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viernes, 3 de diciembre de 2010

RUBÉN BAREIRO SAGUIER - EL OCEÁNO DE NUESTRAS LENGUAS (Discurso de ingreso a la ACADEMIA PARAGUAYA DE LA LENGUA ESPAÑOLA) / Fuente: DIVERSIDAD EN LA LITERATURA DE NUESTRA AMERICA. VOL. II



EL OCEÁNO DE NUESTRAS LENGUAS
Discurso de ingreso a la
ACADEMIA PARAGUAYA DE LA LENGUA ESPAÑOLA.
Obra de



EL OCEÁNO DE NUESTRAS LENGUAS
Un símbolo que siempre me obsesionó es el de la lengua, esa infinita extensión de palabras, de voces, de sonidos, de términos, de expresiones, de absurdos, de pesadillas, de gritos, de bisbiseos, de susurros, de sueños... que parten del labio de mi imaginación y que, como una ola desbocada va a parar a alguna arena de ese océano que no posee orillas o que las tiene en cualquier parte del globo. La comparación no es gratuita: la misma ambigüedad en los orígenes y en las variaciones, en la difusión y en las fijaciones me permiten acercar el fenómeno «natural» al fenómeno «cultural». ¡Cuántas veces me he preguntado a propósito de la lengua o de los idiomas que se hablaban en la Antártida! Mi imaginación chovinista tendió siempre a convencerme que, en buena parte, era alguna de las variantes dialectales del guaraní. Y ello no es gratuito si se piensa que el Chaco fue lecho de mar, como se comprobó en la guerra con -y no contra- Bolivia: a escasos metros de la reseca, árida superficie, aparecieron muchísimas piezas variadas de la fauna marítima. Entonces, ¿por qué no...?
Dejo de lado las delirantes -más no incoherentes- suposiciones de mi imaginación para incursionar en el tema -oceánico- de nuestras lenguas, pues es necesario recordar que tenemos dos idiomas oficiales y vivos, lo cual es una «riqueza cultural» y no un «problema nacional», como una corriente pesimista (para no usar una descortesía) lo sostiene. Cabe recordar que no somos los únicos en el planeta, puesto que países de refinada cultura, como Suiza, posee tres lenguas oficiales y una cuarta, menos difundida.
Las precedentes consideraciones nos remiten a un antiguo proverbio castellano: «El que tiene dos lenguas tiene dos almas». Y como agrega Gustavo Garzo: «el alma es el frágil aleteo del lenguaje contra la muerte». Con lo cual estamos doblemente protegidos frente al vacío. Dos corrientes del inmenso océano de la lengua afirman nuestra existencia como entidad cultural.
Una tiene edad aproximada de nacimiento: Siglo XI, y lugar preciso: el Monasterio de Yuso, en San Martín de la Cogolla, en donde los monjes comenzaron a usar el naciente romance castellano en las transcripciones de los códigos latinos. Esa corriente, surgida de la lengua vulgar hablada por los soldados del imperio romano que invadieron la península, se fue mezclando, fusionando con las hablas de otros pueblos que se sucedieron, por razones bélicas o comerciales: celtíberos, visigodos, cántabros, germanos, griegos, fenicios, cartagineses, vándalos, alanos, francos, árabes (siete siglos), sefardíes..., para sólo citar los más importantes por los trazos culturales que dejaron, enriqueciendo la lengua que hoy hablamos cuatrocientos millones de personas, en todos los continentes del globo terráqueo.
El acontecimiento más sólido en ese proceso de expansión ha sido, sin duda, la llegada de Cristóbal Colón a las Indias Occidentales. El inicio de la empresa conquistadora, comenzada en 1492, por Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, hizo que el sol no se pusiera en el ámbito del naciente imperio -que se llamó América- y que a esta altura, tampoco la luna ni la más lejana estrella deje de brillar en el cielo un solo milésimo de segundo. El escritor Antonio Muñoz Molina, afirma, con sincero y generoso criterio, que España es una provincia más de la lengua castellana. Con lo cual está haciendo referencia a la realidad de nuestra pluralidad lingüística: como estamos orgullosos de hablar en castellano, lo estamos de hacerlo en guaraní, la lengua indígena que cubría, en forma discontinua la América del Sur, desde el Caribe hasta el norte de la Argentina, abarcando el Brasil (en donde se utilizaba principalmente el tupí, de la misma familia), parte de Bolivia, (Uruguay, Venezuela y Colombia como indica la toponimia, nombre de ríos, especialmente), y Paraguay, en donde sigue siendo el idioma mayoritario. De los 6.000.000 de habitantes con que cuenta el país, 87% lo habla o es bilingüe pasivo. Lo interesante es que no sólo es la lengua de los indígenas (actualmente no hay más de 20.000 guaraníes), sino la de la comunidad mestiza, incluyendo a los inmigrantes. Característica que se relaciona con la historia de la Provincia del Paraguay, que con la destrucción de Buenos Aires en 1541 -cinco años luego de su fundación-, Asunción (fundada en 1537) se convirtió en el centro de la colonización y conquista del Virreinato del Río de la Plata, hasta 1580, año en que un criollo asunceno, Juan de Garay, la volvió a refundar con 50 criollos e indígenas guaraníes. Ese casi medio siglo de ser cabeza del Virreinato, «amparo y reparo de la conquista», otorgó a la Asunción características particulares, tanto más que durante el citado lapso las españolas no viajaron a la Provincia, hasta 1555, año en que Doña Mencia de Calderón, acompañada de cuarenta mujeres llegaron a Asunción. Esas casi tres décadas crearon en la región un mestizaje particular: los hijos de españoles y mujeres indígenas se denominaron «mancebos de la tierra» -la palabra «mestizo» era despectiva en toda la colonia- y adquirieron un cierto estatuto especial basado en la relación del parentesco generalizado. Efraím Cardozo llama el fundador del mestizaje al Gobernador Domingo Martínez de Irala, que gobernó 16 años, pues en su testamento reconoce a todos sus descendientes, habidos con siete indias guaraníes, legándoles sus-relativamente escasos-bienes y su apellido. La mezcla particular, la calidad de «mancebos de la tierra», les acordó ciertas prerrogativas que no tenían los mestizos en el resto de la colonia: el acceso a ciertos puestos, la autorización de montar a caballo y la de portar armas, sin duda basadas en las relaciones familiares. Esto no quiere decir que la institución de la encomienda no existiera, sino que su práctica fue posiblemente menos severa que en el resto del continente. En 1599 los «mancebos de la tierra» obtienen iguales derechos que los españoles.
En todo caso, el relacionamiento con los «hijos de la tierra», creó la situación de relación particular en el océano de nuestras lenguas. La escasa implantación de españoles -ocupados por lo demás en las tareas de la conquista- fue determinante para la conservación y el uso preponderante de la lengua indígena, el guaraní, puesto que la madre india criaba al mancebo en su lengua. El guaraní es pues lengua materna, en el sentido propio y figurado de la expresión. La sedentarización, el mestizaje particular de la aislada provincia, en la que el mancebo ocupa un sitio de relativa importancia, su participación en la vida pública, son circunstancias que distinguen el régimen de la Provincia del Paraguay del de otras regiones de la colonia española en América. La lengua corriente -el guaraní- es uno de los soportes más sólidos que configuraron la búsqueda temprana de una identidad. Si en 1598 el gobernador Hernandarias de Saavedra dispone que las nuevas Ordenanzas sean pregonadas en guaraní y en castellano y sus copias afichadas en ambas lenguas, se puede constatar no sólo la imposición del idioma aborigen, sino el reconocimiento al nivel oficial de su presencia privilegiada, ya a fines del siglo XVI.
Las evocadas circunstancias lingüísticas fueron estimuladas e incentivadas, en el lapso de los tres siglos de colonización, por la experiencia de las misiones, de la orden franciscana primero, y especialmente de la jesuita, posteriormente. Realizadas exclusivamente con los indígenas, las reducciones, utilizaron únicamente el guaraní como medio de comunicación e instrumento de la cristianización, tarea privilegiada de los evangelizadores. El franciscano Luis de Bolaños hizo la primera traducción del catecismo al guaraní. La orden trabajó en «pueblos de indios», relativamente en contacto con los mancebos de la tierra, fundando las primeras misiones e iniciando la utilización del barroco en templos y tallas de gran valor artístico.
Pero han sido las reducciones jesuitas las que realizaron, durante un siglo y medio, una experiencia social, económica y cultural de gran envergadura, que puede ser calificada como una «tentación de utopía» cristiana. Habiendo marcado profundamente la historia de la provincia, sigue siendo un referente de organización colectiva particular. Realizadas en círculo cerrado, únicamente con indígenas, las reducciones jesuitas utilizaron sólo el guaraní como lengua de comunicación, traduciendo todas las obras de evangelización a la misma, creando una literatura de servicio. Excelentes lingüistas, trabajaron eficazmente en la materia. El más importante, Antonio Ruiz de Montoya, no sólo se redujo a traducir el catecismo, sino que realizó una obra colosal en guaraní, dotándolo de una gramática y un diccionario, con lo cual se «normalizó» la lengua. Su trabajo de excelente lingüista le fue conduciendo de una inicial desconfianza a un entusiasmo ferviente por el guaraní, como él mismo lo declara: «Treinta años he gastado entre gentiles y con eficaz estudio he rastreado lengua tan copiosa y elegante, que con razón puede competir con las de fama». Fue el animador de la evocada literatura católica en guaraní, con lo cual se demostró que era una lengua «culta y civilizada» -no «inferior», como pretendían sus detractores-, puesto que en ella se podían expresar acabadamente los principios de la doctrina cristiana, los preceptos de la «fe verdadera». Aunque esa literatura se construyó distorsionando múltiples significados, resemantizándolos a fin de evitar «las supersticiones paganas», inclusive «diabólicas», o maquillando aquellos que pudiesen arrojar una sombra de sospecha con respecto a los valores -no solamente religiosos- que se querían imponer. Es en este dominio -también y especialmente-, que se puede hablar de reducción.
Bartomeu Meliá (S.J.) lo explica con gran claridad: «Las tres reducciones lingüísticas - escritura, gramática y diccionario- sirven de soporte a la reducción literaria propiamente dicha. La lista de escritores en guaraní de los siglos XVI y XVII, es un claro índice de la reducción de estilos y de temas: catecismos, sermones, rituales y libros de piedad. En su mayor parte traducciones. La letra prestada se resuelve en una literatura prestada».
También los significantes han sufrido presiones y modificaciones; el sistema fonético y la morfosintaxis recibieron improntas de los modelos del castellano. La «dura prueba de las adaptaciones necesarias» comienza a funcionar, ese recurso de la dinámica propia a las lenguas vivas que siempre caracterizó, desde sus inicios, el encuentro castellano-guaraní. Y ello fue recíproco, se produjo -se produce- en una y otra lengua.
De todas maneras, la experiencia jesuita constituyó un éxito, no sólo en el ámbito lingüístico, sino en el de la organización social, en los logros económicos y en los de la cultura. Las imponentes ruinas de los templos y edificios de las misiones, así como las maravillosas esculturas, tallas y pinturas -sin olvidar las obras musicales -que se pudieron conservar, son muestras fehacientes del esplendoroso barroco hispano- guaraní que se produjo en el siglo y medio de su presencia en la región.
Al margen del guaraní misionero, la trayectoria de la lengua elegida como medio de comunicación general por los mancebos de la tierra, siguió su evolución en la provincia civil del Paraguay, en contacto con el castellano. Sin menoscabar la experiencia lingüística de las misiones, es esa lengua de los mestizos, con los aportes hispánicos e indígenas, la que constituye el sistema de lo que se denomina guaraní paraguayo y también el del castellano paraguayo. El arribeño hispánico incursionó en la lengua indígena, por lógicas razones de comunicación; y con ello fue introduciendo elementos de su propio idioma. En ese intercambio sincrético, lleno de imágenes, se fueron concretando una y otra lengua que, con sus penetraciones, préstamos y aportaciones, conviven en condiciones de lenguas vivas. La estructura de la una y de la otra se mantienen tal cual, con las naturales predominancias, en función de esferas de utilización «especializada».
Es admirable que el guaraní se haya mantenido con la fuerza que tiene en la sociedad paraguaya, durante casi cinco siglos, sin que jamás haya sido incorporado al sistema de la educación escolar. Pese a su utilización generalizada, sin distinción de grupos o clases sociales, el guaraní no ha podido escapar a ciertas prácticas discriminatorias, sin que sea posible, no obstante, reducir su vigor, ni la fuerza de su evolución. Como se afirma anteriormente, existe una referencia importante acerca de la utilización generalizada del guaraní por la población paraguaya: no es solamente una lengua hablada por los indígenas, sino también por los mestizos y los criollos.
En la Región Occidental o Chaco habitan otros pueblos indígenas, cuyas lenguas (con numerosas variantes dialectales) son totalmente diferentes y nada tienen que ver con el guaraní (son escasos y en el cuadro integran el 5% con las lenguas de los inmigrantes). La población indígena no excede de 90.000 almas en su totalidad.
Como la lengua guaraní nunca ha sido admitida en la enseñanza, la impronta de la oralidad la ha marcado. A través de la canción, la poesía ha sido su expresión mayor, juntamente con el teatro o los textos narrativos breves. La cultura guaraní no cultivó las artes materiales, puesto que, teniendo como creencia religiosa el animismo, la divinidad estaba en todas partes y era impensable, en consecuencia, representarla. Su contribución mayor es la palabra, se trata de una cultura oral tan vigorosa, cuya pieza principal de su literatura fue recogida por el gran etnólogo Don León Cadogan, a quien los chamanes mbya le dictaron, hacia los años 1930 y 1940. Le «revelaron», luego de haberlo integrado en el
«recinto de los fogones», de haberlo iniciado y «nominado» (el nombre, la palabra-alma es el elemento que da origen y simboliza la vida). El texto en cuestión se llama Ayvu Rapyta (Fundamento de la palabra humana), que encierra el «pensamiento del cual no se sabe lo que lo vuelve más admirable: su *profundidad propiamente metafísica o la suntuosa belleza del lenguaje que lo dice», tal como el antropólogo Pierre Clastres lo caracteriza acertadamente. Se trata de un hermoso conjunto que contiene la cosmogonía -de una inmensa originalidad-, los textos míticos, los heroicos, los rituales, las reglas del comportamiento, los consejos de convivencia e inclusive poemas de amor y canciones de cuna. Junto a este formidable monumento de la cultura inmaterial, existen otras manifestaciones importantes de la misma oratura, la danza y la música.
En 1940, un congreso internacional adoptó un alfabeto lógico y coherente, en el que a cada fonema corresponde un signo gráfico. Esta medida necesaria puso término a la anarquía que reinaba antes en la trascripción. Durante este mismo decenio comenzó a ser enseñado en los cursos de Letras de la Universidad Nacional.
Hacia los años 60, la dictadura lo incorporó, con criterio exclusivamente demagógico y con descarada ambigüedad, en los programas de enseñanza secundaria, dentro de un modelo de transición (utilización con el único objeto de pasar al castellano). La Constitución totalitaria de Stroessner, de 1967, estipula con el mismo criterio, que el guaraní es la lengua «nacional», atribuyendo al español el carácter de lengua «oficial».
El vuelco cualitativo se produjo después de la caída de la dictadura (1989). El régimen de transición democrática encaró una reforma educativa, de urgente necesidad, dado el estado lamentable en que se encontraba la educación nacional, desde hacía más de medio siglo.
El diagnóstico de estudio y de elaboración del proyecto comenzó en 1991 y culminó en 1994, con los comienzos de su aplicación y considerándolo una política de Estado.
En el ínterin, la nueva Constitución Nacional democrática, adoptada en junio de 1992, declara en su Artículo 140 que el Paraguay es un país pluricultural y bilingüe y consagra, en consecuencia, el carácter oficial del castellano y del guaraní, colocándolos en el mismo nivel.
El Artículo 77 estipula la utilización obligatoria de la lengua materna o corriente del educando, en los comienzos del sistema escolar introduciendo simultánea y progresivamente la enseñanza de la otra lengua oficial. El cuadro legal, establecido al nivel de ley suprema de la Nación, constituye caso único en Iberoamérica.
El Consejo Asesor de la Reforma Educativa, organismo que elaboró el proyecto, lo concibió adoptando el modelo de mantenimiento: no se estudian las lenguas como simples materias, se enseña en las mismas. El porcentaje cambia en 5% anualmente, de manera que, al cabo de nueve años -lapso correspondiente a la educación básica- exista un equilibrio de 50% en cada lengua. Lo que permitirá formar bilingües coordinados en un cierto espacio de tiempo. Es el desafío de un ideal asumido con convicción.
Entre esos resultados prometedores, es de señalar el incremento notorio de la literatura guaraní, no sólo la poesía, sino también la narrativa; varias novelas han sido publicadas en estos últimos años, como resultado evidente de la presencia de la lengua en los programas escolares.
Cabe ahora evocar la situación de la literatura paraguaya, en castellano. La misma tiene una larga tradición de presencia del guaraní, a través de estratos subterráneos y subrepticios, ya sea en el significante, ya sea en el significado, que penetran en la escritura en castellano, acordándole un matiz que enriquece esa producción literaria. Lo contrario también acontece con la escritura en guaraní, en función del fenómeno análogo producido en la interrelación entre ambas lenguas, como se apuntó más arriba.
Se puede afirmar que el plan de la reforma adoptado no privilegia ni excluye ninguna de las dos lenguas. Lejos de crear conflictos o reivindicaciones de carácter unilateral, y aún menos autonómicos o separatistas, el mismo armoniza los componentes lingüísticos de una cultura enriquecida por el mestizaje. La reforma se hizo con y no contra el castellano, lengua que, al mismo nivel que el guaraní constituye el acervo cultural más preciado de nuestra sociedad. No negamos ni renegamos de ninguna de nuestras dos lenguas oficiales. Las consideramos una «riqueza inestimable», y no «un problema insoluble».
El plan, en buen funcionamiento, se propone hacer plenamente efectiva la realidad del Paraguay, «país pluricultural y bilingüe», como establece claramente la Constitución. Así es consagrado, por otra parte, un acto de reparación histórica, que tiende a restituir su dignidad a toda la sociedad en su conjunto, asumiendo la condición plural de la cultura, la doble vertiente de su expresión lingüística. En una palabra, se tata de la reafirmación plena de la identidad nacional.
Una vez planteada la dicotomía lingüística e insistido en el proceso, menos conocido, de la trayectoria del guaraní, cabe explayarse en la producción literaria en castellano paraguayo, con las incorporaciones estético-lexicales de los guaranismos, superando la práctica de los narradores indigenistas hispanoamericanos, surgidos en las primeras décadas del siglo XX, que no conocían o no hablaban las lenguas aborígenes y abundaban con molestas y engorrosas citas al pie de página (1).
El procedimiento utiliza -por lo general- la incorporación de expresiones, términos o sonidos guaraníes, obtenida por la estructura aglutinante del idioma que son comprensibles gracias a efectos fonéticos o «digeridos» en el ámbito de la frase, en las palabras castellanas en ella contenida, sin necesidad de hacer el molesto llamado al pie de página. El recurso metafórico le agrega un componente estético imprevisto y de gran eficacia expresiva.
En la frase anterior me refiero al método utilizado especialmente, por Augusto Roa Bastos, quien de manera más consciente se abocó a ese recurso estético de lo que yo llamo fecundo mestizaje lingüístico. Es el narrador que ha conseguido superar las incompatibilidades agudas entre ambas lenguas, aprovechando diestramente la «rica y oscura porción de nuestra realidad ambiental y espiritual». Armonizando la «sostenida colisión de módulos, de formas, de ritmos», integrando en un todo las partes encontradas de la «erosión destructiva» de ambos idiomas, Roa Bastos nos muestra que con convicción, con trabajo, con talento, es posible no sólo superar las dificultades, sino también convertirlas, una vez dominadas, en elementos positivos de la elaboración literaria. Porque no hay ninguna duda de que el aprovechamiento de las fuentes culturales de ambas lenguas, la feliz confluencia lograda, es lo que más contribuye a la fuerza poética de su palabra, a la riqueza polifónica de su escritura. Es así como consigue transmitirnos los «Ecos de otros ecos. Reflejos de reflejos. No la verdad tal vez de los hechos, pero sí su encantamiento». Y con estos elementos, crear un lenguaje narrativo propio, y de resonancia universal.
Augusto Roa Bastos es el escritor paraguayo que más ha logrado en su narrativa ese mestizaje fecundo entre el español y el guaraní, fusionando; integrando los elementos, no sólo los lexicales, sino los que revelan la esencia profunda de una y otra lengua. Como afirma Luis de Castresana, narrador vasco que escribe en castellano: «Más que de una cuestión de sintaxis se trata acaso, en definitiva, de una cuestión de identidad». Y agrega: «Yo soy vasco y soy escritor. Yo soy escritor vasco. Así de sencillo. Escribo en el idioma que he mamado (...) Concibo identidad y cultura como una cuestión de sumas y no de restas...» Las fervorosas afirmaciones de Castresana van al fondo del tema, sin detenerse en el léxico, importante, más no definitivo.
La mayoría de los narradores contemporáneos o posteriores -con escasas excepciones- han asumido la posición que Roa Bastos describe claramente, cada cual utilizando los recursos que consideran más adecuados y eficaces. Personalmente me cuento entre ellos: escribo en castellano paraguayo. Y considero conveniente que, como miembro del Jurado del Premio Cervantes 1989, la argumentación que convenció al tribunal fue que, en el océano de nuestra lengua había cinco siglos de una copiosa contribución «americanista», sin que, hasta ese año, ningún escritor que, como Roa Bastos, había aportado mucho a esa rica presencia -guaraní en este caso- jamás había sido distinguido. El razonamiento convenció, y el autor compatriota -su obra- representa esa rica corriente de una lengua indígena americana, la única que es lengua oficial en Iberoamérica, al mismo nivel que el castellano, tal como consagra la Constitución Nacional del Paraguay.
Como una digresión, no muy feliz, considero interesante transcribir las declaraciones del Premio Cervantes 2005, Rafael Sánchez Ferlosio, cuando le comunicaron la distinción, ante unas preguntas de un periodista sobre la literatura contemporánea, respondió textualmente:
«Está muy mal..., está muy mal... A mí esto es lo que me preocupa, y diré que le va muy mal, especialmente por el destrozo que le llega de Hispanoamérica y que influye en los propios castellanos». Prefiero no opinar sobre la frase del incalificable Sánchez Ferlosio. No me interesa el juicio de los inquisidores, dueños de la lengua. El océano de la palabra no tiene amos (2).
Hasta este momento no me he referido a nuestro gran poeta Hérib Campos Cervera, quien logró, en el ámbito de la poesía, la convivencia de nuestras lenguas, así como se hizo en el dominio de la prosa, en especial Augusto Roa Bastos, cuya narrativa ilustra las relaciones profundas entre los dos idiomas en nuestra sociedad.
Hablar de Hérib Campos Cervera es referirse a la renovación radical de la poesía en lengua castellana en nuestro país, el cambio decisivo que la pone en la corriente de la más avanzada expresión contemporánea: un salto decisivo de dos o tres décadas, dejando atrás el tardío modernismo vigente. Las letras paraguayas -en especial la poesía- vivían al margen de las renovaciones y cambios producidos por los movimientos de la vanguardia en el continente.
Hérib, el rebelde, el inconformista, el justiciero, parte en exilio en 1931, y en Buenos Aires y Montevideo se empapa de los aires renovadores, de las expresiones de las letras contemporáneas, gracias a sus lecturas, su gran sensibilidad y sus contactos con escritores e intelectuales, poetas como Federico García Lorca -para dar un nombre- cuya escritura le impactó fuertemente (como atestigua el poema "Federico", entre otros).
Nuestro libro sagrado, el AYVU RAPYTA -recogido por el profeta Don León Cadogan- habla en el génesis de una primera etapa de un "tiempo originario", el tiempo originario y nebuloso del invierno. Cuando el mismo termina, comienza el tiempo espacio nuevo (ára pyahu), el de la primavera, cuando el tajy empieza a florecer. Y el lapacho sagrado se desprende de sus hojas para convertirse en el maravilloso ramillete -rosa, amarillo, morado, blanco- que como una llamarada de luz invade la floresta de nuestra tierra roja. Es el momento que Hérib cumple el rol que le encarga Ñamandú, el Señor de la Palabra, y su voz ilumina con su renovado ritmo y fuerza nuestra literatura. La palabra resplandeciente e íntima de nuestro gran poeta, cuya obra tiene una variedad de registros diversos, que va de lo social a lo intimista, del verbo iluminado por la luz de la justicia y la libertad -de la dignidad de nuestro pueblo- a las reflexiones y vivencias existenciales, a la expresión dulce y atormentada del sentimiento amoroso. En todas esas variantes, Hérib mantiene un tono alto y hondo, una convicción, un fervor, una ternura, un hálito constante que hace de su escritura un referente esencial de nuestra literatura contemporánea. Su obra literaria es el génesis -el tajy original-de la modernidad en nuestras letras.
Considero necesario, a esta altura de mi exposición, explicar la inclusión de su nombre en este trabajo. El poeta eximio, autor de CENIZA REDIMIDA (y otros numerosos textos no recogidos en libros), el teatrista en Juan Hachero, el fino cuentista de "EL BUSCADOR DE FE", y otros relatos sobre el Chaco y la selva, el agudo ensayista y cronista, demuestra en su múltiple obra en castellano la calidad renovadora y fundacional de su palabra, su maestrazgo y su impronta en nuestra literatura. Pero un hombre con las raíces profundamente insertas en su tierra, un luchador, que sufrió y murió en el exilio, un justiciero tan próximo a su pueblo, que peleó en vida y en palabra por la causa de la justicia social, de los desposeídos, de los humildes fue, además, un convencido y sincero defensor de la voz profunda que se expresa en guaraní, la voz raigal de nuestra gente.
Esa convicción la expresó, de manera categórica en un artículo "Cultivemos el idioma guaraní", aparecido en el diario "La Opinión", del 29 de noviembre de 1939.
En un ferviente alegato hace la defensa de la lengua guaraní y la necesidad de que los artistas -no sólo los "populares", autores de letras musicales- le den la dignidad que se merece y escriban en el idioma autóctono. Transcribo una frase que concentra su deseo, su sueño: "Partiendo del principio de que cada pueblo que es, tiene características, sentimientos y modalidades que hayan su expresión artística en las formas del arte nacional, habrá que admitir que el verdadero Paraguay, el que pervive a través del tiempo, el que tiene fisonomía propia y diferenciada de todos los otros pueblos del mundo, es el Paraguay que habla en guaraní, el que llora su pena o grita su gloria en las formas de su música popular".
En su lecho de muerte reitera a su amigo Humberto Pérez Cáceres su deseo de que "nuestros artistas, nuestros escritores, nuestros luchadores de la causa de la libertad jamás olviden que toda su batalla debe tener por brújula lo nacional...", insistiendo en el rol que tiene en ese combate el humus que nace de la tierra en forma de la palabra raigal guaraní.
Con lo expresado se constata que la palabra de Hérib Campos Cervera no tiene fronteras entre las dos lenguas, son aguas del mismo océano de nuestra identidad cultural profunda. El excelso escritor en castellano asume con orgullo el fecundo mestizaje de nuestra cultura y lo expresa diciendo "nuestro país que consagró su idioma de origen", con el implícito equivalente de la otra lengua.
La producción poética de Hérib en guaraní, la conocida, es escasa, personalmente llegaron a mis manos sólo dos textos: "CHE KYHA MOROTI" y "MANDU'A RORY". Digo bien, conocida o publicada, pues su juicio sobre el tema hace suponer que no publicó otros o que se perdieron entre los numerosos papeles que -se dice- desaparecieron luego de su temprana muerte. Escasa, pero de una calidad poética excepcional, utilizando finalmente todos los recursos sutiles de la lengua. Me refiero en especial a "MANDU'A RORY" (RECUERDO FELIZ), puesto que "CHE KYHA MOROTI" (MI HAMACA BLANCA), es circunstancial: la escribe como despedida de Asunción, cuando parte al último exilio.
"MANDU'A RORY", hermoso poema escrito en rigurosos versos de tres hexasílabos, que remite al Hérib cultor de la musicalidad retórica, en el mejor sentido de la palabra. Es significativo que utilice el hexasílabo (triplicado en este poema), el verso por excelencia de la poesía española, el del romancero cuyo antecedente, en el siglo XVI, es el "Romance de Don Nuño", también escrito en hexasílabo. Sin duda, es la presencia -la continuidad- de esa métrica en la letra en guaraní de las canciones, que la incorporaron como una prolongación de la poesía popular, presente desde la época colonial.
Se trata de un poema de amor dedicado a una sutilmente esquiva pretendida, a la que nunca termina de "convencer", pese a la pasión encendida del pretendiente. Un amor imposible; sutilmente se intuye una inexplicable barrera. Sólo al final, en la última cuarteta se revela que esa mujer adorada, ambiguamente esquiva es la patria, simbolizada por la luna, el ñasaindy, bella expresión para expresar "luz de la luna". Esa flor de la noche (pyhare poty) que alumbra la tierra entera del Paraguay, añorada, deseada, que se vuelve imposible para el exiliado. Es la rosa azul del alquimista, que trata de hacerla suya, inútilmente, a causa de la ilusión cromática: el ñasaindy es inalcanzable para el sufriente desterrado.
Se trata de un poema de una terrible tensión lírica, de una búsqueda dolorosa, envuelto en un halo de fina ternura, de desgarrada súplica.
Las barreras del amor, las del dolor, sólo pueden ser derribadas por el océano de la palabra, que no tiene orillas, que llega a todas partes.

1) Se impone de manera categórica excluir varios escritores que sí conocían el meollo de las culturas y lenguas en las que incursionaron: Miguel Ángel Asturias, José María Arguedas, G. López Fuentes, Ricardo Pozas, Manuel Scorza, Rosario Castellanos y otros como el insigne Juan Rulfo.
2) Entrevista publicada en «El País» de Madrid, España, el 23 de abril - 2005, firmado por el periodista Jesús Ruiz Mantilla.


MANDU’A RORY
Mandu'a rory ikusuguepáva ne
porẽ’yhápe
ojope hague ñembyasy puku
omanõ vaerã,
nde rerakuemi aropurahéiva ou
che py'ápe
ikatuve’ỹ va ajahe’o’ỹre
aromandu’a.
Che ruguy porãva atopárõ máva
nde réra oguerúva,
yvoty ryakuãicha che
mbopiro'yva ne ahõnguemi.
Rohuguaitiségui tape ipukuvéva
ohenonde'áva
ikatu haguãicha che
renduse’ỹro añehenduka.
Sapy’a ahecharõ ku karia’y
kuéra nde rógape oúva
rombyekoviaséva ha
nañanimáigui ajesaupimi.

Tesarái maymárõ noguahẽi
va’ekue che róga rokẽme,
che vy'a apytépe ha che
ñembyasype nde mante
reimé,
yvága ha yvýpe nde jasy resẽme
ndaipóri omo’ãva,
ñasaindy porãicha pyhare
ru’ãgui ñande resape.
Nde reikuaa’ỹre nde pypore ári
ymáma aguatáva,
ikatu vaerã ku oguahẽ che ára
ha rohupyty;
ha'éva che jupe mborayhu
paháipo ko hese añandúva,
ajeve ndaipóri pohã
omongueráva ko
mba'embyasy.
Pyhare poty Paraguái retã
rehesapepáva,
che momarandúna regue
potaitévo japa oñondive.




RECUERDO FELIZ

(Versión de RUBÉN BAREIRO SAGUIER)


Recuerdo feliz que se encenizó durante tu ausencia
y un largo penar ha ido requemando hacia su moriencia,
tu nombre enjoyado llega hasta mi pecho para que te cante
ya que no consigo recordarte nunca sino sollozando.

Mi sangre jubila cuando encuentro alguno que arrima tu nombre,
tu límpido aliento de aroma florido refresca mi piel.
Queriendo alcanzarte la senda más larga suelo caminar
a ver si consigo, aunque no lo quieras, hacerme escuchar.

Cuando a veces oigo que hombres extraños a tu casa llegan
intento olvidarte, pero no me animo y miro a los cielos.
Jamás el olvido pudo atravesar la luz de mi umbral:
en medio del gozo, igual que en la pena, sólo existes tú.

En cielo y en tierra tu luna ascendente nadie ha de eclipsar
el claro lunar que en la alta noche me va iluminando.
Sin que tú lo sepas hace mucho tiempo que piso tus pasos:
acaso es posible que llegue mi día y te alcance al fin.

Me pregunto entonces si es amor postrero este que me abrasa
puesto que no existe consuelo ninguno al mal que me aflige.
Florecer nocturno que alumbras entera la tierra natal,
si tu sombra llega, avísame al punto y acabemos juntos.

*. FRANCISCO ALVARENGA le puso música
al poema en ritmo de Guarania.



Fuente:
DIVERSIDAD EN LA LITERATURA
DE NUESTRA AMÉRICA – VOLUMEN II
Obras de RUBÉN BAREIRO SAGUIER
Editorial SERVILIBRO,
Asunción - Paraguay - Setiembre 2007.




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