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martes, 26 de abril de 2011

MARY MONTE DE LÓPEZ MOREIRA - ADELA Y CELSA SPERATTI / PIONERAS DEL MAGISTERIO NACIONAL - EDITORIAL EL LECTOR - COLECCION PROTAGONISTAS Nº 7, 2011



ADELA Y CELSA SPERATTI
PIONERAS DEL MAGISTERIO NACIONAL
COLECCION PROTAGONISTAS Nº 7
© Editorial El Lector
Director General: PABLO LEÓN BURIÁN
Coordinador Editorial: BERNARDO NERI FARINA
Director de la Colección: HERIB CABALLERO CAMPOS
Diseño de Tapa: DENIS CONDORETTY
Corrección: RODOLFO INSAURRALDE
Hecho el depósito que marca la Ley 1328/98
ISBN 978-99953-1-134-6
El Lector 1: 25 de Mayo y Antequera.
Tel. 491 966 - 493 908
El Lector II: San Martín c/ Austria.
Tel. 610 639 - 614 258/9
Esta edición consta de 15.000 ejemplares
Asunción – Paraguay 2011




CONTENIDO
PRÓLOGO
INTRODUCCIÓN
I. LOS TRÁGICOS AÑOS DE LA GUERRA
1. BARRERO GRANDE
2. LUQUE
3. FINAL DE LA GUERRA
4. LA INMIGRACIÓN FORZOSA
II. EL AUGE DEL NORMALISMO
1. PRIMEROS AÑOS EN LA ARGENTINA
2. LA EDUCACIÓN PÚBLICA DEL PARAGUAY EN LA POSGUERRA
3. CONCEPCIÓN DEL URUGUAY
4. VOCACIÓN AL MAGISTERIO
5. PRIMERAS FUNCIONES EN LA DOCENCIA
III. EL RETORNO A LA PATRIA
1. POLÍTICAS EDUCATIVAS EN EL PARAGUAY HACIA 1890
2. LA SUPERINTENDENCIA DE ATANASIO RIERA
3. EL RETORNO
IV PIONERAS DEL MAGISTERIO PARAGUAYO
1. LA ESCUELA GRADUADA DE LA CAPITAL
2. LA ESCUELA DE PRECEPTORAS
3. ACTIVIDADES CULTURALES
4. LA ESCUELA NORMAL
5. LA PARCA VORAZ
V. EN POS DE SUS HUELLAS
VI. HOMENAJES PÓSTUMOS
1. SEGUNDO ANIVERSARIO
2. REVISTA ADELA SPERATTI
3. MONUMENTO ESCULTÓRICO
4. POESÍAS DEDICADAS A ADELA SPERATTI
5. HOMENAJE EN LA ESCUELA NORMAL DE CONCEPCIÓN DEL URUGUAY
6. ESCUELAS
8. CALLES
9. PREMIO A LA EXCELENCIA DOCENTE
10. BILLETES DE 2.000 GS.
VII. CONCLUSIÓN 
VII. CRONOLOGÍA
ANEXOS
FUENTES CONSULTADAS 
LA AUTORA



PRÓLOGO
         Este volumen de la colección tiene la peculiaridad de desarrollar las biografías de dos hermanas que con la proyección de sus vidas han sido y siguen siendo el símbolo de la Educación a fines del siglo XIX en nuestro país. En estas biografías muy bien escritas por la Dra. Mary Monte de López Moreira, destacada historiadora compatriota, podemos apreciar las vidas de dos mujeres que nacieron durante la Guerra contra la Triple Alianza (1864-1870).
         Adela y Celsa encarnan a las mujeres que tuvieron que levantar el país de las ruinas, esas niñas quienes con el sacrificio de su madre pudieron recibir posiblemente la mejor educación que una mujer en el siglo XIX en toda la región. Gracias a su formación en la Escuela Normal de Concepción del Uruguay, ellas pudieron destacarse como docentes en la Argentina.
         La fama de las mismas había llegado hasta el país, en cuyo seno se iniciaba la reorganización. Por iniciativa de Atanasio Riera y de Rosa Peña de González, ellas volvieron a su patria junto a su meritoria madre Dolores Speratti, una mañana de marzo de 1890, veinte años después de finalizada la hecatombe, mes en el que abrían sus puertas las aulas de la entonces recién fundada Universidad Nacional de Asunción. Nuevos tiempos se vivían, el esfuerzo de destacados educadores comenzaría su afanosa siembra por desarrollar la educación, la cultura y por ende el progreso de la República.
         La investigación llevada a cabo por la Dra. Monte de López Moreira tiene el gran mérito de mostrarnos el contexto en el cual desarrollaron sus vidas las hermanas Speratti y explicarnos con singular destaque cómo ellas contribuyeron al desarrollo del sistema educativo paraguayo.
         Además no es menor el hallazgo histórico realizado por la autor sobre el origen de las hermanas Speratti, mediante el hallazgo de un documento en el que irrefutablemente demuestra que Adela y Celsa son bisnietas de la viuda del Brigadier Fulgencio Yegros, Josefa Facunda Speratti.
         Josefa Facunda Speratti engendró un hijo en 1830, a quien bautizó Miguel José Speratti, el cual a su vez tuvo una hija Dolores, madre de las célebres educadoras paraguayas.
         Al igual que varios de los libros de la presente colección este se constituye en la primera biografía extensa de Adela y Celsa. En el mismo además de conocer su origen, sus estudios, la autora nos aporta datos inéditos sobre los planes de estudios implementados en la Escuela Normal bajo la dirección de las hermanas Speratti.
         Debemos agradecer a la autora por esta obra que nos permite conocer a dos destacadas mujeres paraguayas que se ganaron su sitial por mérito propio, pues con su labor formaron a generaciones de paraguayos, y revolucionaron la cultura paraguaya.
         Destacamos por último el importante dato proporcionado en el libro, que dos alumnas, Mamona Ferreira y Serafina Dávalos, formadas por ellas sean las iniciadoras del movimiento femenista en el Paraguay.
Asunción, abril de 2011
HERIB CABALLERO CAMPOS


INTRODUCCIÓN
         Finalizada la Guerra contra la Triple Alianza, la tarea de reconstrucción nacional evidenciaba un cúmulo de dificultosas complejidades, no solo porque los cinco años de tragedia aún estaban latentes en la memoria de los sobrevivientes, sino también inmensas pérdidas, en todos los órdenes, ocasionadas por la cruenta conflagración. El aspecto demográfico se vio lesionado en gran manera, ya que en 1862 el Paraguay registraba una población aproximada de unos 450.000 habitantes, y una década más tarde el censo -realizado por iniciativa del gobierno- arrojaba la cifra de 230.000 personas, de las cuales 30.000 eran extranjeros, casi todos integrantes del ejército de ocupación.
         Gran parte de los sobrevivientes eran mujeres, niños y ancianos. Solo unos 28.000 varones contaban con más de 14 años de edad. Sin embargo, en los años posteriores este desequilibrio social no tuvo efectos negativos, pues muy pronto, por la "escasez varonil", proliferaron las descendencias ilegítimas y las familias matriarcales, motivo de un progresivo repoblamiento del país.
         El Paraguay se hallaba totalmente en ruinas. Los poblados del interior y los terrenos de granjerías habían sido abandonados y la casi totalidad de las propiedades se encontraban devastadas, ya fuera por los saqueos de los aliados o por la táctica de tierra arrasada a que recurriese Francisco Solano López en los últimos dos años de la contienda. Un porcentaje elevado de sobrevivientes deambulaban por todo el territorio nacional, desfalleciendo, a veces, de hambre o de agotamiento. Solo aquellos parajes cuyos hombres tuvieron la relativa oportunidad de caer prisioneros al principio de la contienda o cuyas mujeres lograron evadirse de ser "residentas", como sucedió con Villarrica en la etapa de la posguerra, ofrecían un paisaje menos desolador.
         El desarrollo económico implantado en el transcurso de los gobiernos de los López fue bruscamente interrumpido por la guerra; así como las innovaciones tecnológicas que se instalaron en el país gracias a la contratación de peritos extranjeros, quienes erigieron -con la intervención de mano de obra nacional- los arsenales y astilleros instalados en la ribera, el ferrocarril, el telégrafo, la fundición de Ybycuí y otras industrias. Esta última fábrica fue destruida por las tropas imperiales a mediados de 1869, y gran parte de las maquinarias y herramientas de los arsenales y astilleros fue trasladada al Brasil. Además, la mayoría de los técnicos extranjeros y paraguayos habían fallecido durante la contienda, de tal forma que los sobrevivientes no conocieron los oficios en los cuales sus antecesores se habían desempeñado de manera competente e idónea.
         A la pérdida de las industrias, tan florecientes antes de la guerra, se sumó la ruina física de las comunicaciones viales y fluviales. Los caminos reales, existentes desde el período colonial, las picadas que unían las distintas poblaciones y los puentes fueron totalmente destruidos; las vías férreas fueron desmanteladas por las tropas paraguayas en su retirada. Los vapores de la marina mercante, que otrora surcaran los ríos transportando hacia el Atlántico los productos nacionales, habían desaparecido después de la batalla de Riachuelo, en 1865.
         La explotación agropecuaria también había sufrido cuantiosas pérdidas. Antes de la contienda, el Paraguay contaba con una existencia de más de dos millones de animales vacunos criados en las "Estancias de la Patria" y en haciendas particulares. En 1870, la producción bajó a 15.000 cabezas. Igualmente, de las 205.000 hectáreas cultivadas en todo el territorio nacional, en el primer lustro de la posguerra se redujeron a solo 64.000.
         Casi toda la reconstrucción económica del país recayó en la población femenina. Fueron las mujeres de todas las condiciones sociales quienes se dedicaron a las faenas rurales, al comercia y a la industria. Comercializaban sus productos en los mercados; viajaban de una localidad a otra comprando y vendiendo, abasteciendo de esta manera a toda la población sobreviviente. No escatimaron en trabajar como estibadoras en los puertos del país y potencialmente se volvieron a incrementar las industrias caseras, muy corrientes durante la dictadura francista, entre ellas: el tabaco, la miel, los dulces, tejidos, etc. La situación socioeconómica del Paraguay en esta etapa había retrocedido más de un siglo, y en estas condiciones haría su entrada al concierto internacional en circunstancias excesivamente inferiores frente a los dos países vecinos y victoriosos.
         No obstante, las ansias de superar los problemas de la escasa población sobreviviente fueron superiores a las adversidades y a las trabas. La insuficiencia de brazos varoniles, el escaso desarrollo productivo y el país sumido en la más penosa miseria no menguaron las perspectivas de levantar a la nación de sus cenizas. Uno de los canales para ese cometido radicó, esencialmente, en la educación. Poco antes de finalizar la contienda y durante los primeros meses de la ocupación aliada, este sector mereció una relevante prioridad.
         En el transcurso de los primeros gobiernos independientes, la instrucción pública siguió la línea directriz estipulada por el Bando del 6 de enero de 1812, uno de los documentos más trascendentales en la historia de la cultura paraguaya. Mediante ese decreto se declaró la educación primaria obligatoria, aunque era sólo para varones y no para niñas. Asimismo, los docentes eran también varones. Una excepción fue el caso de doña Petrona Regalada Rodríguez de Francia quien -en el período de la dictadura francista- ejercía la docencia en una escuelita de su propiedad, donde recibía a niñas de la comunidad asuncena y de sus alrededores. Durante la última etapa del gobierno de don Carlos Antonio López, la educación femenina fue atendida, aunque de manera muy restringida, pues su concurrencia se limitó a las -niñas de la alta sociedad. Gracias a la llegada de los técnicos europeos, proliferaron las escuelas privadas y fueron, generalmente, las esposas de aquellos quienes emprendieron la tarea de educar a las jóvenes de la aristocracia asuncena.
         En 1862, año del fallecimiento del presidente Carlos Antonio López, funcionaban en todo el país un total de 435 escuelas públicas, a las cuales asistían unos 24.524 estudiantes. Cada departamento rural contaba con sus establecimientos escolares. Los mejores alumnos eran enviados a la capital para proseguir sus estudios en el Seminario, en el Aula de Filosofía, o eran acreedores de becas para estudiar en Europa.
         Al inicio de la guerra, seguían funcionando las escuelas públicas de la capital y del interior. No obstante, éstas debieron ser clausuradas hacia 1866 por la apremiante movilización de soldados exigida por el gobierno. La falta de maestros motivó el cierre de todos los establecimientos escolares del país.
         Recién a partir del segundo semestre de 1869, en plena ocupación aliada y bajo la égida doctrinaria del liberalismo, se consiguió la apertura de varias escuelas municipales. Asunción Escalada fundó, el 2 de noviembre de ese año, una institución municipal de mujeres denominada Escuela Central de Niñas, siendo la primera institución educativa oficial en su género existente en el Paraguay.
         Tras este importante paso, los gobiernos de la posguerra cooperaron de manera trascendental en la reorganización de la educación. En 1872 se creó el Consejo de Instrucción Pública, con la aspiración de dirigir las escuelas del país, y se autorizó la contratación de profesores extranjeros de instrucción primaria, media y superior, con la firme intención de mejorar los distintos niveles educativos. Ese mismo año, empezó a funcionar el primer Colegio de Varones, de efímera existencia. En 1874 se creó el Colegio Nacional de Señoritas, en la capital. Así, al concluir el primer lustro de la posguerra, existía ya un centenar de escuelas diseminadas por toda la República.
         Sin embargo, por falta de experiencia de los miembros del Consejo de Instrucción, no existía una verdadera organización escolar. Pese a las precarias condiciones materiales por las que atravesaba el país, se fueron, gradualmente, organizando los servicios primordiales del Estado, confiriéndose un gran estímulo a un sistema educativo que en breve tiempo desarrolló buenos beneficios.
         A iniciativa del entonces ministro de Instrucción Pública, doctor Benjamín Aceval, en 1877, se fundó el Colegio Nacional de la Capital y, cinco años más tarde, se graduaron los primeros bachilleres quienes, por sus altas dotes intelectuales, en breve tiempo sobresalieron en la vida pública nacional.
         En la siguiente década, el Gobierno contrató a insignes profesores extranjeros, entre ellos, un número considerable de españoles. Su presencia resultó valiosamente beneficiosa para el país, fundamentalmente en los jóvenes, por crear ellos una mentalidad reflexiva y filosófica, cuyos frutos se pudieron apreciar en el grupo de intelectuales de la Generación del 900.
         Bajo la administración de Bernardino Caballero, se inauguró la Escuela de Derecho, siendo ésta la primera institución de enseñanza superior de la posguerra. Durante el gobierno de Patricio Escobar se creó, en 1887, el Consejo Superior de Educación, institución organizadora de todas las actividades educativas del país. Dos años más tarde, el 24 de setiembre de 1889, se concretó la fundación de la Universidad Nacional de Asunción, célebre suceso en la historia de la educación paraguaya. Al año siguiente, 1890, también se habilitó la Escuela de Preceptoras, base de la futura Escuela Normal.
Por ese tiempo, la profesora Rosa Peña, educada en Buenos Aires -esposa del presidente Juan G. González y una de las educadoras más relevantes de ese entonces-, y el ilustre maestro Atanasio Riera tramitaron la venida de dos docentes paraguayas: las hermanas Adela y Celsa Speratti, quienes habían estudiado magisterio en la Argentina y a su regreso ejercieron la docencia con notable probidad, diligencia y tenacidad.
         En la presente semblanza se incluye a ambas pedagogas por la tarea conjunta que realizaron en pro de la educación paraguaya en los ingratos años de la posguerra. Sin embargo, se conoce muy poco sobre el desempeño docente de Adela Speratti, por la escasa documentación acerca del tema; llegaron hasta nuestros días únicamente datos fragmentarios y no todos coinciden. Tampoco es muy pródiga la información en lo que se refiere a sus antecedentes familiares. Versiones orales han transmitido escuetamente los años de su niñez, pero menos aún se sabe sobre los años de su adolescencia y de sus estudios, salvo las alusiones ocasionales y anecdóticas, que ayudan solo en forma parcial a establecer una idea del conjunto de métodos y sistemas que aprendiera y que, indudablemente, trasplantó al país, donde su actuación se extendió por más de una década.
         Adela Speratti, quien ocupó la dirección de la primera Escuela Normal para maestras, creada en 1896, falleció joven; pero su hermana, Celsa, la sobrevivió por varios años más, prosiguiendo en el noble quehacer del magisterio, hasta el final de sus días. No obstante, cabe indicar que el aporte de las hermanas Speratti a la instrucción pública del país fue de trascendental importancia pues, pese a la precariedad de medios de esa etapa, tanto una como la otra proporcionaron oportunidades de formación académica a un gran número de jóvenes de la capital y de las zonas rurales, quienes luego vertieron todos sus conocimientos a las millares de niñas carentes de instrucción que vivían en el Paraguay, destruido por la cruenta conflagración.


III. EL RETORNO A LA PATRIA

POLÍTICAS EDUCATIVAS EN EL PARAGUAY HACIA 1890

         Cabe recordar que en el periodo anterior a la guerra contra la Triple Alianza, la dirección de la educación pública era coercitiva, sometida directa y exclusivamente al arbitrio del presidente de la República. En la posguerra, con la adopción de la Constitución de 1870, la dirección política, administrativa y técnica, de la educación correspondió al Gobierno y al Congreso, a cada uno en sus respectivas esferas de acción.
         Las funciones de la competencia gubernamental eran ejercidas por el ministro de justicia Culto e Instrucción Pública. Este, a su vez, fundado en la naturaleza científica y técnica de la educación, en uso de sus atribuciones, habilitó los distintos organismos especializados, de carácter autárquico, integrados con personas de reconocida capacidad en materia educativa, para la atención administrativa de la instrucción primaria, secundaria y superior.
         De acuerdo a la legislación pertinente de su creación, eran atribuciones de tales organismos: dirigir y administrar las instituciones de su dependencia, dictando al efecto las reglamentaciones, directivas e instrucciones exigidas por el buen funcionamiento de aquellas; nombrar los maestros y demás -empleados administrativos; estudiar y adoptar planes y programas de estudios; organizar conferencias pedagógicas, y varias otras actividades inherentes al sistema educativo. La independencia de estos organismos fue invariablemente respetada, limitándosela intervención del ministerio al nombramiento de sus miembros por el Poder Ejecutivo y la obligación de presentar a esa cartera un informe anual sobre su actuación. La eficacia de estas entidades en el cumplimiento de sus funciones se hallaba suficientemente probada con el adelanto logrado en la educación pública en sus distintos niveles.
         Con relación a los planes y programas, en el sistema escolar de la preguerra la enseñanza era totalmente empírica, expedida por entero a la capacidad y aptitudes del docente. No existían ni planes ni programas de estudios. En una misma clase se impartía la enseñanza tanto a los principiantes como a los avanzados, inclusive, los más adelantados enseñaban a los neófitos. Las ramas de la enseñanza se suscribían solo a la Lectura, Escritura, Aritmética y algunas nociones de Religión.
En la siguiente fase, la enseñanza se desarrollaba conforme a los planes y programas dictados por los organismos competentes, aunque no originales, pues en su mayoría eran un calco del sistema adoptado en la Argentina. Esto se entiende porque la mayoría de los maestros y del personal integrante de dichas instituciones se había formado o especializado en centros del vecino país. El número de las ramas del plan de estudios aumentó apreciablemente. Comprendía -a más de las citadas Lengua, Historia, Geografía, Conocimientos Morales y Cívicos, Elementos de Geometría y Física. La enseñanza primaria era graduada y progresiva, dividida en cinco o seis grados, según la organización establecida.
         La escuela de la etapa anterior a 1870, - educaba para la obediencia pasiva. La formación escolar se hallaba sobradamente vinculada a la concepción de sometimiento irrestricto tanto a la autoridad civil como ala escolar. Sin embargo, en la posterior etapa, la finalidad fundamental de la educación se cimentaba en la formación integral del individuo, consciente de su dignidad como ciudadano conocedor de sus derechos y deberes, miembro de su comunidad y de su nación, con la capacidad suficiente para ser protagonista de la sociedad democrática en donde podía desarrollar todas sus, aptitudes y capacidades.
         Con respecto a la disciplina, la escuela tradicional era rígidamente represiva ya que el castigo corporal, nocivo a la dignidad del niño se hallaba institucionalizado como sistema. En cambio, en la nueva escuela, esta medida quedó absolutamente prohibida, "así como poner apodos o sobrenombres e infligir ninguna otra penitencia que importe una afrenta al alumno". En su reemplazo se instituyó la disciplina voluntaria fundada en la conciencia moral del deber. Las disposiciones relativas a este orden prescribían que las únicas penas permitidas eran: la pérdida del lugar en la clase o sección; privación del recreo; amonestaciones privadas y públicas, retención con recargo de tareas escolares; separación de los demás alumnos en las horas de clase, en el mismo local o en otro, "pero siempre con recargo de trabajo y bajo continua vigilancia; suspensión y expulsión de la escuela, sin que esto implique privación absoluta del goce de la educación común".
         La novedad de trascendental importancia en el nuevo sistema educativo fue la inclusión de la mujer en todos los niveles educativos, ya que anteriormente no gozaba de estos derechos.
         Según las instrucciones del Reglamento General para las Escuelas Públicas, se dispuso que la instrucción primaria y pública para varones constase de tres grados.
En cambio, para las escuelas de niñas, el citado Reglamento establecía, a más de las disciplinas obligatorias dictadas en la escuela de varones, la enseñanza de Nociones de Economía Doméstica y, Labores, "de mano de uso común".
         Con respecto a los ejercicios de lectura corriente, éstos deberían estar enmarcados dentro de un contexto racional, de tal manera que los educandos procurasen explicar con la mayor claridad y corrección posible los textos leídos, y, en caso de que no lograsen hacerlo, necesariamente correspondería al docente, dar las explicaciones pertinentes, con el propósito degenerar hábitos de lectura comprensiva en los alumnos.

         La edad escolar precisa iba de seis a catorce años para los varones y de seis a doce años para las niñas. Una vez que el varón cumpliera catorce años y la niña los doce, podían ser retirados de la escuela, previo examen de Lectura, Escritura y Caligrafía ante el Consejo Escolar y ante una comisión de vecinos nombrada por el mencionado organismo.
         Significativas disposiciones del Reglamento Escolar también preceptuaban que la Educación Primaria podía recibirse tanto en las escuelas públicas, como en las privadas o en casa de los padres, tutores o encargados; que los métodos de instrucción necesariamente se basarían en el práctico y experimental haciendo uso de objetos, siempre que fuera posible, y el analítico combinado con el sintético. Igualmente, se prohibía, toda enseñanza empírica fundada exclusivamente en la memoria y que los educandos, al pasar de una clase a otra, deberían demostrar necesariamente un progreso evolutivo.
         La enseñanza diaria comprendía seis horas de clases, intercaladas con Música, Canto escolar y dos recreos breves, cuya duración no excedería de diez minutos cada uno. Con respecto a la instrucción de los principios religiosos, esta materia ocupaba un lugar de suma importancia en la escuela tradicional de la preguerra, mientras que la establecida en su reemplazo, estipulaba que podrían reunir varias escuelas en una, para su impartición, destinándose los sábados a los varones y los jueves a las niñas. Con la introducción de los rudimentos laicos en las escuelas públicas, la religión católica siguió enseñándose, prácticamente hasta fines de siglo XIX, pero con una importancia notoriamente disminuida, hasta su exclusión definitiva de los planes de estudios implantados en 1902.
         Por ese tiempo, fueron adoptados para uso en las escuelas -por carencia de manuales escritas por autores paraguayos-los siguientes textos extranjeros: Anagnosia 1º y 2º', por Marcos Sastre; Libro De Lectura, por Reynolds; Ciencias Naturales, por Gayoso; Aritmética Práctica, por Domingo Sarmiento; Aritmética Comercial, por Antonio Riera; Elementos De Gramática Castellana, por Herrén y Quiroz; Nociones De Geografía, por Cosson; Historia Nacional, por Gómez de Terán y Pereira Gamba; Compendio De Moral Y Urbanidad, por Carreño; Historia Antigua, por Duruy; Historia Del Continente Americano, por Gutiérrez; Catecismo Histórico, por Fleury; Teneduría De Libros, por Sanella; Geografía Elemental, por Balcarce; Nociones De Retórica, por Coll y Vehí. El único material paraguayo era el utilizado en la disciplina de Instrucción Cívica, y era La Constitución De 1870.
         No obstante, al efectuar un análisis exhaustivo del plan de estudios, de las planillas de calificaciones de la época, y de los decretos por medio de los cuales se adoptaron textos escolares, se infiere que el concepto enciclopédico y universalista, marcó la característica de la educación paraguaya, incluso hasta 1895 más o menos. El plan de estudios adoptado fue el recomendado por Juan Amos Comenio, con el enfoque pedagógico del siglo XVII. Además, no se tenía en cuenta el método cíclico y la graduación racional de los conocimientos que debían, adquirir los niños en función de las características individuales y de madurez, aspectos introducidos posteriormente, con la creación de las Escuelas Normales de Maestros y Maestras, y con más énfasis con la reforma de Ramón Indalecio Cardozo.
         También cabe anotar la inexistencia de programas uniformes para todas las escuelas, por lo que los maestros o preceptores esbozaban los puntos más importantes a ser desarrollados, en el mejor de los casos, siguiendo un texto indicado por el Consejo de Educación o el Inspector Escolar. Encontramos esta característica hasta después de las reformas de 1898 y 1902, en que sí ya fueron elaborados programas sintéticos para cada asignatura. Si bien se fueron estableciendo gradualmente las escuelas nacionales obligatorias, no se logró aún la gratuidad, reflejo de la influencia europea. Por otra parte, las instituciones escolares no reunían en la mayoría de los casos ni las mínimas condiciones pedagógicas e higiénicas requeridas, para el cumplimiento de su cometido. Pese a las dificultades, con respecto a la educación, el deseo de superación que sentía la mayoría del pueblo y de lograr la erradicación del analfabetismo en el ámbito nacional, era excepcionalmente magnánimo.

LA SUPERINTENDENCIA DE ATANASIO RIERA

         Como se anotó con anterioridad, el prestigioso maestro Atanasio Riera fue designado por el Poder Ejecutivo, Superintendente de Instrucción Pública en diciembre de 1888, iniciando sus labores el 1 de enero del siguiente año. Empezó sus gestiones con bastante celeridad, pues una de sus principales preocupaciones no radicaba precisamente en la apertura de más escuelas -aunque muy necesarias en ese proceso-sino, más bien, en la capacitación de los maestros. Explicaba el flamante Superintendente al Consejo Superior de Educación:
"...la preparación de los' maestros de la campaña como de algunos de la capital es muy rudimentaria, y necesitan un adiestramiento constante, porque en su mayoría carecen de los rudimentos más importantes para proveer a los niños de una buena cultura... "

         En ese contexto, bajo la superintendencia de este ilustre maestro se emprendió la segunda etapa de la educación en el Paraguay, imprimiéndole un rumbo fijo de acuerdo a la filosofía educativa de entonces, difundida por los grandes maestros argentinos y con la conciencia de la misión que le concernía en aquellos momentos trascendentales del desarrollo en el periodo de la posguerra.
         En la ya citada Memoria elevada en 1890, Riera mencionaba:
         "Con el mapa de la República a la vista y fijando la atención en los puntos en que funcionan escuelas, el efecto no puede ser más desconsolador. 'Basta observar para convencerse de eso, lo mucho que se necesita todavía efectuar, en bien de la Educación común y la esfera limitada hasta donde alcanza en el presente, la acción de la Instrucción Pública.
Para comprenderlo, trácese un ángulo obtuso, cuyo vértice se encuentra situado perpendicularmente a corta distancia sobre Tacuatí y uno de sus lados, alcance el confín de la República, por el arroyo Pindoy, hacia Villa Encarnación, y el otro que atravesando tres departamentos del Norte, cruce sobre Villa Encarnación, tocando el límite de la Nación, en isla Itacurubí y se verá que queda fuera de la abertura de estos lados, una extensión de territorio, mayor en una tercera parte que el total que forma y constituye el de la República, y el que no contiene ¡una sola escuela! Que verdaderamente, merezca este nombre.
Porque todo lo que precisando a una exactitud rigurosa la línea recta del primer lado citado, queda en contra de este parecer, es, Lima, San Joaquín, Ihú, Caaguazú, Villa Azara, Igatimí y Tacurupucu que así referidos de pronto parecen algo, pero que al someterlos a una detenida observación, traen el desencanto; pues resulta que de estos tres últimos puntos citados, no existe otra noticia, aceptando la triste realidad de los hechos parecida a lo que de la mitológica ciudad de los Cesares, tenían los conquistadores.
Quedan San Joaquín, Ihú, Lima y Caaguazú, cuatro escuelas de varones; las dos primeras, de la ¡última categoría! Sin personal idóneo, pasando cerradas grandes temporadas, por falta de Preceptores, Lima también de segunda 24 leguas de Villa San de Pedro, por caminos casi impracticables; en pleno desierto, y de cuyo centro el paso de la revolución, ha borrado los pocos adelantos que se habían iniciado; Caaguazú de 2da., situada a la salida de una picada de ocho leguas de longitud.
He ahí la verdad precisa de todo lo que aparece."
         Agregaba además en su memoria sobre el notorio y positivo avance del progreso que golpeaba de una manera ruda las puertas del Paraguay y por lo tanto, era preciso marchar hacia delante, pues su detención conduciría a una inevitable ruina. Se refería también sobre el estado escolar del momento, que a pesar de los infinitos esfuerzos realizados dejaba mucho que desear, pues no llegaban los beneficios de la instrucción ni siquiera a la mitad de la población y probablemente a más también, de una tercera parte.
         Si bien, en todos los países se imponían sacrificios en este sentido, aducía Riera, los integrantes de la sociedad, desde los importantes referentes del gobierno hasta el más humilde labriego, deberían comprender la perentoria necesidad de unirse en un solo sentimiento para alcanzar una medida definitiva que permitiese educar al total de la infancia y juventud de la nación.
         Desde el primer momento de su tarea como superintendente, Riera otorgó una atención merecida a la calidad docente, pretendiendo elevar su nivel intelectual que, en breve tiempo, libraría a un gran número de ciudadanos "de un futuro de ignorancia que tan solo dejaría un porvenir sombrío al país".
         Con ese escenario educativo, incorporó al servicio de la superintendencia, un grupo de maestros normales de reconocida idoneidad, formando con ellos el Cuerpo de Inspectores de Escuelas. Integraban el mismo los maestros: Fidel S. Candia, Aniceto Garcete, Aureliano Espínola, Manuel Mendoza, Ramón Pérez y José D. Talavera. Gracias a la composición de este organismo se dio impulso a la instrucción pública hasta el último rincón del suelo patrio y, por primera vez en los anales de la historia paraguaya, la escuela fue uno de los más significativos cimientos que impulsó a la reconstrucción nacional.
         Bajo su administración, de acuerdo al informe presentado al Consejo de Educación, funcionaban en todo el país: 173 escuelas nacionales, 38 de ellas subvencionadas y 41 particulares, con 400 maestros; 248 instituciones para varones y 152 para niñas, se completaban así la cantidad de 15.569 alumnos, de los cuales 10.057 eran varones y 5.512 niñas.
         Presentó además, un proyecto de reforma sobre la Ley de Educación Común; pero su inquietud fundamental era la formación de los maestros, por consiguiente, urgía la creación de una Escuela Normal como se habían establecido ya en varias localidades de los países vecinos y era lamentable que el Paraguay no contase aún con esta clase de centros formativos. Al respecto, el maestro Riera exponía que así como se habían establecido instituciones para el adiestramiento en una profesión determinada, del mismo modo en que se estudiaban todas las carreras y se circunscribían todos los conocimientos, también ameritaba el establecimiento de una escuela donde se aprendiese y estudiase precisamente todo lo necesario para desempeñar con probidad la profesión del Magisterio.
         Fundamentaba Riera en su extenso alegato en defensa de la educación:
         "Tanto daría perder el tiempo en demostrar que el sol ilumina y que la luz es preferible a las tinieblas. Precisar su importancia en la República, ha sido para él infrascrito, su único afán y exclusivo anhelo, hasta alcanzar llevar esta creencia, al ánimo de todos aquellos, de cuya voluntad, dependía el éxito de esta empresa.
El convencimiento existe, sus ventajas se han comprendido, su utilidad nadie la pone en duda, los resultados que pueda dejarnos, están con anticipación sumados, la idea en una palabra está desarrollada incrustada en el espíritu de todos, y no aparece otra opinión, no se vierte otro concepto, no se espera otra innovación con más seguridad de que nos llegue el adelanto soñado y apetecido que nos demuestre el anhelo de conocer la fecha de su instalación, el día fijo en que esto ha de ser una realidad, un hecho tangible y verdadero.
He aquí el pensamiento que late en todas las conciencias. "
         No obstante, el superintendente previendo que las autoridades del Consejo de Educación alegarían la falta de recursos para tan noble emprendimiento, preparó un informe detallando con exactitud de cifras y cálculos que demandaría la creación de la aludida Escuela Normal y, agregaba que si en realidad no se podía solventar su apertura, se deberían improvisar los recursos. De este modo se cumpliría el principio establecido de formar para el futuro de obreros inteligentes, pues explicaba además, que de nada serviría el concurso de una o más personas que pudiesen aplicar ideas, imponer métodos o sugerir nuevos sistemas, si no se contara con un centro formativo de maestros y maestras.
         Continuaba Riera en su reflexión que todos los buenos deseos de las autoridades en relación a la prosperidad de la instrucción pública del país, por falta de una Escuela Normal, caería por su base si no existiese el obrero, el maestro inteligente que aplicase e implantase los buenos y modernos rudimentos de la enseñanza puestos en práctica en la mayoría de los estados modernos. La idea de convertir al Paraguay en una nación instruida era el sueño de gran parte de la ciudadanía y solo se lograría con un trabajo constante y efectivo; por lo tanto, se hacía necesaria dicha apertura. En la conclusión de este tópico acentuaba, que si la creación del citado centro de enseñanza normal, se concretizara; el Paraguay tendría asegurado el porvenir de sus escuelas, es decir la convicción de su progreso intelectual, cuya evidencia se constataría en poco tiempo, por el avance y desarrollo de los demás espacios sociopolíticos y económicos de la nación.
         Correspondió igualmente, a su administración, la introducción al país de las primeras obras pedagógicas de consulta, acorde con la bibliografía que también era de uso imprescindible por los maestros egresados de las Escuelas Normales del Río de la Plata. Entre las que se contaban la célebre Biblioteca del Maestro, Principios y Prácticas de la Enseñanza y Como educa Gertrudis a sus hijos de Pestalozzi; Calistenia y Gimnasia de Watson; Conferencias sobre enseñanzas por Fish; Dirección de las Escuelas y Economía de las Escuelas, por Balwin; Métodos de Instrucción de Wickershan; Psicología Pedagógica por Suylluy; Lecciones de cosas de Sheldon.
         Como         medio para promover el mejoramiento de los conocimientos profesionales de los maestros de enseñanza primaria, Riera instituyó en 1890, las Conferencias Pedagógicas, con asistencia obligatoria una vez por semana, a cuyas sesiones abiertas a todo público, asistían también conocidos políticos, ilustres catedráticos y exponentes del quehacer cultural.

EL RETORNO

         Entre las múltiples realizaciones del maestro Riera, la de mayor importancia y de preferente prioridad fue, sin lugar a dudas, el establecimiento de la Escuela Graduada, llamada a servir de cimiento a la futura la Escuela Normal. En atención a su propuesta, el Consejo Superior de Educación decretó su creación para inicios de 1889. El personal de la institución debía estar integrado por: una Directora, que recibía un salario de 120 pesos fuertes; una Vice Directora con 100 pesos fuertes; y dos profesoras, cuyas rentas oscilarían entre 85 y 90 pesos fuertes, honorarios no acordes con los vigentes en las escuelas argentinas. Sin embargo, en la práctica, el cumplimiento de la resolución precitada se vio retrasado por la carencia de docentes competentes e idóneos. Varios meses después, llegó a conocimiento del superintendente Riera la afamada tarea docente desplegada por las hermanas Speratti en Corrientes. Como no había cejado en su empeño de crear instituciones que optimizaran la formación de maestros, abrigó la esperanza de que las compatriotas pudieran incorporarse al quehacer educativo nacional. En consecuencia, envió una atenta misiva al senador Conrado Romero, reconocido maestro de aquella localidad.
         Por la importancia que refleja la misma se ha trascrito in extenso, como así también su contestación.
"Asunción, 1° de noviembre de 1889
Señor Maestro, Profesor Normal y Senador Don Conrado Romero. Corrientes
Mi buen amigo y distinguido colega:
Un acontecimiento gratísimo para mí e indudablemente para todos los que como Vd. cifran la felicidad de los pueblos en la educación popular, me obliga a distraer su atención constantemente consagrada a promover el bienestar de sus conciudadanos. Conocedor del verdadero amor que Vd. abriga hacia la educación del pueblo y del interés con que Vd. se consagra a la difusión de los conocimientos, me dirijo a Vd. con doble objeto: 1 °-poner en su conocimiento el gran triunfo que hemos obtenido sobre la ignorancia, con la creación de una escuela graduada bien montada en esta ciudad, que sin duda servirá de base a una normal de maestras; y 2 ° para pedirle su valiosa cooperación a la realización pronta de ese gran pensamiento.
El Consejo Superior de Educación de esta República, que; dicho sea en honor de la verdad, se ocupa con laudable empeño en fomentar la causa regeneradora de los pueblos, ha resuelto la creación de una escuela graduada de primer orden -dirigida por maestras diplomadas- y a este efecto me ha autorizado para contratar en el exterior dos maestras con las cualidades referidas. Y es para llenar satisfactoriamente esa grata misión que he recordado que Ud. que siempre está listo para servir a la educación- para conferirle el encargo de buscar allí dichas maestras.
Tengo conocimiento de que en esa capital residen dos hijas de esta Nación, las Srtas. Speratti que actualmente ejercen la profesión en la Escuela Normal de Maestras. Ellas como hijas de esta Nación que hoy trata de levantarse sobre la ilustración pública, creo que, inspiradas por el patriotismo, no vacilarían para venir a contribuir con sus conocimientos profesionales a la obra de regeneración en que todos estamos interesados. Véalas, pues, a esas hijas de la República del Paraguay, y dígales que la madre patria requiere su valioso concurso para apresurar su marcha por las sendas del saber y la prosperidad. Hoy por hoy se asigna ciento veinte pesos a la Directora y cien a la Vice. Si esas señoritas desean venir la una ocupará el primer puesto y la otra el segundo, teniendo ambas opción a vivir en la Escuela a fundarse que ocupará un edificio cómodo y espacioso. Ruégole, mi estimado colega, pronta y categórica respuesta; pues la Escuela será inaugurada el primero de marzo del entrante año, y es urgente organizarla cuanto antes, dotándola ante todo del personal docente y de acuerdo con éste del mobiliario y demás objetos indispensables.
Anticipole la gratitud de este pueblo y le reitero las expresiones de mi alto aprecio. Su amigo y colega
 Atanasio C. Riera."
         En respuesta, el maestro Conrado Romero, contestó a su colega paraguayo, después de haber contactado con las señoritas Speratti, con la siguiente comunicación:
"Corrientes, Noviembre 22 de 1889
Señor Superintendente General de Educación de la República del Paraguay
M.N. Don Atanasio C. Riera. Asunción.
Mi querido Colega:
Con bastante retardo he recibido tu atenta confidencial del 1° del corriente, por la que tiene la bondad de conferirme la misión altamente grata y honrosa de contactar en esta capital con dos maestras diplomadas para la dirección de la escuela graduada que el Concejo S. de Educación ha creado y que dentro de poco funcionará en esa Capital bajo los auspicios del espíritu progresista de los que dirigen hoy la educación popular, y de los principios más adelantados de la Pedagogía.
La creación de una escuela significa siempre para mí cegar un manantial de miserias humanas, secar una fuente de calamidades, y abrir un foco inagotable de esa esplendorosa luz que facilita á los pueblos libres su marcha próspera por los senderos de la civilización á sus ineludibles destinos. De manera que ya se imaginará Vd. la grata impresión que me habrá proporcionado la noticia de la encomiástica resolución del Consejo Superior de su querida Patria; y es tanto más intenso ese eco simpático cuando considero que se trata de fundar el establecimiento sobre la base granítica de la idoneidad de la ciencia y arte de la enseñanza, y o sobre el empirismo estéril que defrauda las más bellas esperanzas.
Sí, mi querido colega, estoy muy contento al ver que Vds. están realizando allí el bello ideal de los pueblos libres, con sujeción á los principios de la Pedagogía Moderna. Esas obras de patriotismo son y serán siempre simpáticas y jamás á su realización se mostrarán indiferentes ni menos refractarios los corazones que palpitan á impulsos del ideal que inmortalizó a Pestalozzi, á Horacio Mann y otros tantos que cifran, y no en vano la felicidad del pueblo en la educación. Es por esto que he calificado de grata y honrosa la misión que Vd. se ha dignado atribuirme; misión que la he aceptado muy complacido, habiendo consagrado á su cumplimiento satisfactoria todos los medios á mi alcance. En efecto, de acuerdo con las sugestiones
de Vd., me apersoné ante las señoritas Adela y Celsa Speratti, hijas aprovechadas -como Vd. y Garcete- de esa República, ex alumnas de la Escuela Normal de la Concepción del Uruguay, dirigida por la competente señora Clementina C. de Alió. La 1 ° terminó el curso normal y optó al grado correspondiente en 1885, y la 21 un año después, ambas han sido muy buenas alumnas á juzgar por las copias' autenticadas de sus calificaciones anuales, son bastante contraídas al cumplimiento de sus deberes y de muy recomendables prendas morales. La primera ha ocupado los puestos de directora de un grado de aplicación anexa á la normal del Uruguay y Profesora en esta de Idioma Nacional y Caligrafía, habiendo desempeñado al mismo tiempo la Secretaría de dicha Escuela; la segunda regenteó el 5° grado de la escuela anexa á la normal.
Las Señoritas Speratti han ocojido [sic] con marcadas simpatías la oferta que les he hecho y me han manifestado sus vivos deseos de ir á servir á su Patria; pero tienen una madre enferma, por cuya salud velan como hijas cariñosas y agradecidas; piensan llevarla á principios del venidero Diciembre a Buenos Aires para pedir consejos á algunos facultativos que en aquella gran ciudad abundan; y según la opinión de estos -respecto á la conveniencia de vivir en la Asunción la enfermaban á resolver definitivamente sobre las propuestas que les he hecho.
Las Señoritas Speratti han prometido escribirme de Buenos Aires [sic], comunicándome su resolución definitiva antes del 15 de Diciembre próximo.
Quedo, pues, esperando esa respuesta para ponerla inmediatamente á su conocimiento.
Aprovecho esta oportunidad para felicitarle ardientemente por sus trabajos a favor de la causa de la civilización y para reiterarle las seguridades de mi particular apreció. Su colega y amigo.
Conrado Romero"
         Debido a la grave enfermedad que padecía doña Dolores Speratti, sus hijas la trasladaron a Buenos Aires, y de acuerdo al diagnóstico de los médicos, que posiblemente, recomendaron su radicación en Asunción, en menos de un mes participaron a don Conrado Romero su firme decisión de venir al Paraguay. A ese efecto, el maestro correntino notificó a su par -el superintendente Riera-quien a su vez, gestionó de inmediato el retorno a la patria de las hermanas Adela y Celsa Speratti. Es de anotar en esta tramitación, la invalorable intervención de la profesora Rosa Peña de González, quien fuera más tarde primera dama de la nación y también ansiaba, como Riera y otros tantos ilustres maestros de ese tiempo, elevar el nivel educativo del país.
En ese sentido, el presidente del Consejo Superior de Educación, don Juan Gualberto González, que colaboraba eficazmente en la tarea educadora de su esposa, envió una nota al Ministro de justicia, Culto e Instrucción Pública, solicitándole los pasajes respectivos para materializar el retorno de las tan esperadas educadoras. La solicitud en cuestión versaba lo siguiente:
"Señor Ministro de justicia, Culto e Instrucción Pública,
Doctor César Gondra
Comunícole que el Concejo Superior de Educación ha determinado dirigirse a V.E. con el objeto de pedirle se sirva mandar dar de donde corresponda tres pasajes para trasladarse de Buenos Aires á esta ciudad las Srtas. [sic] directoras de la Escuela de niñas Adela y Celsa [sic] Speratti y la Sra. Madre de estas, en la brevedad posible [vto] con este motivo tengo el placer de saludar al Sr. Ministro a quien Dios guarde.
Juan G. González, presidente [hay una rúbrica]. Aniceto Garcete, secretario [hay una rúbrica]."
         Es así que, a bordo del vapor MINERVA, en los primeros días de marzo de 1890, arribaron al país las hermanas Adela y Celsa Speratti, acompañadas de su madre, después de dos décadas de ausencia. Fueron recibidas en el puerto de Asunción por el señor Atanasio Riera, la profesora Rosa Peña de González, un representante del gobierno del general Patricio Escobar y un nutrido grupo de maestros.

IV. PIONERAS DEL MAGISTERIO PARAGUAYO

LA ESCUELA GRADUADA DE LA CAPITAL

         A poco de su llegada a Asunción, tanto Adela como Celsa brindaron todos sus conocimientos y experiencias para organizar la primera Escuela Graduada fundada en la República. Ambas vinieron al país munidas de un rico acervo intelectual y un gran arrobo por la causa de la instrucción popular. Imbuidas por las ideas pedagógicas modernas e influenciadas por las doctrinas educativas pestalozzianas y de los principios sustentados por Horacio Mann y Domingo F. Sarmiento, desde el primer instante, proyectaron las bases de la formación docente en el país. Llenas de auténtica vocación al magisterio, trabajaron con tenaz empeño por mejorar la educación de la niñez y se esforzaron por llevar a la práctica los principios que rigen la mente humana.
         En sus primigenias actividades debieron de enfrentarse con barreras difíciles de traspasar, pues la instrucción pública se hallaba aún muy atrasada en comparación con la argentina. Además a esta situación se sumaban otros elementos como la precariedad material y la indigencia que vivía el país en aquellos años. No obstante, las hermanas Speratti trabajaron con perseverancia y gran fe en su obra, no cedían a la fatiga y su pensamiento vivo solo tenía un norte: el de mejorar la instrucción pública del Paraguay.
Si bien, por resolución del Consejo Superior de Educación dictada el 13 de febrero de 1890, fueron contratadas las profesoras normales Adela y Celsa Speratti para trabajar en la Escuela Graduada de Niñas, recién a fines de abril, después de la llegada de ambas maestras normales, esta institución estuvo preparada para iniciar su cometido y abrió sus puertas a un grupo de inscriptas el 2 de mayo de ese año. Es de entender que, las nuevas profesionales nombradas debían preparar y adecuar los planes y programas a implementarse en esa novel academia. Una vez realizados los ajustes convenientes, con la asistencia voluntaria y espontánea de los maestros Riera y Rosa Peña, Adela se hizo cargo de la Dirección de la escuela y fungió también de maestra del Cuarto Grado; en tanto Celsa, ejerció las funciones de Vicedirectora y profesora del Tercer Grado.
         En el transcurso de ese tiempo, las actividades: de ambas maestras no solo se ceñían a dirigir o dictar clases en la escuela, sino también, después de concluidas estas, recibían en su vivienda particular a las alumnas que precisaban de algún refuerzo didáctico o asistencia material o espiritual e inclusive, a veces, hasta brindarles hospitalidad en su modesta casa, a las jóvenes provenientes del interior. El alquiler de la vivienda era sufragado por el Consejo de Educación con un estipendio extra de 40 pesos mensuales, asignado a cada una de las profesoras Speratti.

LA ESCUELA DE PRECEPTORAS

         En vista del desarrollo progresivo en el aprendizaje y al aliciente manifestado por las alumnas del Sexto Grado de la Escuela Graduada, sumadas a las imperiosas necesidades de la instrucción pública, la directora resolvió abrir un instituto preceptoril con las interesadas en abrazar la noble profesión de maestra. Esta apertura significó un acontecimiento de trascendental importancia, pues sirvió de centro de práctica de los cursos preparatorios de preceptoras, ya que todavía no se contaba con una Escuela Normal.
         En efecto, tres años más tarde de la inauguración de la Escuela Graduada de Niñas, el 25 de noviembre de 1893, en coincidencia con el XXIII aniversario de la proclamación de la Constitución Nacional, recibieron sus diplomas las primeras preceptoras.
         En un acto solemne y público, en el salón magno del segundo piso, en presencia de las altas autoridades escolares, de los representantes de la prensa, miembros del Parlamento y de distinguido grupo de la sociedad asuncena, recibieron sus títulos de Preceptoras de manos del Ministro de Instrucción Pública, Otoniel Peña, las señoritas: Laurentina Acosta, Amparo Diez Pérez, Marta Cazal Ribeiro, Aparicia Frutos, Jovita Palacios, Petronila Merzán, Deolinda Ferreira y Angélica Machaín. Eran las primeras maestras que egresaban con un título nacional.
         Antes de finalizar el año, también en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional se graduaban los primeros doctores en jurisprudencia; ellos eran: Cecilio Báez, Emeterio González, Gaspar Villamayor y Benigno Riquelme; figuras sobresalientes en los campos de la política, el periodismo y el derecho.
         Al año siguiente, por la demanda de inscritas, se amplió la Escuela, con la creación de un curso de primer año, que permitió incrementar los conocimientos pedagógicos de las alumnas. Al término del mismo obtuvieron sus licencias de preceptoras: Josefa Barbero, Luisa Caminos, Concepción Silva, Ascensión Céspedes, Juana Perrupato, Isidora Guanes, Angela Soljancic y Julia Ríos.
         La Escuela Graduada y la de Preceptoras tuvieron un importante desarrollo, pues al egresar las alumnas de la segunda institución, podían enseñar en la primera, si sus calificaciones así lo permitían. Tal modelo fue imitado de las Escuelas Normales de la Argentina y en especial, en la de Concepción del Uruguay, donde estudiaron sus mentoras. En ambas instituciones se trabajaba con gran entusiasmo y positivos resultados, pues sus egresadas prestaron sus servicios con señalado éxito, tanto en las escuelas de la capital, como del interior del país.
         En 1895, egresó la tercera promoción de preceptoras, ocasión en que recibieron sus títulos: Eulogia Ugarriza, Concepción Escobar, Celaida Rivarola, Serafina Dávalos y Ramona Ferreira. Estas dos últimas, en los siguientes años desarrollaron una importante figuración en el ámbito cultural y feminista del país.

ACTIVIDADES CULTURALES

         En ese contexto, vale apuntar que las hermanas Speratti, no solo se ciñeron a las tareas educativas, sino que traspasaron estos umbrales para destacarse también en el ámbito sociocultural. Durante el gobierno del presidente Juan Gualberto González (1890-1894), colaboraron activamente con su esposa, la profesora Rosa Peña, en casi la mayoría de las obras emprendidas por ésta. Si bien no existen documentos que demuestren la participación de Adela y Celsa en las diversas ocupaciones emprendidas por la primera dama, entre ellas, la fundación del Asilo Nacional -institución creada para acoger a todas las personas a quienes la guerra los había dejado en la miseria-, valen los testimonios recogidos por la memoria familiar. Adela fue secretaria de la Comisión Directiva de esta institución, conocida entonces como "Asilo de Mendigos y de Huérfanos".
         Por otra parte, la señora Peña de González, en el deseo de conmemorar de manera justiciera las gestas patrias, a fines de abril de 1894, inició un movimiento cultural aglutinando a diversos grupos de la sociedad con la finalidad de erigir un monumento que perpetuase la memoria de los próceres de la independencia. Así, el 14 de mayo de 1894, gracias a las invitaciones cursadas por Adela y Celsa Speratti, un gran número de asistentes presenció en la plaza Uruguaya, la colocación de una piedra fundamental que iría a dar inicio al proyectado monumento que consistiría en esfinges esculpidas en piedra de los principales gestores del movimiento emancipador. A ese efecto se levantó un palco especial para los descendientes de los héroes. Entre la selecta concurrencia se hallaba la señora Damasa Yegros, tía abuela de las citadas educadoras y a quien en esa oportunidad se le rindió un homenaje especial.
         Pese a las loables intenciones de la primera dama y de sus colaboradoras inmediatas, el citado propósito no pasó de piedra fundamental, nunca llegó a concretarse en monumento escultórico. Antes de finalizar su mandato, el presidente Juan G. González fue defenestrado por un golpe de estado, el 9 de junio de ese año. En consecuencia, el Congreso nombró al vicepresidente Marcos Morínigo, para completar el periodo presidencial. Los sucesores de González, por desinterés o desidia nunca se interesaron en proseguir con el antedicho proyecto.
         En el transcurso de esos años, tanto Adela como Celsa, colaboraban también con sus escritos en una revista pedagógica publicada en Concepción del Uruguay, disertaban en los centros culturales y escribían sus opiniones en los periódicos locales; pero sus más laboriosas tareas culturales consistieron en organizar las Conferencias Pedagógicas, como medio de promover el mejoramiento de los conocimientos profesionales de los preceptores de la enseñanza primaria.
         Adela, "se distinguió por su buen corazón", como expresaría en ulteriores años una de sus ex discípulas, ocupándose de mitigar el dolor del pobre ya sea éste enfermo o anciano; ya que también fue secretaria de la Sociedad de Beneficencia del Hospital de Caridad y de otras comisiones de similares objetivos.
         Estudiosa y trabajadora, amaba la música y ejecutaba el piano con gran talento y profusa emoción. Modesta, sincera, hablaba como pensaba. La resignación y el valor la sostenían en horas críticas y la hicieron triunfar en las difíciles contiendas inherentes a su gestión educativa y cultural. Laboriosa, de mente amplia y bien equilibrada; cultivó con el mismo ímpetu, tanto las Ciencias como las Bellas Artes. Ese era el retrato de Adela Speratti.

LA ESCUELA NORMAL

         Como esfuerzo precursor casi inmediato de la apertura de la Escuela Normal de Maestras, el trabajo desplegado por las prestigiosas profesoras Speratti en la escuela preceptoril fue muy meritorio; pues, desde su retorno al país, trataron, con esperanza y entusiasmo, de erigir una institución que pudiera preparar con todas las herramientas pedagógicas posibles y modernas, a las jóvenes que demostraban una manifiesta aptitud para la instrucción de niños y niñas de la República. Es de comprender que en ese tiempo, la única profesión admisible, tácitamente por la sociedad patriarcal de entonces, para una mujer que trabajase fuera de su casa y de sus labores domésticas, era el magisterio. Aún no se habían creado otras carreras profesionales u oficios' a través de los cuales, en décadas venideras, la mujer pudo insertarse al campo laboral y conquistar una independencia económica.
         Años más tarde, el maestro Juan Ramón Dahlquist, escribiría sobre las acciones desplegadas por Adela y Celsa Speratti en su intento por establecer una Escuela Normal para mujeres en la capital.
"Basta decir que desde su incorporación al magisterio, la educación primaria de nuestro país pudo encaminarse por rumbos más ciertos y más científicos, porque trajeron consigo innovaciones útiles en el campo de lo pedagógico y métodos racionales de enseñanza. Y cabe señalar que la labor de ambas educacionistas no se limitó a la enseñanza de la niñez; ellas formaron en la reputada Escuela Graduada la primera pléyade de maestras a quienes el Consejo Superior de Educación otorgó el título de preceptoras. Pero, más que todo, deseo dejar constancia de la obra más digna y más encomiable que realizaron: ellas lograron hacer que las más distinguidas señoritas de nuestra capital amaran y respetaran la carrera de magisterio."
         En 1896, durante el mandato de Juan Bautista Egusquiza (1894-1898), como resultado de una gestión más bien colectiva, que individual, se fundó la Escuela Normal de Maestros. Los factores que determinaron dicha fundación radicaban precisamente en la casi nula formación de docentes que venían desempeñando esa función en las escuelas públicas desde 1870 y muy especialmente en el interior del país. A propósito de esta fundación, la misma fue establecida sin decreto del Poder Ejecutivo que pueda testimoniar sus antecedentes y servir como documento para la historia.
         Como dato interesante se transcribe la nota elevada en mayo de 1895, al Poder Ejecutivo por el entonces, presidente del Consejo Superior de Educación, Rufino Mazó.
"Honorable Poder Ejecutivo de la Nación:
El Consejo Superior que presido ha resuelto solicitar vuestro concurso para proceder a la fundación de una Escuela Normal de Maestros.
Esta incorporación desde que se hizo cargo de las escuelas públicas de Instrucción Primaria no ha podido por falta de recursos efectuar ni una reforma siquiera, que signifique un paso eficiente para el progreso del país.
El estado pecuniario del Consejo sigue siendo precario, de modo que no puede responder a las esperanzas que el pueblo y el gobierno fundan en él. No puede atender las exigencias más apremiantes de la Educación Primaria. Es necesario crear más escuelas para que los beneficios de la enseñanza se extiendan al mayor número posible de niños en edad de instruirse, es preciso construir edificios adecuados para el funcionamiento de las escuelas actuales y, sobre todo, es menester mejorar las condiciones del maestro, con una remuneración razonable: para asegurar su estabilidad en la carrera, y para poder exigirle con derecho mayores esfuerzos, una dedicación más asidua al cumplimiento de sus difíciles deberes.
Pero todas estas reformas deben suponer, para que den frutos que son de esperar de ellas, la existencia de un personal docente con preparación profesional suficiente, cosa que desgraciadamente no poseemos.
Y es claro que, mientras no tengamos maestros aptos y maestros nacionales que conozcan las necesidades del país para ajustar a ella la educación que den, todos nuestros adelantos escolares serán más bien ficticios que reales.
El Consejo Superior de Educación, convencido de esta verdad, desea fundar una Escuela Normal de Maestros, de acuerdo con el plan de estudios que se acompaña a la presente.
Ahora bien: los gastos mensuales de dicha institución y las becas inclusas en el presupuesto, ascienden a más de ocho mil pesos, y como este Consejo no tiene rentas suficientes para hacer frente a esos gastos, se dirige al Poder Ejecutivo pidiéndole quiera adoptar las medidas conducentes para que pueda realizar tan noble y bello pensamiento.
Los institutos normales, Honorable Poder Ejecutivo, no sólo son útiles y por ende importantes por los maestros que salen año a año de sus aulas, sino también, porque un gran número de niños reciben educación selecta en la Escuela de Aplicación a ellos anexa.
El Consejo Superior, en vista de la significación trascendental de la idea que le guía, espera que V.H. no le negará su más decidida cooperación y que le prestará su más eficaz concurso, proporcionándole los recursos necesarios para realizar su patriótica iniciativa.
Con este motivo saluda atentamente a V.H.
Rufino Mazó".
         En congruencia con la citada nota, el Superintendente Manuel Amarilla presentó al Consejo Superior de Educación la nómina de los candidatos para directores y profesores de las instituciones próximas a crearse para luego ser remitida al Poder Ejecutivo. En respuesta, el alto organismo educativo encargó el 29 de enero de 1896, a la Superintendencia, la elaboración de los planes de enseñanza que irían a implementarse en ambas Escuelas Normales, las de maestros y maestras.
         En esta tarea trabajaron esforzadamente, junto a Cleto Romero y Manuel Amarilla, las profesoras Adela y Celsa Speratti, especialmente la mayor de las hermanas y, aunque no quedaron evidencias escritas de su accionar, valen los testimonios orales, confirmados por su implícita rúbrica en cada página del documento presentado posteriormente para su estudio y aprobación a una comisión especial integrada por el doctor Teodosio González y los dos autores del proyecto antes citado.
         El 21 de febrero de 1896, se aprobaron el dictamen de la comisión y los planes de estudio, con ciertas modificaciones. Al mismo tiempo, se resolvió abrir la matrícula para la Escuela Normal de Maestros, creada al día siguiente de su aprobación, y dotar de 40 becas para el funcionamiento de dicho establecimiento. Fue nombrado director de la misma, el maestro argentino Francisco Tapia. Se presume que por los gastos que implicaría el sostenimiento de dos instituciones del mismo tenor a la vez, no se pensó, por de pronto más que en la Escuela de Varones. No obstante, pocos días después, se dio apertura también, a la de Maestras. En ese sentido, las ex alumnas del curso de preceptoras de la Escuela Graduada de Niñas de la Capital, guiadas por un nobilísimo propósito, presentaron una nota al Superintendente de Instrucción Pública.
         En parte de la misma se señala:
"Sabido es, que las Escuelas Graduadas completas forman la base necesaria de las instituciones normales, por recibirse en ellas todos los conocimientos capaces de servir de preparación suficiente para emprenderlos estudios secundarios.
Ahora bien: la Escuela en que se han titulado las maestras suscritas, posee en vigor todos los grados en que se ha dividido la enseñanza primaria. Además, señor Superintendente, como un complemento a los estudios elementales, viene funcionando en el establecimiento mencionado un curso de preceptoras, que ha dado ya al país óptimos frutos.
Dicho curso, dictado con programas detallados y extensos en todos los ramos que comprende, es superior en todo concepto al primer año de las Escuelas Normales del Plata. Pues bien, señor Superintendente: las suscritas, en el deseo de extender sus conocimientos secundarios y adquirir un título profesional que represente mayor caudal del saber, a fin de prestar a nuestra patria servicios más eficientes, ruegan a Vd. interponga sus buenos oficios ante las autoridades competentes para conseguir la creación de una Escuela Normal de Maestras en el corriente año.
El desarrollo progresivo de la educación primaria nacional exige, desde hace mucho, dicho paso y la resolución del Consejo S. de Educación de fundar una Escuela Normal de Maestros fortalece nuestra creencia de que no se dejará en segundo término nuestra solicitud, pues la mujer tiene tanto derecho a la consideración de los Poderes Públicos, como los varones".
         Suscribían la petición: Serafina Dávalos, Ramona Ferreira, Concepción Scavone, Luisa Caminos, Concepción Silva, Celaida Rivarola, Elvira Rivarola, Josefa Barbero, Angela So1jancic, Julia Ríos y Eulogia Ugarriza.
         Por su parte, el superintendente Manuel Amarilla, expresaba al Consejo Superior de Educación que se daban las facilidades para efectuar esta fundación y que el alto organismo educativo no retardaría "inútilmente su acuerdo en sentido favorable”. Los cursos podían, incluso funcionar sin becas, porque existían elementos decididos para dar apertura a tan anhelada casa de estudios normales, de modo que sería injusto, no acceder a la solicitud de las recurrentes, que "tan altos vislumbres manifestaban en su petición". Y concluía que "en nuestro país no se miren con indiferencia las cuestiones de interés general y que todos mancomunemos nuestros esfuerzos para llevar á la práctica las cosas de trascendental importancia, como la fundación de la Escuela Normal de Maestras".
         El 25 de febrero, la nota fue remitida para su resolución al Consejo de Educación, cuyos miembros de manera unánime, consideraron que era necesaria la creación de una Escuela Normal de Niñas, por contar con todos los elementos necesarios para el efecto y que esta podría sostenerse "perfectamente con un aumento de pesos 516 en el presupuesto actual de la Escuela Graduada".
         Con el dictamen favorable del organismo educativo y con aprobación del Ejecutivo, como ya se anotó con anterioridad, sin mediar un Decreto-Ley por parte de este último, el 7 de marzo de ese mismo año, se consiguió la fundación de la Escuela Normal de Maestras, nombrándose en esa oportunidad a la profesora Adela Speratti, como Directora y programándose el inicio de su funcionamiento para el día 15 de ese mes, con la asignación pecuniaria descrita en la resolución del Consejo de Educación y distribuidos de la siguiente manera:
"- Un aumento de sueldo a la Directora, profesora Adela Speratti; de 150 pesos, para que gane 350 pesos;
- Un aumento de sueldo a la Subdirectora, profesora Celsa Speratti, que pasaría a ser Regente de la Normal, 100 pesos para que gane 250 pesos,
- Un profesor de Aritmética Razonada que gane 166 pesos; ídem de Dibujo Natural, que gane 100 pesos.
- Total: 516 pesos."
         Las demás disciplinas estarían a cargo de los docentes de la Escuela Normal de Maestros. Una vez, distribuidos los haberes de las directoras y de los docentes, se elevó la propuesta de nombramiento al Poder Ejecutivo y el 26 de abril se aprobó el Reglamento que iría a implementarse en ambas Escuelas Normales. Las dos instituciones funcionaron de acuerdo a un programa similar.
         Al analizar los basamentos del plan curricular, se infiere que el mismo se hallaba en armonía con los principios formulados por el gran pensador contemporáneo Spencer, quien con gran profundidad en sus concepciones, pensaba que un buen plan de estudios debía dar cabida á las disciplinas que contenían todas las herramientas capaces de servir de medios al desarrollo físico y psíquico de los educandos.
         La Directora, Adela Speratti, otorgó a la novel institución todo lo que una brillante mentalidad como la suya podía dar y la organizó de acuerdo a avanzados criterios pedagógicos, lo que no tardó en hacerla famosa dentro y fuera del país. De todos los puntos de la República acudían alumnas ante la notoriedad creciente de la ilustre institución, entregando anualmente selectos grupos de docentes que desarrollaban sus acciones educativas en toda la nación. En 1898, las dos Escuelas Normales lanzaron al campo profesional sus primeros egresados, entre quienes se encontraba: Ramón 1. Cardozo, graduado de la Escuela Normal de Maestros; y María Felicidad González, Serafina Dávalos, Concepción Silva, Rafaela Brown, Aparicia Frutos, Rosa Ventre y María Cazal Ribeiro, de la de Maestras.
         El 15 de julio de 1899, se creó el Consejo Nacional de Educación en reemplazo del anterior organismo, con el fin de impulsar los nuevos planes de reforma de la educación e ir dando estructura y orientación al sistema educativo nacional.

LA PARCA VORAZ

         El año 1902 fue muy importante en el campo educativo por la serie de reformas realizadas, tales como la implementación de nuevos planes de estudios en la educación primaria y normal, y la elaboración y aprobación de reglamentaciones que aseguraran el éxito de dichos emprendimientos, a pesar de los problemas de la falta de organización sobre todo en el campo. En este quehacer no estuvieron ajenas las hermanas Speratti.
En relación al cambio curricular de la instrucción primaria, una comisión se encargó de examinar el plan de estudios y propuso la reforma del que hasta entonces regía. Los nuevos delineamientos trazados dividían la educación en seis áreas específicas: Física; Científica; Industrial; Estética; Literaria; y Moral y cívica. La reforma que pretendía proporcionar el nuevo plan era consecuente, en el sentido de que todas las materias necesarias para desenvolver las seis educaciones, empezaban en el primer grado y terminaban en el último, de modo que solo se diferenciaban en extensión, pues aumentaban los conocimientos a medida que el educando pasaba de los grados inferiores a los superiores. Por consiguiente, el fundamento de la disposición que tenían los distintos ramos en el nuevo plan de estudios, se armonizaba con la evolución mental del niño.
         En cada párrafo del documento se podía apreciar la injerencia de los principios sustentados por la filosofía pedagógica spenceriana. En ellos se reflejaban elevados conceptos de la educación y, sobre todo, la preparación de los niños como personas útiles para un futuro mediato. Por eso se daba preferencia a los conocimientos eficientes y de aplicación contigua, proscribiendo los superfluos inaplicables. Una innovación de particular importancia emanada del nuevo plan fue la nacionalización de la enseñanza.
         En ese año de 1902, funcionaban en el país un total de 319 escuelas: 26 de ellas graduadas, 51 elementales, 3 nocturnas, 164 rurales superiores y 75 inferiores. En ellas enseñaban 771 maestros, de los cuales solo 97 eran diplomados y el resto, más del 80% carecían del título profesional, situación por la cual, urgía la necesidad de impulsar la profesionalización docente. Para el siguiente año, el registro escolar anunciaba una matrícula de 27.868 alumnos en toda la República.
         En cuanto a la reforma de los planes de estudio en ambas Escuelas Normales, la comisión integrada por connotados formadores, a más de los directores de los dos centros educativos, se basaron en las siguientes reflexiones para promover las debidas innovaciones:
-        Se debían organizar las Escuelas Normales de acuerdo con las exigencias del Plan de Educación primaria, anteriormente sancionado, para formar un todo sistemático y armónico que asegurase el éxito del nivel instructivo de los niños.
-        Los maestros normales de ambos sexos debían egresar de sus instituciones con la preparación suficiente en todos los ramos y ejercicios para brindar una mejor educación en las escuelas primarias.
-        El plan nuevo de Educación Primaria no recibiría en la práctica el desarrollo y amplitud correspondiente a su carácter y fines, sin un personal docente bien preparado para aplicarlo.
         Al mismo tiempo, la experiencia había demostrado que los tres años contemplados en el plan vigente para la preparación de maestros era insuficiente por abarcar muchas materias en cada curso, en perjuicio de los alumnos, quienes tenían un recargo excesivo de trabajos intelectuales superiores a sus fuerzas. Ese incremento de tareas hacía que los alumnos no se detuviesen a estudiar las materias con la debida extensión y también, la escasa preparación que traían, especialmente los alumnos de las zonas rurales, impedía la obtención de buenos resultados en los exámenes de fin de año.
         Los alumnos debían permanecer en la institución casi siete horas al día, en detrimento del tiempo que era indispensable para dedicarse a la preparación de las lecciones, ejercicios y práctica profesional. Estaban obligados a preparar de noche, cinco a seis lecciones, sin disponer de una parte del día para concurrir a las bibliotecas. Además, del esfuerzo intelectual se sumaba a veces, la mala alimentación y las pocas horas de sueño que inexorablemente conducían al padecimiento de enfermedades. Al respecto, el profesor Juan José Soler, ex alumno de la Normal de Maestros y recién llegado de Entre Ríos manifestaba: "no es difícil que el cerebro se doblegue al insomnio cotidiano y muera todo esfuerzo personal en la mayor indigencia de medios y de estímulos". Circunstancias que imponían al retiro transitorio o definitivo de aquellos que habían intentado abrazar la profesión de maestro.
         Por lo expuesto, los miembros de la comisión encargada de la elaboración del nuevo plan, juntamente con los directores de las Escuelas Normales, reglamentaron una distribución de las disciplinas en cuatro años, en beneficio de la formación docente, pues "vale más la calidad que la cantidad de los conocimientos, y cuanta mayor, más ganará la Educación Primaria", expresaba la directora Speratti. En consecuencia, por resolución del Consejo
         Nacional de Educación, en su sesión del 18 de febrero de ' 1,902, aprobó el nuevo plan de estudios a implementarse en el magisterio nacional.
         Con relación al nuevo plan de instrucción primaria, a pesar del esfuerzo realizado por las autoridades educativas y por los proyectistas del documento, las diatribas al respecto no se hicieron esperar. El periódico La Patria, en su edición del 24 de febrero de ese año, publicaba sobre la implementación del citado método de estudios en todos los centros de enseñanza y criticaba que ningún nuevo régimen, el cual se pretendiese introducir, corregiría el magno problema de la organización escolar y agregaba que las mejoras a implantarse no ordenarían "la anémica vida que llevan más de las dos terceras partes de las escuelas primarias". Al mismo tiempo, el articulista creía conveniente indicar las necesidades que con más prontitud debían llevarse al terreno de la realidad, antes de aplicarse el novísimo plan, citando las siguientes sugerencias:
-        Incrementar la insuficiente retribución mensual de los maestros.
-        Establecer nuevas escuelas urbanas y rurales.
-        Elevar de categoría a las escuelas situadas en comunidades más importantes.
-        Dotar de útiles de enseñanza y materiales auxiliares en la tarea educativa.
-        Publicar una revista pedagógica corno medio eficaz para perfeccionar la tarea docente.
         A más de otra serie de recomendaciones que debían tomarse en cuenta para optimizar la enseñanza en las escuelas primarias.
         En esta tarea se hallaba inmersa la profesora Adela Speratti, trabajando con denuedo, a pesar de la severa enfermedad que la aquejaba, cuando le sorprendió la muerte, esa parca voraz que cuando se presenta no perdona edad, sexo, status social, profesión, ni riquezas. Era la tarde del sábado 8 de noviembre de 1902.
         Su cuerpo fue velado en la sala de la Dirección de la Escuela Normal, edificio rodeado por las niñas de la Escuela Graduada y de los jóvenes de las Escuelas Normales, a más de una gran multitud de personas. Al día siguiente, ante una nutrida presencia de casi toda la comunidad asuncena, incluso del presidente de la República, Héctor Carvallo, sus restos fueron inhumados a las 12:30, en el cementerio de la Recoleta. Varios oradores expresaron los "quilates intelectuales" que adornaron en vida a la maestra Adela Speratti. Piezas oratorias de innegable estimación por esos años, y que en la actualidad, ameritan su lectura.
         Todos los periódicos de la capital se hicieron eco de tan infausto suceso. "El magisterio nacional y la juventud estudiosa se enlutan con el doloroso acontecimiento, aquel que ve alejarse de sus filas a una compañera abnegada que había consagrado su vida a la noble misión de enseñar con todas las energías y todos los impulsos de su ser", articulaba LA DEMOCRACIA en su edición del 9 de noviembre. EL Cívico, por su parte, en su extensa columna aludía que la maestra Adela Speratti era una "educacionista de nota, su nombre queda ligado al de los grandes servidores de la Patria, abnegadas como pocas, virtuosa como madame de Savígné, ilustre como Gertrudis de Avellaneda, de dama generosa como la baronesa de Marenhalls; su muerte tiene la significación de las grandes pérdidas que no pueden recuperarse fácilmente, porque la extinta vive y vivirá con largueza en el corazón de la niñez y de la juventud estudiosa".
         Una de sus ex discípulas y directora del periódico LA VOZ DE SIGLO, Ramona Ferreira, escribía lo siguiente acerca de ella:
"Era el prototipo de la verdadera mujer paraguaya; su carácter singular en el magisterio era la de un verdadero apóstol (...) Con su sonrisa impregnaba siempre ánimo a sus educandas, con ella era suave el sacrificio del aprendizaje. Su nombre está ligado a toda una generación que ha formado el corazón y la intelectualidad femenina en el Paraguay. Dejó un vacío no tan fácil de llenarlo en el magisterio paraguayo."
         En tanto, El País aducía que:
"sería una vana e imposible tarea enumerar la inmensa cantidad de los trabajos realizados por la distinguida educacionista paraguaya, todos sus desvelos y sacrificios en difundir la instrucción pública, en levantar el nivel moral de nuestros centros de enseñanza, en reformar los planes educativos, en fundar asociaciones para socorrer a la juventud desvalida, en prestar el concurso de su clara inteligencia a los hospitales y asilos. Estas eran las cualidades de Adela Speratti y venía a ser el prototipo de la mujer paraguaya, en toda la idealidad altamente poética de la palabra".
         Con igual tenor, los demás medios de prensa expresaban sus sentimientos de pesar, entre ellos EL PARAGUAYO, ROJO Y AZUL Y LA PATRIA, subrayando que su vida estuvo siempre consagrada a la formación del magisterio femenino nacional, sin otro ideal que el de formar maestras dignas de la gran obra de reconstrucción intelectual de la República.
         No obstante, la tarea iniciada por Adela Speratti no se truncó con su temprana partida. Tenía tan solo 37 años. Su hermana Celsa continuó en la función dejada por ella y un numeroso grupo de discípulas prosiguió, no solo en la labor de mejorar y expandir la instrucción primaria en todo el país, sino también, se distinguió en otros campos intelectuales, gracias a las preclaras ilustraciones de su insigne preceptora.
         Seguidora de la tarea educativa de su hermana, Celsa fue designada en 1903 como Directora de la Escuela Normal de Maestras por el Presidente Juan. E. Escurra. En esa función logró convertir a dicha institución en fundamental cimiento para la formación de los maestros en el país.
         En 1907, contrajo nupcias con el doctor Pablo Garcete, hombre de derecho y magistrado, quien llegó a ejercer el Rectorado de la Universidad Nacional y la presidencia del Superior Tribunal de Justicia. Circunstancia que ocasionó en Celsa, su retiro de la enseñanza activa. No obstante, la tarea emprendida en las primeras horas dio sus frutos. En 1921, se fundaba una institución de trascendental importancia para la formación docente en el país, la Escuela Normal de Profesores; creada bajo la dirección de María Felicidad González, una de sus ilustres discípulas y continuadora de la gran labor pedagógica emprendida por las maestras Speratti.
         De su matrimonio con el doctor Garcete le nació una hija, María Adela, quien siguió la misma profesión de su madre y tía. En los últimos años de su vida y ya viuda, se veía a la maestra Celsa acudir a una escuela para enseñar gratuitamente lectura y comprensión de textos a niños de escasos recursos. Falleció en Asunción el 18 de abril de 1938 con la convicción de haber sido, junto con su hermana, las verdaderas obreras de la educación paraguaya y haber llevado a elevadas cumbres la cultura nacional.
A la partida de Celsa escribieron: "... hubo de abandonar la lucha, obligada por las exigencias de la vida familiar, y quizás más, por la ausencia de estímulos del oficialismo (...) En los últimos años de su vida, Doña Celsa volvió a sentirse impulsada por su fe y amor juvenil a la cultura infantil, y ofreció sus servicios altruistas a la Escuela Adela Speratti”. Por su parte, el Rector de la Universidad Nacional, Ing. Francisco Fernández en un discurso alusivo a su sepelio leía que "su magnitud no solo se mide por lo que en sí vale, sino principalmente por los resultados de la fecunda labor docente desarrollada y por el número de generaciones que ha formado”.


VII. CONCLUSIÓN

         Uno de los capítulos más trascendentales de la historia de la Educación Nacional, se registra en el espacio de la posguerra contra la Triple Alianza, por su productiva manifestación de valores intelectuales; pese a la etapa de mayor precariedad como nunca se haya experimentado en el Paraguay. De hecho, debieron existir algunos incentivos que indujeron a dicha eclosión y sin lugar a dudas el aliciente iniciador fue el régimen constitucional inaugurado en 1870, cuyos principios sustentaban la libertad individual y el derecho a la educación, sin coerción de status social, edad, ni sexo. En ese escenario, se crearon las instituciones formadoras más importantes y que posteriormente alcanzarían notable prestigio como el Colegio Nacional de la Capital, la Universidad Nacional de Asunción y las Escuelas Normales de Maestros y Maestras. Estos centros de enseñanza se convirtieron en focos de cultura gracias al ilustre plantel docente que brilló en sus aulas.
         En este contexto, un aspecto digno de señalar es que en tan complejo periodo financiero por el que atravesaba toda la nación, haya primado la alta valoración del quehacer docente en particular, y del crítico estado educativo en general. Situación evidenciada por las numerosas circunstancias sucedidas en las tres últimas décadas del siglo XIX, como la inclusión de nuevos planes y programas de estudios basados en las corrientes pedagógicas en boga -sustentadas por reconocidos pensadores como Pestalozzi, Spencer y Mann-, la masiva importación de textos escolares, la distribución de materiales didácticos y la concesión de becas estudiantiles, como también, la contratación de docentes extranjeros -especialmente argentinos y europeos- y de profesionales paraguayos formados en el exterior; corroboran el interés de las autoridades gubernamentales y educativas por optimizar la instrucción en todos los niveles, a más de la formación docente, en ese entonces.
         La contratación de las hermanas Adela y Celsa Speratti para ejercer la dirección, primero de la escuela de niñas y luego de un centro que más tarde, se convertiría en un semillero intelectual que "a juzgar por los resultados, cumplió su cometido con notable eficiencia, porque allí en cualquier rincón de la patria, donde ejercía un maestro egresado de la Escuela Normal, surgía un núcleo cultural cuyo centro era la escuela", señala Benítez. Ambas maestras contribuyeron de manera sobresaliente en ese cometido. Introdujeron junto a sus colegas los principios de una nueva educación implementada a partir del normalismo argentino y difundida por la Escuela Normal de Paraná y la de Concepción del Uruguay. Adscriptas a esta corriente pedagógica, las Speratti desempeñaron una profusa labor y gracias a ellas, aunque con locales deficientes y precarios materiales didácticos; la instrucción elemental y la profesionalización del magisterio tuvieron sólidos fundamentos, producción efectiva e imponderables efectos.
         Las hermanas Adela y Celsa Speratti, tanto en su accionar personal como en el desempeño de su tarea profesional simbolizan a la excelencia docente. Representan a la generación de compatriotas sobrevivientes al gran conflicto bélico que modeló una nueva estructura social y, al mismo tiempo, transformó el devenir histórico paraguayo en todos los órdenes. Su aporte educativo y cultural, trazado con irrebatible rigor, fruto del sacrificio personal principiado en un país extraño, en el cual ambas pudieron sobresalir gracias a sus dotes personales, su consagración y esmero al estudio y, posteriormente consumado en el Paraguay, amerita ser consideradas "pioneras del magisterio nacional".
         Otras ponderaciones logran también, asignarlas en ese sitial. Primero por su patriotismo, pues al primer llamado acudieron a participar denodadamente en la reconstrucción académica de la patria, pese al disfrute de mejores beneficios profesionales y de salarios superiores, en el extranjero. Sus méritos académicos y su obra formativa fueron sobradamente relevantes para el desarrollo de un sistema educativo que tuvo logros importantes a pesar de la carencia de los medios materiales. Además, por el hecho de personificar el esfuerzo de la mujer paraguaya en momentos adversos y asimismo con su trabajo, obtener resultados beneficiosos para un país que paulatinamente resurgía de sus cenizas.
         El trabajo investigativo efectuado para rescatar del pasado a estas notables figuras no fue una gestión fácil, pues se debieron exhumar antiguos documentos celosamente guardados en repositorios familiares y hurgar en amarillentas páginas de periódicos o en manuscritos deteriorados por el tiempo. De esta forma, hemos encontrado el rico y valioso aporte con que ambas hermanas contribuyeron para mejorar la educación en el Paraguay.
         El estudio de sus personalidades, su trabajo y su tiempo constituyen y constituirán para las generaciones futuras una lección de vida fecunda y permanente que no debe ser desestimada. Por eso, en las omisiones y aciertos de las hermanas Adela y Celsa Speratti se han de buscar siempre una luminaria que encauce la marcha hacia un mañana mejor.


FUENTES CONSULTADAS
LIBROS
-. Amaral, Raúl. LOS PRESIDENTES DEL PARAGUAY. Asunción. Biblioteca de Estudios Paraguayos. Vol. 50. Centro Paraguayo de Estudios Sociológicos. 1994.
-. Amaral, Raúl. EL NOVECENTISMO PARAGUAYO. HOMBRES E IDEAS DE UNA GENERACIÓN FUNDAMENTAL DEL PARAGUAY. Asunción, Editorial Servilibro. 2006.
-. Bareiro, Line; Soto, Clyde y Monte, Mary. ALQUIMISTAS. Asunción. Centro de Documentación y Estudios. 1993.
-. Benítez, Luis G. HISTORIA DE LA EDUCACIÓN PARAGUAYA, Asunción, Edición del Autor. 1981.
-. Cardozo, Efraím. EFEMÉRIDES DE LA HISTORIA DEL PARAGUAY. Asunción-Buenos Aires. Ediciones Nizza. 1967.
-. Cardozo, Efraím. PARAGUAY INDEPENDIENTE. Barcelona, Madrid, Buenos Aires. Salvat Editores. 1949.
-. Cardozo, Efraím. APUNTES DE HISTORIA CULTURAL DEL PARAGUAY. 2da. Edición. Asunción. Biblioteca de Estudios Paraguayos. Vol. XI.
-. Cardozo, Ramón Indalecio. NUEVA ORIENTACIÓN DE LA ENSEÑANZA PRIMARIA. UNA LECTURA PARA MAESTROS. Asunción. La Colmena. 1925.
-. Centurión, Carlos R. HISTORIA DE LA CULTURA PARAGUAYA. Tomo II, Asunción. Biblioteca Ortiz Guerrero. 1961.
-. CONSTITUCIÓN NACIONAL DE 1870.
-. Decoud, Héctor Francisco. SOBRE LOS ESCOMBROS DE LA GUERRA. UNA DÉCADA DE VIDA NACIONAL. 1869-1880. Buenos Aires. Talleres Nacionales H. Kraus. 1925.
-. Monte, Mary. Martínez Ofelia. Dios PROTEJA DESTINO PATRIA. LAS CONCEPCIONERAS DE 1901. CDE. Asunción, 1999.
-. Monte de López Moreira, María G. BIOGRAFÍAS DE ADELA Y CELSA SPERATTI, MARÍA FELICIDAD GONZÁLEZ, SERAFINA DÁVALOS, RAMONA FERREIRA Y ATANASIO RIERA, EN: FORJADORES DEL PARAGUAY. Asunción. Editorial Aramí. 2004.
-. Monte Domecq, Ramón. EL PARAGUAY, SU PRESENTE Y SU FUTURO. ÁLBUM GRÁFICO. Buenos Aires. Compañía SudAmericana de Billetes de Banco. 1913.
-. Quintana de Horak, Carmen. LA EDUCACIÓN ESCOLAR EN EL PARAGUAY. Asunción. 1995.
-. Riera, Atanasio C. LA ESCUELA MODERNA. Asunción. CEPAG /SUMANDO / Fundación en Alianza. 1899. Rlvarola, Milda. LA REPÚBLICA LIBERAL. CRÓNICA ILUSTRADA DEL PARAGUAY. VOL. 11. 2da. Ed. Buenos Aires, Distribuidora Quevedo de Ediciones. 1998.
-. Rodríguez Alcalá de González Oddone, Beatriz. ROSA PEÑA. Academia Paraguaya de la Historia. Asunción. 1970.
-. Speratti, Juan. HISTORIA DE LA EDUCACIÓN PÚBLICA EN EL PARAGUAY 1812-1932, San Lorenzo. 1979.
-. Speratti, Juan. FEMINISMO. Asunción. Editora Litocolor. 1989.
-. Urbieta Valdovinos, Rogelio. INDEPENDENCIA o MUERTE. ESTUDIO BIOGRÁFICO DEL BRIGADIER GENERAL FULGENCIO YEGROS. Asunción. Imprenta Nacional. 1940.
-. Velázquez, Rafael E. BREVE HISTORIA DE LA CULTURA EN EL PARAGUAY: Asunción. Ediciones Novelty 1970. Zubizarreta, Carlos. CIEN VIDAS PARAGUAYAS. Asunción, Ediciones Nizza. 1961.

PERIÓDICOS
LA DEMOCRACIA,. Año X, Núm. 2616.15-03-1890
LA DEMOCRACIA, Año X, Núm. 2638.12-1V-1890
LA DEMOCRACIA, Año XV, Núm. 4399.26-03-1896
LA DEMOCRACIA, Año XXII, Núm 6996.8-11-1902
EL PAÍS, Año 11, Núm. 312. 8-11-1'902
LA VOZ DEL SIGLO, 10-XI-1902.
EL CÍVICO, 9-XI-1902.
LA PATRIA, Año III, Núm. 59. 10 -11-1902
EL LIBERAL, 7-X-1934.
PATRIA (cuarta época) año 1, núm. 136,19-IV-1938.
EL DIARIO, 22-IV-1938.
DIARIO ULTIMA HORA, 30-04-2008

REVISTAS
-. LA ENSEÑANZA. Publicación Mensual. Año I num. III y IV Órgano de la Asociación Nacional de Maestros. Marzo y Abril de 1913. Director Juan R. Dalhquist.
-. REVISTA DE INSTRUCCIÓN PRIMARIA, Organo del Consejo Nacional de Educación, Director Benigno Riveros. Año 1, Núm. 9, 1902.
-. REVISTA DE INSTRUCCIÓN PRIMARIA, Órgano del Consejo Nacional de Educación, Director Manuel Amarilla. Año 111, Núm. 6, 1905.
-. Riera, Atanasio C., 1890. PRIMERA MEMORIA SOBRE EDUCACIÓN. Asunción. Tipografía de El Paraguayo.
-. REVISTA ADELA SPERATTI, Director: Antoliano Garcete Año I, Núm. 1. Diciembre de 1912
-. REVISTA ADELA SPERATTI, Director: Antoliano Garcete Año I, Núm. 3 Mayo de 1913.

ARCHIVOS
- Archivo Nacional de Asunción, Sección Educación, Vol. 43. 1890.
- Archivo particular de Margarita Yegros.
- Archivo particular de la familia Tonina-Garcete.
- Centro de Historia Familiar de los Santos de los últimos días. Libro de Bautismo Iglesia Parroquial del Niño Jesús de Quyquyó 1816-1839.Número de rollo 1223708, n° de interno 7063. Localidad Quyquyó - Paraguarí. Descripción Bautismo 1815-1835.

ENTREVISTAS
         -JUAN SPERATTI RISSO.
         -ELIZABETH TONINA GARCETE.
         -ELVIRA TONINA GARCETE.
         -MARGARITA YEGROS.
         -MAURA ORTIZ DE BARRETO.

Anexo 4
Poema de IGNACIO A. PANE leído en la inauguración del busto de
ADELA SPERATTI (10/11/1912)
A LA MAESTRA
I
Como toda misión que es sacrosanta
La del maestro, apóstol visionario,
A costa de penurias se levanta
Para hallar al final un calvario.
II
Así inclinada tú, ya sobre el libro,
Ya sobre la niñez, cual te recuerdo,
Dijo en tu mente el porvenir: yo vibro,
Pero en tu pecho el sinsabor: ¡yo muerdo!
III
Al guerrero ó al rey, en otros días
O en otras zonas, glorifica el estro,
La musa eterna canta á los mesías
Del nombre de Jesús la de María.
IV
Eso tu gloria altísima demuestra,
Oh Mesías-mujer, porque añadía
Al papel de "Maestro" el de "Maestra",
Al alma de Jesús la de María
V
La vida del maestro es si bonanza
Feliz la de los grandes, la del fuerte
Más hay un "más allá" que á todos lanza
A anhelar otra vida tras la muerte.
VI
Y brazos, y riquezas a millones
Derrocha el grande ante el fatal deseo,
Pirámides alzando á faraones,
Sepulcral maravilla á Mausoleo.
VII
Pero ese "más allá" (...) a gloria
De los grandes ó césar (...) fueron
Parece como herencia (...) ria
"Y, aún las piedras qu (...) los escribieron"
VIII
En cambio, del maestro la figura
En el gran cementerio del pasado
Es alma que se agita, que perdura
No panteón al derrumbe condenado.
IX
La gloria de Alejandro en la penumbra,
Por César Bonaparte ya no es tanta,
En cambio aún Aristóteles se encumbra,
¡La gloria del maestro aún se agiganta!
X
¡Oh maestra genial, que aún nos cautivas!
Tu vida superior aquí las exhibes:
Este busto, no está "para que vivas",
Este busto está "porque tu vives"
XI
Códigos distan al mezclar naciones,
En su vida fugas -poco visible-
Solo el maestro enlaza corazones,
Y él solo dicta al pensamiento leyes.
XII
Buscando todos Himalayas ó Andes
Porque el afán de lo inmortal no arredra,
Es la piedra quien da vida á los grandes,
El maestro, al revés, vida á la piedra;
XIII
Así ¡oh maestra! Honrando tu memoria:
Que repitamos á tu efigie es justo,
No es este busto quien hará tu gloria
Sino tu gloria quien ha hecho el busto.
IGNACIO A. PANE

ANEXO 5
Poemas escritos por intelectuales, dedicados a ADELA SPERATTI
AMARANTO
A la memoria de la distinguida educacionista que fue Adela Speratti
¡Feliz de ti!, que trata de una existencia
Bella y fecunda, tu misión llenada,
Con lágrimas y lauros coronada
Dejas el mundo donde brillo tu ciencia

Vive en la mente y vive en la consciencia
De todo un pueblo tu obra comenzada;
y no más falta verla continuada
por quien es digna de tan noble herencia.

La tumba que á tu cuerpo abrió la muerte
Solo tus restos guardarán en su sombra,
Que en el recuerdo de tu alma vive grande.

Si se llora tu funesta suerte,
¡Ay! Cuando el labio trémulo te nombra
Parece que tu nombre el alma expande
ARTURO D. LAVIGNE
Asunción, 3 de noviembre de 1902

ADELA SPERATTI
Surgió en la playa del destino, abierta,
Porque la vida es campo de pelea,
Para elevar en la región desierta
Faro de hermosa irradiación de idea

Ella cual toda inspiración radiosa
Que surge de sublimes concepciones,
Con su fe se inició y en su preciosa
Corriente depuró los corazones.

En su misión, cual todo apostolado
Que sólo el bien por el amor pregona,
Del Campo do su fuerza ha consagrado
Sus obras recogieron como corona.

Y cuando el eco de la voz profunda
La llamó desde el solio de la Gloria,
Quedó su vida en su labor fecunda
¡Como reflejo eterno de su historia!
LEOPOLDO RAMOS GIMÉNEZ

ADELA SPERATTI
No existe ya tu ser, voló á la altura:
No suena ya tu voz para la infancia,
Ni exhalas en la vida esa fragancia
Que aspiró la niñez en tu alma pura.

Se apagó con tus horas la ventura,
Que es de un día no más en su inconstancia;
La linfa de tu amor, ay! Ya no escancia
En el niño el raudal de su ternura

En polvo tu envoltura yacer inerte,
De tu mente la luz desvanecida,
Del humano existir adversa suerte.

Más, si pudo apagarse esa tu vida,
Tu memoria palpita inextinguida
Por sobre los misterios de la muerte
HÉCTOR L. BARRIOS

ADELA SPERATTI
Buena Madre, maestra incomparable
Por tu recuerdo santo y tu blasón
De mártir paraguaya de la ciencia
Venimos a decir nuestra oración

La escuela que es tu casa y tu tribuna
Te siente en sus trabajos palpitar
Hay algo de la esencia de tu vida
Que vuela con nosotros a soñar

Y en las noches calladas, muchas veces
A solas te hemos visto caminar
Parece que buscabas nuestras almas
Para tornar como antes a enseñar

Tu voz es armonía de esperanza
Tu voz es vibración de juventud
Resuena en la campana que vocea
Y en los labios que saben de virtud

Para guardar tu nombre bendecido
Para guardar tu vida con unción
Hay, madre, mucho espacio como el cielo
En nuestro tierno y grande corazón

Mujer inimitable que amasaste
Con la fe que clarea el porvenir
La raza retoñada de una raza
Que supo por la patria bien morir

Para fundir tu imagen es el bronce
Más que el mármol que duerme en la quietud
El mejor simbolismo de tu gloria
Fortaleza de bien y de virtud.
MANUEL RIQUELME


ARTÍCULO ABC COLOR:

PIONERAS DEL MAGISTERIO NACIONAL
“ADELA Y CELSA SPERATTI: PIONERAS DEL MAGISTERIO NACIONAL” es el título del libro número 7 de la Colección Protagonistas de la Historia, que aparecerá el próximo domingo 17 de abril, con el ejemplar de ABC Color. La obra fue elaborada por la historiadora compatriota doctora Mary Monte de López Moreira, quien suma así su calidad historiográfica a esta serie publicada por la Editorial El Lector.
Las hermanas Speratti son verdaderas heroínas de nuestro país, dada la gran labor educativa que desplegaron en la difícil era de la posguerra contra la Triple Alianza, en medio de la devastación y la pobreza extrema.  

Como todas las mujeres sobrevivientes, se pusieron el país al hombro para reconstruir la patria. En la introducción del libro, Mary Monte de López Moreira señala que “Casi toda la reconstrucción económica del país recayó en la población femenina. Fueron las mujeres de todas las condiciones sociales quienes se dedicaron a las faenas rurales, al comercio y a la industria. Comercializaban sus productos en los mercados; viajaban de una localidad a otra comprando y vendiendo, abasteciendo de esta manera a toda la población sobreviviente”.  

Adela Speratti nació en Barrero Grande, hoy Eusebio Ayala, en 1865, en plena Guerra de la Triple Alianza (1864-1870). Su padre murió en la batalla de Ytororó. Tras la contienda, su madre, Dolores viuda de Speratti, tomó a sus dos hijas, Adela y Celsa, y se trasladó a la Argentina en busca de mejores posibilidades de vida.  

Adela se recibió de profesora en la Escuela Normal de Concepción del Uruguay, provincia de Entre Ríos, Argentina. Regresó al Paraguay y realizó una extraordinaria labor de organización e incremento de la instrucción pública, con auténtica vocación magisterial y sólida formación profesional.  

Puso las bases de la formación docente en el país afirmada y proyectada mediante la creación de la Escuela Normal de Maestras. Fue la primera directora de dicha institución. Falleció en Asunción el 8 de noviembre de 1902.  

Por su parte, su hermana Celsa nació en Luque en 1868. Egresada como maestra normal, tras el fallecimiento de su hermana Adela la sustituyó en la dirección de la Escuela Normal de Maestras, que al influjo de la capacidad profesional y abnegación de ambas educacionistas se constituyó en la institución fundamental para la formación docente en el país, y se proyectó aún con mayor eficiencia con la Escuela Normal de Profesores. Falleció en Asunción en 1938.

La autora del libro que aparecerá el próximo domingo, Mary Monte de López Moreira, cursó sus estudios universitarios en la Facultad de Filosofía (UNA) donde obtuvo primero la Licenciatura y posteriormente el Doctorado en Historia con la máxima calificación “Cum Laude”. Realizó un curso de posgrado sobre Historia Social en la Universidad Federal de Santa Catarina, Florianópolis, Brasil. En la Facultad de Filosofía (UNA) ejerce la docencia de Historia Antigua: Grecia y Roma, América Colonial e Historia del Siglo XX. Asimismo, en la Universidad Católica enseña Historia del Paraguay e Historia de la Cultura.  

Desde muy joven se ha dedicado a la investigación histórica reuniendo hasta el presente un considerable número de fichas documentales recolectadas en varios repositorios y archivos nacionales y extranjeros.  

Fruto de su labor investigativa son las publicaciones de libros y manuales, entre ellos “La época de los López” en Crónica Histórica del Paraguay Ilustrado. Tomo II. “Manuales de Estudios Sociales”. 4º, 5º, 6º, 7º, 8º y 9º grados de la Reforma Educativa. “Historia y Memoria de la Facultad de Filosofía. 1948-1998. Cincuenta años de su fundación”; Los forjadores del Paraguay. Diccionario Biográfico. Capítulo: Maestros y escritores paraguayos.  

Manual de Historia del Paraguay; Manual del Paraguay Contemporáneo; Manual de El Mundo Contemporáneo; Ocaso del colonialismos español; Antología del Pensamiento Pedagógico en el Paraguay y los Manuales de Historia y Geografía de la Educación Escolar Básica del 7º, 8º y 9º grados, de reciente publicación.  

Ha publicado además numerosos trabajos que contribuyeron a la historiografía nacional. Tiene preparado un libro sobre la Historia Social del Siglo XVI, de próxima publicación, como así también otras investigaciones con motivo del Bicentenario de la Independencia.

Es miembro de Número de la Academia Paraguaya de la Historia y Correspondiente de la Real Academia de la Historia de Madrid, del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay y de la Academia Nacional de la Historia Argentina, del Instituto Histórico y Geográfico del Brasil, además de otras instituciones culturales y científicas del Paraguay.
13 de Abril de 2011


LIBRO SOBRE ADELA Y CELSA SPERATTI
La historiadora compatriota Mary Monte de López Moreira señala a las hermanas Adela y Celsa Speratti como actoras importantes en la reconstrucción del Paraguay de la posguerra del 70, específicamente en el ámbito educativo. La biografía de ambas docentes constituye el libro número 7 de la Colección Protagonistas de la Historia, publicada por la Editorial El Lector, que aparecerá el domingo 17 con el ejemplar de ABC Color

–¿Por qué es importante conocer la vida de  las Speratti? 

–Porque ellas fueron un ejemplo de vida, tanto familiar como profesional, y además porque apostaron por su país en un momento crítico, pues es de saber que en ese tiempo, el Paraguay se hallaba inmerso en la tarea de reconstrucción nacional en todos los órdenes, después de la Guerra contra la Triple Alianza.  

–¿Cuál es el origen de Adela y Celsa Speratti? Usted ha hecho un importante descubrimiento: la viuda de Fulgencio Yegros fue la bisabuela de ambas.  

–El trabajo investigativo efectuado para construir la vida de estas notables figuras no fue fácil, pues se debieron exhumar antiguos documentos guardados en diversos repositorios. Es así que hemos descubierto que doña Josefa Facunda, la viuda del prócer de la Independencia, Fulgencio Yegros, quien fuera fusilado por orden del dictador Francia en 1821, se recluyó en la estancia de la familia Yegros, en Quyquyó, con sus cuatro hijos, después de la muerte de su esposo. Con el tiempo  se relacionó con un caballero de apellido Bedoya, de quien tuvo un hijo, Miguel José Speratti –como firmaba doña Facunda– y quien vino a ser el abuelo de las hermanas Adela y Celsa. Para corroborar lo antedicho, presentamos el acta bautismal del citado Miguel José.  

–Era común en la época que los hijos no fueran reconocidos por sus padres. ¿Por qué ocurrió eso?  

–Es de entender que las condiciones de muchas mujeres, como la de Facunda Speratti, eran muy comunes en el Paraguay bajo la dictadura francista. Un decreto promulgado en 1814 coadyuvó de manera especial a esta circunstancia y afectó a las familias paraguayas, sobre todo a las mujeres de la clase alta. Esta disposición condujo a un descenso social y a la paulatina destrucción de la burguesía criolla paraguaya. En consecuencia, la mayoría de las familias acomodadas, de origen español o criollo, trataba de vivir en sus haciendas del interior lo más discretamente posible y sin despertar la desconfianza del Dictador y más aún si un pariente había sido considerado traidor a la patria, como el caso de la viuda de Yegros. En esta etapa, prosiguieron las uniones de parejas entre los miembros de la clase media y alta, pero ya no sancionadas con alianzas legales –en ese tiempo, solo la religiosa era la permitida–. Es así como proliferaron los nacimientos fuera de los matrimonios formalmente constituidos, tanto en los estratos bajos como en la clase de la antigua elite.  

–¿Cómo fue la infancia de las hermanas Speratti? Ellas estudiaron en la Escuela Normal de Concepción del Uruguay.  

–Sobre la infancia de ambas hermanas se conoce muy poco. Versiones orales han transmitido escuetamente los años de su niñez y de hecho debieron pasar situaciones adversas y muy desdichadas; su madre, mujer sola –el padre de las niñas murió en el combate de Lomas Valentinas–, en el periodo de ocupación aliada, se vio en la necesidad de emigrar forzosamente hacia la Argentina con el propósito de ofrecer a sus hijas un mejor destino y un futuro más venturoso. Es así que hacia 1882, la mayor de las hermanas, Adela, ingresa a la Escuela Normal de Concepción del Uruguay, un importante referente educativo argentino, desde la segunda mitad del siglo XIX.  

–¿Cómo regresaron al Paraguay? ¿Qué tareas emprendieron a su retorno? 

–Gracias a las gestiones realizadas por la profesora Rosa Peña, educada en Buenos Aires y una de las educadoras más relevantes de ese entonces.
15 de Abril de 2011

EL PRIMER LIBRO SOBRE HERMANAS SPERATTI
“Adela y Celsa Speratti, pioneras del magisterio nacional” es el título del libro que entregó ayer, con el ejemplar de ABC Color, la Colección Protagonistas de la Historia, publicada por la Editorial El Lector. Se trata del primer libro biográfico sobre las célebres docentes que contribuyeron en sumo grado con la reconstrucción nacional tras la Guerra contra la Triple Alianza. La obra fue escrita especialmente para esta serie, por la historiadora compatriota Mary Monte de López Moreira y ya está en la biblioteca de miles de hogares en el Paraguay.  

La doctora de López Moreira realmente realizó un trabajo historiográfico magistral y en este texto aporta datos absolutamente inéditos sobre los orígenes familiares de Adela y Celsa Speratti. La autora, basada en documentos fidedignos, demuestra que ambas hermanas son descendientes directas de Josefa Facunda Speratti, la viuda del prócer de la independencia nacional Fulgencio Yegros.  

Las hermanas Speratti nacieron en plena guerra de la Triple Alianza: Adela, en Barrero Grande, y Celsa, en Luque. Ambas sobrevivieron a la contienda protegidas por su madre, quien en un esfuerzo enorme logró llevarlas a la Argentina, donde ambas estudiaron en la prestigiosa Escuela Normal de Concepción del Uruguay, en la provincia de Entre Ríos.  

Tras recibirse de maestras, comenzaron su tarea en tierras argentinas. La historiadora Mary Monte de López Moreira, en uno de los capítulos de su libro, narra cómo fue para que ambas hermanas pudieran retornar al Paraguay con el fin de desarrollar su extraordinaria labor docente.  

“Entre las múltiples realizaciones del maestro Riera, la de mayor importancia y de preferente prioridad fue, sin lugar a dudas, el establecimiento de la Escuela Graduada, llamada a servir de cimiento a la futura la Escuela Normal. En atención a su propuesta, el Consejo Superior de Educación decretó su creación para inicios de 1889. El personal de la institución debía estar integrado por: una directora, que recibía un salario de 120 pesos fuertes; una vicedirectora con 100 pesos fuertes; y dos profesoras, cuyas rentas oscilarían entre 85 y 90 pesos fuertes, honorarios no acordes con los vigentes en las escuelas argentinas. Sin embargo, en la práctica, el cumplimiento de la resolución precitada se vio retrasado por la carencia de docentes competentes e idóneos. Varios meses después, llegó a conocimiento del superintendente Riera la afamada tarea docente desplegada por las hermanas Speratti en Corrientes. Como no había cejado en su empeño de crear instituciones que optimizaran la formación de maestros, abrigó la esperanza de que las compatriotas pudieran incorporarse al quehacer educativo nacional”.  
 
18 de Abril de 20


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