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viernes, 3 de diciembre de 2010

JESÚS AMADO RECALDE (PAPOTIN) - SIEMBRA SONORA (POEMARIO) / Talleres Gráficos LUCANIA, Buenos Aires – República Argentina, Asunción, 1950 (79 páginas)



SIEMBRA SONORA
Poemario de
Talleres Gráficos LUCANIA,
Buenos Aires – República Argentina
Asunción, 1950 (79 páginas)

OJOS QUE ME LEEIS
Me tocó los cabellos con sus dedos
y me besó la frente.

-Vete, vete, -me dijo- con tu fe y con tu música,
con tu risa y coraje, sin temor al destino.

Y me puso en la boca la flor de su sonrisa
y la miel de su voz.

¡Se llamaba Esperanza ...!

Si miráis esta boca, miraréis su sonrisa,
si escucháis estos versos, oiréis su mensaje.

HIJO MIO
Yo tengo este carbón, esta sangre, este instinto,
este encendido afán de "desfacer entuertos",
yo tengo esta paloma de luz y este sonido,
este paso adelante, esta sed, este fuego.

Esta bandera alzada y estos hombros cargados,
este insomnio divino y este acento rotundo;
yo tengo la ansiedad, el voto y el encargo
de encender los faroles sobre el camino oscuro.

¡Hijo mío! que vienes con el signo en la frente,
con la sangre y los ojos escritos de infinito,
yo salgo de este círculo para extenderte el puente
y ofrecerte mi brazo, mi esperanza y mi grito.

Para tu carne nueva será el pan fabricado
en estas catacumbas enlutadas y ásperas;
para ti los caminos sin desvíos ni ocasos,
para ti la certeza de la aurora sin lágrimas.

Quiero salir y salgo, con mi espada y mi biblia,
de este tiempo de ciénagas, de terror derramado,
de este fango nocturno, de este campo de víboras,
para escribir tu nombre y bajo de él el claro
mensaje de belleza de las verdes espigas.

Yo veré tu estatura de pie sobre la hora
forjada por la lucha del minuto presente;
¡Hijo mío! he de verte sonreír en la aurora
que tendrán que parir las noches oprimentes.

Y entonces, sólo entonces, cuando vea tu vida
por el dolor de ahora, feliz y asegurada,
y en tus manos la azada, el martillo o la lira,
y enfrente de tus pasos la esperada mañana,
entonces, sólo entonces, archivaré mi biblia,
y entonces, sólo entonces, envainaré mi espada.

CREPÚSCULO AZUL
Entonces, las esquinas se llenaron de sombras
y una mano violeta cayó sobre su pelo.
Como vientos crispados se unieron nuestras ansias
en el dolor azul del íntimo crepúsculo.

Se llamaban las sombras trenzadas e infinitas
para cubrir las rosas inquietas de su rostro;
y la brisa rompía la muralla de hojas
para besar sus sienes perladas y calientes.

Yo me lancé hasta el fondo de sus ojos y traje
la respuesta sencilla de su agitado afán,
mientras sus manecitas oprimían mis dedos
y su pecho moría temblando sobre el mío.

Y las sombras, la sangre y el íntimo crepúsculo
besaron con mis besos su temblorosa boca.

UNA VEZ
Descendió de tu risa con la flauta en los labios
y se sentó a mi lado.

La vida era magnífica, sin nubes en el cielo,
sin miedo en los claveles.

Cuando cesó la música, grabó sobre mi pecho
tu nombre perfumado.

¡Y se escapó del mundo!

Le llamaron amor los pájaros y el viento.
Lo llamaron amor...

Y vinieron tus labios escoltando tus besos
a tocarme la boca;

mientras más se teñían de rojo las campanas
que gritaban tu nombre.

LLUVIA MÍA
Tu risa me llegó como la lluvia cae
sobre los pastos secos.

Yo estaba solo y duro, como un puño cerrado,
por canales quemados llegaban a mi alma
aguas turbias y amargas,
y en cada paso andado, crujían mis uniones,
pero yo era yo, el solitario huraño.

Lluvia mía, frescura de mis tuercas calientes.
aceite tibio y manso de mis crueles tornillos,
risa menuda y blanda, llegaste a mis raíces
como la lluvia cae sobre los pastos secos.

¡Y ahora soy el ave de la bandada blanca!

PARA TU ALMA FRÍA
Tú sales perfumada del baño, y en la pieza,
frente al espejo pintas tus labios de granada;
te empolvas y te vistes, y luego, con destreza,
peinas tu cabellera sedosa v empapada.

(Tu gato enamorado, el florero en la mesa,
tus medias en la silla, tu cama, tu almohada).
Y en el cuarto impregnado de toda tu belleza,
la noche sofocante parece mejorada.

Muchachita burguesa de los ojos perversos,
del carmín, del perfume, del gato enamorado,
de los libros escasos, livianos y dispersos,

yo sé que entonces lees mis cantos desolados;
presiento que sonríes cuando lees mis versos,
y no sabes las veces que en ellos he llorado.

VAMOS, DOLOR
Amaneció otra vez, y la esperanza
murió bajo el rocío.
¡Oh, noches apretadas de dolor e infinitas!
¡Oh, corazones fríos!

Venir, venir, por los caminos tristes,
venir eternamente.
Mojar con sangre las paredes altas
mientras la vida miente.

Y el sol que se levanta sobre el pasto
y la luz desatada.
Amaneció otra vez, vamos andando,
angustia camarada.

ESPERA INÚTIL
Es la hora de amarnos v no vino tu beso
con la primera sombra de la noche.
Yo salí a la esperanza y en mis ojos vacíos
se aposentó una fibra de tristeza.

El sol se fué. La luna bajó sobre los techos
la frialdad liviana de su esencia,
y a lo lejos los perros, de rabia enloquecidos,
bordan el tul oscuro del crepúsculo.

Y tú no estás. Mis manos vacías te reclaman
inútilmente. Voy a dormir así:
llorando en la almohada de tu ausencia
con el sueño pesado de los muertos.

AQUELLA NOCHE
Sin brújula, sin luces,
sin saber hacia dónde me llevaba la vida,
estaba aquella noche mirando tus pupilas,
cuando tú pronunciaste la palabra más grata
que escuchó mi tristeza.

Era el dolor, entonces;
la amargura y el tedio, el desaliento siempre.
Mi palabra sonaba porque el ruido suena,
y mis pasos andaban porque la tierra es buena.

Era el último náufrago
agonizando lejos del puerto, de las costas;
ni una vaga promesa flotaba en lontananza
y el alba y la sonrisa ya estaban enterradas.

¡Pero tú apareciste!
La palabra, más verde se deslizó en mi alma
y hubo un caer de sombras al norte entristecido.
Tres mancas alumbraron la noche y el sendero
se desnude en silencio de toda pesadumbre.

¿De dónde vino todo?
¿Cómo brotó en mi carne la voluntad que empuja?
¿Cómo se calenté) la sangre? ¿Cómo
nacio el viento, la aurora cómo vino?

¿La trocha? ¿Tus pupilas?
¿Tu apretada ternura? ¿Tu garganta?  ¿Tu boca?
¿El ansia adormecida de Adán en la abstinencia?
¿ El fugitivo vuelo de una ilusión muy dulce?

. . . Después de tu palabra,
el arcoiris puso sus manos en el cielo,
y en el palo mayor de mis desventuranzas
flameó la estruendosa primicia del vigía.

Hace mucho de esto.
Tu nombre hoy ya no tiene sabor en el recuerdo.
Sólo cuando la angustia ronda mis esperanzas
mi palabra cobarde recuerda tu palabra,
y esa noche y tus manos, tu boca y tu sonrisa,
humedecen de sueño mis párpados insomnes.


ELVA
Yo iba caminando por este mi sendero,
que si fue solitario y empinado y sombrío,
fue mío solamente.

Andaba hacia adelante. Mi corazón en llamas
consumió cuando quiso la pena, el desaliento,
la tristeza y el miedo.

Pero tú apareciste sobre el polvo y la lluvia,
sobre la soledad v sobre la neblina,
y sobre mi camino.

Dulce boca que beso, manos que yo acaricio,
corazón cuyas puertas golpeo con mis ansias,
ojos que quiero ver,

¿acaso eres la misma mujer que mi nostalgia,
en los tantos crepúsculos, buscó con la mirada
clavada en lontananza?

Ahora mi camino da vueltas, mientras vueltas
se dan todas las cosas que quise mientras iba
taciturno y sombrío.

Sólo me llamas tú, morena palpitante;
hacia ti van mis pasos, y hacia ti van mis manos,
y hacia ti va mi sangre.

Y ahora, ¿qué destino? ¿Seguirán caminando
mis pasos acuciados por la sed de mi vida?
No sé, no sé, no sé ...

Dejo pasar el tiempo sentado en esta roca;
escribo sobre el polvo del camino tu nombre
mientras llega la noche.

Y sigo dando vueltas, y sigo pensativo,
mientras que mis palabras te buscan y te cuentan
¡que te amo y te amo!


LA MUJER IDEAL
Está en los corazones v en las bocas del viento,
en la voz del abuelo y en la risa del nieto;
es la amada que tiene los senos perfumados
la cabellera suelta y el beso prometido.

Es la amante de todos. Del peón y del médico,
de los recios labriegos, de los sabios canosos;
amante que se entrega, como se da la luna,
sin recelo, sin precio, sin miedo, sin preguntas.

Parece que es de nieve, porque es fría y alzada,
parece  que es de fuego, porque alumbra y calienta.
Bella como la espiga, recta como una espada,
desnuda como el agua y fiel corno una estatua.

Es nuestra y es de todos, como el aire y la tierra,
es la mujer de siempre, conquistada que manda
la luz a su destino y el acero a los músculos;
su abrazo inolvidable da la vida y la gloria.

¿Qué poderes oculta para vencer las sombras?
¿Qué puñal en la mano? ¿Qué veneno en los labios?
¡Ninguno! Sólo su nombre dulce, vital,
sólo su nombre claro: ¡Se llama Libertad!


AMOR
Noche. Desde los cuatro rincones de la pieza
la oscuridad avanza tragando los ruidos.
La ventana sujeta los vientos y la vela
alza la tiritante batidera de su llama.

Oigo la voz caliente de la sangre llamarme
y estoy juntando amor para besar tu carne.
En la cama tu pelo florece entre las sábanas
bordadas por tus manos para ensobrar caricias.

Este es mi pensamiento, mi afán desesperado;
llegar a tus pezones con mis labios de fiebre,
palpando la perfecta redondez de tus muslos
y la dulce tibieza de tu vientre fecundo.

Caminar por los largos senderos de la noche
buscando la precisa respuesta de la sangre;
subir y descender, llamar y responder,
enlazados y ardidos por tu abrazo y mi beso.

Noche. Miedo en el campo. Sueño de cerros verdes.
Mosquitos que nos muerden y grillos que enloquecen.
Este es mi pensamiento, desnudo de dolores:
poseerte en el hondo regazo de la hora.

Después de las paredes la angustia de vivir;
el odio, la miseria, el desgastado llanto,
la bolsa de dinero, la salivada frase,
el hambre, la avaricia, el dolor y la ofensa.

Yo ya limpié mi frente, ya mi voz se hizo besos,
ya me enjuagué la boca para besar tu boca;
que la aurora esperada responda a tu llamado,
que la noche consuma mis vicios con mis fuerzas.

Y el hijo que golpee la puerta de tu vientre
encontrará coraje para mirar la vida.


AHORA SOMOS TRES
Eramos en la vida los dos peregrinantes,
cubiertos con el polvo de todos los caminos.
Ibamos caminando, pies y manos sangrantes,
hacia donde apuntaba el dedo del destino.

Mi pesadumbre y yo; los dos que en romería
sabían de los soles, las sendas y los vientos.
Eramos dos que estábamos bajo la luna fría,
sin carnes y con ansias, con norte y sin lamentos.

Sobre las piedras fuimos augustos soberanos,
bajo palios azules besamos las mañanas;
las lluvias y el granizo tocamos con las manos,
y nunca la esperanza fue vieja ni temprana.

Eramos dos sedientos eternos peregrinos
con las alforjas llenas de sueños desteñidos.
Caminar, caminar, nuestro pan, nuestro vino,
los bolsillos vacíos y el corazón henchido.

Pero ahora está ella, la de los ojos claros,
la del lunar oscuro y el pelo desatado,
la de la voz sencilla y la del nombre raro,
la que tiene la risa y el cuerpo perfumados.

Y ahora somos tres bajo la luna fría:
mi pesadumbre, yo y la flor esperada.
En los alrededores se despereza el día,
delante nuestro, todo, y atrás no queda nada.

LA CANCIÓN DE LA ESPERA
La muralla del día te aparta de mis besos.
Duelen las cicatrices de las horas que pasan.
Ya llegará la noche, muchacha, y en tu seno
morderé la rabiosa canción de mi esperanza.

Charla, charla, la frívola mañana idealista;
acurrucada en vientos, la siesta está muriendo;
la tarde se pasea, grotesta y sin adornos,
y me llenan de fuego los mojones sangrientos.

Oh, sed abrasadora, luz que me está llamando,
cita nocturna y dulce, tuya, mía, de nadie.
Para arar tus cabellos mi mano vanamente
acaricia los siete colores en el aire.

Ya llegará la noche, muchacha poseída.
Tú estarás en la noche, ella estará en tus ojos.
Ardiente y dolorido, llegaré con mis besos,
que aunque fuesen millones siempre serán muy pocos.

Versos desesperados, crueles, vengativos...
¿Estaré muerto hoy? ¿Llegaré vivo acaso?
Si me encuentras muchacha, mudo, frío y sin sangre,
bésame en estos labios que tanto te cantaron.

En cambio, si esta noche, como ayer y mañana,
la noche en tus pupilas me cuenta que estoy vivo,
te diré la caliente plegaria de mis ansias
en el inexplicable lenguaje primitivo.


CANTO A LA FE QUE HUYE
¡Oh, mi pobre guitarra! Muda, muerta, perdida.
Me la dio la mañana lejana de mis años
y acompañó mi vida con su música ronca.
Si me mintió, fue dulce como la miel su engaño.

(En las horas de llanto o llenas de alegría,
estuviste conmigo, siempre, guitarra mía.)

Se vistió de violetas en tiempos de bonanzas,
de luto cuando anduvo la angustia tras mis pasos.
Fue como una armadura, como un arma o un nombre
de mujer inusitado cuando asoma el ocaso.

TREBOL DE CUATRO HOJAS
(PARA UN AMOR QUE LLEGA)
Dí la palabra corta, pero llena de vida,
que sembrará en mis campos la semilla de trigo,
para darte los frutos, útiles y dorados,
de mi cuerpo y mi alma, dormidos sin motivo.

Dí la palabra dulce, ansiada y decisiva ...

¡Oh, mitad de mi vida, muerta sin esperanza!
Soy viejo en el minuto de mis años más verdes;
viejo, viejo, en la curva precisa y ascendente
de una vida que sabe cantar y que no canta.

Como un pájaro negro, siniestro y oprimente
el cansancio me aturde, me domina y me mata...

Dí la palabra exacta que salvará mi vida.

Y ya estás cerca mío; por no sé qué rendija
filtraste en mi tristeza tu presencia y perfume;
hablas en el idioma de las lluvias sencillas
y encerraron tus ojos la belleza y la lumbre.

Y quiero amar tu cuerpo, tu boca y tu sonrisa,
escribiendo tu nombre sobre versos azules.

Dí la palabra buena, alegre y encendida.

Y entonces, cuando vayan tus pasos con mis pasos,
sinceros y seguros por el mismo camino,
esconderé mi enorme tristeza en la ceniza
y encenderé el lucero sobre el dolor antiguo.

Dí la palabra clara, exacta y positiva.

TRISTEZA
Sí, estoy triste, triste.
Tirado boca arriba,
he pasado la noche contemplando la luna.

(Largo,
inacabable, fuerte, el primer cigarrillo.
Los tremendos bigotes del domador de un circo.
Bolitas, trompos, y alta, una pelota grande
de cuero, de "verdad".
La caricia materna sobre la frente ardiente.
Una mañana oliente a mandarinas
y el paso emocionante de la primer rabona.
Como un sueño imposible,
la bicicleta verde en la vidriera.
Montado en moretones
hosco racimo rojo de puñetazos bravos.

Solenme,
minúscula tirana, la libreta de escuela,
Los pantalones largos...
El complejo problema del nudo corbatil.
Húmedo,
agazapado tras un sonrojo ancho,
el primero, el ansioso, el perfumado beso
de "todo" un hombre a la mujer amada.)

Si, estoy triste, triste.
Una tristeza grande me ha caído del cielo.
Tumbado boca arriba,
he pasado la noche contemplando la luna.

DOLOR
Se acabaron los gritos del recuerdo en mi pecho
y se durmió en mi alma la canción cariñosa;
al sepultarse el sol, de tarde, en el poniente,
se deshizo en mis manos tu amor, como una rosa.

Espuma que no alcanzo, frescura de tu boca,
yo no sé con qué manos retener tu sonrisa;
el gesto embanderado del árbol en la sombra
es como tu figura que se aleja de prisa.

Ahora estoy desnudo de emociones y solo
en la inhóspita orilla del miedo y del olvido.
Apagada la hoguera de pasión que encendiste,
sólo brilla la brasa del dolor encendido.

Yo haré de este dolor mi coraza y mi arma
para las invernadas que vengan en la vida.
Si todo lo mataste, yo haré que de las ruinas
alguna vez se yerga tu imagen encendida.

CANTO DE AMOR
Te vi pasar un día. El viento ensortijaba
tus cabellos castaños y en tus ojos oscuros
se apretaban los siete pecados capitales:
arcoiris bramante, diccionario de ansias.

Desde mi rinconera, te mire mientras gotas:
de ternura empañaban mis cristales crueles,
mi mano fabricando caricias para el hueco
de tu nuca de seda, de tu cintura mórbida.

Y pensé, que mis labios podían recorrer
en cosecha de aromas y en su siembra de besos
desde las comisuras sagradas de tus labios
hasta los palpitantes botones de tu pecho.

Pasaste. Sobre un viento me llamaron tus ojos
en el único idioma posible del amor;
y sentí cómo dentro se rompían prisiones,
y se abrían canales magníficos de luces.

Y sobre el mismo viento te contestó mi sangre
y con el mismo beso, morimos y nacimos.

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LA GACELA ENAMORADA  
A mi cazador

Soy la gacela enamorada ¡Dios!
de mi nocturno cazador que viene
al bosque con las ansias de mis astas,
mis ancas, mis rodillas y mis hombros.
Si están los cielos vistos, si los astros
asoman su hermosura de universo,
si el cierzo va soltando ya a las aves
y mi nocturno cazador no llega, 
los ojos se me vuelven aguas mustias.
Yo advierto aquella fuerza de su lanza,
su afán sin pausa alguna de mi carne,
su prisa por volcarme sobre el suelo,
por malherir mi vientre y voy a prisa
a aquel encuentro con mi propia suerte.
Me ofrezco a su lanzazo. Yo le pido 
que me abra entera a la caliente muerte.




 

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