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viernes, 9 de diciembre de 2011

TERESA MÉNDEZ-FAITH - LITERATURA INFANTO-JUVENIL PARAGUAYA DE AYER Y HOY TOMO II (K – Z) / INTERCONTINENTAL EDITORA S.A., 2011





LITERATURA INFANTO-JUVENIL PARAGUAYA DE AYER Y HOY
TOMO II (K – Z)
INTERCONTINENTAL EDITORA S.A.
Teléfs.: 496 991 - 449 738;
Fax: (595-21) 448 721
Asunción - Paraguay
2011 (431 a 786, Tomo II)


Composición, diagramación y armado: GILBERTO RIVEROS ARCE
Corrección: A cargo de la autora
Ilustración de tapa: "Leyendo con mi Mami", Arte digital. 2011.
Obra de Edward P. Faith.

Todas las pinturas reproducidas en este volumen fueron cedidas para esta edición por gentileza de sus respectivos autores -Catita (Amalia) Zelaya El-Masri, Enrique Collar, Edward P. Faith, Graciela Nery Huerta, Andrea Piccardo, Chester Swann, Nico Espinosa, Carmen Mendoza, Miriam Cabrera, Lourdes Espínola-, de Editorial Lina y/o de Editorial Servilibro.
Hecho el depósito que marca la Ley N° 1328/1998
ISBN: 978-99967-25-05-0 (Obra general)
ISBN: 978-99967-25-07-4 (Tomo II)


ÍNDICE GENERAL
TOMO II

OBSERVACIÓN : LOS ENLACES EN EL NOMBRE DE LOS AUTORES
LO LLEVARÁN A LA GALERÍA DE LETRAS DEL PORTALGUARANI.COM
EN EL ESPACIO DE CADA AUTOR
DONDE ENCONTRARÁN DATOS BIOGRÁFICOS,
OBRAS EDITADAS y OBRAS INCLUIDAS EN TRABAJOS ANTOLÓGICOS



La muñeca de Malo
El hipopótamo estudioso
La princesa india

Encuentro con la brisa
La energía cinética
Las pesadillas
El fútbol mueve el mundo y los bolsillos
El bosque sagrado

El loro Loreto
El pavo real Narciso
Floriana y las tejedoras
La tortuga Perpetua
El Cardenal
La vaca del Chaco
La hormiguita entretenida
Doña lagartija
Sol de enero
El pingüino Tolentino

Las joyas de doña Natí
Tempestad en el barrio Bella Vista
Tiempos de paz
Corazón de niño

Pincho y Canela
Miedo en la noche
Huellas de botas
La imagen
De cacería
Pincho adolescente

Juncu'clai y Jiveclá
Mischa'achei
El tigre que quiso volar

Sueños concéntricos
Etapas de la vida de la mujer perfecta
Cuentos de hadas y princesas
Cuentos, mitos y leyendas : Rupave y Sypave, Jasy Jatere, Arasy, Tupá, Mboi tu'i y Keraná y Taú

Historia de la lombriz
Rebelión en el jardín
El viaje del gato Canuto
El viento norte y la llovizna
Lincoln Salvador

Las gorduras de Villaflacos
Las pesadillas de Ciudadsueños
Los olvidos de Villaolvidos
Los perros de Castelcanes

Ñakurutú y Apere'á
Don Aguará y Alonsito
Invitación para una fiesta en el BAAPA
El mapa del BAAPA
Incendio en el BAAPA
Encuentro en el bosque

La criatura
Astolfo, el romántico
El venerable, lento, eterno y largo Consejo de Ancianos

El día que los niños dejaron de jugar
La batalla semántica
Para cuando preguntes todo
Bienvenido a la esperanza
Los niños héroes
Espantajo del negro
Kamba ra'ãnga
El niño y su lectura

Carolina y Gaspar
El país donde los niños no querían nacer

Tacalaguana, el Príncipe del Pilcomayo

Una rabona televisada
Un tren especial
La golondrina subió al cielo
Esa muñeca
El primer ramillete (Cuadro escénico patrio)
Mi libro
Abuelita
Año nuevo
Indio
Amigo
Mayo
Libertad

El puente
Alejandro
Desprecio
Navidades blancas

Mi primer día de escuela
El niño y el fuego
Los niños en la Nochebuena
El duende
Me pides versos
De cuentos
Horarios

Los espectros de la floresta
Los pioneros de Cygnus X-1

Espejo y máscaras
La lámpara verde

Selección de haikus de En una baldosa
Mester de telefonía (a guisa de prólogo)
Selección poética de Mensajeámena
Cinturón cohete

El perro Tom
El juego
Don Grillo
La paz
Patria
Sombrero pirí
14 de Mayo
Un libro tuyo
El trabajo
América
Este es mi pueblo
Andrecito visita la ciudad
En casa de Jacinto
Andrecito se despide de la ciudad
El poncho, la guitarra y el mate
Cómo es mi pueblo en primavera
Un paseo a Caacupé



CUENTOS INFANTO - JUVENILES



EL HIPOPÓTAMO ESTUDIOSO
Cuento de SARA KARLIK

Eso de estar tirado todo el día entre tantos en el mismo pantano, chocando unos contra otros con esos cuerpos tan pesados, sin poder pe­lear siquiera por no tener suficiente espacio y porque con tanto peso no dan muchas ganas, tenía un poco cansado a Kolín.
La verdad es que estaba cansado todo el día, tanto que fácilmente caía en un  sueño tan pesado como él mismo. Según decía su  mamá, sus ronquidos se escuchaban como truenos de los grandes, de esos que sue­nan a muchos kilómetros de distancia y vienen montados en vientos que escapan, perseguidos por luces que se prenden y se apagan con gran ruido.
Mamá Cándida todavía se asusta cuando esas luces se quiebran y aparece el relámpago. Dice que el corazón ya no lo tiene tan fuerte para tanta bulla.
El pantano suele estar fresco y nunca habían tenido problemas por falta de agua. Pero en los últimos días el sol se fue quedando más de lo acostumbrado, hasta que Kolín y los otros hipopótamos se sintieron afie­brados, sobre todo los menores.
En su desesperación, chapotearon y chapotearon en la laguna hasta que casi llego a secarse, así como también la piel, tan gruesa que parecía impermeable. Y el agua les resbalaba, rodando como en un trampolín y caía antes de que llegaran a refrescarse.
Cuando salían del pantano, en su deseo por absorber la humedad del pasto y de las plantas bajas, acabaron por comer toda la vegetación que encontraron a su alrededor, quedándose sin alimento para después. Esto causó un problema tan inmenso como los cuerpos de los mismos hipopó­tamos.
Las enormes bocas empezaron a colgar y las ganas de comer fueron acumulándose, haciéndoles gotear la lengua... Al parecer, como ya la situación se había hecho insoportable, mamá Cándida decidió llamar a una reunión general.
Con voz gruesa que nadie se animaba a discutir, dijo que era preciso comenzar la marcha para buscar algún pantano más profundo y pastos que pudieran llenar sus estómagos acostumbrados a muchos, muchos kilos diarios de comida.
Kolín estaba a punto de caer dormido nuevamente por culpa de su exceso de peso. En la última consulta médica, el Dr. Pánfilo le había dicho que era muy peligroso para su salud comer todo el día enormes paladas de pasto. Pero él era muy joven aún, y con todos los años que todavía lo esperaban por delante, privarse de alimento era para él un gran sacrificio.
Mamá Cándida restregó el hocico contra el cuerpo de Kolín para removerlo y hacerle levantar.
Con la luna adelante como indicando el camino del cansado grupo, encabezados por mamá Cándida, abandonaron el lugar que les había pertenecido durante mucho tiempo.
Eso de caminar no les hacía mucha gracia y menos a Kolín que iba lanzando refunfuño tras refunfuño hasta que mamá Cándida le dijo que dejase de protestar y el silencio se llenó solo de pisadas fuertes y pesadas.
El camino iba a ser largo, porque no así no más era posible encontrar un pantano del tamaño que necesitaban para toda la manada de hipopó­tamos.
Kolín se iba retrasando del grupo, removiendo los brotes nuevos del pasto que iba encontrando a su paso, pero sin comerlos. Solamente los miraba como si quisiera desarmarlos para ver qué tenían adentro. Se le ocurrió también, revisar los troncos de los árboles e intentó levantar una pata para sentir la forma de los nudos salientes, que se parecían a los granos que a veces les salían justo sobre las patas de adelante.
El Dr. Pánfilo, acercándose a él hasta casi tocarlo, porque sus ojos ya estaban tau arrugados como la misma piel y no veía muy bien, le recordó que los granos eran causados por la alergia que sufrían los comilones. Kolín, bajando la cabeza, prometió, como siempre lo hacía, que iba a controlarse con la comida.
La manada ya estaba bastante lejos, casi tocando el borde de la tierra con el cielo donde se forma el horizonte y, a mamá Cándida se le podía notar fácilmente el enojo por el retraso de Kolín, porque cuando se ponía así, una baba espesa le caía de la boca.
Pero Kolín no podía saberlo por la distancia que había entre él y la manada, porque se había quedado muy atrás. Siguió mirando el campo, parte por parte, cuando encontró un pedazo de vidrio.
Estaba encantado, porque al mirar a través del vidrio, todo parecía más grande. Lanzó una carcajada tan fuerte que llegó a sacudir las ramas de los árboles y el suelo a llenarse de hojas que Kolín las fue observando cuidadosamente a Través del pedazo de vidrio.
Dejó de pensar en el calor o en la falta de agua o de barro donde revolcarse. Ahora estaba demasiado ocupado con su nuevo juguete. Una planta en forma de paraguas le llamó la atención. Estuvo a punto de comérsela, pero se acordó del Dr. Pánfilo al sentir una fuerte picazón un poco más arriba de lo acostumbrado. Se acercó a un árbol y se restregó hasta sacarse la picazón.
De repente se dio cuenta de que la manada de su familia de hipopó­tamos se había alejado tanto, que ya parecía una mancha oscura en el horizonte. Quiso apurarse para alcanzarla, pero recordó que el apuro era extraño a los hipopótamos porque su enorme peso y sus cortas piernas no se los permitían.
Así que siguió haciendo lo que hacía sin detenerse tanto como lo había hecho hasta ese momento, aunque lo necesario para continuar mirando a través del vidrio, todo lo que parecía saltar de la tierra, y crecer a su paso.
Kolín dejó de ver la manada que se había alejado de él, pero no se sintió solo. Los árboles parecían hablar con tantos pájaros adentro, ha­ciendo un ruido que, sin embargo, no le era molesto.
La tierra misma parecía correr, pero eran otros pobladores del bosque, animales como él y aves que se espantaban ante su figura demasiado grande. Quedó mirando una cigüeña que estaba en posición de descanso corno suelen hacer levantando una pata y guardando la otra debajo de su cuerpo.
Le hubiera gustado tener alas para volar y ver desde arriba las cosas que le estaban interesando y, a lo mejor, poder ajustar el pedazo de vidrio a uno de sus ojos, lo que no era nada cómodo hacerlo con sus patas, aunque fuesen las de adelante por ser un poco más fáciles de manejar que las de atrás.
Pero cada uno está hecho como es, pensó. Y siguió quedándose en el lugar para ver a la cigüeña que no tardó en mover las alas y levantó vuelo, porque ellas sí que tienen mucho trabajo llevando y trayendo bebés para que las mamás estén contentas con sus críos, y las cigüeñas, de tanto llevar esos encargos necesitan recobrar sus fuerzas porque recorren todo el mundo haciendo su trabajo.
Kolín conocía el oficio de las cigüeñas y el empezó con que ellas contestaban los llamados que recibían de cualquier lugar, algunos muy alejados, como había escuchado contar a mamá Cándida.
Estuvo a punto de soltar de nuevo una carcajada porque mamá Cán­dida pensaba que Kolín no sabía cuál era en verdad el trabajo de las cigüeñas. No lo hizo por temor de que volvieran a caer las hojas de los árboles y en una de esas también los pájaros que estaban parados en las ramas.
Lo que más le impresionaba eran las hojas de colores con rayas en el medio y, saliendo del centro, otras más pequeñas.
No podía agacharse para tocar las flores que iba encontrando a su paso, porque era preciso hacerlo con suavidad. Y sus patas no eran nada suaves. Pero las observaba con el trozo de vidrio hasta el mismo fondo de donde hacía un tallo para abrirse arriba en pequeños pétalos de colores. Una tarde el cielo se puso oscuro, como si estuviese enojado. Caye­ron gotas inmensas de lluvia que reventaban sobre cl lomo de Kolín, que se sintió en el colmo de la felicidad al sentir el agua sobre su cuerpo, enfriándolo.
Al día siguiente se le quitó la modorra que en un momento casi le había hecho perder el equilibro porque se le había recalentado mucho la piel por el calor y tanto ejercicio que estaba haciendo. Habría sido muy peligroso para él y podía hacerle caer muy fácilmente sin tener a nadie que lo ayudara a levantarse del suelo.
Kolín aprovechó para lavar su trozo de vidrio ya que, con tanto resoplido, había perdido su transparencia.
Durante su lento y pesado caminar se dedicó al aprendizaje, pasado muchas veces mucho susto, sobre todo cuando probaba cosas extrañas que veía por primera vez y que le provocaban las tan terribles picazones, sin Tener al Dr. Pánfilo a su alcance para que lo atienda.
Así fue conociendo las diferentes plantas y calidades de pasto, el néctar que brota de las flores y que las abejas usan para fabricar la miel. Además, es agradable como postre para mariposas y colibríes.
Con el tiempo, la piel de Kolin fue poniéndose dura porque en el largo camino que le había tomado mucho tiempo, había también cumpli­do más años. Cuando empezó a extrañar los roces de cuerpos que antes le habían molestado, decidió que ya era tiempo de juntarse con la manada. Pasó por muchos pantanos donde chapotear, pero ahora lo único que deseaba era estar en compañía de los suyos.
Kolín ya no era tan joven y el peso de los años le hizo demorar muchos días y muchas noches hasta, después de intentarlo varias veces, logró enganchar al fin el pedazo de vidrio en su ojo derecho y, con aire de hipopótamo importante, hizo su entrada en el lugar donde se había instalado la manada.
Todos se sorprendieron de todo lo que había aprendido en su reco­rrido por el bosque y le pidieron que ocupara el lugar del Dr. Pánfilo, quien, tenía ya tantos años que ni siquiera podría ver las cosas aunque Kolín le prestara el pedazo de vidrio.
Kolín abrió una escuela para enseñar lo que había aprendido en tanto tiempo .Ya no volvió a sentirse inútil o cansado como cuando, en su edad joven, solamente comía y dormía por no saber hacer otra cosa. Hasta le cambió la cara, y se lo veía contento, pero sus risotadas continuaban haciendo caer las hojas de los árboles. Aunque decía que no era siempre por su culpa, ya que los árboles a veces también se resfrían y sus estornu­dos hacen caer las hojas. Kolín sabía tanto, que nadie podía ser capaz de contradecirlo.

**/**


LAS PESADILLAS
Cuentos de NILA LÓPEZ

Esa noche todos se hallan indispuestos, sin lograr conciliar el sueño. En uno de ellos, Alberto ve cómo un volcán en erupción se desparrama sobre él. Pide socorro al quedar enterrado bajo rocas ígneas de antiguas montañas y una inmensa formación de cristales que si los vieran en el cine les parecerían magníficos, pero en esta situación son horripilantes.
También lo aprietan contra el mundo minerales de aguas termales, y aparecen más y más cráteres. Él se envuelve en azufre y magma y cristales con extrañísimas gemas. ¡Como para hacerse millonario si al­guien fuera joyero!
Lo más irracional es que Alberto no puede distinguir entre la ficción y la realidad, y como él habla ruidosamente describiendo su tragedia, todos los demás lo escuchan y se quedan en un estado tembloroso, acom­pañando al durmiente soñador de la manera más simple, que siempre es la imitación: convierten lo que ocurre en un delirio colectivo.
Por otro lado, Berta, que nunca descansa ni se desprende de su com­putadora portátil, cae de súbito en un sitio del ciberespacio desde donde le dicen: "Lo que importa no son los años de la vida sino la vida de los años". Este concepto tan común, por lo menos en apariencia, la deja completamente turulata y ya no quiere conectarse ni revisar nada. ¡Pobre! A veces lo más sencillo nos complica en vano, como le ocurre a ella ahora mismo, que está dándole vueltas reiterativas a la oración: "Lo que importa no son las vidas de los años sino los años de las vidas o viceversa". Y sigue, conflictiva y pensadora, borroneando y volviendo a empezar.
Nadie puede entender por qué ella permanece tranquila mientras la lava de los volcanes está a punto de invadir su habitación. Pero se pone bien horrorizada y patética cuando los sucesos dejan de manifestarse como mentiras de un soñador, pues la quema el intenso calor y ya siente magma deslizándose por sus piernas. Su hija Alison se despierta repenti­namente sudando y abrazando su peluche predilecto.
Raquel, por su parte, sale al gran corredor yeré (corredor que rodea la casa) y dice fervorosa:
-¡Las pesadillas se pueden anular! Me han contado que la verdad es transferible y tiene ideas núcleo. El éxito está basado en las relacio­nes de uno con uno y de uno con otro o con otros. Hay que saber apoyar el valor que está en los demás. Tenéis que inventaros regularmente.
Y prosigue:
-Por ejemplo, Churchill dijo: "Hay un momento especial en la vida de todo el mundo, un momento en que el ser humano encuentra su propó­sito. Y allí nace".
-¡Cállate ya Raquel y déjanos dormir luego del terrible sueño de Alberto, que por fin se ha calmado!
-Es justamente en ese estado en que estáis, que es de meditación natural y cósmica, de encuentro con el Ser Superior, que hablo para vo­sotros. Hay cincuenta y dos tipos de personas que nunca llegan a ser gran cosa en su vida.
-¿Cuáles son las razones? -inquiere Sandra y otros la acompañan con ojos bien abiertos en la interrogación.
-Por varias razones. La primera envuelve a la persona que no hace lo que se le dice. Y la segunda es la que no hace más que lo que se le dice. ¡Que tengan buenos sueños!
-¿Alguien tiene chocolates?-pregunta Mía Sol.
Como respuesta sólo recibe un larguísimo ¡chiiissssssss!
No tienen ganas de hacer nada al amanecer, pues están rendidos después de una noche tan asombrosa que enriqueció la vida de todos. Y Raquel en Internet ya inicia su exploración de todos los temas sobre volcanes, en todos los buscadores. Después todos la atienden, pues su relato sobre los tres volcanes de Antigua Guatemala, es impresionante.

***

EL CARDENAL y LA VACA DEL CHACO
Poesías de GLADYS GLORIA LUNA

EL CARDENAL

En el naranjo de mi patio
se posó un cardenal.
Los chicos extasiados
no dejaban de admirar,
su cabecita roja
y su plumaje especial.
Sin embargo, confesaron,
les tenía preocupados
su airecito extraviado.
-No te asustes -le dijo,
el de San Francisco.
-Bienvenido a Asunción,
le pió cierto gorrión.
-Estoy sólo de paso,
no traje mi equipaje,
expresó a todas las aves
que agitaban el follaje.
Bebió un sorbo de agua,
picoteó un mamón,
se despidió de todos
y partió de Asunción.
Cuentan que ayer lo vieron,
allá por Concepción

***

LA VACA DEL CHACO
Buenaza, se llama la
vaca
de este breve relato,
vive en una estancia
del lejano Chaco.
En un tacho enorme
la ordeña Tomasa.
La leche se mece
se mece y se cuaja
y sale un quesote,
redondo, grandote:
parece una luna,
una luna de plata.
Sonríe la vaca
mientras bebe Tomasa
riquísima leche
en su jarro de lata.
La mira su gato;
le da cuatro gotas,
Miauu... pide más,
le da siete tragos,
la leche se agota.
Qué azul se ve el cielo
y que verde el pasto.
El sol está rojo,
la luna se asoma,
termina este cuento
¡adiós bello Chaco!

***


TEMPESTAD EN EL BARRIO BELLA VISTA

La noche, bochornosa por el calor y la humedad, pesaba en el ánimo de la gente, que buscaba vanamente la forma de refrescarse y aliviar así la tensión, que los volvía irascibles, peleadores.
En el patio de don  Nenito, los añosos y dadivosos árboles de mango oscurecían aún más, con la sombra de sus anchas copas, el patio, donde los niños jugaban insensibles al calor y la pesadez atmosférica.
Tras terminar de atender a los clientes, a eso de las nueve de la noche, el hombre dijo a su mujer
-Hoy voy adormir afuera. Es imposible soportar el calor de la habi­tación.
-¿Pero si llueve?-la mujer estaba segura de que así sería. Desde. el día anterior le picaba mucho la cicatriz de su operación del apendicitis ,síntoma seguro, para ella, de que habría una precipitación.
-Una buena mojadura, con el calor que hace, será un alivio-repuso el hombre.
Las cigarras, como desveladas, continuaban con su agudo canto. De vez en cuando, un golpe corto y seco ponía de manifiesto la caída de una madura fruta de mango, cuya pulpa fibrosa, bañada de jugo espeso, amarillo, dulce, es la delicia de los niños y tentación de los mayores.
-Voy a recoger esas frutas que van cayendo, porque mañana será un suplicio limpiar el patio, si llueve y, además, estas frutas quedan aquí.
-Si tienes ganas-respondió, indiferente, el hombre-. De aquí, hasta la mañana, yo no me muevo si no es para bañarme y dormir.
Acompañando la obra a la palabra, don Nenito fue a bañarse: tras secarse y ponerse un pantalón corto, sin camisa, sacó un catre de loneta y lo extendió lejos, al fondo, donde no habían plantas de mango.
-¿Por que no pones tu cama bajo el árbol, papá?
-¡Ni loco! Por allí una fruta cae sobre mí, y además del susto, ¡me llevo un golpe!
A las diez, los relámpagos encendían el firmamento con luminosos y zigzagueantes líneas, mientras un retumbar fragoroso venía desde arri­ba, cual la voz de un gigante encerrado en una caverna que bramaba enfurecido. Las gotas de lluvia, escasas al principio, empezaron a caer con más intensidad, haciendo huir al hombre, catre en hombros, hacia el amplio corredor de la casa.
-¡Gracias a Dios, llueve! dijo su esposa, Lili, asomando desde el dormitorio--. Esta agua estaba haciendo falta, de veras.
Don Nenito volvió a tender el catre, y se desplomó prácticamente sobre el improvisado lecho.
-Con esta refrescante lluvia, voy a dormir como un mita-í -dijo. Llovió toda la noche, en forma continua, sin parar.
Era como si el cielo hubiese abierto las compuertas de la represa y ésta cayera desde arriba, rompiendo ramas, arrastrando basuras, ramas, pequeños objetos como hojas, flores. En el patio, en los caminos vecina­les, en la calle, el raudal formado por la lluvia era como una gran corriente fangosa, erosionando la tierra que parecía castigada ya por la torrencial lluvia.
Con las primeras luces del día, la lluvia pasó.
El tímido y humedecido canto de las aves empezó a alzarse, y poco a poco la vida se enseñoreó en las casas, en los patios, cuando los vecinos salían presurosos a mirar los efectos de la torrencial lluvia. Don Nenito seguía profundamente dormido. Lo despertó la voz de una vecina que decía a su esposa.
-El raudal llevó su cántaro, doña Lili. Está en el frente, tumbado.
En ese momento llegaba una cliente tempranera, que venía en busca de las "churras" (menudencias) que llevaba a revender al pueblo.
-Buen día, patrón -dijo la mujer-. Cómo amanecieron. Cómo les trató la lluvia -seguía expresando-. Pronto, antes que alguien lo rompa sin darse cuenta, rescaten el cántaro que el raudal arrastró de su casa.
Sorprendido, el hombre inquirió a su mujer qué era el cuento ese del cántaro, que ellos nunca habían tenido uno. Pero su esposa ya entraba en la habitación con un cántaro bajo el brazo.
Con un gesto de complicidad, dijo Lili a su compañero:
-No te preocupes, ya rescaté "nuestro cántaro".
Comprendiendo, casi al momento, don Nenito cerró la habitación, mientras decía a uno de sus hijos:
-Abre la carnicería y dile a la mujer que está allí que enseguida voy. Tengo algo urgente que hacer.
Tras cerciorarse de que estaban solos, la pareja se abocó a investigar el hallazgo.
El "cambuchi" (cántaro) se hallaba herméticamente sellado, al pare­cer por una preparación de argamasa. Expectantes, solo atinaron a romper la vasija.
Su contenido les abrió las puertas a una nueva vida, llena de bonanza económica.
El dato histórico
Pirayú, hasta no hace mucho tiempo, famoso por su chipa (pan hecho de almidón, queso, grasa, huevo y anís) es una hermosa villa rodeada de vertientes y lagos. En la localidad se alzaba, antiguamente, una capilla denominada Capilla Gayoso" en memoria del franciscano que la había levantado y de sus familiares que posteriormente se hicieron cargo de ella .Esta capillaagrupaba en su entorno, según don Félix de Azara, unos quince a veinte ranchos, con un total de 300 casas. Posteriormente se levantó en el lugar una hermosa iglesia, dedicada a la Virgen del Rosario, patona de la localidad. La iglesia, una verdadera joya histórica, posee aún hoy el maderamen, puertas, altares, púlpito para los sermones, y coro, primorosamente tallados y pintados en oro. Las imágenes de la época, más o menos segunda mitad del siglo XVIII. Erigida como parroquia en el año 1767, fue, sin embargo, oficialmente fundada por el entonces go­bernador Carlos Morphui, en 1769.
En Ceno Verá, compañía distante a pocos kilómetros de Pirayú, nació el general José Díaz, héroe de la batalla de Curupaity, gloriosa gesta de la Guerra Grande. Por el 22 de setiembre, aniversario de dicha batalla, los jóvenes desfilan con orgullo y pompa, en homenaje de aquel glorioso hijo de la zona.
DE: PLATA YVYGUI ,
RELATOS DE TESOROS ENCONTRADOS EN EL PARAGUAY
(Asun­ción: Mediterráneo, 1991)

***

PINCHO ADOLESCENTE

¡Qué grande está Pincho! Hoy vino a saludarme, le toqué la pancita rosada y supuse que estaría rellena de lilas y verdolagas. En sus ojos hay un brillo extraño. Por primera vez percibo que huele a bicho silvestre. Fue un rato al galpón para ver a los peones, tal vez, a buscar la caricia avara el, anciano. Después lo vi consultar largamente con su amigo el perdiguero. Volvió preocupado. Se acostó sobre mis pies, pero no quiso jugar conmigo. Me miraba como contándome algo importante; sin embargo, yo no logre captar su inquietud, y al parecer quedó resentido conmigo. Enton­ces insistí en jugarle una broma, y, con gran sorpresa de mi parte, él reaccionó, malhumorado, agresivo, y se mandó a mudar a su casa. Pensé: 'tal vez esté enfermo", aunque deseché la idea porque nunca lo vi más vigoroso saludable. Intrigado y triste por su actitud, tan inesperada e injusta no sabía qué hacer. Podría averiguar el motivo de su enojo o simplemente esperar. Decidí lo último porque la noche ya se me había metido en los ojos. En la cocina encontré al anciano. Las llamas del fogón nos separaban: "¿Qué le pasa a Pincho. Matías?". Desde su orilla me miró sonriendo:
-Le llegó la primavera.

DE: ECOS DE MONTE Y DE ARENA
(Asunción: Editora Litocolor, 1992)

***

EL TIGRE QUE QUISO VOLAR
Cuento de LENI PANE

Un tigre habitaba en lo más espeso del monte.
Hermoso y fiero, temido y admirado era el señor. Se sentía feliz dentro de su piel lustrosa, con sus ojos rasgados y sus afiladas uñas. El Creador le había dotado, además, de sagacidad, fino instinto y Ferocidad implacable. ¿Qué más podría desear?
Paseaba una mañana por sus vastos dominios cuando vio a lo lejos moverse la copa de un árbol. Era el único árbol que se movía, y ni siquiera soplaba la más leve brisa. Extrañado pensó para sí: ¿Quién será el indivi­duo que mueve el árbol? E impelido por la curiosidad, se dirigió hacia él. Se sorprendió en extremo al encontrare con el Jump'uvaay, un pequeño pajarito que se divertía jugando. Este volaba hasta la copa del árbol, y desde allí descendía en veloz vuelo. Lo hacía una y otra vez, con alegría contagiante.
-¿Qué haces?-le preguntó el tigre, Yiyööj.
-¿No ves?.Juego con el árbol -replicó el Jump'uvaay batiendo las alas.
Intrigado volvió a preguntar el tigre. Y el pajarito, halagado por la atención que le dispensaba el amo, ensayó su mejor vuelo y su más peli­grosa caída. Ya posado en una de las ramas del árbol, le dijo:
-¿Viste?
Yiyööj, que nuncajugaba, deseó ensayar el juego, y ya se disponía a subirse al árbol cuando. Jump'uvaay le advirtió:
Cuidado, Yiyööj, tú no tienes alas para sostenerte en el aire.
El tigre quedó desconcertado, él, que se tenía por el más perfecto de los animales, se veía impedido de ensayar el juego del humilde pajarito. Tendióse, pensativo y desalentado, al pie del árbol. Poco después, se irguió y dijo al pajarito:
-Jump'uvaay, préstame tus alas.
Y el pajarito, temeroso de desobedecer al tigre, sacóse las alitas y se las pegó al pecho del amo con cera de abeja.
-Ten cuidado-le advirtió-. Esta cera no sostendrá las alas por mu­cho tiempo.
Alborozado, el tigre subió al árbol y desde la copa ensayó la caída al vacío, y luego el movimiento de las alas. ¡Qué sensación de plenitud! ¡Qué distinto se veía el mundo desde ahí arriba! ¡Ahora sí era el amo absoluto! Subió y bajó una y otra vez. Dos, tres, cinco, quince y, tal vez, cien veces.
El pajarito, desde la rama de un árbol cercano, reclamaba con aflic­ción:
-¡Tigre! ¡Tigre! ¡Devuélveme mis alas, por favor! Pero el felino no le escuchaba, absorto en su felicidad.
-No te servirán por mucho tiempo-insistió Jump'uvaay-. El crea­dor nos hizo diferentes. A cada uno nos asignó un oficio y un lugar en la tierra. Corres peligro si lo desobedeces.
Pero el tigre, que no deseaba devolver las alas al pájaro, seguía con mayor entusiasmo con el juego. Cuando, de pronto, en uno de los más arriesgados vuelos, se desprendieron las alas y el tigre se precipitó a tierra, golpeándose la cabeza.
Jump'uvaay, al verlo, acudió con presteza, y le llamó:
 -¡Yiyööj! ¡Yiyööj!
Pero el tigre que quiso ser pájaro dormía para siempre, soñando que volaba por encima de los ríos y montañas, sin poder detenerse, alejándose más y más.

DE: FRANCISCO PÉREZ-MARICEVICH,
MITOS INDÍGENAS DEL PARAGUAY
(Asunción: Editorial El Lector, 1996)

***

SUEÑOS CONCÉNTRICOS y ETAPAS DE LA VIDA DE LA MUJER PERFECTA

SUEÑOS CONCÉNTRICOS

Había una vez una mujer que estaba soñando. En sueños ella creyó estar soñando con una mujer que soñaba el sueño de otra mujer que estaba soñado soñar con una mujer que soñaba estar soñando.
Cuando la mujer despertó, todas las mujeres despertaron y se dieron cuenta de que sólo eran el sueño de una mujer soñada que soñaba que estaba soñando que soñaba.


ETAPAS DE LA VIDA DE LA MUJER PERFECTA

No llores tanto. No te mojes otra vez. No te chupes el dedo. Duérme­le mi sol.
No seas una bebé malcriada.
No me desobedezcas. No contestes de ese modo. Eso no se dice, eso no se hace.
No seas una niña problema.
No escribas con la mano izquierda No salgas del renglón de doble raya. No pintes de azul cl caballito. No dejes de usar el uniforme.
No seas una alumna diferente.

DE : SIMPLEMENTE MUJERES
(Asunción: Editorial Servilibro, 2008)

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LINCOLN SALVADOR

Lincoln se había escapado de la casa porque Gabriela y sus papis habían viajado a Asunción para visitar a la abuela Dalinda, entonces el perrito travieso decidió salir a vagar. Flor se quedó sola y tenía miedo, lloraba y lloraba.
Lincoln había conocido a una linda caniche blanca en el Hotel Flo­rida y ella lo esperaba con un huesito de caracú que había sobrado del almuerzo. Lincoln entró por el costado, muy cerca del jardín que rodea la pileta de natación para los huéspedes. Allí se escondió para que no lo viera el portero, hasta que Lulú, la caniche, corrió a su encuentro.
-Hola Lincoln, que bueno que viniste-le dijo en idioma perruno.
 -Hola Lulú, estás muy linda-respondió Lincoln y se acercó para darle un besito en la nariz.
En ese momento olió un aroma muy extraño, parecido al olor que tienen las serpientes.
-¿Que perfume te pusiste? -preguntó a Lulú.
 -Ninguno, los perros no usamos perfumes.
-Pero hay un olor muy raro, voy a ver de dónde viene -dijo Lincoln
 y olfateando el pasto, llegó hasta el corredor de las habitaciones donde se quedó oliendo como una aspiradora, frente a una puerta.
-Pronto Lulú tenemos que entrar en este cuarto, hay un animal pi­diendo auxilio y huelo a víboras y a otro animales.
-No  puede ser, este es un hotel para personas, no para animales.
-Pero yo te juro que aquí adentro hay animales silvestres, por lo menos una serpiente, estoy seguro. Tenés que avisar al portero o al guardia.
Lulú fue corriendo hasta donde estaba el portero y comenzó a ladrar.
El hombre no entendía lo que pasaba pero le llamó la atención que la perrita estuviera tan alterada y fue tras ella hasta la puerta de la habitación. Ahí estaba Lincoln, ladrando también y olfateando bajo la puerta, como si quisiera avisar que adentro había un enemigo. El portero llamó al ge­rente para abrir la puerta del cuarto. Cuando entraron vieron a un tatú mulita que parecía muerto, un tambor cerrado que se movía y unas cuan­tas bolsas. Lincoln ladraba al tambor y daba vueltas alrededor de él, los dos hombres tenían miedo de encontrar algo feo y no se animaban a sacarle la tapa. De las bolsas salieron un montón de sapos grandes arañas peludas de todos los tamaños y tres cotorritas que parecían mareadas. En el barril de plástico había una enorme serpiente, una boa que no era vene­nosa pero que podía comer hasta un ternero. El gerente y el portero salie­ron de la habitación, cerraron la puerta con llave y llamaron a la policía ambiental, la que cuida la vida de los animales del Chaco.
Lincoln se asomó a la ventana y llamó a las dos cotorritas. Lulú estaba a su lado.
-¿Cómo llegaron hasta aquí?-les preguntó.
-Un cazador puso una trampa y nosotras caímos en ella. Después nos metió en la bolsa y nos trajo hasta acá.
-¿Y los otros animales?
-No sabemos, seguro que nos iba a vender, dicen que valemos mucha plata-respondió la cotorrita más sabia.
-Vos nos salvaste, gracias a vos nos descubrieron, pero el tatú  mulita no aguantó el calor.
En ese momento asomó la cabeza la boa y abriendo la boca grandota,
dijo:
-Muchas gracias, perito. Nos salvaste avisando con tus ladridos.
Los animales silvestres necesitamos que nos cuiden, no somos malos y formamos parte del ecosistema. Ahora que cortan todos los árboles ya no tenemos lugares donde vivir.
-Yo siempre voy a defenderlos -dijo Lincoln inflando su pecho como un Súperperro.
-Y yo voy a ser siempre tu amiga-le dijo Lulú, la caniche valiente.
Ese mismo día los traficantes de animales quedaron presos en la comisaría de Filadelfia, sufriendo más calor que los animales que habían cazado.

DE: CUENTOS INÉDITOS.

***

LOS PERROS DE CASTELCANES
Cuento de JOSEFINA PLÁ

Castelcanes no se había llamado así siempre. Al comienzo de su historia había tenido otro nombre que nadie recordaba ya. Lo único que se recordaba bien era que desde aquellos tiempos antiquísimos su Santo Patrono había sido San Roque. San Roque, como sabéis, es el santo que llevaba consigo un perro que le acompañó toda la vida y le curaba las llagas lamiéndoselas; era un procedimiento que se utilizaba antiguamen­te, cuando no había antibióticos. Por consiguiente, los perros eran muy queridos y respetados en ese pueblo. Todo el mundo se cuidaba mucho por maltratar a un perro, menos todavía matarlo.
Todos los años, el día de San Roque, los vecinos se reunían, hacían colectas y juntaban fondos para ofrecer a todos los perros del pueblo, lo mismo a los perros con dueños que a los callejeros, un gran banquete público, en el cual se les servía un buen puchero; luego unas grandes lonchas de hígado asado; y de postre, morcillitas y salchichitas; o un buen trozo de salame. Si la colecta había sido buena, el postre era un tazón de crema. Y todo esto, en mesa con mantel y con platos para cada can; algunos de estos, ya veteranos y bien educados, hasta se ponían servilleta al cuello y manejaban el cuchillo y el tenedor; pero eran muy pocos. Al terminar, se hacían brindis, unas veces con leche y otras veces con caldo de gallina.
El aprecio y cariño hacia los perros creció en este pueblo después de cierta época desastrosa. Fue una época en la cual bandas de ladrones se descolgaron sobre los pueblos; entraban y robaban todo lo que encontraban, muebles, dinero, alhajas, vajilla, sábanas, colchas, colchones, hasta la ropa puesta, dejando a la gente desnuda, lo mismo en verano que en mitad del invierno.
Todos los pueblos de los alrededores fueron asaltados; pero cuando una de esas bandas quiso entrar en Castelcanes, 20.000 perros de todos los tamaños se les echaron encima; y aunque los bandoleros llevaban armas,
no podían naturalmente defenderse de tantos perros. Tuvieron  que salir  huyendo, y fueron ellos ahora los que dejaron pedazos de ropa y hasta de piel entre los dientes de algún perro.
Después de este suceso, los castelcaninos, felices y agradecidos festejaron
más todavía a los perros. Les dedicaron un homenaje fenomenal; les repartieron medallas y collares con dedicatorias al valor, y les obse­quiaron chalecos tejidos a los perros más viejos o pelados. Los perros podían ir a los cafés y hacerse servir Toddy con medialuna, y hasta una hamburguesa o un bifecito a caballo; sin pagar por supuesto, con tal de que se presentasen bien lavados y peinados y no se mordiesen entre sí mientras comían. Y se decretó que en vez de un banquete anual se les dedicasen dos. Uno el tradicional del día de San Roque, y otro el día aniversario de aquella batalla grandiosa que se llamó la Batalla de la Gran Mordida.
Pero con tan buen trato, tanto regalo y tan buena comida, los perros del pueblo se multiplicaron  mucho; y alimentarlos costaba más cada día.
 Comenzaron a surgir problemas.
La gente iba al mercado y encontraban de pronto los puestos sin carne, porque los perros en un descuido se habían comido los bifes, los lomitos, las rabadillas o los pollos. Iban a tomar leche y un cachorrito se la había bebido. Algunos perros aprendieron a armar de las vacas, y otros se hicieron peritos en destapar las latas de leche en polvo. Todos eran maestros en abrir las heladeras y subiéndose unos encima de otros, alcan­zaban los salames, los jamones y los chorizos colgados del techo.
Una vez pasó un circo por Castelcanes; el dueño, que vio las habili­dades de los perros del pueblo, quiso llevarse diez para su circo. Se los llevó y muchos perros de Castelcanes se quedaron  tristes, pensando en la suerte de sus compañeros que se iban a correr mundo; pero a la semana estaban de vuelta todos, flacos. Un castelcanino muy inteligente que co­nocía bastante el idioma de los perros, contó que a su vuelta esos perros dijeron a los otros que el circo era menos divertido que Castelcanes por­que les hacían trabajar mucho y comían poco.
Y cuando al año siguiente vino otro circo todos los perros se escon­dieron, porque no tenían ganas de que se los llevasen por ahí para vivir mal.
Los perros siguieron viviendo bien, pero las molestias aumentaron. Los castelcaninos iban a acostarse y se encontraban en su cama una do­cena de perros surtidos muy bien enroscados, y tenían que echarse a dormir en el suelo sobre la estera. Iban al cine y se encontraban su platea ocupada por un bull-dog. Daban un concierto y un coro de perros pastores se ponían a ladrar en el momento culminante. Querían subir a un ómnibus y el ómnibus estaba ya lleno de perras que llevaban a pasear sus crías, muy bien sentadas en los sillones pullman. Y así sucesivamente.
Llegó el momento en que en Castelcanes los que no eran perros vivían tan mal que todo el mundo estaba enojado. Y como estaba prohi­bido pegarles a los canes, se pegaban entre ellos. Al cabo, de acuerdo todos, tomaron una resolución.
Hicieron sus valijas; prepararon para los perros una comida tan abun­dante, que éstos, después de comer se fueron todos a dormir. Entonces los castelcaninos agarraron cada uno su valija y en puntas de pie, para no despertar a los canes, salieron del pueblo, tomaron el tren y se fueron a fundar otro pueblo a cien millas de Castelcanes. Los perros se quedaron solos.
Nadie ha podido decirme cómo se arreglaron para seguir comiendo y viviendo.
Pero un viajero que pasó por casualidad a diez  millas de Castelcanes unos años más tarde me contó que a esa distancia se escuchaba un inmen­so ladrido que subía hasta el cielo.
Preguntó qué era eso y le contestaron que eran los rumores de la existencia diaria de un pueblo donde la vida era muy perra.
DE: MARAVILLAS DE UNAS VILLAS
(Asunción: Casa de la cultura, 1988)

***


ENCUENTRO EN EL BOSQUE

-¡Din! ¡Don!
-¡Din! ¡Doon! -retumbó en el bosque el vibrante y sonoro canto del GUYRA CAMPANA.
¡Din! ¡Din! ¡Doon! ¡Doon!; como si realmente fuera un repique de campanas y, volando hacia el TAJY de copa más alta fue repitiendo su silvestre concierto.
-¿Qué pasa? preguntó al unísono una elegante pareja de TEROS. -¡Reunión urgente!- respondió el PÁJARO CAMPANA, sacudiendo sus alas de blancas plumas.
Un minúsculo KOROCHIRE, semejante a una flauta alada repitió el aviso, con voz potente, a lo largo del bosque.
-¿Para qué? -inquiró un nómada CHOCHÍ, alisando sus plumas oscuras.
-Para saber cómo sobrevivir en este bosque atacado por los hombres -le roncó un enorme JAGUARETÉ.
Uno a uno fueron llegando los animales del BAAPA y, sentados en círculo, comentaban con furia y miedo la presencia de los cazadores, la deforestación y el incendio.
-¡Silencio! ¡Cállense que voy a hablar! -roncó de nuevo el JAGUA­RETÉ, acomodándose sobre un gran tronco de URUNDE'Y.
En ese momento se acercó al grupo un YAGUANÉ y, con su olor apestoso casi espantó a todos los participantes de la reunión.
-¡No te acerques tanto! -le rugió el Jaguareté.
Surgiendo de la oscuridad, un YRYVÚ de negras plumas dijo:
-Acabo de regresar de la ciudad y traigo malas noticias. Leí en un periódico que se han contado diez especies de mamíferos y 32 especies de aves, en peligro de extinción.
-Mba'e piko he'ise extinción-averiguó un pato GUARIMBÉ, sa­liendo del estero cercano.
-Extinción significa acabarse, desaparecer, morir -informó roma anteojuda LECHUZA, demostrando su sabiduría.
-¡MBA'E! -exclamaron muy afligidos todos los presentes. El CUERVO agregó:
-Entre los mamíferos ya está por extinguirse la especie del JAGUA­RETÉ.
Irguióndose altivo, el felino aludido caminó en silencio hacia su guarida, triste y pensativo se preguntó a sí mismo:
-¿Soy acaso yo el último de mi especie?
-También mi especie se está por acabar-dijo un colorido GUA'Á. Ante tan trágica noticia, el silencio invadió el bosque, ni la caída de una hoja se oía.
De pronto, el JAKARÉ dijo:
-Pido la palabra, se me ocurre una idea.
-¿Cuál? ¿Cuál? -preguntaron en coro todos los animales del BA­APA.
-Avisémosle a los hombres que si la fauna y la flora se extinguen también ellos van a sufrir y desaparecer.
-¡Aprobado! -exclamaron, con aplausos, todos los presentes.
-Me ofrezco a llevar el mensaje -dijo una PALOMA MENSAJERA.­
Minutos después, sobrevolando el bosque descendió en el pueblo de los hombres y cumplió su misión depositando la carta en el correo. Cuando los seres humanos recibieron esta advertencia entendieron que sus vidas dependen de los seres bióticos y de los seres abióticos, y que no deben usarlos irracionalmente; por eso han creado Áreas silvestres protegidas y Corredores Biológicos dentro del BAAPA.
Y con este plan de acción de las autoridades y de toda la comunidad, ha vuelto la alegría al bosque.

DE: MANUAL INTEGRADO PARA EL USO SOSTENIBLE
DEL BOSQUE ATLÁNTICO DEL ALTO PARANÁ (BAAPA),
Asunción, Paraguay, 2005.
Cada uno de los cuen­tos incluidos en el manual
fueron después publicados independientemen­te como libritos
por FAUSTO CULTURAL EDICIONES.

***

EL VENERABLE, LENTO, ETERNO Y LARGO CONSEJO DE ANCIANOS
Cuento de IRINA RÁFOLS

Los ancianos ya eran eternos. La Muerte se sentía tan  segura que no se tomaba apuros y vagaba asida al cordón de plata del alma de aquellos, con paso tan quedo y florido, como el de una madrina que lleva el tul de una novia en el cortejo nupcial.
Ermitaños, ocultos del sol, desde las frías torres de la catedral gótica erguidas como finos dedos en su místico intento de tocar a Dios-, pasaban  las horas procurando a toda costa revivir el pasado, pues no podían existir sino tras la sombra difusa de los recuerdos.
Recordaban su juventud, los lugares conocidos, los estados menta­les experimentados. Las horas vertidas escrutando a sus espíritus bajo la contención de alguna sala oscura, solo iluminada de a ratos por ocasiona­les pensamientos fugaces y elevados, y por sobretodo; intentaban recor­dar quienes habían sido, porque una prominente ceguera interior ya les empezaba a impedir ver quiénes eran ahora. Así que en lugar de ir a tientas con un bastón, se manejaban por sus instintos al confrontarse con la ca­sualidad de algún espejo. Nunca se apuraban en tomar decisiones ya que si algo los abrumaba con vergonzosa culpa, era el temor del desacierto, de la equivocación.
El más viejo de todos, el que más socavaba la cercanía de lo eterno, los había convocado aquella mañana. Pero no se había apresurado en hacerlo ya que la reunión había sido impuesta en el orden del día desde hace... diez años atrás. Sus largos cabellos blanquecinos lo cubrían como telarañas, y bajo las pobladas cejas blancas, velaban unos ojos oscuros como el carbón, como el carbón chispeante que todavía alberga alguna llama viva y procura retenerla todo lo que puede, porque sabe lo que le sobreviene después.
-¡Hermanos de las Santas y Sagradas Leyes!, ¡no se apresuren! El día ha llegado. Es hora de escuchar la respuesta, la que hace tan solo, tres décadas atrás, venimos rondando- y los contempló por un momento... largo, extenso.
Eran más de treinta ancianos de blancos cabellos y todos de rostros surcados por honorables arrugas. Sus larguísimas túnicas de un pálido marfil, quietas, silenciosas y delgadas, daba la impresión de hacerles ver en su conjunto, como un montón de velas viejas encendidas para dar luz a un entierro.
Tanto duró ese momento de contemplación, que el diácono más cercano, un poco titubeando por la irreverencia, se acercó a tocarle el brazo, pensando que se había dormido, pero instantáneamente reaccionó y con voz ceremoniosa y noble, se volvió a dirigir a aquellos:
-La gran respuesta es... es.„ ¿Cuál... cuál es... la gran respuesta?
Hubo un leve murmullo. Nadie la sabía. Algunos encogieron los hombros y se rascaron la cabeza. Otros movieron los dedos de los pies, porque el esfuerzo de la mente por encontrar el azaroso esplín de algún pensamiento había comenzado a mover su circulación sanguínea y ya les daba hormigueos. Pero hubo un aventurado que sí la sabía, y pidiendo permiso se acercó al altar y dando un salto frente a las mismísimas barbas del Superior, profirió:
-¡Yo sé, yo sé, yo sé, yo sé! ...
-¡¿Qué'?!... ¡¿Qué?! -exclamó sobresaltado el Superior, debido a la voraginosa rapidez del acólito.
-¡La gran respuesta! ¡Yo la sé, Gran Maestre!
-¡Ajá!, ¡Pero ven, ven, pasa, hijo mío!, ¡acércate!, ponte enfrente de iodos para que te vean... ¡Dinos a todos!... pero... ¡pero tú pareces ser muy joven todavía!, ¿qué edad tienes? No pareces tener más de setenta años, aún la lozanía baña tu rostro, ¡será bueno para todos escuchar otra vez una voz de frescura! ... Pero ante todo, preséntate al venerable conse­jo.
-Mi nombre es Pedro.
-¿Pedro? ¿Pedro... qué más'?, esa no es una respuesta adecuada.
-Solo Pedro. No hay más.
-¡No puede ser!... ¡no puede ser!... ¡debe haber algo más! Pedro, es una palabra demasiado, demasiado corta, breve, rápida, que no dice nada ¡Qué podremos saber de ti con semejante nombre? Todos los grandes sabios saben que el nombre revela al espíritu del ser, ¿o te escon­des, de alguien, acaso?
-¡No Gran Maestre!, simplemente, mi nombre es Pedro.
Pero el gran Maestre replicó:
-Sin embargo, insisto que no puede ser... fíjate en mi nombre, por ejemplo:, Edmundo Rigoberto de las Hojas Sueltas del Fresco Otoño armonioso del Espíritu Santo de la Perplejidad González... ¡Ese es un nombre! Y tú... ¿Cómo has dicho que te llamas'?
-¡Pedro!
-¡Ajá! Es extraño. Es rápido y muy corto. ¿Ves? Tu nombre no me dice nada de ti. ¿Desde cuándo te llamas así, hijo mío'?
-Solo desde mi nacimiento, venerable hermano.
-¿Ves lo que te digo? ¡Eres muy joven todavía! Parece que naciste ayer y todavía no ocurrió nada con tu santa vida... Me preocupa. ¿Qué has estado haciendo durante todo ese corto tiempo, hijo mío? ¡Pero ven!, ¡ven!, ¡acércate! ¡Ponte enfrente de todos! ¡Que todos los venerables ancianos te puedan contemplar a su antojo, con calma y con paciencia! Eres muy curioso, mi querido... mi querido... Mm... ¿Cómo has dicho que te llamas?
-Pedro.
-¡Ah!... ¡sí! -exclamó, haciendo una mueca de dolorosa compa­sión.
Los venerables lo observaron desde una distancia de pensamientos en que la brújula del espacio recorrido se había olvidado de los puntos cardinales, y no encontraba como enfocar la estimación de aquella distan­cia, trazada desde su interior hasta el altar. Al final, los ojos de todos se apoyaron en una única mirada que hizo el esfuerzo voluntarioso de tocar la figura del hermano Pedro, y exclamaron al unísono un profundo y lento "¡Oooooh!"...
-¿Ves, querido hermano?, los ancianos están impresionados conti­go. ¡Lúcete con la graciosa verbalidad de tus palabras y dinos lo que has venido a decir!...
Pero cuando el hermano Pedro abrió la boca para hablar, éste le interrumpió:
-Sabemos, venerables, que el día de hoy, no es un día cualquiera, y no lo será, ya que lo que hoy escuchemos dejará una marca en nuestro pensamiento, como la huella que deja el viento en los médanos de are­na...
Muchos hicieron gestos de aprobación, algunos con la cabeza, otros con las orejas. Algunos bostezaban porque al escuchar aquel: "¡Oooooh!", se habían despertado
-La respuesta es... -exclamó el hermano Pedro, insistiendo. -¡Y... tenemos... hermanos míos... -interrumpió otra vez, el Gran Maestre--, la responsabilidad de prestar atención al sonido de unas pala­bras tan movedizas como el agua!, ¡pero cuidado!, ¡que no quite la mo­vilidad, la quietud del espíritu que medita!, nada de nerviosismos, nada de alteraciones, nada de ansiedades...
-¡La respuesta es... -volvió a exclamar el hermano Pedro.
-¡Un momento! ¡Un momento!-volvió a interrumpir el Gran Maes­tre-. ¿Estás muy seguro de lo que vas a decir, hijo mío?, ¿lo has pensado ya lo suficiente?, ¿seguro que no necesitas quince o veinte años más? Eres muy joven todavía y temo que tu respuesta sea algo impetuosa y apresu­rada...
-La respuesta es... ¡Sí!
Ante tamaña respuesta todos exclamaron asombrados: "¡Oooooooooooh!", y el aire se tensó de murmullos... ¡La respuesta es sí!, ¡La respuesta es sí!, exclamaron de unos a otros, los aterrados herma­nos, y se sacudieron ante el susto y se bambolearon de tal manera que tuvieron que asirse al brazo del que estaba más cerca. La palabra lanzada al aire, fuerte, rápida y segura, les cayó como cae un hacha filosa sobre un tronco caído que aun moribundo tiene una inesperada sensación y exhala un débil quejido, más que de dolor, de asombro, pues le hace notar que aún está vivo y para lo único que le sirve es para perturbarle con la idea de que se acerca su fin.
-¡Mi Dios! ¡Sálvenos, Santos Profetas de la Ley!
Se oían clamores de piedad, se buscaba el auxilio de todos los santos. La exasperación colmó el espacio, los sagrados ancianos transpiraron. Muchas más arrugas nacieron en aquel momento. A algunos les faltó el al aire y se volvieron de pronto hipertensos. Otros estuvieron al borde de un paro cardíaco y entonces: reinó el caos...
Dícese, que la Muerte, que desde antaño esperaba para llevárselos a todos, abrió un ojo (porque ya estaba casi dormida), sentada en una silla al costado del recinto, y sonrió... ¡Hasta comenzó a levantarse del asien­to! ¡A un paso estuvo de parase y tocarlas vidas de los que ya le parecían eternos!, pero se contuvo todavía, tal vez porque el Gran Maestre, en ese preciso momento alzara la mano para hablar, o tal vez, porque estar espe­rando sentada tanto tiempo, le había producido un calambre inesperado en una pierna...
-¡Hermanos míos, cálmense!, ¡No derrochen tan vanos murmullos y clamores de espanto!, ¡les ruego a todos!, pues, pesca la ligereza con que el hermano ¡Pedro!, abusa de la economía de las palabras, falta el respeto al espacio, exprime la hondura del tiempo como si la quisiera beber toda en un segundo: ¡no existe... tal... motivo... de alarma!
-¿Por qué no?-interrogaron los ancianos incrédulos.
-¿Porqué no?-preguntaron los ecos de las altas torres de la catedral.
-¿Por qué no?-se escuchó decir desde su boca de ultratumba a la misma Muerte, visiblemente asombrada, todavía acalambrada en una silla.
-Porque... porque-empezó a explicar el Gran Maestre, y con una vetusta y alegre sonrisa de alivio, respondió--: ¡Porque aún... no he hecho la pregunta!
DE: ESPERANDO EN UN CAFÉ
(Asunción: Editorial Servilibro, 2004)

***

LA BATALLA SEMÁNTICA

Elcacique en todo momento rechazaba las supuestas ventajas que olí ofrecía  la vida integrada a la sociedad paraguaya, pero el ministro insistía con  la posibilidad de desarrollo que brinda la luz eléctrica, la atención médica gratuita del hospital nacional, la escuela pública para todos los niños de la comunidad y muchas otras ofertas de la civilización.
El mburuvicha o jefe de la tribu un tanto ofuscado, se acomodó su vincha de plumas, clavó en el suelo tres veces su vara de mando y agitó su maraca solicitando atención. Sin pretender convencer al alto dignata­rio, dejó fluir una vez más su defensa teogónica a favor de la conservación del estilo de vida y la cultura propia:
-Por algo ustedes se llaman ciudadanos, porque viven en la ciudad. También por algo a nosotros nos llaman erróneamente salvajes, aunque debería ser selvajes, porque vivimos en la selva.
Volvió a golpear su bastón tres veces en el piso, dio un paso adelante hacia el ministro de educación, enviado por el gobierno para disuadir a los aborígenes de Tatakua, como queriendo hacerse escuchar mejor:
-Ustedes a los niños mandan a su escuela para educar en todo, no­sotros les mandamos a los nuestros a la selva para aprender de todo, la naturaleza es la única materia que el hombre debe estudiar para vivir armónicamente y sobrevivir en el tiempo sin fin.
El ministro se retiró al instante, después de escuchar al cacique repe­tir las mismas palabras de siempre, apenado por no poder doblegar tanta tozudez.
Sin posibilidad de que le escuche más la máxima autoridad educa­tiva del Paraguay, el cacique siguió su alegato para rematar en una arenga, en tono jubiloso y con énfasis de haber vencido:
-Ustedes viven de la naturaleza, nosotros vivimos con la naturaleza. Somos el puente entre la tierra que siembra cuerpos y el cielo que cosecha almas.
DE: EL MALEFICIO Y OTRAS MALDADES DEL MUNDO
(Asunción: Editorial Arandurã, 2008)

***

CAROLINA Y GASPAR

Esa mañana Carolina y Gaspar se aburrían soberanamente con la institutriz, una señora antigua y algo maniática, que venía a darles clases particulares para "sacarlos" de su atraso en la escuela. Esa mañana, ade­más, estaban disgustados con la institutriz, la señorita Petra.
Ella les iba mostrando sus colecciones de insectos clavados con alfileres en cajas de celofán. Moscas enormes, abejorros, libélulas, ciga­rras, luciérnagas, mariposas de todas las especies: un cielo entero de in­sectos voladores ahora inmóviles y sin vida. Los chicos decían que la historia natural que enseñaba la señorita Petra era una historia antinatural, porque lo natural era que esos bichitos volaran alegremente su vida. Eso es lo que murmuró Carolina por lo bajo, esa mañana:
-Esos bichitos deberían estar volando por el aire como los pájaros, como  nosotros...
-¡Silencio, niña! ¡No refunfuñe-la retó la señorita Petra con sus anteojuelos de marcos de oro montados en la punta de su nariz-. ¡Hay que tomar en serio las cosas, caramba!
Le tocó el turno a Gaspar. La señorita Petra le señaló con el puntero una mariposa de las llamadas Coronas Boreales. Debió de ser muy her­mosa en vida. Antes de estar clavada allí habría sido un verdadero peda­cito de arco iris. Ahora parecía apagada. Sólo brillaba entre sus alas la cabeza de bronce del alfiler que la sujetaba en la caja.
-¿Qué es esto, alumno? -preguntó la señorita Petra.
-¡Eso es un crimen! -contestó Gaspar, lleno de repugnancia y tristeza .
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La institutriz amaba mucho sus colecciones de insectos y detestaba a los niños atrasados y respondones.
-¡Vaya al rincón hasta el final de la clase!-le ordenó con la larguí­sima uña de su dedo índice.
Carolina lo alentó al pasar con uno de esos gestos incomprensibles que sólo ellos entendían.
-¿Por qué esos insectos no están  libres? -preguntó Carolina algo maliciosamente a la señorita Petra.
-Porque están muertos -dijo ella, ajustándose los anteojuelos-. Ahora nos sirven para que estudiemos sobre ellos.
-Pero los bichitos muertos no pueden enseñarnos nada -protestó Carolina.
La señorita Petra cerró sus cajas, se encajó en la cabeza su gorro puntiagudo y se marchó también disgustada esa mañana.
Esto sucedió antes de que Carolina y Gaspar hicieran el gran descu­brimiento de los muñequitos, hijos del sol y de la luna. Pero esa es otra historia. Y en ésta sólo hablaremos de Carolina y Gaspar, los primos que se querían como hermanos y que eran los mejores amigos del mundo.
Lo cierto es que, en la escuela, los demás alumnos los miraban como a dos bichos raros. Eran los peores del grado, pero eran los mejores en los juegos.
Ya desde el jardín de infantes sobresalían entre todos por su habilidad para correr y saltar, hacer morisquetas y contorsiones imitando a los animales, por su imaginación para dibujar con lápices de colores, pegar
figuritas en los cuadernos o modelarlos en plastilina. Nadie como Gaspar y Carolina para jugar a las escondidas, el martín-pescador, a la farolera, el arroz con leche, a la mancha. Pero no solamente se destacaban  en los juegos comunes. También sabían inventar otros nuevos.
Fabricaban telefonitos con hilo de carretel y cajas de fósforos. Ha­cían musiquita con botellas vacías de Coca-cola cantando a compás el cantito de la Coca-cola.
Imitaron la voz del mar y de los lobos marinos con un organito de caracolas.
Con trozos de espejos formaron espejismos y danzas de figuras que parecían llegadas desde lejanos países y hasta desde otros mundos plane­tarios.
Con trozos de cristales fabricaron telescopios y anteojos de mirar al revés para contemplar el país de Nunca-Jamás...
Carolina cantaba:
Jugamos en la lluvia
sin mojarnos...
Y Gaspar cantaba:
Sobre los charcos navegamos
 con el paraguas al revés
y cruzando el mar el mar
en una cáscara de nuez...
Así como fue también inventaron un lenguaje. Su propio lenguaje. Empezaron hablando al revés; cada vez más ligero al revés.
al vés-re... al vés-re... al vés-re
dieron vuelta al lenguaje como una alfombra y llegaron muy atrás; segu­ramente a los primeros balbuceos, al idioma primitivo de los primeros hombres, a la edad en que también los animales hablaban como los hom­bres:
El tiempo en que la luna y el sol
 .jugaban juntos.
El tiempo en que el cielo de la noche
 .y el cielo del día eran un solo cielo.
 El tiempo en que el fuego
y el agua jugaban  juntos...
Carolina y Gaspar llegaban por el camino del primer lenguaje a la primavera del mundo y conversaban con los grandes y pequeños animales de la era prehistórica. No les temían, y hasta se llevaban muy bien con ellos. Se hicieron amigos de un gliptodontetatarabuelo que les contaba historias de cuando las aguas del mar se retiraron de la tierra después del diluvio. Se hicieron amigos de los pájaros y especialmente de las golondrinas.
. Ellos volvían a contar estas historias a los demás chicos. Pero, claro, nadie les creía.
Acabaron  llamándolos "los loquitos", "los faroleros", les pusieron otros muchos nombres y motes que es mejor no repetir.
Todo esto sucedió antes de que Carolina y Gaspar descubrieran a los muñequitos.
Carolina y Gaspar no leen los diarios, ni siquiera las historietas de los diarios, ni revistas de historietas.
-¿Por qué ustedes no leen por lo menos las aventuras de Superman?
 --les preguntó Casimiro, el sabelotodo de gruesos anteojos de miope.
-Porque son muy idiotas y aburridas. Siempre cuentan lo mismo. Y el Supermás ese no es más que un supermenos. Y nosotros volamos como él. No, mejor, mucho mejor que él, porque los pájaros nos enseñaron a volar.
Los demás alumnos se rieron a carcajadas y les hicieron toda clase de burlas y de bromas.
Cantaban y gritaban en coro dando vueltas alrededor de ellos como endemoniados pieles-rojas:
Gaspar y Carolina
son unos charlatones
¡Vuelan como ratones
 y no van ni a la esquina!
-¿Quieren ver si volamos o no-los desafió Gaspar, cuando ya esta­han por arrancarles las cabelleras como hacen los pieles rojas con los enemigos vencidos.
Esa mañana, en el recreo, Carolina y Gaspar inventaron el rachachá-tum-tum-volarum-volarum, que es un juego muy bonito, pero extraño y difícil: cada uno de los que juegan debe sostenerse todo el tiempo en el
aire mientras los demás cuentan abajo cuentos de nunca acabar. Todos, unos tras otro, caían como piedras al saltar de una silla, una pared, o desde la ramade un árbol.
Solo Carolina y Gaspar quedaban suspendidos en lo alto, quietos
como  picaflores. Luego, cuando los llamaban para descubrir la adivinan­za final, descendían suavemente como por un tobogán invisible.
Después de ver esto, los demás les creyeron un poco. Hasta escucha­ron en silencio la historia que les contó Carolina de que todos los veranos, cuando volvían  las golondrinas, se iban a aprender a volar con ellas en un parque que nadie conocía porque estaba a la vuelta del país de Nunca-­Jamás.
-Un invierno nos iremos con ellas hacia el sol del norte y no volve­remos hasta el verano siguiente.
De nuevo retumbó el coro de las burlas:
 ¡Carolina y Gaspar
son unos mentirones:
golondrinas-ratones
que no saben volar...!
Carolina y Gaspar seguían siendo los peores alumnos del grado.
 Papá Máximo y mamá Mirta, padres de Carolina, tanto como papá
 Augusto y mamá Carmela, padres de Gaspar, empezaron a preocuparse seriamente por la "rareza" de sus chicos.
Mamá Mirta, hermana de papá augusto, la más preocupada de todos, dijo dándose ánimos:
-¡No les hagan caso! Ya se les va a pasar. Los juegos son la manera que ellos tienen de descubrir el mundo, de hacer su mundo. ¡Son cosas de chicos!
-¡Que cosas de chicos ni ocho cuartos! dijo papá Máximo, experto en malacología, que es la ciencia de los moluscos y las conchillas-. han desaparecido ya casi todas mis herramientas, mis caracolas, mis piedras preciosas. Y yo sé adónde han  ido aparar. ¡A  mano de esos dos malandri­nes!
Papá Augusto y mamá Carmela, artistas plásticos, más que un poco asustados, estaban maravillados y orgullosos a reventar de su Gaspar.
 -¡Genios! ¡Van a ser unos genios! -exclamó mamá Carmela.
¡Que genios ni que genios! farfulló afónicamente papá Máxi
mo-. ¡si han vuelto a aplazarse este mes en todas las materias! A este paso, acabarán echándolos de la escuela.
Discutieron largamente el caso. Al final decidieron tener en obser­vación a los dos inventores de juegos, a costa de un riguroso encierro y resolvieron contratar a la institutriz para que les diera clases particulares.
Carolina y Gaspar tenían que recuperar lo perdido a juicio de los papás. A juicio de los chicos, la penitencia era como perder lo ganado; era casi tanto como perder el juicio.
--¡Y esa señorita Petra tan repelente con sus insectos muertos! -se quejó Carolina.
-¡Tenemos que conservar el juicio si no queremos perder la partida! -aconsejó Gaspar con una mueca de mono que hizo reír a Carolina.
 Llegó el invierno y sucedió lo que Carolina había anunciado: con las últimas golondrinas se fueron ellos volando. Y no regresaron sino hasta el verano siguiente con las primeras golondrinas que volvían desde las lejanías del cálido norte.
Esto es lo que contaron ambos. Pero nadie puede decir que fuese o no fuese verdad. Lo cierto es que durante ese invierno enferrnaron los dos de escarlatina. Durante la cuarentena de la enfermedad y del aislamiento
a que fueron sometidos, los otros niños no los vieron más hasta un poco antes de las vacaciones del verano.
En medio de la altísima fiebre, que era como el calor de mil soles en su interior, Carolina y Gaspar se alejaban volando con las golondrinas. En la frescura del aire y con los cabellos revoloteando entre los vientos y las nubes, sentían  una felicidad que nunca habían conocido tan plenamente.
Y cuando regresaron sanos al mundo de todos los días, sabían mu­chas más cosas que antes: las cosas que les enseñaron las aves.
-¡No sabes, mamá, lo hermoso que se ve el mundo desde arriba! - decía Gaspar con un extraño brillo en los ojos.
-Papá-dijo Carolina, sacando de debajo de su almohada un objeto brillante como una lunita de nácar  o de mármol-. Desde los mares del
norte te traje esta caracola que encontré en la isla de Tamoraé, donde está el país de Ojalá-pudiera-ser.
Papá Máximo, desconfiado, tomó la caracola. La observó por todas partes, la olisqueó de punta a punta, pasó la uña por la superficie irisada de todos los matices del cielo y del mar.
-No -dijo-, esta caracola no figura en mis catálogos ni esa isla Tamoraé figura en mis mapas.
Carolina sonreía, entrecerrando los ojos, como si todavía estuviera volando de cara al sol por los cielos del norte.
DE: CAROLINA Y GASPAR
(Asunción: Editorial Servilibro, 2007)

***

LA SERPIENTE DE CASCABEL

Cuando se alejó la camioneta y el monte quedó silencioso, una he­chicera indígena que se adornaba el brazo con una serpiente salió del hueco de un viejo algarrobo llevando de la mano al niño blanco. Mientras caminaban por los senderos de la selva que ella conocía le hablaba dulcemente en guaraní. El niño no la temía y entendía su idioma.
Ella le iba diciendo:
-Aún no habías nacido, cuando Tacalaguana, el príncipe indio que vive en el fondo del río Pilcomayo, bajo la forma de un sapo, recobró su verdadera apariencia. Él es un joven muy apuesto, hijo del cacique Taca­laguana y de Catalina, una española. Le preguntó a tu hermana Eireté si podía amarlo a é1 y a estas tierras que le pertenecen desde el tiempo en que un gran mar las cubría.
Ella le contestó que no había amor en su corazón. Entonces el prín­cipe desapareció en el tajamar porque sabe que sólo el amor romperá el hechizo que lo convirtió en sapo. En el fondo del río vive esperando a una niña blanca que ame la naturaleza de la cual él forma parte.
No temas a la serpiente que llevo enrollada al brazo. Ella es una diosa de nuestra raza que puede adivinar el porvenir. Me habla haciendo sonar sus cascabeles. Cuando te encontramos en Filadelfia, agitó con alegría los cascabeles, porque adivinó que de tí nacerá la niña que salvará a Tacala­guana. Luego me ordenó lo siguiente:
Devuelve ahora al niño. Más adelante, cuando estén en medio de la espesura, será el momento de apoderarte de él. Lo llevarás a la Gran Laguna que sólo los indios conocen; allí vivirá contigo y le enseñarás que:
“Estas tiernas son sagradas para nosotros. Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestra manera de ser. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el cielo, como si fuesen cosas que se pueden comprar, saquear y vender, como si fuesen corderos y cuentas de vidrios. Su apetito insaciable devorará la tierra y dejará tras de sí solo el desierto.
Tal destino es un misterio para nosotros porque no comprendemos lo que será cuando el yaguareté, el puma y el yaguareté, el puma y el yacaré sean exterminados, cuando los recónditos rincones de los bosques no exhalen sus perfumes. Diremos:
¿Dónde está el espeso bosque?
¿Dónde está el yaguareté?".
Una bandada de cotorras parlanchinas interrumpió a la hechicera y Bruno le preguntó qué decían.
-Ellas son las encargadas de informar a todos los animales de la selva las noticias del día. Hablan sobre nuestro viaje a la Gran Laguna y les piden que nos ayuden. Pronto aprenderás el lenguaje de los pájaros y podrás hablar con ellos. Pero ahora se está haciendo de noche y necesita­mos ramitas de labón para encender el fuego.
La hechicera encendió el fuego, preparó la cena y luego acomodó al niño en el hueco de un árbol, éste, cansado pronto se durmió. Entonces la serpiente volvió a agitar sus cascabeles diciendo así:
-No puedo decir cuántas generaciones pasarán, pero algún día la hija del niño blanco se unirá por amor a Tacalaguana y juntos descubrirán que nuestro Dios es su mismo Dios y que su compasión es igual para el hombre de piel roja que para el hombre blanco. También sé que ese día será el día de mi muerte.
Al terminar de musitar la palabra que pone fin a la vida, los cascabe­les entrechocaron entre sí imitando el lúgubre sonido de las matracas.
La anciana hechicera se dispuso a velar al niño dormido. Para ahu­yentar el sueño alimentaba la hoguera, cuyo calor le era grato a la serpien­te y cuya luz atenuaba tímidamente las sombras de la noche que cobijaban al urutaú de grito lastimero y al ñacurutú de grandes ojos y silbido pene­trante.
La hechicera rogó a la serpiente que le descubriera el porvenir.
-Deseo saber si algún día se encontrarán Tacalaguana y la niña blanca-le preguntó.
La serpiente le contestó:
-Mira las llamas fijamente y te haré ver la gloria de ese día.
La anciana le obedeció y el sortilegio de la serpiente le hizo ver cl siguiente cuadro:
-La aurora se levantaba tiñendo de rosa el horizonte mientras las garzas levantaban vuelo confundiéndose con el color del cielo. Una niña blanca dirigía sus pasos hacia la laguna cubierta de camalotes. En la orilla se detuvo y arrojó un anillo de oro al agua diciendo:
*"¡Oh, cristalina fuente,
Si en esos tus semblantes plateados
Formases de repente
Los ojos deseados
Que tengo en mis entrañas dibujados!"
Al conjuro de estas palabras, un sapo saltó del agua llevando un anillo en la boca.
La niña le sonrió diciendo:
-Ven, Tacalaguana, tu espera ha terminado. Yo te amo.
Así se rompió el hechizo y el príncipe de largos cabellos negros y azules ojos deslizó el anillo en su blanca mano. Entonces todas las aves levantaron vuelo y formaron una nube de plumas multicolores que envol­vió a la pareja.

DE: TACALAGUANA, EL PRÍNCIPE DEL PILCOMAYO
(Asunción: Intercontinen­tal Editora, 2009)

***

ESA MUÑECA

Esa muñeca no la puedo olvidar, me la trajo la tía Mabel, de vuelta del paseo como una recordación.
¡Qué bella, era de cartón prensado, pintado los labios en rojo y los ojos en marrón!
Por la noche dormimos en el mismo lugar; yo aquí ella allá juntas las dos y dispuestas a soñar.
Al amanecerme levanto a mirar si la picarona ya se puso a despertar. ¡Claro!, es cumplidora y dispuesta a ayudar. Cara limpia porque con un plumerito me pongo a limpiarla, sacando los polvillos y luego a jugar.
¡Cómo extraño a esa muñeca que supo jugar sin molestar!
La llevo conmigo en mi corazón. Por eso amo a mi muñeca nueva, que me regaló mi madrina Isabel. ¡Más bella la otra, claro! Pero esta me divierte también.
La tengo conmigo en la cuna del patio y cuando vienen las niñas del barrio trayendo sus muñecas, me parece que la mía es la mejor, porque la amo, porque es mi compañera.
Pensando un poco también, me gusta la muñeca negra de María y la rubia de Raquel. . . La pelirroja que canta regalo de mi prima María Nidia con quien juego también. Y... sigo pensando... buena falta me hará un carro para pasearlas... ¡Eso!... Le pediré a mis abuelos y todos juntos saldremos a disfrutar.

***

NAVIDADES BLANCAS

La primera reacción de Don Pedro al correr las cortinas y ver las plantas, los árboles y hasta la superficie de la piscina, cubiertas por todo ese polvillo como de nieve, fue maldecir.
Maldecir al jardinero, que de nuevo había desparramado sobre las hojas y no en la raíz de las plantas como le tenía dicho, las cenizas de  las  brasas que quedaron en la parrilla después del asado del domingo.
Pero luego, mirando con más detenimiento todo el césped del par­que, de más de tres hectáreas, y hasta la copa de los árboles, cubierta por esa microscópica curubica blanca, llegó a la conclusión de que el Zenón no podía ser responsable de aquel desparramo en todo el jardín sólo con las cenizas de la parrilla y una pala.
Entonces salió fuera de la lujosa casa a indagar.
Y decidió volver a acostarse porque todavía debería estar dormido, soñando.
Lo que parecía nieve, era nieve. En plena isla del Caribe.
A pocas calles de la mansión ubicada en un suburbio ahora cubierto de nieve, agonizaba un niño.
Agonizaba sonriente en la única habitación que hacía de dormitorio, cocina y comedor del ranchito.
Rodeado de su madre y sus cinco hermanos, quienes siempre lo
habían  considerado un poco raro, les decía exánime, cómo, si uno desea algo, cualquier cosa, con la suficiente fuerza, lo obtiene.
-¿Acaso no queríamos unas Navidades blancas, con nieve, como en los cuentos...? fue lo último que dijo.
Abandonó su cuerpo aferrado con las manos a la manta que lo cu­bría, y el débil cuerpecito quedó como esas cáscaras de las cigarras, pren­didas a la corteza de los árboles.
Ascendiendo cada vez más alto, pudo ver como una pelota de golf en el green, las casitas de tablas de su barrio y la gran mansión cubiertas por la nieve, en medio de la vegetación tropical.
Allá abajo, gritaban desconcertados los loros y las cotorras desde sus nidos y en los cocoteros.
Indiferentes papagayos de colorido plumaje volaban majestuosa­mente desde las palmeras a los árboles de palta ahora blancos de nieve, como si no les sorprendiera la extraña decoloración del paisaje.
Sólo una familia de monos permanecía silenciosa y casi inmóvil en el suelo, sentados en círculo como en sesión de emergencia, comiendo con gran concentración las congeladas bananas de un cacho.

DE: ALGUNOS CUENTOS  ASOMBROSOS Y MICROCUENTOS
(Asunción: Editorial Servilibro,2006)

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DE CUENTOS y HORARIOS
Poesías de LILIAN STRATTA

DE CUENTOS 
Atento escucha mi niño
y sus ojos se van lejos
con este libro de cuentos.
Siguiendo las narraciones
por extensas tierras viaja:
como un pintor con pinceles,
pone nieve en las montañas
y en las arenas ¡camellos!


HORARIOS 
Por las mañanas,
cuando uno desayuna
a las siete,
a las diez.
tiene hambre.
Comería cualquier cosa
menos alambre.
Por las noches,
satisfecho de panes
y mermeladas
con mi libro de cuentos
voy a la cama.
Y por si me despierto,
tengo mis galletitas
bajo la almohada.

DE: FRA-FA Y OTROS POEMAS
 (Asunción: Editorial Servilibro, 2004)

***

LA LÁMPARA VERDE


Las luciérnagas ejercen una extraña atracción sobre Andrés. Un gri­llo canta y arrulla las sombras del hombre y la niña, sobre el muro del jardín, en la noche poblada de sonidos. Las luciérnagas danzan y son como diminutos puntos que titilan en el firmamento del corredor que rodea la casa.
Andrés desde su escondrijo, se esfuerza en atraparlas con sus manos y guardarlas en un frasco vacío que él había preparado para colectarlas. Tomó la precaución de agujerear la tapa y reemplazarla por un lienzo de trama porosa para impedir la huida de los insectos y permitirles sobrevi­vir. La mamá de Andrés permanecía en cama debido a una afección que la dejó inmovilizada e incapaz de expresarse por medio de las palabras. Cada mañana el niño la saludaba con un beso cariñoso.
En las noches, ella se agitaba en el lecho, en medio de la oscuridad. Andrés intuía que su mamá tenía miedo. El doctor les explicó que la luz la irritaba mucho y por esa razón la mantenían en penumbras para que no se alterara. También, Andrés experimentaba un fino temblor cuando el sol se perdía en el horizonte; y la noche con su manto negro iba cubriendo la granja y el monte. Los viejos en la cocina dejaban pasar el tiempo, desgranando relatos sobre aparecidos y tesoros escondidos, como granos de maíz de una mazorca. Cada tanto, lanzaban algún escupitajo, a través de la puerta abierta, hacía el piso de tierra del patio.
Pedro, el papá de Andrés participaba poco de la vida familiar, por­que sus frecuentes viajes lo mantenían alejado del hogar. Prudencia, una mujer cuya edad resultaba indescifrable, era la encargada de la casa. Cuidaba de Ángela, la madre de Andrés, bajo la supervisión del médico del pueblo; vigilaba que el niño fuera diariamente a la escuela y que todo estuviera bajo control hasta la próxima llegada del patrón.
Ángela amaba el jardín, en los atardeceres de verano, al finalizar sus tareas domésticas, solía instalarse bajo una casuarina a leer un libro hasta que el cansancio la sumía en un ligero sueño. En las noches estrelladas se sentaba con el niño en el jardín y miraban juntos la danza de las luciérna­gas; ella le comentaba en esos momentos anécdotas vividas con su madre en la infancia. La había perdido siendo muy niña y, cuando la tristeza intentaba desteñir aquellos recuerdos, Ángela revolvía el baúl donde los tenía atesorados y de allí emergía el destello verde de la mirada materna.
Como la mamá de Andrés desmejoraba cada día más, Prudencia se sintió obligada a pedir al patrón que adelantara su regreso. Andrés se empeñó afanosamente en colectar el mayor número de luciérnagas. Una noche cuando, en el cuarto a oscuras, él colocó sobre un mueble, a la vista de su madre, aquella lámpara. Ella entreabrió levemente sus párpados y se sorprendió ante la improvisada fuente de luz. La mujer sonrió dulce­mente a su hijo y se durmió tranquilamente, envuelta en la tenue lumino­sidad que emanaba del frasco de vidrio lleno de luciérnagas.
Pasaron los años y Andrés aún experimenta una gozosa exaltación al mirar la danza de las luciérnagas que le remonta al infinito de sus afectos más entrañables. De repente, una vocecita lo sobresalta:
Papá, las luciérnagas traen a la abuela a pasear por el jardín.

DE: JUNTO A LA VENTANA (Asunción: Editorial Servilibro, 2003).
Publicado también en Lengua y Literatura Castellana 9, página 30.
Tercer Ciclo de Enseñanza Básica. EEB.
(Asunción: Atlas Representaciones, 2010)

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SELECCIÓN POÉTICA DE MENSAJEÁMENA

1 msj d txt - Un mensaje de texto
a la ciudd d Atnas - a la ciudad de Atenas                    
y no moria Filipids tan jovn - y no moría Filípides tan joven.
 

Como 1 profeta - Como un profeta
nviaste tu msj - enviaste tu mensaje
y dsd ntoncs  t sigo. - y desde entonces te sigo.

Iba pasando n vos - Iba pensando en vos
y pac x 6 qadras - y pasé por seis cuadras
l sitio dnd tnia q bajarm - el sitio donde tenía que bajarme.
                                                          
C q al sin saldo - Se que aun sin saldo
si 1 poema s pa vos1 compania - si el poema es para vos la compañía
lo va a nviar = - lo va a enviar igual.
L tngo f - Le tengo fe
                                                           
DE: MENSAJEÁMENA: POEMAS A RAS DEL SALDO
(Asunción: Arandurá Edito­rial, 2009)

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UN PASEO A CAACUPÉ
Cuento de ELSA WIEZELL

Mi tío Manuel tiene un ómnibus y nos invita con frecuencia a salir de paseo.
Resolvimos aceptar la invitación este fin de semana en un paseo hasta Caacupé.
El domingo nos levantamos muy temprano.
Fuimos mis dos tíos, mis primitos y mi hermano Juan...
Después de algunos kilómetros llegamos a Itaguá. Allí teníamos al amigo de mi tío, el padre Pedrozo, que es el párroco de la iglesia. Mi tío lo quiere mucho y hace tiempo son amigos.
Mi tío explicó que su amigo era también poeta y que él había asistido a su primera misa folklórica en su iglesia.
Al salir de Itaguá fuimos a ver los trabajos de ñandutí que se exponen a la vera del camino; a mi tía le gustó mucho un mantel celeste y lo compró.
En Itaguá comimos algunas chipas y seguimos viaje a Ypacaraí. Cruzamos hermosos paisajes con colinas. A lo lejos se veían las plantas de coco.
Un lago azul estaba en el paisaje lejano.
Mi tío nos dio naranjas y algunos los comimos porque teníamos mucha sed. Mi hermanito comió mandarinas.
Después de pasar los cincuenta kilómetros desde Asunción, llega­mos a Caacupé.
Vimos a la entrada una linda plaza donde bajarnos y jugamos un poco.
Mi tía me dijo que quería visitar a la Virgen de los Milagros. Nos fuimos al templo todos y rezamos un rato.
Al salir del templo, todos estábamos muy contentos. Recorrimos las calles para ver los recuerdos típicos de Caacupé.
Después de mirar, mi primo decidió comprar un hermoso sombrero pirí con flores lilas, verde y azul. A mí el tío me regaló una alcancía hermosa.
Después de comprar estos recuerdos, fuimos a almorzar bajo unos árboles, cerca del arroyo.
Habíamos llevado la comida y algún refresco.
Los niños jugábamos mientras los tíos se sentaban tranquilamente a conversar; cuando llegó las cuatro de la tarde, mi tía dijo que podíamos regresar.
¡Qué lindo era el paisaje!
Antes de llegar a Asunción, nos pusimos a cantar "Qué linda es nuestra tierra".

DE: ESTE ES MI PUEBLO
(Asunción: Edición de autor, 2006)

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