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sábado, 27 de agosto de 2011

JUAN MANUEL MARCOS - EL INVIERNO DE GUNTER (NOVELA) / CRITERIO EDICIONES, 2009 - Comentarios de TRACY LEWIS OSWEGO y JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO




EL INVIERNO DE GUNTER
(SEGUNDA EDICIÓN)
Novela de
© CRITERIO EDICIONES,
Asunción – Paraguay
2009 (267 páginas)





2009
© JUAN MANUEL MARCOS
© CRITERIO EDICIONES
Caballero 270 c/ Mcal. Estigarribia
Teléfs.: 496 991 - 449 738; fax: (595-21) 448 721
Diseño de tapa: VALERIA MARCOS GUSTAFSON
Fotografía: SERGIO MARCOS GUSTAFSON
Diagramación: GILBERTO RIVEROS ARCE
Corrección: JUAN MANUEL VERA GUTIÉRREZ
Mucho celo y técnica fueron empleados en la edición de esta obra. No obstante, pueden ocurrir errores de digitación, impresión o duda conceptual. En cualquiera de las hipótesis, solicitamos la comunicación a nuestra Casa Central, para que podamos esclarecer o encaminar cualquier duda.
La Editora y el autor no asumen responsabilidad alguna por eventuales daños o pérdidas a personas o bienes originados por el uso de esta publicación.
Hecho el depósito que marca la Ley N° 1328/98.
ISBN: 978-99953-73-21-4
Asunción – Paraguay
2009 (267 páginas)



INDICE

Palabras preliminares para la nueva edición de El invierno de Gunter - Tracy Lewis
Juan Manuel Marcos: La novela del postboom - José Vicente Peiró Barco

PRIMERA PARTE
Capítulo I  al Capítulo X

SEGUNDA PARTE
Capítulo I al Capítulo XII

TERCERA PARTE
Capítulo I al Capítulo XIII



PALABRAS PRELIMINARES PARA LA NUEVA EDICIÓN
DE EL INVIERNO DE GUNTER

            Hace ya más de veinticinco años que Juan Manuel Marcos me honra con su amistad, y más de veintiuno que me dedico al estudio gozoso de su novela El invierno de Gunter. Y no debe sorprender a nadie que este aprendizaje de una obra literaria haya durado tanto tiempo, ya que Gunter es de esas narrativas que se aferra del lector con la primera página y deja una impresión de por vida, invitando, como el mar, a reiteradas exploraciones. Empiezas a leer, ¡y ya!, pasan páginas y años de embeleso.
            Con esta introducción a la nueva edición de la novela, me alegro de ayudar a facilitarle al lector la misma experiencia deleitosa que he tenido. Pero conste que no es solo al deleite que la novela nos invita. Más allá de la trama arrobadora, nos abre un mundo de hondas inquietudes, de comicidad magistral, de insondables solidaridades con fuerzas históricas y cósmicas y de posibilidades estéticas. Novela policíaca, cuento amoroso, drama político, gesta paraguaya y latinoamericana, especulación filosófica: es estas cosas y mucho más. Y todo en un festival de la palabra. El invierno de Gunter logra su multidimensionalidad porque Marcos entiende la profunda flexibilidad de nuestro idioma castellano. Entiende que un estilo ágil, rico en risas y en reflexiones sobrias, deliciosamente sazonado de intertextos, hábil en recursos innovadores, no solo entretiene al lector, sino que, además, le brinda la dignidad de un participante. El lector de El invierno de Gunter es llamado, en la mejor tradición posmoderna, a convivir con los personajes, y más allá de eso, a re-crear el texto en el crisol de su propia imaginación.
            Al que me acuse de hiperbólico, le ofrezco el testimonio de los años. ¿Quién como Juan Manuel Marcos para dar vida a una narrativa como Gunter? ¿Quién como él, en su trayectoria vital de escritor y activista, de soñador altruista y constructor pragmático, de erudito comprometido, de desterrado esperanzado; en fin, de hombre en plenitud de su humanidad, quién como él, para llevar a cabo este texto tan paraguayo y tan universal? Opositor impecable a la dictadura stronista, exiliado por ocho años en México, España y Estados Unidos, Marcos produjo la novela precisamente a la vera de su propio viacrucis, fruto vivencial de la experiencia sufrida. De ahí la autenticidad del texto, jamás desmentida en cliché. De ahí la acogida de los críticos, que lo nombraron Libro Paraguayo del Año en 1987, fecha de su aparición. De ahí el afecto del público lector paraguayo, que reconoce en este libro sus propias señas de identidad. De ahí la siempre renovada vitalidad del texto, ahora en forma de la película del mismo título dirigida por Galia Jiménez. Y de ahí su impacto en mis estudiantes norteamericanos, que, a través de mi traducción Gunter's Winter (Nueva York: Editorial Peter Lang, 2001), ven en la obra de Marcos la profunda huella de un drama en que todos, norte y sur, protagonizamos.
            Después de Hijo de hombre y Yo el Supremo, El invierno de Gunter fue solo la tercera novela paraguaya traducida al inglés. Y en la forma traducida, ahora aparece en más de ochenta bibliotecas en Norteamérica y Europa. Pero estos son datos de doble filo, pues, a la vez que demuestran la calidad de la novela, cifran también, por contraste, la injusta falta de reconocimiento sufrida por la literatura paraguaya en general. El invierno de Gunter es un clásico contemporáneo en una tradición prácticamente ausente del "canon" literario mundial, hecho que poco tiene que ver con méritos artísticos, pero mucho con la inercia del arbitraje internacional de gustos. Con o sin la malicia de nadie, hay en la vida de los individuos y de los países un eje ciego que dicta: "Estos valen, y estos no; estos pertenecen, y estos no". Y para mal de todos, y no solo de los excluidos, se sigue perdiendo de vista el ingenio de los paraguayos del planeta.
            ¿Qué hacer en tal circunstancia? ¿Simplemente aguardar a que el motor hondamente desigualador de las cosas nos dé lo nuestro? De una maquinaria cuya esencia es precisamente la inercia, no se puede esperar una rectificación espontánea. Pero sí es posible enarbolar entre nosotros la bandera de lo bueno. Sí es posible ir creando entre nosotros un espacio para la justicia y la excelencia, e ir creándolo hasta que sus frutos resulten innegables para el mundo externo. A eso nos invita El invierno de Gunter. "Este es un llamamiento", escribe Marcos en uno de los poemas incorporados al texto,
            ... para que... te asomes al fuego de la vida
            y en sus llamas de horror te purifiques,
            para que... te lances al río de los otros
            y en su tibio caudal te reconozcas,
            para que... te abraces al primero que pasa
            y le invites a caminar contigo...

            Porque tienes derecho al pan, al libro, al aire, ...
            y a la esperanza,
            yo te nombro de nuevo en este llamamiento
            ¡y te hago mundial...!

            Sentate, lector. Respondé al llamado. Disfrutá.

            TRACY LEWIS OSWEGO,
            Nueva York EE. UU.




JUAN MANUEL MARCOS: LA NOVELA DEL POSTBOOM
JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO

            Juan Manuel Marcos posee una trayectoria personal dedicada casi íntegramente a la literatura hasta que en 1991 asumió el cargo de Rector de la Universidad del Norte asunceña. Pertenece a la última generación de narradores paraguayos nacidos del espíritu democrático que se opuso a la dictadura de Stroessner de forma activa y comprometida. Su labor de profesor universitario se ve reflejada en sus obras. De hecho, mientras se encontraba ejerciendo la docencia en los Estados Unidos, estudió a Bajtín y desarrolló su teoría crítica partiendo de los presupuestos del investigador ruso. De hecho su única novela, El invierno de Gunter (1987), es un juego donde pone en práctica estas teorías1.
            La génesis de la obra es extensa. El autor realizó diez versiones de la misma antes de publicarla definitivamente. La primera es de 1974, y Marcos le dio el título de Querida Verónica. En ella aparecían los personajes de la familia Quiroga. La versión quedó finalmente incompleta cuando el autor fue encarcelado por sus actividades contra el régimen de Stroessner. Después de su excarcelación, mientras estuvo beneficiándose del asilo político en la Embajada de México en Paraguay en agosto de 1977, leyó las obras de Agatha Christie, los únicos libros que había allí, lo que influyó en la intención policial del argumento final. En 1978, ya en Madrid, terminó una nueva versión que presentó a un concurso en España. No recibió comunicación alguna y supo por la prensa que no había resultado premiado, pero recibió una oferta para adaptar la obra al cine. Pero el proyecto era en realidad una versión semipornográfica del argumento, por lo que rechazó la oferta, antes de leer su tesis doctoral en la Universidad Complutense.
            Marcos se instaló en Pittsburgh en 1980, donde pudo realizar una nueva variante de la obra, en la que modificaba sobre todo los personajes y el argumento, además de pulir el estilo de lo ya escrito. Cuando vivió en casa de la poetisa paraguaya Lourdes Espínola y su marido, el profesor Charles Richard Carlisle en San Marcos, Texas, pensó en enlazar la trama principal con sus nuevas vivencias en los Estados Unidos, e introdujo los personajes de Gunter y Eliza Lynch. En esa transformación de la novela, se inspiró en la articulación del mundo occidental al de la dictadura de Ceaucescu, de la novela The Dean's December de Saul Bellow, en la acción paralela de Gunter, y recreó el personaje de Soledad Sanabria Gunter, heredera junto a éste de las vivencias personales de la generación de Marcos en el norte y en el sur del continente americano.
            La novela se publicó finalmente en Asunción en 1987. Obtuvo el premio El Lector y fue declarado libro del año. Integraban el jurado otros escritores: Alcibíades González Delvalle, Jorge Báez Roa, César Alonso, Osvaldo González Real y Helio Vera. La disputa con otra obra crucial de la narrativa paraguaya contemporánea, La niña que perdí en el circo de Raquel Saguier, fue dura. Juan Manuel Marcos en persona presentó la novela y quizá por su condición de profesor en los Estados Unidos no tuvo problemas con la censura, a pesar de incluir un párrafo conflictivo en el que recrea un posible encuentro entre Marx y el mariscal López en Londres que acaba con una verdadera proclama política relacionada con el presente, que transcribimos a continuación:
            -Bueno, padre, ponga un poco de imaginación. La cuestión es que Marx les invita después del teatro a una sopa de gallina, creo, muy caliente y grasosa, cerca del museo. A López le encanta la sopa. De repente Marx alza la vista entre el humo que sube del plato en el frío de diciembre y le dice Eliza: "Vos, que tendrás hijos paraguayos, debés saberlo. En el futuro toda América Latina será socialista". López, que era medio sansimoniano según Liza, pone mala cara. Entonces Marx le tranquiliza y le da unas palmaditas, así, ¿vio?, y le dice: "No te preocupes, después de todo, ¿qué puede ser peor que Stroessner?"2.
            La novela tuvo una gran recepción, y buenas ventas en Paraguay. Fue traducida al inglés por Tracy Lewis en los Estados Unidos, catedrático de Nueva York. La obra, en una primera lectura, presenta intencionadamente la combinación de géneros que Marcos ha establecido como característica del post-boom latinoamericano en sus ensayos críticos literarios. Bajo una intriga policíaca se esconden tramas políticas, existenciales, introducciones en la mitología guaraní, crítica social, resonancias del género histórico, episodios amorosos y eróticos y referencias literarias intertextuales, y de reflexión sobre la literatura.
            La compilación formal y argumental es una de las características de El invierno de Gunter. La acción se sitúa en la ciudad argentina de Corrientes, próxima a la frontera paraguaya, durante la guerra de las Malvinas. El argumento presenta la historia en paralelo de dos familias provincianas. La primera de ellas es la del abogado oportunista Evaristo Sarriá Quiroga, personaje que ha prosperado a la sombra del proceso de la última dictadura militar argentina. Quiroga no comprende a su mujer, una rica estanciera víctima de una extraña locura, cuyo padre es un coronel retirado del ejército paraguayo, antiguo héroe de la Guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay. Evaristo, además de ignorar a su padre, tiraniza a sus hijos, el tímido Alberto y la valiente Verónica, quienes tienen sus primeras experiencias sexuales y comienzan a participar de la rebeldía juvenil. Por otro lado, se encuentra la familia de Francisco Javier "Pancho" Gunter, un alto tecnócrata ultraconservador de origen paraguayo, presidente del Banco Mundial, quien llega de Washington a Corrientes para auxiliar a su hermana Amapola, una viuda pobre de un peluquero anarquista, cuya única hija, Soledad, es amiga íntima de Verónica y mantiene relaciones con Alberto. La tragedia aparece en la vida de estas dos familias; es asesinado el brigadier del ejército Gumersindo Larraín, tutor de ambos hermanos después de la misteriosa muerte de sus padres, y la acusada es Soledad. También se le acusa de aberraciones sexuales, políticas y literarias. Las sospechas, no obstante, van recayendo en ambas familias y se extiende a la mulata profesora hispanista Eliza Lynch -esposa de Gunter-, al arzobispo de Corrientes -el jesuita paraguayo Simón Cáceres-, y al viejo colega y amante de Eliza -Toto Azuaga-, enfermo de cáncer terminal. La trama se complica; Gunter trata de salvar a Soledad, pero ésta finalmente muere víctima de la tortura del ejército. Finalmente, Gunter renuncia a todos sus cargos y se reintegra al Paraguay hasta su muerte.
            La estructura de la obra se sujeta a técnicas cinematográficas, mientras el argumento sigue esquemas realistas, con una presentación de personajes y situaciones en la primera parte, el núcleo central de la intriga como nudo en el que se incluye el crimen, y el desenlace del intento de Gunter por salvar a Soledad prologado por las reflexiones de su diario. Esta estructura está acorde con la situación policial que se plantea. La acción sucede entre retrospecciones y avances, como flash-backs cinematográficos y se distribuye a modo de montaje de planos distintos continuos. El invierno de Gunter es un pastiche; un collage de situaciones de diferentes géneros en su clasificación tradicional. El argumento gira alrededor de un eje que aparece a mitad de obra: la doble muerte de Alberto y del brigadier Gumersindo Larraín, lo que hace pensar en que el relato tiene un matiz policíaco. Sobre este punto central se disponen los acontecimientos anteriores y posteriores. Antes del crimen, la acción se centra en la descripción de la vida cotidiana de los personales, y, después, el elemento político ocupa el centro de atención del discurso.
            Para sintetizar las características de El invierno de Gunter, podemos tipificar las distintas tramas del argumento de la siguiente forma:
            1) Trama policíaca. En la novela de este subgénero hay una doble oposición entre el criminal y su víctima, y entre aquél y el investigador, lo que según Todorov conforma una estructura dual básica integrada por la historia del crimen (lo que sucedió) y la historia de la investigación ("lo que se descubrió"), aunque ambos aspectos son complementarios3. Toda la investigación se encamina al descubrimiento del culpable. En El invierno de Gunter hay un crimen, y en cierta medida la historia de su ejecución, pero la trama de la investigación no existe. No hay personas interesadas en su esclarecimiento, y Gunter, el personaje que podría estar más próximo a la figura del investigador, no tiene el propósito de averiguar el suceso sino de liberar de la prisión a su sobrina, lo que entra dentro de la aventura política. Hay un elemento criminal central, pero la obra no presenta las suficientes características de la novela policíaca para poder considerarla dentro de este subgénero. Sin embargo, el crimen cometido determina el desarrollo del resto de las tramas y las actitudes de los personajes. Marcos elude la investigación para centrarse en el aspecto político, pero los motivos policíacos se resumen en la indagación de los móviles del asesinato del brigadier, lo que vislumbra la influencia de la llamada paraliteratura.
            2) Temática pop y juvenil. Los elementos de la cultura popular juvenil también forman parte del argumento de la novela y en su aparición también se contempla la influencia de la paraliteratura en el autor. Juan Manuel Marcos la escribió cuando era muy joven, por lo que refleja buena parte de este mundo. Los hijos de Evaristo Sarriá Quiroga simbolizan el espíritu de la rebeldía juvenil contra lo tradicional, sobre todo contra la figura del padre esclavizador. Su rebeldía, como la de otros personajes, también es social: a pesar de su familia tradicional, piensan en contra de la dictadura, pero es en la libertad sexual donde se encuentra el núcleo de la rebeldía. Alberto se enamora de Soledad y anuncia a su padre que quiere casarse con ella, presentándosela como una estudiante y masajista no profesional en una sauna donde acuden especialmente militares maduros, nunca como sobrina del presidente del Banco Mundial, dato que desconoce. Verónica, por otra parte, se masturba, tiene escarceos sexuales con el joven Chipi, pero también mantiene relaciones lésbicas con Soledad. Verónica representa la figura de la adolescente idealista que defiende el amor libre, concebido como expresión más sublime de la libertad, especialmente de la femenina. Más adelante Alberto, Verónica y Soledad practican varios ménages a trois. El mantener relaciones sexuales ilícitas y heterogéneas, es una forma de rebelión contra el concepto tradicional familiar que les ha impuesto el padre. Además, los jóvenes consumen droga, beben cerveza, leen poesía, tocan la guitarra, ojean revistas como Interviú, adoptan tics de ídolos de la imagen como Marlon Brando, y oyen música pop. Sus habitaciones están llenas de carteles pornográficos y banderines deportivos. En este sentido, dominan los numerosos elementos de la cultura pop y de masas en el discurso. Aparecen personajes del cómic y del dibujo animado televisivo como Los Picapiedra, hamburgueserías norteamericanas como el Burger's King, referencias cinematográficas de películas como Lo que el viento se llevó, Los diez mandamientos, locales como el World Trade Center, pubs, marcas comerciales como Volvo y Parker, y música de jazz de Charlie Parker, con la que Marcos evoca a Julio Cortázar. La acción se sitúa en el mundo moderno tecnificado: aparecen aviones, coches, máquinas, televisiones, tocadiscos, radio-relojes, etc. La novela contiene elementos del pop, de la cultura y la vida juvenil, y de los subgéneros de masas, de la literatura de consumo, rompiendo los esquemas de la novela centrada en el tema local para extenderse hacia el mundo moderno actual.
            3) Trama política. El argumento de la novela incluye constantes referencias a los acontecimientos políticos de América del Sur. El hecho de ubicar los acontecimientos narrados en la última dictadura argentina, coincidente en el tiempo del relato con los últimos años de la de Stroessner, y concretamente durante la guerra de las Malvinas, sugiere de por sí una serie de connotaciones políticas. Sin embargo, cuanto más avanza el argumento, la política va teniendo más importancia en la novela, sobre todo la denuncia de la corrupción política. Marcos evoca también temas propios de la política paraguaya: la corrupción institucionalizada, la violencia de la dictadura de Stroessner, el contrabando, el poder del arma de caballería, y la semblanza entre el general González -sorprendente trasunto del general Rodríguez, consuegro y hombre de confianza de Stroessner entonces, hasta que lo derrocó dos años después de publicada la novela-, y referencias históricas a la labor de los jesuitas y, sobre todo, a los obispos de esta orden que se apartan de la ortodoxia vaticana. También alude Marcos a aspectos de la política de otros países como el régimen franquista español, las dictaduras latinoamericanas y el poder financiero que establece las pautas de los gobiernos de los países.
            El narrador introduce reflexiones políticas teóricas en algunos episodios de la obra. Hay disquisiciones sobre el marxismo, los métodos políticos, la influencia de la banca internacional, la tortura como recurso inquisitorial de las dictaduras y el gran capitalismo financiero que estrangula cualquier política latinoamericana que pretende ser independiente. Además, los intentos de Gunter por salvar a su sobrina le provocan amenazas políticas: no violentas, sino con el método del aplastamiento financiero que ahogaría al país. De esta forma, Marcos, además de cuestionar la violencia de las dictaduras latinoamericanas, plantea también el tema de la alta política mundial, en la que domina el mundo de las finanzas. También unifica la política occidental capitalista con la de las dictaduras comunistas del este de Europa en la escena en que Gunter acude a Rumania y describe el régimen de Ceaucescu. Sin embargo, este elemento político es tangencial, porque es consecuencia del argumento en sí, y no un planteamiento apriorístico que ocupe el plano central del mensaje del contenido. Marcos pretende denunciar las tramas oscuras del alto poder mundial, distintas a las que una sociedad que pretende ser democrática ha de tener, y bastante desconocidas para las masas. En suma, existe un elemento temático político en la novela que enlaza lo puramente local con lo universal.
            4) Universalismo. El discurso textual revela la comunión de las culturas universales en el mundo actual y la globalización de las mentalidades. No hay una posición de privilegio de mitos ancestrales guaraníes, pero el narrador los incluye y llega a reflexionar sobre ellos, de la misma forma que lo hace con elementos de la cultura moderna y popular, o con la política, en la que conecta a Marx con Stroessner, y al Che Guevara con Elisa Lynch, la concubina del mariscal López; los mitos de la historia universal con los de la nacional, lo que supone la vindicación de mayor universalidad en el Paraguay. Por otra parte, globaliza las historias nacionales y emparenta algunas, como las de los países del Cono Sur con las de otros, como España y Estados Unidos, lo que contribuye a combatir la idea nacionalista y restringida de las perspectivas tradicionales de evaluación de la historia paraguaya. El mismo origen de Gunter es fruto del moderno mestizaje paraguayo: es hijo de emigrantes alemanes, "aquellos bávaros trasplantados a la jungla", lo que fue para él un primer signo del mestizaje cultural que impera en el mundo actual. Mezcla discursos sobre mitos guaraníes con otros sobre la mitografía contemporánea y pop, trasciende la vida actual hasta enfrentarla al pasado tradicional, y establece la irreconciabilidad de ambos mundos; e intercala discursos localistas con universalistas. Aunque el argumento principal de la novela se localiza en Corrientes, encontramos escenas en paralelo situadas en Madrid, en París -Elisa evoca los paseos de Cortázar en la capital francesa-, y en ciudades de los Estados Unidos y Paraguay. Marcos defiende la globalidad de la cultura, lo que contrarresta el discurso nacionalista paraguayo, y la primacía de lo universal en el mundo de hoy en día, hecho favorecido por la facilidad de comunicaciones y los mass media; de la misma forma, interconecta la cultura intelectual con la popular con la aparición de deportistas como Nadia Comaneci, y actores de televisión y cine como Bob Hope o Marlon Brando; en los diálogos de los jóvenes, donde se mezclan la reflexión sobre filósofos con la música pop o folklórica, incluso populares españoles como Carmen Sevilla y la cultura audiovisual. Marcos combate el empeño del régimen de Stroessner por mantener aislado el país, cuando ya no existen fronteras culturales en la actualidad.
            Uniendo estas referencias a los personajes, podemos argumentar que la novela refleja el mito de la modernización, visible en los procesos de cambios de mentalidad de los personajes y en el papel jugado por las elites políticas en la configuración de la sociedad y en el mundo de las formas de vida cotidianas, mezclando elementos ancestrales y modernos, como medio de integración social de las identidades individuales escindidas, e ironizando sobre el pasado glorioso y la modernidad que llega esporádicamente a Latinoamérica; el movimiento entre lo conservador y lo progresista. Con ello, Marcos sintetiza también la discontinuidad y la inestabilidad, bajo una apariencia de férreo orden, de la vida social contemporánea, sita entre los movimientos pendulares de la historia y la aculturación nacional a la que lleva el mundo actual, lo que es una reivindicación de la necesidad de abandono del ensimismamiento paraguayo. Pero también la novela es una muestra de las tensiones entre el pensamiento moderno de claro signo europeo y el paraguayo tradicional, de la misma forma que enfrenta el mundo tradicional que ha heredado con el universo que se encuentra en las ciudades del extranjero donde ha vivido el autor.
            La novela es también una reflexión sobre las raíces históricas y míticas de la comunidad hispano-guaraní. Marcos revela que hay una necesidad de romper con la historia heredada porque es falsa y está contaminada de revisionismo, a la que combate con frases y opiniones llenas de dureza como la de que Sarmiento fue el "primer mono pro-yanqui argentino, que murió exiliado en un naranjo no sin antes gritar que era Inglaterra la madre del borrego y la barbarie el tigre"4. Así, el autor participa de la irreverencia hacia la historia, junto a otros escritores contemporáneos de su país como Guido Rodríguez Alcalá, y desenmascara su carácter mítico e inalterable. Para ello se vale, además de la temática, de la escritura automática, lo que es un signo iconoclasta, en las citas históricas que son signos de la rebeldía del autor contra el pasado paraguayo marcado por la violencia de sus dirigentes políticos. El rechazo de la historia heredada supone también una refutación de los mitos ancestrales y de la educación recibida. En claridad, hay rechazo del ideal de la grandeza de la raza paraguaya de Natalicio Talavera, e incluso de las ideas que incluía en la revista que fundó, Cabichu'í ("La avispa") para animar la moral de los soldados paraguayos durante la Guerra de la Triple alianza. Demuestra la necesidad de no anclarse en el folklore y en el pasado, y acercarse a una sociedad de mitos universales. La necesidad de rebatir la historia no solamente aparece en el discurso directo, consciente o inconsciente de los personajes, sino también en las apariciones del narrador omnisciente.
            Hay discursos culturales que se interfieren y la música ejerce un papel de ordenador del espacio vacío de la cultura en el ser humano. Los personajes suelen manifestar la necesidad de romper también los moldes impuestos en la música clásica, sobre todo Eliza Lynch cuando cita que es costumbre escuchar La primavera de Vivaldi, pero prefiere cualquier otro movimiento de la obra, sobre todo El otoño, el opuesto a aquél. Sin embargo, estos elementos no constituyen el tema primordial de la novela; aparecen inmersos en el discurso irrumpiendo de forma repentina. Por eso no es una novela monotemática, sino pluritemática; su discurso no defiende la modernidad, sino que la describe, lo que ya es cuestionarla de por sí.
            5) Elementos de la novela amorosa folletinesca. Se centran especialmente en el enfrentamiento de Evaristo Sarriá-Quiroga y su hijo Alberto que se produce cuando éste le comunica que desea contraer matrimonio con una mujer que rechaza el padre, lo que es un argumento propio de la subliteratura romántica sentimental. Así, Alberto y Soledad son dos jóvenes tímidos en un mundo caracterizado por la incomprensión de los mayores, y sus dificultades provienen de las negativas del adulto a respetar sus inquietudes, como en el folletín y en la novela juvenil de problemática amorosa.
            6) Rasgos de la novela erótica. El narrador reproduce escenas eróticas que se apartan de la simple descripción de la relación sexual entre un hombre y una mujer, para pasar a describir situaciones sexuales transgresoras que conectan un deseo de los personajes por transgredir el orden moral social imperante, como masturbaciones femeninas, un adulterio, relaciones lésbicas y a trío de un hombre y dos mujeres. Estas escenas suelen evadir cualquier descripción pornográfica; se centran en las descripciones sensuales y en el lirismo de las sensaciones de los personajes.
            7) Rasgos autobiográficos dispersos en los personajes. Marcos incluye en El invierno de Gunter sucesos que se inspiran en sus vivencias, lo que se puede observar sobre todo en las alusiones a las ciudades que conoce. Sus personajes ejercen oficios como el de profesor -el que ocupaba Marcos mientras escribía la novela-, sus lecturas preferidas, y en general su visión personal del mundo como un ente caótico difícil de escrutar.

            EL DESPLIEGUE BAJTINIANO

            Ya hemos advertido la preferencia teórica de Marcos por Bajtín. Ello se traduce en la práctica en El invierno de Gunter, donde es evidente el dialoguismo traspasado a la acción. Los diálogos y discursos del narrador se caracterizan por el pluritematismo: plantean temas metafísicos, religiosos, literarios y artísticos, políticos y existenciales. Y esta relación dialógica es intralingüística, y además está lejos de ser una síntesis que pretenda la resolución de los problemas que se debaten, sino que adquiere la función de apoyar y examinar la exterioridad del mundo y su heterogeneidad de unas voces en relación con otras. La heteroglosia caracteriza el texto: se ensamblan discursos de todo tipo y en cualquier registro lingüístico -coloquial, culto, íntimo, externo y polifuncional-Aparecen frases en inglés y en guaraní entremezcladas con el discurso en español, y elementos de culturas y mentalidades distintas. Su fin es mostrar la condición pluricultural del mundo y la interferencia de culturas en la sociedad contemporánea. El pensamiento de los personajes que aparecen no es lineal, porque todos ellos tienen una personalidad propia que los hace diferentes de los otros, pero en conjunto forman una microsociedad de seres con problemas semejantes en el fondo, aunque distintos en la forma. La relatividad del discurso demuestra la conexión de la novela con el postboom, en la que todos sus elementos no están sujetos a un escrito concreto y a un mundo único en el que se desenvuelven los personajes. Éstos no formulan verdades absolutas, sino parciales, procedentes de sus conciencias individuales, para deshistorizar el discurso y privilegiar una verdad impersonal. De hecho, no se sabe realmente quién mata al brigadier Larraín, lo que deja de ser importante en la novela en beneficio de la historia personal de cada individuo.
            Los personajes presentan el agotamiento de sus discursos caóticos y confusos como su mundo interior. La decadencia de la sociedad difuminada en apariencias que ocultan la falta de ética, conduce a los personajes a su propia destrucción, ya a la muerte, ya a la caída en la mediocridad. Las muertes simultáneas de Larraín y la de Alberto, simbolizan la defunción de un tiempo pasado y la degradación de los jóvenes por la alienación que padecen. Estos personajes adoptan posturas propias del protagonista de la novela de la postmodernidad: nihilismo, anarquía, silencio interior, liberado en la escritura, androginia, cierta esquizofrenia, afinidad a la otredad e indeterminación. Por otra parte, Gunter simboliza la memoria universal cuando desata sus recuerdos y vivencias en el norte y en el sur de América, emparentando ambos mundos tan distintos en sí.
            La intertextualidad es uno de los elementos técnicos y temáticos que caracterizan la novela. Juan Manuel Marcos, como profesor y experto en literatura, realiza una introspección en conceptos y reflexiones literarias. Asume diversas posiciones estéticas, tanto en las citas de autores literarios como en su propio discurso, acordes siempre con los diversos registros y tipos de discurso que utiliza en la narración. Las citas de otros autores que aparecen en la novela son de dos tipos: las que indican el autor, y las anónimas que Marcos transcribe sin especificar su procedencia, al modo ensayístico, aunque el lector formado puede adivinarlas. Indicándolo, cita versos de Verlaine, José Hernández, Cernuda y Rimbaud, entre otros muchos autores. A veces Marcos incluye una nota a pie de página para citar la procedencia del texto, como ocurre en el primer capítulo de la primera parte, en la larga explicación del mito guaraní de la tierra sin mal, sobre el que transcribe un texto de Pierre Clastres, denotando su formación científica. Sin especificar el autor, llega a recrear la cita original hasta transformarla en propia, lo que revela su defensa de la posibilidad de transformar lo clásico, lo ya fijado en la historia de la literatura. En este sentido, transforma los célebres versos de Federico García Lorca con sentido lúdico y transgresor: "y yo me lo llevé al río, creyendo que era mozuelo, pero tenía potencia"5. El discurso es igual de irreverente con la literatura como con la historia.
            Juan Manuel Marcos rinde homenaje a autores de su preferencia. Eliza Lynch, la esposa de Gunter, y Toto Azuaga son profesores de literatura. La primera realizó su tesis doctoral sobre Góngora, aunque prefiera a Antonio Machado, en particular sobre el tema del tiempo en su poesía. Marcos mantiene su debilidad personal por el poeta sevillano. Cita, asimismo, numerosas obras y autores de su preferencia: Hemingway, el poema "El viaje definitivo" de Juan Ramón Jiménez, Orwell, Whitman, Ibsen, Larra, Rousseau, San Agustín, René Char, Saul Bellow o Cesare Pavese. Por otra parte, el narrador dialoga con pensamientos filosóficos de Hegel, de Marx o del mismo Borges.
            También reflexiona sobre temas literarios como el carácter poético de la Biblia y el sentido de la tragedia griega en la vida y en la literatura contemporánea. A veces, como hace con la música, hay una crítica al público, porque aunque no entienda la letra -a veces estúpida-, prefiera la letra cantada en inglés, escuchar una tragedia en un idioma que desconoce, lo que es una alusión clara al snobismo cultural. En este mismo sentido, Verónica comenta que Soledad siempre rechazó el establishment cultural donde el autobombo, las rencillas y los elogios pagados con elogios junto a la mediocre creación y la escuálida formación ideológica constituyen la frustración más patética, lo que es una clara referencia directa a la crítica que realizaba su revista generacional Criterio al ambiente literario paraguayo. Además, mientras el autor escribía la obra estudió El diciembre del decano de Saul Bellow, y el estilo de la confusión del personaje de este autor se impregna en algunas páginas de la novela, de la misma forma que la intriga policíaca y la inclusión del asesinato después de haber presentado y articulado todos los personajes de la novela, están influidas por sus lecturas de Agatha Christie. A veces recrea frases hechas introduciendo personajes literarios, como "todos fueron Walt Whitman"6. Incluso sugiere el parentesco entre autores reales, como su compatriota René Dávalos - poeta de la generación de Marcos, fallecido en plena juventud, por lo que la cita le rinde homenaje-, con otros ficticios, como el de "Pierre Menard, autor del Quijote" de Borges. La metaficción, como hemos visto, la reflexión genérica sobre la literatura es índice de la modernidad de la obra de Marcos, y en Paraguay de revolución literaria, porque hasta entonces el experimentalismo solamente se había podido encontrar en pocas obras anteriores.
            El logocentrismo del discurso radicaliza la acción en una sucesión de discursos de diferente índole. Hay discursos en paralelo y lenguajes mezclados, y una polifuncionalidad de los registros utilizados, con alternancia de palabras cultas con coloquiales, tecnicismos y vulgarismos. Mientras Toto Azuaga explica el sentido del mito guaraní de la tierra sin mal, el discurso se ve interferido por paréntesis que incluyen el pensamiento que discurre por la mente del profesor, que es el recuerdo de Eliza. En este sentido, la distribución de la última parte de la novela es original: en paralelo, dentro de cada capítulo, se alterna el discurso del diario de Soledad que Verónica ha debido encontrar (en letra cursiva), con el discurso narrativo de Gunter, en búsqueda de la salvación de aquélla. Cada parte del diario de Soledad comienza con una cita de un autor literario, y es un ejemplo perfecto del discurso interior cargado de lirismo de la novela, además de mostrar su sufrimiento y la insignificancia de su vida. No se trata de una inclusión de discursos alternativa y anárquica, sino la puesta en orden del pensamiento último de Soledad, con el descubrimiento de lo ocurrido y de su salvación. Dentro del discurso también se incluyen preguntas de exámenes de tipo test, en mayúsculas, poemas, fragmentos de frases encadenadas sin puntuación, discursos con reticencia, exclamativos, interrogativos, fragmentos morosos frente a otros dinámicos, diálogos pausados y rápidos, intersección del discurso en inglés y en castellano, la aparición del discurso periodístico, del científico, y del publicitario, lo que, sumado a la estructura circular de la obra, le otorgan esta condición. También destaca el empleo del monólogo interior para mostrar el mundo mental terrencial de los personajes.
            La localización de la novela enfrenta el mundo tecnificado de Occidente con el paraguayo-argentino dominado por el retraso que infligen las dictaduras. La ubicación del punto central del argumento en Corrientes, ciudad argentina en la frontera con Paraguay, es un subterfugio del autor para evitar las referencias miméticas al Paraguay de la dictadura, pero no elude el paralelismo existente entre la política paraguaya y la argentina.
            Las coincidencias son una de las claves de la novela. Juan Manuel Marcos cree que las coincidencias del destino determinan la vida de las personas, este aspecto es uno de los rasgos borgianos más perceptibles de El invierno de Gunter. A pesar de que advierte que cualquier referencia real de los personajes de la obra es casualidad, es cierto que es demasiado coincidente, y un factor estético determinante, el que el general de caballería Gutiérrez recuerde al general paraguayo Rodríguez. También es "casual", aunque en el fondo se esconda la denuncia de uno de los momentos más trágicos de la historia argentina reciente, que la acción principal transcurra durante la guerra de las Malvinas. El que la mujer de Gunter se llame Eliza Lynch, como la concubina de Francisco Solano López, es simbólico: ella es la mujer anglosajona de un hombre de origen paraguayo con el que se casa en los Estados Unidos, de la misma forma que madame Lynch era una irlandesa que se comprometió con López cuando éste convivía en las cortes europeas. Y Gunter, el esposo, igual que López, fracasó en la guerra, no conseguirá hacer realidad su intento de rescatar al único vástago natural que queda en su familia, Soledad. Otra casualidad es la existencia del doble padre Marcelino, delatada cuando Alberto envenena a uno de ellos, y sin embargo le sustituye su hermano gemelo, su sosías, sin que se altere la vida cotidiana. Otras veces la coincidencia surge de la asociación mental de un personaje; Eliza compara a Verónica con la gimnasta Nadia Comaneci, pero en rubia. También es otra coincidencia la semejanza entre la obra de O'Neil y las tragedias de Esquilo, y que el general Gutiérrez sea directivo de un equipo de fútbol en Corrientes, el Cerro, que tiene el mismo nombre que el equipo del Barrio Obrero de Asunción.
            Hay incluso referencias coincidentes en las que se oculta el nombre al que parece aludir, como la del equipo científico de jesuitas europeos encabezados por un arqueólogo catalán, lo que es una clara alusión al mallorquín Bartolomeu Meliá, el difusor e investigación de la cultura guaraní residente en Paraguay. Curiosamente, el padre Meliá recibió el Premio Nacional de Ciencias del Congreso Nacional de Paraguay, cuando Marcos pasó a presidir la Comisión de Cultura y Educación del Senado en 2003.
            Las referencias textuales basadas en detalles autobiográficos a las que hemos aludido, subrayan la actitud de los personajes. La experiencia de Marcos en los Estados Unidos, especialmente la de profesor, se transcribe especialmente en el personaje de Eliza Lynch, quien es de Pittsburgh, viven en Washington y enseña en Maryland. También refleja en este personaje su vida en Madrid, y las costumbres que adquirió allí durante su estancia. Por otra parte, las transcripciones y las reflexiones literarias y el hecho de que Eliza Lynch sea profesora de literatura se debe a su experiencia como tal en Estados Unidos, pero además este personaje llega a reflexionar sobre la labor del profesor de literatura. En realidad, lo que Marcos realiza es una reflexión personal casi ensayística sobre la utilidad de la literatura por medio del personaje.
            La obra presenta una gran cantidad de recursos roabastianos. Es notable la influencia de este autor, al que Marcos ha estudiado con gran profundidad. Están inspirados en los juegos de palabras como "revelaron", "Caídos del Valle de la Muerte" (27), el uso borgiano de los paréntesis, la inclusión de mayúsculas en transcripciones de palabras de personajes ausentes, y el cruce de la transcripción de citas literalmente copiadas con el discurso narrativo. Incluso hay una referencia a uno de sus relatos de El trueno entre las hojas cuando Gunter encuentra a un "viejo señor obispo". La complejidad estructural y la incursión de diversos narradores nos llevan a pensar en cierta influencia de Yo, el Supremo, lo que se observa también en tema de la irreverencia ante el discurso histórico heredado. Además hay una obvia influencia de Roa en la reflexión sobre la escritura y su complejidad. Existe también una coincidencia con Roa en la valoración de los mitos. El del tigre justiciero, unido a la misteriosa máscara del teatro, del asesino del brigadier, es el reflejo del mito colectivo: de la sombra inexplicable para una mentalidad racional que, sin embargo, algunos creen ver. El mito es un proceso mental, y solo el hombre puede combatirlo hoy en día con la inteligencia racional, pero no con la sustitución por otros mitos modernos.
            Estas mitologías aparecen entrelazadas: en la narración es posible contemplar la aparición de mitos guaraníes y paraguayos, clásicos y modernos, lo que es una muestra de la universalidad de la cultura.
Esto sirve para reivindicar la dignidad latinoamericana, lo que significa creer de forma esperanzada en la esperanza de América.
            El misterioso crimen queda sin resolución final. Así, la obra se resuelve con ambigüedad; y el invierno que invade a los personajes es una metáfora de la época en que viven los países del Cono Sur durante los años en que se desarrolla la acción. En conclusión, El invierno de Gunter es una obra donde se aprecia la mezcla de géneros que caracteriza a la narrativa universal experimental del último tercio de nuestro siglo. La novela se enmarca en los postulados de la postboom: hay un cuestionamiento de la historia y de los mitos impuestos, y no hay una clara distinción entre la trama policial y el resto de los argumentos que se suscriben, especialmente el político. Con ella, Juan Manuel Marcos incorpora, como otros autores, a la narrativa paraguaya a las corrientes y a los estilos que dominan en la literatura contemporánea universal. La novela revela una riqueza temática y estilística que, hasta 1987, el año de su publicación, había sido difícil de encontrar en su país, y que la temática es extrapolable a la universal. Por estas razones, El invierno de Gunter representa uno de los primeros acercamientos de la novela paraguaya a la postmodernidad literaria, y un ejercicio práctico de la crítica literaria bajtiniana de la que Marcos se impregnó mientras fue profesor en los Estados Unidos.
           
            Aunque parte de esta novela menciona algunos nombres reales, todos sus personajes y situaciones han sido creados con elementos de varios individuos y también de la imaginación. El autor no ha querido aludir a ninguna persona, institución o hecho de la realidad, ni hay motivo para suponerlo.


1. Juan Manuel MARCOS: El invierno de Gunter. Asunción, El Lector, 1987. Única novela paraguaya traducida al inglés, aparte de Hijo de Hombre y Yo El Supremo de A. Roa Bastos.
2. Ibíd., p. 67.
3. Tzvetan TODOROV: "Les catégories du récit littéraire". París, Communications 8 (1996), pp. 125-151.
4. Op. cit., p. 29.
5. Ibíd., p. 27.
6. Ibíd., p. 27.




PRIMERA PARTE

1

            Poco antes de tomar el avión para Corrientes, Toto Azuaga había dado la última clase de su seminario de otoño en Oklahoma. Adustos estudiantes de postgrado parpadeaban en el pequeño Seminar Room, en el piso trece de la Cathedral of Learning. Azuaga había echado un último vistazo consternado a la pesada nevada que no cesaba de caer, había carraspeado como siempre, y empezado:
            -Como en todas las sociedades primitivas del continente, la vida religiosa de los Tupí-Guaraní se centra sobre el chamamismo. Los, payé, chamames médicos, realizan las mismas tareas que en otros lugares, y la vida ritual tiene lugar siempre en referencia a normas que aseguran la cohesión social, reglas de vida impuestas a los hombres por los héroes culturales (el Sol, la Luna, etc.) o por los antepasados míticos. Hasta aquí, por consiguiente, los Tupí-Guaraní no se diferencian en nada de las demás sociedades selváticas. Y, sin embargo, las crónicas de los viajeros franceses, portugueses y españoles dan testimonio de una diferencia tan considerable que confiere a los Tupí-Guaraní un puesto absolutamente original en el horizonte de los salvajes sudamericanos. ¿De qué se trata? Los europeos solo podían ver en las guerras incesantes entre las tribus y en sus manifestaciones religiosas, la expresión del paganismo y la mano de Satán. El extraño profetismo Tupí-Guaraní dio lugar a muchos errores de interpretación. Hasta hace poco se creía que era un mesianismo típico en tiempos de crisis, una reacción contra el embate de la civilización occidental. Sin embargo, había nacido mucho antes que la llegada de los blancos, quizá hacia mediados del siglo XV. Aunque no comprendían el fenómeno, los primeros cronistas supieron no confundir con los chamanes a ciertos personajes enigmáticos: los karaí. A éstos no les concernía ninguna función terapéutica, reservada a los payé. Tampoco eran ministros del culto. Ni chamanes ni sacerdotes, ¿qué eran entonces los karaí? Lo único que hacían era hablar. Decían que su misión era hablar en todas partes. No solo en su propia comunidad, sino en todas partes. Los karaí se desplazaban sin cesar, iban arengando de un pueblo a otro. Los karaí circulaban impunemente entre tribus en guerra, no corrían ningún riesgo y eran más bien acogidos con fervor. La gente llegaba hasta alfombrar con hojas su camino de acceso a la población. (You really are horny. I can see that by the size of your prick, había dicho Eliza). Los karaí jamás eran considerados como enemigos. ¿Cómo podía ser posible? En la sociedad primitiva, el individuo se define por su parentesco y su pertenencia a una comunidad local. Está inscrito en una cadena genealógica y en una red de aliados. Entre los Tupí-Guaraní, la descendencia era patrilineal, se pertenecía al linaje del padre. Y he aquí, sin embargo, el extraño discurso de los karaí: sostenían no tener padre, sino ser hijos de una mujer y un dios. No importa ahora el fantasma megalómano que lleva a los profetas a autodivinizarse. Lo que importa es esa ausencia y ese rechazo del padre. Al no haber padre, no hay linaje. Este discurso subvierte la armazón misma de la sociedad primitiva, basada en los lazos de sangre. Así que el nomadismo de los karaí era a causa de esta desvinculación con una comunidad determinada, no a su fantasía o su gusto por los viajes. No pertenecían a ningún grupo, no eran enemigos de nadie. Nadie los hostilizaba ni los consideraba locos. Eran de todas partes. ¿Qué decían los karaí? Hablaban un discurso más allá de los discursos. Fascinaban a las multitudes indias con un discurso de ruptura con el discurso tradicional. El suyo se desarrollaba al margen del sistema de normas y valores antiguos, legados e impuestos por los dioses y los ancestros míticos. He aquí el mayor misterio. ¿Por qué una sociedad primitiva, aferrada al mantenimiento resuelto, conservador, de sus viejos valores, admite a estos hombres enigmáticos que proclaman el fin de las reglas y del mundo sometido a ellas? El discurso profético de los karaí puede resumirse en una comprobación y una promesa: por una parte, afirman sin cesar el carácter profundamente malo del mundo, y por otra, expresan la certidumbre de que es posible la conquista del mundo bueno. (Darling, I don't know what got into me, había dicho Eliza, if somebody had told me this morning that I was going to do something like this, I'd have told them they were crazy). "¡El mundo es malo! ¡La tierra es fea!", afirmaban. "¡Abandonémosla!". Y su descripción absolutamente pesimista del mundo hallaba eco en la aquiescencia general de los indios que los escuchaban. No les parecía un discurso enfermo o demente. Ocurría simplemente que la sociedad tupí-guaraní, bajo la presión de fuerzas diversas, estaba en trance de dejar de ser una sociedad primitiva, es decir, una sociedad de rechazo del cambio. El discurso de los karaí comprobaba la muerte de esa sociedad. El fuerte crecimiento de la población, la tendencia a la concentración en grandes aldeas en lugar del proceso habitual de dispersión, la emergencia de seres poderosos apuntalaban la aparición de la más mortal de las innovaciones: la de la división social, la de la desigualdad. Un malestar profundo agitaba a estas tribus, y los karaí tomaron conciencia de ese malestar y lo anunciaron como presencia del mal y de la fealdad y la mentira del mundo. Más sensibles que los demás a las transformaciones que se operaban, los profetas fueron los primeros en proclamar o que todos sentían confusamente. Acuerdo profundo, por consiguiente, entre los indios y los profetas que les decían: "Es necesario cambiar el mundo". (Come on and fuck me, había dicho Eliza, oh, baby, slam it home. Drive it in my mound. Darling, of, fuck my box. Give me a good screw). ¿Qué remedio proponían los karaí? Exhortaban a los indios a abandonar la tierra mala para ir a la Tierra sin Males. Esta última es; en efecto, el lugar donde las flechas van por sí solas directamente a la caza, en donde el maíz brota sin que se le cuide, territorio perfecto de donde toda alienación está ausente, territorio que fue, antes de la destrucción de la primera humanidad por el diluvio universal, el sitio común de los humanos y los dioses. ¿Retorno al pasado mítico? La radicalidad de su deseo de ruptura no se limitaba a prometer un mundo sin preocupaciones. Confería a su discurso una carga destructora total del orden antiguo. Su llamamiento no perdonaba ninguna regla, ni siquiera el fundamento último de la sociedad: la ley de intercambio de las mujeres. ¡Ahora las mujeres no tienen dueño!, decían los karaí. (Fuck me, fuck me, fuck me, había dicho Eliza, oh, Toto, come on and fuck me). ¿En dónde se situaba la Tierra sin Males? La mística de los karaí superaba los límites tradicionales. El mito del paraíso terrenal es común a casi todas las culturas, y es solo después de muertos que los hombres pueden llegar a él. Ahora bien, para los karaí, la Tierra sin Males era un lugar real, concreto, accesible hic et nunc, es decir, sin pasar por la prueba de la muerte. Conforme a los mitos, se lo situaba generalmente al Este, del lado del sol naciente. Para encontrarla se pusieron en movimiento, desde finales del siglo XV, las grandes migraciones religiosas de los Tupí-Guaraní. Miles y miles de indios, abandonando aldeas y cultivos, ayunando y danzando sin cesar, se pusieron en camino, convertidos otra vez en nómadas, hacia el este, en busca del país de los dioses. Llegados al borde del océano, descubrieron el obstáculo mayor, el mar, después del que se encontraba, seguramente, la Tierra sin Males. Ciertas tribus pensaban encontrarla, por el contrario, marchando hacia el poniente. Una migración de más de cien mil indios partió de la desembocadura del Amazonas a comienzos del siglo XVI. Diez años más tarde, siendo solamente unos trescientos, llegaron al Perú, ocupado ya para entonces por los españoles. Todos los demás habían muerto, víctimas de las privaciones, el hambre, la fatiga. El profetismo de los karaí inducía al riesgo de la muerte colectiva. El profetismo no ha desaparecido con los Tupí del litoral. Se ha mantenido, en efecto, entre los guaraníes del Paraguay, cuya última movilización en busca de la Tierra sin Males tuvo lugar en 1947, por parte de algunas decenas de indios Mbyá; hacia la región de Santos, en el Brasil. Si bien el flujo migratorio ha cesado entre los últimos Guaraní, su vocación mística continúa inspirando a sus karaí. Al encontrarse desprovistos de poder para guiar a las gentes hacia la Tierra sin Males, los karaí no cesan de ponerse en marcha en viajes interiores, que los llevan por el camino de una reflexión sobre sus propios mitos e, inclusive, una especulación propiamente metafísica, como los testimonian los textos y los cantos sagrados que pueden escucharse todavía de sus bocas. Como sus antepasados de hace cinco siglos, saben que el mundo es malo y esperan su fin. Ese mundo será destruido por el fuego y por un gran jaguar celeste, que dejará subsistir solamente a los indios Guaraní. Su orgullo inmenso, patético, los mantiene en la certidumbre de que son los elegidos y que, tarde o temprano, los dioses los convidarán a juntarse con ellos. En esa espera escatológica del fin del mundo, los indios Guaraní saben que entonces llegará su reino y que la Tierra sin Males será por fin su verdadera morada1.

1. La compilación de este, texto está basada en el ensayo de Pierre Clastres, "Mitos y ritos de los indios de América del Sur", Nicaráuac (Managua) 4 (1981), 149-154 (N. del a.).


2

            El silencioso aeropuerto de Atlanta parece más grande a la madrugada. Toto Azuaga fuma solitario en una de las innumerables salas de embarque del corredor B. Una pareja de gordos turistas de la era Reagan cotorrea en el Burger's King de enfrente, que no puede vender cerveza porque ya es domingo. Pasa un viejo pelirrojo, revolotea un rato por el bar de al lado, donde se niegan a servirle un martín seco porque ya están cerrando, retrocede, mira a Azuaga con ojos furiosos, como si él tuviera la culpa de que fuese domingo, y se aleja refunfuñando. Azuaga recuerda con emoción aquel magnífico cuento de Hemingway, "A clean, well-lighted place", y recuerda que en Madrid es domingo el día en que más se bebe. Recuerda un pequeño bar, cerca de la Glorieta de Quevedo, y piensa con ternura: "Eso es civilización, y no jodas". Refugiado en ese desteñido y arrugado abrigo azul, que parece hacer juego con el sobrio gris de Eastern, despeinado y sin afeitar, el cigarrillo melancólico, la breve nariz entre los ojos irónicos, nadie le hubiera dado sesenta. Una noche, en Manhattan, Eliza lo había presentado a una snob como "el posible desgarbado y puntual latin lover de alguna dilettante y sajona ninfómana condesa, pero, plebeyo y astuto, no es monárquico". Cada vez que tiene que volar hacia el sur, desde Oklahoma, trata de evitar esa larga escala en Atlanta. ¿Qué tal sería la ciudad? Apenas le recuerda a Scarlett O'Hara y el presidente Carter. Ambos eran simpáticos. La ciudad también debería serlo. Ha estado tantas veces en ese enorme aeropuerto, y nunca la ha visitado. Esta vez, con la nieve y tantos vuelos atrasados, ha tenido suerte de conseguir lugar en ese avión. En Miami tiene que abordar el vuelo de Líneas Aéreas Paraguayas.
            -¿Se sirve un poco de vino, señor?
            Perezoso, adormecido por el plácido ronroneo de los motores, abre los párpados. Se apagan, como un eco lejano, las conversaciones primera clase, el vaivén guaraní de las azafatas, sus discretas voces serviciales. Toma el vaso.
            -Gracias, Karin.
            Sorbe un trago. El Undurraga está en su punto. Con los labios acaricia el borde del vaso. Entrecierra los ojos. Las tímidas luces del amanecer entran azules como recuerdos... Eliza brincando en el tram polín bajo techo del Sheraton de la Séptima y 52. Un bikini simbólico, tetas co-ed de Boticelli, bronceado de chocolate. Aquel verano dorado y casual.
            -Participo en el congreso, sí, me invitaron... Si no me lo pagaran todo no podría estar acá, mi marido es un poeta que no tiene un chavo. Eliza, pero tú puedes llamarme Liza.
            Saltando. La piscina tibia.
            -¿Quieres acostarte conmigo, verdad?
            Sus besos sin anteojos. Eliza duchándose después del amor.
            -Así que estás escribiendo un libro. Ah, la Guggenheim.
            La ducha sobre las redondas tetas morenas. Una toalla naranja.
            -Frótame, por favor..., ah, qué delicia, ¡más fuerte, hombre!
            La mano de ella en su sexo erecto.
            -Déjame darle una despedida.
            Correr a la ponencia. Eliza en el banquete de clausura. Su risa de mona. Sus dientes perfectos y escandalosos. Viejos profesores indignados.
            -¡No me podía aguantar, te juro! No puedo estar seria en los actos solemnes... Vamos al Village. Hay que brindar, ¡coño! ¿De qué museo me saqué esta vaina asmática? ¡Nunca sonríes!
            La vista al World Trade Center desde la lasagna. Un par de martinis, salud.
            -Bueno, a ver esa billetera, muestra la foto de tu mujer, ah, qué gorda, qué niñas tan bonitas..., ¿sabes que yo quería ser arquitecta?
            Eliza en la playa solitaria. El silencioso atardecer de New Jersey.
            -No, y no me lo preguntes, ¡no quiero casarme y ya está!
            Caminar descalzos en la íntima espuma. Estremecerse de frío, de placer. Tiritar y llorar.
            -¿Por qué los hombres siempre tienen que terminar proponiendo matrimonio?
            Sorber. Traslúcidos ojos de cielo verde. Piel negra, mirada esmeralda, carnaval, biblioteca. Sonreír entre las lagrimitas. El mar... Eliza fumando en la cama. Olor a hombre.
            -Oye, ¿cuántos años tienes tú? ¡La verdad! No te quites la edad como esas actrices en decadencia. ¿Tantos?
            El rubor.
            -¡Grosero! A ver, dame...
            Una bocanada de humo.
            -¡Este negro tuyo apesta!
            Eliza en Laguardia rumbo a otra ponencia. El rouge.
            - A ver, atájame el espejito, no, más arriba, ahí. Ya no me vas a besar, ¿eh?
            La tentación. El crimen.
            -¡Estúpido!
            Otra vez el rouge y el espejito.
            Eliza a la vuelta de otra ponencia en Dulles. El taxi.
            - Gosh, estoy muerta, me hicieron hablar en español todo el rato..., pero qué buenos los mariscos de Penn Avenue...
            La mano de él.
            -¿No puedes estar quieto?, espera un poco...
            Los ojos del chofer en el retrovisor.
            ¡Qué vergüenza!
            Señores pasajeros, en unos momentos...
            Eliza, mujer. Juntos.
            Toto...
            Esos rulos de África sobre el pecho peludo, ecuatorial tirabuzón de otoño.
            -Tengo que decirte algo...
            Los temblorosos labios gruesos.
            ... aterrizamos en el aeropuerto internacional de la ciudad de Asunción...
            -Idiota, no es eso, ¿crees que no sé lo que hago?
            La severa mirada de esmeralda mojada bajo el mentón sin afeitar.
            -Te digo que no estoy embarazada, carajo, adopte una niña..., ¿no me vas a dejar contártelo?
            ... les rogamos abrocharse los cinturones...
            Eliza en la puerta de su casa. Dos globos de colores en el puño nervioso de Toto sobre el picaporte.
            -¡Sh..., abre la puerta despacio! ¿Te gusta mi casa? Ah, es que mi marido de ahora es rico. ¡Sh, ahí viene!
            La niña negra con una niñera blanca.
            -Tiene cuatro años.
            Sonrisa.
            -Querida, acá está un amigo de tu mami, a ver, pásale la mano, así, muy bien.
            La inocente torpeza, ¿el globo azul o el verde?
            ... esperamos servirlos en un próximo vuelo...
            Turbación, ¿el globo azul o el verde? Silencio. La niña inmóvil.
            ... temperatura local es de 38 grados...
            ¿El globo azul o...?
            -¡Mierda, dale cualquiera!, ¿no ves que es ciega?
            ... el vuelo a Corrientes sale de puerta seis...


3

            -Empecé a preocuparme sobre la religión, o quizá un poquito sobre la muerte, el día en que mi padre murió de cáncer -dijo Eliza-, pero nunca soñé llegar a conocer al arzobispo de Corrientes.
            Monseñor sonrió, sirviéndole otra taza. Se la pasó humeando. En el escritorio un Cristo flaco le abría desesperadamente sus brazos de aluminio. Un curita de apellido alemán les había ofrecido una tetera de plata. Monseñor Cáceres le dijo que usarían la suya, una muy vieja y de loza barata, estrenada en su tienda de campaña cuando era capellán en la guerra del Chaco.
            -¿Es usted de familia protestante? -preguntó monseñor, con una voz muy suave.
            -De episcopales pobres. Secta de blancos ricos. A mí me daba un poco de vergüenza.
            -Usted es morochita, pero de ojos verdes. Conozco muy buenos cristianos episcopales.
            -¿Ah, sí? Yo, no. ¿De qué religión son mis amigos? Nunca se lo pregunto. No voy al servicio desde hace medio siglo. Quiero decir a misa -Eliza se sonrojó-. Yo soy más vieja de lo que parece.
            -Ustedes son los anglicanos de Norteamérica. Hay muchos pastores episcopales. Trabajan en la frontera. Secan la espalda a los sin documento.
            -Interesante. Nunca vivimos en el sur. Tengo un amigo allá. Se llama Toto. A lo mejor viene a verme... En fin, pero me alegra saber eso.
            -¿Es usted todavía episcopal?
            -Ya no. Ni nos casamos por la iglesia. Por ninguna iglesia, quiero decir. Pancho, aunque paraguayo, es protestante.
            -Alemán viejo, el tipo. O sea, no practican.
            -Bueno, Amapola, la hermana de Pancho, creo que es muy católica.
            -Yo sé.
            -Venir a verlo no fue idea de Pancho sino mía. Me dijeron que usted tiene mucha influencia.
            -No tanto como quisiera, señora de Gunter -sonrió el obispo con tristeza.
            -En fin, me gustaría dar esas clases de inglés en el colegio. Conocer a las chicas más de cerca. Para el libro que escribo.
            -No es imposible, claro. ¿Un poco más de té?
            -No, gracias.
            -¿Hace cuánto se murió su papá?
            -Oh, hace mucho. Antes de que viajáramos a Bucarest.
            -¿Pudo estar a su lado?
            -Un poco, así. Papá vivía en Pittsburgh. No muy lejos de casa. Un cáncer corto, no llegó al año. Lo vi algunas veces. Pero no estuve a su lado el último día.
            -¿Por qué dice que entonces le preocupó la muerte?
            -Era el primer familiar tan cercano que se estaba muriendo. No sé..., pensé que un día me iba a pasar lo mismo.
            -¿Y eso cambió su vida?
            -No mucho. La hizo más triste, quizá. A veces pienso..., ¡no tiene sentido esta vida de tanta competencia, de urgencias, conferencias, escaleras docentes, publicaciones, deadlines! ¿Sabe lo que es un deadline?
            -Se dice escalafones.
            -¡Es que me pone frántica!
            -¿... ?
            -Quiero decir, frenética.
            -Usted debería estar muy satisfecha, se la ve sana, linda, educada, y hasta con un marido de estos pagos.
            -Desde luego, a veces uno no sabe adónde va, ¿no es cierto?
            -¿Han tenido criaturas?
            -Parece... -murmuró- que yo no puedo.
            -¿Y no adoptaron una?
            Ella guardó silencio. Cáceres se levantó y dio unos pasos hacia el ventanal de la bahía. Alto, moreno, cano, manos grandes, cerca de los ochenta, como los campesinos al final de su vida, esa misma vitalidad sin tiempo, un seco labrador de hombros cuadrados y un enorme rubí en los dedos curtidos. Ella seguía sentada, enfundada en su abrigo. El otro la miraba desde su barba blanca.
            -¿Sabe que yo también tengo miedo de morirme?
            De vez en cuando Eliza presentía que algunas situaciones de su vida plagiaban demasiado a las novelas. Como ahora, ese inquieto aburrimiento, esa conversación unamuniana.
            -¿Usted, monseñor? ¡Si se va a ir al cielo!
            -No sé; de todos modos, no me quisiera ir antes de tiempo.
            -Linda es la vida, ¿eh?
            -No necesariamente. Me da miedo la muerte. Como a usted.
            -El hombre... -Eliza se tapó un bostezo con el guante-, no sabe cómo curar el cáncer pero pretende saber quién es Dios.
            -Quizá estoy diciendo tonterías.
            -No dice tonterías... Papá tenía miedo de la muerte, y era muy creyente. Muy practicante, ¿no?, como usted dice. ¿Los episcopales se van al cielo?
            -Claro.
            -En fin, el problema es el tiempo..., ¡gran tema literario! ¿Sabe que yo enseño literatura?
            -Lo leí en el diario.
            -Le voy a dedicar un libro mío. Trata del tiempo en Antonio Machado.
            -Muchas gracias.
            -Ahora me toca a mí decir las tonterías.
            -No, no creo que sea ninguna tontería. Machado es un poeta verdadero.
            -Yo no me explico cómo a algunos les parece coloquial. ¿Usted lee poesía?
            -Bueno, los evangelios son poesía.
            -Quiero decir, poesía... un poquito más laica.
            -Claro. Cuando murió Neruda hice una misa de réquiem ahí enfrente. Pedido del cónsul chileno, un compadre de Allende. Y Neruda era ateo, me parece.
            -No sé. Me lo supongo. En realidad quién puede ser ateo si alcanza a enamorarse con ese poderío.
            -Tiene razón. Ninguno es ateo, en el fondo.
            -Yo no.
            -Claro que no, mi hija. ¿Y Gunter, su marido?
            -Él es economista.
            -¿Y Soledad Sanabria, su sobrina?
            -No sé. Pero ella estudia en colegio católico, ¿no? Ya sé que el gobierno dice que es comunista, pero la madre es muy católica. Seguramente ella es también muy católica.
            -Linda la mente simple de los gringos. Su sobrina y una compañera de colegio, Verónica Sarriá, organizaron las manifestaciones estudiantiles de junio en protesta por la visita del general Alexander Haig, emisario del presidente Reagan. A los estudiantes no les gusta que Reagan apoye a los ingleses en las Malvinas.
            -Ya sé, pero yo digo católica al estilo del padre Cardenal. Algo por el estilo. ¿Leyó usted los poemas de Cardenal?
            -Sí.
            -¿Le gustan?
            -Bastante, aunque no es mi poeta favorito.
            -Monseñor, ahora sí le aceptaría otra taza de té.
            Absorto, Cáceres se acercó a un estante, detrás del escritorio, y sacó un libro grueso de cuerina celeste. Hojeó algunas páginas, el índice, y luego volvió a colocarlo en su hueco.
            -No sé, estaba buscando un poema... -dijo-. Para leérselo. Paciencia, no lo encuentro.
            -¿Qué poema?
            -"El viaje definitivo", de Juan Ramón Jiménez.
            -Pero, hombre -rió Eliza-, digo, monseñor; ese me lo sé de memoria.
            Él se rió también, más relajado.
            -Así que a usted le angustia que se queden los pájaros cantando - dijo Eliza, sirviéndose ella misma.
            -Peor que no se quedaran cantando, por la radioactividad -murmuró-, usted sabe. Pero ¿usted nunca estuvo enamorada?
            Las mejillas de Eliza enrojecieron.
            -Pues... claro, desde luego, sigo estando enamorada de Gunter.
            -¿Ya no lo llama ahora por su nombre de pila?
            -Pancho, Gunter, da igual.
            -¿Ha tenido bastantes aventuras?
            -Pero, monseñor -respondió, moviendo los hombros con una coquetería de repente española-, esas cositas nunca se preguntan... Los curas son un poco apocalípticos...
            -San Juan dice y no dice que la espada en mi boca es doble filo. Se lo he preguntado con el filo vernáculo.
            Ella lo miró estupefacta.
            -¡Y me habían dicho que usted era un poco tonto!
            Cáceres le extendió la mano derecha.
            -Señora de Gunter, voy a decir buenos días, oh, ya casi es buenas tardes -Eliza se levantó, y caminaron hasta la alta puerta de cedro repujado, como viejos amigos-. Vea a la madre Tórrox. Puede empezar mañana.
            -Y usted, padre, ¿nunca se ha enamorado?
            El jefe de la iglesia de Corrientes la empujó suavemente hacia el vestíbulo.
            -Claro que sí, mi hija. Cada día.


4

            Después de charlar con el arzobispo, Eliza subió el cuello de su abrigo, buscó un blanco en la plaza, frente a la catedral, y se sentó a recordar Madrid. A pocos pasos de ella, un capitán español con su espada de piedra apuntaba aún a la quimera que lo había guiado a fundar esa ciudad en su ruta a Eldorado, hacía más de cuatrocientos años. Que tu verso sea el mañana derramado en el nervioso viento de la mañana (Paul Verlaine). En esa claridad de aguamarina ingrávida, en el trasluz jovial de la mañana, mariposas y lámparas conmemoran aladas el rocío y el sol, la vida, el aire. Inmensa en la ebriedad estelar de los nardos, quisiera ser un grillo violinista, una impaciente armónica de húmedas pupilas, un madrigal furtivo, ahí, en sus vísperas. Los almendros, los pinos, el zafiro temprano, los arrullos, la brisa, los destellos, un ciempiés momentáneo, la cigarra afanosa, le deslumbran, debaten en su sangre. Como un mediodía musical y ligero salta entonces al viento, enamorada. ¡Sus manos, vastos ríos de luz y olor a verde! ¡Y sus labios, racimos de palabras! Castellanos y vascos no encontraron las minas de Pizarro. Fundaron, más al sur, esa raza bifronte, doble piel, doble alma, doble lengua, con la que su marido, de padre y madre bávaros, no se identificaría jamás, por más de haber nacido en la mesopotamia del Nuevo Mundo. Cuando Eliza conoció a Gunter en los cincuenta, no hubiera imaginado que aquel economista rubio y pedante era hijo del cono. Sospechó, sí, que era de origen extranjero, porque su inglés sonaba demasiado perfecto, como si estuviera constantemente imitando el acento de New England ante una invisible y obstinada maestra de gramática. Gunter tenía entonces treinta y siete, y ella treinta. En casa de su decano de Maryland, un tipo flaco y alto le había estado lanzando miradas de ternura militante mientras prusianamente masticaba unos tallitos de apio con queso de segunda... La ponía nerviosa. Pensó que aquel teutón, que se creía un soltero codiciado entre los funcionarios de Washington, sería aburridísimo en la cama, además de tener mal aliento. No podía imaginarse a sí misma con esa corpulencia encima suyo tratando de introducirle en la boca una lengua de apio. Cuando era más joven, Eliza había frustrado un matrimonio en el que prefería no pensar. El divorcio -estaba convencida- había ayudado mucho a su carrera. Contenta con su puesto -profesora asistente de español-, no se dejaba intimidar por nadie, ni siquiera por vanidosos economistas ex condiscípulos de su decano. Pero esa negra irresistible de ojos irlandeses y salidas brillantes, que no quería casarse, motivaría la única pasión de la vida de Gunter. Le volvían loco sus tetas de Boticelli y sus risas de mona. La cortejó eficaz, insoportable. Se resignó a que fuera loca y roja -roja como ese banco de plaza donde estaba sentada, lo más público con ese pigmento que admitían los recios militares de Corrientes-. Pasaron en París su primer junio de miel. Luego, las demás lunas oscilaron entre orgasmo y bostezos químicamente puros, la tolerancia mutua, los ascensos profesionales de ambos, la pérdida de los bebés de Eliza, la vida prolíficamente organizada como una relojería suiza. Metáforas helvéticas, Eliza prefería los relojes: le recordaba el queso al apio del decano. Gunter también masticaba cebolla, la cruda gama de la artillería culinaria germana. Y tragaba galones diarios de cerveza (la cambió por el whisky cuando cumplió cincuenta), pero los ejercicios de caballo que hacía al despertarse le mantenían plano y perejil el abdomen -y Eliza lo mimaba como a una ortopédica zanahoria con chile-. Ella había adquirido la costumbre de pensar en Madrid en sus momentos de limbo sartreano. Recordaba el otoño, los campanarios viejos, el horizonte en llamas de Moncloa, el oro de los álamos, los chopos derramados, tal como los había imaginado en su cuarto de Pittsburgh, estudiando a Machado. Tal como los había deseado en el avión de Iberia (que era el más barato). En Madrid se dio cuenta por qué el arte violeta de Machado había cambiado tanto con la guerra civil; por qué precisamente esos versos dorados fundieron el acero de los atardeceres de su pensión de Argüelles, España dividida para siempre con un tajo de muerte. A Eliza, por desgracia, le tocaba vivir en el Madrid de los verdugos, pero ya no había otro. Franco había salvado a España del buen cine, la libertad, Europa, las librerías laicas, el teatro extranjero. La universidad fue reemplazada por la guardia civil y el monasterio. Pero a Eliza le gastaba la gente, esa materia pura que las dictaduras nunca pudieron degradar. La churrera, el cartero, el bodeguero, el portero, la mujer de la feria revelaron el No-Do, extrajeron Caídos del Valle de la muerte, todos fueron Walt Whitman. Eliza definió su vocación y su segundo idioma. Eligió a su Machado como tema de tesis y comenzó ese libro, ahora clásico, traducido a tres lenguas, que había mencionado al arzobispo. Se habituó a una obsesión más ovárica, pero no menos poética: ¿los jovencitos españoles la tenían más larga, más gruesa, más nervuda! Se acostó con casi todos los poetas inéditos de entonces. Y luego, de casada, reinició con alguno, como le dijo a Gunter: "Y yo que me lo llevé al río, creyendo que era mozuelo, pero tenía ponencia". Vinos de cachondeo y estudiantillos sin desodorante. Para burlarse a veces, y excitarlo, le susurraba a Gunter: "Lo que pasa es que nunca me ha tocado un buen macho, como el rey". Gunter, que admiraba la eficacia franquista, se moría de risa, y así iban llegando a sus bodas de plata. A Gunter le habían enseñado que todos los españoles son idiotas. Sus padres, unos agricultores iletrados, trasplantados de Bavaria a la jungla, habían aprendido la lengua india, pero no el castellano. Gunter ganó una beca en el colegio alemán de la capital. Se codeó temprano con los vástagos de las familias ricas, que tenían tutores privados de franchute. Pero él tomó en serio los cursos gratuitos de inglés y de New Deal que se impartían, muy cerca del colegio, en el consulado dentífrico del gran país del norte. Así, en 1939, era ya bachiller, con las mejores notas. Hacía apenas tres meses un general atípico había sido elegido presidente. Comandante victorioso en el Chaco, de costumbres austeras y padres labradores, educado en Europa, general sin usar las armas contra su pueblo, de espontánea aversión francófila al fascismo la historia empieza en Altos, en lo alto del aire el mariscal envuelto en llamas sube a la tierra verde como una flecha de agua, no está parado allá bajo sus alas rotas sino que su modestia impide que alce la voz ahora, vivo o muerto. Para ganar la guerra no hace falta el ademán vociferante. Basta amar a la patria y ser inteligente. Así que entra en Altos a vivir en lo alto desde el nivel del pueblo, a conversar en francés, en guaraní y en hierro. Se lo vio en la tarde volar como una estrella en busca del reposo del combate. Y su vigilia es como una estrella pura. Nadie tuvo su gesto de espacio indoblegable, nadie su visión ígnea de águila celeste. Y nadie unos bolsillos tan vacíos. La lucha continúa, la historia empieza en lo alto, y hoy es siete de septiembre, para siempre había cimentado amistades bien sólidas arriba. Uno de aquellos nórdicos le había prometido becas para jóvenes paraguayos. A Gunter le había tocado Harvard. Sin embargo, ese año sus padres se opusieron. Solo tenían un hijo varón. Amapola, que se había quedado en el villorrio, no parecía apta para un matrimonio ventajoso. Pero el presidente murió en un sabotaje aéreo y fue sucedido por un milico de derecha. Los Gunter simpatizaban con el Axis, pero cedieron esos años a una oferta de Yale para salvar a Pancho de la histeria de Herodes. La vida en Yale fue dura para Gunter. Se doblaba a mirar en Chapel Street, al pie del hotel Duncan, el subsuelo de Old Heidelberg, que llevaba dos siglos en New Haven, las almejas rellenas, la Pilsner Urquell -todo para él inaccesible, con una beca a escala de un latino. Se graduó cum laude, y obtuvo la maestría, el doctorado, al final de la década. Sus padres murieron de cáncer en los cuarenta, con un año de diferencia. Gunter usó sus ahorros y asistió al entierro de su padre, pero cuando murió su madre no tenía dinero. Consiguió un buen empleo burocrático. Ayudó a Amapola, aún después de casada con Sanabria. Fue padrino de bautismo de Soledad. Bajo Eisehnhower había alcanzado un estable prestigio financiero, el pasaporte gringo, y en 1958 no practicaba tenis con Bob Hope pero sí con antiguos compañeros de Yale -el decano de Eliza, por ejemplo-. ¡Habían pasado tantos años! Y Eliza había vuelto a soñar con Madrid. ¿Por qué Gunter creía que los españoles eran idiotas? Es cierto que habían hecho un gran esfuerzo histórico -no a causa de Orwell- y así llegó Sarmiento, el primer mono pro-yanqui argentino, que murió exiliado en un naranjo no sin antes gritar que era Inglaterra la madre del borrego y la barbarie el tigre. Los tímidos y laboriosos Gunter le habían enseñado a Amapola los disciplinados afanes de entrecasa, pero a su primogénito, la dignidad del Kaiser. Eliza no lo había sospechado al comienzo. Y ahora, aunque delgada, activa, Jane Fonda, damn it!, cincuenta y cinco años pesaban. Prefería mirar hacia delante, en medio de ese infierno tropical para colmo en invierno. ¿Por qué Gunter pensaba que los españoles eran idiotas? Ella estaba indignada. Recordaba esas tascas, esos pequeños restaurantes estudiantiles de Argüelles, esa vida que viene de pronto como un cometa pálido en esas horas de ronco silencio diminuto, esas cosas que pasan pero allá, porque si no, no vale, temblando como un secreto entre los ojos vagos y la ceniza vaga y la memoria, a ella le gusta el agua cuando mana del día, del mediodía entero como página en blanco, no quiere esos oscuros misterios taciturnos que en la noche se encienden como pétalos rojos, esos carbones mínimos del alma a la intemperie y el aullido en las siestas como un furgón remoto, en esas viejas cosas, esquinas de otro mundo, del mundo como mástil sonoro y como incendio; en estos días de Heráclito se prolonga y se sale a caminar consigo y la nostalgia cuestas. Otros dirán que entonces empezaba el otoño, pero sabe que viene desde antes y que después de todo, mañana es otro día. Alguien le dictaba esos textos encima, los textos que la escriben los fines de semana, mientras sus ojos beben la copa de los pinos en el College del fondo, y el paisaje o paisajo con ajo y sin país, pero con todo el río de la gente, que es tiempo, una merluza frita que su marido nunca hubiera disfrutado y de pronto sentía que había perdido veinte años al lado de un fantasma. ¡Qué deprimentes eran a su lado los week-ends! Recordar por ejemplo la noche está estrellada y tiritan azules esos mariscos grasos del Amadís, un mesón decorado con bella cursilería paleográfica, ampliaciones de páginas de caballería en la pared, la calle Andrés Mellado, y más nítidamente otro, el Toper, en Fernando el Católico, al doblar Galileo, donde un Valdepeñas no llegaba ni a un dólar y el segundo era gratis si uno sonreía a Gema -un año y medio y dos ojos azules-, hija de José Luis y de una chica cuyo nombre ha olvidado, pero que rebozaba las mejores judías de la tierra. Claro que no cualquiera llegaría a Madrid con pasaporte. Eliza recordaba a los irreconocibles parásitos del éxodo, escupidos de América, esculpidos en húmeros de humo por el rencor franquista de los antifranquistas que habían encontrado en sus zapatos el día de los reyes lo que nunca supieron arrancar del tirano y ahora, como él, se lo negaban a los parias del mundo. En la plaza atardece. El invierno ha cruzado por sus ojos y otra vez capturado el alarido de los pinos secos. Fugaz, un transeúnte. Alguno ha comprendido, melancólico, aquella gabardina, el cigarrillo desolado y frío, esa mirada, lejos, sobre el mar, desde el aire castellano. Más nadie se detiene. No siempre nieva en Madrid, y eso es todo. El hombre no recuerda cuál fue el último abrazo entre los suyos, ni el color del avión, ni los rostros exactos de esa urgencia. Sabe que están allá con las manos abiertas y esperando, y la misma mirada de aquel día. La colilla, olvidada en la arena ceniza. Esos zapatos que ya anduvieron tanto lo llevarían con largo paso a casa. Pero se queda ahí, tiritando en la plaza. No ha elegido ni ese invierno ni nada: ni la casa, ni esa ciudad, ni el viento. Después de todo -piensa- no hay distancia más grande ni más triste que la que no podemos medir, cuando atardece. Nosotros, los idiotas, decía Eliza, como en guaraní, sin verbo ser, y sin duda por culpa de Sarmiento. Gunter, un alienado, pero tío de Soledad. Ella la recordaba vagamente en su casa de Washington. Le preparó un cordero como le había enseñado Cacambo, el de Segovia. La muchacha se chupaba los dedos. Después, Gunter le ordenó que lavara los platos porque la salvadoreña ya estaba durmiendo. Eliza la quería quizá por una extraña y sin duda nostálgica amistad ideológica. Simplemente pensaba: nadie tiene el derecho de despojar a nadie del izquierdo a gozar un ali-ole en la ciudad más triste y hermosa de la tierra. Y Soledad la había seducido para siempre casi a la madrugada, cuando le dijo que iba a pasar algún día por Madrid y quería saber exactamente dónde había vivido, para posar enfrente de su casa, hablar con su portero, don Ángel Hontanar, tomar los mismos vinos. Eliza se había echado a llorar como una boba sobre el cordero frío, y sentido que Antonio, con el tiempo y esas vainas arrechas, coño, tenía razón. Aquí amanece el eco de una extraña tristeza, y las pálidas construcciones del alma me tiemblan en la sangre (René Dávalos, versión del Menard). En la tenue ceniza de la tarde infinita, las grietas sigilosas, la catedral remisa, esparcen la agonía fragante de las lilas, las ruinas confidentes del encino. Al amparo del sol urgente y cadencioso, en el sopor, sin brisa, talismán ni rincones, se demora en el vasto contorno cauteloso como un escondido saltamontes. En el húmedo agobio de esta tregua blindada, los gestos, las siluetas, los ecos, la canícula, el castaño alfabeto, la innumerable brasa de los parques le disponen su ultraje. Tedio, letargo, hábitos. Lentos, en un cuadrante inmemorial, los días, aciagos, la devastan. Lejos de sí, en la inmensa soledad de Retiro, expía sus intactas esperanzas.


5

            Con las persianas entornadas, persiste el calor. La silueta de un atleta fornido, erguida en el centro de esas paredes gruesas, rugosas. Solitario, el gigante se agita como un jaguar enjaulado. Rápidos resplandores de los nocturnos faros callejeros se reflejan como gritos en su barba plateada. Sofocado, como sonámbulo en su espesa celda de obispo, tira la camisa sobre la cama resudada. Nervioso, conecta el ventilador de techo.
            -Este maldito aparato es el que me da dolor de garganta.
            La atmósfera se aligera. Ya va a amanecer. Otra noche de insomnio.
            -Aña'rakó peguaré, le meto o qué otro -truena, gutural. Enciende la luz. En el techo altísimo y húmedo parpadean un par de toscos tubos fluorescentes. Una enorme y desvencijada estantería de madera cubre toda una pared. Libros, cerámicas, discos, revistas, pastas de dientes, desodorante, afeitadora eléctrica, pisapapeles zoomórficos de barro, imágenes de santos. De una Virgen María cuelga una camisilla sucia. En las otras paredes, acuarelas de niños, grabados de mujer pegados con tachuelas, una reproducción del Guernica. Dos postres de Jane Fonda: uno de cuerpo entero, desnudo, otro de la cara con una raída boina en Hanoi. Entre ambos, un rosario de madera barnizada, sujeto con rústicos clavos de viernes santo. El coloso de barba blanca se sienta al escritorio. Manuscritos, vasos, una botella casi vacía de Fundador, dos llaveros, un reloj digital, peine, lápices, cuadernos, exámenes garabateados con tinta roja, un crucifijo de bronce macizo y una cafetera eléctrica. La velluda manaza calienta el café. Los ojos entreabiertos escrutan misteriosos el frío crucifijo. Un Cristo flaco y desmayado como el de su despacho le abre sus largos brazos de torturado.
            "La inmortalidad debe ser como esta noche", pensaba, hace medio siglo, entre la perplejidad y la nostalgia, mientras el vago eco de la guerra del Chaco, las explosiones aisladas, las descargas lejanas tosían su cíclico dialecto errante y puntual. Una tregua. Imaginaria ausencia voluntaria. Túnel sin aliento hacia los recuerdos o el sueño. Limbo metálico y secreto, sitiado por distantes estampidos, el fogonazo plural de una víbora macho, la enlutada vegetación encendida de señales, el agravio desgarrador del matorral. Esta inmóvil. Ásperamente detenido como una roca sin tiempo, salmo demorado (alarido al atardecer) en la vigilia del desierto. Fijo sobre la inerme hospitalidad de un tronco derribado por el rayo o el hacha del hombre y corrompido por una intemperie de hiedra y de silencio, como una elegía verde y elemental, que hubiera regresado al hogar, a la tierra, a la semilla. Nadie ordenó su incorporación. La sotana lo hubiera protegido del entrevero. Pero está ahí. Cabellos de trigo sobre la frente roja. Mentón de huracán. A la cabeza. Líder ígneo, ira pura de esa caravana tenaz y malherida de campesinos, pasión fundamental, mirada entera. Sin lámparas. Ni palabras. Ni agua. Medita. Cura solo en el crepúsculo. Clavado en esquinas y eclipses. Él, que devoró los libros y descifró El Libro, acechando ahora por la sombra. Lejos de Rousseau, de Ibsen, de Agustín, de Larra. Canjeado por la arenga su verbo pulpitario. Del anillo al gatillo. Mudando demudado en uniforme raído y momentáneo. En cabra, cebra, cobra. En álgebra fusilera. Enjaulado sin rebeldías ni júbilo, tallo que se levanta de nuevo, coraje montaraz, a montar a la patria, esa manera de amar después de muerto. Examina, casi a ciegas, el noroeste. El cielo derretido y encinta baja los párpados sobre el rumor de hierro, de ceniza, oculto en esa nada negra como un cantante de jazz entre las nubes. Solicita sin apremio a sus deshilachados bolsillos de capellán el último pedazo de cigarro. Lo quema con deliciosa lentitud. Anclado en ese monólogo anónimo y hostil recupera la solitaria costumbre del tabaco, esa combustión frágil, persuasiva, que opina en la quietud. Esa pausa de ojo caudillo, incandescente, que guiña en el umbral del azar y el olvido. Detrás de la herida (lo saben) yace la magia nocturna del reposo común, sin más hembra que la sed mitigada por el coco. Las instrucciones del Estado Mayor, como siempre, son precisas. Han contado con él. Avanzan bajo su responsabilidad, sobre su tos, en sus ojales. Y su fe (esa lealtad de lo inescrutable) renace en aquel montón de harapos desangrados, ese pálido pelotón mestizo, ese pueblo callado y posible con el que marcha, hacia el que va. La contraseña definitiva. Lo único por lo que no es pecado matar. Pierde sangre. Lo han besado a quemarropa en la otra mejilla. No quiere dejar otra herencia que ese agujero. Un oficial de sanidad (un doctorcito) le ha confesado que el impacto psicológico del combate puede a veces doblegar el dolor, artillar al guerrero con una resistencia superior a sus fuerzas. Serpiente en la maraña, mutilado, jefe, ángel, acaso lo alienta un vigor mitológico. La victoria, un alfil en la cartografía fatal de los estrategas, un sitio donde acabarse, una cita con la paz, lo imagina, sin asombro ni resignación, como una madre virgen.
            -Me conviene leer algo.
            Sin prisa, se acerca a la estantería.
            -¿Char o Pavese?
            Sonríe, con tristeza de miliciano. Estira una Biblia de bolsillo, encuadernada en cuerina violeta. Pone un disco. Estallan rugidos de una orquesta wagneriana. Sobresaltado, baja el volumen. Con el libro en la mano, vuelve a la silla. Lo abre. Si uno seduce a una virgen no desposada y tiene con ella comercio carnal, pagará su dote y la tomará por mujer. Si el padre rehúsa dársela, el seductor pagará la dote que se acostumbra dar por las vírgenes... Sin apartar los ojos de la lectura, sus dedos tantean sobre la mesa hasta tropezar con la botella. Bebe unos tragos. Eructa. El tocadiscos cabalga a lo lejos. Bajo el viento denso de las aspas soñolientas, el peludo tronco de acero todavía suda. Posa el libro abierto sobre la mesa. Inclina la cabeza hacia atrás, extiende cansado los poderosos brazos, mira las lentas hélices y sus mansos círculos. Su frente abre dos surcos profundos en los largos cabellos canos. La tupida barba lo acalora. Sonríe, se deja atrapar por la modorra. El timbre del teléfono lo sacude. Salta de la silla.
            "¿Quién puede ser a estas horas?"
            El campanilleo suena escondido, en sordina. "¿Dónde puta lo puse?" Aparta unos papeles, mira en la estantería, abre los cajones, zarandea el armario. Se arrodilla en un rincón, ha descubierto el cable, lo sigue atropelladamente; en la cama revuelta, levanta un pesado almohadón.
            -¡Hola!, sí, soy Cáceres -se sienta en la cama-, claro, chamigo, te digo que soy yo, no, es la gripe, me duele la garganta -carraspea, traga saliva-..., me lo esperaba, salgo ahora mismo,... sí, hombre, ya sé.
            Cuelga con violencia. En ese instante golpean a la puerta.
            -¿Monseñor Cáceres? -canta una vocecita de vieja. Abre. Una monja calva, casi enana, con la toca tembleque-. El padre Marcelin está por entregar su alma esta madrugada -canta, casi con gozo.
            -¡Ya me lo había dicho el médico! -brama el barbudo, y le cierra la puerta en la cara. Se viste como un rayo. De un salto cae sobre el escritorio. Su mano de hierro agarra la Biblia. Sus ojos centellean un segundo sobre las páginas abiertas, que se cierran de golpe y van a parar al bolsillo de su impecable chaqueta negra. Volando por la carretera como perseguido por los ángeles del infierno, reconstruye con un escalofrío la frase del librito violeta, que ha leído en el último momento: No dejarás con vida a la hechicera.
            En las primeras horas del amanecer, las banderas de la Argentina y del Vaticano ondean alborotadas a los costados relucientes del Mercedes negro.
            Se ha dilatado tanto ese itinerario por La Palabra, ese oficio criptográfico, desde su vida en celo, entre esdrújulas y diptongos, en la vigilia torrencial del Seminario. Recuerda sus secretos desafíos (asaltados de voces), las zancadillas de la gramática, la humildad del diccionario, la castidad del borrón y por fin la obediencia del latinajo impreso, aquel adjetivo con olor a tinta, aquella coma esencial que postró en coma el tipógrafo, la pólvora pastoral en la primera plana, lomo de gato parroquial. En la noche (un tiempo sin esquinas sino esquirlas donde nada envejece ni todo es actual: acaso ahora) sólo es posible la lectura de las señas no escritas, tatuaje analfabeto bajo un vinagre sin luna entre la soledad y el humo, después de todo, ya está viejo, Roma fue una metáfora del día, y en el atardecer solo cuentan ese cigarro, la añoranza del jerez, su amor por los turquesa de Chagall (siempre había vestido cuellos blancos) y ahora esa ira verde que arañaba la selva y la guerra mordía como una lombriz fúnebre. Sentado en ese viejo tronco prolongado en su alma, observaba, cansado, aquel minúsculo resto de tabaco consumiéndose ingrato entre sus dedos. Su agobiado pecho se abría inmensamente al aire también vasto de la noche. Acosados por la desolación y la sed, el sueño no cerraría llagas, no restauraría las fuerzas desgarradas en el camino. ¿Cómo amanecer a su gente? ¿De qué arte dependía la mañana? Voy a pasar revista a la tormenta. Fusilaré a la muerte, si es preciso. Que vengan los de siempre. El sargento Kuatí, Real Perö, el teniente Román, Romero, Ríos. ¡Los soldados de antes, esta lucha es de ahora! ¡Los aljibes de entonces, esta sed es de siempre! ¡Que venga Rivarola montado en el relámpago! ¡Y Fariña, por el río secreto de la sangre! Que traiga Talavera su alfabeto de espinas, su código perpetuo, su aguijón implacable, su poesía o su muerte (que son maneras de ser, o ineluctable fábula). ¡Que vengan a morirse de nuevo los eternos! ¡Que remonten el tiempo lanchones de Coimbra, los sablazos de Bado, el fuego de Humaitá, y Ramona Martínez! ¡Que asuman la defensa, de nuevo, los andrajos, los callos, el machete, el yatagán, el pora, Che la Reina, el verano, la rabia, la tifoidea, el alacrán, la sífilis, el beso, los recuerdos, los magos, los cantores, el arpa, la Guarania, Correa, la palabra! La memoria, cráter colectivo, ilumina sombras, espectros, sueña reclutas, brigadas, mochileros, una mineral infantería de heridas enterradas, el marcial Apocalipsis del pombero, la repetición laboriosa de las Furias, la eucarística bruma donde resisten subconscientes y múltiples los pañuelos del miedo, la adarga del coraje, la voluntad de ser, el muro de la vida. Antequera redacta un poema en la cárcel de Lima ¿o es su silueta la que medita el fogón? Corrige la escritura fragorosa del destino (que llamamos historia o martes trece), subraya con rojo énfasis el coágulo de la libertad, niegan sus venas marginales los márgenes del tiempo, sus poros de polvo votan al revés el poder único, distribuye juglares, autarquías, telégrafos, talismanes para la sarna, adivina qué calles y satélites imitarán a raudales su apellido, el eco de su estaca, el taladro del garrote, los enjaulados quevedos del soneto, las iniciales de su fin. Mangoré tensa la guitarra de John Williams, contrapuntea minuets, mazurcas, madrigales, viajes, afina claves mutuas, laúdes húmedos de selva y manantial, la proporción fluvial de sus tristezas, mide la infinita melancolía de la abeja, la exactitud ruidosa de los monos, la persuasión fragante del laurel. Con esta artillería de poesía y música, así con esta tropa de tropo acumulado, con esta arqueología de mártires triviales desterrados del mar, estos simples oficios, voy hacia ti, vieja patria en peligro, compañera, paso revista a la sed, a la fatiga, al sueño, y en la noche se encienden los humildes.
            Entonces el capellán apagó su cigarro.





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