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jueves, 19 de agosto de 2010

MARÍA LUISA ARTECONA DE THOMPSON - ELEGÍA DEL ÁRBOL FENECIDO Y POESÍAS / Fuente: EL CANTO A OSCURAS (POEMARIO, 1986)


POESÍAS DE
EL CANTO A OSCURAS
Autora:
MARÍA LUISA
ARTECONA DE THOMPSON
(Enlace a la GALERÍA DE LETRAS del
.
Elegía del árbol fenecido

Ya no vendrá la luna por las noches
entre la escarapela de las hojas.
Ni el ocaso ha de empañarse
con la alegoría de pájaros cansados.
Las estaciones reinarán en el vacío.
El sol rodará sus despedidas
en follajes elípticos.
Sin el árbol, el río será un intento
de emociones caducas.
Habrán de someterse cien años de experiencia
en el trajín del patio.
Se tejerán recuerdos del pasado
con luminosidad de historias
presenciales.
Revivirán los árboles ya muertos.
Cantarán los gorjeos olvidados.
Se escuchará crujir entre hojas secas
pisadas fraternales por los frutos.
Caminarán las siestas de verano
con la vivacidad de horas pasadas
y voces se alzarán. Aquellas voces
tan amadas aún hoy en sus silencios,
cuando la nítida infancia acariciaba
los vagos sueños de imposibles rosas.

Este gigante verde ya era viejo
y acortezado de sabias experiencias.
Era una inmensa ancianidad de honduras;
una dulce piedad de sufrimientos.
Él vio partir las cosas bienamadas.
Lejos de él velaron ataúdes.
Oyó el quejido leve de las cunas.
Fue el aya fiel de estos oscuros amos
que lo miran de hachazos fenecido.
Sólo la gratitud de las tristezas
que nos causan sus últimos descensos.
Sólo pena de lágrimas inertes
en su obligada muerte sin retorno.
Vivió un siglo de luz y se nos muere,
el verde antepasado, bajo el hacha.

En esta soledad amoratada
que roba al cielo su joyel de hojas,
la luna rondará como un sudario
en los sucesos de su inexistencia.
La fría madrugada de relentes
en presencia caerá de su partida
y los senderos de entonces, más nítidos
de sol, recogerán la cruel meditación
del que ha partido.

Fue una larga agonía de ramaje,
de pesado arrastrar por el camino.
Luego un tramo de luz en las hogueras
hacia el epílogo gris de las cenizas.
En lo profundo de la realidad acontecida
el elegíaco llanto de las penas
que del viejo gigante fenecido
hizo el motivo de su propia pena.
.
1952
.
Lo gris
.
Mi alma es hermana del cielo gris
y de las hojas secas
Juan Ramón Jiménez

.
Amo lo gris.
El plenilunio exacto
de la niebla sutil.
Hay algo melancólico,
indefinido y leve
en la dulzura del dolor así.

Amo lo gris
porque tras él espero
la forma iridiscente
de la felicidad.
En este nostalgioso cortejo
de penurias, sostengo la alegría
de mis heridos pies,
que sólo han encontrado
jazmines ya dolientes
y alguna que otra altura
de redención,
de luz.

Amo lo gris.
En el paisaje oculto
de la risa fugaz
hay algo de fragancias
magnólicas y errantes
que dibuja en los vientos
la transparencia gris.

Amo en lo gris
un cuento de la vida,
orfebre de soledosa
vastedad.
Pinar profundo.
Retorcidas ramas.
Alas que sueñan así
la inmensidad.

Amo en lo gris
el fondo de las aguas
donde se esconde la pasión
del coral.
La terneza de algas.
La sed del mismo vuelo
en procura insaciable
de la lumbre inmortal.

Amo en lo gris
el luminoso marco de las cosas.
El diálogo infinito
del invisible ser.
La amada luna ausente
de las noches veladas
por ese signo oculto
de lo insondable gris.

La angustia que sumerge
sus manos ateridas
en ese mar oscuro
sin conocer el fin,
fue en busca de la estrella
y a veces fue la piedra;
quiso en sí las espinas
y se le dio el dulzor.

La mano de la angustia
tiene falanges grises.
Diez centinelas duros
sobre el reloj de cal.

Los diamantes son grises.
Las esmeraldas grises,
y el brillo que deslumbra
les damos en la lucha
de ansiar en nuestro cielo
la rosa venturosa
que viene de lo gris.

Amo lo gris
talvez porque a mis ojos
dieron color de la fruta total,
que sabe dar al tiempo
de la dicha su esencia
y al tiempo de la pena
sus lágrimas de miel.

Amo en lo gris
indefinidamente,
la llovizna, la niebla,
la arboleda sin sol,
que atesoran en torno
de cosas olvidadas
todo ese mundo tierno
que me hace amar lo gris.

Amo lo gris
indefinidamente,
y soy apenas, creo,
un estuche pequeño de grises
terciopelos
que aprieta el rojo exacto
de la vida que bebe
su propio corazón.
.
1953
.
El facón

De luna helada
es tu facón, arriero,
que se aprieta
al calor de tu cintura;
con él se rompe
la corteza dura,
la fruta agreste
que tu sed convida;
con él tiembla
el amor si la enramada
en Santa Fe y guitarra
se desviste.

Si la noche se cruza
en tu camino
sobre las ancas negras
de tu potro,
es su fulgor
candela y compañía
que te despoja el miedo
de algún pora.
Facón de historia
y de leyenda pura
que con valor cruzó
la Guerra Grande
y estremeció de horror
los cañadones
de la guerra chaqueña.
Estrella de la siembra
y la ventura,
cuando la paz
te arrime,
junto al fogón
que deshilacha
el caso
o presiente
al fulgor de la alborada
la serenata dulce
de la amada.

Facón que enrieda
en su metal desnudo,
el símbolo viviente
de una raza
cobre y ceniza
y luz
en lontananza.
.
1954
.
Ahora

Una infinita, dulce y dorada tristeza
puebla los dinteles de la tarde.
Y el alma, a flor de alma,
transida de alegría bebe
la voz de todos sus recuerdos.
Amados. Siempre amados y presentes.

Un inefable y místico anhelo
vibra en el cáliz casi ya nocturno.
Desbordan las corolas sus recintos
hasta el borde del corazón sereno.

Las formas del crepúsculo se yerguen
hasta la estrella de la noche en marcha.
Y sobre el breve temario de la tierra,
amando está mi corazón el rostro puro
de su gran Destino.
.
1960
.
De un extraño decir

Sufrir en la palabra cuesta poco,
es apenas la queja en melodía
que al viento da la voz.
Si en lo profundo no lo lleva el alma,
¿qué nos vale decir el sufro yo?

Cuesta poco decirlo en la palabra
y borrarlo después con una acción,
cual si no hubiere sobre el gran camino
justicia que cercene la impiedad.

Es en vano ante Dios lo más amargo
para romper la Fe que se nos dio.
No es en ofrendas de gentil espada

que se desgaja el árbol del dolor;
ni es el mentir los satisfechos goces
la inconmovible cifra del sufrir.
.
1960
.
Tiempo de la misma soledad

Qué dulce penetrar la edad primera,
ahora que estamos hechos de palabras y números;
vamos entrando hacia ella como cántaros frescos
con nuestras gredas duras de amargor y tormentos.
Dulce el encuentro nuevo de ascender
por el recuerdo de ese niño que fuimos
para alcanzar -apenas en intentos-
las brasas de aquel sol del tiempo antiguo.

Ahora es cuando emerge la niñez de la vida,
ahora que se comprende el misterio de las cosas sencillas.
Aún nos dura el minuto con sus pepitas de oro.
Aún el terrón de sal se viste de diamante.
Vuelve a surgir la vida por los brazos cansados,
hay un secreto anhelo de algún lugar del mundo,
horizonte remoto donde encuentre las manos
de aquella niña en fuga con la única flor
de la ilusión primera.

De pronto. Una mañana al mirar a lo lejos,
me sonrió en el tumulto de la calle asfaltada
y hoy sé que si el amor que amo ya no estará
a mi lado,
hay una sombra clara tan llena de palabras,
hay un cielo que copia la forma de los pájaros,
hay una flor distinta que es mi única amiga,
tiempo de soledad. Paloma y agua.
.
1962
.
Retrato de la casa paterna

El patio

Desde aquel tronco azul
la casa vela,
la sombra, sombra
de los verdes mangos
y la tenue pisada
de los pájaros
sobre la tierra limpia
de su patio.
Una fusilería de azahares
hiere la casa con metal fragante
y se puebla toda de nostalgias.
Allí en el sitio de un jardín pujante,
corolas amarillas y mostazas,
reía un viejo jazminero blanco,
devocionario azul de atardeceres,
donde la estrella de su carne blanca
se hizo la eterna novia de las aves.
Allá fue el sitio de una fronda inquieta,
donde la luna derramó sus mares
y las copiosas lluvias del verano
grabaron cicatriz en su corteza.
Hombro hacia el sur en otro tiempo ufano,
junio ofrecía el encanto frutal del aguacate.
Y allí también el murallón vecino,
torre de asalto de aventuras niñas,
guardó el encanto de la voz prohibida
de los adustos padres de la casa.
Troya a caballo con su Elena púber,
cuatro guerreros se lanzaban prestos
sobre el patio callado, en siesta clara,
para solaz de una amistad sin tregua:
Guillermina, Teresa, Jorge, Antonio,
abecedarios de aquel tiempo viejo,
armaduras del genio y de la risa.
Bajo el abierto cielo de sus noches
hacia la conjunción del puñal del marino
concluye la vasta sinfonía de aquel mandarinal
de orfebrería, con su perenne cuita de arboleda,
en el grito borrado de la brisa.
En los oscuros ángulos tirita la infantina cadencia
de algún mito con sus yva jarýi, con sus pomberos
y su sonaja cándida de «entierros».
Por aquí mariscales de epopeya cruzan en un corcel
apocalíptico, con sus seres de azul cortesanía,
duplicando el misterio de la endiablada grey
de los muchachos.

Galería

Trece columnas llevan desde sus dulces años
el reloj de su arena transitoria, y hay una mano
inmaterial que rompe la adusta cruz madura
de la rota ilusión de los amores con que soñaron
nuestros cortos años, y hoy en la piedra
han esculpido el rostro para dañarnos con su rosa herida.
La galería amable de la casa pone su nota de leyenda
cuando la admiración del transeúnte le ilumina su rostro
placentero con la frase gentil de algún requiebro.

Los padres

Algo de Nazareth tiene la estancia
desde el sagrado nombre de María,
letra que reza el nombre de mi madre,
dolor en el recuerdo de su ausencia.
Y aquel padre sereno, bendecido por extraña bondad,
dejó también la casa bienamada, allí dejó los hijos
que le lloran de amor sus cien costados.
Y aquella abuela casi sin palabras,
aquella viejecita, hilo de un lirio
inmaculado intenso, la que partió en silencio
un mes de mayo para aromar el alto campanario
de los recuerdos de su antiguo pueblo.
Su voz está escondida en un remanso claro
de la tierra, asida a los diáfanos ángelus
del pueblo, diluyéndose bajo el húmedo taladro
de la lluvia, cada vez hueso, hueso y hueso,
polvo, nada o viento, flor, cañaveral alado,
resina, miel o granada.
Y en su casita de barro, San Luis, patrono santo,
vela su noche enlutada sin las falanges cansadas
de la abuelita Raimunda.

El aljibe

Afuera la luna inalterable pasea entre resedas
y violetas moradas, mientras camina el aljibe
su cordillera cromada de henchidos malvones rojos,
anaranjados y blancos.
La silenciosa roldana mira su cielo de agua,
su oscura esfera de hierro ha enmudecido sus voces;
ya no hay canciones ni manos. Un tiempo nuevo ha llegado.

Los hijos

Setiembre gira su cielo. Claro cielo de setiembre
para recibir al niño que ya se llegó a la casa,
luz que se enciende en las manos y es un regalo divino.
Un encendido enero la casa verde palpita entre
las ensortijadas hebras de una cabeza de niño.
Un atardecer de mayo, María La Inmaculada,
deja en mis brazos la niña a la que tanto esperaba.
Y hacia un diciembre de pesebres claros, donde la flor
de coco dormita junto a mansas bestezuelas de barro,
mis carnes dieron un sueño de pupilas azules
y cachetes dorados. Cuatro nombres para el tiempo
de la espiga y la mies.
Y un solo corazón para amar el esplendor de Dios.
.
Fuente:
EL CANTO A OSCURAS
Autora:
MARÍA LUISA
ARTECONA DE THOMPSON
Edición digital: Alicante :
BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES, 2002
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción
(Paraguay), Alcándara, 1986.
.
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