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martes, 27 de diciembre de 2011

CINTIA CAÑETE DE ESTAY - EL CATAFALCO (1er premio Concurso de cuentos Club Centenario 2011) / Fuente digital: http://neurita.blogspot.com




EL CATAFALCO

(1er premio Concurso de cuentos Club Centenario 2011)

Cuento de


Abro los ojos y cuento.
Seis listones de madera se insinúan bajo el colchón viejo del catre.
Otra vez el mismo sueño.
Pensé que nunca vería algo peor y me equivoqué como suele ocurrir siempre con la vida, dispuesta en todo momento a demostrar que puede hacer con nosotros lo que quiera. ¿O esa era la muerte?
Cada madrugada, viene el tiempo aristarco a sentarse en mi cama y le pregunto si es mi catre el incómodo o soy yo el chungo. Tengo frío. Me doy vueltas estirando la frazada aunque sé que hay fríos irrefragables. Como este metido en mis huesos.
Me hubiera gustado morir aquel día para no vivir esto. Este errar marchito que no se decide, como si matarme le diera pereza.
Cuento los tejuelones sobre mi cama. Dieciocho. Lo sé de memoria.
-Nos mintieron. La faramalla del patriotismo nos engañó- pienso mientras me arrastro por ese pajonal inmenso.
Hace dos días que camino solo en este calvero sin fin. Vengo escapando de un paredón de fusilamiento. Al principio me impulsaba el susto de haberme fugado, corría descontrolado como si las piernas no pesaran. No sentí las espinas, ni las piedras, ni las desigualdades del terreno. Tenía las retinas impregnadas de las balas trucidando los pechos de otros iguales a mí, el manchón carmesí que se extendía en sus casacas y los ojos vacíos que miraban sin ver.
Rebusco entre mis recuerdos un atisbo luminoso. Nada. Todo lo ocupa este sofoco de desierto.
La urgencia de mi vejiga me conmina a pararme. Ya es tarde. Mi cuerpo ya no me escucha. Ha cortado el cordón umbilical que lo unía a mi mente y tiene su propio parecer. Quedo envuelto en un charco vergonzante que me obligará a sufrir los malos modos de las enfermeras.
Con esfuerzo me siento y miro los bultos dibujados por la luz que se cuela en la ventana. Están soñando con un pasado que pueden atrapar por algunas horas. El presente no vale la pena.
Y a veces tampoco el pasado.
Como otros, había llegado luego de correr escapando del silencio de mi pueblo. Un pueblo igual al de todos los demás. Donde el polvo del olvido se acostaba sobre los muebles y las almas. Donde la quietud no era calma sino opresión.
La aventura estaba allá. Donde estaban los valientes.
Carajo.
-Carne de mula y anguilas de barro. Eso si teníamos suerte- digo en balbuceos mientras siento el escozor del sol en la cabeza- sino cuero de vaca hervido.
Por lo menos me tocó un fusil de los buenos. Había visto las consecuencias de los fusiles españoles en mi mesnada. Brazos terminados en muñones y sendas de esquirlas surcando los rostros. Accidentes dijeron.
Sigo caminando a no sé dónde. Esta exhalación de averno dibuja mentiras en mis ojos.
Alguien se remueve en la oscuridad con un quejido. El espinazo viene de haber caminado por leguas y leguas de vida. Cada odio, cada amor, cada abandono se selló en calcio y duele.
Con dificultad me paro y siento todo el peso de los años en la espalda. Mis pantalones están mojados pero no sé dónde hay otros. Voy tanteando el pasillo oscuro hacia la galería luchando con las nubes que se fueron colando en mis ojos. Treinta y cuatro pasos.
Aquí está la muerte. Huelo el miasma de su aliento escociéndome la nuca. Siento la lengua hinchada que no me deja respirar y mis pies son un pedazo de carne sanguinolenta.
Me abandono al sueño de la asfixia y caigo. Bultos. Es lo último que vi en la aridez de ese purgatorio inmenso donde peleamos.
Ahí está mi silla y la de los demás. Me siento a esperar aquí la pitanza del día. Sé que tengo que contar hasta diez mil cada vez para que vaya cambiando sobre mi regazo; un mate amargo, un cocido aguado y un poco de arroz.
Empecé esto de contar cosas cuando al principio contaba los días que faltaban para que vengan a verme. Las visitas se espaciaron y conté semanas. Cuando llegué a los meses decidí contar más cosas para matar el tiempo pero ahora él me cuenta a mí para matarme.
Seis listones. Dieciocho tejuelones. Treinta y cuatro pasos. Diez mil segundos.
Me despierta una cellisca fría que moja mi lengua reseca y respiro otra vez. A mi alrededor sigue el desierto. Estoy en una sentina junto a ellos. Arrumbados en todas partes como títeres olvidados de un circo vesánico.
Nadie me preparó para esto. Para el desamparo y el miedo. Para el horror.
Los labios partidos. La piel pegada a los huesos y los ojos hundidos. El rictus de la agonía inficionando aquellos rostros.
¿Dónde estaba la bendita patria? ¿Dónde la gloria y el heroísmo?¿Acaso valdrían las medallas entregadas a madres y viudas?
El rival fue superior. No necesitó de balas ni bayonetas. Fue consumiendo cada hálito en una batalla lenta y silenciosa de la que nadie podía escapar.
Sed. Muertos de sed.
No había gloria. No habría banderas cubriendo ataúdes. Este inmenso catafalco se devoraría sus huesos y sólo serían olvido.
Pero yo los recuerdo. Porque cuando la vida se pasa y ya no fabricamos recuerdos recordamos.
Paso mis días contando. Yendo de la silla a la cama, con los huesos adoloridos por el tiempo y el frío del desamor. Nadie me visita. Nadie me habla. Nadie recuerda.
No logré escaparme. Sólo fue una larga tregua. También me alcanzó el olvido en este panteón de la soledad.
Vivo en un catafalco que llaman geriátrico; donde los cadáveres nos despertamos cada mañana para sabernos solos, que es lo mismo que decir muertos.


Registro de enlace: Diciembre 2011

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