provocados, buscados por éste.
-Acompañame a mi sesión de masoquismo... -me pedía en tono de ruego.
Es así como, después de nuestras tertulias en "El Bosco", matizadas por intensas discusiones inteligentes, salpicadas de peroraciones brillantes, nos íbamos a buscar a Boris en el bar "Iris", cafetín sórdido en el que el ruso bebía solitario sus copas de aguardiente hasta muy tarde. Sólo nos quedábamos si estaba acodado en su mesa del fondo, con la mirada perdida en el vacío.
Mi amigo, el intelectual refinado, siempre tan pulcro y discreto, se volvía en esas oportunidades un provocador bravucón y altanero. Asumía una personalidad totalmente desconocida para mí.
-Hola Boris... -gritaba desde la puerta-Siempre tan atractivo... -proseguía socarronamente, y me invitaba a sentarnos en la mesa del ruso.
El aludido levantaba la intensa mirada azul, la fijaba displicentemente en Gustavo y contestaba con un gruñido a guisa de saludo. Poco y nada se ocupaba de mí, hasta creo que no me veía. Whisky tras whisky, broma pesada tras risotada chabacana, continuaba hostigando al ruso con aire desafiante y ese vozarrón de estibador que no sé de donde lo sacaba. Boris, hermético y distante, le seguía el juego a su manera. Creo que lo respetaba, pues si hubiera querido, el hombrón rubio, con una o dos bofetadas hubiese podido tumbar al pequeño y relleno poeta. Sabíamos de sus coléricas y violentas reacciones, durante las cuales había dejado tendido en el piso del bar a más de un gracioso que quería farrearle. En ese lapso de las relaciones entre Boris y Marina, tres veces lo acompañé a esa extraña ceremonia, algo así como un galleo de torero picado frente al robusto toro ruso, ese rival que parecía guardarle un oscuro aprecio. Algún lazo misterioso que pasaba por los vericuetos de humores y sentimientos, pasiones y estremecimientos, indirectamente compartidos, parecía unirlos. La metamorfosis del fino poeta en rufián de pacotilla y la mansedumbre del hosco, intratable y enigmático Boris, eran para mí las pruebas de una ambigua atracción-repulsión entre ambos.

Me sacó de mis cavilaciones la voz de Gustavo. -Bueno, vamos a buscar una funeraria. Marina irá a arreglar con doña Maruja los trámites para el sepelio.

"La Serenidad. Buen precio, bajo costo. Atención en nuestros salones o a domicilio". Gustavo leyó en voz alta el letrero, repitió la frase "bajo costo", y entramos en el lúgubre salón. La discusión con el dueño de la funeraria fue breve. -No, no, el más barato; de pino barnizado, claro... -decía Gustavo-. Del alquiler del nicho se encarga usted. ¿Tres meses es el más corto plazo? Bueno, ése.
Adquirió un cajón de dos metros, por las dudas, pues no sabíamos la altura exacta de Boris. Serían las tres cuando subimos al furgón fúnebre, con el chofer y un ayudante, y nos dirigimos hacia la pensión de doña Maruja, en los altos del bar
"Iris". Y de allí al cementerio, luego de los ritos cumplidos fríamente por los empleados de la funeraria. Las mujeres lloriqueaban mientras éstos soldaban y atornillaban el féretro. El único boato era un ramo de rosas semi-marchitas que la dueña de la pensión tomó, al pasar, en la mesa del comedor.
Un espeso silencio, como salido del largo cajón negro y lustroso, nos invadió a los miembros de la escuálida comitiva, cada cual rumiando sus propios pensamientos. Avanzábamos lenta, solemnemente, por las calles morosas y grises de un sábado en la tarde. Extraño, desflecado cortejo remontando la avenida cenicienta del otoño que conduce al cementerio. Un ataúd negro y reluciente, unas rosas ajadas encima y cuatro gatos -literalmente- siguiendo a ese muerto casi desconocido. Pero, ¿qué nos unía a ese cadáver prácticamente anónimo para nosotros? Poca cosa, la hojarasca de ambiguos sentimientos arrastrada por el viento de la casualidad. La chamusquina vengativa o despechada de una muchacha de sangre caliente; la rabia -la compasión, quizá- de su amante, mi amigo fraterno, y la caridad maternal de una vieja patrona de pensión. Extravagante séquito, digno del insólito personaje, del peregrino espectro que acompañábamos en su último viaje, de la nada a la nada. "Vanitas, vanitatem", de golpe me di cuenta que habíamos llegado al portón del cementerio, sin que ningún niño hubiera arrojado una sola flor hacia el solitario furgón.
Cuando salíamos del camposanto, el silencio oscuro del atardecer cayó sobre nosotros, sumándose a la tristeza sórdida que nos envolvía. Doña Maruja se había marchado por su lado. Los tres otros nos encontramos parados en lo alto de la escalinata. Marina levantó la mano y mostró el bar de enfrente, "El Quitapenas".
-Tomamos algo... -dijo tímidamente.
-¡No! Nosotros nos vamos -contestó ásperamente Gustavo.
-¡Adiós!
Me tomó firmemente del brazo y fuimos caminando hacia la derecha. Con el rabillo del ojo vi a Marina descender lentamente las escaleras y marcharse hacia la dirección opuesta. Me vino a la memoria la figura de una muchacha que actuaba de payaso en el circo. Una imagen de recóndita desolación que me volvía desde algún perdido callejón de la infancia.
-La verdad es que no tengo ninguna gana de ir a la casa...- me dijo, dejándose convencer fácilmente cuando le propuse. Mónica, a quien yo había tenido al tanto de todo por teléfono, nos estaba esperando. Ella lo apreciaba mucho, y Gustavo le correspondía afectuosamente. Hizo pasar por alto las peripecias y penurias vividas durante la dura jornada. Y cuando mi amigo quiso hablar de ello, le puso un dedo sobre la boca y un vaso en la mano, con una mezcla de gin y whisky, que preparaba muy bien. Buena falta nos hacía el trago; nos reconfortó. Hablamos de bueyes perdidos, y después de vaciar cinco o seis copas de la explosiva mezcla, pasamos a la mesa, y seguimos bebiendo abundante vino. De manera que estábamos bien cargados cuando terminamos de cenar. Y con ganas, ahora sí, de hablar de lo acontecido,- en especial de Boris, cuyo misterioso paso entre nosotros y su más enigmático suicidio, seguía despertando nuestra intrigada curiosidad. Luego de algunas reflexiones sobre la fugacidad de la vida, de cómo llega la muerte, "tan callando", comenzamos a divagar sobre el reino de la sombra, ese más allá -que nos obsedía en ese momento- del que nadie volvió para contar. Hija de la noche, hermana del sueño, comenzamos a recitar lugares comunes.
A medida que hablaba, Gustavo empezaba a transformarse, a asumir esa extraña personalidad que le conocí cuando los encuentros con Boris en el bar "Iris".
-Pero, ¿será el fin de todo? -preguntó de golpe. -Incluso para los que no han superado los más bajos niveles de lo material, de lo bestial, habrá un lugar, el averno, el limbo..., qué sé yo... Hay muchos que creen en la posibilidad de comunicación con los muertos. ¿Ustedes nunca tuvieron ninguna experiencia de espiritismo...?
Nos miramos; ambos hicimos un gesto negativo con la cabeza.
-Yo tampoco... ¿Y si intentamos hablar con Boris? -insistió.
Lo noté muy inquieto, como deseoso de llevar a la práctica su propuesta. Luego de algunos comentarios sobre amigos que habían participado en sesiones de ocultismo, de recordar algunas lecturas fragmentarias de Alain Kardec, de Madame Blavabsky, me acordé dé la banqueta con tres patas que estaba en el desván. Y fui a buscarla. La pusimos al costado de la mesa del comedor con una vela encendida encima. Me acordé de una foto que había tomado hacía tiempo en la fosa común del cementerio y la coloqué contra el candelero. Se veía en ella un ataúd despanzurrado en cuyo fondo yacía un cadáver medio descompuesto, en el que la calavera aparecía en todo su macabro esplendor. Mientras yo hacía los arreglos adecuados, la puesta en escena necesaria, Gustavo sacó la estilográfica del bolsillo, le pidió un papel a Mónica y se sentó a escribir febrilmente. Adepto de la escritura automática -"el maestro Bretón", solía decir admirativamente-, lo vi garrapatear en la hoja como en trance. La mano le temblaba, y la voz cuando, pálido se levantó y nos leyó lo que acababa de escribir:

Aquí estoy
Una dulzura no puede abandonarme
¡Es una desgracia!
Ella me persigue
Viejo gesto, más viejo que
El hueso que me sustenta.

Ya soy para ustedes lo que querían...
Ya no me defiendo por fin
¡Haced de mí lo que queráis!

Pero insisto en mi resolución de resistir
De algún modo,
Amigos míos.

Me costó reconocer su letra -tan despareja en el papel-, regularmente cursiva y de trazos muy regulares. Pusimos el poema al lado de la foto. Y muy excitado, nos sentamos alrededor del trípode, luego de apagar la luz. Cuando Gustavo acerco su meñique al mío, sentí que su mano ardía. Nos concentramos un buen rato antes que nuestro amigo empezara a hablar con la misma voz provocadora que usaba al dirigirse al ruso en el "Iris".
-¡Boris, si estás por ahí, en algún lugar y me oyes, contesta! -se hizo un largo silencio- Boris, a tí te hablo, a tí, el bello Boris, el coqueto... ! ¡Si eres tan Don Juan, demuéstralo...!
No sé si era antojo mío, o si los otros también sintieron el leve movimiento de la mesa, pero a mí se me pusieron los pelos de punta; me pareció sentir una cuarta presencia el la pieza.
-Boris...! ¿Estás ahí, tú, el fanfarrón...? -la mesa crujía, se bamboleaba. Gustavo, transportado, prosiguió-. ¡Boris, tú el robusto, el varonil... !, dónde está tu fuerza..., ¡Demuéstralo...!
Sentí que la mesa se levantaba del piso, que pese a la resistencia que oponía, que oponíamos, para atajarla -los músculos del brazo me dolían-, no podíamos evitar que subiera, subiera, varios centímetros.
-¡No más!- gritó Gustavo, al tiempo que retirábamos las manos y la mesa caía con estrépito al suelo
-¡No más! -insistió, y de un salto encendió la luz.
Estaba verde, la frente le sudaba. Fui al bar, serví tres copas de whisky, que nos tomamos de un solo trago. Nadie pronunció ni una palabra.
-Me voy... -dijo Gustavo, ya desde la puerta, sin volver el rostro. Mónica estaba clavada en su silla; yo tampoco le contesté.


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AUGUSTO ROA BASTOS
“CAÍDAS Y RESURRECCIONES DE UN PUEBLO”
por RUBÉN BAREIRO SAGUIER
Editorial Servilibro, Asunción-Paraguay 2006
(Colección Bareiro Saguier – Nº 4)

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