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martes, 17 de agosto de 2010

NEIDA BONNET DE MENDONÇA - CAMINO A LA REDENCIÓN / Fuente: ORA PRO NOBIS. CUENTOS DE NEIDA BONNET DE MENDONÇA (1993)


CAMINO A LA REDENCIÓN
Cuento de
NEIDA BONNET DE MENDONÇA
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )

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CAMINO A LA REDENCIÓN
No se quien tuvo la ocurrencia de invitarnos a esa reunión en la plaza del pueblo. Me imagino que la idea debió partir de don Primitivo, porque él llevó la voz cantante y porque es hombre defensor de la moral ajena y acusador de pecantes. Está enterado de los males que nos aquejan en el presente e interpreta el pasado, a su modo, para encontrar verdades y con ellas orientar nuestro futuro. Era esa la cuestión, grave cuestión: orientar nuestro futuro.

Don Primitivo es un ser humano difícil de encuadrar. A pesar de ello insisto en que el proyecto posiblemente nació de él. Lo cierto es que aquella noche, en la plaza bien iluminada y repleta de gente, nos hizo un largo, larguísimo planteamiento y una corta proposición. A renglón seguido, con absoluto respeto se procedió a votar. Mujeres, varones y niños levantaron una mano, alguien las contó con cuidado y anunció:

-Setecientos votos a favor.

Un momento después otros pocos también levantaron la mano y la misma voz dijo:

-Diecisiete votos en contra. Entonces, como si don Primitivo hubiese recapacitado, anunció:

-El cómputo está equivocado porque no todos los que estamos aquí tenemos derecho a opinar y mucho menos a votar- se hizo un áspero silencio y luego ordenó-: Aquellos que ocuparon un cargo público en “esa época” que levanten la mano. A ver..., uno, dos, tres..., cinco, siete... Tenemos varios contaminados. Ustedes, sí, ustedes, ¿qué son? ¿Hombres o guiñapos...? Compueblanos: "Levantemos alrededor de estos sinvergüenzas el muro de nuestro desprecio. Debemos mantenernos alejados de los canallas, dejarlos solos y aislados; los amigos de los delincuentes son nuestros enemigos. Enciérrenlos y ni una palabra les dirijan. ¿Entendido?".

Se volvió a votar y con el nuevo resultado nos fuimos disgregando sin comentarios, dispuestos a respetarla decisión de la mayoría. Esa decisión cambió la sosegada vida de Santa Librada, mi pueblo.

Al día siguiente, antes de amanecer, se pusieron en movimiento mis vecinos Celedonio, Timoteo, Ramón, doña Petronita y sus respectivos parientes. Sorprendido por la febril madrugada sin mates ni chimentos, recorrí varias cuadras a la redonda y escuché proyectos de cooperación y préstamos para llevar a cabo lo resuelto en la asamblea. Menos diecisiete personas, las otras habían salido de su ritmo habitual. Corrían, gritaban y desenterraban herramientas de todo tipo. ¡Parecían trastornadas! El alboroto se les contagió a los perros y a las gallinas, que no entendían hacia dónde tirar para librarse de atropellos. Los niños loqueaban o reñían, pues nadie les prestaba atención. Debo reconocer, sin embargo, que las dificultades se resolvieron con rapidez y que en dos o tres días arrancó, sin mayores tropiezos, la ejecución de los planes.

Comenzaron por cavar un pozo en el patio de doña Vicenta, continuaron con otro en la casa de José-í, luego en la de Timoteo y así, sucesiva y solidariamente, llenaron de hoyos y cúmulos de tierra los alrededores de las viviendas. Cuando ya no les quedaba sitio para la descarga, ocuparon calles y veredas. Se armó tal batifondo con la llegada del viento norte que las mujeres principiaron con sus quejas. Estaban a un paso de arrepentirse al contemplar a Santa Librada envuelta en remolinos de un denso polvo bermejo. ¡Ni respirar se podía! No faltó quien les dijera que debían quedarse calladitas, que ellas habían elegido, que la libertad era así..., tenía sus inconvenientes y hasta podía uno equivocarse.

Mientras tanto los niños descubrieron la tierra prometida. Nadie logró sujetarlos. El día entero saltaban y rondaban de un montículo a otro, tirándose puñados de paraíso. La algarabía duró lo suficiente como para que hiciese su aparición el mal de ojos y comenzaran los lamentos y las curaciones.

Lo cierto es que en un santiamén todos, menos los opositores, tuvieron un pozo o un aljibe. Fue entonces cuando cortaron el suministro de agua corriente y de ese modo dejaron resuelto el primero de los problemas planteados en la asamblea. Es justo reconocer que evitaron tocar los caños y las llaves de paso de los que opinamos diferente. Lo que no pudieron evitar fue el rezongo de las mujeres que, en fila india, trajinaron hacia el arroyo con baldes, cántaros y atados de ropa sucia. Los hombres de Santa Librada hicieron oídos sordos a tales plagueos, alegando que continuarían, a cualquier precio, con el plan de recuperar la rectitud y la vergüenza perdidas.

Ese sábado veintisiete, tempranito, una cuadrilla de demolición salió armada de palas y picos para levantar el empedrado de nuestras calles, salvo unos pocos parches frente a las casas de los disidentes. Otro equipo bien pertrechado, con don Primitivo por delante, se afanó en derribar el puente que cruzaba el arroyo y nos comunicaba con la ciudad. Por la noche nos reunimos de nuevo en la plaza y se armó la segunda trifulca. Los habitantes de Santa Librada se percataron de que el perjuicio era mayúsculo. ¡Ningún vehículo podía entrar ni salir del pueblo! Trataron de arreglar el entuerto y hablaron de andar a pie o en burros, como años atrás. Los ancianos y los enfermos que no pudieron intervenir en la reunión anterior pusieron el grito en el cielo, pero de poco les sirvió. La mayoría estaba de acuerdo en que era cuestión, una vez más, de dignidad. Y con grandes abrazos, música y pasteles festejaron la decencia estrenada.

Los acontecimientos se pusieron realmente feos una semana más tarde, cuando tiraron abajo la escuela de material. Mi vecino, don Almada, sugirió a las maestras volver a la vieja, de paja y adobe. Es verdad, dijo, que está destechada, le faltan bancos y pizarrones, pero la construyeron con honestidad. ¡Nadie robó un centavo! A los alumnos no les interesó el razonamiento de don Almada e iniciaron un paro indefinido en la canchita de fútbol. Se le sumaron los más pequeños y luego las madres que, retobadas, dispusieron una huelga de camas y de ollas. A esta altura de los hechos Santa Librada ya estaba patas para arriba, pero la mayoría se mantenía firme y lo grave es que la cosa no acabó ahí.

Con la demolición del dispensario nos quedamos sin nuestro único doctor. Aprovechó la oportunidad don Ceferino, el curandero, quien, desgraciadamente, ni con buena voluntad consiguió hacer milagros. Así las cosas, casi se nos mueren el pobre Anselmo y Nicasia y Andrés. Aquella siesta de presagiador silencio, la madre de Angelita se puso a gritar como para que el mundo la oyera:

-¡No me interesa virar hasta que encontremos la honradez! Quiero a mi hija sana y salva. Lo que nos está pasando no pasaba cuando...

Un largo escalofrío recorrió al pueblo entero y pensé que "su ausencia era todavía demasiado presente".

Para el final dejaron el corte de la corriente eléctrica; respetando la luz de los que votamos en contra. La iglesia, la plaza, las calles y las casas quedaron a obscuras. No fueron suficientes lámparas y faroles que vendían algunos almaceneros. Rápidamente se organizó una comisión para traer de la ciudad otros artefactos. Al fin y al cabo nuestros abuelos vivían así, dijeron, y agregaron: ¡Muchos pueden atestiguarlo!

¿Y la televisión?, preguntó Juancito. ¡Queremos al Chapulín, chillaron los niños y las muchachas pleitearon para recuperar al Arnaldo de la novela. De este modo el pueblo entero avanzaba poco a poco hacia un conflicto declarado. Resolvieron entonces, siempre por mayoría, invitamos a otra reunión. Esa noche, a las ocho y media, Santa Librada parecía una procesión de linternas disipando sombras. Sus habitantes en pleno circulábamos a tropezones hacia la plaza. Hasta dos bobos, tres prostitutas y unos lisiados vi llegar. Nadie faltó. A la hora establecida nos encontramos alrededor de una tarima apenas iluminada por dos lámparas a kerosén sujetas a un poste. Don Primitivo se instaló en la altura y empezó con tono tranquilo a discursear. Sus palabras trajeron alivio y a continuación permitió unas pocas preguntas y reclamos que sirvieron de desahogo, aunque el disgusto todavía campeaba. Cuando la asamblea se apaciguó, subió a la tarima don Almada para decir las palabras finales:

-Somos personas decentes y no queremos aprovechamos de un progreso conseguido a costa de tanto tiempo de sufrimientos y robos. De común acuerdo hemos tomado esta serie de medidas para proteger la salud moral de nuestra colectividad. Fueron demasiados años de corrupción. ¿Fuimos cobardes o fuimos idiotas? No lo sé... -Don Almada hizo una pausa solemne y continuó-: En estas últimas semanas dimos ejemplo de civilización y obramos en consecuencia. Para luchar contra el fraude y la esclavitud hemos destruido lo que se construyó a costa del hambre y de la libertad. No dejamos piedra sobre piedra de ese tiempo de vergüenza; estamos yendo hacia atrás, bien atrás, porque pretendemos "empezar a vivir por cuenta de otro presente". ¡Compañeros, es hora de reparar nuestra deshonra!- concluyó, purificado y absuelto.

-¿Cómo saben que años atrás fueron tiempos dignos y honrados?- preguntó uno de los disidentes.

-No tenemos garantía. No podemos resucitar a nuestros mártires... Nada podemos asegurarles pero, si fuese necesario, seguiríamos retrocediendo un poco más -respondió el cura, ensotanado para la ocasión. El pueblo se santiguó y aplaudió.

-¿Y si tampoco entonces encontramos verdadera paz y felicidad?- preguntó doña Vicenta.

- Será cuestión de recular y recular...- sentenció Brígido.

En ese punto de la asamblea los diecisiete perdedores nos juntamos y luego de un intercambio de pareceres resolvimos opinar. Tuve yo la representación y subiéndome a la tarima dije, con absoluto convencimiento:

- Estamos de acuerdo. Nada debe tener su raíz en el mal. También nosotros nos unimos al viaje para atrás -y, concluyendo, agregué-: Tal vez un día lleguemos al Edén.
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NEIDA BONNET DE MENDONÇA
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Fuente:
ORA PRO NOBIS
Cuentos de
NEIDA BONNET DE MENDONÇA
INTERCONTINENTAL Editora y
ÑANDUTI VIVE Ediciones
Asunción-Paraguay
1993 (193 páginas).
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