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sábado, 21 de agosto de 2010

LEÓN CADOGAN - POEMAS DIDÁCTICOS y CUENTOS, LEYENDAS, CANTOS INFANTILES / Fuente: LA LITERATURA DE LOS GUARANÍES. VERSIÓN DE TEXTOS GUARANÍES.


POEMAS DIDÁCTICOS y
CUENTOS, LEYENDAS, CANTOS INFANTILES.
Textos de LEÓN CADOGAN
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )


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POEMAS DIDÁCTICOS
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LA INSPIRACIÓN DE LOS VERDADEROS PADRES DE LAS PALABRAS-ALMAS
El sacerdote repite las palabras con que cada uno de los Verdaderos Padres de las palabras-almas aconseja a cada una de las almas antes de enviarlas a la tierra, a fin de que el futuro hombre recuerde a sus creadores y sea inspirados por ellos.

Cuando a nosotros, criaturas, nos envían,
dicen los situados encima de nosotros:
"Acuérdate de mí en tu corazón [en tu vida, en tu ser].
Así, yo haré que circule mi palabra [inspirándote]
por haberte acordado de mí.
Así, yo haré que pronuncien palabras [para tu inspiración]
los excelsos innumerables hijos que yo albergo.
En valor, en la facultad de conjugar maleficios,
no habrá, en toda la extensión de la tierra,
quien sobrepase a los innumerables hijos a quienes yo albergo.
Por consiguiente tú, cuando mores en la tierra,
de mi hermosa morada has de acordarte.
Inspirándote yo hermosas palabras en tu corazón
no habrá quien te pueda igualar en la morada terrenal de las imperfecciones."

HERMOSO CANTO QUE SUPO DE LOS DE ARRIBA UNO QUE ENTONA HERMOSAS PALABRAS
El pueblo mbyá empieza a enfrentarse con el problema de la irreligiosidad de los hombres. En el himno siguiente, recibido de la divinidad por un hombre virtuoso, hay un diálogo entre el Padre y la Madre de los dioses. El Padre de los dioses está irritado porque los hombres ya no entonan los cantos religiosos; la Madre desvía la cólera de su consorte, ensalzando la religiosidad de las mujeres y niñas mbyás.

– Bien, mis hijos, aquellos a quienes puse la insignia de la masculinidad, no proceden de acuerdo a los cantos que yo les inspiré. – Así habló nuestro Primer Padre.
– Buenos recuerdos en mis hijos ya no veo más. ¿Por qué será que los descendientes de las generaciones de mis hijos dejaron de humillarse ante mí?
En respuesta, nuestra Primera Madre:
– Yo veo aún buenos recuerdos. Hay todavía algunos pocos que se humillan ante mí. En vista de ello yo, en los pajonales eternos, abejitas "eichu" he reunido, para que aquellos que albergan buenos recuerdos puedan enjuagarse la boca [con miel).
– He aquí, en los alrededores de mi Paraíso, canastillas milagrosas he reunido, para que con ellas puedan jugar las descendientes de las generaciones de mis hijas.

UN SEÑOR DA CONSEJOS A SU HIJO QUE QUIERE CASARSE
En el siguiente texto se encuentran consejos de toda índole: desde éticos, encaminados a que el hijo sea trabajador y no inicie riñas en su futuro hogar, hasta médicos, con el objeto de que el padre sepa curar a sus hijos enfermos. Naturalmente, el hijo es instruido acerca de la conducta que debe guardar en estado de aku, cuando su mujer dé a luz, y lo que debe hacer en caso de que el Ser Furioso envíe mellizos al vientre de su esposa.

Tú, mi hijo, querrás casarte con una que tiene madre, que tiene padre.
Su madre, su padre no querrán dar su hijo a un sujeto excesivamente pobre. Por consiguiente, debes esforzarte por despertar temprano, por ser activo en la ejecución de tu trabajo. Únicamente así, cuando te cases, construirás más pronto una casa, harás pronto una plantación. Si tu plantación es demasiado reducida, no se regocijará, porque no querrá pasar hambre. Además, no querrá vivir bajo un rancho destartalado.
Debes acordarte de nuestros Primeros Padres; únicamente en esta manera prosperarás. Si te acuerdas de ellos como es debido, aunque nuestros días tienen fin [señalado], los Primeros añadirán repetidamente días a nuestra vida, alargándola. En cuanto el reflejo de nuestro Padre penetre en la morada de las tinieblas, debes recorrer los lugares oscuros esparciendo neblina, para que puedas descansar tranquilo. Si no recorres [la vivienda] esparciendo neblina, los seres invisibles que pululan por ahí nos molestarán.
Por haberse dispuesto que así fuera, debemos recorrer, esparciendo la neblina por los alrededores de nuestra vivienda. Para que así procediésemos fue que Jakaira Ru Ete creó el tabaco y la pipa una vez que hubo conocido las futuras costumbres de los hombres; habiéndolos creado con la intención de prestarles eficacia, debemos darles fe.
No riñas a tu mujer por simples murmuraciones. Con tus semejantes trata de vivir en armonía. En ninguna manera seas tú el primero en enojarte. No remedes a tus semejantes: déjese en paz a los tullidos, que los defectos que les afligen no son de incumbencia de otros. Tú querrás tener hijos: aquel que se burló de sus semejantes remedándolos suele tener hijos tarados. Debemos mirar a nuestros semejantes haciendo caso omiso de sus defectos; únicamente así engendraremos hijos sanos.
En esta forma aconseja a tu esposa en cuanto esté embarazada:
– No te burles de tus semejantes; míralos con sencillez; recíbeles con hospitalidad, a fin de que nazca un hijo hermoso.
Cuando tengas un niño, no permitas que pase hambre, por tratarse de quien ha venido para alegrar tu existencia. No has de castigarle; has de apaciguarlo; no te enojes con tu hijo y lo maltrates. Únicamente así volverás repetidamente a ver un niño, y los niños prosperarán.
Si la criatura padece de flatulencia, debemos friccionarla con cenizas calientes; con esto suelen sanar.
Cuando intenta dar los primeros pasos, con tuétano de huesos de venado debes friccionarle bien para que camine pronto.
Hallándose enfermo tu hijo y si ignoras qué remedios darle, debes invocar, clamando, a los que le enviaron. Al invocarlos, clamando, debes utilizar la neblina [humo] para prueba manifiesta de la fe y devoción que tienes para nuestros Primeros Padres. En esta forma les invocarás:
– Me aflige el mal estado de mi hijo, ¡ay de mí!, mi Primer Padre, mi Primera Madre. Por esto es que te invoco, acordándome de ti, Ñamandu Ru Ete, Ñamandu Chy Ete. Haz que los numerosos hijos de corazón grande que tú albergas para ejecutar tus designios cuiden de nosotros los que nos amamos y evita, por intermedio de ellos, que algo ocurra. Tú, verdadero Padre Jakaira, esparce sobre mí y mis compatriotas sin excepción la neblina, para impedir que algo ocurra.
La mujer, después de tener un hijo, debe abstenerse de carne, comidas irritantes, miel y sal. Durante una luna debe someterse a régimen. Nosotros no debemos hacer trabajos pesados cuando acaba de nacernos un hijo; en caso contrario, el niño se perjudica: debemos vivir con cuidado.
El remedio del mal de las criaturas crece en el suelo. Esto lo debes traer y aplicarlo repetidas veces al vientre de criatura.
Luego, del alero de la casa traerás tierra lavada por la lluvia y volverás a aplicárselo al ombligo. Esto lo sana rápidamente.
Por temor a que los seres invisibles perjudiquen a las criaturas, traerás cera de abeja "kuañetí" y harás velas que encenderás cerca de su cabeza de noche, a fin de que no les molesten.
Si la anfisbena aparece en nuestra vivienda, es para anunciar desgracias para las criaturas. Cuando esto ocurra, debes matarla y arrojarla hacia el Poniente para que nada pase.
Las niñas púberes no deben tocar cosas gemelas. Si llegan a tocarlas, el Ser Furioso se esforzaría por trocar el alma buena. En tales casos, las mujeres en estado de concebir deben recelarse de ellos, por temor a tener hijos imperfectos. Cuando nacen mellizos su madre no debe amamantarlos, sino arrojarlos lejos de sí.
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CUENTOS, LEYENDAS, CANTOS INFANTILES

EL QUE SE PRENDE DE UNA MARRANA POR HABER DESOBEDECIDO A SU PADRE
Esta leyenda narra las aventuras de un mbyá que tuvo que casarse con una marrana, después de haber desobedecido a su padre, que le ordenó no siguiese a los cerdos. Es frecuente que en cuentos y leyendas aparezcan casos de hombres que tienen que vivir entre los animales por haber desobedecido a sus padres o por no respetar las prescripciones establecidas para el estado de aku.

Un señor que buscaba fervor religioso estaba en la casa de las plegarias. Cantaba, oraba, se esforzaba en pos de la inmortalidad.
Luego envió a su hijo para que viera sus trampas, trampas para cerdos.
– Aunque no hayan caído cerdos, ven enseguida; aunque haya rastros de cerdos, no los sigas – dijo.
Había rastros de cerdos; nuestro paisano siguió los rastros. Por donde habían ido los cerdos se iba; al atravesar la selva y en un palmar en donde se dedicaban a comer logró, siguiendolos, entreverlos; por consiguiente se iba, se iba sobre las huellas de los cerdos, y en un lugar bajo les alcanzó. En dicho lugar, el guardián de los cerdos vio a nuestro paisano.
– ¿En busca de qué viniste? – dijo.
– En busca de cer... monos vine – dijo. Pues casi dijo "cerdos".
– En busca de cerdos vine, di – dijo el cerdo; y no habiéndole engañado:
– Elige aquella entre mis hijas que más te plazca y cásate; luego nos acompañarás. Caso contrario, morirás.
Se casó nuestro paisano con la marrana. Yendo por debajo de los aju’y, le hicieron subir; sacudía las ramas de los aju’y, echando la fruta a su esposa. De esta fruta él no comía.
– Entre las ramas ya he comido yo – decía.
Echaba frutas de yvyrapepé a su esposa; de esta fruta él no comía; luego llegaron junto a un guavira; de esta fruta comió también.
Luego llegaron a un agua extensa pero poco profunda, cruzándola primero nuestro paisano. Pero más tarde llegaron al Mar Grande, y tuvo miedo de bajar al agua.
– Desciende y agárrate a mis crines, y yo te haré cruzar – dijo su esposa.
Dicho esto, cruzó con él, llegando con él a la casa de su dueño, a la morada de Karaí Ru Ete Mirí.
En dicho lugar durmió cuatro noches con él. El dueño de los cerdos convidó a nuestro paisano con harina de maní milagrosa; pero a pesar de ello al cabo de cuatro noches nuestro paisano no se sentía feliz; por consiguiente, se dirigió hacia su casa.
Entonces, su esposa dijo:
– ¡Oh, truenos, me recordáis el tiempo en que comía harina de maní milagrosa! No digas esto cuando oyeres tronar.
Ya volvía, llegó al Agua Grande, a la orilla del Mar Grande. Miró: no le sería posible cruzar. Entonces vio un pato, un pato con una canoa.
– Llévame a través del agua – dijo el indiecito.
– No, es demasiado pequeña mi canoa – dijo.
Luego vino un mbigua [ave somorgujadora].
– Llévame a través del agua – dijo.
– No, es demasiado pequeña mi canoa – dijo nuevamente el mbigua.
Después de estas cosas, vino un jakaré [caimán], con sus numerosos hijos vino.
– Señor hechicero de tersa espalda y ojos refulgentes como flores de mburukuja, llévame a través del agua – dijo el indio.
– Te llevaré a través del agua – dijo.
La canoa de él era grande. Descendió [al agua] y partieron. Entonces los hijos del jakaré dijeron:
– Sabroso bocadito, sabroso bocadito – dijeron.
Lo lamieron los hijos del Jakaré.
Luego partieron [nuevamente].
– Jakaré con párpados semejantes a ranchos destartalados di – dijeron a nuestro paisano.
– No, se acuerdan demasiado bien de ti las doncellas [te tienen en gran estima] – dijo el mbyá.
– ¿Y qué es lo que dicen cuando se acuerdan de mí? – dijo el jakaré.
– El Señor Hechicero de tersa espalda y ojos relucientes como flores de mburukuja, dicen – dijo el mbyá.
Se rió jakaré: – ¡Já, já já!
Y después de haber andado un largo trecho:
– Viejo jakaré con la espalda cubierta de pústulas – dijo el jakaré.
– No – dijo el mbyá –, en demasiada estima te tienen las doncellas.
– ¿Y qué dicen cuando se acuerdan [de mí]? – dijo.
– El Señor Hechicero de tersa espalda y ojos relucientes como flores de mburukuja – dicen.
Se rió jakaré: – ¡Já, já, já! – dijo.
Luego, habiendo andado un largo trecho, alcanzaron un árbol inclinado [sobre el agua].
– Jakaré viejo con espalda cubierta de pústulas y párpados como ranchos destartalados – dijo el mbyá al saltar; y echó a correr de aquel lugar.
Entonces el jakaré le siguió corriendo. Nuestro paisano llegó a donde pescaba un martín pescador grande.
– Me persigue un jakaré – dijo.
– Entra debajo de mis pececitos, entonces – dijo el martín pescador.
Entró debajo de los pescaditos, en el canasto. Llegó el jakaré.
– ¿No vino un mbyá? – dijo.
– No vino – dijo el martín pescador.
– Mientes – dijo el jakaré –; por aquí vino; se ven sus pisadas; tú lo has escondido.
– No fui yo – dijo el martín pescador.
Luego, estando ya por emprender vuelo, alzó el canasto sobre la cabeza, llevándolo a bajar en medio de una pradera.
De aquel paraje se alejó nuestro paisano y llegó a la casa del ciervo; tarde llegó. El ciervo se preparaba para dormir; nuestro paisano no tenía cama.
– Dormiré aquí – dijo.
– No, allí voy a poner los pies – dijo el ciervo.
– En este lugar dormiré – volvió a decir el mbyá.
– No, allí recostaré mi cabeza – dijo.
Entonces, en vista de que no había en donde dormir, siguió su viaje, llegando a la casa de la perdiz.
Allí dormiría nuestro paisano. Estaba, además, el sapo; dormía en casa de la perdiz. La perdiz dijo:
– Atizad sencillamente el fuego, pero no lo sopléis – dijo.
Dicen que hacía frío; nuestro paisano no aguantaba el frío; al atizar el fuego, lo sopló.
Dicen que la perdiz ya dormía; al soplar nuestro paisano el fuego, parece que se asustó y debido, aparentemente, al susto, levantó vuelo, llevando consigo todo el fuego. Nuestro paisano se quedó con el sapo.
Dijo el sapo:
– ¿Tú no has tragado fuego?
– No he tragado – dijo –. Y tú, ¿acaso has tragado?
– Parece que he tragado – dijo.
El sapo lanzó; prendieron lumbre; durmieron.
Al amanecer siguió el viaje nuestro paisano, llegando a la casa de la lechuza. Solamente estaban los chicos; su madre no estaba; preguntó por su madre.
– Pues hace rato que fue a pescar – dijeron.
Apenas amanecía, vino llegando la madre; parecía traer pescados, pero en vez de pescados traía grillos, un canasto adornado lleno traía. Entonces dicen que [dijo]:
– ¿Por qué será que, habiendo alguien tratando de atrapar pececillos, se me antoja oír al chico decir: ¡Oh, Lechuza! Pues así, en verdad, ha dicho.
En vista de ello:
– Volvamos – dijo el mbyá –; vamos a escudriñar.
Se fue con la lechuza.
– Pues, éste es el lugar – dijo.
– Dedícate, entonces, a buscar tu presa – dijo el mbyá.
La lechuza se dedicó a cazar.
– ¡Oh, lechuza! – pareciera decir el hijito.
Escuchándole, dijo la que se hallaba dentro de la casa: allí, efectivamente, se hallaba la madre del mbyá.
– Salud – dijo el mbyá.
– Salud – dijo su madre.
– ¡Ay, hijito! – dijo, y cayó muerta al suelo.
El mbyá enterró a su madre. Al día siguiente fue a bañarse; estando en la fuente tronó. Al acontecer esto, dijo nuestro paisano:
– ¡Ay, está tronando, como si estuviera yo comiendo harina de maní milagrosa en la morada del verdadero dueño de los cerdos!
Al decir esto, emprendió vuelo convertido en ave kuchiu.

EL EIRA JAGUA Y EL PAÍ SE ATACAN
Este cuento habla de la lucha que sostuvieron un guaraní del grupo paí y un ser mitológico, monstruo de forma humana, con el cuerpo cubierto de escamas impenetrables. Tiene el eira jagua, sin embargo, un punto vulnerable: la boca del estómago.

Un paí se casó con la hija de un paisano nuestro.
Después, dicen, hallándose enfermo su suegro, fue el paí a la selva a buscarle algo qué comer.
Caminando, llegó a donde un jaguar había derribado un tapir. Al llegar [el paí] el jaguar se hallaba tendido sobre su presa; el paí, entonces, hirió con flechas al jaguar, y lo mató. Se alejó del lugar; transportó toda la carne del jaguar a la casa de su suegro; la carne del tapir también la llevó.
Pues bien, al día siguiente volvió a la selva; escuchó en la selva el ruido de alguien producido en la cima de un pindo con una calabaza. Mirando, el paí vio una eira jagua hembra. El arco que la eira jagua hembra había dejado recostado contra el tronco del pindo lo cortó en pedazos el paí. Al hacer esto, la eira jagua vio al paí.
– ¡Uh, hombre! – dijo.
Descendió la eira jagua y, hallándose a mitad del camino entre la cima del pindo y el suelo, y queriéndola herir el paí con flechas, dio ella la vuelta al tronco del pindo, como si fuera pájaro carpintero, y la erró.
Entonces la eira jagua bajó al suelo; al hacerlo, el paí le hincó en la boca del estómago un cuchillo, matándola.
Al dormir, soñó con ella. Al amanecer contó a su suegro.
– Anoche tuve una pesadilla – dijo.
– En tal caso, no vayas a la selva – dijo su suegro.
A pesar de ello, fue a la selva.
Al aproximarse al lugar en donde había dado muerte a la eira jagua hembra, escuchó a quien hablaba.
El que hablaba decía:
– Si el hombre es más hábil que yo, me matará; si yo soy más hábil, le mataré yo.
Prosiguiendo su camino, se encontró con el eira jagua. Al encontrarse con el paí, el eira jagua disparó flechas; un carcaj de flechas traía debajo de su brazo. Al atajar el paí las flechas, las cortaba en pedazos. Luego, habiéndosele terminado las flechas, el eira jagua intentó hundirle el cráneo con el arco.
En vista de ello, el paí volvió a cortar en dos el arco con su cuchillo largo. El paí ya estaba cansado; se cayó; cayó de espaldas. Al caer, el eira jagua lo asió de los cabellos de la coronilla, mordiéndole en la manzana. Al morderle en la manzana, el paí extrajo de su cintura un cuchillo corto y lo clavó en la boca del estómago. Murieron ambos, por consiguiente, el uno encima del otro.
Después, su suegro, en vista de que no volvía su yerno, le siguió los pasos. Halló a su yerno y al eira jagua muertos, uno encima del otro.
– ¡Ay, yerno mío, a manos de un ser semejante a éste habías de encontrar la muerte! – dijo.
Luego fue su suegro a contar lo ocurrido a los de su pueblo, y vinieron sus paisanos a verlo. Solamente entonces fue que los separaron y los enterraron en el lugar.

LA DONCELLA QUE SE PRENDÓ DEL DUENDE QUE SILBA
Este cuento hace mofa de un duende que silba, ser que es dueño de los venados. Habiendo ido a cazar con sus cuñados, como ningún poder tenía sobre los cerdos, se asustó, y para justificarse ante ellos fingió haber sido mordido por uno de ellos en el ano.

La hermana núbil de un mbyá se prendó de un duende que silba.
El mbyá desbrozaba una parcela de cañas; al llegar el sol al cenit volvió a su casa.
Mientras él se iba a su casa, salió el duende y arrancó grandes cantidades de cañas. Al volver el mbyá vio todas las cañas que había arrancado y volvió a su casa.
Al llegar, dijo a sus compañeros:
– ¿Quién será el que arrancó cañas en el lugar que yo desbrozaba? – dijo.
– Vamos, pues, a ver – dijeron sus compañeros.
Al llegar, se pusieron a escudriñar, rodeando el lugar desbrozado.
Salió el duende. Su esposa también escudriñaba desde un lugar cercano a la parcela desbrozada. Al salir el duende que silba salieron también los mbyás, con intención de cogerlo. Por ello, se enfureció el duende e iba a matar a todos los mbyás. Su esposa dijo:
– Deja que te cojan tus numerosos cuñados.
Se dejó prender; su esposa salió también a donde estaban sus hermanos. Lo llevaron sus hermanos a su casa.
El duende que silba fue a la selva con sus cuñados en busca de animales. El duende encontró un venado y lo mató. Siguieron caminando y sus cuñados escucharon ruido de cerdos en la lejanía. Al escucharlo, lo contaron al duende que silba, y él se dirigió al lugar en donde había cerdos. Dijeron sus cuñados:
– Cerdos sí que no ha de matar muchos – dijeron.
Al llegar a donde había cerdos, se asustó y gritó lastimeramente. Al escucharle [dijeron] sus cuñados:
– ¡Ahí lo muerden!
Diciéndolo, se fueron. Al llegar donde estaba su cuñado:
– ¿Dónde te mordieron? – dijeron.
Al decir esto, él se agachó, mostrándoles su culo:
– Pues, es aquí que me han mordido – dijo.

EL JAGUAR Y EL ZORRO
Dicen que el jaguar se encontró con el zorro. Quiso comerse al zorro; por consiguiente, habló así [éste]:
– Aunque me comieras, no te hartarías; déjame ir a buscar donde abundan los tapires, mi abuela – dijo.
– Bien – dijo el tigre.
Se fue el zorro a buscar; encontró un lugar en donde abundaban los tapires. Se fue el jaguar y derribó uno de los más gordos. El zorro quería comer de lo que comía el jaguar; no queriéndole dar:
– Tírame aunque no sea más que la vejiga – dijo.
Ésta la infló el zorro y la sacó al sol; hallándose seca, cazó moscas y las cargó en ella, innumerables moscas cargó. Presas las moscas en la vejiga, producían un ruido semejante al de numerosos perros ladrando al unísono. Ató a la cola del jaguar la vejiga con las moscas dentro, y hecho esto habló así:
– Presta atención a aquel ruido; se trata, sin duda, de perros que se nos vienen encima.
A raíz de esto, el jaguar prestó atención, pero, no obstante haber oído, siguió comiendo.
Entonces el zorro habló así:
– Presta atención, pues ahí vienen, sin lugar a dudas.
A raíz de esto, echó a correr el tigre. Habiendo corrido lejos, hizo alto para escuchar: orase aún, indiscutiblemente, el ruido de perros que venían. Por consiguiente, volvió a correr nuevamente; se fue más lejos y, volviendo a escuchar, oyó el ruido indiscutible de perros que venían.
Por consiguiente, volvió a correr; se fue lejos; de nuevo paró; hallándose cansado, se dispuso a luchar: se presentaban mal las cosas.
Haciendo alto, se volvió hacia atrás, escuchando de nuevo detrás suyo el ladrido de los perros. Por consiguiente, de nuevo se dio vuelta; nuevamente detrás suyo se escuchaba el ladrido de los perros. Fue entonces que, sin mudar de lugar y mirando disimuladamente hacia atrás, descubrió que el ruido que semejaba el ruido de perros era producido por las moscas encerradas dentro de la vejiga. Habiéndose ya alejado mucho de su presa, se retiró del lugar sin rumbo fijo.
Después de mucho tiempo, volviéronse a ver [el jaguar] y el zorro. En dicha ocasión, le dijo:
– Ahora sí te comeré – dijo.
– Aunque me comieras, no te hartarías, abuela – dijo el zorro –; déjame más bien ir a buscarte un camino donde puedas acechar [la presa]; un camino de hombres – dijo.
– Bien – dijo el tigre. Se fue el zorro en busca de un camino; encontró un lugar muy transitado y, en consecuencia, volvió a contárselo a su abuela. Luego fueron a acechar; en cuanto al zorro, se apostó cerca de su abuela.
Después de una larga espera:
– Parece que ya vienen – dijo el tigre.
– Déjame mirar a mí – dijo el zorro.
Mirando, vio a tres muchachos que venían: tres venían.
– Ya vienen – dijo.
– ¿Estoy esperando en posición ventajosa? – preguntó el jaguar.
– Espera aún – dijo el zorro –; los que vienen todavía no son hombres; son solamente futuros hombres – dijo.
No los detuvo, por consiguiente; fueron pasando y se alejaron los muchachos sin detenerse.
Después de larga espera, nuevamente:
– Parece que ya vienen – dijo el tigre.
– Déjame mirar a mí – dijo el zorro.
– Ya vienen – dijo.
– ¿Estoy acechando bien? – dijo el tigre.
– Todavía no – volvió a decir –; el que viene ha dejando de ser hombre.
Por tratarse ahora de un anciano que venía, habló así.
Nuevamente no lo atajó, dejándole pasar.
Después de otra larga espera:
– Parece que vienen – dijo el tigre.
– Déjame mirar a mí – dijo el zorro.
En esta ocasión vio que venía uno con arco; venían, además, tres perros.
– Ahora sí que viene un hombre – dijo.
Porque ahora venía aquel que fatalmente iba a matarlo.
– Ponte y espera – dijo.
Los perros ya venían acercándose al lugar donde estaba el tigre; ya ladraban al unísono. En cuanto al jaguar, rugía de una manera espantosa. Al oírlo, se acercó corriendo el dueño [de los perros].
Al llegar, y al erguirse contra él el jaguar, le hirió con flecha de hierro; le volvió a herir; le volvió a herir nuevamente, derribándolo muerto.
Por haber deseado el zorro que así ocurriera, solamente cuando venía uno que llevaba arco dijo:
– Ponte bien al acecho.

CANTOS CON QUE LOS NIÑOS ACOMPAÑAN SUS JUEGOS

Dicen que el loro ha muerto.
¿Por qué será que murió?
Estalló en llamas y murió.
¿El sapo me ha?

Mi lindo hermanito,
después de irte allende el Paraná
vuelve pronto.
¿En dónde te quedarás?
Me quedaré en el afluente del agua angosta.
¡Ijeije!
Pequeña ave sayjoyvy,
después de andarte buscando
y errándote repetidas veces
el pájaro tucán amarillo,
se lamenta por ello.
Ero tori,
ero tori, tori;
eroije,
eroije, ije,
eroije.
La torcaza ¡pobrecita!
muerta su compañera,
a lo largo de los caminos
!Uh! Uh! Uh! Uh!, dice.

CANCIONES DE CUNA

Escucha el ladrar de los perros,
mi hijo; duerme, pues, ven.

Duerme, pues, niño, que tu padre
va a traer un venado moteado para tu animalito;
y una oreja de liebre para tu collar;
y frutas moteadas de la espina para tus juguetes.

CANTO INFANTIL
A diferencia de los anteriores, este cuento tiene todas las características de un canto mítico.

Chapire, ven, pues,
frente al karanda de hojas relucientes.
Cuando se arrodilla, se arrodilla la verdadera madre de los Tupá,
le resplandece el cuerpo, le resplandece el cuerpo.
Y cuando le resplandece el cuerpo
los hijos de Tupá se balancean acompasadamente,
se balancean acompasadamente.
Y cuando se balancean acompasadamente,
el Suruku’a eterno se lamenta tristemente,
se lamenta tristemente.
Y cuando se lamenta tristemente,
y por los caminos, los caminos vamos caminando,
y "me duele la cabeza" decimos,
el alma del árbol nos hiere, nos hiere.
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Fuente:
Versión de textos guaraníes por
LEÓN CADOGAN
Introducción, selección y notas por
A. LOPEZ AUSTIN
EL LEGADO DE LA AMÉRICA INDÍGENA
Serie del Instituto Indigenista Interamericano
publicada con la colaboración de la Fundación
Wenner Gren para Investigaciones Antropológicas.
Coordinadores: Miguel León-Portilla y Demetrio Sodi M.
EDITORIAL JOAQUIN MORTIZ – MÉXICO
Primera edición, agosto de 1965
.
VERSIÓN DIGITAL:
BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY ,
IR AL INDICE de
LA LITERATURA DE LOS GUARANÍES

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