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lunes, 5 de abril de 2010

ELLY MERCADO DE VERA - YUKY / Fuente: NARRATIVA PARAGUAYA DE AYER Y DE HOY TOMO II (M-Z) de TERESA MÉNDEZ-FAITH


CUENTOS de
ELLY MERCADO DE VERA
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
.
YUKY
Yuky era la más pequeña, entre las hijas del cacique Arandú.
Morena, grácil, de largo cabello lustroso y negro, pies ágiles y pequeños, que sabían moverse con cuidado y gracilidad entre los espinos y zarzas.
Yuky era hacendosa. Desgranaba las mazorcas del abatí con increíble rapidez, y nadie como ella combinaba mejor las plumas del gua-á y surucu-á para hacer los adornos y distintivos de la tribu.
Y cuando de curar heridas o paliar males se trataba, ¡con qué delicadeza y amor curaba y consolaba la indiecita! No sólo a los hombres y mujeres de su tribu, sino a cuanto animal necesitase de sus conocimientos en materia medicinal.
Gracias a su abuelo, hombre de grandes conocimientos en materia de plantas medicinales, Yuky casi se las sabía todas. Para los males del ojo, conocía las propiedades de las azules flores de la Santa Lucía, con su cuenta gotero natural y las dos gotas específicas para una dosis que cada flor tenía. Sabía la época en que había de recogerse la barba del choclo, para que éstas conservaran sus propiedades medicinales. Conocía el tiempo de maceración de la yerba del lucero, para los males digestivos de los niños, y un montón de cosas más.
Pero... ¡cuando cantaba!
¡Allí estribaba la verdadera gloria de la pequeña indiecita! Mujeres, niños, ancianos, guerreros, acudían a donde ella estaba, para escucharla.
Las mujeres a escucharla cantar, pues sólo así podían olvidar sus pequeñas o grandes penas.
Los ancianos, que no querían morir sin volverla a escuchar una vez más.
Los niños, que captaban el mensaje de alegría y vida de su canto, y los guerreros, porque escuchándola sentían que la sangre valiente y noble que tenían, se volvía más valiente y noble aún, ante el influjo de aquella hermosa y pura voz.
Yuky, la indiecita, era muy buena, muy noble. Sus días eran especiales, pues no pasaba uno solo en que no hubiese hecho un bien, ya sea curando heridas, o solazando a todos con su canto.
Muy temprano, cuando aún cuarajhy no asomaba, ella iba al ycuá, se aseaba y peinaba las largas guedejas de su pelo, para luego trenzarlas. Con lindas y frescas flores de mburucuyá adornaba las trenzas y luego volvía hacia la aldea, cantando bajito y dulce.
Los pequeños animalitos de la selva se acercaban mansamente para escucharla; las avecitas dejaban de trinar, solazándose de sólo estar cerca de ella, y hasta las plantas parecían sentir el influjo de su dulce voz, pues por donde ella pasaba, florecían con flores más vistosas y coloridas.
Pero sucedió que un día, Yuky, que se había levantado como todos los otros, y se había ido hasta el ycuá como los otros días, no regresó.
Arandú, al principio preocupado por la tardanza de la indiecita, la hizo buscar. Como la niña no aparecía por ningún lado, el cacique se desesperó. Hábiles nadadores se sumergieron en la corriente cristalina del arroyo que corría un poco más allá del manantial, pero no hallaron nada.
¿La habría devorado una fiera? Imposible, porque Yuky nunca se alejaba, y tampoco se hallaron despojos que, forzosamente hubiesen quedado, de ser así.
Era como si se la hubiese tragado la tierra.
Como en casos graves, se reunía el consejo de ancianos, la tribu entera pidió la opinión de este alto organismo, pues para todos, la niña era una joya a la que amaban mucho.
El consejo de ancianos, tras deliberar en una noche en la que la luna alumbraba el selvático paisaje, decidió enviar guerreros y mensajeros a las otras tribus, para pedir ayuda y noticias.
Pasaron los días, y volvieron los mensajeros y guerreros, que habían buscado y preguntado por los lugares más lejanos, sin traer ninguna novedad.
Nadie la había visto.
Arandú, apesadumbrado, se internó en la selva, para hablar con Tupá, el Supremo Hacedor.
Y tras mucho orar y rogar por su hija, volvió a la tribu.
Allí era la algarabía, el contento.
¡Yuky había vuelto!
¿Qué había pasado?
Esto es lo que la indiecita relató a sus asombrados oyentes:
- "Hallábame esta mañana, en el ycuá, cuando escuché que alguien me llamaba dulcemente. Asombrada, busqué a la dueña de la voz, y mis ojos vieron a la más linda mujer que pueden imaginar, ataviada con plumas de brillantes colores, toda llena de luz y bondad. El asombro y en parte el susto ante aquello tan inesperado, no atiné a decir nada, pero la hermosa señora me dijo:
-"Nada temas, Yuky, hija de Arandú, cacique de una de las tribus guaraníes. Como ves, los conozco, y también soy amiga de tu raza. A pedido de Tupá, he venido a buscarte, pues desea deleitarse con tu hermoso canto".
-"Como en un sueño, me sentí transportada, y me hallé llena de luz y amor, más refulgente que el mismo cuarajhy. En voz apacible y honda, me dijo:
- "Canta, pequeña hija de Arandú, que ni el corochiré de los montes iguala la frescura y belleza de tu acento. Canta, pequeña niña".
- “Entonces canté. Estuve cantando hasta el momento en que el ser de luz escuchó un angustiado rezo, y me dijo dulcemente:
-"Ahora debes volver, pues los tuyos te están buscando. Vuelve a darles alegría y Felicidad, como siempre lo hiciste".
-Tú hablas, hija mía, de que hace un momento te fuiste. Sin embargo, ya hace varias lunas que no habías vuelto del ycuá.
-Pues no entiendo, padre mío. Para mí, hace sólo un momento que fui transportada desde el ycuá.
Todos los presentes quedaron asombrados de este hecho maravilloso.
Y es fama que Yuky, la pequeña hija del gran cacique Arandú, fue el único ser viviente que visitó el lväga, y que retornó para contarlo.
Todo, gracias a su compasivo y noble corazón, al que unía una melodiosa y única voz.
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De: La rebelión de las manchas y otras aventuras
(Asunción: Ediciones Mediterráneo, 1986)
Intercontinental Editora, Asunción-Paraguay 1999.
De la página 441 a la 847.
Ilustraciones: CATITA ZELAYA EL-MASRI
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