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miércoles, 28 de julio de 2010

ARTURO ALSINA - ORTIZ GUERRERO Y SU ÉPOCA (PRIMERA PARTE) / Fuente: MANUEL ORTIZ GUERRERO. OBRAS COMPLETAS (2010)


ORTIZ GUERRERO Y SU ÉPOCA
EVOCACION DE JUVENTUD
Autor de ARTURO ALSINA
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
.

La primavera canta, la primavera ríe
en un triunfal derroche de luz y de tesoro, el
sol sobre la tierra divino amor deslié cual si
fuera un diluvio rubio, de puro oro.
O. G.

Como la sentía en estos versos, fue la primavera de su vida, canto y sonrisa, porque la virtud del canto le nacía en los manantiales del alma y la sonrisa que afloraba a sus labios, era la defensa con que le habían dotado los dioses frente a la humana desventura.
Romero de ignorados caminos, vigía de estrellas, "con su morral de ensueño a cuestas", apareció un claro día en nuestro viejo Colegio. Transparentando a través de su humilde aspecto de estudiante campesino la prestancia reveladora de autentica aristocracia espiritual, que no habría de ser desmentida jamás, ni en hechos ni en palabras, se ganó de inmediato el interés y la simpatía de aquella sociedad juvenil, alegre y esperanzada. Amplia la frente, cuya comba daba una sensación de claridad; ensortijados los cabellos de la romántica melena; verdes, grandes y brillantes ojos; sonriente la boca de labios carnosos. La voz, de acento cálido y armonioso, parecía elevarse de lo hondo de un alma iluminada.
Su vida -lo sabremos después- tiene un precio muy alto. La madre murió cuando el nacía. Junto a la cuna un cirio; frente al fruto del amor, los despojos de la muerte. ¿No parece esto un símbolo de su destino? Y quien canto con liricos acentos al amor, ¿no pensó alguna vez que la Intrusa había hecho un pacto con Eros, bajo el cárdeno fulgor de su estrella, para que el, poeta, herido en el corazón al nacer, cantara los dulces martirios, las mortales angustias, las alegrías infinitas, que caben, como en un alado paréntesis de eternidad, en el instante fugaz del beso?
La abuela se ha hecho cargo del niño huérfano vivaz y travieso, cuyos ojos absortos que avizoran lejanías de ensueño en países de magia, están cargados de arcádicas visiones, de azules intensos que recortan los perfiles de los cerros guaireños, poblados de arboles, de animados mitos y de leyendas. Cuando la sed los abrasa, ya sabe donde, entre las matas de amambay, se oculta la fuente de agua clara que mana entre las rocas, aquella fuente que habrá de inspirarle un día el nombre de su primer libro "Surgente", que:

Fluye de la indiferente
roca, la mansa surgente;
fluye con fuerza inocente,
fluye... fluye eternamente.

Allí beberá como aconseja, "con el hueco de la mano", en tanto la corriente se desliza escapándose por el cauce, rumbo al rio, al mar, hacia el cielo, cruzando rumorosa y espejeante los campos, en eterna dación de eterno movimiento. Al mismo tiempo que sus ojos perciben imágenes exteriores, su sensibilidad se nutre de nativa substancia. Mientras en la tarea los lentos bueyes hacen girar el torno del trapiche, y en grandes y humeantes fogones se cauce la negra miel, saborea en tosca calabaza el mosto y la cachaza, que apagan la sed y alimentan deleitando. Y cuando en las noches de baile, al son de rabeles quejumbrosos, guitarras, arpas, dulces y tristes cantos de la tierra, en rápido torbellino de paso de polka o ronda de chopí, giran gráciles sobre ligeros y desnudos pies, las raída pôtï de blanco typoy y almidonadas enaguas, en brazos del arriero que ajusta a la cintura, como trágico signo de hombría el puñal, semioculto por el poncho que le cae del hombro como un ala abatida, y en danza de cuerpos ceñidos, los ojos en los ojos, en los labios una palabra de amor encadenada al beso, el niño silencioso y pensativo intuye el misterio germinal. Y si en lides de amor y de política luchan los hombres con fiera saña, en el destello de los cuchillos que chocan, en el viborear de los cuerpos que esquivan la puñalada, admira el espectáculo bello y salvaje de la "trenza".
En la suma de sensaciones e impresiones de su niñez, en la desventura de la hora inicial de su existencia, dolor que gravito siempre sobre su corazón con el peso sutil y hondo de una herida, ¿no están acaso presentes los elementos primarios, subconscientes, determinantes de su vocación? ¿Su obra poética no estará, acaso, animada por el alma de las horas que se deslizan serenas y placenteras en los suburbios guaireños, "sueños en crisálida" y "esperanza en flor"? Y en el medio físico en que se crio, en el ambiente social en que se desarrollaron sus facultades, ¿no le fue dada la divina hebra armoniosa con que se tejen los bellos versos?
La propia lengua aborigen, que:

Cual mi yerutí, solloza y canta,
y como mi eireté grata es de aroma...

con la cual balbuciente ha invocado de niño a Dios y que lo comunica con su pueblo, ¿no le habrá concedido la virtud musical de sus estrofas?

Asunción, 1914. La torre y el templo

Llega Ortiz Guerrero a Asunción, en los primaros meses de 1914. En aquellos años de la anteguerra mundial, la cultura se ha refugiado en la Universidad y se reduce al desarrollo literal de los tópicos del programa de su sola Facultad: la de Derecho.
No existen centros de cultura literaria, artística ni filosófica. La Universidad es el asiento de una generación sin ideales, nutrida por sentimientos egoístas, que no está dotada del sentido de la realidad nacional, ni poseída por la conciencia de una misión. En el Colegio Nacional, en forma imprecisa, se percibe cierta vaga inquietud espiritual, malograda por la falta del correspondiente encauzamiento. No existen profesores de idealismo. El país, víctima de una economía colonial que succiona sus riquezas sin dejarle las reservas indispensables para estructurar su progreso, se debate en espiritual anarquía. El universitario, servidor incondicional de un sistema económico, abraza su carrera con criterio estrictamente profesional. No le impulsa el anhelo de servir a la República, ni de superar su mediocre y rudimentaria cultura, ni de forjarse una personalidad; solo aspira a asimilar los conocimientos necesarios para capacitarse en la lucha por la existencia, sin brillo y sin altruismo. La política y la burocracia son sus refugios, y para medrar en ellas, no es buena carta de recomendación el carácter.
Al lado de esta zona de penumbra, se proyecta el panorama a sol pleno de la vida nacional; cantos de siembra y cosecha sobre los campos fecundos, sudor de vida y muerte en el taller, manos asidas al hacha que hiende el quebracho, hileras de condenados que por las picadas de los yerbales llevan sobre las espaldas la maldición del oro ajeno y de la propia desventura. Y madres y novias por campos y aldeas, y niños humildes, por sus almas flor de eucaristía, en eterna ronda. Entonces, como siempre, pudo decirse: he ahí un buen rebaño con malos pastores.
Si la política se nutre de los postulados del liberalismo filosófico, en lo literario se vive en plena era romántica. Aún se canta a la amada en versos lánguidos, al estanque plateado de luna, en hondos suspiros, en acentos quejumbrosos. Aun se muere en verso, abrazado a la esquiva quimera. La revolución de Darío que conmueve los cimientos de la lirica castellana, los versos de fuego de Díaz Mirón, el cristianismo de Almafuerte, el misticismo estético de Nervo y los cuadros del trópico de Chocano, afirman los prestigios de la poesía americana, e impulsan nueva savia en nuevos cauces. Pero en espíritu, se sigue siendo romántico. A la pálida amada sustituye la pálida princesa y, en los lagos plateados, ahora, boga grácil el cisne de Rubén.
El poeta y el prosador no han llegado hasta la entraña armoniosa del pueblo. Se reproduce el reflejo libresco, no se capta la realidad humana, presente, viva y palpitante. Cuentos concebidos sobre clásicos modelos: asuntos que se desarrollan en expresos, entre brumas. Salambó ocupa el lugar de la residenta, ausente del Panteón Nacional, sin ocupar hasta hoy el lugar que le corresponde al lado de su hijo, el soldado desconocido. Ni las recientes mal llamadas revoluciones, tragedia colectiva de heroísmo negativo, campo de observación para el artista y el psicólogo, ni las leyendas, venero inagotable, ni las ingenuas manifestaciones de un folklore, rico en intimidad nacional, dan a los escritores temas y sugestiones para elaborar la obra artística. La misma literatura española es dejada de lado. Se cita con veneración a Lamartine, a Hugo, a Renán, y se ignora o se olvida a los clásicos de la propia lengua. La sombra de Quijano el Bueno, se desliza silenciosamente por las almas, ocultando su divina, dignificadora locura. Correlativamente, en los colegios, se consumen horas y días en el estudio de los hechos de la Revolución Francesa, mientras la americana y asuncena gesta de los comuneros, apenas es una lección mas del programa, por la misma intima razón que se ha dado este nombre a una oscura calleja de una cuadra, que separa la Catedral de la cárcel. Fariña Núñez, el maestro, reacciona en las estrofas del "Canto secular", al cantar a la "Asunción comunera, madre de la segunda Buenos Aires, y cuna de la libertad de América"; Rafael Barrett, paraguayísimo extranjero, que al universalizar con asiento genial "el dolor paraguayo", descubre en la mujer heredera de la residenta, virtudes en acción, y en el nativo, valores potenciales dignos de ser exaltados.
El campesino, el mensú, el obrajero, el conspirador, toda una gama de tipos peculiares, no existen para nuestros escritores. ¿O es que la lengua autóctona, que pudo dar les moldes originales, constituyo un factor de aislamiento entre la percepción del artista y del alma del pueblo? En todo caso, hubieran conferido a su obra, traduciéndola, ciudadanía universal. Y si sus fuerzas no alcanzaban a cristalizar este anhelo, quedaban las otras capas sociales más permeables: la alta sociedad y la clase media, vetas sin explotar aun. Este olvido, factor negativo, resto a la obra de esta generación, tomada en conjunto, valor perdurable como cifra expresiva de una cultura propia. En la vida misma, algunos escritores semejan personajes escapados de las Escenas de la Vida Bohemia, de Murger. Bohemia astrosa de buhardilla de ciudad europea. La imaginación de estos hombres está poblada de mujeres tísicas, ojerosas, ebrias de alcohol y de estupefacientes, y sus sueños absurdos cobran realidad engañosa al reflejarse en el verde menisco de una copa de ajenjo. Produjeron iluminados por el genio extranjero, sin tener en cuenta que mismo la obra de carácter universalista debe ser creada por el conducto de la observación directa de la naturaleza que nos circunda, de la sociedad que nos nutre de sentimientos y de ideas, en nuestro caso, naturaleza prodiga y hombre insigne, como tipo americano. Existen, sin embargo, algunos atisbos de originalidad esencial en apreciables intentos de liberación. El Huracán de Leo Cen, ilumina de historia el escenario y Tablas de Sangre de Leopoldo Ramos Jiménez, documenta, en vigoroso drama, la tragedia del yerbal. Algunas estampas poéticas, cuentos y leyendas se suman a este liberador intento. La novela de costumbres no existe aún.
Hay, eso sí, en lo que va del siglo, un vigoroso despertar nacionalista. El panfleto lanza su reivindicador anatema de fuego; la polémica deja en las columnas de los diarios como una candente huella de sangre. Es como el anuncio de futuras gestas revolucionarias. Es el trueno que se anticipa al rayo. Los historiadores están empeñados en la defensa de los derechos del país sobre las tierras chaqueñas en litigio.
Falta a la literatura paraguaya, en su etapa inicial, el cimiento ancho y profundo de Martin Fierro, el ingenio de Fray Mocho, la intima y vivida comprensión humana de Javier de Viana, el arte descriptivo de Horacio Quiroga, los tipos-hombres y símbolos de Florencio Sánchez. No se comprendió que la fuente de inspiración en esta etapa de la cultura continental esta en las costumbres, en la historia, en el paréntesis que es nuestra vida, abierto y suspendido entre el pasado y el porvenir, en los sueños de una generación, en sus rebeldías creadoras. Se vivió de prestado en la forma, en el estilo en que aquella se vacía. Produjeron obra estimable y han dejado páginas notables, injustamente olvidadas, pero como sistema de literatura nacional y autóctona adoleció de la falta de aliento vital que engendra las obras inmortales. Fueron sinceros en el. sentir y en el sentido que dieron a la obra, en la personal percepción de la belleza. Lucharon, y esta es su gloria y su justificación, contra la falta de tradición literaria. Soñaron sobre escombros. Se sintieron incomprendidos, extranjeros en una patria que amaron sin entregarse, raros en un pueblo cuya vida no supieron reflejar. Dieron flores, pero no frutos... ¡Espíritus selectos! ¡Soñadores de un ideal alto y salvador! ¡Portadores de la perenne luz sagrada, se aislaron en la cumbre para vivir cerca de las estrellas!
Y allí construyeron su torre de marfil. Pero la torre no era un templo y la cumbre atrae al rayo. ¡Trágico destino él de esta generación! Todos los raros de Zeus, todas las maldiciones bíblicas parecen descargarse de golpe sobre la blanca torre. Sus moradores caen; los unos, jóvenes fulminados por la muerte grata a los dioses; los otras, buscan refugio en las cavernas donde acecha la locura bajo la sombra alada de murciélagos en vuelo y algunos se salvan, mutiladas las alas del espíritu, en las áridas playas de la política.
Pero el espíritu no muere, y los cuadros se rehacen. Los nuevos hombres rectifican el rumbo y mientras América saluda la aparición de Don Segundo Sombra y de la Vorágine, de la labor pictórica de Diego Rivera y de Siqueiros, casi literaria por lo expresivo y universal de su contenido social, en el Paraguay nace el teatro autóctono, renace y florece la poesía guaraní, en pleno campo de batalla se escriben novelas, se glorifica al indio por los pinceles de Holden Jara, y las notas de la guarania y los reflejos de la cerámica de Campos Cervera se prolongan y se proyectan en una misma onda de luz y de armonía mas allá de las fronteras físicas de esta patria, y el espíritu del pueblo, heroico y sacrificado, se hace presente en América y el mundo.
Y estos hombres nuevos, con los escombros de la torre de marfil construyeron un templo.

NACE UN POETA
En este clima, medio y época nace a la vida literaria Manuel Ortiz Guerrero.
Al mismo tiempo que publica sus primeros versos, se da a conocer en cenáculos y asambleas. Su voz melódica imprime a las palabras una grata tonalidad, un hondo sentido potencial y las aligera y las ahonda, dotándolas con hábil fonética, de cierta plasticidad ideal que las hace más graficas y comprensibles. Sus recitales de cenáculo compiten con sus discursos. En la tribuna se apodera de inmediato del auditorio con magnética atracción. Frente a la muchedumbre se destaca su cabeza dantoniana y la palabra, imagen o anatema, fluye de sus labios, ora tonante, ora tierna. Pudo llegar a ser el primer orador de su generación, de habérselo permitido el destino. Este poeta que tan bien canta al amor, tiene vocación de luchador, siente sed de justicia y no teme a la muerte. Si en plena salud y juventud le hubiera tocado vivir un minuto grande de la historia, su mano, desde la tribuna, lo mismo pudo cerrarse en colérico gesto, amenazando secular Bastilla, que escribir, luego con pluma de oro, un delicado soneto a la amada.
¿Buen o mal estudiante? Termino sin sentido, medida precaria para medir o clasificar a un espíritu de tal magnitud. Poderoso intuitivo, sí lo era. Su alma...

la loca
llevando un gran beso y un tibio pedazo de canto
en la boca...,

estaba en perpetuo estado de gracia. ¿Preceptiva? ¿Retorica? Las conoce porque las siente, y su oído no le engaña en la musical percepción. Ha de reír con sonora risa de los retóricos, leguleyos del lenguaje. Emisario de lo divino, en la alquimia de su creadora fantasía sabe dar forma a los sueños, luz a las imágenes, música al verso, entregando prodigo a sus hermanos la astral cosecha: pan de amor a las almas, miel que sabe a dulzor de pecado a los sentidos.
Vive con Molinas Rolón, el inspirado cantor de "La Atlántida", un fugaz período de bohemia. En la casucha que les sirve de albergue, no se come todos los días, y en las noches de invierno han de dormir por turno para poder utilizar la única frazada con que cuentan.
De entonces son estos versos:

Como una visión Blanca que pasa sin ruido
vaga toda la noche por la calle desierta
abrazado al fantasma de su sueño perdido,
o con velas hurtadas a necrópolis yerta,
amanece sentado, junto al blanco, al querido
insepulto cadáver de una esperanza muerta.

Alude, sin duda, al hablar de las velas hurtadas a su singular aventura del cementerio. El poeta no puede escribir en las largas y frías noches de forzado insomnio. Esta sin luz, el bolsillo vacío y agotado el escaso crédito. Un anochecer ronda con porte sospechoso alrededor del camposanto. En sus grandes y verdes ojos arde un designio. De pronto se detiene y espía. El guardián se aleja después de echar el cerrojo a los grandes portones que chirrían, ruido que a nuestro hombre se le ocurre el eco de dos tibias que se entrechocan. Escala la muralla internándose con paso rápido en las estrechas callejas de blancos panteones. A derecha e izquierda, va apoderándose de las bujías que arden en flamígera rogación a lo alto, y escondiéndolas debajo de la capa, gana a la carrera la calle, ya sumida en sombras, y regresa al centro. Natalicio González ha de pintar más tarde, con mano maestra, las consecuencias de esta aventura: "...El problema de la luz lo teníamos resuelto por varios días, pero, he aquí, que el alma de los difuntos persigue al poeta, reclamándole el fruto de su pecado venial. De noche - según él-, jauría de invisibles euménides le vocifera su ira en el aposento solitario".
A la luz de bujías hurtadas, consumidas por llamas sacrílegas, escribió sus versos en aquellas interminables noches disipando el sueño con el ensueño. La llama votiva vuelve a Dios en luz de poesía, y la ofrenda que manos piadosas consagraron a los muertos, se consume para iluminar espiritual alumbramiento.
¿Mujeres en su juventud?... ¿Carmen?... ¿Albina?... No importan los nombres. Lo amaron y él las canto. A Dalmacia, fuerte y buena como una mujer del Evangelio, no la nombra, como no se nombra a sí mismo. A su madre solo la canta en vísperas de su agonía. El dolor por su progenitora, el afecto a su compañera, alientan en la fibra mas intima de su poesía y el dolor y el amor que a él solo pertenecen, surgen de fuentes recónditas, veladas a los ojos profanos. En su concepción panteísta del Universo, siente el orgullo de saberse una ínfima partícula de Dios, encendida de misterio y de pasión, pero entre sus hermanos se juzga pequeño. ¿Qué es el hombre frente al infinito? Y mide su pequeñez por la de los demás. ¿Mujeres? Si, lo amaron y el las canto. ¿No está latente en la mujer el signo de la eternidad? Ora, es la raída que con húmedos pies de aurora:..............

Va rumbo a la espesura donde la fontana
late en el silencio como un alma humana...;

o, en las horas de su juventud cuando aún el destino no le ha revelado la fatal herencia:

... De todos los vasos los vinos mejores
que exaltan, sutiles, los cinco sentidos
e inflaman los besos de los amadores
sobre los intactos senos florecidos...

Y en las horas grises de los últimos días, cuando ya no ve sino con los ojos del alma:

...Luminoso veneno de un azul homicida
intoxica con una vagarosa ebriedad;
los harapos gloriosos de mi sueño en la vida
reverberan al beso de su azul claridad...

VERSÍCULOS DE JOB
En aquellos días en que la embriaguez de la naciente gloria lo deleita, en que el dulce anhelo de amar parece no tener fin, padeciendo insaciable sed de infinito y mortales angustias de ideal, aparecen en su rostro las huellas del mal de Lázaro. El poeta despierta de sus sueños y caído, de rodillas en el fango, mira escintilar a las estrellas. Resignado, sin imprecaciones, exclama:

¡Ya soy, ahora, el hijo del mundo con el alma
pálida y afligida; mis sueños juveniles
se fueron con mis veinte ya difuntos abriles
y aquellos frescos años jamás han de volver!

Se ha cerrado un ciclo de su existencia. El mito de Prometeo encadenado va a renovarse en el destino del aedo. ¿Ha robado el secreto del fuego a los dioses? ¡No!, solo les ha arrancado "una gota de estrella: la esperanza".

El desaliento le dicta estas estrofas desesperadas, para retornar luego a la serenidad:

Rosada juventud, misa de oro,
albos versos de amor, lirios de pena,
cáliz con alas de cristal sonoro
con dulces hostias de las ansias buenas,
sol del futuro y mis promesas... ¡todo,
todo perdí! Siempre el destino gana
la apuesta de la vida...

El poeta ha dicho la gran verdad: siempre el destino gana con modales de caballero o malas artes de tahúr. Versos son estas impregnados de fatalismo, con que a los veinte años, grito desgarrador, despide a su muerta juventud. Como Lázaro que por la Fe es devuelto a la vida, el tiene fe en la virtud salvadora de la poesía. Se arrebuja en la clámide gloriosa y la Fe lo salva. Años después lo afirmara en "Verbo":

Cuando en los esteros del materialismo
abrió el desaliento bostezo de abismo,
tú diste a mi numen sed de idealidad,
y cuando sentíme con grillos en este mundano ostracismo,
pusiste dos vastas alas en el alma por mi libertad.

De pronto, un día, desaparece de Asunción y vuelve a su nativa Villarrica. ¡Cómo ha de pesar, ahora, sobre las espaldas del lírico peregrino que retorna, enfermo y vencido, aquel "azul morral de ensueño"!
Ha despertado del sueño para vivir la pesadilla. Ha de vivirla dignamente, a la manera de un esteta cuya mejor obra es su propia vida. En Villarrica se aísla; no da la enguantada mano a nadie. Cuando asiste al consultorio de su médico, lo hace a altas horas de la noche, para evitarle, dice, que la clientela sienta el horror de su visita, y se niega sistemáticamente a tomar asiento en la silla que con gentileza se le ofrece.
Su lira enmudece por algún tiempo, hasta que un día, aparecen en una revista estos versos:

Princesa de ojos negros con un fulgor de acero
que en mi cielo custodias una estrella de fe,
me aguardaras tres meses, un año, un siglo entero,
¡eternamente! En vano, que ya no volveré.

Para sus amigos y camaradas de la capital, el sentido de esta poesía parecía ser un anuncio de muerte. Alguien, en voz baja, se atreve a decir lo que muchos piensan. No, no es posible. Ortiz no es de los hombres que se matan. ¡Huir del dolor, del horror! ¡No lo hará jamás! ¡Ha de luchar contra el destino y morirá como un poeta! La conjetura se corporiza y vuela; los centros estudiantiles se conmueven; en los corrillos literarios se inquieren noticias. Por un fenómeno de sugestión colectiva la suposición cobra visos de verosimilitud. Se telegrafía a Villarrica y el desmentido, que no tarda en llegar, desvanece toda inquietud.
Lo vi en la ciudad guaireña en el año 20. Atravesaba un período de crisis sentimental y temía el encuentro con este hombre a quien me unían lazos de amistad fraternal. Lo encontré en el cementerio, el día en que enterraban al poeta Alarcón, bella promesa aniquilada por una muerte prematura. Los progresos de la enfermedad señalaban huellas en su organismo, había perdido su bizarría y parecía más pequeño. Las cejas raleadas habíanle aleonado el rostro, dándole una expresión de viril resignación. Pensé encontrarlo desmoralizado. Vagamos por los encantados suburbios de ensueño de la tierra guaireña reviviendo las horas, que se nos antojaban lejanas, de nuestra adolescencia. Una enfermedad considerada incurable lo había atacado, pero el tenía esperanzas... ¿Quién sabe?... total: la materia... y, oh, poeta, hablaba del milagro solar que cura las llagas como despierta en el capullo a las rosas. Su optimismo era conmovedor. ¿Proyectos? Si, muchos proyectos... versos, teatro, conferencias, folclore, política. Como si estuviera en la plenitud de sus fuerzas. Regrese de Villarrica curado de mi neurastenia y avergonzado de mi mismo. Aquel hombre, roído en su materia por incurables ulceras, sin quererlo, sin saberlo, había dado al camarada sano y joven, aquejado de quiméricos males, una inolvidable lección de entereza.
Recordáis aquel soneto que en algo recuerda los burilados y perfectos de Darío:

Mas volverá algún día. Una dulce mañana
de julio, con cien franjas de púrpura y de oro,
me abrazara de nuevo la pálida sultana
que habitara en los sueños de algún príncipe moro.

Mas, la visión invocada no aparece, y el poeta en pos de ella regresa. Viene en busca de la salud y la gloria. Con los ojos empanados mira por última vez los cerros que van perdiéndose a la distancia. Adiós para siempre visiones arcádicas de la niñez, nativo valle del Yvaroty, encendidos crepúsculos del Ycua-pyta, donde ¡salve Natalicio, Facundo y Leo...!, iban...

... por los gratos senderos vespertinos
a repuntar con suave lengua aquellos rebaños
de nuestros baladores y albos alejandrinos.

Dispersos por el mundo, demudados y extraños,
jamás ya iremos juntos a repuntar rebaños
de versos, por las glaucas lomas de Ycua-pyta.

DALMACIA
Aparece "Surgente" en manos de Dalmacia. El nombre de este libro evoca en nuestro espíritu la figura dulce y humilde de esta mujer excepcional, que se ha enamorado del poeta acompañándole en la última etapa de su existencia hasta los umbrales del tránsito. Es una morena robusta, bonita, dotada de los atributos de una gracia ingenua y natural, de andar cadencioso, siempre sonriente, de ojos negros y trenzas oscuras y largas. ¡Nunca mortal alguno encontró mujer más digna de su destino! Cura sus llagas, restaña sus heridas, lo alienta en sus sueños, le infunde fuerzas. No tiene más voluntad que la de él, adivina sus pensamientos. No ha de proferir nunca una queja, ni desmayara ante el horror, dándolo todo sin pedir nunca nada. En su viudez, exclamara más tarde: "¡Como había de pedirle nada, si todo me lo dio!". Dalmacia ama el alma de Manú, de su Manú, como lo llama con acento maternal. Conjunción de almas emancipadas de los delirios de la carne, en perpetuo y celestial idilio. Para el serán las más dulces sonrisas, los cuidados de todas las horas, vendas y besos, para él las lágrimas que silenciosa y oculta derrama, cuando comprende que la alondra irá a anunciar un nuevo amanecer en un día sin límites. ¡Durante quince años ve consumirse, minuto a minuto, en el altar de su fe, la llama azul de la esperanza y no desmaya!
Manu es el dolor del infortunio tenaz; Dalmacia la piedad que consuela. Frente a la miseria de la carne, la caridad del alma. El es la grandeza; ella, la humildad. Y de aquella agua clara que mana de la surgente de Dios, ella, pobre vaso de humana arcilla, solo desea tener alas para llegar a los labios sedientos.
Dalmacia es la raída pôtï de sus versos juveniles. Vive con su madre en Yvaroty, bello suburbio de la ciudad guaireña. La casita Blanca, situada en el centro de un predio inmenso, decorado de añosos árboles frutales, está poblada de flores y de pájaros. Ama la poesía del canto silvestre, el color que tiñe los pétalos, la luz que filtrándose entre las hojas de la enramada de jazmín, se proyecta en escamas móviles sobre el verde intenso del césped que bordea los canteros. Gusta regar las plantas, alimentar las avecillas, que en dichosa libertad acuden volando a picotear el grano en la palma de la mano protectora.
En el hogar todo es orden y limpieza; en los espíritus florece la virtud, una virtud alegre exornada de cantos. El intenso trabajo diario dignifica al tiempo que corre con la armoniosa lentitud de la hebra que, sobre el bastidor, va tejiendo sutil encaje de ñanduti. Esta mujer que ríe siempre es, desde joven, una predestinada al dolor. La tragedia ronda alrededor de su alma. Una aromada noche de luna, bajo un rugoso naranjo en flor, su novio se suicida.
La muerte la hiere en el corazón, pero no deja nunca de sonreír. Manu es joven, entonces, casi adolescente. La vida lo ha agraciado con dones envidiables. Su amistad es buscada por los hombres; las jóvenes lo miran al pasar con interés y simpatía. En paseos y reuniones, coro de voces femeninas le pide que recite versos, y en las asambleas estudiantiles encarna en su palabra el verso de la rebeldía juvenil.
Vive en la vecindad de Dalmacia y siente un tierno afecto por la dulce y humilde compañera de infancia. Aparece en el rancho a cualquier hora. Serán para él, el espumoso mate, la sabrosa chipa, la dorada miel de los domésticos panales, las frutas escogidas. Más tarde, la esperará en el atajo que conduce a la fuente y en dulce lengua indígena, con intraducible ingenio, le rimara al oído frases acariciadoras, homenaje de su alma apasionada a la hembra que lo enamora. Pero ella ríe y en el gorjeo de su risa muere el musical encanto del elogio. Insiste el poeta y es, ahora, en noche de luna:
.
Serenata grata, mi verso perverso
preludia en tu puerta...

Se apagan las últimas notas en la frase de gracias de la agasajada que asoma el busto en la ventana, mientras caen a los pies del poeta que espera, los pétalos de jazmín de lluvia de la enramada. Es en vano, sus empeños se estrellan en el recuerdo del hombre que, por ella, renuncio a la vida.
Dalmacia lo ama ya con amor profundo más fuerte que el trágico recuerdo, con amor de mujer humilde que siente la grandeza del hombre predestinado a la gloria. Pero ¿para qué habrá de ser ella, si manos de princesas, un día, habrán de coronarlo? Y oculta sus sentimientos en el corazón, y disimula su voluntaria derrota en el claro triunfo de una alegre risa.
Han pasado años desde la mañana en que Manú, de paso hacia la estación, viniera a despedirse de la raída, y ahora, regresa triste y enfermo. Al pasar, no se ha detenido en la blanca vivienda de Dalmacia. Ha dejado de ser el joven cuya compañía solicitan las niñas y cuya amistad es grata a los hombres. Es como una doliente sombra que se desliza, ocultándose. En adelante, solo se lo verá cruzar por la ciudad a altas horas de la noche. Los amigos de ayer se apartan. Su recia figura está ausente de la tribuna y el cenáculo. Vive aislado, prisionero en su soledad.
Entonces se produce el milagro, el gran milagro de amor. Dalmacia va hacia él con los brazos abiertos, a ofrecerle su vida, a darse toda pura, grande, heroica. Ahora, ya podrá coronarlo, sin que otras manos le disputen la corona de espinas. Manú no acepta el sacrificio; implora para alejar de su lado a la magnánima. En vano, la mujer obstinada triunfa y realiza el rito heroico de encadenar su destino al del gran desventurado. Y ella sonríe, sonríe siempre, bajo el mismo techo del desheredado de la vida que canta al amor.
Y su soledad se puebla de sonrisas.

UNA NOCHE
Leo, al anunciarnos su regreso, nos habla manifestado la voluntad del poeta: rogaba que no se lo visitara, deseaba vivir aislado. Ante la consigna, reprimí mis impulsos y no fui a verlo, como era mi deseo. Una noche, en la calle Yegros, distinguí su familiar silueta. Arrebujado en amplia capa española avanzo unos pasos y con una frase cordial de saludo, los brazos en alto, celebro de lejos el encuentro. Luego, un abrazo y enmudecemos. ¡Corren tan de prisa, por dentro, las horas vividas! Los recuerdos concentrados nos asaltan. Parados en la vereda, no podemos hablar por largo rato y creo que ambos sollozamos. ¡No se ha vivido en vano!
Me invita a acompañarlo. Habita cerca, en la calle Paraguarí, en una pieza de casa de inquilinato con un amplio ventanal que da a la calle. En la habitación escasamente iluminada, solo hay una mesa y tres sillas; sobre la mesa, un tintero, pluma, las pruebas de "Surgente". Dalmacia, como ausente, hace costura en un rincón. Manu habla, mientras camina y acciona, según su costumbre. Su voz, aquella noche, cobra acentos de intimidad cordial. Tiene un sollozo y una lágrima para la madre que se fue al darle a luz. ¡La desventura que lo acompaño desde la cuna! Bendice a la vida por haberle concedido una segunda madre en la abuela, "enérgica y suave". Recuerda los días de la niñez y de la adolescencia. Articula nombres amados. Evoca el año aquel de la guerra civil en que, siendo casi un niño, acompaño a su padre por campos y campamentos. En la batalla de Paraguarí, ve morir a dos jóvenes camaradas de aula. ¡Sangre y crímenes sobre el solar sagrado de la patria, nubes sombrías en el cielo azul! Las huestes revolucionarias han sido derrotadas y los restos del ejército que ha perdido a su jefe, emprenden la retirada. Ortiz Guerrero con otros, va a parar más allá de las cordilleras del Mbaracayú, en la gran meseta donde las aguas corren, raudas y bulliciosas, a despeñarse tonantes en las siete caídas del Guairá. "Oh blancura de sábanas al viento",
se le antojan las espumosas aguas despenadas. Ríe de aquellos versos infantiles, ingenuos. Fatal coincidencia, ellos que huyen derrotados de una patriada, se encuentran con que en aquella zona del Brasil ha estallado una de las periódicas revueltas y se ven obligados a deambular de nuevo. Cuando llega la hora de partir, se halla postrado. Ha contraído el beriberi. Padece fuertes dolores. Allí contrajo la enfermedad espantosa. Viejas gentes del pueblo lo afirman, y ellas heredaron sabiduría. Lo llevan a caballo, y en el camino, un aguacero cayó sobre la tierra caldeada y en el cuerpo afiebrado se "pasmo la sangre":

Mil veces esta pasmada la sangre de mis venas
por el glacial espanto de la miseria humana,
y en mi jardín fragante las blancas azucenas
moradas las ha vuelto mi invierno juvenil...
.
¡Heridas por dentro, llagas por fuera! Acepta su destino. Es un estoico. Tiene la certeza de curarse. Pronto tendrá dinero. La edición de "Surgente" que está en prensa, se lo promete... Le han hablado de nuevos métodos de curación, de drogas providenciales... Miro el reloj; es la una de la madrugada. Voy a retirarme. El poeta, que tiene sobre mí la autoridad de un hermano mayor, me retiene. Hablamos de "Surgente", su primer libro. Objetivamente, disminuye el valor de su obra. Piensa ascender a cumbres más altas... ¿La forma?... Son cantos que se han elevado desde su alma, tal como nacieron. Así el quiso que fueran. Los versos surgieron como el agua de la fuente, que "fluye con fuerza inocente". Respondo a sus preguntas con la sinceridad que fue norma de nuestra amistad. Creo, le digo, que en su libro están las- notas más altas de la lírica paraguaya. Le hablo con entusiasmo de "La amarga plegaria de unos labios en flor", cuya lectura me había hecho derramar lágrimas, y de "Suma de bienes", de acentos desgarradores, fruto de un momento de desesperación, Cuando ve fulgurar sobre la frente, como llama de bíblica maldición, el cárdeno y quemante rayo del mal. Y "Loca"... y "Jamás", paginas dignas de una antología de poetas americanos, al lado de los grandes. Le señalo las influencias que descubro, los defectos que, técnicamente, han de objetarle los sargentos Balbuenas de todos los medios y climas, que por medir los pies de un verso, olvidan de percibir la esencial belleza de la obra poética. Me escucha y asiente. El poeta no tiene vanidad.
Discutimos, luego, el sentido de aquellos versos:

Pienso que en el lodo
hay el secreto de la dicha humana.

Yo, critico, divago adobando mis juicios con una leve sal de pedantería, pecado venial, que mis cuarenta años de hoy absuelven risueños a los veinte de entonces.
El crítico. - Del polvo de la tierra procedemos; al polvo de la muerte volveremos. De tal arcilla, manos divinas modelaron el tabernáculo del alma.
El poeta. - No he dicho polvo, escribí fango.
El crítico. - El polvo se convierte en barro con lágrimas y sangre.
El poeta. - Repito, en mis versos se habla de fango.
El crítico. - El fango de que hablas, es el barro que ha fermentado la agridulce miel del pecado.
El poeta. - Solo hay una ley eterna en la vida: la del dolor... Dolor propio que engendre, divino absurdo, la dicha ajena. Si, en el lodo, en mi lodo, está el secreto de la dicha humana. Y, aproximándose, agrega con voz emocionada-. Mírame y piensa y comprende.
Si, hermano mío, comprendo ahora el sentido intimo, profundo de tus versos. No quiero que descubras la lágrima furtiva que me resbala en la mejilla, e inclino la frente que la oculta en la sombra de mi rostro angustiado. Aquellos versos me golpean el oído y el alma. Si, te he mirado y he comprendido. Veo tus mejillas enrojecidas que dejan traslucir las venillas irritadas por donde circula la "sangre pasmada", los ojos sanguinolentos; las manos, que de pequeñas y gráciles que eran, han adquirido volumen de carne enferma. Comprendo tu dolor presente, adivino el horror futuro. Y ahí, tan cerca, está el tesoro de tus versos que te hace rico en la miseria y fuerte en la desventura. Tú eres cristiano... Crees en el buen Dios que es nuestro padre común y prodigas la caridad que Cristo, rey de los humildes, coronado de espinas, enseñó. En el lodo, en la carne que se te pudre, minuto a minuto; en la vida que se te escapa por las llagas abiertas, está el asiento de tu alma, alma alada que desciende hasta los hombres, portadora de dación suprema. ¿Sabe la semilla que va a renovar en el seno oscuro de la tierra el eterno rito germinal, si la mano que la arrojo al surco está enferma de incurable mal? Con que esplendidez to afirma en "Munificencia":

¿Por qué extrañáis, amigos, que yo también sonría,
que también yo os regale con rosas y con trinos,
si en mi jardín interno jamás hubo sequía
y en mi médula anidan zorzales peregrinos?
No dudéis de la excelsa virtud de la poesía,
del lodo se levantan los lirios matutinos,
succionan impurezas viñas de grata umbría
cuyos maduros frutos dan los sagrados vinos.
No dudéis de la excelsa virtud de la poesía.
La peste, el hambre, el frío, son fantasmas mezquinos
que inútilmente rondan esta soledad mía
desde hace diez años sin mirarme de frente.
Y, pues, no tengo oro, reparto rosas, trinos,
perdonadme ese modo de ser munificente.

El poeta extrae de sus llagas el dolor, y del fango de su dolor el "secreto de la dicha humana".
Aquella noche escuche de sus labios el maravilloso poema que nunca escribió, poema de serenidad, de resignación, de amor y de justicia. Ni una queja, ni una protesta contra el destino. Las frases florecían en sus labios impregnadas de divina esencia de belleza. Son aquellas palabras que tienen en el alma la matriz que las dota de forma perfecta y que parecen versos por su musical encanto. Un profundo sentido de la naturaleza, lo lleva a interpretar los hechos de la vida, de acuerdo con leyes que el poeta intuye con aquella certera visión que penetra las verdades eternas. Todo está regido por un equilibrio de justicia. Ni los castigos sin causa, ni las condenas sin delito, alteran la ley inmutable. Nadie es totalmente feliz, nadie tiene el derecho de imprecar a los dioses por la desgracia que lo hiere.
Las luces del amanecer golpean, sutiles, las desveladas retinas. Corro a casa. Mientras camino, pienso: ¿que ha quedado de aquel bohemio de talento que conocí en una alegre mañana de la adolescencia? Y me respondo: un poeta. ¿Y de aquel estudiante soñador, para quien parecían estar escritas las palabras del versículo: "mirad a las aves del cielo que no siembran, ni siegan, ni allegan en alfolíes, y vuestro padre celestial las alimenta"? Una voz que hay en mí, me contesta: un hombre.

EL POETA OBRERO
Con la aparición de "Surgente", se inicia un período glorioso en su vida. Le tocara vivir una década de dolor acerbo, de cristianísima resignación. Ha adquirido a crédito una minerva, una impresora, tipos de imprenta, todo viejo, en desuso, que su industriosa habilidad compone y habilita. El poeta viste, ahora, la blusa azul del obrero, para ganarse el pan con dignidad humilde. Adquiere a plazos un predio, donde, ¡oh regalo de los dioses!, nace un manantial. Esfuerzo sobre esfuerzo, centavo sobre centavo, va acumulando los materiales con que, por último, edifica un rancho de pared francesa. Cuando se mudan allí -ha de transcurrir algún tiempo antes que puedan colocar el piso, y en las aberturas han puesto lonas, porque no alcanzaron los centavos para comprar puertas y ventanas-, el poeta y su compañera se sienten magnates. El fantasma del casero que llega inexorablemente cada fin de mes con el recibo en la mano, se ha desvanecido para siempre. El lírico pájaro, tiene por fin, su nido. Sobre la calle, clavado en un peste de palma ha fijado su blasón de nobleza, cuya leyenda reza: Zurucu'á Editorial Paraguaya. En adelante, lo que nace de su espíritu se materializa en el libro por obra de sus manos. Allí se editaron: "Nubes del Este", "Pepitas", "La conquista". Dalmacia recorre las casas de comercio ofreciendo talonarios, recibos en blanco, notas de venta, facturas, que Manu compone e imprime. ¡Es el pan! Porque no han de probar el salado de la dadiva, ni golpearan puerta alguna, ni apelaran al gastado recurso del apoyo oficial.
En "Profesión", lo proclama:

De profesión insigne, dirá mi biografía.
Yo soy "hombre de letras", lo declaro a mi vez:
por papeles y tipos, a oro y no en poesía,
colaboro en los libros de Juan Klug y Marés.
Yo vivo de las letras... de mi tipografía,
componiendo el poema de un recibo burgués.
Y, además, soy guerrero, de la guerra bravía,
por mis cuatro galletas de arruinado marqués.
Componedor en mano soy un igual de Homero.
Y sobre las trincheras de la vida, un guerrero
orgulloso y terrible, más que Napoleón.
Presionado de frente, envuelta la derecha,
el ala izquierda rota. ¡La victoria deshecha!,
me encontraran cadáver al pie de mi cañón.

Versos que fueron escritos con intención irónica, pero que hoy tienen el poder de humedecer las pupilas de quienes amamos su memoria.
Fue irreductible en su dignidad. Antes que pedir algo al más intimo de sus amigos, reducirá el alimento, suprimirá el tratamiento que, en su estado -el lo sabe-, significa la resta de unas semanas de vida, se someterá voluntariamente a todo género de privaciones. Alejara por sistema a los hombres que fueron sus amigos y ocupan una position en la política, y si una dama quiere cancelar como vulgar deuda una lirica ofrenda, escribe en el billete de cincuenta pesos que devuelve, su réplica de caballero y de poeta:

No todo en este mundo es mercancía.
Ni tampoco el dinero es el blasón
mejor pulido de la cortesía
para la ufanía de la corrección.
Sobre la torre de mi bizarría
sin mancha flota el lirico pendón:
como ebrio de azul hago poesía,
pero honrado es mi pan como varón.
Devuélvole el billete a Ud. Precioso
con mi firma insolvente por endoso:
sométalo a la ley de conversión,
que a pesar de juzgarme un indigente
yo llevo un Potosí de oro viviente
que pesa como un mundo: el corazón.
.
Enlace al documento:
(SEGUNDA PARTE)
Autor de
ARTURO ALSINA
.
Fuente: MANUEL ORTIZ GUERRERO
OBRAS COMPLETAS
Editorial Manuel Ortiz Guerrero
© Patronato de Leprosos del Paraguay
1ª Edición, 1952, 2ª Edición, 1969, 3ª Edición, 2010.
Asunción – Paraguay , Enero 2010 – 398 páginas.
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