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sábado, 30 de abril de 2011

ARMANDO ALMADA ROCHE - CARLOS LARA BAREIRO, EL MÚSICO MAYOR DEL PARAGUAY / EDICIONES EL PEZ DEL PEZ, Buenos Aires – Argentina 2006


CARLOS LARA BAREIRO
EL MÚSICO MAYOR DEL PARAGUAY
ARMANDO ALMADA ROCHE
EDICIONES EL PEZ DEL PEZ
Buenos Aires – Argentina
2006 (98 páginas)


ÍNDICE
AGRADECIMIENTO
PALABRAS LIMINARES
UNA SED AMARGA EN LOS LABIOS
EL EXILIO, ASCUA QUEMANTE
TODA LA BELLEZA DEL MUNDO
EL MUNDO DE LA MÚSICA
FLAUTA CALESITERA
TIERRA MÍA, TIERRA MÍA
BRASIL, CIDADE MARAVILHOSA
OFICIO DE SOÑADORES
LA FLOR DEL ARTE
EL NARANJAL ARDIENTE
EL VIEJO FUEGO
NADA ES LO MISMO YA
LA MÚSICA EN EL PARAGUAY
EL PURAJHEI JAJHE'Ó
LA MUERTE Y SIEMPRE LA MUERTE
MI BUENOS AIRES QUERIDO
EL GENIO CREADOR
EL CUENTO DE LAS MIL Y UNA NOCHES
EL REY DEL SAXO
OFICIO EXCELSO
EL ROSAL DE LAS RUINAS


PALABRAS LIMINARES
Allá por finales de la década del 60 y principios del 70 andaba yo metido en cuanta tertulia, acto, y efemérides paraguaya había en Buenos Aires; mezclado con ELVIO ROMERO, AUGUSTO ROA BASTOS, JOSÉ ASUNCIÓN FLORES, OSCAR CARDOZO OCAMPO, HORACIO GUARANÍ, BEN MOLAR, JACINTO HERRERA, EDGAR VALDÉS, el Dr. CARLOS FEDERICO ABENTE, RONCERO MACIEL, CARLOS GARCETE, y otras tantas importantes figuras del quehacer político-cultural argentino-paraguayo. Todavía eran tiempos de sueños, de utopías, de revoluciones al alcance de la mano después de la Revolución cubana, y el auge de la literatura latinoamericana; especie de bohemia. literaria-musical romántica y también tanguera, si se quiere; y los paraguayos trabajaban duro y conspiraban, a su manera, para volver a la Patria.
Buenos Aires era el escenario, repito, de una excitación cultural que todavía se recuerda con nostalgia, No es que social y políticamente todo fuera perfecto, muy lejos de ello, pero, en la cultura, había tomado forma un espacio en el que productores y público, por primera vez después de muchos años, se encontraban sin conflicto. Quiero recordar, tan sólo, a modo de ejemplo, unas pocas cristalizaciones de ese estado de ánimo: el fenómeno de Eudeba, y la publicación del Martín Fierro con ilustraciones de Castagnino, el programa vanguardista y convocador del Instituto Di Tella en plástica, en, teatro y ciencias sociales, la incisiva presencia de Primera Plana, la proyección de la Universidad, y en especial, la mitológica fuerza de la Facultad de Ciencias Exactas, el desarrollo arrollador del psicoanálisis y, por fin -pero no es lo último -, el avance de la literatura en el público, en los medios periodísticos y, observación que no es irónica, en el mundo editorial. Había, en resumen, mucho que ver, infinidad por aprender, cantidades para leer, temas para discutir: el momento fue único y, quizás por eso, para la mala suerte nacional, no podía continuar.
Quien se encargó de terminar con todo eso fue, se sabe, el golpe militar de 1966. Un grupo de torvos generales argumentó sin mayores esfuerzos discursivos que un presidente benévolo, por eso, incurría en intolerables excesos, y fue reprimiendo, luego de la toma del poder, no sólo actividades sino ánimos; es obvio que a partir de la llegada, al poder de Onganía y sus secuaces la tristeza y el desinterés se instalaron casi definitivamente en una ciudad que había concentrado figuras, formaos y acciones de un brillo sin igual.
Además de los arriba nombrados, me honraban con su. amistad el maestro Herminio Giménez, la bella y sarakí Sara Benítez, Nelly Prono (que vivía justo arriba de mi departamento en la calle Humberto 1°, en la Capital); el prolífico novelista Gabriel Casaccia, Carlos Garcete, escritor de pluma vigorosa y mejor pintor; Severo Rodas, Marcelino Gamarra, Gómez Ríos, el profesor César Orué Paredes, alma mater de la cultura e historia paraguayas, el talentoso y luchador cultural Gilberto Rivarola y la más increíble pléyade de personajes -tanto paraguayos como argentinos- que se destacaban, o no, en el abigarrado escenario del arte de la ciudad porteña, que ya venía, cada vez más, ensombreciéndose por los hechos políticos de marcado carácter radicalizado, que luego desembocaría en una suerte de "guerra civil" entre el pueblo y los militares. No debemos olvidar, tampoco, que eran épocas de dictaduras en gran parte de América Latina.
Moviéndome en la multitudinaria colectividad paraguaya realizaba mis trabajos periodísticos, publicando aquí y allá; hice nuevos amigos , y conocí a varios hombres de la política, la cultura y la música. El panorama era efervescente aún, recalco, los paraguayos no cesaban de realizar actos de distintos ideales; agrupándose cada vez más, fundando instituciones, ateneos, centros culturales, etc., siempre con la idea de volver al terruño amado. El exilio todavía quemaba. La hora del regreso no estaba a la vista, al menos por el momento. Había que continuar trabajando para conseguir romper el cerco impuesto por el perpetuo tirano de entonces, adueñado despóticamente del querido Paraguay.
Así, en este incesante ir y venir, después de sortear varios e increíbles obstáculos, salió José Asunción Flores, pájaro musical y lírico, de mi autoría, la cruda y caliente biografía del malogrado padre de la Guarania; y a partir de allí me encaminé con firmeza a rescatar la figura, de nuestros prohombres que, afortunadamente, muchos de ellos se hallaban vivos y en plenitud; el caso de Herminio Giménez, Augusto Roa Bastos, Gabriel Casaccia, Elvio Romero, Carlos Lara Bareiro y otros. Descubrí que tenía a mano, quizá, a lo más granado y grande del saber paraguayo, a tiro de pájaro, como quien dice, desaprovechado por la pluma de los escribas. Entonces, con un golpe audaz de, timón, de arraigo, de contertulio, de compañero, me convertí en tenaz e implacable entrevistador de compatriotas en el exilio. De allí salió justamente aquel famoso librito (que hay que reeditar) Rostros paraguayos (Reportajes a Josefina Plá, Roa Bastos, Gabriel Casaccia., Elvio Romero, Hérib Campos Cervera, entre otros). Casi todos los encuentros, diálogos, fiestas, fueron fijados y marcados por mi insistente escritura. Me había convertido en una suerte de "cronista de exiliados". Y ya, no pudiendo bajarme del torbellino que me arrastraba, llegué hasta Carlos Lara Bareiro, otro desterrado más e injustamente negado. El grande músico que vivía en el exilio, igual que miles de compatriotas, lejos de su tierra querida, con la que soñaba día, y noche.
Empecé a visitar al maestro Carlos Lara Bareiro, a mediados o finales de 1986, en su modesta casa de Castelar, Villa Udaondo, perteneciente al Gran Buenos Aires. El primer recibimiento fue cordial, y se entregó a las entrevistas sin ninguna clase de trabas ni temores, censura o desconfianza. Se mostró, siempre, tal como era: sincero, franco, abierto. Me abrió las puertas de su hogar y me sentó a su mesa, al lado de su incomparable compañera Ana. Inés Segovia. Esta, me agasajó con un exquisito tallarín casero, amasado con sus manos... Pasarnos un momento inolvidable... Me fui al anochecer.
Hube de visitarlo varios domingos y sábados, y algún día de semana. Nuestras charlas duraban entre tres y cuatro horas. A reces más, a veces menos. En una o dos veces usé grabador para registrar su voz. Pero al ver que lo inquietaba. y restaban espontaneidad a nuestros diálogos, preferí tomar notas. O en, su defecto, técnica- que también da buenos resultados, charlaba a fondo con él, le preguntaba las cosas más comprometidas, y una vez en casa, en caliente, recreaba la conversación, de manera fiel sin cambiar el sentido de las ideas, respetando a. rajatabla sus dichos.
Muchos de aquellos encuentros imborrables con el talentoso Carlos Lara. Bareiro, olvidado aún hoy inmoralmente en su tierra, por desidia de los funcionarios de turno y por envidia y egoísmo de muchos músicos paraguayos, están en este libro donde él cuenta, habla, enjuicia y denuncia el abuso de poder de los injustos y poderosos. Quizá contribuya para que salga del corto de sombra en que se halla, y su nombre vuelva a sonar con mayor fuerza y se lo reconozca y respete en la sociedad paraguaya, que se acuerden de su música, peculiar y extraordinaria; y los jóvenes -una de sus mayores preocupaciones- la conozca y estudie, y sepan que el maestro Carlos Lara Bareiro, fue uno de los primeros músicos en su tiempo, acaso el único, que tuvo formación académica universitaria. Y que, tonto otros insignes compatriotas y colegas del pasado, tuvo que morir en el exilio.

A.A.R.


UNA SED AMARGA EN LOS LABIOS
A veces, de tanto en tanto, para no perder la costumbre, pienso en la muerte y una rara desazón me invade, mi cuerpo es sacudido por una especie de temblor lento y suave que va in crescendo, y filosóficas preguntas dan vueltas en mi cabeza, una y otra vez como una letanía. Tal vez no sea el temor a la muerte lo que me paraliza, sino el miedo al dolor y el sufrimiento. La mayoría tememos sufrir, que alguna enfermedad incurable se apodere de nosotros y nos arrastre hacia el abismo del martirio permanente. Me doy cuenta que mi tiempo se acaba, y soy asaltado por la idea de apagarme de pronto y no terminar mis obras, dejarlas inconclusas. Creo que a todo artista lo tiene en vilo esta preocupación. Es un miedo natural, humano y muy comprensible. Sin embargo, por más que busque y halle explicaciones valederas, firmes, cimentadas en la razón, el espíritu flaquea y cunden las preguntas sin respuestas.
También me aprisiona el temor a morir lejos de mi tierra, de no volver a ver el paisaje de mi niñez; desandar los caminos de mi juventud, visitar a seres queridos; estrechar las manos de mis amigos; sentir la fuerza de mi tierra metiéndoseme por debajo de la piel de mis pies. Tengo una vieja y amarga sed en los labios, que me ha marcado a hierro lento en los huesos. Después de tanto tiempo, regresar al antiguo paisaje de mi pueblo removería y reavivaría las imágenes borrosas, al parecer olvidadas, que saltan ante mí con un extraño significado actual, y, a veces, patético. Pero todo está ahogado, viviente y ahogado a un tiempo, bajo esa capa de cristal verde oscuro de la distancia y el tiempo, que me impide el paso hacia los arroyos de los bosques de Capiatá, allí donde tanto amé los cocoteros, las piñas, el mango.
En todos estos años que estoy ausente, no ha cambiado mi amor y mis sentimientos siguen siendo los mismos. El exilio me ha quemado, y me quema, pero no hizo que variaran mis recuerdos. Siento un anhelo insaciable de acariciar entre mis manos la tierra roja de mi pueblo; mirar los ventarrones que doblan en las siestas ardientes el tallo fino de los mandiocales; oler las flores de los naranjales; disfrutar de la mandioca blanca y sabrosa y de una humeante olla de locro; hartarme de guayabas salvajes y guaviramí, tomar en las siestas calcinadas por el sol generoso jarros de mosto. Añoro todas estas cosas, como el niño busca el pecho de su madre.
Un sueño entre mis sueños es dirigir la Orquesta Sinfónica de Asunción. Regalarles a mis compatriotas el arte de mi modesta música y dejarles a los jóvenes el legado de tantos años de trabajo para que no se pierdan en el olvido. Pienso que estando en mi país, en la tierra que me vio nacer, las cosas me resultarían más fáciles, no sólo en el campo musical sino asimismo en el plano laboral. Creo que tendría más ánimo para inspirarme; acaso podría componer con más soltura y riqueza. La savia vivificante de mi pueblo le daría empuje a mis creaciones. Viviría en una especie de permanente felicidad, y ni por asomo pienso que el ser feliz entorpezca la creación del artista. Tengo mucha fe todavía en la abundancia de mi talento.
Se diga lo que se diga la tierra de uno es la tierra de uno. Cuando se está lejos de ella siempre se mira el horizonte, y cada atardecer nos visita la tristeza y las lágrimas pujan por escapar de nuestros ojos; la noche se vuelve más y más negra y hasta la luna -que tanto bien hizo y hace aún a los enamorados y poetas-parece más pálida y sombría y ya no tiene su extraña belleza. A raíz del dolor y el desamparo de no sentirla, de no hollar sus senderos de lluvias y paisajes, de no quemarme en las polvaredas de sus intemperies, sentir la madera olorosa de sus montes cerrados, escuchar el canto de las cigarras que esperan el aguacero, el corazón se seca. El desarraigo, el destierro es cruel. Largo tiempo llevo esta cruz en la espalda. Nada ni nadie me cura la herida que sangra aún. Para mí, al faltarme mi tierra roja, es como si me faltase mi madre. La madre que nos dio la vida, que nos llevó tantos meses en las entrañas. Dicen que uno se acostumbra a cualquier cosa, que el tiempo todo lo borra. Sin embargo, añoro mi solar. El Paraguay es el sitio en donde quisiera morir; que mis huesos descansen en su tierra colorada y, si es posible, cerca de algún arroyo rumoroso, bajo una fronda verde y tranquila.

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